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Ni siento ni padezco
La página de Samuel Baldeón
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Checoslovaquia
-Checoslovaquia no existe

-De aquí a Checoslovaquia, de aquí a Checoslovaquia -no paraba de decir eso. Yo me bebía la caña. El que más veces llamaba al otro para tomar una caña era yo. Tengo esa necesidad. Y era la primera noche de verano del año. Se podía estar en camiseta. Lo que más me gusta es estar en camiseta en la calle, por la noche y no tener frío. Sobre todo si es la primera vez en todo el año que puedo hacerlo. Esta vez me había llamado él. No era lo normal, pero a veces lo hacía. Yo salía del trabajo y me pareció de puta madre. Nos fuimos al bar de siempre. A tomar cañas, y las tapas están muy bien. Se supone que vamos allí por la música. Rock de los 60, pero a veces ponen grupos que de verdad nos gustan. Y que no son de los 60. Es que somos unos modernos. Pero yo creo que seguíamos yendo por las tapas. Ponían embutido y a veces queso. Eso está bien. Eso es una tapa de verdad. Pero no había sitio en la terraza, era una pena. Esperaba que me rozara alguna brisilla y que la ropa ondeara sobre la piel. Por la noche, con calor, es un placer. Es un placer de los grandes. Tuvimos que entrar dentro. Daba igual, tampoco hacía tanto calor. Entonces Carlos empezó a hablar de Irene. Irene es su novia. El estaba enfadado. “Otra vez” pensé. Y me di cuenta de que había pensado “otra vez”. Otra vez joder, otra vez. Habían discutido “otra vez” joder “otra vez”. Esta vez lo había repetido él. Yo no lo había pensado. Pero lo volvía a tener metido en la cabeza. El siguió. Creo que era por algo del gato. O los gatos. Carlos les tiene alergia. A Irene le gustan. Tenía uno muy bonito. No me había enterado muy bien de por que discutían. El gato ya lo tenían antes. Así que tuve que preguntar –Pero, ¿qué ha pasado ahora? –Y el me lo explicó. Que había adoptado otro. Y el no lo supo hasta que se lo encontró en casa. Me explicó como se enfadó. Lo que no hacía ninguna falta, porque ya le había visto discutir con su novia muchas veces. Ya sabía como se enfadaba. Entonces perdí un poco el hilo de la conversación, se me había acabado la caña. No podía pensar en otra cosa. Le interrumpí -¿quieres otra? –Tenía la suya a medias pero me iba a decir que sí. Tenía ganas de hablar y tendría que seguirme el juego. Además también tenía ganas de beber. Que por eso me había llamado. Me fui a la barra. La idea era muy inteligente. Sabía que en cuanto me levantara de la mesa se aburriría, y para no aburrirse se acabaría el resto de su caña en dos sorbos. En la barra estaba apoyada ahora una moderna, sentada en un taburete. La primera vez que pedimos cañas no estaba. Llevaba un pantalón de esos que dejan al descubierto los tobillos, de color malva creo, la luz es un poco rara en el bar. Tenía una camiseta blanca. Con no sé que motivo. Da igual, no me fijé en eso. Era rubia, a lo mejor teñida, con el pelo corto y peinado como de punta. Era guapa, del tipo de los ojos bonitos. A su lado, de pie, estaba su maromo, que tenía barba de varios días. Y debía ser muy simpático, inteligente y sensible. Y moderno. Hablaba, según sus palabras aproximadas, de no se qué paranoia de no se qué película. Y debía ser gracioso porque se reían. Yo no estaba escuchando. Yo esperaba mis cañas. Y la tapa.

