Paradojas
Hola, es paradójico que hayas venido hasta aquí si te interesan las Paradojas, porque aquí no vas a encontrar nada. ¡Qué paradoja!
No obstante, como premio, te presento a mi nueva chica, Samantha, nacida el 24 de noviembre, una bellísima y travisesísima pastor de brie que vive con nosotros ahora. Es linda, ¿eh?

Sé que no es un rasgo poético pero, ahí donde la véis es una auténtica máquina de cagar.
No obstante, como premio, te presento a mi nueva chica, Samantha, nacida el 24 de noviembre, una bellísima y travisesísima pastor de brie que vive con nosotros ahora. Es linda, ¿eh?

Sé que no es un rasgo poético pero, ahí donde la véis es una auténtica máquina de cagar.
Mi chica
Salta a la vista, ya en cuanto la ves, que está hecha de una pasta especial. Están marcados en sus espaldas -limpias, llanas, hermosas- cada uno de los días de bien que me ha dado. Por las noches, antes de dormir, beso la superficie que, traviesa, asoma por encima del edredón. Un hombro, casi siempre el derecho, que no quiere renunciar a mi respiración.
Hay un deje de distancia en su forma de dormir. Duerme como si eso no fuera con ella, como si fuese una obligación autoimpuesta –como quien se pone a régimen, o intenta dejar de fumar- que cumple por no decepcionarme. Como tú duermes, yo duermo contigo, parece decir la cadencia con la que me regala por las noches. Por eso yo la vigilo, alerta, para que no escape. Ella siempre quiere escapar. Quien la dejó en este mundo, seguramente, se equivocó. Ella es de tierra, de sol, de agua y del dios dirá; pero no te confundas, no se resigna, sólo sabe que todo irá bien, que todo acaba por suceder, que ella lo logrará.
Puedes llamarla, que irá, puedes estar seguro. El ánimo que alienta su espíritu se compone, a partes iguales, de generosidad y exigencia, aun cuando ella no siempre quiera reconocerlo.
A veces, cuando estamos reunidos con su familia-clan, que ha pasado a ser la mía, ella me mira desde el otro lado de la mesa (siempre grande, opípara, acogedora) aliviando con un guiño y media sonrisa la soledad que me asalta las más de las veces en multitud. Parece darse cuenta de que las voces cruzadas casi siempre me superan y, cuando está a punto de entrarme el frío del abandono, ella, como si un instinto primitivo, atávico, la pusiera sobre aviso, me regala con una sonrisa que me llena de calor, riega el desierto de mis pasos dudosos con una mirada húmeda que parece decirme, por encima de todos los hombros, a través de todas las conservaciones: “tú y yo somos de la misma sangre”. Ese saludo que me persigue desde el Libro de las Tierras Vírgenes, de Kippling, desde mi tardía adolescencia.
Nadie puede entender a mi chica sin su clan. Es como si la completara, como si terminara de redondear el círculo mágico de su mágica presencia.
Cuando la conocí, ella trataba de levantarse de una caída casi mortal. No cayó por un empujón terrible, repentino, no, que ella pisa firmemente la tierra, sino que un viento del norte, frío, insistente, cruel, había desgastado, año tras año, día tras día, su alegría. Andaba con pasos falsamente seguros, pero yo veía lo precario de su equilibrio. Le abrí mis puertas, le ofrecí mi vida y ella, dios la bendiga, entró.
Entró sin dudarlo y, casi sin querer, era la dueña de la vida que yo quería y que nunca supe antes que quería. Ganó mi corazón y los corazones de mis hijos con una sencillez y una ternura formidables. Supo, desde el principio, cuál era mi destino y me allanó el camino. Poco a poco, nos introdujo en el clan. Y viéndola allí, calentándose al sol de su familia, renovando su propia luz con la luz de los nuevos miembros –que no paran de llagar-, observándola en el lugar que le corresponde en la tierra, con los suyos, me enamoré de ella por segunda vez.
Puedes ver a Susana en la placidez y la sorpresa de su madre; pero también en el genio (el bueno y el malo) de su padre; puedes verla en el núcleo hogareño y acogedor de Celia que, siendo hija es, en realidad, la madre –y la amiga- de todos; puedes verla también en la independencia y el misterio de Carmen Cruz; en la determinación de Pilar y en esa capacidad que comparten para ser, a la vez, obvias y ocultas, amorosas y terriblemente sinceras; yo la veo en la efervescencia de Ángel, y en su mente siempre abierta y dispuesta a lo nuevo; en el sentido del humor y la ternura de Quique; y en la generosidad de Richard y en esa capacidad asombrosa de entender lo que nadie entiende: por ejemplo, la televisión.
