Hijos de un relámpago
breves e hiperbreves de NACHO ALBERT
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Nacho Albert Valga esta perversión, dijo el hombre, lo bueno, si hiperbreve, mil veces bueno o un millón de veces mejor. Inmediatamente después depositó sobre una bandeja de plata la parte más blanda de su cuerpo, sus mejores vísceras... _______VISITAS______
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Autorretrato
Dicen que nací en Málaga en 1974, pero yo tengo aún mis dudas. La primera vez que asomé mi rostro a un espejo hallé a un niño taciturno que no cejaba en su empeño de atrincherarse tras sus lentes de tres centímetros de espesor. Ingresé en un colegio de curas siendo un caso perdido y concluí mi formación siendo un líder cruento. Confundí pubertad con rebeldía y vandalismo. Cada curso que superaba, un padre agustino se daba por vencido y en sentido figurado se quitaba la vida. Vivir era para mí una contienda diaria contra aquellos que osaban meter el dedo en la llaga y remover mis complejos. Pero un día alcanzó mis oídos el rumor de que yo era adoptado. Lo que al principio creí una flecha envenenada acabó siendo un beso de mariposa. Se desbordó mi fantasía y comencé a soñar despierto. En tanto recordaba cada día de mi vida con mis padres adoptivos, imaginaba cada noche de mi vida con mis padres auténticos. Pronto me vi en el jardín de los senderos que se bifurcan de Borges. ¿Por qué derroteros habrían discurrido mis pasos en caso de permanecer en mi tierra natal? De esa forma despertó mi interés por escribir historias e inventar exóticas procedencias. En realidad yo era el hijo ilegítimo de un famoso derviche de Benarés y fui vendido al peor postor en el mercado negro. No, en realidad yo había nacido en el seno de una familia hippie de Bocas del Toro y era hijo de una ceramista morfinómana. ¿O era una vendedora de orquídeas? ¿O una cantante de boleros? ¿O una prostituta? El amor libre es así: entraña gran dificultad saber a ciencia cierta la identidad de tus progenitores. Pero no, en realidad yo había sido concebido en un poblado palafítico de Tahití y era hijo de un surfista nativo. Una vez escritas y enviadas todas aquellas elucubraciones obtuve para mi sorpresa el Premio de Literatura Juvenil Gustavo Adolfo Bécquer 1999 y el premio mayor de conocer personalmente al poeta José Hierro. Días después abrí por casualidad un viejo arcón y encontré mi partida de nacimiento. Le sacudí el polvo y los insectos y limpié mis gafas con frenesí. En realidad no era adoptado. Aunque me costase aceptarlo, era hijo de mis padres y había nacido en Málaga en 1974. Me habían estafado los artífices del rumor. Pero no hay mal que por bien no venga y aquella mentira me condujo a la verdad, la verdad de escribir. Ahora amaso palabras con una disciplina marcial, quién lo diría, yo que abanderaba la insumisión. Y el derviche y la ceramista, la vendedora de orquídeas y la cantante de boleros, la prostituta y el surfista son personajes infinitamente más reales que las personas de carne y hueso. Todos residen aquí, en el recodo más preciado de mi pensamiento, donde nadie pueda encontrarlos.
 
las pequeñas cosas
Aunque Estados Unidos despliegue toda su artillería pesada, su yugo y su boato, alcance los confines del universo y consiga con su jabón letal lustrar los anillos de Saturno, es indiscutible que corren tiempos de minimalismo y nanotecnología. Prueba de ello es mi mano derecha. Sí, en efecto, soy diestro, pero diestro a secas, ya me gustaría ser diestro en lo que a destreza se refiere para tener la cantidad necesaria para vivir mejor y por ende ser más feliz que ahora.

