domingo trece
El animal abrió la boca y asomó el fulgor de su garganta. Fue un bostezo o un grito con silenciador. Tremendo gesto de sueño o de asfixia. De hastío o de furia. Aquel barrio tenía la mala costumbre de pintar rostros monstruosos en las fachadas de sus comercios: licorerías, restaurantes, sucursales bancarias... Mejor cuanto más terroríficos. Como inmensas caras de Bélmez. Las ventanas eran los ojos y las puertas las fauces. Y bajo el quicio surgió el ceño fruncido de un hombre. Portaba la inexpresividad del ciudadano anónimo que camina sumido en su pensamiento. Cruzó el umbral. Primero su cuerpo. Después su sombra. Al final su rastro imperdonable, imperecedero. Bajo sus pies la tierra se estremecía y volvía estéril. Y dentro, más allá de los rótulos luminosos, escaparates y artículos de oferta, el vientre vacío de una caja registradora. Signos evidentes de violencia, el piso teñido de rojo y el cuerpo de una mujer, hermosa, adolescente, probablemente embarazada, convulsionándose. Ni siquiera los semáforos de aquella calle maldita estaban despiertos aquella noche.
(Publicado en lafresa en Enero de 2004)
(Publicado en lafresa en Enero de 2004)
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