logotipo

img_google
No soy de piedra
Hasta el más cuerdo tiene su lado oculto...
Acerca de
El contenido de este blog está basado en su mayoría en hechos reales. Algunos nombres (comenzando por el de la autora) o lugares pueden haberse cambiado para proteger la intimidad de la que se escribe o de las personas aquí mencionadas (que podrían molestarse -o cobrarme derechos de autor-si por casualidad vieran fragmentos de su vida aireados en la red). Y es que Internet es un pañuelo...
Sindicación
 
Adolescencia tardía
Durante mi primer año de universidad, me encoñé como una treceañera por un compañero de clase. Y digo como una treceañera, porque mi forma de encarar la situación era más propia de la preadolescente de colegio de monjas educada entre niñas que había sido hasta poco tiempo atrás, que de una mujer que ya hubiera alcanzado la mayoría de edad, y a la que el Estado considera con capacidad suficiente para elegir a sus representantes políticos, contraer matrimonio y consumir drogas legales. Me consuela pensar que psicólogos y sociólogos opinan que la adolescencia se está prolongando, para poder echarle la culpa a la sociedad occidental contemporánea, y no a mis pocas luces, de lo inmensamente pardilla que era (lo sigo siendo, pero ahora tengo más mundo y lo disimulo algo mejor). Sólo es una excusa, pero el que no se consuela es porque no quiere.

El caso es que el objeto de mis desvelos nunca me hizo el menor caso, más allá de las típicas conversaciones esperables entre dos compañeros de clase: apuntes, exámenes, y alguna charla amistosa cuando nos encontrábamos de bares los fines de semana. Para charlas más íntimas, solía preferir la compañía de otras compañeras, más rubias, más altas y más delgadas, de ésas amantes de los animales (con el polo del cocodrilo, el bolso de "El caballo"...) que llegaban a aquellas prácticas de los lunes a las ocho de la mañana con el pelo alisado con secador, perfectamente maquilladas, con las botas a juego con el bolso y el gorro a juego con la bufanda.

Una de mis amigas, harta de ver cómo mi cara se tornaba roja cual bombilla de puticlub cada vez que me pedía los apuntes (lo que en algún momento de supremo optimismo llegué a ver como un síntoma de interés, ya que mi letra era, probablemente, la más ilegible de la facultad), y de que me pasara las noches de los sábados controlando su posible aparición en los bares que frecuentábamos (girando el cu ello como la mismísima niña del exorcista para controlar cualquier rincón del local), llegó a decirme en alguna ocasión que me convendría bajar el listón, que con ese chico no tenía nada que hacer. Un bienintencionado ejercicio de sinceridad pura y dura, con el que lo único que consiguió es que me obstinara en perseguir el mismo objetivo, aunque fuera sólo para demostrar que yo no era menos que ninguna otra por no usar una talla 36, ni medir metro setenta, ni usar bolsos de veinte mil pesetas. Una insólita reafirmación de la autoestima, totalmente impropia de la acomplejada total y absoluta que yo era.

Lástima que tanta determinación en el plano teórico no tuviera su corresponencia en la práctica. Con dieciocho añitos, ya lo he dicho, yo era una completa pardilla, y no tenía la picardía de coquetear con él, de despertar su curiosidad para que se planteara que había otros mundos por descubrir más allá de las niñas bien con las que siempre se había relacionado siempre, ni los ovarios de plantarme delante de él para soltarle que me tenía loquita, y que si se daba la oportunidad de conocerme, a lo mejor acababa sintiendo lo mismo, como la protagonista de "Lucía y el Sexo". Seguí haciéndome la encontradiza, buscando excusas tontas para hablar con él, poniéndome colorada y buscando señales de avance en cualquier atención que tuviera conmigo.

Al final, mi cuelgue se fue atenuando a medida que aprendía a coquetear (un poco, nunca se me ha dado especialmente bien) con otros chicos, y establecí relaciones más reales. Más accesibles, como diría mi amiga. Y aún así, creo que en eso yo tenía razón, y no ella, y no se trata de que haya bajado el listón.

Viéndolo con la perspectiva del tiempo, comprendo que, si por alguna carambola del destino, aquel chico me hubiera hecho caso, lo más seguro sería que acabara perdiendo el interés por él. Nuestros gustos, intereses, aficiones, ideologías políticas, expectativas de la vida, círculos de amistades y sentido del humor eran demasiado distintos, y probablemente, una vez disipada la emoción por haber conseguido mi objetivo, me daría cuenta de que no tenía nada de lo que hablar con él. De hecho, cuando pasado un tiempo se me fue pasando el cuelgue, me costó entender qué había visto en él: porque era guapo, pero había otros más guapos. Y era simpático, pero no especialmente ingenioso. Y siempre charlamos cordialmente, pero no se me pasaba el tiempo volando hablando con él, como me ha pasado con otros chicos que me han gustado antes y después de él.

