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Te lo he dicho cienes de veces
Lo que pasa por la cabeza, tronco y extremidades de un creativo que curra en y desde casa.
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That's me! Soy asín, señores, no puedo hacer nada contra eso. Me he apuntado en esto. Anda,no seas y si te gusta lo que lees, vota.

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convocado por:
20minutos.es

Sindicación
 
Un Paréntesis (Obituario)
Hoy no me apetece demasiado escribir. Escribir como siempre, con esa coña que se me escapa de los dedos.

Vamos, es que no puedo.

Hoy es un paréntesis.

Mi empresa, Taller de Comunicación e Imagen, en la que he trabajado los últimos 4 años como creativo, cierra hoy sus puertas para no volver a abrir.

Esta agencia de publicidad era un buen sitio donde trabajar. No ganábamos millones, pero vivíamos dignamente con un trabajo bien hecho, y esa es una enrome satisfacción. Es una empresa pintada con colores alegres, verdes, amarillos, naranjas, un sitio agradable para venir. Con gente divertida, cariñosa.



La historia es terrorífica: uno de los socios se ha dedicado, durante 3 años a robar dinero a espuertas, triplicar pagarés para cobrarlos en tres bancos distintos, quedarse con el dinero que supuestamente se pagaba a la Seguridad Social y a Hacienda…

Como él era el único responsable del área económica y financiera, ha ido tapando sus manejos hasta que, un mes antes de que la bola estallara, pidió (y consiguió) una baja médica por depresión. Así no ha tenido que aguantar el lento pero inexorable derrumbe de esta agencia durante los últimos 15 meses.

El resultado es sencillo: 6 familias a la mierda. La mía, entre otras.

….

Mi correo está ahí abajo.
A todo el que me escriba le remitiré mi C.V. por si tiene oportunidad de remitirlo a algún sitio. Os lo agradecería de corazón.
Mis áreas profesionales son la publicidad, el marketing y los medios de comunicación, en ese orden.

A todo aquél que pasase hoy por aquí buscando una sonrisa, le pido perdón por encontrarse este muermo.

Mañana vuelvo a mí, lo juro.
Gracias.

............................................

ATENCIÓN:

Para que el paseo por aquí en busca de sonrisa no haya sido totalmente en vano, visitad, a la voz de ¡ya! el blog de mi muy admirado Capitán Cerumen, que publica hoy una genialidad absoluta.

¡No os lo perdáis!



 
Los 4 vientos

Un día, sin venir a cuento, pregunté a los cuatro vientos cuál era la razón por la cual mi anatomía no dejaba de crecer perimetralmente y he aquí lo que me contestaron:

1. RESPUESTA DE NÓRDICUS,
A LA SAZÓN, VIENTO DEL NORTE.

Dijo Nórdicus, con voz engolada:
Tal vez la razón sea matemática (explicable con logaritmos), química (explicable con la tabla periódica), física (explicable con tablas de gimnasia sueca) o lógica (inexplicable).
Quizás tu organismo no tolere los excesos de la carne (de cerdo) ni del pescado (frito) ni de los espárragos (con mayonesa y pan) .
Puede ser que no importe cómo te vean los demás, sino cómo te ves tú. ¿Estás contento contigo mismo?
Nórdicus me vio vomitar. Con cara de asco.
Tal vez alguien debió de advertirle que no tolero esa clase de filosofía parda.
Quizás debieron decirle que a alguien con tantas dudas como yo, no pueden servirle tantas indefiniciones sin una buena salsa de certezas.
O puede que sólo fuera que había sobrepasado el límite de tolerancia de mi estómago hacia la tarta de santiago.

2. RESPUESTA DE SURF,

EL ALEGRE Y DESPREOCUPADO VIENTO DEL OESTE.

Dijo Surf, rasgueando lánguidamente su guitarra:

Toma cereales, verduras y frutas
Zumos de tomate y zanahoria
Toma leche de soja y achicoria
Y hazte, a pie, todas las rutas

Yo improvisé un estribillo:

Come hierba tú, si así disfrutas
Que yo no soy ningún carnerillo
Prefiero apretarme un bocadillo
A pasarlas, por hambre, putas.

Y luego:

Estás horrible, gordo y seboso,
Gordo y seboso, gordo y seboso (coros)
Estás graso, como una foca
Gordo y seboso, gordo y seboso (coros)

Al final, como me cansé de hacer coros, le rompí la guitarra en la cabeza.





3. RESPUESTA DE WATANGA,

EL VIENTO BAILÓN DEL ÁFRICA PROFUNDA.

Watanga, blandiendo su enorme y ganchudo miembro viril, me espetó:

Hombre blanco barriga grande, polla pequeña. Muchas palabras, pocas ideas. Ojos claros, oscura mirada. Hablar dulce, palabras hirientes. Rey de la selva cantar canción de caza para hacer que meada del cielo (tú llamar precipitación y medir con pluviómetro absurda magnitud de litros por metro cuadrado) caiga sobre barriga prominente y así conseguir que…

- Perdona, Watanga, ¿me pasas el paté?
(Watanga me pasa el paté provenzal marca Carrefour, que está muy bueno, sale muy bien de precio y sigue a lo suyo)

Tu distraer discurso con treta estúpida; yo cabrear con nubes y con león. Ira de dioses africanos caer sobre ti y darte mogollón de hostias en cabeza de chorlito.

(Watanga es un palizas)

4. RESPUESTA DE Ibn AL MOSTAZ-ZIR,
EL VIENTO PARIA Y SABIO DEL ORIENTE.

Ibn Al Mostaz-zir me dijo, el muy cabrón:

Realmente, amigo mío, ¿estás gordo? ¿Está gordo el hipopótamo? ¿La ballena? ¿Está gorda la parturienta? ¿No será que el mundo está delgado? ¿No será que la gente, buscando altos ideales se estira y estira y tú, pegado al suelo, no lo haces al mismo ritmo?
La misma brizna de hierba es grande para la hormiga y minúscula para el elefante. Tu inteligencia es grande comparada con la de Ana Obregón pero despreciable comparada con la mía

(será cretino…)

Míralo de esta manera: puede que estar gordo haga que te pongas colorado al atarte los zapatos, que tengas la sensación de que tu ropa encoge en tu armario; que no te la veas al ducharte; que te mires al espejo y veas tu papada de pelícano rellena como un globo aerostático

(será hijoputa)


pues hijo, no puedo consolarte, pero puedo invitarte a unos hot-dogs con mucha mostaza en Nebraska. ¿Te hace?

- ¡Venga!

Y allá que fuimos, no te jode.

(Soberbios los perritos de Nebraska, creedme)

............


 
Demasiado timorato para vivir (o de cómo a los cursis, a nada que bajen la guardia, se les fastidia el plan)
El amor es el motor del mundo........ oh, sí, lo es.......

Un adelanto de la última y esperada novela de la afamada escritora Wolffa Lindsay que consigue, en esta su última obra, una absoluta cursilería casi sin esfuerzo. La vomitona está asegurada.



Iba por el bosque, recogiendo setitas para el pastel que hace mi abuelita; hacía un día maravilloso. El sol, deslumbrante, se filtraba por entre las hojitas de los árboles y mi corazón gritaba de alegría. Si no es excesivamente inmoral y egoísta, diré que era feliz de sentirme tan feliz. ¡Oh, el conejo, el ciervo y el colibrí, saltando, corriendo y cantando su dicha! Todo ello, me hacía preguntarme: ¿no es bello vivir? Y, pleno de alegría, me respondía: ¡sí, sí, claro que sí!

Mi mamá me había comprado unas botitas nuevas, que soy yo muy andarín, y ese fue el motivo por el que me detuve; había pisado una caca de algún animal descuidado, y tenía que limpiarme. Mamá se enfadaría si estropeaba las botitas tan prontísimo. A veces, soy un poco cabecita loca.

Sentí un equino resollar cerca de mí. Alcé la mirada, ¿qué, si no, podía hacer?

Una hermosa yegua de brillante crin me regalaba la vista. Siguiendo la doctrina del Marqués de L'amecoul, mostréme afectuoso con tan bella bestia:

- ¿Pacéis en paz, hermosa yegua? - inquirí.
- Hago lo que puedo, colega - me contestó.

Si he de ser sincero, me turbó su vulgaridad; pero mamá me enseñó que no todos los seres que habitan nuestro bello planeta tienen el don de la sensibilidad, tan característico de mi familia; fui comprensivo, pues.