Cuando transportaba los vasos y el platito con pan y queso a la mesa me di cuenta de que era más alto que el maromo. “Es algo significativo” me dije a mi mismo, lo repetí, pero no la relacionaba con el maromo, pensaba en la misma construcción de la frase, como algo extraño. Una cosa extraña que relacionar con la realidad. No tengo ni puta idea de por qué pensé eso. Pero empecé a creer que a lo mejor solo era un amigo. Muchas tías tienen amigos. Esto último lo olvide cuando me senté en la mesa de nuevo. Sonreí. Se había acabado la primera caña antes de que llegara la segunda. Yo tenía razón, conocía a Carlos mejor de lo que él pensaba. Así que sonreí. Entonces volvió al asunto de Irene. Era una diatriba que tenía costumbre de escuchar. Que ella le organizaba la vida. En alguna ocasión Irene había montado un viaje sin avisarle. En otra que si le había apuntado a un cursillo sin avisarle. No me acordaba de que trataba el cursillo. Pero recuerdo que le quería preguntar algo sobre una fotografía que había hecho y que siempre se me olvidaba. Cuando acabase la diatriba se lo preguntaría. Esta vez sin falta. También me contaba como le echaba en cara, viniera o no a cuento, lo de la fiesta aquella en una discoteca. Cuando se puso a bailar con la de las tetas. La verdad es que no podía reprochárselo a Irene. Hasta el propio Carlos reconocía que se había pasado.
Y yo le escuchaba con interés. No siempre con mucho interés. Pero le escuchaba que para eso era su amigo. Lo importante era que le escuchase. Y que tomáramos cañas, que de eso se trataba. Lo de sus problemas con su novia, era un tema como otro cualquiera (pero más obligado cuando llamaba él). Además esa noche no invitaría yo. Que había salido del trabajo pelado. Y no iba a ir hasta el cajero, demonios.

Me dio por pensar en Irene mientras me la descuartizaba. La verdad es que Irene a mí me gustaba. Era buena chica, y muy guapa. Conmigo siempre tenía sonrisas, me llamaba a menudo, me invitaba a comer. Yo también la invitaba a comer, a Carlos le daba igual, éramos su amigo y su novia. No me importaría salir con Irene si él la dejaba. Pero no la iba a dejar. La discusión no era tan grave. Carlos siempre tenía que discutir con sus novias. No sabía relacionarse de otra manera. Al menos delante de sus conocidos. Pero Irene y él llevaban juntos más de dos años, mucho más que cualquiera de las anteriores parejas. – Si claro –dije, y la verdad no me acordaba de lo que había dicho. –Pues voy primero al baño y luego las traigo –dijo Carlos. Creo que se refería a cañas. Me pareció bien. Yo aproveché para tararear mentalmente la música de la película. La había visto esa mañana, yo trabajo por la tarde. La canción aquella me estaba dando vueltas por la cabeza y no paraba de tararearla, no quería que se me olvidase, cuando me fuera andando solo a casa, un poco borracho por las cañas, seguiría repitiéndola en mi cabeza. Porque aquello me llevaría a casa sin casi enterarme del camino. Ni siquiera era la canción entera. Era un trozo recurrente que podía tararearse sin principio ni final. Incluso haciendo variaciones, pero no demasiadas o se perdería el valor repetitivo que te abstraía. Miré a la barra. La moderna seguía allí, sentada en su taburete. Pero ya no se reía. El maromo no estaba. –En el baño con Carlos –pensé. Ella fumaba pero dejando el cigarrillo demasiado tiempo en la mano. Quizá un poco incómoda por estar unos mínimos instantes sola. Quizá no. Quizá pensaba en otra cosa. Vuelvo a mirar, ella me mira a los ojos. Es un instante. Apartamos la mirada. Vuelve Carlos con las cañas. Se queda callado. Sonríe. –La verdad es que siempre te meto estás chapas, pero en realidad la quiero mucho. Y tú lo sabes cabrón, aunque no digas nada. -brindamos con las cañas. Es el momento mágico de la noche. Luego echaré furtivas miradas a la moderna en medio de la conversación. El maromo volvió y ella volvía a reír. ¿Me echaría miradas furtivas a mí?

-Pero podía hacerme algo de caso cuando usa el ordenador, que mira que lo de descargarse música es fácil, de aquí a Checoslovaquia, vamos. De aquí a Checoslovaquia.

-Checoslovaquia no existe
 
Estado críptico
He perdido el sentido del humor.

1 de Septiembre, 30 de Septiembre.

Nunca recuerdo las fechas.

