La edad de la inocencia
Johnny y Tony se conocían desde pequeños. Johnny era el aventurero y Tony el que, por decirlo de alguna manera, se lanzaba por la ventana detrás de él. Digo esto porque es lo que nos decían nuestras madres cuando llegábamos a casa con los pantalones rotos, o llenos de barro. Entrábamos por la puerta con las orejas gachas y el rabo entre las piernas esperando el momento de la reprimenda. ¡Pero, qué has estado haciendo! ¡Mira como vas!, ¡No te da vergüenza! Y nosotros respondíamos: “Es que fui con mi amigo a un río y seguimos su curso caminando por dentro del agua…
“¡¿Por dentro del agua?! ¿Tú eres tonto niño? “Es que… Johnny… ¡Johnny!. O sea, que si Johnny se tira por la ventana… tú también.
Johhny era la clase de persona que maduraba antes, el que tenía la iniciativa. El que se tiraba primero por la ventana, y el que, al contrario que Tony, también entraba por ella. Tony entraba por la puerta con las orejas gachas y el rabo entre las piernas. Pero esto (el truco de Johnny) Tony nunca lo supó, porque a Johnny no le interesaba que su fiel compañero fuera tan listo como él. Y siempre la misma historia.
Johnny siempre era el que llamaba a la puerta de Tony (nunca al revés).
-¿Está Tony?
La madre lo buscaba advirtiéndole: “Cómo vuelvas sucio, no sales más”, le susurraba en la oreja mientras le recolocaba el jersey. Luego se giraba hacia Johnny con una falsa sonrisa y le decía: “No os metáis por sitios extraños”. Pluralizando pero, en realidad el mensaje era para Johnny. La madre de Tony sabía quién era el líder. Tony nunca supo de la misa a la mitad. Era el típico niño agilipollado.
-“Estuvo bien lo de la aventura del río Johnny, pero hoy no quiero volver. Tardan mucho en secar los calcetines y los pantalones y mi madre se da cuenta”.
-“No pasa nada Tony, tranquilo. ¿Sabes que hay una cascada de agua a una media hora de aquí y un pozo con agua?
-“Pero… yo no puedo mojarme…”
-“Tranquilo, no nos mojaremos”.
Johnny sabía en cada momento lo que le iba a decir Tony. Sólo esperaba a que lo dijese, para que no notara sus dotes de mando. Le dejaba decir: “No puedo hacer lo de ayer…” para luego volver a tomar la iniciativa. Johnny sólo tenía que esperar a la pregunta mágica. Y no esperaba mucho. La pregunta típica de un agilipollado: ¿Qué podemos hacer ahora? Y Johnny siempre decidía.
Cuando llegaron a la cascada, Johnny hechizaba a Tony con sus palabras: “¿No es genial la aventura? ¿Conocer sitios desconocidos?...” Tony asentía mirando la expresión de felicidad de su amigo, mientras rezaba para sus adentros agobiado por el miedo a volver a casa hecho una piltrafa. “Si…si… es… cojonuda la aventura, si”.
-“Mira Tony, sólo se vive una vez y hay que aprovechar el momento, Carpe Diem”
-Carpe…Diem…si.
-Así que hay que hacer locuras.
-Lo...lo...locuras si.
-Así que…
-Así que… ¿qué?
-Johnny miraba a Tony y se descojonaba para sus adentros con sólo verle la expresión de su aterrada mirada.
-¡Bañémonos en el pozo!, ¡Saltemos desde la cascada!
-¡No, no! Ya te advertí de que no me mojaría.
Johnny no pudo contener su risa. “Sólo tenemos que quitarnos la ropa y disfrutar”
-Pero…yo no traje bañador. “Yo tampoco, ya sabes, hay que vivir la aventura”.
Al final Johnny se salió con la suya como siempre y se bañaron en el pozo saltando desde la cascada. Se lo pasaron bien durante horas. Luego se vistieron cuando empezó a caer un chaparrón.
-Tranquilo Tony, nos ocultaremos en aquellas rocas. Media hora después de la intensa lluvia prosiguieron su marcha a casa. Hasta que algo les detuvo. El único camino por que el que podían pasar estaba embarrado.
-¡Mierda, y ahora ¿qué?!
-El barro aún está duro, de todas formas pasaremos por donde haya roca.
