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Ni siento ni padezco
La página de Samuel Baldeón
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Sindicación
 
Una vida mejor
En el siglo XVIII, Augusto von Mundstock inventó una máquina para tener una vida mejor. Conectó el aparato, que empezó a hacer un ruido infernal y a producir un densísimo humo. Luego se paró. Augusto había desaparecido. Dos días después su cadáver fue encontrado en la orilla de un río. Se sigue sin saber si la máquina había funcionado.

Lo acabo de leer y no lo creo. Debe ser una anécdota falsa. Pero es una de esas leyendas, que pululan por la cultura. Una leyenda urbana de la cultura. Seguro que es mentira. Es demasiado literaria. Además tengo que salir. Me tengo que duchar. Ya llego tarde. Como si importara. Las citas son muy relativas en mi sociedad de amigos. No importa cuando llegue, lo importante es lo que ocurra una vez que esté con ellos. Y no ocurre nada. Al menos nada que se salga del ingenio de cada cual.

Necesito una vida mejor

Me acuerdo de la máquina. Supongo que habrá planos. Investigo en Internet. Construyo algo parecido con cepillos de dientes (que curiosamente se parecen a los elementos utilizados en la máquina). Uso pasta de dientes como mortero. Es una cerdada, pero es eficaz. La pongo en marcha.

Quedo con los amigos. Están en la calle de siempre, no importa que llegue tarde. Lo importante es lo que pase después. Nada más llegar encargo una caña. No será la última. Lo paso bien. Todos lo pasamos bien. Nos divertimos. Luego cada uno se va a su casa. Yo quedo con otra gente. Voy a una discoteca y ligo con una tía muy guapa. Además es inteligente. Como si me importara.

Me despierto con ella. Es inteligente. Ahora si me importa. Empiezo a oler raro. Como pasta de dientes quemada. Mi máquina se está disolviendo. En el último momento apago el fuego con la toalla. Mi toalla está quemada y huele fatal. Mis calzoncillos están sudados. Huelo mal. Me tengo que dar una ducha. Joder, que mierda de vida. Y encima he quedado y llego tarde.
 
Teoría de la relatividad: Paradoja del helado.
Acabo de entrar en el portal, junto a los ascensores está mi vecino de abajo, que tendrá como setenta u ochenta años. Hasta hoy no nos habíamos cruzado, ni mucho menos dirigido unas palabras. Mi anciano vecino abre la puerta del ascensor. Como hay dos, muchos vecinos, con la puerta abierta, ni se molestan en esperar a quién acabe de entrar en el portal, aunque el otro ascensor esté en el séptimo. Pero mi vecino espera. Creo que se ha corrido la voz de que soy el chico educado ese del quinto.

-¿A qué piso va?
-Al quinto
-Entonces pase usted primero
-Gracias.

Hay un detalle que debo mencionar. Me estoy comiendo un helado, no de los empaquetados, uno de cucurucho, y está casi entero cuando entro en el ascensor. Es un helado de dos bolas. De trufa y de tiramisú. Me lo estoy comiendo rápidamente por el calor ayudado por una minicuchara de plástico. De color verde.

Mi vecino aprieta el botón del cuarto. –Sí, he calculado bien, aunque con lo de la relatividad de Einstein ya no se puede saber en que dirección se va ¿Verdad? –Me sonrío, emito un “jum” con la boca cerrada. Cerrada porque estoy saboreando el helado. –Nosotros si lo podemos ver por el empuje ¿comprende?- Me hace un gesto como de mutuo entendimiento. Yo estoy recortando mi helado con la cucharilla para evitar que se desmorone. Afirmo repetidamente con la cabeza. Sonrío, estoy chupando la cucharilla.

-Todo eran problemas matemáticos ¿sabe?, todo con la cabeza, no era hombre de experimentos- Vuelve a pedirme retroalimentación, comunicación con la mirada. Yo vuelvo a sonreír y a afirmar con la cabeza. El helado está estupendo. Se me hace la boca agua.

Estamos casi llegando al cuarto. Mi vecino mira al helado. Hace un último esfuerzo, hace un chascarrillo -¡No creo que hubiera pisado un laboratorio en su vida!,- suelta una risa cómplice. Yo sonrío y meneo la cabeza. Sigo con el helado. No lo puedo dejar, si no, se derrite. Entonces me doy cuenta de que mi vecino quería que la conversación no fuera unilateral. Decido hacer otro chascarrillo cómplice, cuando el sale de la caja del ascensor -¡En algo tenía que pasar el rato!