Me imagino que lo que pasó fue que confundí amor con deseo, y se alargó porque el mejor aliciente para el deseo es obstaculizar su realización. O que yo tenía ganas de enamorarme , me hice un molde de lo que sería mi chico ideal e intenté hacer encajar en él a presión al primer incauto que se me cruzó en ese momento. O a lo mejor lo único que pasó fue que yo me perdí esa fase, la de las confidencias con las amigas a los catorce años, la de escribir corazones en las carpetas y preguntarte si el niño que te mola te pedirá para salir, y de emocionarte porque se ha acercado a hablar contigo en el recreo. En aquella época yo era muy insegura, y estaba llena de complejos, y pensaba que la posibilidad de que algún tío se fijara en mí era tan remota como la probabilidad de que le den el Nobel de Literatura a Corín Tellado, así que no me molestaba en ilusionarme por nadie. Supongo que por eso guardo un buen recuerdo ese primer cuelgue, tan absurdo, tan imposible y tan adolescente. Porque fue la primera vez que realmente me permití ilusionarme, y compartir confidencias, y montarme películas, y bajar mis defensas, y disfrutar de la parte divertida de esos amores platónicos que en el fondo sabes que nunca pasarán de ahí. Porque por ese chico nunca derramé una sola lágrima, pero si se sentaba junto a mí en la biblioteca ya estaba feliz para el resto del día.

Ahora lo recuerdo, y leo lo que escribía en aquella época, y me muero de la vergüenza por lo tonta que podía llegar a ser. Pero, ¿no habría sido una pena renunciar a vivir esa fase ?

"Cuando te enamoras apasionadamente, siempre entregas como regalo toda tu inteligencia" (Rosa Montero)
 
Contra toda esperanza
Te quiero, simple y llanamente. Eres la esencia de todo lo que he buscado en otro ser humano. Sé que una parte de ti está dudando por un momento, y si es así, entonces significa que tú también sientes algo. Todo lo que te pido es que no lo obvies y lo consideres aunque sólo sea por diez segundos. No hay otra alma en este jodido planeta que me haga ser la mitad de persona de lo que soy estando contigo. Y arriesgaría esta amistad por la oportunidad de que lo pensaras, porque está ahí, entre tú y yo, no puedes negarlo. Incluso si no volvemos a hablarnos después de esta noche, por favor, créeme si te digo que me has cambiado para siempre, por quién eres y por lo que has significado para mí. Por todo esto, considero que no necesito una pintura de pájaros para acordarme de ti".
(Persiguiendo a Amy, Kevin Smith)


Tengo la costumbre de anotar las frases que más me llaman la atención de las películas, de los libros que leo, de las canciones que escucho o de las inscripciones en las puertas de los baños públicos, si se tercia. Hace años que vi la tercera película de Kevin Smith y copié este fragmento, una de las mejores declaraciones de amor que he visto en la gran pantalla. Un amor que puede parecer imposible, porque Alyssa, la chica a la que quiere el protagonista, aunque es guapa, e inteligente, y divertida, y tiene gustos y aficiones en común con él, es lesbiana. Así que el sentido común diría que este chico debería conformarse con la amistad que ha surgido entre ambos.

Y aún así, lo intenta. No voy a contar si lo consigue o no, ya que no me gusta destripar finales, pero lo importante es que, aunque las apuestas están en su contra, él decide sincerarse con Alyssa y pedirle una oportunidad. Sabe que tiene mucho que perder, puesto que lo más probable es que no consiga su amor, y corre el riesgo de acabar también con su amistad. Es uno de esos casos en el que hasta el amigo más optimista le aconsejaría olvidar el tema y buscarse un nuevo objetivo. Un proyecto por el que ninguna persona sensata apostaría ni un duro. Y aún así, no renuncia a quemar el último cartucho, porque si hay una mínima posibilidad no quiere dejar de aprovecharla; porque si das con alguien capaz de cambiarte la vida, no puedes renunciar sin hacer tan siquiera un intento, te lo debes a ti mismo.

 
Estrenos memorables
Acabo de leer en el blog de Susana (la otra cara de barbie, ver mi lista de enlaces: todavía no he aprendido a meter links en el texto), un post acerca del primer beso. Y mientras lo comentaba, me he puesto a pensar en lo mitificadas que están las primeras veces: el primer beso, la primera vez...Con los consecuentes chascos.

Como comenté en respuesta al post de Susana, la primera vez que besé a un chico fue, principalmente, porque era la única de mi grupo de amigas que aún no se había enrollado con nadie, y ya era mayorcita, y cuanto más tiempo pasaba más corte me daba besar a alguien y que notara que no tenía ni idea, así que decidí que antes o después había que romper el círculo vicioso.

