Mis cinco primeras
He decidido apuntarme al juego de las cinco del viernes. Ya lo había pensado alguna vez, pero lo había ido dejando y hoy me animo porque me ha interesado el tema. Esta vez va de mentiras y engaños la cosa.
¿Acostumbras a mentir? No lo tengo por costumbre, pero reconozco que de vez en cuando recurro a alguna mentirijilla piadosa, o suelto alguna trola para salvar el culo. Al fin y al cabo,¿tiene mi madre necesidad de saber que si he llegado a las tantas es porque he estado follando?
¿Te consideras un/-a hipócrita? No me considero hipócrita, es más, pienso que a veces hay más hipocresía en la actitud de quienes van por la vida de "yo soy super sincero y te lo digo todo a la cara". He conocido un par de personas que iban por la vida en ese plan, pero luego eran incapaces de aceptar una crítica constructiva cuando eras tú quien pretendías darles una opinión sincera.
¿Has engañado o engañas a tu pareja? Actualmente no tengo pareja, pero nunca he engañado a ninguna de las personas con las que he estado. Y una de dos, o ellos tampoco me han engañado a mí, o lo han hecho tan bien que no me he enterado. (Cosa que tampoco es muy difícil, todo hay que decirlo, porque siempre estoy en las berzas)
¿A quien no engañarias nunca? Al que fue mi chico y a mis mejores amigos, no los engañaría básicamente porque no podría aunque quisiera, me conocen demasiado bien y fijo que me pillaban.
¿Soportas las mentiras? Me mosquea bastante enterarme de que me han mentido, pero creo que todo dependería mucho del motivo que tuviera la persona para mentirme. Si me entero de que alguien ha estado mintiéndome descaradamente para conseguir algo de mí, o para predisponerme en contra de otra persona, me lo tomaría muy mal. Con todo, creo que en ciertos momentos la mayoría preferimos la mentira piadosa a la cruel verdad. Y si no, imaginaos que vuestra pareja os abandona por otra persona, y le preguntáis a vuestro mejor amigo aquello de: "qué tiene él/ella que no tenga yo?". No creo que a nadie le guste escuchar como respuesta: "bueno, pues tiene muchos más gustos en común con tu ex que tú, y es muy inteligente, tiene mucho sentido del humor y la verdad es que, en cuanto al atractivo físico, no tienes cómo competir". Aunque en el fondo sepamos que eso es verdad, todos preferiríamos un "qué dices, tú no tienes nada que envidiarle, ya verás como en dos días tu ex se da cuenta de que ha cometido el error de su vida".
¿Acostumbras a mentir? No lo tengo por costumbre, pero reconozco que de vez en cuando recurro a alguna mentirijilla piadosa, o suelto alguna trola para salvar el culo. Al fin y al cabo,¿tiene mi madre necesidad de saber que si he llegado a las tantas es porque he estado follando?
¿Te consideras un/-a hipócrita? No me considero hipócrita, es más, pienso que a veces hay más hipocresía en la actitud de quienes van por la vida de "yo soy super sincero y te lo digo todo a la cara". He conocido un par de personas que iban por la vida en ese plan, pero luego eran incapaces de aceptar una crítica constructiva cuando eras tú quien pretendías darles una opinión sincera.
¿Has engañado o engañas a tu pareja? Actualmente no tengo pareja, pero nunca he engañado a ninguna de las personas con las que he estado. Y una de dos, o ellos tampoco me han engañado a mí, o lo han hecho tan bien que no me he enterado. (Cosa que tampoco es muy difícil, todo hay que decirlo, porque siempre estoy en las berzas)
¿A quien no engañarias nunca? Al que fue mi chico y a mis mejores amigos, no los engañaría básicamente porque no podría aunque quisiera, me conocen demasiado bien y fijo que me pillaban.
