Un huracán sobre el presidente Bush
Por Néstor Núñez

Si los norteamericanos estaban acostumbrados a asomarse a sus televisores para percibir las grandes desgracias humanas en el Tercer Mundo, luego del paso del huracán Katrina por los estados sureños, solo les basta mirarse por dentro.
No deja de asombrar y alarmar que la primera potencia de la historia contemporánea haya sido tan incapaz de preservar la vida y los bienes de millones de sus ciudadanos frente a un anunciado desastre natural, y la desazón que ahora existe entre muchas personas comunes y líderes políticos ya marca a la administración de George W. Bush.
Y es que no se trata de un problema de recursos, sino de dirección y preocupación oficiales que de seguro saldrá a la palestra pública en la anunciada investigación congresional sobre el drama desatado por Katrina.
Muchas preguntas ya están sobre la mesa: ¿Por qué no se atendieron las anticipadas advertencias de los científicos y especialistas sobre los peligros de un severo huracán en la zona y en vez de reforzar diques y medidas de seguridad, se recortaron consecutivamente los fondos destinados a esos fines?
¿Por qué la Guardia Nacional y sus recursos en esos estados de la Unión fueron remitidos casi íntegros a Iraq para dejar inerme a zonas tan sensibles ante los desastres naturales?
¿Qué hacían Bush y sus compañeros de equipo a la hora del paso de Katrina y en los días posteriores, cuando el caos y la angustia eran un tema de primer orden en la vida nacional?
Sin dudas habrá mucho sobre lo cual hablar acerca de las reacciones y políticas oficiales, sobre todo en una nación que, según sus dirigentes, enfrenta una lucha antiterrorista mundial, y se supone debe estar preparada internamente para enfrentar con éxito golpes de tal magnitud, sea cual sea su origen.
Un Bush tan díscolo y errático como el que se asomó a los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington, resultó otra vez la imagen insegura que el primer mandatario brindó a sus conciudadanos por estos días.
Pero incluso más allá de la persona del señor presidente, está el negativo mensaje que para los norteamericanos y el resto del mundo ha dejado esta horrible jornada, y que apunta a las concepciones y las políticas sobre las cuales descansa el actual orden de cosas en los Estados Unidos.
Se trata evidentemente de que todos los esquemas resultaron fallidos e inoperantes a la hora de enfrentar catástrofes como la sucedida, lo que lamentablemente ha costado trascendentes pérdidas humanas y materiales aún por contabilizar con toda exactitud.
La esencia radica, y no es un juicio extremo, en un sistema que no prioriza al ser humano, y percibe al hombre y a sus urgencias y necesidades como materia para amasar riquezas exclusivistas.