- Buen pasto es este, ¿no creéis?
- De puta madre, chaval.

Como veis, su vulgaridad se tornó en franca ordinariez.

- ¿Es necesario que os mostréis tan grosera? – porque desde luego, para mí, era absolutamente necesario desmarcarme de su pésimo gusto.

- Mira que eres cursi, tronco.

Naturalmente, me ofendí. ¡Oh, Supremo Hacedor, aparta de mí a esta pobre pecadora! Con toda la intención, le di la espalda, procurando que tomara buena nota de mi estado de creciente irritación.

- No te mosquees, socio. Relájate, coño, y ven a pastar un poco d'esta grifa, que coloca que no veas.

Ciertamente, observé con mi característica sagacidad, se trataba de una yegua ordinaria, pero sin mala fe. Si me guardáis el secreto, os confesaré que, en ocasiones, me he sentido tentado de desobedecer a mamá, de ponerle la zancadilla a la abuela y cosas así. De modo que, por una vez y sin que fuera a servir de precedente, me acerqué a la hermosa yegua.

- Come, tío, y verás que flipe.

Nunca había pastado, así que no fue nada fácil pero, a los cinco minutos, lo hacía igual de bien que cualquier ternerillo espabilao.

- Mola, ¿eh?
- Maravilloso, maravilloso - dije yo con la boca llena - ¡Uy!, si me viera mamá...

Cuando llevábamos unos diez minutos pastando, y yo bordeaba ya el delirium tremens, la yegua me dijo:

- ¿Quieres montarme?

Yo me sonrojé y dije:

- Bueno, si no te molesta...

Y subí a su grupa.

Empezó a galopar y yo empecé a sentirme de vicio; era como haber pillado sobre una tabla la cresta de la ola de la vida. La gran ola. El viento me echaba el pelo hacia atrás. Las gotas de agua y la sal me arañaban el pecho hasta desgarrarlo superficialmente. Cerraba los ojos y veía el sol.


Y apareció… la culpa.


La yegua frenó, clavó las manos, levantó las patas traseras y yo salí volando con muy poco estilo. Me di una galleta de extra de cine, pero cayendo mal. Me incorporé un poco y pregunté a la yegua:

- ¿Qué ha pasado? Todo iba tan bien...
- Estás verde. Tienes demasiadas reglas, demasiado miedo. Demasiado timorato para vivir.

Y, galopando, se marchó.

Moraleja: se puede ser sensible, vale. Se puede ser cursi, de acuerdo. Lo que no está permitido es ser idiota.

Otra Moraleja: donde vive gente con pasta.

Es asín, tios, es asín.

 
Retales de irrealidad.

Extraño lunes.

Y el locutor experimentado, el que hacía surf con los nombres de las bandas, el que sonreía a los que, a veces, le escuchábamos, se ha cansado y se ha pirado. Y yo no puedo culparle porque yo mismo muchas veces le desprecié y más veces le ignoré y más veces me reí de su peculiar pinta de mago enloquecido, de su fabla pastueña y arenosa, de sus giros infantiles, de su ser más verdadero.

Y el cazador de ovnis, el de las grandes bolsas bajo los ojos, el del rostro fatigado y la voz casi invisible y grave, también ha dicho ya está bien. Y yo tampoco puedo decir nada, porque mil veces me reí de sus cuitas y sus graves afirmaciones, y dos mil ni siquiera tuve ganas de escucharle, y ahora que se va, no puedo evitar pensar que me hubiera gustado preguntarle un par de cosas.

Y el enorme y viejo pope, el que dicen que nunca falla, el que asienta verdades y mentiras, el que tira millas en cuanto que le dejan, el que se dice persona interpuesta por el más grande aquí en la tierra, el polaco invencible, el que tiene cara de viejo de pueblo que pasa las tardes mirando en su silla de caña los coches pasar por la carretera, ese mismo, le he oído decir que quiere marcharse también. Y su voz ya se ha marchado, y su motor parece gripado y nadie sabe por qué diablos (vaya, “diablos”, acto fallido) no hace caso –o no le dejan hacer caso- a la palabra final de su propia liturgia: podéis ir en paz.

Y el príncipe de los mafiosos renquea también y es natural: después de compartir juegos bajo las sábanas con la divina Gracia, ver el espectáculo de su familia debe deprimir, pero este viejo formidable resiste y se resiste a la parca ineludible y no acaba de tirar la toalla.

Y ayer vi una peli y mil anuncios y yo la disfrutaba, y yo me entusiasmaba con la Cadena de Favores y no recordaba qué extraordinariamente bello y triste era el final de la película, con una extraordinariamente triste y bella canción que repetía “comming on angels” en el estribillo y aquí me tenéis a mis 40 lloriqueando y moqueando como un colegial…

Extraño marzo.
 
NO A LA GUERRA (No al menos en mi casa, hombre…)
Frente de Valdemorillo
De nuestro enviado especial Wolffus Buttomface.


(Mucho preocuparse por Oriente Medio, y Asia, y el norte de África y la guerra más abominable, cruenta y despiadada, la tenemos en casa. En mi casa, concretamente, y por no ir más lejos.. En Valdemorillo ha tenido lugar en la mismísima Semana Santa (holy week, para los normandos) una de las batallas más encarnizadas que se recuerdan, entre dos bandos de hormigas, dos hormigueros rivales, que lucharon con ejemplar desapego a la vida, defendiendo su bandera hasta la muerte. Esta es la crónica que Wolffus Buttomface, nuestro enviado especial, nos envía desde el mismo frente, desde el fragor de la batalla, si es que estaba allí, el capullo…)

Salgo de casa en plan dabuti.

¡Was…! Voy rompiendo, ossea, los pantalones marcan la curvita de mis musculados muslazos y me muevo con el suave balanceo de los tigreznos adolescentes en primavera. Temblad, nenas, que sale vuestra fiera…

Voy al súper. En plan guay. Con pasta en el bolsillo, ¿me entiendes? Nada de mariconadas de tarjetas, hoy llevo, al menos, doce pavos en el mismo bolsillo, eso sin contar la moneda fraccionaria. La puta moneda fraccionaria, hombre.

Daun, dubidú, daun, daun… voy canturreando éxitos de los años 50 (porque yo tengo estilo, no como otros) y mis ojos que, como los de Pete Townshend, ven millas, se quedan flipando colorines por que donde debía verse alegre musguillo primaveral hay un manchurrón negro. O sea.

¿Pero qué rayos es eso…?



M’acerco y o flipas, beibi, son hormigas y no están de campin ni se me ha caído el sangüi en el suelo (1), ¡se lo están montando en plan rollo bélico! Las muy… insectas, las muy… multipatas, las muy hormigas, se lo han montao de gresca, pelea, zurre, acoquine, fostie y a correr.

Las hormigas son feroces. Y muy cabroncillas. Mira si no…



Los combates son a muerte, y suelen terminar cuando una le arranca las cabeza a la otra; la que ha conseguido decapitar a su oponente, pasea la cabeza de su ex-rival como un trofeo y, me pareció a mí, humilde observador, como para achantar a otros enemigos, vacilando un poquito, en plan: al loro, que mira lo que he hecho con esta… El suelo estaba sembrado de trocitos de hormiga, os juro que contemplar de cerca la batalla era sobrecogedor. Una crueldad bestial.



Para que os hagáis una idea, las hormigas son grandes, de unos 2 centímetros de largo. Y tienen una cara de mala leche que asusta.



El caso es que no sé, al final, qué hormiguero ganó la guerra. Porque se puso a llover y está muy bien ser como el señor piriodista, abnegao y profesional y pegao a la noticia y todo eso, pero está mucho mejor ser como el señor director del piriódico en casa, seco, calentito y con una Pepsi-Max bajando feroz por mi garganta y provocando bonitos y sordos (por respeto al repetable) eructos en fa sostenido.

Allí donde esté la injusticia.
Allí donde una hormiga se crea con más derechos que otra porque sus tenacillas son más potentes.
Allí donde se fragüe el conflicto, me encontraréis.

Y si no es justo allí, por ahí cerca, en cualquier hotelito 4 estrellas con servicio de masajes (golfos), tampoco vamos a ser más papistas que el papa...

Se despide de ustedes, Wolffus Buttomface, su piriodista favorito.

(1) Suelo: donde se pisa, mayormente, con los pies.