Como decía, mi mano derecha, curtida en aventuras y desventuras de personajes ficticios, las peripecias de los hijos de mi inventiva, esta imaginación que se desborda como las aguas durante el deshielo a los mandos de mi computadora. Mi mano no es otra cosa sino un mundo pequeño, submundo, inframundo, que la llamen como quieran, un satélite que orbita alrededor de un cerebro, un súbdito que obedece a la tiranía de un rey. En cuestión de segundos se establece un flujo indestructible que parte de mi cabeza y desemboca en mis dedos. Primero mi puño, después mi letra. Cada mañana se abre mi mano como una flor carnívora. En su piel queda registrado el destino del hombre, la suerte de un servidor, como la ley en la roca con un cincel. Las líneas de mi mano son la partitura de un adagio, una tela de araña atestada de víctimas, cada día es una nota colgada como una mosca del pentagrama del tiempo, un grito de auxilio y un naufragio en la línea del horizonte.

Definitivamente no hay mundo más ínfimo que la palma de mi mano, cuenca exenta de dioses, esclava que transforma las órdenes de arriba en palabras de amor y odio, de vida y muerte. Hace sólo un instante que la línea de mi vida ha concluido su andadura, una calle cortada por obras, un río en meses de sequía, callejón sin salida sin más salida que el morir. Por tanto acaba aquí mi encarnizada y callada lucha contra el imperialismo norteamericano.

(Publicado en lafresa en Junio de 2004)
 
Sin necesidad de un título.
Zarpa el último velero, flamea su pabellón raído y se desvanece su estela de nieve. Tras las montañas peladas se pone el sol, cansado de brindar al pueblo otra tarde inolvidable. Sin embargo, yo sigo sentado en el mismo banco que antes, esperando las sombras al otro lado de la felicidad, fumando sin ganas un cigarrillo tras otro y estirando los minutos que me separan de mis obligaciones. Hay quien dice que por la noche el muelle se convierte en un lugar extremadamente peligroso, pero no será para tanto. Lo cierto es que no me queda tabaco, ya es tarde y aunque sea lo último que me apetece tal vez debería volver. Además, quizá sea hoy mi día de suerte y Victoria se haya dormido. Entonces un golpe seco desvía mi atención. A lo lejos, un hombre grueso arrastra del cabello a una mujer y cada pocos metros le propina un puntapié en su rostro sanguinolento. ¡Dios mío, la va a matar! Soy incapaz de soportar tanto sufrimiento y me tapo los ojos con las manos para no ver nada. Me doy la vuelta y echo a correr como una exhalación, sin mirar atrás...

Sin hacer ruido pliego las sábanas, soy consciente de que a los pies de la cama me aguardan unos pies fríos. Aunque el cuerpo de Victoria yazca a escasos centímetros del mío, hace muchos años que nuestras almas navegan en distinta dirección y ya es del todo imposible que puedan encontrarse. La penumbra no es suficiente y en el espejo del vestidor tropiezo con mis ojos abiertos, tan abiertos como los ojos de un búho o los ojos de la mujer tendida en el empedrado del muelle. Tal vez no haya actuado correctamente y sea un cobarde. Mi miedo se fundió con su pánico y sus gritos de dolor braman todavía en mi cabeza. Hoy más que nunca tampoco podré conciliar el sueño... Pero al alba me despierto súbitamente, con espanto me está mirando Victoria. Alza un paraguas y me apunta a los ojos, tras su espalda se cuelan las primeras luces del día. Entonces se apresura a la cama, me agarra del brazo y tira con fuerza, parece como si no me reconociese. O salgo inmediatamente de su casa o llama a la policía, no comprendo. En las sábanas hay restos de sangre reseca, yo ignoraba que estuviera menstruando. Pero en el espejo del vestidor descubro el verdadero rostro de la fatalidad: mis pechos han crecido considerablemente, mi barba de dos años ha desaparecido y, lo que es peor, mis bragas están ensangrentadas. No soy ni la sombra del hombre que era hace unas horas, no reconozco mi piel, mis manos, mi cuerpo. Sobre la mesilla, mi retrato ya no es mío. Victoria está marcando y tengo que salir de allí como sea. Abro la puerta y bajo las escaleras. Salgo al exterior, aún el sol está encarnado. En la lejanía se oyen las sirenas de los coches de policía. Doblo la esquina y me sumerjo en un callejón oscuro, al fondo la silueta de un hombre grueso que se aproxima velozmente. Cuando está a escasos metros, le tiendo la mano para que me ayude, pero me empuja, me arroja contra el asfalto y la emprende a patadas conmigo. Detrás de un contenedor de basura, otro hombre me está mirando. Vacila un instante, pero acto seguido se tapa los ojos con las manos para no ver nada. Al final se digna a salir de su escondite y, al contrario de lo que habría hecho cualquiera, huye en dirección contraria al escenario del crimen, sin mirar atrás...