El sonido ensordece. Hacia delante, hacia detrás. Pataleo. La fuerza derrochada. La fuerza contra la pared. La pared blanda, la pared fluida. Avanzo. Pero soy yo el recorrido. Recorrido en cada recodo, en cada pliegue, en las suaves normalidades. El mundo se reduce al avance. La acción se reduce a la reacción adecuada. El avance no tiene rumbo. El rumbo solo tiene un final, pero el principio quedó atrás. Lo altero, y me zarandea. Me sostiene sin embargo, me protege, me conduce al final. Mi acción me inclina hacia el final. En el final me hundo, ya no puedo sostenerme.

Ensordecido y cegado, he visto la calle. Solo la calle. He andado como un fantasma. Y todo por el placer. Por el privilegio. El aire, el espacio abierto, en mi cerebro embotado. Adoro el espacio abierto.
 
EL MAL
El Mal nos acojona. Es un hecho, y además nos gusta. De un modo difícilmente explicable. En mi opinión, el Mal esta mal considerado. Parece que en los últimos tiempos el Mal gusta. Es algo elegante, es algo divertido. Los vampiros gustan (pero no existen) las drogas se han convertido en paradigmas de lo moderno (pero no son realmente malas, no tienen voluntad). Nada de esto sin embargo es el Mal. La única verdad es que el Mal es malo. Y lo podemos descubrir en sus facetas más triviales.

¿Hay alguien capaz de soportar el Mal? ¿El Mal aliento? ¿No es una cosa enfermiza? ¿No es algo que destroza la vida social del que lo sufre? ¿No es algo que nos provoca una profunda aversión? ¿Podemos soportar lo que hay de podrido en esa persona?

El Mal aliento solo es una forma de un Mal peor, más absoluto. El Mal olor. No hay nada peor que el Mal olor. Ninguna otra cosa nos produce una reacción tan visceral, tan instintiva y animal. Hay olores que crean tal alarma en nuestro cerebro que soportarlos durante demasiado tiempo, puede producirnos accesos, vómitos y otras desagradables reacciones. El Mal olor lleva sin duda el sello del diablo. Pero no es el único que nos vigila y ataca en cuanto bajamos la guardia. Existen otros feroces demonios que destruyen nuestra alegría, nuestra tranquilidad, nuestro humor. Hablo del Mal gusto y el Mal educado. Un edificio feo puede amargarnos un paseo, un imbécil que te interpela puede arruinarte el día. Un imbécil abrigado en verano, en camiseta en invierno y que encima huela mal, es sin duda un demonio. Yo no me acercaría a él.

Pero de todos estos males hay uno muy superior en la vida diaria. Hay uno que no se puede evitar. Hay uno que no solo te afecta en el momento, sino que tendrá largas consecuencias. Hay un mal definitivo. No es el Mal de ojo (de existencia dudosa), no es la mala suerte (una forma de referirse al destino) no es el Mal tiempo (siempre de dudoso signo). Es un mal ineludible. Es el Mal momento.

Quien no haya distinguido un mal momento, seguro que lo ha lamentado toda su vida. Igual que el que sí lo ha distinguido cuando ocurre. No hay escapatoria. No hay manera de impedir que suceda. Y un Mal momento lo puede tener cualquiera.
 
QUE HAGO POR LA NOCHE. Y POR EL DÍA
Hablo con desconocidas desde hace poco. Hablo mucho además. Y ellas también. Pero nunca las veo. Ya saben por qué, no me sean ingenuos. Cada vez me descuido más, mi bandeja de la nevera solo tiene un pimiento y una cebolla. Pienso que es una etapa (a veces tengo estas etapas) Espero que no sea una tendencia. Espero que no sea una tendencia que se acentúe. Hablando de otras cosas mis últimas salidas han sido un pelín insatisfactorias. Este domingo, no he salido. He visto un gran premio de fórmula uno, ni una sola imagen del papa muerto.

Me siento insatisfecho.

Por lo demás muy feliz

Ayer hice la colada. Hoy he recogido la ropa. Me he quedado un rato mirando la ropa interior. Había algo interesante. He cogido una camiseta la he levantado y examinado. Luego la volví a dejar en su sitio. He reflexionado. He formulado una verdad:

“A mi madre le queda más blanca”