¿Soportas las mentiras? Me mosquea bastante enterarme de que me han mentido, pero creo que todo dependería mucho del motivo que tuviera la persona para mentirme. Si me entero de que alguien ha estado mintiéndome descaradamente para conseguir algo de mí, o para predisponerme en contra de otra persona, me lo tomaría muy mal. Con todo, creo que en ciertos momentos la mayoría preferimos la mentira piadosa a la cruel verdad. Y si no, imaginaos que vuestra pareja os abandona por otra persona, y le preguntáis a vuestro mejor amigo aquello de: "qué tiene él/ella que no tenga yo?". No creo que a nadie le guste escuchar como respuesta: "bueno, pues tiene muchos más gustos en común con tu ex que tú, y es muy inteligente, tiene mucho sentido del humor y la verdad es que, en cuanto al atractivo físico, no tienes cómo competir". Aunque en el fondo sepamos que eso es verdad, todos preferiríamos un "qué dices, tú no tienes nada que envidiarle, ya verás como en dos días tu ex se da cuenta de que ha cometido el error de su vida".
Amigos y amigos
Leí en alguna parte que los esquimales tienen todo un lote de palabras diferentes para nombrar diferentes tipos de nieve. Y que el alemán es una de las mejores lenguas para la filosofía, puesto que registra una cantidad de términos específicos para ese campo mucho mayor que el español o el inglés, por ejemplo.
Siguiendo esa lógica, me pregunto si existe alguna lengua que haya profundizado detenidamente en las relaciones sociales, en vez de englobarlas en el término genérico de "amigos". (o el muy impersonal "conocidos", que por lo general no aplicamos en el habla coloquial a alguien que conozcamos de algo más que de coincidir diariamente en la caja del súper).
Y es que, amigos, amigos de verdad, de esos a los que les cuentas todas tus intimidades, con los que has reído y has llorado, que saben cómo te encuentras con sólo una mirada, a los que no dudarias en llamar a las cuatro de la mañana si tienes un problema...Esos los cuento con los dedos de una mano. Y me sobran dedos.
De todas formas, no todo es blanco y negro, y mi círculo social no se limita a los que son como mis hermanos y aquellos a quienes saludo cordialmente por educación. Hay una amplia gama por medio: amigas de la infancia a las que tengo un gran cariño porque las conozco desde hace siglos, pero que han evolucionado de manera tan diferente a mí que es como si viniéramos de planetas distintos; gente con la que me divierto tremendamente de juerga pero a la que apenas veo fuera del fin de semana; personas con las que estoy tan a gusto charlando delante de un café, pero con las que me aburro terriblemente de fiesta; otras a las que pido consejo sobre mi vida personal, pero con las que he renunciado a tocar ciertos temas (política, religión, cine, literatura...) por temor a ofenderlas o aburrirlas; chicos y chicas con las que comparto lecturas, películas, discusiones sobre como arreglar el mundo, pero nunca mis sentimientos. Amigos de mis amigos a los que veo de pascuas a ramos, pero con los que tengo una gran conexión. E incluso gente a la que en un tiempo sentí muy cercana, pero que ahora son prácticamente extraños que me preguntan por mi vida cada tres meses cuando nos encontramos en la parada del bus.
A todas estas personas, en algún momento u otro, las he definido como "amigas". Por economía de palabras, o por falta de un término adecuado, o porque tú no presentas a una persona diciendo: "mira, este es mi conocido Juan", o "esta es Loreto, mi contertulia sobre cine y literatura".
De todas formas, a lo mejor si no existen más palabras es porque tampoco estariamos dispuestos a usarlas. Porque ya bastante nos comemos la cabeza a veces intentando definir y clasificar en un témino las relaciones de pareja, como para hacer lo propio con el resto de nuestras relaciones.
Siguiendo esa lógica, me pregunto si existe alguna lengua que haya profundizado detenidamente en las relaciones sociales, en vez de englobarlas en el término genérico de "amigos". (o el muy impersonal "conocidos", que por lo general no aplicamos en el habla coloquial a alguien que conozcamos de algo más que de coincidir diariamente en la caja del súper).