Llego al quinto. Aun queda mucho helado. Estoy contento. Me ha dado la impresión de que mi vecino tenía la cara un poco más triste cuando se bajó del ascensor. Pero yo no estoy triste. Tengo helado. De trufa y Tiramisú. Que rico.
 
LA SOLUCIÓN
-Deja de fisgar los libros. –En realidad era un libro nada más. Y él no tenía ganas de dejarlo. Encuadernación de lujo en piel, con una camisa del mejor papel y edición fotográfica de la mejor calidad. Un dineral de libro. Un dineral. Y tenía muchas fotos, y pies de fotos de cinco líneas. Esos son los libros que molan. Los que da gusto leer, los que tienen un tamaño de letra para que puedan leerlos los ciegos. El tacto suave, casi deslizante, el brillo del papel. Si señor. Así da gusto. Y además no tenía nada mejor que hacer. Aquella fiesta o lo que fuese era un rollo. Era una especie de comida a la que ella le había obligado a ir. Se daba en casa de una tía de ella muy rica. Él se tuvo que poner corbata. No podía creerlo, odiaba las corbatas. Menos mal que ella no sugirió que se abotonara la chaqueta y se pusiera gomina o se habría puesto desagradable en el baño, mientras ella le quitaba, con una aparatosidad quirúrgica, la inoportuna espinilla que le había salido en el lado derecho de la nariz. No hay nada peor que estar en la fiesta equivocada, y eso era lo que le ocurría a él. Si esa reunión tenía algún sentido era hacerle la pelota a la tía rica. Y todos se la hacían. Todos menos él. Encima ella estaba más pendiente de su padre y de sus primos que de él. Lo tenía abandonado. De vez en cuando se le acercaba la madre de ella. Que no le trataba mal, porque pensaba que con los novios, que había tenido ella, podía darse con un canto en los dientes porque él tuviera trabajo. Pero nada más. Tenía la sospecha de que la madre le consideraba un soso de cojones. El se temía que fuera cierto, pero quizá se debía a que apenas conocía a esa familia. El padre se dormía. Por lo poco que le conocía (Ya había comido en su casa) siempre se dormía. Se sentaba en un sillón del salón, apoyaba la cabeza en la mano y ahí se acababa el mundo. Y ya nadie se atrevía a echárselo en cara. Allá dónde fuera a comer, se dormía. Y punto.

Y lo peor era el hermano de ella. Que era un imbécil. Seguía comportándose como el protector de ella. Le seguía mirando por encima “ten cuidado con lo que haces con ella, ni se te ocurra tocarla”. Era una gilipollez, después de un año de salir con ella, que siguiera mirándole así era una gilipollez. A veces cuando coincidían borrachos en algún lado, en algún cumpleaños de ella, se sentía tentado de decirle “¿De verdad crees que no va a follar conmigo esta noche porque tu se lo digas?”. Era un imbécil.

Ella se lo había pedido. No es que a ella le gustase esa reunión, pero era una tradición de la familia, y quería que la acompañase para hacerla más llevadera. Pero ahora estaba enfadado con ella. Que le hacía más caso a la familia y pasaba de él. Así que se dedicó a explorar la casa. Que era un Chalet más que respetable, con veinte o más habitaciones, con varios salones y un montón de cuartos. Y una biblioteca. Genial. Le encantaba fisgar en las bibliotecas ajenas. Y si bien no tenían mucha variedad (muchas colecciones, no un batiburrillo de ediciones y títulos que indica un lector ávido) tenían varios de esos libros carísimos que tanto gusta ojear. Entonces apareció ella –Deja de fisgar en los libros. –A él le molestó.
-¿Qué más te da?
-Siempre tienes que fisgar los libros de los demás.
-¿Y que se puede hacer aquí? Esto es una lata. Además estás pasando de mí.
-Joder, no los veo todos los días, y además son ellos los que se ponen pesados con que les cuente mi vida.

El cerró el libro. Miró el título “La solución final” Recorrido gráfico por el horror del tercer reich.

-Eh, ¿y si nos casamos?
 
