Tres
- 27 Septiembre 2004 00:07
- ¿Qué es eso?
- El día que empecé esta bitácora destartalada
- Así que cumples tres años
- Sí
- ¿Estarás de celebración y la gente te habrá felicitado no?
- No
- ¿Por algo en especial?
- Qué no me gustan las celebraciones.
Cumplo tres años con este blog, y no se como he aguantado tanto. Sí tengo muchos escritos en reserva, como los desafíos, propuestas nuevas como dejar que los lectores y comentaristas me entrevisten, escritos arriesgados e innovadores, agregar una sección semanal de cartas en que mis lectores eligen el destinatario, pero… por cierto para los que quieran saber qué sucede con los desafíos, les diré que todos están escritos, sólo que yo soy muy exigente, no sé si gustarán o si decepcionaran a las personas que me retaron, pero el principal motivo que no hayan sido posteado ya, a pesar de estar todos escritos y listos para ponerlos, es la desgana y desmotivación en la que últimamente me encuentro con mi blog.
Sí, tengo muchas ideas, muchas temáticas, material escrito, material en mi mente, borradores, textos inacabados pero no me motiva postearlo en el blog. He perdido las ganas de publicar en este rincón. No, no es por la falta de comentarios y tampoco por no estar entre los más leídos, cosa que agradezco, me gusta escribir para un petit comité y si apareciese entre los más leído seguramente dejaría de escribir o no escribiría las cosas que escribo.
Primero cuando empecé a escribir lo hacía temeroso, desconfiando un poco del medio, moviéndome por él con torpes pasos, no queriéndome desnudar del todo, protegiéndome con textos herméticos o con textos breves, como queriéndome salvaguardar, conseguí mayor soltura, se me quitó el miedo y mis textos eran mi propio espejo, los otros también lo eran pero esta vez dejaba que me sintieran, tuve mis primeros lectores y comentaristas más o menos regulares, algunos no han vuelto a comentar más, otros me leen pero no comentan, otros se agregaron nuevos... Cada vez me exigía más y más, escribía algo pero no me atrevía a publicarlo por considerarlo demasiado intimo para ser leído, por creer que a nadie le iba a interesar, porque se malinterpretase y tener que dar explicaciones… en definitiva, empecé a autocensurarme a mí mismo.
Pasé varias crisis con el blog, tanto emocionales, salud e inclusos abandono de esta bitácora, pero el mismo impulso que me obligaba a censurarme me obligaba a seguir adelante, aunque fuera para no decepcionar a los cuatro gatos que se apostaban unos minutos de su tiempo para malgastarlos en mí, no sé a cuantos la inversión les valió la pena y cuantos creen que los debían haber invertido en cualquier otro blog de los más leídos o lo más prestigiosos. Lo dejé momentáneamente por depresión, por desmotivación, por pereza… pero siempre volvía, no sin mucho esfuerzo de por medio.
He tenido post con más de veinte comentarios, algunos con ninguno, otros con dos o tres, la gran mayoría con los cuatro comentaristas de siempre, con algún comentario nuevo por sorpresa. Textos de cualquier tipo, aunque no todos los que me gustaría, quizás por falta de confianza en mis posibilidades o por miedo a la reacción o a los resultados.
Y sí, escribo para mí y por mí, como medio de desahogo, introversión, para matar mis demonios, para canalizar mis emociones, como terapia. Por eso no he dejado de escribir, pero aunque hago esto mismo en el blog, lo cierto es que cada vez menos me apetece postear y muchas veces me he visto tentado a abandonarlo.
