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Hijos de un relámpago
breves e hiperbreves de NACHO ALBERT
Acerca de
Nacho Albert Valga esta perversión, dijo el hombre, lo bueno, si hiperbreve, mil veces bueno o un millón de veces mejor. Inmediatamente después depositó sobre una bandeja de plata la parte más blanda de su cuerpo, sus mejores vísceras... _______VISITAS______
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Plaza de la Merced
Colgados de un triste tendedero
o un cable de alta tensión,
del hilo telefónico o el hilo
esquivo de la luz,
de un cirro, un estrato, un cúmulo
o una rama cenicienta,
fulminada,
del árbol del ahorcado
o un árbol
genealógico,
del horizonte, la luna, el olvido
o una raya infinita con punta
de muerte, de suicidio, con trazas
de purgatorio,
las víctimas de la última
pesca danzaban al compás
de mis gemidos como cruces
invertidas,
cementerio de pañuelos
sin viento,
murciélagos de pie
con el alma entablillada,
sin dios ni lazarillo,
como espigas de trigo, un par
de calcetines,
balancines espectrales,
leales a las sombras,
o vísceras de un anciano
desahuciado.

Sus ojos muertos yacían
en mis ojos de cristal.

Tras el cristal quebradizo
de la mañana,
el olor a sexo de mi mentón
y dos cristales mojados,
rojos y amarillos por la ira,
cansados de mirar
y no ver ya
nada.


Miré el obelisco,
más allá las azoteas, sus grietas
y la bóveda:
un espejo roto sin dueño
ni adversario.

Las palomas de Picasso
volaban con destreza
y cosían
con hilo dental
la herida de los lienzos,
los labios borrachos
de los dolientes,
los jirones obstinados
de las banderas.


De un ático blanco brotaba
una niña con cuerpo
de adormidera
para desnudar su alma
y arrojar sus trenzas
a los peregrinos
absortos.

Sol era la reina
del sol
hasta que un hombre atormentado,
ávido hacedor de eclipses,
optó por rebanarle
los párpados.

Y los balcones de la plaza
no abren ya sus ojos
de madera.


Yo detestaba a los hombres
que detestaban los pantalones
de cuadros.
No había bebido mi pócima
y era incapaz de escribir una sola
palabra.
Sólo articulaba palabras tan poco
cotidianas como cotidianeidad.

Mi corazón era un motor
que nunca arrancaba
a la primera.


Las últimas palomas procedentes
del seísmo
osaron posarse en el hombro
de los que pintaban
para ver la vida
pasar.

Sus ojos convexos, el pico curvo,
sueños de grandeza y alas
de mármol,
diseminados
por el empedrado de la plaza
como un bosquejo,
como una exposición de pecados
sin penitencia posible
ni absolución.


En un banco de piedra
se sentaban mis cuadros
a esperar.

Pero la espera solía matarme

Y el animal verde llegaba siempre
con veinticuatro horas de retraso.


(Publicado en lafresa en Marzo de 2003)
 
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