Checoslovaquia
-Checoslovaquia no existe

-De aquí a Checoslovaquia, de aquí a Checoslovaquia -no paraba de decir eso. Yo me bebía la caña. El que más veces llamaba al otro para tomar una caña era yo. Tengo esa necesidad. Y era la primera noche de verano del año. Se podía estar en camiseta. Lo que más me gusta es estar en camiseta en la calle, por la noche y no tener frío. Sobre todo si es la primera vez en todo el año que puedo hacerlo. Esta vez me había llamado él. No era lo normal, pero a veces lo hacía. Yo salía del trabajo y me pareció de puta madre. Nos fuimos al bar de siempre. A tomar cañas, y las tapas están muy bien. Se supone que vamos allí por la música. Rock de los 60, pero a veces ponen grupos que de verdad nos gustan. Y que no son de los 60. Es que somos unos modernos. Pero yo creo que seguíamos yendo por las tapas. Ponían embutido y a veces queso. Eso está bien. Eso es una tapa de verdad. Pero no había sitio en la terraza, era una pena. Esperaba que me rozara alguna brisilla y que la ropa ondeara sobre la piel. Por la noche, con calor, es un placer. Es un placer de los grandes. Tuvimos que entrar dentro. Daba igual, tampoco hacía tanto calor. Entonces Carlos empezó a hablar de Irene. Irene es su novia. El estaba enfadado. “Otra vez” pensé. Y me di cuenta de que había pensado “otra vez”. Otra vez joder, otra vez. Habían discutido “otra vez” joder “otra vez”. Esta vez lo había repetido él. Yo no lo había pensado. Pero lo volvía a tener metido en la cabeza. El siguió. Creo que era por algo del gato. O los gatos. Carlos les tiene alergia. A Irene le gustan. Tenía uno muy bonito. No me había enterado muy bien de por que discutían. El gato ya lo tenían antes. Así que tuve que preguntar –Pero, ¿qué ha pasado ahora? –Y el me lo explicó. Que había adoptado otro. Y el no lo supo hasta que se lo encontró en casa. Me explicó como se enfadó. Lo que no hacía ninguna falta, porque ya le había visto discutir con su novia muchas veces. Ya sabía como se enfadaba. Entonces perdí un poco el hilo de la conversación, se me había acabado la caña. No podía pensar en otra cosa. Le interrumpí -¿quieres otra? –Tenía la suya a medias pero me iba a decir que sí. Tenía ganas de hablar y tendría que seguirme el juego. Además también tenía ganas de beber. Que por eso me había llamado. Me fui a la barra. La idea era muy inteligente. Sabía que en cuanto me levantara de la mesa se aburriría, y para no aburrirse se acabaría el resto de su caña en dos sorbos. En la barra estaba apoyada ahora una moderna, sentada en un taburete. La primera vez que pedimos cañas no estaba. Llevaba un pantalón de esos que dejan al descubierto los tobillos, de color malva creo, la luz es un poco rara en el bar. Tenía una camiseta blanca. Con no sé que motivo. Da igual, no me fijé en eso. Era rubia, a lo mejor teñida, con el pelo corto y peinado como de punta. Era guapa, del tipo de los ojos bonitos. A su lado, de pie, estaba su maromo, que tenía barba de varios días. Y debía ser muy simpático, inteligente y sensible. Y moderno. Hablaba, según sus palabras aproximadas, de no se qué paranoia de no se qué película. Y debía ser gracioso porque se reían. Yo no estaba escuchando. Yo esperaba mis cañas. Y la tapa.

Cuando transportaba los vasos y el platito con pan y queso a la mesa me di cuenta de que era más alto que el maromo. “Es algo significativo” me dije a mi mismo, lo repetí, pero no la relacionaba con el maromo, pensaba en la misma construcción de la frase, como algo extraño. Una cosa extraña que relacionar con la realidad. No tengo ni puta idea de por qué pensé eso. Pero empecé a creer que a lo mejor solo era un amigo. Muchas tías tienen amigos. Esto último lo olvide cuando me senté en la mesa de nuevo. Sonreí. Se había acabado la primera caña antes de que llegara la segunda. Yo tenía razón, conocía a Carlos mejor de lo que él pensaba. Así que sonreí. Entonces volvió al asunto de Irene. Era una diatriba que tenía costumbre de escuchar. Que ella le organizaba la vida. En alguna ocasión Irene había montado un viaje sin avisarle. En otra que si le había apuntado a un cursillo sin avisarle. No me acordaba de que trataba el cursillo. Pero recuerdo que le quería preguntar algo sobre una fotografía que había hecho y que siempre se me olvidaba. Cuando acabase la diatriba se lo preguntaría. Esta vez sin falta. También me contaba como le echaba en cara, viniera o no a cuento, lo de la fiesta aquella en una discoteca. Cuando se puso a bailar con la de las tetas. La verdad es que no podía reprochárselo a Irene. Hasta el propio Carlos reconocía que se había pasado.
Y yo le escuchaba con interés. No siempre con mucho interés. Pero le escuchaba que para eso era su amigo. Lo importante era que le escuchase. Y que tomáramos cañas, que de eso se trataba. Lo de sus problemas con su novia, era un tema como otro cualquiera (pero más obligado cuando llamaba él). Además esa noche no invitaría yo. Que había salido del trabajo pelado. Y no iba a ir hasta el cajero, demonios.

