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Viaje a Innisfree
Cuentos, poemas, el día a día. Blog donde se esconden musas.
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De vocación, escritor. Me gusta escuchar el silencio, la brisa, el color verde asturias, verde sidra. Y el azul. Azul mar, azul cielo, azul renault del Nano.
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La aduana de la conciencia
Empezaba a sentir frío, y ese frío me sacó de algún sueño que se escapaba raudo. Inmóvil, con la cabeza ladeada en una almohada de arena, noté que las olas se habían escapado con el tiempo y la marea. Cuánto tiempo llevo aquí. Noté el hilo de baba, el dolor en el cuello. Quería moverme, pero aún estaba atrapado en la aduana de la conciencia. Inmóvil, me toqué el bañador. Seco. Abrí un ojo esperando encontrarme al grupo de la guitarra o al niño de la pelota roja, o a la lectora del bíblico best-seller. Nada. Nadie. Quise girarme y comprobar la otra mitad de playa. Quise, pero me quedé por un instante recordando, que el antebrazo me cubría los ojos haciendo de pantalla al sol. El otro brazo extendido, hundía los dedos en la ardiente arena que rascaba una y otra vez con los dedos de los pies. Inmóvil, recordé un “Yesterday” playero adornado de aplausos acompasados. Inmóvil, recordé recordándome que le pediría una espumosa cerveza al vendedor ambulante, y que ahora bien cambiaría por un espumoso café. Espumoso, espuma…Recordé la espuma del mar, alejándose, dejando tras de sí, arena compacta resquebrajada por pisadas sin ningún destino, tránsito de gaviotas hambrientas. Inmóvil recordé, recordé que seguía inmóvil.
El escalofrío de una ráfaga de viento helado recorrió mi espalda que apretó aún más si cabe, mi rostro en la toalla. Volví a sentir la baba. Giré mi cuerpo hacia la mitad de playa desierta y, primero con el dedo índice de mi mano derecha, me toqué en la comisura del labio inferior un surco de saliva que desapareció presuroso con el apoyo de las yemas corazón, anular y meñique, uniéndose en la limpieza al dedo acusador.
Hinqué las rodillas. Volví a sentir el cuello dolorido cuando observé que en la otra mitad de playa no había nadie. Quizás si forzaba la vista, entre las rocas más lejanas, se dejaba ver una caña de pescador. Quizás porque, apenas había traspasado la aduana de la conciencia. Me incorporé. Sacudí la toalla en dirección contraría al horizonte, como si el viento me advirtiera que vine con una camiseta blanca, un paquete de tabaco y unas sandalias que jugaban a esconderse en la arena. También me indicaba que no estaba sólo. Contemplé la huida del grupo “beatle”. Lejos, muy lejos. En el cemento, donde descansan sus autos, con las toallas sobre sus cabezas y a paso ligero. Gritos femeninos. Porqué gritarán. Entonces miré la arena, formando minúsculas circunferencias húmedas. La lluvia se mostró ante mí golpeándome. ¡Lárgate!, me dice. ¡Corre!, ¡Corre! Las nubes rasgaron veinte días de sudor y de sofoco. La lluvia me alejó de la aduana y sonreí.
No