Alejandría
La Biblioteca de Alejandría fue famosa por contener entre sus muros los secretos de todas las culturas, religiones, razas y filosofías. Todas. Era un faro de la cultura que iluminaba a los que se creían superiores a otros demostrando que, en el fondo, todas las civilizaciones merecen un respeto.
Al entrar en la biblioteca de mi barrio una niña musulmana se me ha acercado. Vestía un pañuelo azul oscuro en la cabeza, un traje a modo de tele negra que cubría su cuerpo y dos zapatitos blancos. “¿Ha visto usted a mi madre?”, me pregunta. Yo le respondí que lo sentía que no conocía a su madre, pero que si quería le ayudaba a buscarla. “Vale”. Me dio la mano y nos acercamos a la recepción. Un chico nos atiende. Es alto, negro, con varios pendientes en la oreja y una camiseta ancha con colores llamativos. “Yo tampoco sé quién es tu madre, pero lo mejor es que vayamos a la oficina y lo digamos por megafonía, ¿qué os parece?”. La niña asintió y yo también. Una vez dentro, nos dirigimos a un caballero sentado en una mesa. Era un hombre blanco de unos sesenta años, canas y barba, vestía con camisa y pantalones de pinza. “¿Cómo os puedo ayudar amigos?”. Le decimos que buscamos a la madre de la niña, que no la encuentra. El hombre mira a la chiquilla y mira cómo me coge la mano. Me pregunta: “¿la conoces?”. Sí, le digo yo, desde hace 5 minutos, pero no sé ni su nombre. “Yasmin”, sonríe ella. “Pay atention, please, one girl named Yasmin is in the office, near the reception of the library…”
La biblioteca de Tower Hamlets es la nueva Alejandría. Puede que no tenga entre sus muros eruditos ni sabios. Puede que no tenga la única edición de la filosofía de la risa de Sócrates. Pero sí tiene representantes de todo el mundo entre sus páginas. Estanterías con libros en chino, japonés, árabe, polaco… En sus pasillos no hay un ambiente de silencio y estudio al uso, los niños corren y juegan y hay tres salas en las que se dan todo tipo de clases: lenguajes, manualidades para niños, talleres de pintura, punto, literatura, etc. Los fines de semana dos animadoras visitan la biblioteca y pintan las caras de los niños y organizan juegos y actividades.
Cosas como estas hacen pensar que entre Yasmin y yo no hay tantas diferencias. Todos queremos una nueva Alejandría. Londres es muy grande.
Al entrar en la biblioteca de mi barrio una niña musulmana se me ha acercado. Vestía un pañuelo azul oscuro en la cabeza, un traje a modo de tele negra que cubría su cuerpo y dos zapatitos blancos. “¿Ha visto usted a mi madre?”, me pregunta. Yo le respondí que lo sentía que no conocía a su madre, pero que si quería le ayudaba a buscarla. “Vale”. Me dio la mano y nos acercamos a la recepción. Un chico nos atiende. Es alto, negro, con varios pendientes en la oreja y una camiseta ancha con colores llamativos. “Yo tampoco sé quién es tu madre, pero lo mejor es que vayamos a la oficina y lo digamos por megafonía, ¿qué os parece?”. La niña asintió y yo también. Una vez dentro, nos dirigimos a un caballero sentado en una mesa. Era un hombre blanco de unos sesenta años, canas y barba, vestía con camisa y pantalones de pinza. “¿Cómo os puedo ayudar amigos?”. Le decimos que buscamos a la madre de la niña, que no la encuentra. El hombre mira a la chiquilla y mira cómo me coge la mano. Me pregunta: “¿la conoces?”. Sí, le digo yo, desde hace 5 minutos, pero no sé ni su nombre. “Yasmin”, sonríe ella. “Pay atention, please, one girl named Yasmin is in the office, near the reception of the library…”
La biblioteca de Tower Hamlets es la nueva Alejandría. Puede que no tenga entre sus muros eruditos ni sabios. Puede que no tenga la única edición de la filosofía de la risa de Sócrates. Pero sí tiene representantes de todo el mundo entre sus páginas. Estanterías con libros en chino, japonés, árabe, polaco… En sus pasillos no hay un ambiente de silencio y estudio al uso, los niños corren y juegan y hay tres salas en las que se dan todo tipo de clases: lenguajes, manualidades para niños, talleres de pintura, punto, literatura, etc. Los fines de semana dos animadoras visitan la biblioteca y pintan las caras de los niños y organizan juegos y actividades.
Cosas como estas hacen pensar que entre Yasmin y yo no hay tantas diferencias. Todos queremos una nueva Alejandría. Londres es muy grande.