Y es que, amigos, amigos de verdad, de esos a los que les cuentas todas tus intimidades, con los que has reído y has llorado, que saben cómo te encuentras con sólo una mirada, a los que no dudarias en llamar a las cuatro de la mañana si tienes un problema...Esos los cuento con los dedos de una mano. Y me sobran dedos.
De todas formas, no todo es blanco y negro, y mi círculo social no se limita a los que son como mis hermanos y aquellos a quienes saludo cordialmente por educación. Hay una amplia gama por medio: amigas de la infancia a las que tengo un gran cariño porque las conozco desde hace siglos, pero que han evolucionado de manera tan diferente a mí que es como si viniéramos de planetas distintos; gente con la que me divierto tremendamente de juerga pero a la que apenas veo fuera del fin de semana; personas con las que estoy tan a gusto charlando delante de un café, pero con las que me aburro terriblemente de fiesta; otras a las que pido consejo sobre mi vida personal, pero con las que he renunciado a tocar ciertos temas (política, religión, cine, literatura...) por temor a ofenderlas o aburrirlas; chicos y chicas con las que comparto lecturas, películas, discusiones sobre como arreglar el mundo, pero nunca mis sentimientos. Amigos de mis amigos a los que veo de pascuas a ramos, pero con los que tengo una gran conexión. E incluso gente a la que en un tiempo sentí muy cercana, pero que ahora son prácticamente extraños que me preguntan por mi vida cada tres meses cuando nos encontramos en la parada del bus.
A todas estas personas, en algún momento u otro, las he definido como "amigas". Por economía de palabras, o por falta de un término adecuado, o porque tú no presentas a una persona diciendo: "mira, este es mi conocido Juan", o "esta es Loreto, mi contertulia sobre cine y literatura".
De todas formas, a lo mejor si no existen más palabras es porque tampoco estariamos dispuestos a usarlas. Porque ya bastante nos comemos la cabeza a veces intentando definir y clasificar en un témino las relaciones de pareja, como para hacer lo propio con el resto de nuestras relaciones.
Nunca en la primera cita
Hace un par de años, una amiga mía empezó una relación con un hombre varios años mayor que ella, forrado de pasta y bastante atractivo para quienes le gusten maduritos (que no es mi caso). Al principio de la historia, todo el mundo pensaba que a la muchacha le había tocado el gordo. Y sin embargo yo supe desde que me contó la primera cita que aquello no iba a tener buen final. Y eso que cuando se repartió la intuición femenina, servidora estaba en la cola del WC.
Esa primera tarde, después de unos cafés, el potencial novio la invitó a su casa. Y, a pesar de su insistencia, mi amiga le dejó bien clarito que no pensaba acostarse con él en la primera cita. Tras intentar convencerla un poco más en vano, el pretendiente se avino a sus condiciones. Al dia siguiente, en la segunda cita, le confesó que se alegraba de que no hubiera querido acostarse con él. Que cuando una mujer cedía en la primera cita a sus proposiciones, perdia todo el interés y el respeto que sentía por ella. Incomprensiblemente para mí, ella no sólo no le mandó a paseo en ese mismo momento tras recomendarle que se metiera sus pruebas de virtud por el culo, sino que se felicitó a si misma por haber tenido el buen juicio de no irse a la cama con él, lo que habría echado al traste la relación.
Después de cinco meses de peleas, desplantes y humillaciones psicológicas, sin embargo, se arrepentía de no haber sucumbido a la tentación esa primera noche. Al fin y al cabo, descubrir y perder de vista a un cabrón a tiempo bien vale un polvo.
