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Ni conmigo ni sin mi
Ideas sobre España, su posición en el Mundo. Nuestra relación histórica con Latinoamérica.
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Sindicación
 
De la autoridad moral que nos invade
En este mundo virtual en el que nos movemos sin duda trasladamos, algunos más que otros, nuestros anhelos, pasiones, miedos y, principalmente, nuestro ego a palabras, frases, conversaciones y a una realidad en la que trascender por encima de lo cotidiano. Algunos piensan que ese traslado les da licencia para sentirse superiores y se sienten acreedores de una autoridad moral impuesta por los ideales a los que abrazan, cuando no simplemente por circunstancias externas y fútiles.

En no pocas ocasiones uno tiene que leer reproches de personas que se sienten en un plano de superioridad otorgado por la autoridad moral que les brinda su presunto nivel cultural. Este quizá sea el menos grave de los ejemplos, sin embargo algunos lo convierten en una coraza inexpugnable que les permite sustituir la falta de argumentos por frases grandilocuentes o citas prestadas tomadas de su vasta y enciclopédica lectura.

Existe una importante cantidad de blogueros, foristas y similares que han hecho de los acontecimientos que sucedieron al fatídico 11 de marzo de 2004 su gran caballo de batalla y, por ende, su posibilidad última de sentir que tienen autoridad moral sobre los que se atreven a discernir sobre ellos en asuntos diversos, tengan o no que ver con aquellos terribles hechos. Han forjado toda una cultura en torno a la autoría de los atentados o acerca de los motivos que los originaron, Guerra de Irak incluída.

He tenido ocasión, igualmente, de ser atropellado por la supuesta autoridad moral de los que ponen nombre y apellidos, con foto incluida, en un foro de Internet. Al igual que algunos se sienten con autoridad moral por acudir o haber asistido a manifestaciones a las que su interlocutor no lo hizo. O esos otros que vivieron en sus propias carnes la crudeza de un régimen dictatorial y cuyos efectos debemos pagar, por la vía de la autoridad moral, los que no tuvimos esa dudosa oportunidad.

“Habemos gente pa tó”, que dijo el torero –discúlpenme por no recordar si fue “El Gallo” o “El Guerra”- y en este medio, que además permite cierta licencias que nos costarían el físico en la vida real, no busquemos, desde luego, la homogeneidad.

Pero la posición que más me conmueve, y no lo digo en el sentido emotivo de la palabra, es la de aquellos que por ser de una tendencia política, mayormente de izquierdas, se sienten en un plano de superioridad sobre el resto de los que no hemos acogido en nuestro discurso los “valores” que ellos voluntariamente y por convicción, evolución personal o por mediación de la tradición familiar han abrazado. A estas alturas de la democracia resulta más que sospechoso que los que se revisten de la presunta autoridad moral del izquierdismo quieran condenarnos a los demás al silencio. Que intenten sin pestañear demostrar que nuestras ideas, argumentos o posiciones no son válidas por el mero hecho de no estar alineadas con sus ideales políticos.

El que escribe no tiene autoridad moral ninguna cuando de debatir un tema se trata. Esa es la simple, sencilla y pura verdad. Porque cuando uno se sienta a redactar unas líneas, al menos en mi caso, la única autoridad moral es la de las ideas, la de los argumentos y, sobre todo, la del sentido común. Pero si queremos revestirnos de autoridad porque nos sentimos moralmente superiores o creemos que nuestros argumentos son más válidos que los del resto, entonces además debemos echar mano de la coherencia, de la consistencia y de la solidez de nuestra posición, muy por encima de la vehemencia, de los pasados gloriosos o tenebrosos, de los nombres y apellidos, de las ideologías prestadas y de todo lo que, en realidad, no hace más que cargarnos de prejuicios y de ideas de segunda mano.
No