<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><feed version="0.3" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns="http://purl.org/atom/ns#"><title><![CDATA[Hijos de un relámpago]]></title><link rel="" type="" href="" title=""/><link rel="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[ID]]></id><tagline><![CDATA[breves e hiperbreves de NACHO ALBERT]]></tagline><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><entry><title><![CDATA[Autorretrato]]></title><link rel="Hijos de un relámpago" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200501]]></issued><modified><![CDATA[200501]]></modified><created><![CDATA[200501]]></created><summary><![CDATA[Autorretrato]]></summary><author><name><![CDATA[Nacho Albert]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Autorretrato]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/nachoalbert/c_18.htm"><![CDATA[Dicen que nací en Málaga en 1974, pero yo tengo aún mis dudas. La primera vez que asomé mi rostro a un espejo hallé a un niño taciturno que no cejaba en su empeño de atrincherarse tras sus lentes de tres centímetros de espesor. Ingresé en un colegio de curas siendo un caso perdido y concluí mi formación siendo un líder cruento. Confundí pubertad con rebeldía y vandalismo. Cada curso que superaba, un padre agustino se daba por vencido y en sentido figurado se quitaba la vida. Vivir era para mí una contienda diaria contra aquellos que osaban meter el dedo en la llaga y remover mis complejos. Pero un día alcanzó mis oídos el rumor de que yo era adoptado. Lo que al principio creí una flecha envenenada acabó siendo un beso de mariposa. Se desbordó mi fantasía y comencé a soñar despierto. En tanto recordaba cada día de mi vida con mis padres adoptivos, imaginaba cada noche de mi vida con mis padres auténticos. Pronto me vi en el jardín de los senderos que se bifurcan de Borges. ¿Por qué derroteros habrían discurrido mis pasos en caso de permanecer en mi tierra natal? De esa forma despertó mi interés por escribir historias e inventar exóticas procedencias. En realidad yo era el hijo ilegítimo de un famoso derviche de Benarés y fui vendido al peor postor en el mercado negro. No, en realidad yo había nacido en el seno de una familia hippie de Bocas del Toro y era hijo de una ceramista morfinómana. ¿O era una vendedora de orquídeas? ¿O una cantante de boleros? ¿O una prostituta? El amor libre es así: entraña gran dificultad saber a ciencia cierta la identidad de tus progenitores. Pero no, en realidad yo había sido concebido en un poblado palafítico de Tahití y era hijo de un surfista nativo. Una vez escritas y enviadas todas aquellas elucubraciones obtuve para mi sorpresa el Premio de Literatura Juvenil Gustavo Adolfo Bécquer 1999 y el premio mayor de conocer personalmente al poeta José Hierro. Días después abrí por casualidad un viejo arcón y encontré mi partida de nacimiento. Le sacudí el polvo y los insectos y limpié mis gafas con frenesí. En realidad no era adoptado. Aunque me costase aceptarlo, era hijo de mis padres y había nacido en Málaga en 1974. Me habían estafado los artífices del rumor. Pero no hay mal que por bien no venga y aquella mentira me condujo a la verdad, la verdad de escribir. Ahora amaso palabras con una disciplina marcial, quién lo diría, yo que abanderaba la insumisión. Y el derviche y la ceramista, la vendedora de orquídeas y la cantante de boleros, la prostituta y el surfista son personajes infinitamente más reales que las personas de carne y hueso. Todos residen aquí, en el recodo más preciado de mi pensamiento, donde nadie pueda encontrarlos. <br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[las pequeñas cosas]]></title><link rel="Hijos de un relámpago" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200501]]></issued><modified><![CDATA[200501]]></modified><created><![CDATA[200501]]></created><summary><![CDATA[las pequeñas cosas]]></summary><author><name><![CDATA[Nacho Albert]]></name></author><dc:subject><![CDATA[las pequeñas cosas]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/nachoalbert/c_17.htm"><![CDATA[Aunque Estados Unidos despliegue toda su artillería pesada, su yugo y su boato, alcance los confines del universo y consiga con su jabón letal lustrar los anillos de Saturno, es indiscutible que corren tiempos de minimalismo y nanotecnología. Prueba de ello es mi mano derecha. Sí, en efecto, soy diestro, pero diestro a secas, ya me gustaría ser diestro en lo que a destreza se refiere para tener la cantidad necesaria para vivir mejor y por ende ser más feliz que ahora.