 
El gran tipo que vas a ser
Quiero hablaros de alguien especial. De alguien tan, tan especial, que ya tengo los ojos llenos de lágrimas sólo de pensar en lo que puedo contaros de él.

Es Borja y hoy cumple 13 años. Entra, oficialmente, en la adolescencia.



Lleva trece años en el mundo pero es capaz de conquistarte, de robarte el corazón en sólo trece segundos. Es la sensibilidad hecha persona, personita, todavía.

Borja me parte el corazón con sólo mirarle y mataría sin dudarlo a cualquiera que osara hacerle daño. Para conocer a Borja, no tenéis más que mirar la cara de todos sus primos pequeñajos, cuando se rodea de ellos, los pone en orden y los transporta a otro mundo. Mirad sus caras, mirando con arrobo a Borja mientras él distribuye los roles del juego que hayan inventado.

Y es que Borja siempre será un poquito niño. Levanta ya 170 centímetros del suelo y gasta un 43 de queso, pero siempre, hasta su último día, latirá en su alma el ritmo travieso de un niño imaginando un juego divertido e inocente.

Yo me veo reflejado en Borja muchas, muchas veces a lo largo del día. Reconozco en la suya mi timidez casi enfermiza, el miedo a decepcionar a su padre, absurdo, porque confiaría en él aunque me estuviera apuntando con una pistola, como supongo que ocurrió conmigo y con mi padre; en su torpeza de adolescente que aún no se ha acostumbrado al corpachón que está echando, que crece demasiado a prisa hasta para él; en las mentirijillas que me mete para eludir mis broncas y mi temible (juas, juas) aspecto de obeso cabreado. En la estoica forma de soportar las chanzas continuas de su muy querida hermana Leticia, con una paciencia y un amor ilimitados…

Pero hay una cosa, Borja, en la que no me veo yo. Cuando te miro, y veo tus ojos almendra, tu sonrisa clara y franca, tus manos, enormes, y dispuestas siempre a ayudar, veo al niño maravilloso que has sido; veo al adolescente tempranero que busca su sitio armado de ternura, quizás demasiada ternura y muy escasa malicia, un teenager de hoy, que explica a su padre las funciones del DVD, que le enseña las posibilidades de una cámara digital, que quiere, todavía, ganar mis simpatías gastando energías en ese empeño inútil: las tienes ganadas desde el segundo trece de tu vida.

Pero es que, además del niño que fuiste y el jovenzuelo descarado que empiezas a ser, veo al hombre que vas a ser: un hombre que jamás levantará un dedo a una mujer. Que nunca despreciará a nadie por ser distinto, de raza, de idea o de religión. El hombre que amará a sus hijos por encima de todo. Veo al hombre que, cuando escriba acerca de sus hijos, no se deshará en un mar de lágrimas como, estúpidamente, me deshago ahora yo.

Te miro, Borja, y veo al gran tipo que sé que vas a ser.

Felicidades, Borja. Que cumplas muchos, muchísimos más.

Te quiero.


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Hasta el lunes a todos.
¡Gracias por visitarnos y no olviden supervitaminarse y mineralizarse!



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La verdadera historia de Imagine (no tuvo ná que ver Forrest Gump, que conste)

Ah, peregrino que buscas la verdad;
que te preguntas y no sabes responderte,
acércate a mí, que no huelo.
Caramba.


Usted no sabe con quien está hablando.


Sírvete una PepsiMax, hombre, como hacemos los de espíritu elegante y cansado, que están fresquitas y de oferta, por eso ves la nevera llena. Siéntete cómodo, pero hasta cierto punto, no te descalces, por favor, y dime qué es lo que te ha traido a mi humilde morada. ¿Mis albóndigas, tal vez?

El periodista, anonadado por mi actitud franca y mi sonrisa de bibliotecaria, procede a sentarse en mi mesa. Yo le afeo la conducta, macho, que hay sillas, no me jodas, y él, va y no me jode. Se sienta en la silla y saca, por este orden, una libreta, un boli, una pequeña grabadora, un tigretón doble, un marco con una foto de Borjamari, una máquina de escribir, una caja de puritos Ideales, manguitos, visera de charol, el Marca y un par de calcetines de repuesto. Lo asombroso es que se saca todo esto de la manga. Lo deja todo, colocadito encima de la mesa.

- ¿Eres mago? -pregunto
- No, pero soy mangón, ja, ja, ja… manga grande… mangón, ja, ja, ja… - explica.

Y humorista, añado yo para mis adentros. Lo que ocurre es que a mis adentros no les hacen gracia que yo les añada este tipo de cosas y, en fin, a modo de protesta dejan escapar un regüeldillo que me recuerda que no debo desayunar lentejas. Un aroma, al tiempo, sutil e intenso lo invade todo. El periodista se pone verde y, por un momento, temo por su vida. Lamentablemente, sobrevive.

- Empiezo la entrevista, ¿vale?

Me está deprimiendo muchísimo este periodista, pero, como siempre, hago de tripas corazón (por eso hay tanta gente que me dice que soy todo corazón) y le cuento todo al señor piriodista: lo de cuando fui a la luna; lo de que paso de ir a cenar a la Zarzuela, porque te ponen poquísima comida y sin sal; le cuento lo de la noche que rechacé a once mil vírgenes, y vino la once mil uno y ya no la rechacé, pero resultó que no era virgen, le cuento lo de mis conversaciones con Einstein sobre lo relativo qu’esstodo, no sé si m’essplico, le cuento que, en realidad, el tio no era tan listo, pero hay que ver lo bien que le encaminé, me lo agradeció toda la vida, buen tipo, Albert; le conté todo al señor periodista.

Entonces vino John. Me dijo: oye, mira, he pillado estas dos Epiphone, a ver si nos sale algo decente. Nos sentamos en paralelo (a John le gustaba así) y al tío no le salía nada, podéis creerme.
- Anda, déjame que te afine la guitarra, que eres un desastre… - cómo era el John, muy buena persona, sí, pero no sabía afinarse la guitarra. Se la afiné y le dije que probara con una progresión muy sencilla de do y fa. Nos pusimos a ello –momento que recoje la fotografía- y en seguida estuvo la música.



-Tío, es que no me sale nada para la letra.
Esa es otra, las letras… No se le daban bien. Hay gente que vale pa unas cosas y gente que no. A John Lennon no se le daban bien las letras. Bueno… Tuve que ayudarle.
- ¿Y el título? La podemos llamar, You may say, I’m a dreamer, ¿no?
- ¿Llu mei sei am a drimer…? ¿Tú estás tonto? – es que, te lo juro, John Lennon a veces, tenía una bofetá…

Y la llamamos, a sugerencia mía, claro, Imagine.

Y todo delante del señor piriodista.

O sea, que si os creísteis lo de Forrest Gump es porque sois unos pringaos. Imagine nacio en mi casa. Prácticamente se la regalé yo a John. Y delante del señor pirirodista. O sea que por eso te digo.

Lo de Zarzuela, lo cuento mañana.

N.B. Lo que se ve debajo del mástil de mi guitarra no es mi barriga, es un cojín que me meto yo debajo del niki (¿os acordáis de esa palabra, niki?) cuando toco la guitarra porque a John le hacía mucho de reir.

Nota Sanitaria
El que no se haya pasado por el blog de Javierdebe (si no soy completamente idiota, el Javierdebe anterior debería ser un enlace ), que se pase. Sesión de risoterapia gartis y de máxima calidad.

Note tecnológica: ¡lo hise, lo hise! gracias a la Princesa del Guisante y Eragile, muy recomendables ambos, asinmismito.

 
Cuando las barbas de tu vecino veas recortar, es que te has metido en su cuarto de baño.
A propósito de Borjamari

He sabido que hay un tipo, o tipa, que se hace llamar Borjamari, que trae de cabeza a muchos bitacoreros, pendientes de que el tipo, o tipa, hable de él o ella, como si el tipo o la tipa fuese una especie de gurú, o guruesa (¿Será guruesa el femenino –la femenina- de gurú?) del mundillo de los weblogs. A mí jamás se me ocurriría tener una bitácora criticona, claro, pero es que yo soy demasiado vago como para leer cosas que me desagradan. Sólo leería las que me gustan, como hago ahora, y el resultado final sería un torrente de almíbar, una especie de apología del buen rollito y del vamos a llevarnos bien que no tendría ninguna gracia. Para que la cosa tenga gracia, tienes que despellejar, eso está claro. Así que, por una vez, voy a leer un sitio que no me apetece nada, Borjamari’s place (juro que si supiera cómo convertir estas dos palabras en un enlace, lo haría) con la única y sana intención de despellejar. Comienzan los juegos florales.