Esa primera tarde, después de unos cafés, el potencial novio la invitó a su casa. Y, a pesar de su insistencia, mi amiga le dejó bien clarito que no pensaba acostarse con él en la primera cita. Tras intentar convencerla un poco más en vano, el pretendiente se avino a sus condiciones. Al dia siguiente, en la segunda cita, le confesó que se alegraba de que no hubiera querido acostarse con él. Que cuando una mujer cedía en la primera cita a sus proposiciones, perdia todo el interés y el respeto que sentía por ella. Incomprensiblemente para mí, ella no sólo no le mandó a paseo en ese mismo momento tras recomendarle que se metiera sus pruebas de virtud por el culo, sino que se felicitó a si misma por haber tenido el buen juicio de no irse a la cama con él, lo que habría echado al traste la relación.
Después de cinco meses de peleas, desplantes y humillaciones psicológicas, sin embargo, se arrepentía de no haber sucumbido a la tentación esa primera noche. Al fin y al cabo, descubrir y perder de vista a un cabrón a tiempo bien vale un polvo.
Y, a continuación, unos minutos musicales...
How does it feel babe
To taste sweet revenge
Do you want me on my knees
How does it feel babe
To let me feel your strength
Don’t be cruel, can’t you see
If you don’t catch me now
I can’t stop falling down
Just one more night and the devil’s got my soul
I need your love babe don’t tell me no way
Babe I miss you so much more than words can say
How does it feel babe
To kill our destiny
I swear I’m not gonna crawl oh no
How does it feel babe
To make a fool out of me
How can you be so cold
If you don’t catch me now
I can’t stop falling down
Just one more night and the devil’s got my soul
I need your love babe don’t treat me this way
Ooh I miss you, I miss you
Baby our love’s got what it takes
To give us one more chance to start once again
Baby our love will find a way
As long as we believe in love
(The Scorpions, Believe in love)
To taste sweet revenge
Do you want me on my knees
How does it feel babe
To let me feel your strength
Don’t be cruel, can’t you see
If you don’t catch me now
I can’t stop falling down
Just one more night and the devil’s got my soul
I need your love babe don’t tell me no way
Babe I miss you so much more than words can say
How does it feel babe
To kill our destiny
I swear I’m not gonna crawl oh no
How does it feel babe
To make a fool out of me
How can you be so cold
If you don’t catch me now
I can’t stop falling down
Just one more night and the devil’s got my soul
I need your love babe don’t treat me this way
Ooh I miss you, I miss you
Baby our love’s got what it takes
To give us one more chance to start once again
Baby our love will find a way
As long as we believe in love
(The Scorpions, Believe in love)
Cine, pop y masoquismo sentimental
"Hay quien se preocupa, y mucho, de que los niños pequeños jueguen con armas de fuego, de que los adolescentes vean videos en los que la violencia es moneda corriente; nos da miedo que esa especie de cultura de la violencia termine por tragárselos como si tal cosa. A nadie le preocupa en cambio que los niños escuchen miles, literalmente miles de canciones que tratan siempre de corazones destrozados, de rechazos y abandonos, de dolor, tristeza, pérdida. Las personas más desgraciadas que yo he conocido, románticamente hablando, son las que tienen un desarrollado gusto por la música pop. Y no sé si la música pop es la causante de esa infelicidad, pero sí tengo muy claro que han escuchado esas canciones infelices desde hace más tiempo del que llevan viviendo una vida más o menos infeliz. Así de claro".
(Alta Fidelidad. Nick Hornby)
Este fragmento de la novela de Nick Hornby -que también recoge Stephen Frears en su adaptación al cine, una de esas películas basadas en un libro que consiguen que el espíritu con el que fue escrito siga siendo reconocible-, siempre me ha hecho pensar, plantearme qué idea del amor nos formamos a partir de la música que escuchamos, los libros que leemos o las películas que vemos. He oído decir infinidad de veces que la gente -sobre todo las mujeres- tiene una visión idealizada del amor por culpa de los cuentos de hadas sobre príncipes azules y las comedias románticas. Y sin embargo, si me baso en los casos que conozco, la cosa funciona más bien al revés. Por lo general, la ingesta masiva de historias de amor, ya sea en versión escrita, audiovisual o musical, es la que hace que nos vaya la marcha, románticamente hablando.
