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Hijos de un relámpago
breves e hiperbreves de NACHO ALBERT
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Nacho Albert Valga esta perversión, dijo el hombre, lo bueno, si hiperbreve, mil veces bueno o un millón de veces mejor. Inmediatamente después depositó sobre una bandeja de plata la parte más blanda de su cuerpo, sus mejores vísceras... _______VISITAS______
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Sin necesidad de un título.
Zarpa el último velero, flamea su pabellón raído y se desvanece su estela de nieve. Tras las montañas peladas se pone el sol, cansado de brindar al pueblo otra tarde inolvidable. Sin embargo, yo sigo sentado en el mismo banco que antes, esperando las sombras al otro lado de la felicidad, fumando sin ganas un cigarrillo tras otro y estirando los minutos que me separan de mis obligaciones. Hay quien dice que por la noche el muelle se convierte en un lugar extremadamente peligroso, pero no será para tanto. Lo cierto es que no me queda tabaco, ya es tarde y aunque sea lo último que me apetece tal vez debería volver. Además, quizá sea hoy mi día de suerte y Victoria se haya dormido. Entonces un golpe seco desvía mi atención. A lo lejos, un hombre grueso arrastra del cabello a una mujer y cada pocos metros le propina un puntapié en su rostro sanguinolento. ¡Dios mío, la va a matar! Soy incapaz de soportar tanto sufrimiento y me tapo los ojos con las manos para no ver nada. Me doy la vuelta y echo a correr como una exhalación, sin mirar atrás...

Sin hacer ruido pliego las sábanas, soy consciente de que a los pies de la cama me aguardan unos pies fríos. Aunque el cuerpo de Victoria yazca a escasos centímetros del mío, hace muchos años que nuestras almas navegan en distinta dirección y ya es del todo imposible que puedan encontrarse. La penumbra no es suficiente y en el espejo del vestidor tropiezo con mis ojos abiertos, tan abiertos como los ojos de un búho o los ojos de la mujer tendida en el empedrado del muelle. Tal vez no haya actuado correctamente y sea un cobarde. Mi miedo se fundió con su pánico y sus gritos de dolor braman todavía en mi cabeza. Hoy más que nunca tampoco podré conciliar el sueño... Pero al alba me despierto súbitamente, con espanto me está mirando Victoria. Alza un paraguas y me apunta a los ojos, tras su espalda se cuelan las primeras luces del día. Entonces se apresura a la cama, me agarra del brazo y tira con fuerza, parece como si no me reconociese. O salgo inmediatamente de su casa o llama a la policía, no comprendo. En las sábanas hay restos de sangre reseca, yo ignoraba que estuviera menstruando. Pero en el espejo del vestidor descubro el verdadero rostro de la fatalidad: mis pechos han crecido considerablemente, mi barba de dos años ha desaparecido y, lo que es peor, mis bragas están ensangrentadas. No soy ni la sombra del hombre que era hace unas horas, no reconozco mi piel, mis manos, mi cuerpo. Sobre la mesilla, mi retrato ya no es mío. Victoria está marcando y tengo que salir de allí como sea. Abro la puerta y bajo las escaleras. Salgo al exterior, aún el sol está encarnado. En la lejanía se oyen las sirenas de los coches de policía. Doblo la esquina y me sumerjo en un callejón oscuro, al fondo la silueta de un hombre grueso que se aproxima velozmente. Cuando está a escasos metros, le tiendo la mano para que me ayude, pero me empuja, me arroja contra el asfalto y la emprende a patadas conmigo. Detrás de un contenedor de basura, otro hombre me está mirando. Vacila un instante, pero acto seguido se tapa los ojos con las manos para no ver nada. Al final se digna a salir de su escondite y, al contrario de lo que habría hecho cualquiera, huye en dirección contraria al escenario del crimen, sin mirar atrás...

Pasó otra madrugada infausta e inolvidable y atracó el primer velero de la mañana.

(Publicado en lafresa en Abril de 2004)
 
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