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Viaje a Innisfree
Cuentos, poemas, el día a día. Blog donde se esconden musas.
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De vocación, escritor. Me gusta escuchar el silencio, la brisa, el color verde asturias, verde sidra. Y el azul. Azul mar, azul cielo, azul renault del Nano.
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Érase una vez un mundo aparte
Me lo presentaron mis padres como el tío Miguel aunque no formaba parte de la familia. Era el amigo aquel que no se olvida, aunque estuviese a quinientos kilómetros de distancia. Nos visitaba cada verano y el resto del año sabíamos de él por la prensa ya que era crítico de El País allá por los madriles. Gracias al tío Miguel me aficioné al cine.

Érase una vez un mundo aparte… ¡cómo te envidio Nacu!
Me lo espetó a la salida del cine. Mi primera película en la sala oscura que llora en el drama, ríe en la comedia y lucha en la aventura. THE END y el cielo estival de la calle nos recibía con el gorjeo de las golondrinas. Mi brazo hacía de espada luchando incansable contra el enemigo imaginario, mientras mi iniciador en tan maravillosa experiencia caminaba ensimismado, tal vez añorando los tiempos en los que también fue Robin Hood. Los tiempos en los que Robin Hood era Robin Hood y no Errol Flynn interpretándolo. Era delgado, apenas metro sesenta de estatura, con barba y gafas que ocultaban unos ojos muy pequeños. Y calvo. En mis veinte años de existencia ni un pelo afloró nunca en su azotea. De todas las fotografías que mostraba a nuestra familia, incluyendo aquellas en las que nos ponía los dientes largos en compañía de Ava Gardner en Tossa de Mar cuando realizaba “Pandora y el holandés errante”, su calva brillaba tanto como sus diminutos ojos mientras rodeaba con uno de sus brazos la cintura de la diva. Cada verano lo pasaba con su tía Josefina que, por circunstancias de la vida conoció a Pascual, un gijonés que la conquistó primero con sus buenas dotes de bailarín y luego con las culinarias. Según contaba ella, en una visita a la capital, lo conoció en una conferencia sobre medicina. Después de muchas cartas e idas y venidas se casaron y se instalaron en Gijón. Para los fines de semana se compraron una casa en Colunga. Así fue como Miguel vio el mar por primera vez y se hizo amigo de mis padres. Ya todos los veranos fueron asturianos para él. Fallecidos Pascual y Josefina, la amistad con mi familia perduró y es hasta hoy que el bueno de Miguel sigue llamando a la puerta de nuestra casa exclamando con una sonrisa de oreja a oreja: “¿Serían tan amables de hacerme llorar otra vez?”. Había dos cosas que le hacían llorar de placer. Una de ellas era la fabada acompañada de una botella de sidra. La otra ya no la consume, pero en sus recuerdos puede todavía saborear la papilla que le preparaba su madre. Hablaba de una forma muy peculiar con pausas interminables mirándote fijo a los ojos. En esos momentos no sabías si te daba paso para continuar la plática, cuando proseguía incontenible durante horas con su voz grave, más propia de un locutor de radio que de un articulista.
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