No me siento orgullosa de las razones que elegí, pero tampoco he llegado a arrepentirme. Aparte de que me gustó, y me lo pasé bien, más por el hecho de besar en sí que por el partenaire elegido, se había roto el tabú. Ya no tenía que esperar a que apareciera ese chico especial que me besara por primera vez: aunque tardara en aparecer el "príncipe azul", ya había descubierto que ir besando ranas también tenía su puntito.

Me lo pensé más, de todas formas, con el tema de la virginidad. Al fin y al cabo, todas mis amigas concidían en que su primera vez, si bien había sido "especial", "bonita" o "romántica", desde el punto de vista técnico no había sido nada del otro mundo. Sangre, dolor y poco más. Así que yo deduje que, si a fin de cuentas, satisfacción sexual no iba a tener la primera vez, no iba a pasar yo por la sangre, y el dolor, y todo lo demás para que el único que se corriera y se lo pasara de puta madre a mi costa fuera "yo que sé quien con el que me lié en un bar". Y es que yo era una chica con ideas muy claras. Puede que absurdas, pero claras.

Tampoco esperaba un novio formal, ni una garantía de continuidad. También fantaseaba con la idea de un arrebato pasional con un tío al que acabara de conocer y con el que surgiera al instante una atracción sexual incontrolable que nos impulsara el uno a los brazos del otro para follar salvajemente sin plantearnos nada más, ni dudas, ni promesas, ni declaración de intenciones. Pero no hubo suerte, y eso que encontrar un tío que te guste para echar un polvo suele resultar infinitamente más fácil que encontrar un tío que te guste para compartir tu vida con la suya. Pero claro, yo no quería "un polvo" sino esa primera vez inolvidable que me habían prometido todas las películas (las autoridades sanitarias deberían advertir que el exceso de cine perjudica seriamente tu percepción de la realidad), y si no la recordaba por el amante, tendría que recordarla por el sexo en sí.

El caso es que cuando por fin pasó (con un chico con el que salía, al clásico estilo: muy bonito, muy romántico, técnicamente desastroso), aunque no me arrepentí de que hubiera sido con esa persona, sí que me pareció un poco tonta tanta espera, y tanta idealización. Al fin y al cabo, si el chico merecía la pena, le seguiría recordando igual aunque me hubiera tirado antes a toda la plantilla de un equipo de fútbol.

Pero bueno, supongo que me hacía ilusión una primera vez digna de recordar. Al fin y al cabo, mi primer beso no se diferencia demasiado de cualquier rollo posterior de fin de semana, mi primer amor nunca me hizo ni puñetero caso (y como pasa con los amores platónicos e idealizados, en cuanto lo traté un poco se me cayó del pedestal), y puestos a carecer de estrenos memorables, ni siquiera tengo recuerdos precisos de mi primer día de cole, mi primera mejor amiga o mi primera noche de marcha, o ninguna de esas primeras veces que tanto te marcan, según las películas. Claro que a lo mejor, lo que me marcó a mí fue estar encerrada en el cine tragándome todas esas películas mientras el resto del mundo se enamoraba, besaba o follaba por primera vez.
 
¡No es justo, yo también quiero!
Desde que mi chico y yo lo dejamos, la frase de ánimo que más veces me han dicho es: "tranquila, que ya encontrarás otro, ¡anda que no hay tíos!".

En fin, así funcionan las cosas, ¿no? Cuando un empleado se despide de una empresa, se pone un anuncio y se contrata a otro. Cuando se muere una mascota, los papás del niño le compran una nueva, como explicaba onthedot (ver "blog de una aupair en USA en mi lista de enlaces, quería poner aquí un link y no sé por qué no me ha salido). Y cuando rompes con alguien, lo importante es encontrar enseguida un buen recambio. En cuanto tengas con quién ir al cine los domingos, y a quién llevar a las cenas de parejitas con tus amigas y sus respectivos novios, adiós lágrimas, adiós nostalgia, adiós largas noches de depresión profunda autoinducida a base de escuchar una y otra vez "Besaré el suelo" mientras contemplas las fotos de vuestro último viaje juntos.

Tengo amigas que se vuelven a enamorar en dos meses. Y no es un parche para ir tirando, ni sexo sin más implicaciones: siempre es el amor de su vida, o la mejor relación que han tenido nunca. A mí me dan mucha envidia, y no la políticamente correcta "envidia sana", sino la envidia auténtica, la inconfesable, la verde, retorcida y amarga. ¡Yo también quiero poder enamorarme y desenamorarme en tres meses! Quiero explotar la historia de mi desamor para entablar conversación en un bar con el correspondiente ligón del tipo "yo sí que soy un hombre sensible", y creerle cuando me diga eso de: "eso es que no te merecía, porque si yo tuviera la suerte de estar con una chica como tú, no la dejaría escapar". Me encantaría que me hiciera ilusión ponerme mis mejores galas (si es que las tengo), maquillarme y salir con un grupo de amigas por esos bares, tan aficionados a pinchar música de bisbal y ricky martin, donde es obvio que todos los tíos presentes no han ido a disfrutar de la buena música. Me gustaría darle palique al primero que se me acercara, tener un rollete, darle el número de móvil y poder distraer mi atención en hacer conjeturas sobre si me llamará o no me llamará, si querrá solo un polvo o algo más, y entretenerme diseccionando el paso a paso de la incipiente relación con mis amigas.