Y es que en toda historia de amor que se precie, cuando todo va bien, y el chico y la chica están juntos y felices, y no hay malentendidos ni obstáculos, aparece la palabra fin. El meollo del asunto, el hilo argumental, está siempre plagado de dificultades, desencuentros, malentendidos, celos, discusiones. Y eso es lo que engancha de la historia, la familia que se opone a la relación, las diferencias irreconciliables que dan lugar a discusiones, los pretendientes que te tientan, la ex novia o la mejor amiga de él que te lo va a intentar quitar...Una película, por ejemplo, no empieza con la pareja enamorada y sin conflictos. A menos, claro está, que el tío sea Seagal, Van Damme o alguien por el estilo, sea ex agente de la CIA y unos terroristas se vayan a cargar a su amada esposa en el minuto quince para que él inicie una violenta persecución en busca de venganza.
Así que me imagino que nos acostumbramos a asociar amor y pasión con obstáculos, problemas, dificultades, angustia. Y cuando las cosas van demasiado bien, nos preocupamos, porque eso no es amor, es demasiado fácil, demasiado cómodo. Los grandes amantes se enfrentan a situaciones complicadas, tienen el mundo en contra, sus discusiones no se deben a temas tan terrenos como quién ha dejado levantada la tapa del water. Las canciones de amor hablan de corazones atormentados, no de relaciones estables. Así que saboteamos la relación, la vamos minando hasta que estalla en mil pedazos y podemos llorar por lo que teníamos y hemos perdido.
Esto me ha venido a la mente después de hablar hoy con un amigo que también está pasando por el bajón post ruptura (los abandonados solemos mantener largas conversaciones analizando nuestras historias fallidas entre nosotros, cuando nuestros amigos en situación sentimental estable se han cansado de oir día tras día los mismos lamentos y nos despachan con un "pasa de él, que hay más peces en el mar".), y que me contaba que en algunos momentos sentia que su pareja le asignado un papel de gran héroe romántico, pero que se había olvidado pasarle el guión al que debía ceñirse.
En mi caso, en teoría, estoy a salvo de esa adicción al amor atormentado, si nos fiamos por los criterios de Nick Hornby. Aunque me gusta oir de todo, me tira más el rock que el pop, así que no llevo en el subconsciente la misma sobredosis de baladas que una fan de alex ubago. Aunque, por otra parte, cuando a un rockero le da por ponerse romántico, lo hace a lo bestia, así que no sé yo lo que será peor...
(Alta Fidelidad. Nick Hornby)
Este fragmento de la novela de Nick Hornby -que también recoge Stephen Frears en su adaptación al cine, una de esas películas basadas en un libro que consiguen que el espíritu con el que fue escrito siga siendo reconocible-, siempre me ha hecho pensar, plantearme qué idea del amor nos formamos a partir de la música que escuchamos, los libros que leemos o las películas que vemos. He oído decir infinidad de veces que la gente -sobre todo las mujeres- tiene una visión idealizada del amor por culpa de los cuentos de hadas sobre príncipes azules y las comedias románticas. Y sin embargo, si me baso en los casos que conozco, la cosa funciona más bien al revés. Por lo general, la ingesta masiva de historias de amor, ya sea en versión escrita, audiovisual o musical, es la que hace que nos vaya la marcha, románticamente hablando.