<br/><br/>Como decía, mi mano derecha, curtida en aventuras y desventuras de personajes ficticios, las peripecias de los hijos de mi inventiva, esta imaginación que se desborda como las aguas durante el deshielo a los mandos de mi computadora. Mi mano no es otra cosa sino un mundo pequeño, submundo, inframundo, que la llamen como quieran, un satélite que orbita alrededor de un cerebro, un súbdito que obedece a la tiranía de un rey. En cuestión de segundos se establece un flujo indestructible que parte de mi cabeza y desemboca en mis dedos. Primero mi puño, después mi letra. Cada mañana se abre mi mano como una flor carnívora. En su piel queda registrado el destino del hombre, la suerte de un servidor, como la ley en la roca con un cincel. Las líneas de mi mano son la partitura de un adagio, una tela de araña atestada de víctimas, cada día es una nota colgada como una mosca del pentagrama del tiempo, un grito de auxilio y un naufragio en la línea del horizonte.<br/><br/>Definitivamente no hay mundo más ínfimo que la palma de mi mano, cuenca exenta de dioses, esclava que transforma las órdenes de arriba en palabras de amor y odio, de vida y muerte. Hace sólo un instante que la línea de mi vida ha concluido su andadura, una calle cortada por obras, un río en meses de sequía, callejón sin salida sin más salida que el morir. Por tanto acaba aquí mi encarnizada y callada lucha contra el imperialismo norteamericano.<br/><br/>(Publicado en lafresa en Junio de 2004)]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Sin necesidad de un título.]]></title><link rel="Hijos de un relámpago" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200501]]></issued><modified><![CDATA[200501]]></modified><created><![CDATA[200501]]></created><summary><![CDATA[Sin necesidad de un título.]]></summary><author><name><![CDATA[Nacho Albert]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Sin necesidad de un título.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/nachoalbert/c_16.htm"><![CDATA[Zarpa el último velero, flamea su pabellón raído y se desvanece su estela de nieve. Tras las montañas peladas se pone el sol, cansado de brindar al pueblo otra tarde inolvidable. Sin embargo, yo sigo sentado en el mismo banco que antes, esperando las sombras al otro lado de la felicidad, fumando sin ganas un cigarrillo tras otro y estirando los minutos que me separan de mis obligaciones. Hay quien dice que por la noche el muelle se convierte en un lugar extremadamente peligroso, pero no será para tanto. Lo cierto es que no me queda tabaco, ya es tarde y aunque sea lo último que me apetece tal vez debería volver. Además, quizá sea hoy mi día de suerte y Victoria se haya dormido. Entonces un golpe seco desvía mi atención. A lo lejos, un hombre grueso arrastra del cabello a una mujer y cada pocos metros le propina un puntapié en su rostro sanguinolento. ¡Dios mío, la va a matar! Soy incapaz de soportar tanto sufrimiento y me tapo los ojos con las manos para no ver nada. Me doy la vuelta y echo a correr como una exhalación, sin mirar atrás...<br/><br/>    Sin hacer ruido pliego las sábanas, soy consciente de que a los pies de la cama me aguardan unos pies fríos. Aunque el cuerpo de Victoria yazca a escasos centímetros del mío, hace muchos años que nuestras almas navegan en distinta dirección y ya es del todo imposible que puedan encontrarse. La penumbra no es suficiente y en el espejo del vestidor tropiezo con mis ojos abiertos, tan abiertos como los ojos de un búho o los ojos de la mujer tendida en el empedrado del muelle. Tal vez no haya actuado correctamente y sea un cobarde. Mi miedo se fundió con su pánico y sus gritos de dolor braman todavía en mi cabeza. Hoy más que nunca tampoco podré conciliar el sueño... Pero al alba me despierto súbitamente, con espanto me está mirando Victoria. Alza un paraguas y me apunta a los ojos, tras su espalda se cuelan las primeras luces del día. Entonces se apresura a la cama, me agarra del brazo y tira con fuerza, parece como si no me reconociese. O salgo inmediatamente de su