las pequeñas cosas
Aunque Estados Unidos despliegue toda su artillería pesada, su yugo y su boato, alcance los confines del universo y consiga con su jabón letal lustrar los anillos de Saturno, es indiscutible que corren tiempos de minimalismo y nanotecnología. Prueba de ello es mi mano derecha. Sí, en efecto, soy diestro, pero diestro a secas, ya me gustaría ser diestro en lo que a destreza se refiere para tener la cantidad necesaria para vivir mejor y por ende ser más feliz que ahora.
Como decía, mi mano derecha, curtida en aventuras y desventuras de personajes ficticios, las peripecias de los hijos de mi inventiva, esta imaginación que se desborda como las aguas durante el deshielo a los mandos de mi computadora. Mi mano no es otra cosa sino un mundo pequeño, submundo, inframundo, que la llamen como quieran, un satélite que orbita alrededor de un cerebro, un súbdito que obedece a la tiranía de un rey. En cuestión de segundos se establece un flujo indestructible que parte de mi cabeza y desemboca en mis dedos. Primero mi puño, después mi letra. Cada mañana se abre mi mano como una flor carnívora. En su piel queda registrado el destino del hombre, la suerte de un servidor, como la ley en la roca con un cincel. Las líneas de mi mano son la partitura de un adagio, una tela de araña atestada de víctimas, cada día es una nota colgada como una mosca del pentagrama del tiempo, un grito de auxilio y un naufragio en la línea del horizonte.
Definitivamente no hay mundo más ínfimo que la palma de mi mano, cuenca exenta de dioses, esclava que transforma las órdenes de arriba en palabras de amor y odio, de vida y muerte. Hace sólo un instante que la línea de mi vida ha concluido su andadura, una calle cortada por obras, un río en meses de sequía, callejón sin salida sin más salida que el morir. Por tanto acaba aquí mi encarnizada y callada lucha contra el imperialismo norteamericano.
(Publicado en lafresa en Junio de 2004)
Como decía, mi mano derecha, curtida en aventuras y desventuras de personajes ficticios, las peripecias de los hijos de mi inventiva, esta imaginación que se desborda como las aguas durante el deshielo a los mandos de mi computadora. Mi mano no es otra cosa sino un mundo pequeño, submundo, inframundo, que la llamen como quieran, un satélite que orbita alrededor de un cerebro, un súbdito que obedece a la tiranía de un rey. En cuestión de segundos se establece un flujo indestructible que parte de mi cabeza y desemboca en mis dedos. Primero mi puño, después mi letra. Cada mañana se abre mi mano como una flor carnívora. En su piel queda registrado el destino del hombre, la suerte de un servidor, como la ley en la roca con un cincel. Las líneas de mi mano son la partitura de un adagio, una tela de araña atestada de víctimas, cada día es una nota colgada como una mosca del pentagrama del tiempo, un grito de auxilio y un naufragio en la línea del horizonte.
Definitivamente no hay mundo más ínfimo que la palma de mi mano, cuenca exenta de dioses, esclava que transforma las órdenes de arriba en palabras de amor y odio, de vida y muerte. Hace sólo un instante que la línea de mi vida ha concluido su andadura, una calle cortada por obras, un río en meses de sequía, callejón sin salida sin más salida que el morir. Por tanto acaba aquí mi encarnizada y callada lucha contra el imperialismo norteamericano.
(Publicado en lafresa en Junio de 2004)
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