Y es que en toda historia de amor que se precie, cuando todo va bien, y el chico y la chica están juntos y felices, y no hay malentendidos ni obstáculos, aparece la palabra fin. El meollo del asunto, el hilo argumental, está siempre plagado de dificultades, desencuentros, malentendidos, celos, discusiones. Y eso es lo que engancha de la historia, la familia que se opone a la relación, las diferencias irreconciliables que dan lugar a discusiones, los pretendientes que te tientan, la ex novia o la mejor amiga de él que te lo va a intentar quitar...Una película, por ejemplo, no empieza con la pareja enamorada y sin conflictos. A menos, claro está, que el tío sea Seagal, Van Damme o alguien por el estilo, sea ex agente de la CIA y unos terroristas se vayan a cargar a su amada esposa en el minuto quince para que él inicie una violenta persecución en busca de venganza.
Así que me imagino que nos acostumbramos a asociar amor y pasión con obstáculos, problemas, dificultades, angustia. Y cuando las cosas van demasiado bien, nos preocupamos, porque eso no es amor, es demasiado fácil, demasiado cómodo. Los grandes amantes se enfrentan a situaciones complicadas, tienen el mundo en contra, sus discusiones no se deben a temas tan terrenos como quién ha dejado levantada la tapa del water. Las canciones de amor hablan de corazones atormentados, no de relaciones estables. Así que saboteamos la relación, la vamos minando hasta que estalla en mil pedazos y podemos llorar por lo que teníamos y hemos perdido.
Esto me ha venido a la mente después de hablar hoy con un amigo que también está pasando por el bajón post ruptura (los abandonados solemos mantener largas conversaciones analizando nuestras historias fallidas entre nosotros, cuando nuestros amigos en situación sentimental estable se han cansado de oir día tras día los mismos lamentos y nos despachan con un "pasa de él, que hay más peces en el mar".), y que me contaba que en algunos momentos sentia que su pareja le asignado un papel de gran héroe romántico, pero que se había olvidado pasarle el guión al que debía ceñirse.
En mi caso, en teoría, estoy a salvo de esa adicción al amor atormentado, si nos fiamos por los criterios de Nick Hornby. Aunque me gusta oir de todo, me tira más el rock que el pop, así que no llevo en el subconsciente la misma sobredosis de baladas que una fan de alex ubago. Aunque, por otra parte, cuando a un rockero le da por ponerse romántico, lo hace a lo bestia, así que no sé yo lo que será peor...
Protegiendo a la infancia
Estaba yo viendo la televisón plácidamente cuando, en una pausa para la publicidad, me encuentro con el nuevo anuncio de la Gameboy. Concretamente, de la Gameboy Girls Edition, una nueva versión "sólo-para-chicas" que, hasta donde alcanzan mis conocimientos, se caracteriza por ser rosa. En el anuncio en cuestión, la maquinita de videojuegos aparece entre ilustraciones de adolescentes superideales de la muerte estilo Jordi Labanda. El convincente argumento para convencer a las niñas a comprar el aparatejo era que es "el último complemento de moda", o algo por el estilo. ¿Qué más da si te gustan los videojuegos? Lo importante es que haga juego con el bolso rosa chicle y con los calentadores de las piernas.Definitivamente, cada vez nos lo curramos más para agilipollar a las nuevas generaciones.
Me hacen gracia las cruzadas de las asociaciones en defensa del menor para prohibir series como Shin Chan, a las que acusan de ser un mal ejemplo para los inocentes pequeños, a los que inculcan una visión distorsionada y sexista de la sociedad y de la familia. Vaya por delante que a mí Shin Chan ni me gusta ni me deja de gustar: puestos a elegir una serie de animación que se ría de la sociedad actual, me quedo con los Simpson o Padre de Familia, cuyo humor me parece más adulto que el de la serie japonesa. Aún así, sospecho que lo que más molesta a las madres de esos dibujos es que después de verla, los críos las ponen en evidencia ante las visitas diciendo "mira qué trompa".