Lo más injusto de la situación es que yo, especialista en teorizar como buena chica de letras, siempre he sido la que ha defendido el derecho de las mujeres a salir con quien les venga en gana, acostarse con quien les venga en gana, y disponer con su vida como les venga en gana (y lo sigo defendiendo, por supuesto: que a mí en estos momentos no me apetezca hacer uso del derecho no implica que no quiera tener la posibilidad de hacerlo, si esa fuera mi elección). He escandalizado a más de un alma romántica explicando que el amor no es eterno, y que la media naranja no existe, y que sería muy absurdo, y muy injusto, que en todo el mundo sólo hubiera una persona predestinada a hacer feliz a cada uno. ¿Y si se muere?¿Y si resulta que ha nacido en la otra punta del planeta? ( y sigo sin creer en parejas perfectas, ni en almas predestinadas: qué mérito tiene una historia de amor si lo que hagas o digas no influye para nada, si ya está escrito de siempre si la cosa funcionará o no?).

Y aquí estoy yo, la reina de las teorías, llorando por los buenos tiempos y el amor perdido, mientras las románticas, las buscadoras de su príncipe azul que me acusaban de fría, insensible y escéptica, se lo pasan de puta madre, de amor eterno en amor eterno, y tiro porque me toca. Desde luego, hay que joderse...

 
A veces llega un momento en que te haces viejo de repente...
Y es que en los tiempos de mi madre (y oye, no hace tanto), era fácil saber cuándo había llegado una a la edad adulta. Ella se casó con 23 años, y fue de las más tardías de entre sus amigas y familiares. Con 24 años, me tuvo a mí. Así que a los 25, la edad que tengo yo actualmente, era una mujer casada, madre y trabajadora, situaciones todas ellas propias de una persona madura. Pero hoy en día, que muchos saltamos de trabajo temporal en trabajo temporal hasta pasados los treinta, lo cual nos dificulta enormemente conseguir una vivienda propia, casarnos y tener descendencia, ¿cómo sabemos cuándo se nos puede considerar adultos? Porque si conservamos la residencia, los amigos y hasta cierto punto las costumbres que hemos tenido toda la vida, ¿cuándo nos hace "click" la cabeza y decimos: "hala, ya está, mi juventud se ha terminado"?

De todas formas, para que no estemos tan perdidos y desorientados, la vida nos envía una serie de pistas para que nos vayamos haciendo a la idea de que la edad adulta nos persigue. A lo mejor nuestra vida no ha cambiado gran cosa desde los catorce años, aparte de que, en vez de levantarnos para ir al "insti", nos levantemos para ir a trabajar, o a sellar el paro. Puede qe nos sintamos jóvenes de espíritu, y lo que realmente nos apetezca sea vivir de noche, de fiesta en fiesta y de bar en bar, atrapados en una perpetua adolescencia cual un Pocholo Martínez Bordiu de andar por casa. Pero todo conspira en nuestra contra, y un día cualquiera, empiezan a aparecer los signos del advenimiento de la madurez, cual jinetes del apocalipsis.

El primer síntoma es que, de golpe,a tu alrededor parece que todo son parejas. Te acostumbras a nombrar a tus amigos de dos en dos, y así, a la hora de quedar, llamas a "Laura y Jose", a "Pepa y Juan", a "Gema y Juanjo"...Llega un momento en que, cuando algún amigo te dice:

-¿Sabes que me acabo de encontrar a Juanjo en el Corte Inglés?

Tú ahí te quedas pensando: "Juanjo, Juanjo, Juanjo...¡Ah, Juanjo, de Gema y Juanjo!".

Si una también tiene pareja, el paso de grupo de amigos a conjunto de parejas te resultará menos traumático. Aún así, puede resultar mosqueante comprobar que, desde hace un tiempo, todo el mundo se dirige a ti empleando la segunda persona del plural: "¿Qué vais a hacer en vacaciones de Semana Santa"? "¿Os gusta el cine?". Una de dos, o formas parte de la Familia Real (¿se sigue tratando a los reyes de Vos? Una es más bien republicana y no está al tanto del protocolo), o lo que pasa es que formas parte de una Pareja. Ya no es "jo, qué bien, tengo novio", como cuando tienes diecisiete años, no. Ahora eres parte de una Pareja, y te reúnes con otras Parejas para tener conversaciones típicas de Parejas.

