Hoy puede ser un gran día
Sigo con la historia del refugio....
Me fui a desayunar a un bar céntrico que frecuentaba cuando hacía las prácticas para sacarme el carné de conducir. Hacía ya dos veranos que me lo había sacado, pero la clientela del bar seguía siendo la misma: el hombre calvo, con bigote fumándose ese puro cuyo aroma aún supe identificar, la muchacha rubia de ojos azules que trabajaba en Correos, el director del banco, ..., tantas y tantas caras familiares.... y el simpatiquísimo camarero moreno, Bartolomé, o simplemente, Barto, para los amigos. Nos saludamos con un efusivo abrazo y dos besos. Me pidió qué iba a tomar, yo le respondí: Lo mismo de siempre! Él me entendió a la perfección : una caña de cabello de ángel y un cortado con leche fría. Después de ponernos al día sobre nuestras respectivas vidas, saqué el tema que perturbaba mi mente. Le pregunté por la talla robada, si sabía algo. En el bar la gente mientras toman el café comentan las noticias, cotillean un poco,...., y de repente, veo cambiar su rostro. Sus músculos faciales estaban cada vez más tensos, sus ojos empezaron a humedecerse y enrojecerse, sus mejillas se sonrojaron suavemente y las gotitas de sudor afloraban en la superficie de su frente, síntomas claros de estar ocultando información. Le pregunté si se encontraba bien, él me respondió tartamudeando: Sí,.., si. Después, se fue, sin decir nada más. Me tomé el cortado y me fui al Museo.
Cuando llegué, estaba Jesús, un trabajador de toda la vida. A veces, mi amiga que trabajaba al museo y que ahora estaba de vacaciones me había hablado de él. Siempre le regalaba miles y miles de caramelos de eucaliptos y miel para suavizar la garganta. En su piso de estudiante, en Barcelona ya había acumulado diversos botes de ellos y en invierno, ella los ofrecía a sus invitados.
Jesús, además de ser un trozo de pan era un hombre muy simpático y transparente, durante las largas horas que compartían en ese museo le había confesado sus secretos más inconfesables. Cuando entré, él me saludó y me ofreció como era habitual en él, los caramelos de eucaliptos y miel, cogí uno y lo guardé en mi bolsillo. Después le pregunté por la talla y las noticias o pistas que sabía de la policía. Me dio bastante información. La anoté en mi libreta naranja para acordarme de cada uno de los detalles, cada una de las horas en que había sucedido cada uno de los hechos. Me quiso acompañar hasta el lugar donde días antes había descansado la talla. Los supuestos ladrones rompieron el cristal, pero curiosamente las alarmas conectadas no sonaron. Algo que también le sorprendió a Jesús. Me dijo que hacía un mes, el personal de mantenimiento había hecho pruebas con las alarmas. Se hacía tarde y tenía que volver a comer a la masía. Antes fui a comprar ese pan y dulces tan y tan ricos en un pueblo muy pequeñito que estaba a unos 5 kilómetros.
Esa noche mi amiga Laura y yo decidimos salir de fiesta. Entramos en un bar que me recordaba a una película de Kubrick, cuyo título tiene nombre de fruta,...., aunque faltaba algo de Beethoven. Allí en sentado con dos hombres más me encontré a Barto.
.....
(Continuará.)
Me fui a desayunar a un bar céntrico que frecuentaba cuando hacía las prácticas para sacarme el carné de conducir. Hacía ya dos veranos que me lo había sacado, pero la clientela del bar seguía siendo la misma: el hombre calvo, con bigote fumándose ese puro cuyo aroma aún supe identificar, la muchacha rubia de ojos azules que trabajaba en Correos, el director del banco, ..., tantas y tantas caras familiares.... y el simpatiquísimo camarero moreno, Bartolomé, o simplemente, Barto, para los amigos. Nos saludamos con un efusivo abrazo y dos besos. Me pidió qué iba a tomar, yo le respondí: Lo mismo de siempre! Él me entendió a la perfección : una caña de cabello de ángel y un cortado con leche fría. Después de ponernos al día sobre nuestras respectivas vidas, saqué el tema que perturbaba mi mente. Le pregunté por la talla robada, si sabía algo. En el bar la gente mientras toman el café comentan las noticias, cotillean un poco,...., y de repente, veo cambiar su rostro. Sus músculos faciales estaban cada vez más tensos, sus ojos empezaron a humedecerse y enrojecerse, sus mejillas se sonrojaron suavemente y las gotitas de sudor afloraban en la superficie de su frente, síntomas claros de estar ocultando información. Le pregunté si se encontraba bien, él me respondió tartamudeando: Sí,.., si. Después, se fue, sin decir nada más. Me tomé el cortado y me fui al Museo.
Cuando llegué, estaba Jesús, un trabajador de toda la vida. A veces, mi amiga que trabajaba al museo y que ahora estaba de vacaciones me había hablado de él. Siempre le regalaba miles y miles de caramelos de eucaliptos y miel para suavizar la garganta. En su piso de estudiante, en Barcelona ya había acumulado diversos botes de ellos y en invierno, ella los ofrecía a sus invitados.
Jesús, además de ser un trozo de pan era un hombre muy simpático y transparente, durante las largas horas que compartían en ese museo le había confesado sus secretos más inconfesables. Cuando entré, él me saludó y me ofreció como era habitual en él, los caramelos de eucaliptos y miel, cogí uno y lo guardé en mi bolsillo. Después le pregunté por la talla y las noticias o pistas que sabía de la policía. Me dio bastante información. La anoté en mi libreta naranja para acordarme de cada uno de los detalles, cada una de las horas en que había sucedido cada uno de los hechos. Me quiso acompañar hasta el lugar donde días antes había descansado la talla. Los supuestos ladrones rompieron el cristal, pero curiosamente las alarmas conectadas no sonaron. Algo que también le sorprendió a Jesús. Me dijo que hacía un mes, el personal de mantenimiento había hecho pruebas con las alarmas. Se hacía tarde y tenía que volver a comer a la masía. Antes fui a comprar ese pan y dulces tan y tan ricos en un pueblo muy pequeñito que estaba a unos 5 kilómetros.
Esa noche mi amiga Laura y yo decidimos salir de fiesta. Entramos en un bar que me recordaba a una película de Kubrick, cuyo título tiene nombre de fruta,...., aunque faltaba algo de Beethoven. Allí en sentado con dos hombres más me encontré a Barto.
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(Continuará.)
Comentario:
Javi: Como puedes pensar eso? Noooo, no lo hago queriendo, jejeje,...;)
Besos a todas las almitas de la soledad de Quitratúe que a veces andan en zigzag, piensan en las nubes, deshojan margaritas, huelen a jenjibre, vuelan como mariposas,...;)
Besos a todas las almitas de la soledad de Quitratúe que a veces andan en zigzag, piensan en las nubes, deshojan margaritas, huelen a jenjibre, vuelan como mariposas,...;)
Comentario:
Estoy empezando a pensar que lo de dejarlo en lo mas interesante lo haces queriendo...

CHOI