casa o llama a la policía, no comprendo. En las sábanas hay restos de sangre reseca, yo ignoraba que estuviera menstruando. Pero en el espejo del vestidor descubro el verdadero rostro de la fatalidad: mis pechos han crecido considerablemente, mi barba de dos años ha desaparecido y, lo que es peor, mis bragas están ensangrentadas. No soy ni la sombra del hombre que era hace unas horas, no reconozco mi piel, mis manos, mi cuerpo. Sobre la mesilla, mi retrato ya no es mío. Victoria está marcando y tengo que salir de allí como sea. Abro la puerta y bajo las escaleras. Salgo al exterior, aún el sol está encarnado. En la lejanía se oyen las sirenas de los coches de policía. Doblo la esquina y me sumerjo en un callejón oscuro, al fondo la silueta de un hombre grueso que se aproxima velozmente. Cuando está a escasos metros, le tiendo la mano para que me ayude, pero me empuja, me arroja contra el asfalto y la emprende a patadas conmigo. Detrás de un contenedor de basura, otro hombre me está mirando. Vacila un instante, pero acto seguido se tapa los ojos con las manos para no ver nada. Al final se digna a salir de su escondite y, al contrario de lo que habría hecho cualquiera, huye en dirección contraria al escenario del crimen, sin mirar atrás...<br/><br/>Pasó otra madrugada infausta e inolvidable y atracó el primer velero de la mañana.<br/><br/>(Publicado en lafresa en Abril de 2004)]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Plaza de la Merced]]></title><link rel="Hijos de un relámpago" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200501]]></issued><modified><![CDATA[200501]]></modified><created><![CDATA[200501]]></created><summary><![CDATA[Plaza de la Merced]]></summary><author><name><![CDATA[Nacho Albert]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Plaza de la Merced]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/nachoalbert/c_15.htm"><![CDATA[Colgados de un triste tendedero<br/>o un cable de alta tensión,<br/>del hilo telefónico o el hilo<br/>esquivo de la luz,<br/>de un cirro, un estrato, un cúmulo<br/>o una rama cenicienta,<br/>fulminada,<br/>del árbol del ahorcado<br/>o un árbol<br/>genealógico,<br/>del horizonte, la luna, el olvido<br/>o una raya infinita con punta<br/>de muerte, de suicidio, con trazas<br/>de purgatorio,<br/>las víctimas de la última<br/>pesca danzaban al compás<br/>de mis gemidos como cruces<br/>invertidas,<br/>cementerio de pañuelos<br/>sin viento,<br/>murciélagos de pie<br/>con el alma entablillada,<br/>sin dios ni lazarillo,<br/>como espigas de trigo, un par<br/>de calcetines,<br/>balancines espectrales,<br/>leales a las sombras,<br/>o vísceras de un anciano<br/>desahuciado.<br/><br/>Sus ojos muertos yacían<br/>en mis ojos de cristal.<br/><br/>Tras el cristal quebradizo<br/>de la mañana,<br/>el olor a sexo de mi mentón<br/>y dos cristales mojados,<br/>rojos y amarillos por la ira,<br/>cansados de mirar<br/>y no ver ya<br/>nada.<br/><br/><br/>Miré el obelisco,<br/>más allá las azoteas, sus grietas<br/>y la bóveda:<br/>un espejo roto sin dueño<br/>ni adversario.<br/><br/>Las palomas de Picasso<br/>volaban con destreza<br/>y cosían<br/>con hilo dental<br/>la herida de los lienzos,<br/>los labios borrachos<br/>de los dolientes,<br/>los jirones obstinados<br/>de las banderas.<br/><br/><br/>De un ático blanco brotaba<br/>una niña con cuerpo<br/>de adormidera<br/>para desnudar su alma<br/>y arrojar sus trenzas<br/>a los peregrinos<br/>absortos.<br/><br/>Sol era la reina<br/>del sol<br/>hasta que un hombre atormentado,<br/>ávido hacedor de eclipses,<br/>optó por rebanarle<br/>los párpados.<br/><br/>Y los balcones de la plaza<br/>no abren ya sus ojos<br/>de madera.<br/><br/><br/>Yo detestaba a los hombres<br/>que detestaban los pantalones<br/>de cuadros.<br/>No había bebido mi pócima<br/>y era incapaz de escribir una sola<br/>palabra.<br/>Sólo articulaba palabras tan poco<br/>cotidianas como cotidianeidad.<br/><br/>Mi corazón era un motor<br/>que nunca arrancaba<br/>a la primera.<br/><br/><br/>Las últimas palomas procedentes<br/>del seísmo<br/>osaron posarse en el hombro<br/>de los que pintaban<br/>para ver la vida<br/>pasar.<br/><br/>Sus ojos convexos, el pico curvo,<br/>sueños de grandeza y alas<br/>de mármol,<br/>diseminados<br/>por el empedrado de la plaza<br/>como un bosquejo,<br/>como una exposición de pecados<br/>sin penitencia posible<br/>ni absolución.