Porque ésa es otra, las conversaciones. Pasad revista a vuestra última noche de sábado, o a vuestra última sesión de café con vuestros amigos o amigas. Si más de dos de las siguientes palabras: "hipoteca", "boda", "préstamo", "Hacienda", "embarazo", "suegros", o "niños", ha aparecido a lo largo de la conversación, probablemente ya estáis entrando en la edad adulta. Si todas esas palabras aparecen en algún momento de casi todas vuestras conversaciones, definitivamente, estáis hechos unos carcas. Asumidlo, cuando erais jóvenes adolescentes irresponsables no os poníais a hablar de las ventajas de la declaración de la renta conjunta mientras os tomábais unos calimochos en el parque más cercano.

Si no tienes pareja, también hay evidencias indudables de que ya se ha llegado a una edad respetable. Date por avisada el día que tu madre te diga, como quien no quiera la cosa: "¿Sabes que el hijo de Puri ha vuelto al barrio? Tiene tu edad, y también está soltero". Cuando estabas en la flor de la vida, tu madre ponía pegas a cualquier chico que le pudieras presentar. Todo era poco para la niña, así le presentaras a un ser cuasiperfecto que combinara el físico de Juan Diego Botto, el sentido del humor de Woody Allen y la inteligencia de Stephen Hawkins. Pero ahora que todas tus primas, y las hijas de sus amigas, tienen novio fijo o se casan, ella se siente incómoda cada vez que tiene que repetir que no, que su hija no tiene novio conocido. Así que ahora, el hecho de estar igual de solo que tú y haber nacido aproximadamente por la misma época ya convierte a un perfecto desconocido en tu media naranja. Cómo has bajado el listón, ¿no, madre?

Pero el momento en el que ya, definitivamente, has dejado de ser un chaval ( o chavala), es cuando tus amigos más cercanos, ésos a los que conoces desde hace siglos, con los que jugabas al fútbol o a las muñecas en el recreo, con los que fuiste por primera vez de discotecas, y fumaste el primer cigarro, y con los que hablabas de cómo sería perder la virginidad, empiezan a enviarte invitaciones de boda. ¿Hay algo que te haga más consciente del paso del tiempo que ver el nombre de algún compañero de correrías de toda la vida escrito en letras doradas sobre un tarjetón color crema en el que sus padres y los de su pareja te invitan a su boda? Todavía no me he visto en el caso, aunque sé que tengo una o dos al caer. Puedo resistir lo de ir a la boda, aunque las odio; supongo que llevaré con normalidad que alguna de mis amigas pasen de tener un novio a tener un marido. (al fin y al cabo, casi todas las ennoviadas hacen ya vida de matrimonio, poca diferencia habrá). Pero después de tantos años de fiesta por los bares más cutres, de pisos de estudiantes con vasos mangados de los pubs y cubertería del todo a cien, de cenas en el mac donalds...no sé cómo asimilaría lo de acompañarlas a elegir menús de tres platos en el restaurante, o lo de regalarles una cubertería. En el momento en que tus amigos y tú os regaláis cuberterías, juegos de sábanas, o botellas de vino que valen más de 18 euros, puedes declararte oficialmente adulto.
 
La disco no es para mí
Acabo de perder un post kilométrico en el que narraba mi noche de ayer, que discurrió en su mayoría en una discoteca que, sobre todo a última hora, reúne a todo el pijerío de esta ciudad, que no es poco. Aunque no está en mi ruta habitual, he ido en varias ocasiones, puesto que al sector masculino soltero del grupo con el que solía salir tenía una marcada preferencia por el patrón femenino más abundante en el local: esas niñas de entre dieciocho y veintipocos, altas, menuditas, muy fashion, que generalmente son rubias con mechas, o en su defecto se han teñido de negro azabache y lucen un intenso moreno de solarium. De todas formas, nunca se atrevían a abordarlas: se conformaban con recrearse la vista mientras ellas tonteaban con algún ejemplar del patrón masculino por el que sentían una marcada preferencia: tipos altos, de cuerpo atlético, vestidos con americana, camisa y pantalón de vestir, generalmente engominados, con un master en finanzas y un audi aparcado en la puerta.

Ayer, en cambio, no acabé allí para acompañar a ningún amigo a ligar, o a ver cómo ligan las chicas a las que ellos querrían ligarse. Una amiga mía había venido a la ciudad, invitada por otra amiga suya que, cosas de la vida, está emparentada con los dueños de la discoteca en cuestión. Así que allá acabamos, hay que barrer para casa, ya se sabe.

