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Soy antipática... ¿y qué?
algunos comentarios que no se dicen por los pasillos...
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Señor lector, esta es una advertencia, esto no es para leer, si usted decide hacer caso omiso, es su problema, no se responde por daños. Si me ves, no me mires... No querrás saber de mí.
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republicando 3
Fresco olor a tierra húmeda por febriles primeras lluvias, carta de presentación de un otoño que se avecina a pasos gigantes con fuerza y premura. Días de cielos grises, como hoy, truenos graves haciendo de la media tarde una velada excitante, tenebrosa y, al mismo tiempo, sensual. Vapor del chocolate caliente, tan dulce y amargo a la vez. El sonar suave de la lluvia al caer, que relajan, adormecen cada instancia del cuerpo, avecillas errantes, vagas ilusiones, deseo de detenerse, para todo, menos la lluvia, dejarse purificar por ella, gritar desesperadamente, luego correr, correr sin rumbo, correr despavorida, correr desorientada en donde no necesito orientación, quedar empapada, así, casi sin frío, así, exhausta y pulverizada, escalofríos de un tal vez, de una ilusión, que recorre el cuerpo como la sangre caliente. Respirar profundo, parsimoniosamente. Agudizar el oído y escuchar cada gota que cae al suelo, a una superficie, caer como ella, de la mente hasta el abismo, volver a subir, vaciar el contenido de smog de la cabeza, vaciar el alma si es posible, mientras todo se agita, concentrarse en el crujir de una hoja seca al caerse de su copa, árbol de la vida, caer con suave textura, pluma de árbol, caer golpeada por aquellas gotas, lentamente, balancearse en el aire y finalmente tocar tierra, pavimento, lugar donde el tiempo y espacio se reúnen, dialogan, creas a tu mente para darte con quién hablar, disparar. Primera lluvia, como de cuentos lindos de niñas bellas, nostalgia, inocencia... recuperar la inocencia, emoción, emoción, emoción... crepitar de ventanas al son del viento extraño, ajeno al frío o la calidez, ajeno a lo que hace, a lo que produce, sus efectos en mí, emoción, truenos alertas resonando triunfantes en el cielo, observar por una ventana el paisaje, sentirte parte de él, oscuridad en el cuarto, habitación sentimental de mi ser, alcoba de cristal en donde arrullo mis anhelos, cerrar los ojos y seguir viendo. Ver más. Lo veo, veo lo que quiero y como quiero, luces fugaces, más lluvia haciendo que el olor se disperse cada vez más y más. Me impregno. Soy una gota que cae, soy la brisa que mece, el silbar del viento que acaricia, el olor que satura, el sonido que arrulla, el cielo que cubre, la tierra que recibe y disperse, ya no poseo un cuerpo físico, gozo ser un montón, un ciclo, parte del ecosistema, es más, ser el ecosistema en sí. Ronronear frente al abrigo, alcanzar extremos, volver al cuerpo, tersa, bañada en esas aguas del cielo, de cuerpo íntegro, dejar pasear en mi cuerpo esas gotas, humedecen, infringen ropas. Cobijarme bajo el solemne árbol de copas anchas, aún resuelto a no abandonar su ropaje de hojas, hojas que no le desean abandonar, verdes de vida, no quieren volverse añejas con el color de un oro terrestre, quieta, espero, respiro más, abro la vista y cierro los ojos, los sentidos intensos, a flor de piel, color azul, veo azul el atardecer. Subir a mi balcón y ver correr las aguas, dirigirse sin saber a un final que comienza. Desnudarme. Tenderme esta vez en mi cama, seca, tibia, privada de los demás, privada por mí. Reposar tendida, mientras interiorizo, ambiente romántico, truenos dentro de mí clamando ser oídos como los exteriores, un gato bajo la lluvia... pobre... mojado, enfermo, tirado, buscando refugio aquí dentro, en mi gran salón frente al ventanal de colores donde se ve deslizar el agua que del cielo de mi alma.
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