Pasó otra madrugada infausta e inolvidable y atracó el primer velero de la mañana.

(Publicado en lafresa en Abril de 2004)
 
Plaza de la Merced
Colgados de un triste tendedero
o un cable de alta tensión,
del hilo telefónico o el hilo
esquivo de la luz,
de un cirro, un estrato, un cúmulo
o una rama cenicienta,
fulminada,
del árbol del ahorcado
o un árbol
genealógico,
del horizonte, la luna, el olvido
o una raya infinita con punta
de muerte, de suicidio, con trazas
de purgatorio,
las víctimas de la última
pesca danzaban al compás
de mis gemidos como cruces
invertidas,
cementerio de pañuelos
sin viento,
murciélagos de pie
con el alma entablillada,
sin dios ni lazarillo,
como espigas de trigo, un par
de calcetines,
balancines espectrales,
leales a las sombras,
o vísceras de un anciano
desahuciado.

Sus ojos muertos yacían
en mis ojos de cristal.

Tras el cristal quebradizo
de la mañana,
el olor a sexo de mi mentón
y dos cristales mojados,
rojos y amarillos por la ira,
cansados de mirar
y no ver ya
nada.


Miré el obelisco,
más allá las azoteas, sus grietas
y la bóveda:
un espejo roto sin dueño
ni adversario.

Las palomas de Picasso
volaban con destreza
y cosían
con hilo dental
la herida de los lienzos,
los labios borrachos
de los dolientes,
los jirones obstinados
de las banderas.


De un ático blanco brotaba
una niña con cuerpo
de adormidera
para desnudar su alma
y arrojar sus trenzas
a los peregrinos
absortos.

Sol era la reina
del sol
hasta que un hombre atormentado,
ávido hacedor de eclipses,
optó por rebanarle
los párpados.

Y los balcones de la plaza
no abren ya sus ojos
de madera.


Yo detestaba a los hombres
que detestaban los pantalones
de cuadros.
No había bebido mi pócima
y era incapaz de escribir una sola
palabra.
Sólo articulaba palabras tan poco
cotidianas como cotidianeidad.

Mi corazón era un motor
que nunca arrancaba
a la primera.


Las últimas palomas procedentes
del seísmo
osaron posarse en el hombro
de los que pintaban
para ver la vida
pasar.

Sus ojos convexos, el pico curvo,
sueños de grandeza y alas
de mármol,
diseminados
por el empedrado de la plaza
como un bosquejo,
como una exposición de pecados
sin penitencia posible
ni absolución.


En un banco de piedra
se sentaban mis cuadros
a esperar.

Pero la espera solía matarme

Y el animal verde llegaba siempre
con veinticuatro horas de retraso.


(Publicado en lafresa en Marzo de 2003)
 
Gerundio
Detrás de ti
corren despavoridos
y tropiezan con tu cuerpo,
esa piedra blanda,
los niños de mocasines moribundos,
sus ojos empañados de miradas rotas,
pulgas ilustres
de hoteles fluorescentes,
restos de veinte naufragios,
de sacarina y agua mineral,
de colirio y adrenalina,
un ejército aguerrido de hombres mansos
sin bromuro ni conciencia.



Detrás de mi
-bajo llave guardo un rosario
de calabazas-,
resisten por el desfiladero de una pubertad
torcida
las peores palabras.