He visitado el templo del supuesto gurú o guruesa y, francamente, Borjamari, me he llevado una decepción. Declaro que me acerqué, en un primer momento, absolutamente lleno prejucios a su bitácora, dispuesto a descubrir la bitácora de un idiota. Ese era mi estado de ánimo.

Pero no pudo ser. Blufff…

Me enseñaron cuando estudiaba, la importancia del primer golpe de vista. Si a la primera no entra por los ojos, me decían, nadie se va a molestar en leer la letra pequeña. Borjamari’s place, la verdad es que es bonito. Ta mu apañaíto el sitio, de verdad. Muy blanquito, bien diseñado, se respira comodidad.

Todo invita a leerlo.

Y eso es lo malo.

Si hubiera sido un sitio espantoso (como este) con colores chillones, tipografías de esas incómodas de leer, fotos feas etc., ningún problema, oiga. Uno entra, ve lo que hay, dios mío qué feo, y se pira. Pero no. Es bonito. Y uno comete uno de esos errores fatales que jalonan nuestras existencias: se pone a leer a Borjamari.

En primer lugar, Borjamari titula su blog con la obviedad reiterativa “Sólo opiniones personales” como si las opiniones pudieran ser otra cosa que no fueran personales. De toda la vida de dios se ha dicho que las opiniones son como los culos, cada uno tiene el suyo. ¿O alguien conoce un culo mancomunado? Pues con las opiniones, lo mismo, de verdad, Jamari.

Borjamari, ya metidos en harina, pertenece a ese ejército de escribidores que tienen que retorcer el lenguaje para quedarse a gusto. Extreñidos, les llamaba mi padre. Complicarse la vida al escribir, no sé si me explico, pero con poca gracia. Leed, por ejemplo al Capitán Cerumen: el tío domina, da un giro, sorprende, utiliza un lenguaje inesperado y unas cadencias maravillosas. Se lee de corrido e, incluso sin saber qué carajo estás leyendo, dices: qué gustito da leer esto. Leed a Borjamari: da la impresión de escribir con el diccionario y el libro de estilo de 4 periódicos juntos. Por decirlo en términos técnicos, Borjamari es un sosainas.

Tener un blog es como tener una bitácora, pero con menos letras y como en extranjero. Este pensamiento está muy bien para acabar este articulillo. De hecho, iba a ser la primera frase del articulillo de hoy, porque pensaba escribir sobre el hecho de tener un blog y mantenerlo con ilusión y procurar que sea entretenido… el caso es que se me ha cruzao el gurú o guruesa de por medio y no he podido evitar hablar de ello. Pero a lo mejor hubiera quedado más bonito si empezara así:
Tener un blog es como tener una bitácora, pero con menos letras y como en extranjero.

¿O no?
 
Viernes pecadorrrrrrrrllll

Yujuuuu, me siento bien…


Es viernes previo a la semana santa y doy gracias por vivir en 2005, señores, señoras y ser joven (bueno...), europeo, tener ADSL y beber PepsiMax (máximo sabor sin azúcar).

Son frecuentísimos en gente de cierta edad (cuando se dice cierta edad, se alude, en realidad, a una edad incierta, pero que suele superar los 35) los ataques de nostalgia:

Ay, cuando era niño, jugábamos en el parque, no como ahora…

Hmmmm… el sabor de la leche recién ordeñada de mi infancia… (no se cuentan las infecciones pilladas, claro)

Oijs, nosotros, de niños, respetábamos a los mayores (nadie cuenta cuando le tirabas petardos por la ventana a una señora por la poderosa razón de que te hacía gracia que se pusiera a llorar)

Caray, las vacaiones en el pueblo (sin agua coriente, teniendo que ir a cagar, con perdón, al prao… quita, quita…)

Qué bonita, la tele… (y qué cutre, seamos serios, salvo honrosas excepciones).

Yo, cuando se acerca la semana santa, recuerdo con horror que:
- Había que estar triste.
- Respirar era doloroso.
- En la radio sólo se ponía música clásica y de la tristona. Y mis padres, secuestraban el tocadiscos (antes, en muchas casas sólo había un equipo de música para toda la familia, detalle añorable, también) para poner música más lamentable y lamentuosa todavía.
- En la tele las mismas pelis sobre la pasión y todo ese temita.
- Había una especie de visita piadosa a 35 iglesias, bien vestidito (según el asesino criterio de tus padres) y rezabas en todas ellas.
- Las procesiones: cada año, mis padres, como si eso fuera una fiesta, nos decían: este año, la de Valladolid, Ávila, Torres Grandes, y cien mil pueblos castellanos, extremeños y andaluces que, de verdad, deben ser preciosos en otras épocas, pero eran altamente deprimentes…
- Aire gris, olores tristones, gente vestida de negro, mierda en el ambiente…

De aquellas semanas santas, eso sí, he conservado lo mejor: las torrijas.

En fin, que yo, ahora me desquito.

Ahora mismito no, porque voy al médico a mirarme la garganta. Por cierto, que buscando una foto bonita para ilustrar este sesudo artículo, he econtrao esta, que no es bonita, vale, pero tiene su gracia.



Cuando vuelva, pienso pasarme la tarde tocando rocanrol con mi sobrino (toca la guiatarra, el chaval, que lo flipas) bebiendo cerveza y sin pensar en el gobierno.

Y celebrando que hoy, con todas las cosas asquerosas que tenemos (el gobierno, por no ir más lejos), vivimos mucho mejor que cuando éramos niños. Sin comparación.

Salud, buen fin de semana y, a los que se piren ya, mis peores y envidiosos deseos. Está feo tener vacaciones cuando yo no las tengo.

A saberlo.


...........
 
La sal.
¿Para qué endulzar la vida, pudiendo echarle sal?



Era de prever.
Ella no paraba de mirar por la ventana. Ella era hermosa, de una hermosura casi inédita. Se asomaba a la ventana, de codos, y dejaba que el aire fresco de los frescos días de una primavera aún tímida, le refrescara la cara. Miraba y miraba y, puedes creerme, su mirada era como una cámara bien intencionada: todo lo mejoraba.

Tenía una costumbre curiosa: siempre llevaba entre sus dedos un pellizco de sal. Tengo para mí que la extensa llanura de su mundo interior era falsa pues, en realidad, sólo escondía sus relieves por pura modestia. Por modestia escondía, incluso, su modestia. Le gustaba mostrarse fuerte y de una pieza y esconder los accidentes y los sismos de su agitada existencia bajo un manto de tranquilidad y control.

Así pues... ella siempre llevaba un pellizco de sal.

De sal y en la ventana.
Ella miraba hacia fuera y pasaba horas así: mirando hacia fuera y viéndose por dentro. Haciendo de espejo su alma, grabando sus sienes las vueltas y vueltas que da la vida, pasaba las horas de codos, con sal, en la ventana.

Ahí, míralos, esos niños de bigotes de cacao, correteando incansables, con inexplicable energía liberada desde los ínfimos almacenes de sus cuerpos crecederos.

Allá, un poco más allá, unas niñas con ganas de ser mayores, adornan la tarde con el brillo que desprende la promesa de su porvenir. Nada se escapa a la mirada de codos y de sal de ella. Nada se escapa y todo se le escurre entre los dedos.
El hombre gris que pasa bajo su ventana sigue sin explicarse porqué tiene en los hombros de la chaqueta unas pequeñas partículas blancas; si es calvo como una bola de billar. No se explica porqué, desde hace unos días, al llegar a casa, siente la necesidad de desnudarse y rascarse el cuello; de ducharse.

Mírala.
Ha cerrado la ventana.
Abre la puerta y sale a la calle.
Entra en la ciudad.

Camina y sus pies, adorables, casi alados, sostienen su cuerpo en equilibrio inestable. Se cruza con los que habitualmente mira desde su ventana. Entra en el bar. Pide un café y se recrea en la mirada a través de las volutas de humo que ascienden desde la taza. A través de ellas, hasta el desafortunado rostro del camarero le parece hermoso.

En el otro extremo de la barra hay un hombre sin nombre. No tiene nombre porque un día lo perdió. Cosas que pasan. Pierdes el mechero, la vergüenza, el tiempo y porqué no, el nombre. A ella le cae bien el innombrable. Esta allí, un poco torpe, incómodo, en su cuerpo pero, ella lo sabe bien, está riéndose del mundo.