Quizás postee de una vez por todas los desafíos y ponga el cartel de cerrado, quizás se me vaya esta desmotivación y pueda seguir avanzando con mis proyectos blogueros, no sé, no sé hasta que punto esto es una consecuencia de mi depresión anímica que me ha afectado más de lo que quiero reconocer o simplemente habría pasado igualmente aunque estuviese en el mejor momento de mi vida como una ley natural, alguna ley no escrita. Siento no escribir todos los días en este blog como hago en mis libretas y folios que llenan carpetas enteras de una maleta que bauticé como Sendero, me gustaría publicar todos los días con la mismas ganas con la que escribo en mis hojas en blanco, las táctiles las que puedes tocar y no una hoja en blanco del editor del blog, aunque no fuesen todos los días y sí cada tres días como tenía pensado en los dos últimos años, pero el celo intimo que guardo hacia estos escritos de Sendero me obliga a crear textos óptimos para mi blog, quiero decir escribir censurándome cuando para Sendero jamás me censuro y no sé porque lo hago, porque son textos míos, de mi alma, textos nacidos de mi yo interno e intimo, los unos como los otros. Imagino que eso le pasa a cualquiera, igual que a cualquier escritor famoso, que hay textos que escribe en su intimidad que no se atreve a publicarlo, hasta que un día se atreve, quien sabe a lo mejor un día me atreva sino me canso antes.
He aprendido mucho de mí mismo, de mi estilo y de mis textos. Sobretodo de aquellos que me leen y me comentan, pienso que ha merecido la pena haber comenzado esta aventura aquel día de septiembre para experimentar otros métodos para desfogar mi alma.
- Menudo tocho has escrito Jano.
- Sí, es cierto.
- ¿Te vienes a tomarte un chocolate caliente mientras jugamos al parchís?
- ¿Al parchís?
- Bueno pues elige tú el juego
- Vamos, jugaremos a las monedas
- No, que siempre me ganas
- Al Risk
- Hecho Janín
Firmado: Alejandro.
Misivas
He participado en algunos concursos literarios, y siempre he quedado en buena posición, pero nunca he participado en un concurso de misivas, he escrito tantas que no he mandado, más por timidez y por sentimientos de que no les iba a interesar que por otra cosa.
A mi de niño no me gustaba escribir cartas, más que nada porque yo era más de escribir sentimientos, poesía artesanal... más de escribir sueños, caligrafía emocional. Me gusta escribir sobre desvaríos, sobre la ternura de lo cotidiano, sobre el despertar dulce de lo extraordinario. Siempre me gustó más soñar que vivir, quizás por eso no me guste escribir cartas, porque en casi todas las que he leído o he visto escribir, sólo se contaba lo que uno vive, lo que uno hace en la vida, las pautas de nuestra cotidianidad. A mí me encantaría leer cartas que hablen del sentir, de lo que nos callamos, de lo que deseamos, de lo que soñamos... de lo que es importante, de lo que nos duele, de lo que nos reímos, de esas metáforas calidas que escondemos de todo el mundo menos a nuestras soledad, de la inquietud de las palabras y los silencios.
De adolescente enviaba postales a mis amigos de la infancia de aquellos veranos interminables en la tierra de mis bisabuelos, Cádiz esa pequeña ciudad emocional de mi infancia de la que sólo tiene un rival, Sevilla, la ciudad que me vio nacer, que me vio crecer, amar, llorar, la que me cogía de la mano en mis primeros pasos, la que me abrazaba en mi pubertad. Ay, Sevilla cuanto te echo de menos, no sabes cuanto extraño tu aroma, tu locura ingenua, tu respiración.
Qué postales más geniales escribía en aquella época, eran haikus que dibujaban paisajes emocionales, sentimientos resumidos en cinco líneas, un croquis del corazón. De todos mis poemas, mis cuentos, mis relatos y novelitas cortas, en definitiva de todos mis textos, de esas postales a media voz es de lo que más orgulloso estoy.
Llegó Internet, y con ellos los e-mails, no soy muy dado a ellos, más que nada porque a pesar del cambio de hábitos tecnológicos, la gente se sigue contando las mismas cosas, el estrés laboral, el automatismo diario, los cotilleos subterráneos, la despreocupación fraguada. A mí me sigue gustando hablar del estremecimiento, de la añoranza, de la fe en algo o en alguien, de la lluvia que empapa el azahar en la acera de enfrente, de lo melancólico del rito, de la suavidad de un recuerdo, de dolor del latido.
Lástima que ya la gente con sus prisas no les guste leer esas cosas, aunque no sé si en el fondo le han gustado alguna vez, quizás nunca se atrevieron los emisores a hacerlo, prefieren leer si anoche me lavé los dientes, si me he cortado afeitándome porque estaba pensando en que se me hacía tarde para cenar, si he cenado un buen plato de fetuchinis o me he dedicado a limpiar mi organismo con ayuno.