Y todavía corren corazón abajo
lágrimas de otro tiempo,
la presunta inocencia de un niño
de vida harto,
extraviado en la espesura
de los rayos, los truenos,
el frío,
los relámpagos.



Detrás de nosotros,
más allá de la libido,
los ardores y los sentimientos,
queda fiebre y libertinaje,
fósiles bajo la sábana,
desierto en la piel
y nieve en los labios.
Aún queda lo que queda de un hijo,
secretos inconfesables de un quirófano.
Misterio y sequía.
Bagatelas
y besos de abuela.
También queda el desamor:
resaca de un rompecabezas resuelto.



Delante de nosotros,
los versos, las cartas, el teléfono,...
ardua tarea.

(Publicado en lafresa en Febrero de 2004)
 
domingo trece
El animal abrió la boca y asomó el fulgor de su garganta. Fue un bostezo o un grito con silenciador. Tremendo gesto de sueño o de asfixia. De hastío o de furia. Aquel barrio tenía la mala costumbre de pintar rostros monstruosos en las fachadas de sus comercios: licorerías, restaurantes, sucursales bancarias... Mejor cuanto más terroríficos. Como inmensas caras de Bélmez. Las ventanas eran los ojos y las puertas las fauces. Y bajo el quicio surgió el ceño fruncido de un hombre. Portaba la inexpresividad del ciudadano anónimo que camina sumido en su pensamiento. Cruzó el umbral. Primero su cuerpo. Después su sombra. Al final su rastro imperdonable, imperecedero. Bajo sus pies la tierra se estremecía y volvía estéril. Y dentro, más allá de los rótulos luminosos, escaparates y artículos de oferta, el vientre vacío de una caja registradora. Signos evidentes de violencia, el piso teñido de rojo y el cuerpo de una mujer, hermosa, adolescente, probablemente embarazada, convulsionándose. Ni siquiera los semáforos de aquella calle maldita estaban despiertos aquella noche.

(Publicado en lafresa en Enero de 2004)
 
Estirpe
La muerte era un mal contagioso que se propagaba vertiginosamente entre las gentes de mi familia. Las madres dejaban de ser hijas y comenzaban a ser madres. Los padres no tenían agallas para despedirse y sus hijos sentían en el vientre el tacto frío del desarraigo, de la orfandad. Las camas de los hospitales se llenaban de víctimas. Los pasillos de ángeles. Las salas de espera de rostros sin rostro que aún esperaban lo inesperado. Y los cementerios con las fosas abiertas, en premonitorio bostezo, lustrando su dentadura en espera del inconfundible rumor de los coches fúnebres. Entonces Amalia había muerto definitivamente.

Tal vez hablaba con los muertos porque estaba muerto. Yo era también un número en una lista negra. Mi último recuerdo era el olor de mi propia piel quemándose. Ahora soy un desmemoriado y vago por las estrellas, incapaz de desprenderme de este aroma de muerte que, si nadie lo remedia, me acompañará hasta la eternidad. Sé que algún día estaré preparado para congraciarme con el mundo y lo mundano, para volver a la tierra. Cada vez que brilla una Perseida o un quasar, un difunto me sonríe. Mataría por ponerle a este relato tres puntos de sutura, tres puntos suspensivos... Sin embargo, esta historia no acaba nunca.

(Publicado en lafresa en Septiembre de 2003)
 
De repente una epidemia de miopía asoló el campo de batalla.
Propagación inminente, como la gangrena. Desde las trincheras los hombres rojos y los hombres azules dispararon al aire sin suerte. Y pronto acabaron su munición. La primera guerra sin muertos era una guerra de ciegos. Después las bayonetas se oxidaron del desuso y en los acres destinados a la sangre creció la hierba.