Me dio por pensar en Irene mientras me la descuartizaba. La verdad es que Irene a mí me gustaba. Era buena chica, y muy guapa. Conmigo siempre tenía sonrisas, me llamaba a menudo, me invitaba a comer. Yo también la invitaba a comer, a Carlos le daba igual, éramos su amigo y su novia. No me importaría salir con Irene si él la dejaba. Pero no la iba a dejar. La discusión no era tan grave. Carlos siempre tenía que discutir con sus novias. No sabía relacionarse de otra manera. Al menos delante de sus conocidos. Pero Irene y él llevaban juntos más de dos años, mucho más que cualquiera de las anteriores parejas. – Si claro –dije, y la verdad no me acordaba de lo que había dicho. –Pues voy primero al baño y luego las traigo –dijo Carlos. Creo que se refería a cañas. Me pareció bien. Yo aproveché para tararear mentalmente la música de la película. La había visto esa mañana, yo trabajo por la tarde. La canción aquella me estaba dando vueltas por la cabeza y no paraba de tararearla, no quería que se me olvidase, cuando me fuera andando solo a casa, un poco borracho por las cañas, seguiría repitiéndola en mi cabeza. Porque aquello me llevaría a casa sin casi enterarme del camino. Ni siquiera era la canción entera. Era un trozo recurrente que podía tararearse sin principio ni final. Incluso haciendo variaciones, pero no demasiadas o se perdería el valor repetitivo que te abstraía. Miré a la barra. La moderna seguía allí, sentada en su taburete. Pero ya no se reía. El maromo no estaba. –En el baño con Carlos –pensé. Ella fumaba pero dejando el cigarrillo demasiado tiempo en la mano. Quizá un poco incómoda por estar unos mínimos instantes sola. Quizá no. Quizá pensaba en otra cosa. Vuelvo a mirar, ella me mira a los ojos. Es un instante. Apartamos la mirada. Vuelve Carlos con las cañas. Se queda callado. Sonríe. –La verdad es que siempre te meto estás chapas, pero en realidad la quiero mucho. Y tú lo sabes cabrón, aunque no digas nada. -brindamos con las cañas. Es el momento mágico de la noche. Luego echaré furtivas miradas a la moderna en medio de la conversación. El maromo volvió y ella volvía a reír. ¿Me echaría miradas furtivas a mí?

-Pero podía hacerme algo de caso cuando usa el ordenador, que mira que lo de descargarse música es fácil, de aquí a Checoslovaquia, vamos. De aquí a Checoslovaquia.

-Checoslovaquia no existe
 
Estado críptico
He perdido el sentido del humor.

1 de Septiembre, 30 de Septiembre.

Nunca recuerdo las fechas.

El sonido ensordece. Hacia delante, hacia detrás. Pataleo. La fuerza derrochada. La fuerza contra la pared. La pared blanda, la pared fluida. Avanzo. Pero soy yo el recorrido. Recorrido en cada recodo, en cada pliegue, en las suaves normalidades. El mundo se reduce al avance. La acción se reduce a la reacción adecuada. El avance no tiene rumbo. El rumbo solo tiene un final, pero el principio quedó atrás. Lo altero, y me zarandea. Me sostiene sin embargo, me protege, me conduce al final. Mi acción me inclina hacia el final. En el final me hundo, ya no puedo sostenerme.

Ensordecido y cegado, he visto la calle. Solo la calle. He andado como un fantasma. Y todo por el placer. Por el privilegio. El aire, el espacio abierto, en mi cerebro embotado. Adoro el espacio abierto.