Nudos en el estómago
20 días después y parece que fue ayer. Preparar la maleta, comer patatas fritas con huevo, sacar a Jano-Marrano-Soprano una vez más, un café con los amigos, romper la comunidad, el coche al aeropuerto, los últimos abrazos… nudos en el estómago.
Londres es una de esas ciudades en las que antes de estar literalmente ya la conoces. El comandante Nelson es una persona imponente, con carisma y vive en Trafalgar Square, una vez retirado dedicó su vida a proteger el arte que guarda el Museo Británico y a señalar en la distancia aquel reloj que Garfio nunca conseguirá sobrevolar, el Big Ben. En Oxford y Regent Street las tiendes brotan de cualquier esquina. La plaza de Leicester ha visto todas las películas del último siglo. En Picadilly la gente se junta todas las noches para ver el espectáculo de luces y pantallas. En el parque de St James, Barry sigue buscando la nueva obra de teatro y en Hyde Park las ardillas buscan comida de los visitantes que se recuestan a la sombra de un árbol a leer o escuchar música. Westminster sigue tan protegida como siempre, imperturbable. Harrods es un laberinto de dinero, Greenwich domina el tiempo, Notting Hill no olvida a Julia… y en todas partes, a cualquier hora, siempre hay alguien brindando con una pinta al grito de “cheers”.
El londinense no es alguien sin sentimientos, sensaciones ni vida. Los he visto reir, llorar, emocionarse en el metro mientras leen su novela, gritar hasta perder alguna vena ante el gol de Inglaterra, mirar de reojo a la chica que se sienta en la otra mesa, impresionarse ante una escultura, quejarse por el tráfico, disfrutar de la comida… es sólo, que lo hacen a solas. Sin embargo Londres no es una ciudad inglesa. No. Pertenece al mundo y a todos los inmigrantes que la poblamos. En 20 días he conocida a polacos, griegos, alemanes, checos, italianos, franceses e indios (sí, también a gaditanos y sevillanos… como me jode darte la razón Nacho, vaya panda de gilipollas ^_^). No puedo negar que el primer día me impresionaba ver los burcas, turbantes y raperos. Pero, compartas o no sus creencias o su estilo de vida, no deja de ser precioso compartir el mismo suelo con tantas culturas y etnias distintas (quizá deba pensarme lo de Sevilla y Cádiz).
Y después de 20 días conociendo lugares y personas no hay manera de deshacer el nudo en el estómago. Se os echa de menos ^___________________^.
Londres es una de esas ciudades en las que antes de estar literalmente ya la conoces. El comandante Nelson es una persona imponente, con carisma y vive en Trafalgar Square, una vez retirado dedicó su vida a proteger el arte que guarda el Museo Británico y a señalar en la distancia aquel reloj que Garfio nunca conseguirá sobrevolar, el Big Ben. En Oxford y Regent Street las tiendes brotan de cualquier esquina. La plaza de Leicester ha visto todas las películas del último siglo. En Picadilly la gente se junta todas las noches para ver el espectáculo de luces y pantallas. En el parque de St James, Barry sigue buscando la nueva obra de teatro y en Hyde Park las ardillas buscan comida de los visitantes que se recuestan a la sombra de un árbol a leer o escuchar música. Westminster sigue tan protegida como siempre, imperturbable. Harrods es un laberinto de dinero, Greenwich domina el tiempo, Notting Hill no olvida a Julia… y en todas partes, a cualquier hora, siempre hay alguien brindando con una pinta al grito de “cheers”.
El londinense no es alguien sin sentimientos, sensaciones ni vida. Los he visto reir, llorar, emocionarse en el metro mientras leen su novela, gritar hasta perder alguna vena ante el gol de Inglaterra, mirar de reojo a la chica que se sienta en la otra mesa, impresionarse ante una escultura, quejarse por el tráfico, disfrutar de la comida… es sólo, que lo hacen a solas. Sin embargo Londres no es una ciudad inglesa. No. Pertenece al mundo y a todos los inmigrantes que la poblamos. En 20 días he conocida a polacos, griegos, alemanes, checos, italianos, franceses e indios (sí, también a gaditanos y sevillanos… como me jode darte la razón Nacho, vaya panda de gilipollas ^_^). No puedo negar que el primer día me impresionaba ver los burcas, turbantes y raperos. Pero, compartas o no sus creencias o su estilo de vida, no deja de ser precioso compartir el mismo suelo con tantas culturas y etnias distintas (quizá deba pensarme lo de Sevilla y Cádiz).
Y después de 20 días conociendo lugares y personas no hay manera de deshacer el nudo en el estómago. Se os echa de menos ^___________________^.