Un hombre rojo y un hombre azul recobraron la vista simultáneamente y sus ojos no tardaron en encontrarse en el punto medio del prado, al borde de las líneas enemigas. El azul emergió de su trinchera y corrió al encuentro del rojo. El rojo emergió de su trinchera y corrió al encuentro del azul. Ambos con los brazos levantados y palpitaciones. Cuanto más cerca, más extrañeza y confusión, menor el deseo de matar, mayor el deseo del uno por el otro, enamorándose incluso. Pero, al mismo tiempo, mucho mayor su duda. ¿Y si el oponente aspiraba a darle muerte en vez de un beso?

Se detuvieron en seco a un metro de distancia. Jadeando y expectantes. El rojo o el azul se abalanzó sobre el azul o el rojo para darle un beso en tanto que el azul o el rojo se abalanzó sobre el rojo o el azul para darle muerte con su bayoneta. No hubo consenso. Desde la trinchera yo era uno de los mil soldados incapaces de distinguir los colores. Mi miopía sumada a la distancia, la lejanía.

Un acto de amor, y el amor siempre es temerario, sirvió para que en aquella guerra naciese el primer muerto. Y a nadie importaba su color. El superviviente regresó a su trinchera secándose las lágrimas. Ante semejante espectáculo los soldados de ambos bandos se durmieron para la eternidad. Mientras tanto, la hierba se tiñó de rojo y la humedad de la tierra pintó de noche la piel plateada de las bayonetas: inútiles herramientas de la beligerancia abocadas al silencio frío de un museo.

(Publicado en Agosto de 2003)
 
¿Por qué pierde el bolígrafo un escritor?
Porque previamente ha perdido el reloj y la vergüenza. La billetera y el apetito. La fe y la cabeza. El norte y la mujer. La razón y los papeles. ¿Y para qué quiere un bolígrafo un escritor sin papeles si además ha atentado mil noches seguidas contra el mobiliario urbano de su metrópoli y ahora su hogar es un desvencijado habitáculo donde todo está terminantemente prohibido excepto respirar? El escritor desprovisto de todas esas cosas está atado de manos y pies al libre albedrío de los sodomitas. Y lo único que le queda es ponerse en los labios ingentes cantidades de carmín y colgarse de un seno de su fantasía para hacer bueno el mal trago, el suyo y el de su fornido verdugo. ¿Y para qué quiere el escritor un bolígrafo si no para aliviar sus salpullidos, metérselo por algún orificio o clavárselo en un ojo al antagonista de su última novela? Desde aquí ruego encarecidamente a los escritores que viven en libertad que hagan uso del lápiz, con la función terapéutica que conlleva sacarle punta, o por el contrario se tiren de cabeza al frío e impersonal mar de la tecnología.

(Publicado en lafresa en Julio de 2003)
 
Una muñeca de muñecas blancas
Tan acostumbrados estaban Alejandro y Luisa a no decir la verdad que su matrimonio naufragó finalmente en un mar tempestuoso de medias verdades y mentiras a medias. A partir de entonces, Alejandro se convirtió en un hombre encorvado. Caminaba más despacio de lo habitual, como si el tiempo pesara más y pasara por su lado más despacio de lo habitual. Aquella tarde era la primera tarde del resto de su vida y la calle Alcazabilla parecía más larga que otras tardes. Con las manos en la espalda, Alejandro era un hombre solitario al que de repente le sobraba la mayor parte de su soledad y todo el tiempo del mundo. Aquel martes comenzaba en el cine Victoria un ciclo dedicado a Humphrey Bogart. Alejandro no había visto El halcón maltés y se aproximó a la taquilla. Se hurgó en el bolsillo y sacó tres euros.

Nueve hombres y una mujer yacían esparcidos por la sala. Como mandaban los cánones, Alejandro ocupó una butaca de la séptima fila. Durante la película, la mujer recorrió el pasillo varias veces para sentarse al lado de cada hombre. La proyección finalizó y nadie se había sentado con Alejandro, más encorvado si cabía.