Ella tiene ganas de hablar con él. Él se muere de ganas por pasar la noche con ella. Recuerda que, cuando tenía nombre, pasó una noche sus manos nerviosas por el tapiz de sus senos. Besó sus vértices y le dio su esencia y ella es, era, el centro del mundo. Recuerda sus días como la cima del mundo, como el tiempo que pasó siendo el rey de reyes, el hombre que merecía sus besos.

Ella se levanta. Al salir del bar pasa por detrás del hombre sin nombre. Y, sutil, deja caer por el hueco que hay entre el cuello de la camisa y el cuello de él un pellizco de sal.

Sal. La que él sabe que le dará sentido a todo. La que ella tiene, siempre, entre sus dedos mágicos y perfectos. La sal capaz de endulzar la vida más amarga.

Es ella. La sal.

(fijo que se lían, ¿no?)

 
Algo que hay en mi cara.


Todo el mundo me pregunta que qué me pasa hoy.
Debe ser algo que hay en mi cara.

Debe ser que añoro la amenaza de lluvia, bien resguardado tras las ventanas.

Tal vez la inminencia de la primavera, que viene anunciándose, me torna melancólico (y cursi: mira que escribir “me torna…”) y me hace parecer un poco más idiota de lo que, en realidad, soy.

Llevo viendo mi cara en el espejo poco más de 40 años. Y yo no me doy cuenta, pero mi amiga Syl_syl_syl…, cuyo nombre verdadero es Silvia, ha identificado en mi jeta lo que ella llama “el rictus” que aparece, de forma recurrente, cada vez que esta tristeza inexplicable me invade.

Syl, hoy tengo el rictus.

Y eso que hoy he encontrado una nueva tienda de instrumentos musicales. Se llama Madrid Musical Show Room, no se han roto la cabeza buscando un nombre, no, y me he comprado un soporte para armónica y una Hohner en Sol. Hay mogollón, mogollón de tías que dicen que cuando están deprimidas van a comprar algo y eso les anima. A mí la compra no me ha animado nada, y mira que me gusta lo que he comprado y que sólo he gastado 25 machacantes, pavos, lerus o euros.

A lo mejor lo que debía haber buscado no es una tienda de instrumentos musicales, sino una de estados de ánimo, preguntar por algún optimismo invencible que tuvieran a buen precio y, si me convencía la sonrisa, pillar cuarto y mitad. Claro. Comprar optimismo debe animar un huevo. Pero yo no sé cómo se hace.



Amor mío, yo sé que a veces, cuando este viento cabrón y lúgubre nos pilla haciendo equilibrios por la vida, nos podría empujar al abismo, sí, pero también sé que tú, con tu cuerpecito pequeño y resuelto, con tu pelo recogido, con tu sonrisa fina y abierta… yo sé, mi vida, que vas a hacerme un sitio en tu charca y vas a dejarme dormir.

Porque sé que estás, que velas mis sueños, que dibujas con tus manos-ámbito los mapas del amor verdadero…
Porque sé todo eso, resisto.

Porque a veces, te juro que dan ganas de abandonar.

Sigues estando. Siendo.

Te quiero.
e quiero.
quiero.
uiero.
iero.
ero.
ro.
o.
.




 
Eso… lo que es el culo.
¿Y dónde se centran las miradas? ¿De qué hablan cuando dais la espalda? Nos sirve de cojín y de asiento, libera malos humos y nos sirve de destino recurrente para quien nos toca la napia. Cuando un asunto está mal encarado (de cara) se dice que vas de culo; si algo está muy lejos está a tomar por eso; una ley, que normalmente sirve para fastidiar, está llena de arti…culos; un bulto molesto y maligno es un forun…culo; ¿qué es el matrimonio? Un vin…culo; y sin embargo…





¡Ah, quien no disfruta del culo…! Culos amplios y redondos como rotondas; culos breves y duros como aceitunas; culos musculosos, culos como flanes, culos prietos y altivos; culos amables, desgarbados; existe el culo melocotón, suave y mordisqueable; el culo-pera, siempre dispuesto al amigable palmeo; el culo ausente, del que nadie habla; hay culos expandidos, con hoyuelos como la jeta de Kirk Douglas; me gusta el culo-repisa, en el que puedes depositar una copa sin miedo; o ese culo acogedor, en el que aparcas la bici sin pata de cabra; culos bamboleantes de alegres y despreocupadas nalgas; culos que hipnotizan; culos graves, que no pueden evitar cierta responsabilidad, por ejemplo en accidentes de tráfico en las ciudades.

Sostienen los filósofos de un lado que el culo es el ocaso de la espalda; sus antagonistas, que es el glorioso capitel de las piernas; éstos, que el culo es el espejo del alma; aquéllos, que el culo no engaña. De cualquier modo… ¿no es culo el ying y el yang?; es como el diseño de un ingeniero civil: una locura, pensarán muchos, pues es, a la vez, zona de recreo y de desecho.

El culo como argumento, seamos serios, es escaso. Redondo, pero escaso. ¿Es el culo un ideal? En cierto modo pues, como las utopías, todo el mundo quiere manipularlas a su antojo. El culo se enseña ocultándolo: pantalones ajustados que reafirman su misterio; pero también, y esto sí que es curioso, el culo se oculta enseñándolo. Haciendo desaparecer (por ejemplo, con un tanga) la única parte del culo que no es, en rigor, culo: la raja, que no es más que el lugar del culo donde no hay culo. Por cierto, qué feo suena “raja” (recuerdo una canción del injustamente tratado Talavera Sound, que Carlos Herrera recuperó para su “Arte Contemporáneo” llamada La Ventaja de la Raja, realmente memorable)

Pues eso, que a mí es que me puede el culo. ¿Y a ti?



 
Desde Rusia, con un par.
Pilar y Eduardo son dos de las personas que yo más quiero. Y he aprendido a quererlos de una forma curiosa: viendo como quieren ellos. Son mis cuñados. Pilar es la hermana de mi chica. Eduardo, su chico. Pero yo les veo más como hermanos míos.

Hace un par de semanas se fueron a Siberia, con un par, con el frío que debe hacer ahora allí. ¿Y qué se les había perdido allí? Nada y, sin embargo, encontraron algo que, seguro, les va a hacer la mar de felices.

Este par.



Jaime y Daniel (no me preguntéis quién es quién, distinguirlos me llevará, probablemente, años) son mis nuevos sobrinos. Vaya pareja, ¿eh? Pues impresionan más en carne mortal, podéis creerlo. Son formidables. Vienen desde el frío de la estepa rusa, desde el frío de una institución de acogida, al clima cálido de la estepa castellana y, sobre todo, al calor de su nuevo hogar, protegidos por el seno cariñoso de su mamá y los brazos fuertes de su papá.

Teníais que haberlos visto el viernes: pobrecillos. Apabullados por la multitud de nuevos familiares (tardarán meses en aprender nuestros nombres) y por los requerimientos de sonrisas de todos ellos. Asustaditos. Pero bastó un día para que desplegaran todo su encanto y nos robaran a todos el corazón.

Jaime y Daniel ya están en su nueva casa. O mejor: tienen, al fin, un hogar. Una familia. Pero yo no sé quién es más feliz. Ellos, por su nueva y afortunada situación. Sus hermanitos, que saltaban de alegría. Sus padres, por sus nuevos y felices hijos… o todos nosotros por ver una familia tan maravillosamente grande, sonriente y unida.

Felicidades, Pilar y Eduardo.
Bienvenidos, Jaime y Daniel.
Gracias por estar, al fin, aquí.
 
Nika la Mala reloaded: PREDATOR CAT 2.0
Madrid.
De nuestro corresponsal.

Réquiem por un gorrión con sobrepeso
Wolffus Enteraíllo.
Reportero listillo.

Esta mañana, Nika, la mala, la pérfida, la depredadora, ha roto la armonía oficinil perpetrando un asesinato.

Tomábamos el café del viernes, un café especialmente dulce y sabroso. Jiji, ja, ja.. y todo lo demás. De repente, vemos que Nika, la gata, la mala, la japuta, hace señales y ruidos ostensibles en la puerta para que la dejemos salir. Fuera, un gorrioncillo gordinflón y confiado se había acercado a beber agua del platito de nuestra repulsiva gatita.

