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Hijos de un relámpago
breves e hiperbreves de NACHO ALBERT
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Nacho Albert Valga esta perversión, dijo el hombre, lo bueno, si hiperbreve, mil veces bueno o un millón de veces mejor. Inmediatamente después depositó sobre una bandeja de plata la parte más blanda de su cuerpo, sus mejores vísceras... _______VISITAS______
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El frío de la soledad.
María era una guerrera y aquella noche yo fui el elegido para velar su reposo. Hasta entonces jamás había cuidado de nadie, ni siquiera de mí mismo. Después de cien años, la vida no había herido lo suficiente a aquella anciana como para matarla. Su cuerpo permanecía tendido, en un estado desprovisto de nombre, ajeno a la consciencia. Sin hacer ruido me zambullí en la cama del dormitorio contiguo y me tapé hasta los ojos. Al frío de diciembre había que sumarle el frío de mi soledad. No tardé demasiado en sentir sobre mis ojos el infrahumano peso de las sombras.

De repente tenía sed o soñé que tenía sed. De tantos sueños desérticos se me habían resecado los labios, pero no me atreví a bajar de la cama. Sabía que el calor de mi subconsciente contrastaba con el frío de la realidad. En diciembre se congelaba hasta la vida de los desahuciados y yo tenía suerte de tener manta y techo, aunque entonces tuviera sed. De repente me estaba muriendo o soñé que me estaba muriendo. Asistí al entierro de mi cuerpo en la arena, un cuerpo tan impedido como el de María, paralizado no sé bien si del calor o el frío. Sobre mi cabeza el sol arreciaba tanto como mi sed, en mis carnes comencé a sufrir los estragos de la inconsciencia. Mi sueño era una cárcel contradictoria y yo estaba preso. Pero escuché el ruido de una llave en la cerradura, su secuencia de giros cansados. Como un ángel entró María con su blanco camisón de seda, una sonrisa y un enorme vaso de agua. Me sujetó la cabeza y me dio de beber. Luego desapareció en la penumbra. De repente me desperté o soñé que me despertaba.

No era dueño de mis actos y de un salto me levanté, la inercia del sediento supuse. No hacía frío, salí del dormitorio y asistí al espectáculo del alba. Mis pasos me llevaron a la habitación contigua. En idéntica posición permanecía María, tan inconsciente como en los últimos cinco años. La besé en la frente y corrí a la cocina. Cuando abrí el grifo me percaté de que ya no tenía sed. Entonces regresé a la cama un poco más feliz que por la noche. Ni siquiera sentía en mi piel el frío de la soledad, la abuela María estaba conmigo.

(Publicado en lafresa en Diciembre de 2002)
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