Una semana después, proyectaban Casablanca y Alejandro alcanzó la séptima fila. Inmediatamente la mujer se sentó a su lado, una niña de quince años como mucho y pálida como el día. Se llamaba Lula y cobraba un euro por masturbar a los espectadores. Alejandro rechazó la oferta y la niña corrió a sentarse con otro hombre.

El martes siguiente, Tener y no tener. Alejandro era el único hombre en la sala y Lula se sentó con él. Lloraba como la niña que era porque esa tarde no iba a ganar ni un céntimo. Entonces Alejandro se apiadó de ella y dejó que le masturbara. Una muñeca de muñecas blancas y frenéticas, pequeños luceros del patio de butacas.

El 14 de enero proyectaban El sueño eterno. A pesar de que ya la había visto tres veces, Alejandro accedió a la sala movido por su deseo de encontrarse con Lula. Minutos más tarde, otra mujer se sentó a su lado y le propuso chupársela por un euro, pero Alejandro sólo quería a la muñeca. Esa mañana Lula había intentado suicidarse.

Alejandro entró en la habitación nº 15 y dejó el ramo sobre una silla. Bajo las mantas, Lula miraba atentamente al televisor. Hacía cuarenta y seis años de la muerte de Bogey y la niña había querido celebrarlo a su manera. Alejandro apagó la luz, se metió en la cama y dejó que le masturbara. Una muñeca de muñecas vendadas pero frenéticas. En la Primera de TVE Más dura será la caída y sobre la mesilla tres euros.

(Publicado en lafresa en Abril de 2003)
 
Del harén
Desafortunadamente aquellos barrotes separaban el amor del deseo. Hasta hubiera matado otra vez por tocarla. Tantas tardes su imagen intangible, serena, callada, la frustración de mis dedos trémulos en su cuerpo. Un sueño imposible de carne, sudor y besos. Un castigo recurrente.

Por la noche se despedía con idéntica mueca, lento y depravado caminar. Compasión y exultancia en proporciones exactas. El ansiado reposo de otra mujer maltratada.

En mi boca quedaba una sobredosis de memoria, cítrica culpabilidad, el sabor oxidado del hierro. Yo besaba y besaba y besaba los barrotes de mi celda para estar más cerca de su sombra perfumada, su dulce venganza, su ausencia súbita. Hasta el día de mi muerte me conformé con eso. Y con ese lastre tan pesado resisto ahora a los estragos del fuego en mil jirones de piel calcinada.

(Publicado en lafresa en Marzo de 2003)
 
El escritor de la luna nueva
Tengo en la carne la herencia salvaje de los lobos, una mordedura abierta, la extraña virtud de batir la luna. Primero me concentro: he de usurparle a la noche la fruta amarilla. Después subo al árbol más alto, el que con sus uñas secas sea capaz de arañar la piel del cielo. Al final agarro la luna con mis garras penumbrosas y exprimo sus ubres, colmo mi bohemia copa de su elixir macilento y de un trago me la bebo.

Me apasiono como un niño hasta el delirio. Agito al astro con violencia hasta llenar mi copa, hasta saciar mi sed, hasta que finalmente mis labios se desborden como un río sin apenas una risa. Soy el alevoso y nocturno besador, me gusta besar con mi lengua el vidrio impregnado de luna. Desgraciadamente me gusta demasiado.

Esta noche la noche es mi particular viuda negra y apenas resisto el síndrome de abstinencia. Mi copa está vacía como mis garras y apenas puedo respirar. Cada noche de luna nueva me muero por lo menos treinta días. Soy una fábrica de aullidos, me convulsiono como el árbol en la tormenta. Mi lengua es un desierto sin lágrimas.

Me concentro en las sombras. Trepo por troncos kilométricos. Sin embargo, la luna no crece, ni un milímetro siquiera. Las niñas con lunares se esconden de mí en negros agujeros. Mi piel está vacía como mi copa, como la copa de los árboles en octubre. Quisiera ser rotundo y escribir que un sorbo sería suficiente, pero mentiría. Cuando la noche es ciega, los escritores se quedan sin una blanca palabra que llevarse a la boca. Luna es el vocablo más brillante del diccionario. Sin un ápice de fe aguardo un vestigio de luz, un beso de vidrio que purifique con sangre mi lengua.