Me encantaría que alguien leyese mis cartas, pero no las que sueles recibir, las llenas de anécdotas cotidianas, llenas de cosas rutinarias, sino las que yo suelo vaciar de mi profundidad. Esas en las que te sientas en tu sillón preferido o en la cama recién levantada, y me lees despacio, saboreando mis sentidos, impregnándote de mí, de mí yo íntimo. Entonces, sólo entonces, habrá merecido la pena que yo te haya escrito una carta. No pidas cartas comunes, pídeme una carta que sea mía.
Firmado: Alejandro
Ambivalencia
Quiero ser Satán, un cabrón con aires de grandeza, pendenciero y mordaz. Que me nuble el juicio, que alce la bandera de la intransigencia en cada territorio conquistado en mis adentro. Alguien que se insubordine a mi paroxismo natural. Alguien que te haga sufrir. Alguien que me proteja. Que me acalle el llanto. Un psicópata que aniquile mi sensiblería, sin resentimiento, con alevosía, con ensañamiento y cerrar la puerta tras de mí con aires de superioridad. Salir vencedor, un hedonista narcisista, que despelleje mi moralidad, que arruine a los insensatos que alcen la voz contra mí, que me levanten la mano inclemente. Alguien que me proteja. Que me acalle el llanto. Un vigía imperecedero, orgulloso e imperturbable, que esconda cicatrices, que juegue a los dados con su sino y se jacte de sus huellas calcadas de purpurina en los hombros de las estrellas. Que sea capaz de hacer tiritar el frío, que cierre el puño con fuerza, que sea incesante juramento. Quiero ser Satán, el príncipe de este infierno al que me he esposado, el dios de la tragedia inoculada en lo ajeno. Alguien que me proteja. Que me acalle el llanto.
Porque se ha roto el cielo y con sus aristas retorciéndose furiosas en espiral, agrietándome, ya no sirven los parches, ya no sirven tus palabras que acuden prestas desde el recuerdo. Porque tú ya no estás, te marchas, te fuiste, me condenaste, me mataste, me deshonraste. Y necesito que me abraces, que me calmes, que te quedes, que me hagas enfadar, que te rías conmigo. Ámame mecánicamente, con posdata, avasallándome, sin retórica, sin carcasa, sin pundonor, con poesía privada, con la ambivalencia en los dientes. Destrózame como tu mejor enemigo. Resuélveme como tu mejor amigo. Regálame los oídos dormidos en una locura homérica. Amoldemos las texturas. Durmamos en una bocacalle de adoquines paralelepípedos. Disfracémonos de primigenios, mordamos la manzana desnudos y sinvergüenzas en selvas urbanas. Encharca mis pulmones con tu humo ceremonial. Salta a la comba con mis cabellos, induce mis deseos eclécticos, purifiquemos las sabanas, ensuciémoslas de fluidos plasmáticos. Seamos instantáneos seductores en el templo de Baco. Seamos instantes transcendentales, mastiquemos la banalidad en toboganes profilácticos. Hagas lo que hagas, no me dejes caer en la tentación, porque el soberano de las tinieblas está buscándome para reencarnase. Amén.
Quiero ser Satán, un cabrón con aires de grandeza. Alguien que me proteja. Que me acalle el llanto. Porque tú ya no estás, te has marchado, me has dejado encerrado en un tártaro personal. Dale, no te transfigures en Perséfone y yo en Hades rodeado de las Keres en un bacanal orgásmico. Vuelve con tus palabras, con tus abrazos, con tu calma. Ámame sin resumen, sin guadaña, con esmero, en el sostenido de una trompeta, en el amanecer sedentario, con el convencimiento de los héroes, en el ayuno del ramadán. Que te arrojes conmigo en el Salto del Ángel y mientras planeamos, guíñame el ojo, acaríciame la oreja izquierda. Sesteemos en la papada de una iguana con mímicas impúdicas. No quiero ser Luzbel ni un cabrón con aires de grandeza. Sólo que me protejas. Que me acalles el llanto con tu abrazo.
Firmado: Alejandro