La entrada triunfal en la discoteca no dejó de ser una experiencia. En condiciones normales, entrar allí implica para mí y para la gente con la que me relaciono una larga cola para llegar ante el portero de turno que nos examinará de arriba abajo para decidir si somos dignos de acceder a tan selecto local, o si hay algún aspecto de nuestro físico o nuestra indumentaria-unos kilos de más, unas zapatillas deportivas- que nos convierte en desechos sociales, indignos de pisar el mismo suelo, bailar en la misma pista y pedir copas en la misma barra que las esbeltas rubias y los engominados estudiantes de MBA. Si son indulgentes y nos dan el visto bueno, ya sólo queda pagar seis eurillos de nada por la entrada, eso sí, con derecho a una consumición del mejor garrafón nacional.

En esta ocasión, la cosa fue muy distinta: pasamos por delante de la larguísima cola y entramos directamente por la otra puerta, ante las narices de un portero que ni cuestionó nuestra imagen ni nos hizo pagar ni un céntimo. Aquello fue lo mejor de la noche, y no porque suponga para mí un orgullo que me den trato preferente, sino porque llevaba desde que salimos del último bar aguantando las ganas de ir al baño, y no estoy muy segura de que hubiera soportado los veinte minutos aproximados de cola en la calle (más los quince de rigor en la puerta del baño, ¿o alguien ha sido capaz jamás de entrar a la primera en el baño de mujeres de una discoteca?).

La música (pachangeo petardo, en plan Rafaella Carrá y similares) no era precisamente mi favorita, y la pista estaba tan abarrotada que más que bailar, me movía para evitar los empujones de la gente y las culadas que me pegaba el tío que tenía a mi espalda (en estricto cumplimiento de la ley de Murphy, siempre, siempre, siempre que he ido a algún local de este tipo, me ha tocado situarme espalda con espalda con uno de esos bailarines entusiastas que opinan que el hecho de no contar ni con treinta centímetros de espacio personal no es obstáculo para demostrar tu habilidad como coreógrafo al son de "Para hacer bien el amor hay que venir al sur"). No me lo pasé del todo mal, pero no pude evitar echar de menos mis bares favoritos, en los que suenan las canciones que más me gustan, y la entrada es libre, y el garrafón sale más económico.
 
Hablar es fácil
El jueves salí con dos amigas, una de las cuales, a su vez, se trajo a dos amigas más. Agotada la conversación sobre la reelección de bush, el derecho de adopción de los homosexuales, y un par de temas similares que mostraban que somos personas con inquietudes e interés por la actualidad, el debate acabó centrado en la vida sentimental de Sara, que, dejando fuera algún rollete esporádico de sábado noche, se reduce a una relación intermitente con un ex novio que reaparece de cuando en cuando en su vida para volver a esfumarse por otra temporadita tras dos o tres semanas pasionales. Tanto Verónica como una de las amigas de Sara coincidían en que lo que ella debía hacer era mandar a paseo a semejante impresentable la próxima vez que decidiera tirarle los tejos, como no dudarían ellas en hacer si algún sujeto pretendiera aprovecharse de ellas de esa manera. Un discurso que me resultó muy familiar, puesto que muchas veces he sido yo la que ha soltado la misma arenga a cualquier otra amiga atrapada en algún ciclo de eterno retorno sentimental parecido al que está viviendo Sara.

Esta vez, en cambio, me quedé calladita, no sea que, ironías de la vida, un día tenga la oportunidad de demostrar con hechos si realmente soy tan dura, y tan lista, y tan orgullosa, y tan capaz de manejar esas situaciones que tan puñeteramente sencillas de resolver me parecían cuando eran otros los que estaban en ellas.

Y es que, desde fuera, las cosas no se ven igual. Probablemente, con una cierta distancia sea más fácil dar con la solución más sensata, más razonable y más lógica. Y es necesario contar con alguien que te muestre una imagen de tu propia vida vista desde fuera. Pero ese observador externo no cuenta con todos los datos, y aunque lo intente no puede ponerse totalmente en tu lugar. Y aunque sea más objetivo de lo que tú podrías serlo nunca, tampoco es imparcial, puesto que nadie lo es. Al juzgar la vida de los otros estamos influídos por nuestras propias ideas y vivencias. Si lo que nos está contando la otra persona nos recuerda a alguna experiencia propia, es más fácil que empaticemos con ella y seamos más indulgentes en nuestro juicio que si lo que siente, piensa o hace nos suena a chino cantonés.

Conste que, al igual que Vero, y que la otra amiga de Sara, pienso que debería mandar a la mierda a su ex. De hecho, yo largaría con viento fresco a ese cabrón. Porque al fin y al cabo, "ese" cabrón en concreto a mí no me inspira nada, ni he compartido nada con él, ni lo asocio en mi mente con ninguno de los momentos felices o importantes de mi vida. Sólo es un rollete de mi amiga con el que he coincidido de copas o de cañas un par de veces en mi vida. Pero a lo mejor, otro gallo cantaría si me viera en la situación de tener que cerrarle la puerta en las narices a alguien que realmente me importa.
 
