GARGANTA PROFUNDA NO ES EL ÚLTIMO ENIGMA

Mark Felt
Por Nayda Sanzo
Al estilo del mejor thriller de Hollywood, en días recientes se develó uno de los misterios más famosos en la historia política de Estados Unidos: la identidad de Garganta Profunda.
Mark Felt confesó a la revista Vanity Fair ser el enigmático personaje que, en un solitario aparcamiento subterráneo de la capital norteamericana y a altas horas de la madrugada, entregaba información a Bob Woodward y Carl Bernstein.
Con aquellas primicias, los sagaces reporteros del Washington Post podían seguir devanando la madeja del escándalo que acabó en la renuncia del presidente Richard Nixon, en agosto de 1974.
Todo había comenzado el 17 de junio de 1972, cuando cinco hombres fueron detenidos mientras trataban de penetrar clandestinamente en el cuartel general del Partido Demócrata, situado en el complejo hotelero de Watergate, a orillas del Potomac.
A los supuestos plomeros, capturados en posesión de equipos fotográficos, micrófonos y otros mecanismos propios para el espionaje, se les acusó de pretender robar documentos e instalar escuchas electrónicas con el financiamiento del Comité de Reelección Presidencial (CRP) del Partido Republicano.
Aunque causó sensación en el mundo la revelación de quién fue Garganta Profunda (nombre clave que los dos periodistas tomaron de una famosa película pornográfica de la época), de hecho no resulta sorprendente.
Felt -hoy un anciano de 91 años- era en aquellos momentos el número dos del Buró Federal de Investigaciones (FBI), y siempre su nombre se barajó con mucha fuerza como la fuente secreta en que se basaron los 227 artículos del Post.
Un mes antes de estallar el escándalo, había fallecido Edgar Hoover, el jefe del FBI, y su segundo abrigaba la esperanza de sucederlo; pero Nixon designó en el cargo a Patrick Gray, subsecretario de Justicia.
Desde entonces, las relaciones de los directivos del Buró con el Presidente se hicieron muy tirantes.
Ahora bien, ya descubierta esta incógnita ¿terminaron los secretos de Watergate? En la escabrosa red de espionaje político, sobornos y otros sucios trasfondos del caso no se ha divulgado con certeza qué documentos buscaban los "plomeros" en la sede demócrata. Y, sobre todo, vale recordar quiénes eran esos intrusos.
Los planificadores del asalto fueron G. Gordon Liddy, consejero de Finanzas del CRP y ex agente del FBI, y E. Howard Hunt Jr., consejero de la Casa Blanca y ex agente de la CIA.
Los cinco hombres descubiertos la madrugada del 17 de junio se nombraban James W. McCord, Bernard L. Barker, Frank A. Sturgis, Eugenio R. Martínez y Virgilio R. González.
Sturgis se ha visto involucrado en numerosas operaciones terroristas llevadas a cabo por la ultraderecha anticubana del sur de la Florida con el auspicio y financiamiento de la CIA.
"Musculito" Martínez y "Villo" González -ambos de origen cubano- igualmente poseen un activo historial de acciones violentas contra la Isla desde que partieron hacia Miami luego del triunfo de la Revolución.
A su vez, tanto Hunt (quien participó en la preparación de la fracasada invasión mercenaria por Bahía de Cochinos en abril de 1961) como Sturgis, Martínez y González estuvieron envueltos como sospechosos en las investigaciones relacionadas con el asesinato de John F. Kennedy en 1963.
Indudablemente, en esta urdimbre Casa Blanca-CIA-FBI-mafia Anticubana, faltan por aclararse enigmas muy comprometedores que desenmascaren el tenebroso papel del terrorismo de Estado contra los pueblos, incluido el norteamericano.
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