Imagínense la escena. En un pequeño tramo de unos diez metros, Tony vio pasar toda su vida ante sus ojos. Johnny sólo vio roca debajo de sus pies en cada salto.
Está vez fue Tony quien tomó la iniciativa. Quería llegar el primero al otro lado. Johnny le dejó pasar. Después de salvar algunos metros con algún susto incluido en forma de resbalones, Tony (siempre Tony), intentó llegar a la última roca, pero estaba muy lejos. Así que en un acto reflejo intentó poner los pies en el barro más seco que encontrase. La mala fortuna le hizo meter la pata otra vez, (hasta la rodilla) en la aparente sequedad del fango.
Johnny se volvía a descojonar. No fue casual dejar pasar primero a Tony. Se lo tomó con más calma.
-Tony, pásame aquella rama. Tony se la pasó.
“En la aventura, hay que estar preparado para las sorpresas que te depara el camino” dijo.
Empezó a meter la rama en el fango hasta que encontró una zona más seca y la cruzó corriendo, para mancharse lo menos posible. Vuelvan a imaginarse la escena.
Johnny tenía las plantas de las zapatillas llenas de barro. Tony, tenía una pernera de cada color y sus zapatillas deportivas… ¡Qué vamos a decir de sus zapatillas deportivas!
-Bueno, a pesar de todo esto, no me digas que no lo pasamos bien.
¡Tú, tú te lo pasaste de puta madre cabrón! ¡Y ahora que le digo yo a mi madre ¿.eh?!
¡Joder, joder, me cago en la puta! Como es lógico Johnny, entre carcajada y carcajada, trataba de tranquilizarlo y Tony (siempre Tony) se tragaba sus pensamientos reales. Aquellos que si dijera en voz alta, lo humillarían aún más. (“Porqué me pasa a mí y nunca a ti, porqué no te caíste como yo, soy un inútil”).
Al final, lo mismo de siempre. Tony entra por la puerta con las orejas gachas y el rabo entre las piernas, pero aprendiendo la lección que dejaría de convertirlo en el futuro en un agilipollado.
¡Pero…otra vez!
¡Sí mamá, otra vez! ¡Pero está vez he sido yo quién le ha dicho que fuéramos allí! ¡He sido yo quien le dijo que nos tiráramos por la ventana! ¡Y por si te sirve de consuelo…él ha llegado más sucio que yo, joder!
Después de las correspondientes bofetadas, que le llevaron caliente a la cama y sin probar bocado, la madre cerró la puerta de su dormitorio y sonrió.
“¡¿Por dentro del agua?! ¿Tú eres tonto niño? “Es que… Johnny… ¡Johnny!. O sea, que si Johnny se tira por la ventana… tú también.
Johhny era la clase de persona que maduraba antes, el que tenía la iniciativa. El que se tiraba primero por la ventana, y el que, al contrario que Tony, también entraba por ella. Tony entraba por la puerta con las orejas gachas y el rabo entre las piernas. Pero esto (el truco de Johnny) Tony nunca lo supó, porque a Johnny no le interesaba que su fiel compañero fuera tan listo como él. Y siempre la misma historia.
Johnny siempre era el que llamaba a la puerta de Tony (nunca al revés).
-¿Está Tony?
La madre lo buscaba advirtiéndole: “Cómo vuelvas sucio, no sales más”, le susurraba en la oreja mientras le recolocaba el jersey. Luego se giraba hacia Johnny con una falsa sonrisa y le decía: “No os metáis por sitios extraños”. Pluralizando pero, en realidad el mensaje era para Johnny. La madre de Tony sabía quién era el líder. Tony nunca supo de la misa a la mitad. Era el típico niño agilipollado.
-“Estuvo bien lo de la aventura del río Johnny, pero hoy no quiero volver. Tardan mucho en secar los calcetines y los pantalones y mi madre se da cuenta”.
-“No pasa nada Tony, tranquilo. ¿Sabes que hay una cascada de agua a una media hora de aquí y un pozo con agua?
-“Pero… yo no puedo mojarme…”
-“Tranquilo, no nos mojaremos”.
Johnny sabía en cada momento lo que le iba a decir Tony. Sólo esperaba a que lo dijese, para que no notara sus dotes de mando. Le dejaba decir: “No puedo hacer lo de ayer…” para luego volver a tomar la iniciativa. Johnny sólo tenía que esperar a la pregunta mágica. Y no esperaba mucho. La pregunta típica de un agilipollado: ¿Qué podemos hacer ahora? Y Johnny siempre decidía.