¿Quién sería ahora capaz de clavarse en el corazón un puñal amarillo, una estrella despuntada, el rostro ufano que antes solía florecer en la bóveda, para que los lobos insomnes como yo pudieran trepar a la parte más alta de los árboles y colmar de pequeños besos los cráteres de los satélites?

(Publicado en lafresa en Febrero de 2003)
 
La suerte del legionario
Ariel se aproximó con paso marcial al mástil. Rasurado. Erguido. Orgulloso. Agarró el paño para besarlo y se lo metió entero en la boca. Primero el escudo. Después el águila. Al final la sangre y la arena de la patria. Durante un minuto estuvo rumiando el trapo ante la estupefacción colectiva. El legionario Ariel Gonga permaneció amarrado al palo hasta el consejo de guerra a los tres días. Después de un largo silencio, deshidratado, se atrevió a exponer sus motivos.

A) Tanto amaba Ariel su bandera que aquella tarde quiso devorarla.

B) El día de la Jura Ariel portaba en sus venas la rabia del marginado. Al alba había sentido en su pecho un fuerte pinchazo y una figura indescifrable regresó al redil de las sombras. Después del desayuno, una hoz y un martillo tan blancos como la harina florecieron por arte de magia en su piel afroamericana.

C) Ariel detestaba a los tatuados porque jamás pudo ser uno de ellos.

El veredicto de los oficiales cortó súbitamente la respiración de los legionarios. Ariel Gonga fue condenado a morir de un disparo en la cabeza. Mientras vivamos, los compañeros de la 7ª promoción jamás nos perdonaremos habernos burlado de un compañero negro por el mero hecho de ser negro.

(Publicado en lafresa en Enero de 2003)
 
El frío de la soledad.
María era una guerrera y aquella noche yo fui el elegido para velar su reposo. Hasta entonces jamás había cuidado de nadie, ni siquiera de mí mismo. Después de cien años, la vida no había herido lo suficiente a aquella anciana como para matarla. Su cuerpo permanecía tendido, en un estado desprovisto de nombre, ajeno a la consciencia. Sin hacer ruido me zambullí en la cama del dormitorio contiguo y me tapé hasta los ojos. Al frío de diciembre había que sumarle el frío de mi soledad. No tardé demasiado en sentir sobre mis ojos el infrahumano peso de las sombras.

De repente tenía sed o soñé que tenía sed. De tantos sueños desérticos se me habían resecado los labios, pero no me atreví a bajar de la cama. Sabía que el calor de mi subconsciente contrastaba con el frío de la realidad. En diciembre se congelaba hasta la vida de los desahuciados y yo tenía suerte de tener manta y techo, aunque entonces tuviera sed. De repente me estaba muriendo o soñé que me estaba muriendo. Asistí al entierro de mi cuerpo en la arena, un cuerpo tan impedido como el de María, paralizado no sé bien si del calor o el frío. Sobre mi cabeza el sol arreciaba tanto como mi sed, en mis carnes comencé a sufrir los estragos de la inconsciencia. Mi sueño era una cárcel contradictoria y yo estaba preso. Pero escuché el ruido de una llave en la cerradura, su secuencia de giros cansados. Como un ángel entró María con su blanco camisón de seda, una sonrisa y un enorme vaso de agua. Me sujetó la cabeza y me dio de beber. Luego desapareció en la penumbra. De repente me desperté o soñé que me despertaba.

No era dueño de mis actos y de un salto me levanté, la inercia del sediento supuse. No hacía frío, salí del dormitorio y asistí al espectáculo del alba. Mis pasos me llevaron a la habitación contigua. En idéntica posición permanecía María, tan inconsciente como en los últimos cinco años. La besé en la frente y corrí a la cocina. Cuando abrí el grifo me percaté de que ya no tenía sed. Entonces regresé a la cama un poco más feliz que por la noche. Ni siquiera sentía en mi piel el frío de la soledad, la abuela María estaba conmigo.