Pero, y esto sí que es grande, puedes ver a Susana en sí misma. Yo la veo en todo su esplendor cuando, juntos, solos, nos entregamos el uno en brazos, en manos, en labios del otro. Me gusta el calor particular de sus labios, la forma en que pierde el sentido cuando aprieto el gatillo, los gemidos que me prometen amor eterno, más allá de la carne, más allá del más allá. Adoro sus ojos-linterna, sus manos-perro guía, sus senos divinos, la suavidad de sus piernas y el infinito amor de su rincón más escondido.
Mi chica, además, siempre sabe de qué hablar.
Hay un deje de distancia en su forma de dormir. Duerme como si eso no fuera con ella, como si fuese una obligación autoimpuesta –como quien se pone a régimen, o intenta dejar de fumar- que cumple por no decepcionarme. Como tú duermes, yo duermo contigo, parece decir la cadencia con la que me regala por las noches. Por eso yo la vigilo, alerta, para que no escape. Ella siempre quiere escapar. Quien la dejó en este mundo, seguramente, se equivocó. Ella es de tierra, de sol, de agua y del dios dirá; pero no te confundas, no se resigna, sólo sabe que todo irá bien, que todo acaba por suceder, que ella lo logrará.
Puedes llamarla, que irá, puedes estar seguro. El ánimo que alienta su espíritu se compone, a partes iguales, de generosidad y exigencia, aun cuando ella no siempre quiera reconocerlo.
A veces, cuando estamos reunidos con su familia-clan, que ha pasado a ser la mía, ella me mira desde el otro lado de la mesa (siempre grande, opípara, acogedora) aliviando con un guiño y media sonrisa la soledad que me asalta las más de las veces en multitud. Parece darse cuenta de que las voces cruzadas casi siempre me superan y, cuando está a punto de entrarme el frío del abandono, ella, como si un instinto primitivo, atávico, la pusiera sobre aviso, me regala con una sonrisa que me llena de calor, riega el desierto de mis pasos dudosos con una mirada húmeda que parece decirme, por encima de todos los hombros, a través de todas las conservaciones: “tú y yo somos de la misma sangre”. Ese saludo que me persigue desde el Libro de las Tierras Vírgenes, de Kippling, desde mi tardía adolescencia.
Nadie puede entender a mi chica sin su clan. Es como si la completara, como si terminara de redondear el círculo mágico de su mágica presencia.
Cuando la conocí, ella trataba de levantarse de una caída casi mortal. No cayó por un empujón terrible, repentino, no, que ella pisa firmemente la tierra, sino que un viento del norte, frío, insistente, cruel, había desgastado, año tras año, día tras día, su alegría. Andaba con pasos falsamente seguros, pero yo veía lo precario de su equilibrio. Le abrí mis puertas, le ofrecí mi vida y ella, dios la bendiga, entró.
Entró sin dudarlo y, casi sin querer, era la dueña de la vida que yo quería y que nunca supe antes que quería. Ganó mi corazón y los corazones de mis hijos con una sencillez y una ternura formidables. Supo, desde el principio, cuál era mi destino y me allanó el camino. Poco a poco, nos introdujo en el clan. Y viéndola allí, calentándose al sol de su familia, renovando su propia luz con la luz de los nuevos miembros –que no paran de llagar-, observándola en el lugar que le corresponde en la tierra, con los suyos, me enamoré de ella por segunda vez.
Puedes ver a Susana en la placidez y la sorpresa de su madre; pero también en el genio (el bueno y el malo) de su padre; puedes verla en el núcleo hogareño y acogedor de Celia que, siendo hija es, en realidad, la madre –y la amiga- de todos; puedes verla también en la independencia y el misterio de Carmen Cruz; en la determinación de Pilar y en esa capacidad que comparten para ser, a la vez, obvias y ocultas, amorosas y terriblemente sinceras; yo la veo en la efervescencia de Ángel, y en su mente siempre abierta y dispuesta a lo nuevo; en el sentido del humor y la ternura de Quique; y en la generosidad de Richard y en esa capacidad asombrosa de entender lo que nadie entiende: por ejemplo, la televisión.
Pero, y esto sí que es grande, puedes ver a Susana en sí misma. Yo la veo en todo su esplendor cuando, juntos, solos, nos entregamos el uno en brazos, en manos, en labios del otro. Me gusta el calor particular de sus labios, la forma en que pierde el sentido cuando aprieto el gatillo, los gemidos que me prometen amor eterno, más allá de la carne, más allá del más allá. Adoro sus ojos-linterna, sus manos-perro guía, sus senos divinos, la suavidad de sus piernas y el infinito amor de su rincón más escondido.
Mi chica, además, siempre sabe de qué hablar.
Nas trades
En fin, gente, que son casi las 7, que estoy en la ofi, que acabo de dar de alta esta sandez y que me voy a casa. Mañana, lo juro, escribo algo que no sea lamentable. Bueno, eso.
Escándalo jipi
La comunidad ecoplasta dice que Wolffo no tiene pilila.
Así que hay gente que sigue los enlaces...
Pero bueno, te pongo una foto por el esfuerzo

pinchando aquí vuelves.