<br/><br/><br/>En un banco de piedra<br/>se sentaban mis cuadros<br/>a esperar.<br/><br/>Pero la espera solía matarme<br/><br/>Y el animal verde llegaba siempre<br/>con veinticuatro horas de retraso.<br/><br/><br/>(Publicado en lafresa en Marzo de 2003)]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Gerundio]]></title><link rel="Hijos de un relámpago" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200501]]></issued><modified><![CDATA[200501]]></modified><created><![CDATA[200501]]></created><summary><![CDATA[Gerundio]]></summary><author><name><![CDATA[Nacho Albert]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Gerundio]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/nachoalbert/c_14.htm"><![CDATA[Detrás de ti<br/>corren despavoridos<br/>y tropiezan con tu cuerpo,<br/>esa piedra blanda,<br/>los niños de mocasines moribundos,<br/>sus ojos empañados de miradas rotas,<br/>pulgas ilustres<br/>de hoteles fluorescentes,<br/>restos de veinte naufragios,<br/>de sacarina y agua mineral,<br/>de colirio y adrenalina,<br/>un ejército aguerrido de hombres mansos<br/>sin bromuro ni conciencia.<br/><br/><br/><br/>Detrás de mi<br/>-bajo llave guardo un rosario<br/>de calabazas-,<br/>resisten por el desfiladero de una pubertad<br/>torcida<br/>las peores palabras.<br/><br/>Y todavía corren corazón abajo<br/>lágrimas de otro tiempo,<br/>la presunta inocencia de un niño<br/>de vida harto,<br/>extraviado en la espesura<br/>de los rayos, los truenos,<br/>el frío,<br/>los relámpagos.<br/><br/><br/><br/>Detrás de nosotros,<br/>más allá de la libido,<br/>los ardores y los sentimientos,<br/>queda fiebre y libertinaje,<br/>fósiles bajo la sábana,<br/>desierto en la piel<br/>y nieve en los labios.<br/>Aún queda lo que queda de un hijo,<br/>secretos inconfesables de un quirófano.<br/>Misterio y sequía.<br/>Bagatelas<br/>y besos de abuela.<br/>También queda el desamor:<br/>resaca de un rompecabezas resuelto.<br/><br/><br/><br/>Delante de nosotros,<br/>los versos, las cartas, el teléfono,...<br/>ardua tarea.<br/><br/>(Publicado en lafresa en Febrero de 2004)]]></content></entry><entry><title><![CDATA[domingo trece]]></title><link rel="Hijos de un relámpago" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200501]]></issued><modified><![CDATA[200501]]></modified><created><![CDATA[200501]]></created><summary><![CDATA[domingo trece]]></summary><author><name><![CDATA[Nacho Albert]]></name></author><dc:subject><![CDATA[domingo trece]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/nachoalbert/c_13.htm"><![CDATA[El animal abrió la boca y asomó el fulgor de su garganta. Fue un bostezo o un grito con silenciador. Tremendo gesto de sueño o de asfixia. De hastío o de furia. Aquel barrio tenía la mala costumbre de pintar rostros monstruosos en las fachadas de sus comercios: licorerías, restaurantes, sucursales bancarias... Mejor cuanto más terroríficos. Como inmensas caras de Bélmez. Las ventanas eran los ojos y las puertas las fauces. Y bajo el quicio surgió el ceño fruncido de un hombre. Portaba la inexpresividad del ciudadano anónimo que camina sumido en su pensamiento. Cruzó el umbral. Primero su cuerpo. Después su sombra. Al final su rastro imperdonable, imperecedero. Bajo sus pies la tierra se estremecía y volvía estéril. Y dentro, más allá de los rótulos luminosos, escaparates y artículos de oferta, el vientre vacío de una caja registradora. Signos evidentes de violencia, el piso teñido de rojo y el cuerpo de una mujer, hermosa, adolescente, probablemente embarazada, convulsionándose. Ni siquiera los semáforos de aquella calle maldita estaban despiertos aquella noche.<br/> <br/>(Publicado en lafresa en Enero de 2004)]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Estirpe]]></title><link rel="Hijos de un relámpago" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200501]]></issued><modified><![CDATA[200501]]></modified><created><![CDATA[200501]]></created><summary><![CDATA[Estirpe]]></summary><author><name><![CDATA[Nacho Albert]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Estirpe]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/nachoalbert/c_12.htm"><![CDATA[La muerte era un mal contagioso que se propagaba vertiginosamente entre las gentes de mi familia. Las madres dejaban de ser hijas y comenzaban a ser madres. Los padres no tenían agallas para despedirse y sus hijos sentían en el vientre el tacto frío del desarraigo, de la orfandad. Las camas de los hospitales se llenaban de víctimas. Los pasillos de ángeles. Las salas de espera de rostros sin rostro que aún esperaban lo inesperado. Y los cementerios con las fosas abiertas, en premonitorio bostezo, lustrando su dentadura en espera del inconfundible rumor de los coches fúnebres. Entonces Amalia había muerto definitivamente.