(Publicado en lafresa en Diciembre de 2002)
 
Nota de un misógino
Inmediatamente pulsaré el resorte de mi melancolía para entregarme con resignación al recuerdo. Si la memoria no me falla esta vez, en breve seré rotundo y diré que hubo un tiempo en que compartí con mi lecho entornos satinados, curvilíneos, cotidianos.

El peso de los años era capaz de transformar determinados cuerpos en entornos cotidianos, fuentes desnudas donde a medianoche saciábamos sin ganas la sed y los besos. Una madrugada mi lecho y yo compartimos una mujer donde apagar nuestro instinto cotidiano. Al alba mis manos se posaron sobre sus senos para ver pasar la vida. Pero la vida pasó de largo, sin interés para ella. En mi habitación apenas cabían ya nuestras sombras, nuestra soledad compartida, nuestro derroche de sueños. Pronto se aburrió y saltó por la ventana. La cotidianeidad de mi cuerpo y mis sábanas sucias colmaron de desidia y cicatrices a todas las mujeres que osaron pasar por mis manos.

Aquí pongo entonces un reto. Aquella mujer estrepitosa o callada que encuentre la llave que abre mi vida, esta habitación tan oscura, me extirpará del pecho las mejores palabras y después huirá con ellas por la puerta trasera.

Advertencia: mañana otra niña morirá en el intento de convertirse en mariposa.

(Publicado en lafresa en Noviembre de 2002)
 
En el páramo
El páramo es azul y silencioso
como la noche
y esta noche el tiempo
se ha detenido.
Todavía mis manos besan
con sangre
la piel del animal muerto.

La voz oscura de un hombre
me atrapa como una sombra
y me dispara.
Un silbido.
Infalible el plomo de sus labios
contra mi carne.

Ahora mi cuerpo es azul
y silencioso
como la noche,
como el páramo,
como el perro atropellado.

Esta noche mi tiempo
se ha detenido
y mi rostro yace
en las flores
para atrapar de un mordisco
los latidos de la tierra.

Hambre póstuma.
Polvo al polvo.

(Publicado en lafresa en octubre de 2002)
 
El juego
El ganador callaba, y por extensión otorgaba, porque tenía mucho que perder. El perdedor, que todo en su vida ya había perdido, tenía, sin embargo, mucho que decir. Desinhibido, narró con detalle ante el Tribunal Olímpico las vicisitudes del Juego. Después del relato, el premiado mojó con creces sus bragas de seda y de vergüenza, como si de su nueva identidad se arrepintiera, optó al final por morirse.

(Publicado en lafresa en Septiembre de 2002)
 
Hijos de un relámpago
Valga esta perversión, dijo el hombre, lo bueno, si hiperbreve, mil veces bueno o un millón de veces mejor. Inmediatamente después depositó sobre una bandeja de plata la parte más blanda de su cuerpo, sus mejores vísceras.

Aquella noche su lengua no respondía a un capricho, sino a una imperiosa necesidad. A diario las inclemencias de la vida le arrastraban a tomar rápidas decisiones, dar súbitas respuestas, engendrar, incluso, actos reflejos, muchas veces demasiado deshonrosos para ser ciertos. Entonces con un lápiz mutilado y el corazón vertía compulsivamente su honestidad sobre trípticos, tickets y servilletas, cualquier cosa que la oscura realidad fuera capaz de ofrecerle. Un torrente fugaz. Palabras contundentes en pos de la calma y la redención como precisos Hijos de un relámpago.

El hombre es ahora un receptáculo sensible. Se moja y se resbala. Aúlla y dispara su verbo contra la tormenta. El hombre se defiende del mundo y los dioses dibujando pequeñas historias, cada noche una urgente anestesia.

He aquí su primera ficción...

(Publicado en lafresa en Septiembre de 2002)