El último día
Después de veinte años. Un montón de días. El último. Sólo el último día percibió de manera diferente la ciudad por la cual caminaba. Sus retinas retenían con más fuerza las calles que lo vieron pasar durante dos décadas. Qué diferente se ve todo. Soy yo o es la ciudad la que me despide. Porque ya no lo conozco. O porque ya no me conoce. Miró las fachadas de las casas que no miré en todos estos años. Qué diferente se ve todo. El último trayecto a casa, y parece hecho por un forastero. Le pido el diario a la quiosquera y me la quedo mirando. Por primera vez. Después de veinte años. Madura, de pelo negro, ojos castaños, y una lunar en la mejilla izquierda. “¿Alguna otra cosa?” Lo ha notado. Cruzo la calle y decido no leerlo mientras camino. Quiero retener lo nunca visto. Me giro para ver desde otra perspectiva el quiosco y sigo. Por la misma acera viene Rogelio. Vuelve al taller para continuar su trabajo. Me mirará, resoplará. Me dirá algo así como “Al trabajo otra vez”. Le haré un gesto. Algo así como “qué remedio”. “Hasta luego” dice Rogelio. “Hasta luego” le digo. Sin resoplar y apoyándome su mano en la espalda de pasada.
Cuándo volveré a pasear por la playa de Blenda. Observar su brava mar. Dentro de una hora y tres cuartos dejaré atrás esta tierra. Sólo me queda una entrada y una salida de mi vieja casa. Estoy a dos manzanas de ella. Paso de largo el Café Colt sin dejar de mirar sus mesas, sus sillas, su gente, su olor, hasta que todo esa imagen se pierde al doblar la esquina. Que no se me borre nada, suplico. Que no se me borre nada.
Cuándo volveré a pasear por la playa de Blenda. Observar su brava mar. Dentro de una hora y tres cuartos dejaré atrás esta tierra. Sólo me queda una entrada y una salida de mi vieja casa. Estoy a dos manzanas de ella. Paso de largo el Café Colt sin dejar de mirar sus mesas, sus sillas, su gente, su olor, hasta que todo esa imagen se pierde al doblar la esquina. Que no se me borre nada, suplico. Que no se me borre nada.