Regreso a la sanas costumbres
He vuelto a apuntarme en el gimnasio. No soy una persona especialmente apasionada por el deporte, ni me obsesiona el culto al cuerpo, pero en la tómbola de la genética no he tenido mucha suerte, y no he heredado uno de esos metabolismos capaces de quemar mágicamente desorbitadas cantidades de calorías. De hecho, yo tenía una amiga, apuntada al mismo gimnasio, que tenía esa suerte. Y se permitía el lujo de comprarse donetes y cañas de chocolate que devoraba con fruición en la misma sala de máquinas del gimnasio, mientras explicaba al resto de los presentes (es decir, quienes sudábamos y jadeábamos al borde del colapso sobre las bicicletas estáticas y las cintas andadoras) que ella, comiera lo que comiera, nunca engordaba, y que de hecho si hacía ejercicio era para definir un poco los músculos. Ya no somos amigas, y aunque ese no es el motivo principal, me imagino que de algún modo influyó.

El caso es que, tras varios meses alejada de las buenas costumbres, últimamente por falta de tiempo y antes por falta de ganas, vuelvo al redil, para intentar paliar los efectos de tantas comidas basura engullidas en quince minutos cuando el trabajo no me permitía comer en casa-ni en ningún restaurante donde cerraran cocinas antes de las tres y media de la tarde-, y de algún que otro hartón a chocolate para superar la ansiedad laboral primero, y el fracaso sentimental (con la subsiguiente carestía sexual) más adelante.

De todas formas, no sé cuanto tiempo tardará mi voluntad en flaquear esta vez, porque, ya lo he dicho, el ejercicio en sí mismo no me motiva. Y eso que hubo un tiempo en el que yo era la clienta más fiel, la alumna más motivada, el ojito derecho de la monitora de aerobic. Naturalmente, mi supuesta pasión por el deporte era en realidad pasión por un deportista: otro socio con el que tuve una historia que duró más bien poco, y, cuya clase de taekwondo empezaba al terminar mi clase de aerobic. No llegué a apuntarme a su clase, aunque sí a pasarme una hora extra en la bicicleta estática para coincidir con él a la salida. No conseguí recuperarle, pero ha sido la única época de mi vida en la que era capaz de subir a un sexto piso por las escaleras o correr dos manzanas tras el autobús sin llegar jadeando.
 
No hubo final feliz
Al final, naturalmente, ganó Bush. Como una es realista (o pesimista, que dirían algunos, aunque ya dice el refrán que el pesimista es un optimista bien informado), ya se lo veía venir. Aunque reconozco que en el fondo conservé hasta el final un resquicio de esperanza de que hubiera un cambio de última hora.

Supongo que es la huella que han dejado en mi subconsciente todos esos telefilmes "familiares" de sobremesa que me tragaba de pequeña, en los que, al final de la peli resultaba que Santa Claus sí que existía, y ayudaba al niño que había creído en él a pesar de las risas de sus amiguitos para reconciliar a sus padres divorciados la mañana de Navidad; o que, cuando ya parecía inevitable que el chico del que estaba enamorada la prota se iba a casar con la arpía siliconada y rubia de bote que sólo quería quedarse con su fortuna y enviar a sus niños a un internado en europa, se descubría el malvado plan tramado por la maléfica prometida y alguien interrumpía el enlace cuando el cura ya iba por el "yo os declaro..."

Sin embargo, una vez más, la vida ha demostrado que no se parece a las películas. Al contrario de lo que pasa en el cine, en el mundo real las cosas suelen ser lo que parecen, y lo que empieza mal, mal acaba. (Y en muchas ocasiones, también lo que empieza bien).
 
¡Qué poca solidaridad!
Me he pasado los tres días de puente enclaustrada en casa, porque a mis amigas, por segundo fin de semana consecutivo, no les apetecía nada salir. Así que aquí me he quedado yo, rumiando mi indignación por esta actitud tan poco solidaria.

Porque, vamos a ver: no hace ni un mes que he pasado por una ruptura amorosa. Se supone que esta es la fase en la que las amigas de una intentan animarla sacándola de fiesta una noche sí y otra también, para que disfrute de las ventajas de la soltería.

Me imagino que quien más quien menos sabe cómo son ese tipo de juergas "post-separación", en las que el recién abandonado o recién abandonada pasa por una serie de fases: al principio de la noche, lo habitual es estar algo mustio, así en plan "salgo por no quedarme en casa viendo Salsa Rosa, pero no os creais que estoy para mucha fiesta". Tal estado dura hasta que algún amigo decide intervenir como buenamente sabe para hacerte olvidar tu dolor, y te suelta algo del tipo: "¡ven, anda, tómate una copa aquí conmigo, que no quiero verte tan triste!"

