DOS COMANDANTES DE PUEBLOS EN LA ONU
Por Nayda Sanzo
Faltaban unos minutos para las cuatro de la tarde del 26 de
septiembre de 1960 cuando el irlandés Frederick H. Boland,
presidente de la XV Asamblea General de la Organización de las
Naciones Unidas, anunció: “El próximo orador en mi lista es el
Primer Ministro de Cuba”.
Hacia el estrado avanzó el hombre alto, barbudo, cuyo
uniforme verde olivo contrastaba con los convencionalismos de
ese tipo de reuniones.. Muchos por simpatía, otros por
curiosidad, unos pocos por recelosa animadversión, pero todos
estaban pendientes de sus palabras, tanto los delegados de 98
Estados asistentes como los mil 200 periodistas que cubrían la
sesión.
“Nosotros vamos a hablar claro”, advirtió el Comandante en
Jefe Fidel Castro. Y así fue hasta que concluyó, pasadas unas
cuatro horas y media.
Y si poco usual resultó el traje de campaña del líder de una
Revolución popular que había ascendido al poder apenas 20 meses
atrás, menos lo eran las verdades que por primera vez resonaban
con tanta energía en aquel augusto escenario.
“¿Seremos nosotros, los representantes de la delegación
cubana, acreedores al maltrato que hemos recibido?”, preguntó
Fidel y enumeró: confinamiento a la isla de Manhattan,
presiones para que no se les alquilasen habitaciones, intentos
de extorsión, desalojo del hotel en que residían, interés en
provocar más dificultades aun después de trasladarse al barrio
de Harlem que con tanto amor los acogió...
Explicó cómo su pequeño país había sido una colonia donde
mandaba el embajador de los Estados Unidos. “No nos da vergüenza
tener que proclamarlo –aclaró-, porque frente a esa vergüenza
está el orgullo de poder decir que ¡hoy ninguna embajada
gobierna nuestro pueblo, que a nuestro pueblo lo gobierna el
pueblo!”
A partir de entonces, Cuba pasó a ser un problema para su
antigua metrópoli, cuyo primer acto inamistoso fue abrir de par
en par las puertas de la gran potencia a los criminales que
habían ensangrentado a la Isla durante la tiranía de Fulgencio
Batista, gestada y sostenida por la Casa Blanca a lo largo de
siete años.
“¿Cuál es el delito cometido por el Gobierno Revolucionario
para que tengamos enemigos tan poderosos?”, volvió a
interrogarse el Premier cubano, y pasó a explicar las medidas de
beneficio popular, el primer paso hacia el desarrollo con la
Reforma Agraria.
“La Revolución Cubana tenía que ser castigada”, resumió.
Había que aplastarla por asfixia económica, por agresión
militar, mediante el terror. O mejor aún, utilizando todas esas
alternativas. El ametrallamiento aéreo de La Habana, la
explosión de un barco cargado de armas provocaron decenas de
muertos “y los autores de aquellas fechorías siguieron
paseándose tranquilamente por los Estados Unidos”, denunció.
Expuso cómo a los cubanos solo le quedaba “el recurso heroico
de resistir, cuando su derecho no sea garantizado ni en la OEA
ni en la ONU”, porque “los países pequeños cuando queremos ser
libres, sabemos que lo estamos siendo a nuestra cuenta y riesgo”.
Sin retóricas, Fidel dijo a las autoridades norteamericanas
que “los problemas del mundo no se resuelven amenazando ni
sembrando miedo", y desde la tribuna de la máxima organización
internacional, subrayó que “nosotros, representativos de los
distintos pueblos, tenemos el deber de condenar a todos los que
juegan irresponsablemente con la suerte del mundo”.
También condenó la forma en que se llevaba a cabo la
intervención de las fuerzas de las Naciones Unidas en el Congo,
favoreciendo los intereses colonialistas. Menos de cuatro meses
después, al amparo de esas fuerzas, fue asesinado el primer
ministro Patricio Lumumba.
Con visión internacionalista, el joven gobernante
proclamó: “Con todo lo justo estamos y estaremos siempre: contra
el coloniaje, contra la explotación, contra los monopolios,
contra el militarismo, contra la carrera armamentista, contra el
juego a la guerra”.
Y propuso: “Luchemos por el desarme, que con la quinta parte
de lo que el mundo se gasta en armamentos, se podía promover un
desarrollo de todos los países subdesarrollados”.
OTRO SEPTIEMBRE; 45 AÑOS DESPUÉS
Cumbre del Milenio, en el contexto de la LX Asamblea General
de la ONU. Otro joven estadista latinoamericano habla con
energía desde el podio central, el 15 de septiembre de 2005:
“El sueño de un nosotros que no avergüence por el hambre, la
enfermedad, el analfabetismo, la necesidad extrema, necesita -
además de raíces- alas para volar”, asegura.
Sin tapujos, el Presidente de Venezuela reclama que el
propósito de esa reunión fue desvirtuado, pues se impuso como
centro del debate un mal llamado proceso de reformas,
que “relega a un segundo plano lo que los pueblos del mundo
reclaman con urgencia: la adopción de medidas para enfrentar los
problemas que obstaculizan e impiden los esfuerzos de nuestros
países por el desarrollo y por la vida”...
Y si 45 años atrás todavía era salvable una Naciones Unidas a
la que accedían muchos países africanos recién liberados del
coloniaje, Hugo Chávez Frías le extendió un certificado de
defunción: “El siglo XXI reclama cambios profundos que solo son
posibles con una refundación de esta organización. Esto no
sirve, hay que decirlo, es la pura verdad”.
Como en otra versión de una misma película, ahora le
correspondió a él sufrir los vejámenes, cuando le negaron las
visas a su personal médico y de seguridad para acompañarlo en el
viaje a Nueva York.
Por eso propuso: que “Naciones Unidas salga de un territorio
que no es respetuoso con las propias resoluciones de esta
Asamblea”. La nueva sede tiene que estar en el Sur, sentenció.
No hubo mejor conmemoración de aquel histórico discurso del
Comandante de la Isla irredenta que el del Comandante
bolivariano, pronunciándose contra el terrorismo internacional
usado como pretexto para desatar agresiones militares
injustificadas y contra la demencial vigencia de un modelo
socioeconómico con una galopante capacidad destructiva.
Desafortunadamente, muchas de las verdades proclamadas en
1960 por Fidel siguen vigentes; pero también el reclamo de los
pueblos por voz de Chávez anuncia una nueva alternativa para la
humanidad progresista