<br/><br/>Tal vez hablaba con los muertos porque estaba muerto. Yo era también un número en una lista negra. Mi último recuerdo era el olor de mi propia piel quemándose. Ahora soy un desmemoriado y vago por las estrellas, incapaz de desprenderme de este aroma de muerte que, si nadie lo remedia, me acompañará hasta la eternidad. Sé que algún día estaré preparado para congraciarme con el mundo y lo mundano, para volver a la tierra. Cada vez que brilla una Perseida o un quasar, un difunto me sonríe. Mataría por ponerle a este relato tres puntos de sutura, tres puntos suspensivos... Sin embargo, esta historia no acaba nunca.<br/><br/>(Publicado en lafresa en Septiembre de 2003)]]></content></entry><entry><title><![CDATA[De repente una epidemia de miopía asoló el campo de batalla.]]></title><link rel="Hijos de un relámpago" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200501]]></issued><modified><![CDATA[200501]]></modified><created><![CDATA[200501]]></created><summary><![CDATA[De repente una epidemia de miopía asoló el campo de batalla.]]></summary><author><name><![CDATA[Nacho Albert]]></name></author><dc:subject><![CDATA[De repente una epidemia de miopía asoló el campo de batalla.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/nachoalbert/c_11.htm"><![CDATA[Propagación inminente, como la gangrena. Desde las trincheras los hombres rojos y los hombres azules dispararon al aire sin suerte. Y pronto acabaron su munición. La primera guerra sin muertos era una guerra de ciegos. Después las bayonetas se oxidaron del desuso y en los acres destinados a la sangre creció la hierba.<br/><br/>Un hombre rojo y un hombre azul recobraron la vista simultáneamente y sus ojos no tardaron en encontrarse en el punto medio del prado, al borde de las líneas enemigas. El azul emergió de su trinchera y corrió al encuentro del rojo. El rojo emergió de su trinchera y corrió al encuentro del azul. Ambos con los brazos levantados y palpitaciones. Cuanto más cerca, más extrañeza y confusión, menor el deseo de matar, mayor el deseo del uno por el otro, enamorándose incluso. Pero, al mismo tiempo, mucho mayor su duda. ¿Y si el oponente aspiraba a darle muerte en vez de un beso?<br/><br/>Se detuvieron en seco a un metro de distancia. Jadeando y expectantes. El rojo o el azul se abalanzó sobre el azul o el rojo para darle un beso en tanto que el azul o el rojo se abalanzó sobre el rojo o el azul para darle muerte con su bayoneta. No hubo consenso. Desde la trinchera yo era uno de los mil soldados incapaces de distinguir los colores. Mi miopía sumada a la distancia, la lejanía.<br/><br/>Un acto de amor, y el amor siempre es temerario, sirvió para que en aquella guerra naciese el primer muerto. Y a nadie importaba su color. El superviviente regresó a su trinchera secándose las lágrimas. Ante semejante espectáculo los soldados de ambos bandos se durmieron para la eternidad. Mientras tanto, la hierba se tiñó de rojo y la humedad de la tierra pintó de noche la piel plateada de las bayonetas: inútiles herramientas de la beligerancia abocadas al silencio frío de un museo.<br/><br/>(Publicado en Agosto de 2003)]]></content></entry><entry><title><![CDATA[¿Por qué pierde el bolígrafo un escritor?]]></title><link rel="Hijos de un relámpago" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200501]]></issued><modified><![CDATA[200501]]></modified><created><![CDATA[200501]]></created><summary><![CDATA[¿Por qué pierde el bolígrafo un escritor?]]></summary><author><name><![CDATA[Nacho Albert]]></name></author><dc:subject><![CDATA[¿Por qué pierde el bolígrafo un escritor?]