Reteniendo el tiempo en tus senos
A Elena
Un sudor en las ingles
Agotado y bélico
Mojado y vestido
Suprimo palabras
Amplifico caricias
Exploro la fiebre
Suspiros quebrados
Espasmos en la siesta
Descenso encharcado
Retorciendo lo prohibido
Resbalando en tu desnudez
Lengua deambulando por tus senos
Desbordando y reteniendo el tiempo
En mi verticalidad consciente
Ensalivo mis huellas
Ansiedades templadas
Sin historias
Sin escondites
Sin mitades
Sin límites
Adivinándote la necesidad
Deseos ladrando entre temblores
Estrechándonos entre paréntesis
Penetrando en adjetivos posesivos
Compactando identidades
Electricidad frágil y construida
Vertiginosa y virginal en cada estallido
Inspiración en los fluidos
Retoños del júbilo
Abrochando tus pezones
Desparramando la anarquía estructurada
Materializamos los ríos, las colinas y los océanos
Tu vientre palpitado, regado y anhelado
Mis manos constantes, generosas y festivas
Un suspiro en expansión
Dinámico y pacificado
Involuntario e interminable
Sobrecogimiento del triangulo
Dureza al cuadrado del cilindro
Encadenados
Desprovistos
Inmensos
Crecimiento entregado
Descubro formas
Lleno huecos
Grabo laberintos
Defino matices
Perfecciono secuencias
Actualizo instantes
Buscamos la libertad de la dependencia
Apuramos la euforia
Te diré por dentro lasciva mía
Lo que me callo por fuera
Brindemos ninfa por la resurrección
Brindemos canalla por la humedad
Tú te contienes
Yo me desbordo
Tú me recibes
Yo me deposito
Tú aroma
Yo palabra
Condensa, atropella y resuena
Entre mis brazos
El quinto acto
Danza comestible
Y cuando cae el telón
La ternura escolta en el escalón.
Firmado: Alejandro
La poesía que mastica un adiós
No envidies mis progresos sin conocer mis sacrificios
Hacía semanas que llovía en la plaza Blas Infante. La humedad que planeaba por las calles y el chapotear fatigado de las gotas en los despojos desparramados de sus semejantes, lo anegaba todo en el tedio, en una tediosa espera.
La respiración de Elvira y Ethan se habían acoplado rítmicamente al limpiaparabrisas del Seat Ibiza metalizado. El silencio se retorcía incómodo en el asiento trasero. La mirada baja de ella observando las líneas sobrias de la guantera. La mirada de él extraviada y buscando cobijo en los matorrales que tiritaba en la mano del viento. Qué cruda es la poesía de la despedida.
Elvira se había puesto la máscara que guardaba en una caja de zapatos debajo de su cama de matrimonio, era el disfraz para estas ocasiones. Sólo la lluvia, descubriría después, el dolor que hay detrás de la careta. Anoche se levantó con parsimonia, rebuscó debajo de la cama con cuidado de no despertarlo y sacó la caja con decisión, con un coraje sobrehumano y antes de que pudiese parpadear, la impulsividad agarro violentamente la máscara y se la encajó perfectamente en su rostro. Horas después, todavía sus manos temblaban mientras buscaba abrazarse a Ethan. Sabía que ya no había vuelta atrás, sabía las lágrimas que se desarrollarían en soledad, sabía el dolor que habría de soportar. Por eso apuró la ternura de él en ese abrazo bajos las sabanas recién despertadas.
Ethan había salido del coche no para evitar la rabia sino para que ella no lo viese llorar. No entendía la cobardía de ella cuando empezaba a amar. Las lágrimas se mezclaban con las lluvias como se mezcla los fluidos en el refugio intimista.
Las pisadas torpes se dirigían hacía él, lo abrazó apoyando su cabeza en su espalda, ella tampoco quería que lo viese llorar. Era cobarde cuando amaba. La lluvia resbalaba por sus cuerpos igual que ellos hacía el suelo embarrado, ambos de rodillas, rendidos en su propio dolor, ocultando a través del frío y el agua lo que ambos intuían en la incandescencia de aquel abrazo. Elvira con su máscara tomando el mando se levantó rígida subió a su coche y sin mirar ningún momento hacía atrás arrancó, aceleró y la máscara se partió por la mitad reblandecida por el llanto.
Corrió por las escaleras hasta subir a su piso situado en la plaza de Blas Infante y pudo ser lo que la máscara no le permitió. El grito lo escuchó Ethan bajo la lluvia en el mismo lugar donde años antes habían perdido la virginidad y donde tantas veces habían compartido amaneceres. Ahora todo estaba embadurnado de barro, llantos y un dolor seco que les partió la fe por la mitad. Qué atormentada es la poesía de un amor a los veinte años.
Firmado: Alejandro