A la primera copa, el recién dejado(o recién dejada) se siente más reconfortado y empieza a sonreir; a la tercera copa, ha llegado a la fase "happy" de la borrachera, bromea con todos, ríe los chistes y parece haber olvidado sus penas ("¡baaaaah, en casa me iba a quedar yo! si dónde me voy a animar mejor que aquí, de copas con los colegas?"); a la quinta copa, empieza a darle el bajón, y da la chapa al incauto que se haya situado junto a él ("en el fondo no le sshuuuperado, sab-bes tío?¡hip! sssstoy jo-hip!-dido"). Y si supera esa cantidad, algún sufrido compañero de fatigas acabará quitándole el móvil para impedir que realice llamadas nocturnas al (o la) ex, con llorosas (y alcoholizadas) súplicas de una nueva oportunidad.

Al haber vivido en varias ciudades, me he relacionado con diversos grupos de gente, y la mecánica de este tipo de rutinas no variaba demasiado de un círculo de amigos a otro, así que pensaba que era un principio inmutable, una de esas reglas no escritas de la amistad, como la de "los ex de mis amigas son intocables". ¿Soy yo la única pardilla que sigue esas normas? Porque después de las innumerables noches que he pasado distrayendo, consolando, o convenciendo a mis allegados con mal de amores de que llamar a un ex a las 7 de la mañana llorando y borracho no es la mejor manera de reconquistarle, resulta que cuando soy yo la que está pasando el mal trago me tengo que quedar en la soledad de mi cuarto, a solas con mi desdicha y con "Amor se llama el juego" de Sabina sonando una y otra vez en el equipo de música.

He de ser justa: en horario diurno, delante de un café, han sido amables y comprensivas y me han dicho todo lo que se suele decir a una amiga que está pasando por este trance: desde "no te agobies y dale tiempo que lo que tenga que ser, será" a "pasa de él que hay muchos peces en el mar". Sólo que hay veces en que una no quiere tópicos. Quiere vodka.
 
Irak is living a celebration
Esta tarde he estado viendo en la plus "Burros contra elefantes", uno de los reportajes que están emitiendo acerca de las elecciones en Estados Unidos. En él se recogían las declaraciones de varios estadonidenses, tanto partidarios del partido demócrata (Burros)como del republicano (Elefantes), sobre temas como las capacidades de ambos candidatos, las polémicas elecciones del 2000 o la guerra de Irak.

Lo que más me impactó fue la visión que dio un ama de casa republicana de la intervención norteamericana en Irak. Según esta buena mujer, gracias a los valientes marines, los pobres iraquíes, oprimidos por Sadam, ahora son "libres y dichosos". Pues serán los que ella ha visto, porque los que me ponen a mí en la tele no acaban de parecer muy pletóricos que digamos.

Ya había oído que las televisiones yankis censuran las imágenes que muestran "daños colaterales", pero ahora me corroe la curiosidad por saber qué tipo de estampas acompañan en los informativos norteamericanos las crónicas sobre la situación en Irak, para que las incautas amas de casa del imperio piensen que los "recién liberados" viven felices y contentos en un país en estado de guerra civil. ¿Niños sonrientes recibiendo caramelos de manos de los simpáticos marines? (un día de estos tendré que postear algo sobre la costumbre de besar o coger en brazos a los niños para mejorar la imagen de los políticos)¿O algo más elaborado, con jóvenes iraquíes paseando sonrientes por las calles (o lo que quede de ellas) en plan anuncio de compresas? (Con "Libertad duradera", me siento libre, me siento bien).



 
Empezaré por presentarme...
Llevaba algún tiempo con ganas de probar a llevar un blog: me imagino que es porque llevo unos meses leyendo bitácoras ajenas, y claro, culo veo, culo quiero...O porque a todos nos gusta darnos un baño de ego de cuando en cuando, y a fin de cuentas, llevar un diario en la red es como crear una revista del corazón dedicada exclusivamente a narrar vida y milagros de una misma(por algún motivo se me acaba de venir a la mente la revista de Ana Rosa...).

El caso es que aquí estoy, en parte gracias a la envidia sana hacia los blogeros a los que he leído, en parte gracias al "yo" reprimido que pugna por que le dé algo de cancha, y especialmente, gracias a que el sistema de bitácoras de ya.com es lo bastante sencillo para que hasta la segunda persona más negada para los ordenadores del mundo, como es una servidora (de la primera persona más negada ya escribiré un post más adelante) pueda hacer un apaño...

Lo propio sería empezar por una pequeña presentación: Periodista en paro, ya he complido el cuarto de siglo y sigo anclada en el hogar materno. Arrastro a mis espaldas una ruptura sentimental, una inquietante adicción a la cafeína y algunas secuelas de una adolescencia traumática en un colegio privado. Aún así, casi toda la gente que me conoce me tiene por una persona sensata, tranquila y equilibrada. Mis paranoias las reservo para los íntimos. Si queréis saber más, estad atentos a siguientes entregas. Si esto no os convence, probad con alguno de los blogs que he enlazado. De momento son pocos, pero hay para todos los gustos.