MA, siempre solícita, abre la ventanuca de cristal de la puerta y Nika, como un rayo, demostrando que en su alma duerme (y, aveces, despierta) un diablo sale al exterior y de un salto, se planta en sus dominios. Todo ocurre en mucho menos tiempo de lo que cuesta escribirlo. Nika da un segundo salto -asombroso- y corta de un zarpazo el incipiente vuelo del gorrioncillo barrigón, que cae, fatalmente herido sobre la alfombrilla que da entrada a las oficinas centrales (centrales, laterales, centrocampistas y extremas, son las únicas) de nuestra organización.



Nika, la mala, la cabronzuela, la golosa, la depredadora, observa con mirada asesina su presa, aún agonizante, como puede observarse en la instantánea de nuestro hábil reportero.



Un instinto latente en su alma de predador, le dice que sí, que muy mono el gorrioncillo obeso, muy diver, pero que hay que acabar con su vida y su sufrimiento. ¿Un atisbo de himanidad en el alma de un criminal...? Este periodista deja en el aire la pregunta. Y deja aquí testimonio de la muerte, por rotura de cuello, de un gorrión...



Y... es el ciclo de la vida: la muerte del gorrión sirve para alimentar a la gata más mala del mundo.

El desayuno.



Buen provecho, gata sin escrúpulos.

Y buen fin de semana a todo el mundo.

 
SEXO DURO (uncensored story, o sea, historia de un censo rojo)

Amigos míos: esta es una historia que me refirió un paciente a quien traté hace años. Por su interés clínico, humano y compuesto, la reproduzco en esta prestigiosa publicación.
Dr. Sir Wolffuss Rather Stupid.
Dr. en Psiquiatría por la Universidá de la calle, ¿vale?


(Basada en hechos reales)

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Esta es una historia de sexo. Sexo duro, por supuesto. Es en plan… te cagas.

Empiece o planteamiento

Yo iba por la calle, ¿no?, fiu, fiu… tal, cual, nosequé… y ¡zas! La veo. Esperando el autobús.
Puff. Qué tia. Rubia, ¿entiendes? Las piernas, uff, los ojos, dos, situados a ambos lados de la nariz. La nariz, roja, yo que sé, estaría resfriá, y gorda… gorda es poco, colega. Un tonel. Un puto tonel. Total, que la tía está esperando el autobús, o por lo menos está ahí parada, en lo que es la parada, sabes, en la actitud del que espera el autobús.

Desarrollo o lío

Yo me planteo el tema: si está esperando el autobús, va a ser que no me está esperando a mí. O sea que no es ella. Uf, alivio y tal, ya sabes. Pero bueno, el caso es que la tía que tendría que estar aquí esperándome no está. Y a mí las gorditas… es que me ponen las gorditas. Me acerco a ella, en plan latinlover, con un palillo bailando entre mis labios y rascándome los huevos al estilo español.

- Hola preciosa… qué… aquí, ¿no? Guapamente, ¿no?
- ¿Nnnhh…? – emite, más que dice, ella

O sea, para entendernos, que la tía va y me da pie. Lo habéis visto todos, leche, luego que no me digan. Me ha dao pie. O sea, que yo voy y me sitúo a su derecha, pero dejando que corra el aire. Pillo la posturita: levanto mi jersey lo justo para que, al meterme las puntas de los dedos en los bolsillos traseros de mis ajustados pantalones de pana marrones, la gachí tenga una buena perspectiva del abultamiento (yo cargo a la derecha) pero sin exagerar, con estilo. Marcando paquete, vale, pero sin apabullar, que tampoco es eso.

La tía se pone colorada.
Puedes interpretar estas cosas de muchas formas, pero un tío con mundo, con clase, con mis billares (muchos billares me contemplan), sabe que el significado es: la gorda es una calentorra. La he gustao.

Normal: llevo tres días sin lavarme las axilas y huelo a macho. El pelo, parece que llevo gomina y todo, de lo graso que lo llevo. Mi barba de una semana me da aspecto de hombre duro; la mancha de yema de huevo en el muslo denota que soy un tío con posibles, que come fuera de casa (¿¿¿¿????), mis botines… qué decir de mis botines. El conjunto es que hubiera conquistao a cualquiera, vamos, y eso sin contar mi soltura, mi conversación… eso que tenemos unos y los demás, qué deciros, no tenéis…

Desenlace o s’acabó
Y la tía… la tía…
¿Pues no llega el autobús y la tía se sube?
Se marchó, adiós, vaivai, orbuá, ofidersen, chao.

Y yo, ahí, con la posturita y el sexo duro.

Eje las tías… no sabéis qué queréis…
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Mi paciente murió poco después de entregarme esta historia. Fue una lástima. Pero es que no quería pagarme, el capullo.

Y un psiquiatra que se precie, o cobra un huevo, o es un mierda. No sé si messssplico...

 
Mi garganta ha dicho ¡basta…! Y ha bastado.


Y eso que iba a tocar este sábado. Pero nada, imposible.

Este soy yo en pleno éxtasis.




Sí, rocKINGeorge, el Ciclón de Valdemorillo, un poquito rocanrol, una birra y un pitillo. Subo al escenario, enchufo la guitarra y me pongo a berrear.

Es una cosa que no controlo. No sé cantar como una persona normal, me emociono y se me va toda la fuerza por la boca. No es que sea un chorro de voz prodigioso, qué va, ni siquiera un gusto interpretativo que te cagas, no… si hiciéramos una escala en el que el primer escalón, el 0, es Tony Genil, y el más alto, el 10 es Freddy Mercury, estaría en el 4, probablemente.

Fijaos en la foto.
La fotógrafa, mi querida Carmen Cruz, me dice que la sacó mientras atacaba, acaso con exagerada convicción, el estribillo de Piano Man, de Billy Joel; no es una canción que exija demasiado (bueno, bueno…) y mirad el color de mi cuello y mi cabeza. Rojo tomatero. Eso es lo que quiero decir. Que cuando canto, canto como si me fuera a morir.

Y me ha pasado factura. A pesar de llevar, ya dos meses (ooéeee, oeee, oee, oeeee…) sin dar una mala caladita a mis añorados Lucky’s. Aún así…

Ball in the Gargantation (pelota en la garganta)

Resulta que estoy acojonaillo porque noto, desde las navidades, una pelotita en el interior de la garganta que se irrita cuando le sale de ahí. Al cantar, también. Cuando llevo media hora ensayando… ¡zas! No puedo seguir. Adiós afinación. Dejo de controlar mi voz. Gallos y gallinas donde antes había una voz masculina, rota, un poco cazallera, pero casi siempre bien afinada. Yo pillo el tono… y kilómetros, tú, no lo pierdo ni de coña. Pero ahora no puedo.

Esta tarde voy al médico. A ver qué me cuenta.
Acojonado estoy.

Glups…




 
Unas letras por el once de marzo de hace un año.


Yo venía a trabajar en autobús a Madrid, como el día diez y el nueve y todos los anteriores y posteriores. Escuchaba la radio. Llama un colaborador habitual del programa, al que una de las explosiones había despertado a lo bestia: rompiendo los cristales de su dormitorio.

A partir de ahí empezó el día más extraño de mi vida. No recuerdo gran cosa de lo que hice, pero recuerdo perfectamente la sensación desubicada que me invadió por completo ese día. Estuve en mi despacho, en la agencia, sí, pero no di un palo al agua. No me quité los auriculares en ningún momento. Recuerdo una emoción interminable, una especie de extensión de mí mismo en las llamadas que hacía gente de toda España a los programas de radio. Gente de Murcia, de Galicia, andaluces, valencianos, catalanes y… muchos, muchos vascos. Cuando todos creíamos que había sido la ETA (yo sigo sin descartar su intervención), muchos vascos llamaban, desgarrados y decían que ya estaba bien, que basta.

Lloré a ratos, desconsoladamente, con la vista fija en la pantalla de mi ordenador (tuve todo el día abierto, inopinadamente, un documento con una promoción de escobillas Valeo, lo recuerdo perfectamente). Era incontrolable. De repente, a borbotones, las lágrimas inundaban mis ojos y caían mejilla abajo.

A mediodía salí de la oficina. Fui con mi chica a la Puerta del Sol, donde había enormes colas de gente donando sangre. Recuerdo que me quedé a un metro de un policía nacional, mirándonos a la cara. Yo no hablé, pero le dije, con los ojos: “cogedlos, que no se escapen…”. Yo sé que no me oyó, pero supo lo que le decía. Se quitó las gafas de tipo duro y su rostro se transformó en el de una persona que, como yo, como cualquier persona de buena voluntad, sufría.

