Estirpe
La muerte era un mal contagioso que se propagaba vertiginosamente entre las gentes de mi familia. Las madres dejaban de ser hijas y comenzaban a ser madres. Los padres no tenían agallas para despedirse y sus hijos sentían en el vientre el tacto frío del desarraigo, de la orfandad. Las camas de los hospitales se llenaban de víctimas. Los pasillos de ángeles. Las salas de espera de rostros sin rostro que aún esperaban lo inesperado. Y los cementerios con las fosas abiertas, en premonitorio bostezo, lustrando su dentadura en espera del inconfundible rumor de los coches fúnebres. Entonces Amalia había muerto definitivamente.
Tal vez hablaba con los muertos porque estaba muerto. Yo era también un número en una lista negra. Mi último recuerdo era el olor de mi propia piel quemándose. Ahora soy un desmemoriado y vago por las estrellas, incapaz de desprenderme de este aroma de muerte que, si nadie lo remedia, me acompañará hasta la eternidad. Sé que algún día estaré preparado para congraciarme con el mundo y lo mundano, para volver a la tierra. Cada vez que brilla una Perseida o un quasar, un difunto me sonríe. Mataría por ponerle a este relato tres puntos de sutura, tres puntos suspensivos... Sin embargo, esta historia no acaba nunca.
(Publicado en lafresa en Septiembre de 2003)
Tal vez hablaba con los muertos porque estaba muerto. Yo era también un número en una lista negra. Mi último recuerdo era el olor de mi propia piel quemándose. Ahora soy un desmemoriado y vago por las estrellas, incapaz de desprenderme de este aroma de muerte que, si nadie lo remedia, me acompañará hasta la eternidad. Sé que algún día estaré preparado para congraciarme con el mundo y lo mundano, para volver a la tierra. Cada vez que brilla una Perseida o un quasar, un difunto me sonríe. Mataría por ponerle a este relato tres puntos de sutura, tres puntos suspensivos... Sin embargo, esta historia no acaba nunca.
(Publicado en lafresa en Septiembre de 2003)
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