Abuelitos
Me encantan mis abuelos. Y no me había dado cuenta.
Me quedan tres, la cuarta... snif :'(
Por un lado está mi abuela, que lleva dos días durmiendo ininterrumpidamente producto de un cóctel Lexatín y Paracetamol, y si la despertamos dice que no ha podido dormir nada. Que se queja porque no puede andar y después corre que se las pela. Que tiene el estómago cerrado y no puede comerse la coliflor hervida, pero se aprieta la tortilla de patatas que da gusto verla. Pero con todo y con eso, la cojo de la mano y me dirige la mirada más dulce que me ha dirigido nunca.
Y mi abuelo, que se ha tirado treinta años hablando lo imprescindible y a estas alturas descubro que es un monologuista del Club de la Comedia. Que tiene una ironía feroz y una media sonrisa que enamora. Que me deja volver del trabajo, o del sindicato, o del partido y aturullarle la cabeza con mil historias. Que me deja arroparle y besarle la calva. Y que me sigue llamando niña con voz enronquecida.
A mi otro abuelo le llamamos El revolucionario, porque siempre tiene una cruzada pendiente. Ahora la tiene con su centro de mayores, que la junta municipal del distrito ha optado por dividir y convertir la mitad en un despacho para sus vocales. Sólo él es capaz de dirigirle cartas incendiarias a todos los concejales de los grupos municipales para exigirles un poco de movimiento. O levantar a treinta ancianos y cortar la calle de la junta. Y sólo él es capaz de llamarme a las doce de la noche para que vea un debate en La Primera, o para comentarme un programa de radio y darme su opinión, o pedirme la mía.
Ahora tengo a dos de ellos en casa, y el tercero, que viene muy a menudo. Y me encanta. Aunque tenga que dormir en una cama RestForm, aunque se me cuelen en el baño, aunque tenga que cocer ciruelas pasas, con el asco que me dan.
Ahora estamos completos.
Me quedan tres, la cuarta... snif :'(
Por un lado está mi abuela, que lleva dos días durmiendo ininterrumpidamente producto de un cóctel Lexatín y Paracetamol, y si la despertamos dice que no ha podido dormir nada. Que se queja porque no puede andar y después corre que se las pela. Que tiene el estómago cerrado y no puede comerse la coliflor hervida, pero se aprieta la tortilla de patatas que da gusto verla. Pero con todo y con eso, la cojo de la mano y me dirige la mirada más dulce que me ha dirigido nunca.
Y mi abuelo, que se ha tirado treinta años hablando lo imprescindible y a estas alturas descubro que es un monologuista del Club de la Comedia. Que tiene una ironía feroz y una media sonrisa que enamora. Que me deja volver del trabajo, o del sindicato, o del partido y aturullarle la cabeza con mil historias. Que me deja arroparle y besarle la calva. Y que me sigue llamando niña con voz enronquecida.
A mi otro abuelo le llamamos El revolucionario, porque siempre tiene una cruzada pendiente. Ahora la tiene con su centro de mayores, que la junta municipal del distrito ha optado por dividir y convertir la mitad en un despacho para sus vocales. Sólo él es capaz de dirigirle cartas incendiarias a todos los concejales de los grupos municipales para exigirles un poco de movimiento. O levantar a treinta ancianos y cortar la calle de la junta. Y sólo él es capaz de llamarme a las doce de la noche para que vea un debate en La Primera, o para comentarme un programa de radio y darme su opinión, o pedirme la mía.
Ahora tengo a dos de ellos en casa, y el tercero, que viene muy a menudo. Y me encanta. Aunque tenga que dormir en una cama RestForm, aunque se me cuelen en el baño, aunque tenga que cocer ciruelas pasas, con el asco que me dan.
Ahora estamos completos.
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Me encantó lo que escribiste. Es la primera vez que visito tu blog y me sentí tan identificada contigo...Los abuelos son lo mejor del mundo, se aprende tanto de ellos...ojalá el mundo se diese cuenta de lo mucho que valen y los tesoritos que son
Comentario:
A mí ya no me queda ninguno. Una pena, porque ahora me gustaría haber disfrutado un poco más de ellos.