De repente una epidemia de miopía asoló el campo de batalla.
Propagación inminente, como la gangrena. Desde las trincheras los hombres rojos y los hombres azules dispararon al aire sin suerte. Y pronto acabaron su munición. La primera guerra sin muertos era una guerra de ciegos. Después las bayonetas se oxidaron del desuso y en los acres destinados a la sangre creció la hierba.
Un hombre rojo y un hombre azul recobraron la vista simultáneamente y sus ojos no tardaron en encontrarse en el punto medio del prado, al borde de las líneas enemigas. El azul emergió de su trinchera y corrió al encuentro del rojo. El rojo emergió de su trinchera y corrió al encuentro del azul. Ambos con los brazos levantados y palpitaciones. Cuanto más cerca, más extrañeza y confusión, menor el deseo de matar, mayor el deseo del uno por el otro, enamorándose incluso. Pero, al mismo tiempo, mucho mayor su duda. ¿Y si el oponente aspiraba a darle muerte en vez de un beso?
Se detuvieron en seco a un metro de distancia. Jadeando y expectantes. El rojo o el azul se abalanzó sobre el azul o el rojo para darle un beso en tanto que el azul o el rojo se abalanzó sobre el rojo o el azul para darle muerte con su bayoneta. No hubo consenso. Desde la trinchera yo era uno de los mil soldados incapaces de distinguir los colores. Mi miopía sumada a la distancia, la lejanía.
Un acto de amor, y el amor siempre es temerario, sirvió para que en aquella guerra naciese el primer muerto. Y a nadie importaba su color. El superviviente regresó a su trinchera secándose las lágrimas. Ante semejante espectáculo los soldados de ambos bandos se durmieron para la eternidad. Mientras tanto, la hierba se tiñó de rojo y la humedad de la tierra pintó de noche la piel plateada de las bayonetas: inútiles herramientas de la beligerancia abocadas al silencio frío de un museo.
(Publicado en Agosto de 2003)
Un hombre rojo y un hombre azul recobraron la vista simultáneamente y sus ojos no tardaron en encontrarse en el punto medio del prado, al borde de las líneas enemigas. El azul emergió de su trinchera y corrió al encuentro del rojo. El rojo emergió de su trinchera y corrió al encuentro del azul. Ambos con los brazos levantados y palpitaciones. Cuanto más cerca, más extrañeza y confusión, menor el deseo de matar, mayor el deseo del uno por el otro, enamorándose incluso. Pero, al mismo tiempo, mucho mayor su duda. ¿Y si el oponente aspiraba a darle muerte en vez de un beso?
Se detuvieron en seco a un metro de distancia. Jadeando y expectantes. El rojo o el azul se abalanzó sobre el azul o el rojo para darle un beso en tanto que el azul o el rojo se abalanzó sobre el rojo o el azul para darle muerte con su bayoneta. No hubo consenso. Desde la trinchera yo era uno de los mil soldados incapaces de distinguir los colores. Mi miopía sumada a la distancia, la lejanía.
Un acto de amor, y el amor siempre es temerario, sirvió para que en aquella guerra naciese el primer muerto. Y a nadie importaba su color. El superviviente regresó a su trinchera secándose las lágrimas. Ante semejante espectáculo los soldados de ambos bandos se durmieron para la eternidad. Mientras tanto, la hierba se tiñó de rojo y la humedad de la tierra pintó de noche la piel plateada de las bayonetas: inútiles herramientas de la beligerancia abocadas al silencio frío de un museo.
(Publicado en Agosto de 2003)