El día terminó.

Al día siguiente, en Madrid, la gran manifestación.
Algo no marchaba bien. Yo me presenté allí, bajo la lluvia, con mis hijos (fui con ellos, algo me dijo que debía hacerlo), no sabía muy bien para qué, pero sí por qué. Éramos muchos. Los que más gritaban, los jóvenes. Pero algo no iba bien. Gritaban cuando una cámara de televisión, un micrófono de radio estaba cerca. Al menos eso es lo que yo vi. Lo que yo viví.

Al final de la manifestación, mucha gente gritaba “Queremos saber, antes de votar”.

Eso me jodió el año definitivamente. En primer lugar: ¿Qué tenía que ver el voto de cada uno, con quienes fuera los animales que habían asesinado a doscientas personas?
Porque una cosa era evidente. Mataron para influir en el voto. Y lo más jodido es que lo consiguieron. Vaya que sí…

Luego, el día de reflexión, los mismos que gritaban cuando había una cámara cerca en la manifestación, fueron a montar el numerito a las sedes del PP. Estarán orgullosos. Eso es democracia. Como somos más y más burros, te damos con nuestra democracia en mitad de la cocorota. Y si te la rompemos, te jodes, que somos jóvenes, rebeldes, de izquierdas y, eso sí, demócratas.

Ha pasado casi un año. Ahora nadie quiere saber. Los energúmenos han olvidado su ardor guerrero. El juez Del Olmo, clarísimamente superado por el proceso, en Babia. La comisión de investigación, a por uvas, negándose a investigar y conformándose con consensuar unas conclusiones peregrinas. Pueden consensuar que España está en la luna, pero eso no lo hace verdad. Y en esas están. El gobierno, con su presi de opereta a la cabeza, intentando, por todos los medios, que olvidemos cómo han llegado a convertirse en gobierno, con lo que son, con la panda que son…

Yo no me he olvidado del once de marzo del año pasado. No lo olvidaré jamás.
Y yo sí quiero saber. Hoy, más que nunca, quiero saber quién fue el asesino. Y quiero saber qué es lo que pasa con todos esos mierdas que sólo quisieron saber hasta el catorce de marzo.

Una última cosa:
He omitido cualquier número, especialmente el logotipo once-eme adrede.
Porque para mí fue el peor día de mi vida. No una marca. Y no se puede simplificar con idioteces del tipo once eme, zona cero o día de la infamia.

Yo no rezo. No soy religioso en absoluto.
Pero todo mi amor y mi compasión están con las víctimas del terrorismo, de todos los terrorismos, y no, precisamente con aquéllos (aquéllas) que escriben discursos lacrimógenos, se hacen los puros… y luego acaban vendiendo su “sincero y sentido” discurso en las librerías.

Si rezas, eleva una oración por ellos.
Si no, como yo, recuérdalos.

No los olvides. Nunca.

S’acabó.


 
El peso de la libertad
Ensayo del profesor Wolffus Humperdink.
Universidad de Alabama de Enmedio.


¿Cuánto pesa la libertad?
Ojo, pregunta idiota, estúpida reflexión, si es que, a continuación, lo que vamos a hacer es descubrir la pólvora intentando venderle al personal lo que fuere: compresas (¿a qué huelen las nubes?) o electricidad (esta noche, como todas las noches, se pondrá el sol, y por eso existe unión fenosa…). Pero, podéis creerme, lo mío va en serio. Quiero hacer un profundo, sesudo y brillante análisis a cerca del peso de la libertad.



¿Cuánto pesa la libertad?, repito.

Por mi experiencia, diez días (10d) de libertad pesan, exactamente 1.400 gramos, apenas kilo y medio, señora.

10d=1400g.

Si admitimos que
d=24h

deducimos, sin mucho esfuerzo, la siguiente expresión matemática:
24h=140g.

Rumbosamente, pues, podemos concluir que:
h= 140g/24

Y, de lo cual, oh, sorpresa:
1h=5,833...g

Brillante, ¿verdad? Una hora de libertad, señoras y señores, pesa, exactamente, 5,8333…(período) gramos.

Ahora bien, ¿qué entendemos por libertad?

Libertad, según el célebre, grasiento y reciente estudio del profesor Gordon O’bessus DeGrass, es ponerse ciego de torrijas, panceta, panes diversos, choricillos astures, donuts, filetes empanados, patatas fritas, cervecita, cacahuetes fritos con miel, y un largo (larguísimo, sabrosísimo e hipercalórico) etcétera de alimentos prohibidos, bebidas espirituosas, además de dedicar, sin remordimientos, el tiempo que no se come a rascarse la entrepierna tirado en el sofá.

Contrapongamos un concepto al de libertad, para entender el busilis de todo este asunto: El concepto de esclavitud.

Mis experimentos demuestran que 86 días de esclavitud (severo régimen alimenticio), arrojan un resultado de menos 16.000 gramos. 16 kilos, Mari. Un día, por lo tanto, serían -186 gramos. Y una hora de esclavitud nos daría una pérdida benéfica de 7,751 gramos.

Lo cual nos llevaría a la graciosa conclusión de que si, cada día, a la hora de comer, dedicamos una hora a la libertad (ponerse ciego) y otra a la esclavitud (privarse de esas cosas, pero, a la vez, comer lechugas y manzanas), perderíamos:
2 gramos por día.
60 gramos al mes.
730 gramos al año (732 los bisiestos)

Atención, porque mi dieta revoluciona todo lo conocido:
Sólo es necesario ponerse a dieta una de cada dos horas.
¡¡Al fin, no pasarán hambre los que quieran perder peso!!

¡¡¡EL MILAGRO HECHO REALIDAD!!!

¿Hay alguien dispuesto a probar esta dieta revolucionaria?
Me interesaría recopilar datos. Cuantos más, mejor. Ya me diréis.

Mientras tanto, menda vuelve a la esclavitud, que me toca perder otros diez kilillos. Snif…

Buen fin de semana a todos.
 
Solo, la rata y el polis
Peligroso miércoles.

- Ustedes tres –dijo el policía obeso-, quédense ahí de pies, no me se vayan, que a lo mejor le necesitos.
- Vale, pero se dice de pie, no “de pies” – apuntó mi primo Hilario, que no sabe estarse calladito. El poli le miró así, como de hito en hito, pero, qué queréis que os diga, ni de coña impresionó a Hilario. No es que sea un tío valiente y arrojado, que no lo es, pero el poli es que daba risa.
- He dicho… que se queden… ahí… de pies… - enfatizó el poli que, por las trazas, había seguido un curso de retórica en la Academia ZP Business – entendido? ¡Ahí de pies… y en silencios!
Hilario (mi primo, un bocazas, oye), Solo (mi hermano, buen tío) y yo (un tío cojonudo, qué os voy a contar) nos quedamos ahí, “de pies”, pero mi primo no fue capaz de callar esa bocaza que tiene.
- ¿En silenciossss…? ¿Le pasa algo en la boca, agente? – dijo, levantando las palmas de las manos en plan inocentón.
- Cállate, Hilario, no me jodas, - dijo Sólo hablando para el cuello de su camisa, su especialidad, pero Hilario le oía y yo también- que el gordo cabrón este nos busca un problema.

El gordo cabrón, en realidad solo era un poli pelmazo, de esos que parece estar continuamente en huelga de celo estilo japonés, como si necesitara justificar cada segundo de su existencia. Esta actitud le hacía, lamentablemente, perder el foco.

El foco, ayer, era el cabrón que había intentado dar un palo en el bar de nuestro amigo Ramón, el pobre, como si le sobrara. Vimos salir corriendo de allí a una especie de rata cuando nos disponíamos a entrar para beber unos litrillos de cerveza con la excusa, fíjate, de lanzar nuestros habituales y erráticos dardos de los miércoles. Vimos salir detrás de la rata a Ramón gritando “¡al ladrón, al ladrón…!”

Yo, lo reconozco: me entró la risa al ver a Ramón gritando, con el mandil. Es muy gracioso, de verdad. Pero Hilario y Solo se lanzaron a la carrera a por la rata que, en su huida, tropezó con el poli gordo, que salía del cajero de la Caixa, y le tiró al suelo.