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/nachoalbert/c_10.htm"><![CDATA[Porque previamente ha perdido el reloj y la vergüenza. La billetera y el apetito. La fe y la cabeza. El norte y la mujer. La razón y los papeles. ¿Y para qué quiere un bolígrafo un escritor sin papeles si además ha atentado mil noches seguidas contra el mobiliario urbano de su metrópoli y ahora su hogar es un desvencijado habitáculo donde todo está terminantemente prohibido excepto respirar? El escritor desprovisto de todas esas cosas está atado de manos y pies al libre albedrío de los sodomitas. Y lo único que le queda es ponerse en los labios ingentes cantidades de carmín y colgarse de un seno de su fantasía para hacer bueno el mal trago, el suyo y el de su fornido verdugo. ¿Y para qué quiere el escritor un bolígrafo si no para aliviar sus salpullidos, metérselo por algún orificio o clavárselo en un ojo al antagonista de su última novela? Desde aquí ruego encarecidamente a los escritores que viven en libertad que hagan uso del lápiz, con la función terapéutica que conlleva sacarle punta, o por el contrario se tiren de cabeza al frío e impersonal mar de la tecnología.<br/><br/>(Publicado en lafresa en Julio de 2003)]]></content></entry><entry><title><![CDATA[Una muñeca de muñecas blancas]]></title><link rel="Hijos de un relámpago" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/nachoalbert/atom.xml" title="Hijos de un relámpago"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200501]]></issued><modified><![CDATA[200501]]></modified><created><![CDATA[200501]]></created><summary><![CDATA[Una muñeca de muñecas blancas]]></summary><author><name><![CDATA[Nacho Albert]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Una muñeca de muñecas blancas]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/nachoalbert/c_9.htm"><![CDATA[Tan acostumbrados estaban Alejandro y Luisa a no decir la verdad que su matrimonio naufragó finalmente en un mar tempestuoso de medias verdades y mentiras a medias. A partir de entonces, Alejandro se convirtió en un hombre encorvado. Caminaba más despacio de lo habitual, como si el tiempo pesara más y pasara por su lado más despacio de lo habitual. Aquella tarde era la primera tarde del resto de su vida y la calle Alcazabilla parecía más larga que otras tardes. Con las manos en la espalda, Alejandro era un hombre solitario al que de repente le sobraba la mayor parte de su soledad y todo el tiempo del mundo. Aquel martes comenzaba en el cine Victoria un ciclo dedicado a Humphrey Bogart. Alejandro no había visto El halcón maltés y se aproximó a la taquilla. Se hurgó en el bolsillo y sacó tres euros.<br/><br/>Nueve hombres y una mujer yacían esparcidos por la sala. Como mandaban los cánones, Alejandro ocupó una butaca de la séptima fila. Durante la película, la mujer recorrió el pasillo varias veces para sentarse al lado de cada hombre. La proyección finalizó y nadie se había sentado con Alejandro, más encorvado si cabía.<br/><br/>Una semana después, proyectaban Casablanca y Alejandro alcanzó la séptima fila. Inmediatamente la mujer se sentó a su lado, una niña de quince años como mucho y pálida como el día. Se llamaba Lula y cobraba un euro por masturbar a los espectadores. Alejandro rechazó la oferta y la niña corrió a sentarse con otro hombre.<br/><br/>El martes siguiente, Tener y no tener. Alejandro era el único hombre en la sala y Lula se sentó con él. Lloraba como la niña que era porque esa tarde no iba a ganar ni un céntimo. Entonces Alejandro se apiadó de ella y dejó que le masturbara. Una muñeca de muñecas blancas y frenéticas, pequeños luceros del patio de butacas.<br/><br/>El 14 de enero proyectaban El sueño eterno. A pesar de que ya la había visto tres veces, Alejandro accedió a la sala movido por su deseo de encontrarse con Lula. Minutos más tarde, otra mujer se sentó a su lado y le propuso chupársela por un euro, pero Alejandro sólo quería a la muñeca. Esa mañana Lula había intentado suicidarse.<br/><br/>Alejandro entró en la habitación nº 15 y dejó el ramo sobre una silla. Bajo las mantas, Lula miraba atentamente al televisor. Hacía cuarenta y seis años de la muerte de Bogey y la niña había querido celebrarlo a su manera. Alejandro apagó la luz, se metió en la cama y dejó que le masturbara. Una muñeca de muñecas vendadas pero frenéticas. En la Primera de TVE Más dura será la caída y sobre la mesilla tres euros.<br/><br/>(Publicado en lafresa en Abril de 2003)]]></content></entry></feed>