Cuando llegaron a la cascada, Johnny hechizaba a Tony con sus palabras: “¿No es genial la aventura? ¿Conocer sitios desconocidos?...” Tony asentía mirando la expresión de felicidad de su amigo, mientras rezaba para sus adentros agobiado por el miedo a volver a casa hecho una piltrafa. “Si…si… es… cojonuda la aventura, si”.
-“Mira Tony, sólo se vive una vez y hay que aprovechar el momento, Carpe Diem”
-Carpe…Diem…si.
-Así que hay que hacer locuras.
-Lo...lo...locuras si.
-Así que…
-Así que… ¿qué?
-Johnny miraba a Tony y se descojonaba para sus adentros con sólo verle la expresión de su aterrada mirada.
-¡Bañémonos en el pozo!, ¡Saltemos desde la cascada!
-¡No, no! Ya te advertí de que no me mojaría.
Johnny no pudo contener su risa. “Sólo tenemos que quitarnos la ropa y disfrutar”
-Pero…yo no traje bañador. “Yo tampoco, ya sabes, hay que vivir la aventura”.
Al final Johnny se salió con la suya como siempre y se bañaron en el pozo saltando desde la cascada. Se lo pasaron bien durante horas. Luego se vistieron cuando empezó a caer un chaparrón.
-Tranquilo Tony, nos ocultaremos en aquellas rocas. Media hora después de la intensa lluvia prosiguieron su marcha a casa. Hasta que algo les detuvo. El único camino por que el que podían pasar estaba embarrado.
-¡Mierda, y ahora ¿qué?!
-El barro aún está duro, de todas formas pasaremos por donde haya roca.
Imagínense la escena. En un pequeño tramo de unos diez metros, Tony vio pasar toda su vida ante sus ojos. Johnny sólo vio roca debajo de sus pies en cada salto.
Está vez fue Tony quien tomó la iniciativa. Quería llegar el primero al otro lado. Johnny le dejó pasar. Después de salvar algunos metros con algún susto incluido en forma de resbalones, Tony (siempre Tony), intentó llegar a la última roca, pero estaba muy lejos. Así que en un acto reflejo intentó poner los pies en el barro más seco que encontrase. La mala fortuna le hizo meter la pata otra vez, (hasta la rodilla) en la aparente sequedad del fango.
Johnny se volvía a descojonar. No fue casual dejar pasar primero a Tony. Se lo tomó con más calma.
-Tony, pásame aquella rama. Tony se la pasó.
“En la aventura, hay que estar preparado para las sorpresas que te depara el camino” dijo.
Empezó a meter la rama en el fango hasta que encontró una zona más seca y la cruzó corriendo, para mancharse lo menos posible. Vuelvan a imaginarse la escena.
Johnny tenía las plantas de las zapatillas llenas de barro. Tony, tenía una pernera de cada color y sus zapatillas deportivas… ¡Qué vamos a decir de sus zapatillas deportivas!
-Bueno, a pesar de todo esto, no me digas que no lo pasamos bien.
¡Tú, tú te lo pasaste de puta madre cabrón! ¡Y ahora que le digo yo a mi madre ¿.eh?!
¡Joder, joder, me cago en la puta! Como es lógico Johnny, entre carcajada y carcajada, trataba de tranquilizarlo y Tony (siempre Tony) se tragaba sus pensamientos reales. Aquellos que si dijera en voz alta, lo humillarían aún más. (“Porqué me pasa a mí y nunca a ti, porqué no te caíste como yo, soy un inútil”).
Al final, lo mismo de siempre. Tony entra por la puerta con las orejas gachas y el rabo entre las piernas, pero aprendiendo la lección que dejaría de convertirlo en el futuro en un agilipollado.
¡Pero…otra vez!
¡Sí mamá, otra vez! ¡Pero está vez he sido yo quién le ha dicho que fuéramos allí! ¡He sido yo quien le dijo que nos tiráramos por la ventana! ¡Y por si te sirve de consuelo…él ha llegado más sucio que yo, joder!
Después de las correspondientes bofetadas, que le llevaron caliente a la cama y sin probar bocado, la madre cerró la puerta de su dormitorio y sonrió.