Yo me reía cada vez más. El Ramón gritando “¡Al ladrón, al ladrón…!”, el poli gordo, de culo, en el suelo, berreando “¡deténgases, deténgases…!”, el ladronzuelo, como descolocao y mi primo Hilario, mamado por la carrera (nunca fue un deportista) diciéndole al poli, ¡detenle tú, gilipollas! y Solo…

Teníais que haber visto a Solo: qué zancada, qué potencia de paso, qué firmeza en los hombros y los brazos… qué hostión le metió al ladronzuelo en la espalda. Quiso adornarse, agarrándole de un manotazo en la espalda, en plan te pillé, mentecato… pero le falló el agarre y su manaza (dos veces la mía, sin exagerar) calló sobre la espalda de la ratilla (unos 50 kg como mucho) y le hizo caer de forma aparatosa.

El tipo, ya antes de la caída era una piltrafilla. Pero después de sufrir el manotazo de Solo y, sobre todo, la caída… quedó reducido a la mínima expresión; un sujeto prácticamente inanimado con el peligro de una mariposa, más o menos. En esas condiciones, llegó Hilario y, para hacerse el héroe, se tiró encima de la ratilla en plan Inmovilización Número Dos De La Policía De Nueva York o algo así.

A todo esto, el poli obeso, claramente superado por la situación, logró quitarse de encima la caraja que le afectaba y corrió hacia el lugar donde se verificaba el tumulto y, sin saber muy bien a quién debía detener, le soltó una coz a Hilario y le tiró al suelo.

Yo me descojonaba. El poli apuntando con su pipa (fijo que ni cargada, ni nada) a los tres, diciendo, quenosemuevas nadie, quenosemuevas nadie…, Solo con cara de incomprensión, callado, Hilario, compitiendo a gritos con el poli, que no me apuntes, gilipollas, que ha sido este mierda, y el mierda aludido, ausente, doliéndose de las piernas. Hasta que llegó Ramón, y un par de clientes del bar y explicaron la situación, mi hermano Solo y mi primo Hilario estaban virtualmente detenidos. Qué risa.

Por eso mi primo estaba tan capullo con el poli. Normalmente sólo es un poco capullo. Pero no tanto. Menos mal que el poli obeso no quería problemas.

De verdad, lo que me reí anoche.
 
Voces

Yo.
Oigo voces.
Oigo el murmullo de gargantas infinitas: un mar de voces que me tranquiliza, que me trae el mensaje de que el mundo rueda, la vida sigue, mientras oiga las voces sonar.

Tú.
Oye, escucha, pega tu oreja a mis labios y oye el sonido de mi voz. No pido que me escuches, que me hagas caso, porque hablo más de la cuenta, y mi cerebro no produce más que tonterías, sólo te pido que oigas el arrullo de mi voz, la música de mi alma que interpreto con la boca. Estoy hablando sin pensar sólo quiero que salgan las notas y que su cadencia te tranquilice. El mal trago que estás pasando, amor mío, te quiere cerrar el corazón. Pero tus oídos, si sabes cómo, pueden volver a abrirlo. Y yo, como siempre, no sé qué decir. Por eso te pido que oigas mi voz. Te cantaré canciones, acunaré tu pena y susurraré historias de tiempos antiguos a tu oído. Óyeme. Déjate hablar.

Y el mundo enfrente.
Suena el despertador.
Suenan los primeros coches, autobuses en la calle.
Suenas tú, dándote la vuelta, buscando el sueño otra vez.
Suena el café al subir y al bajar.
Suenan las noticias en el transistor.
Suena el conductor del autobús, "buenos días".
Suena el murmullo de viajeros, el roce de los abrigos, el tiempo que, inevitablemente, ha de pasar.
Suena la ciudad.
Suenan las teclas y las tripas de este viejo ordenador.
Suena el teléfono y me devuelve a la realidad.
Hay que empezar a trabajar.

Y hoy sólo me apetecen dos cosas:
Sonar, dulce y suave en tus oídos para hacerte sonreír...
... y escuchar el sonido de tu voz.

Dime algo que suene bien, pero, por favor, no me hagas pensar.

 
Cuando lo pies crecen, el cerebro mengua.
Me han crecido los pies muchísimo. Calzaba un 40 y ahora descubro que, de repente, mi pie es un 52. Y ladran cosa fina. Se acercan en fila india y por este orden, Ana Obregón, Madonna, La Condesa del Arroz , ZP y Bush. Todos se van horrorizados. Nadie me dice nada. Pregunto a Bush y me dice:
- Con esos enormes pies, nos vas a matar a todos de asco. Tápate, por favor, tápate.
Pero yo no tengo sandalias tan grandes, y mis pies siguen creciendo. Y cada vez, huelen peor.
Ahora estoy en un bar de carretera y mis pies son deliciosos y grandes, más grandes de lo que yo me había imaginado y pido un ginger ale con fresas y el resabiado camarero, en cuyo hombro descansa una tortuga color mermelada de café, me sirve una clara de cerveza y yo, que quiero decirle que eso no es lo que he pedido, pero lo que hago es un ademán muy típico de Buenos Aires y zas!, la clara se aloja en mi estómago de cristal, mas sin mucho convencimiento, como si supiera que va a durar poco allí y claro, acto seguido eructo de una manera bastante poco académica y todos allí piensan que soy un imbécil y entonces, ofendido en mi honor y en mi polisémico decálogo de malas costumbres, salgo por la puerta y aquí me tenéis, encarándome en el puerto con los más duros estibadores y alquilo una lancha con motor fuera borda y fuera de lugar también, que pilota un perrito (el famoso perrito-piloto) que, antes de dedicarse a pasear señoras gordas con sombrero y a tipos con pies grandes como yo por el puerto, hacía divertidos números circenses que le permitieran ahorrar el dinero suficiente para dar la entrada de la embarcación, por eso decía que el motor era fuera de lugar (¿¿¿????!!!!), y bueno, como veo que mis pies siguen creciendo, agarro al perro, vestidito de pato Donald, y le digo que si me proporciona una cuerda, yo no le proporcionaré un bonito disgusto a su familia ahorcándole en el acto...

... y el perro, que es un cagado, aunque se las dé de viejo lobo de mar, me da la cuerda y yo me ahorro el canicidio y ato la cuerda al rabo gris del capitán del barco y hala!, con mis pies gigantescos hago esquí acuático como un señor y allí, en el horizonte está una bella señorita de provincias intentando imitarme y, francamente, no lo hace del todo mal pero esquía sin mi exquisitez y sin conseguir mi peculiar estilo del mar del norte aprendido a fuerza de leer etiquetas de plátanos, pero, de repente, la desgracia se cierne sobre su figura cristalina y rastaplás! pierde la parte superior del biquini y yo digo, pobrecilla, lo debe estar pasando fatal, con las vergüenzas al vent, y doy instrucciones al perro para que se acerque a la escena y que así pueda devolverle a la desdichada su bikini y de paso, a ver cómo las tiene, que uno no es de piedra, pero para mi sorpresa veo que no, que no lo está pasando nada mal, porque se deshace de la parte inferior del bikini también y me acerco y veo en la lancha que la arrastra el logotipo de Penthouse y ya me he acercado tanto que puedo ver que es calva de ahí abajo y grito a la chica que si le importaría, señorita, que le besara el chichi, lo siento, no me salió nada más fino en ese momento, y ella me dice que bueno, y cuando me voy acercando, y ya a escasos milímetros del asunto, veo que de ahí, sí, justo de ahí, surge Gustavo, la rana, micrófono en mano e intenta hacerme una interviú y yo, confuso, no puedo evitar hacer unas declaraciones, porque cuando veo un micrófono, es como una zanahoria para un perro, o un cerdo, o el animal que sea el que vaya detrás de las zanahorias y le digo que bueno, que "Rodeos" es mi mejor trabajo hasta el momento y que Justino es el director que mejor me ha comprendido y el que ha aprovechado con mayor sabiduría mi don natural para el séptimo arte, y que si me desnudo es porque el guión lo exigía expresamente, porque, y esto es una escena muy graciosa, la reina quiere comprobar si es cierto que yo tengo cuarenta centímetros y tal, pero no os voy a desvelar la película, y bueno, que ya estamos en democracia y lo mío es erotismo, que es muy distinto de la pornografía, y yo no sé como la gente no se escandaliza más de ver una de Rambo y la rana Gustavo que se cansa de mi speech y me suelta un microfonazo y AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAaaaaah!...

Mierda. Al final, siempre acabas despertando.