Porque, si realmente les preocupa que los niños asimilen una visión sexista y superficial del mundo, no sé cómo no se escandalizan de que, en Eurojunior (el primer festival destinado al público pederasta, como explicaba días atrás Gorkalimotxo , las niñas de nueve años salgan vestidas como se vestiría una veinteañera para ir de caza mayor por los pubs un sábado noche, cantando profundas letras sobre peluquerías y cremas hidratantes. O cómo dejan que sus hijos vean todas esas teleseries sobre institutos yankis (y últimamente no sólo yankis), donde el principal objetivo a perseguir es llegar a ser popular, trepando en una sociedad escolar tan estratificada que ríete tú del sistema indio de castas.
Los anuncios dirigidos a los niños son un reflejo de ese culto a la popularidad que les han inculcado antes: primero les meten el miedo a ser unos parias sociales, y luego les venden el remedio infalible en forma de mochila de pokémon, o prenda de marca (ya en mis tiempos había aquel anuncio de "Mayoral hace amigos", donde el niño nuevo era ignorado en el autobús hasta que sus compañeras se fijaban en la marca de su cazadora), o maquinita de videojuegos de color rosa.
Me imagino que debe ser duro ser padre hoy en día, y tener que decidir si conviertes a tu hijo en un consumista superficial a base de comprarle todo lo que sale en los anuncios "porque lo tienen todos mis amigos" (sí, esa frase también la usaba yo de pequeña), o intentas convertirlo en un ser pensante y lo condenas a pasar su vida escolar en la más completa marginación.
Aún así, si yo tuviera una hija y me pidiera de regalo una Game Boy, más le valdría que fuera porque realmente le gustan los videojuegos. Si lo que quiere es algo rosa para lucir en la mano, que se lleve un petit suisse.
Me hacen gracia las cruzadas de las asociaciones en defensa del menor para prohibir series como Shin Chan, a las que acusan de ser un mal ejemplo para los inocentes pequeños, a los que inculcan una visión distorsionada y sexista de la sociedad y de la familia. Vaya por delante que a mí Shin Chan ni me gusta ni me deja de gustar: puestos a elegir una serie de animación que se ría de la sociedad actual, me quedo con los Simpson o Padre de Familia, cuyo humor me parece más adulto que el de la serie japonesa. Aún así, sospecho que lo que más molesta a las madres de esos dibujos es que después de verla, los críos las ponen en evidencia ante las visitas diciendo "mira qué trompa".
Porque, si realmente les preocupa que los niños asimilen una visión sexista y superficial del mundo, no sé cómo no se escandalizan de que, en Eurojunior (el primer festival destinado al público pederasta, como explicaba días atrás Gorkalimotxo , las niñas de nueve años salgan vestidas como se vestiría una veinteañera para ir de caza mayor por los pubs un sábado noche, cantando profundas letras sobre peluquerías y cremas hidratantes. O cómo dejan que sus hijos vean todas esas teleseries sobre institutos yankis (y últimamente no sólo yankis), donde el principal objetivo a perseguir es llegar a ser popular, trepando en una sociedad escolar tan estratificada que ríete tú del sistema indio de castas.
Los anuncios dirigidos a los niños son un reflejo de ese culto a la popularidad que les han inculcado antes: primero les meten el miedo a ser unos parias sociales, y luego les venden el remedio infalible en forma de mochila de pokémon, o prenda de marca (ya en mis tiempos había aquel anuncio de "Mayoral hace amigos", donde el niño nuevo era ignorado en el autobús hasta que sus compañeras se fijaban en la marca de su cazadora), o maquinita de videojuegos de color rosa.
Me imagino que debe ser duro ser padre hoy en día, y tener que decidir si conviertes a tu hijo en un consumista superficial a base de comprarle todo lo que sale en los anuncios "porque lo tienen todos mis amigos" (sí, esa frase también la usaba yo de pequeña), o intentas convertirlo en un ser pensante y lo condenas a pasar su vida escolar en la más completa marginación.
Aún así, si yo tuviera una hija y me pidiera de regalo una Game Boy, más le valdría que fuera porque realmente le gustan los videojuegos. Si lo que quiere es algo rosa para lucir en la mano, que se lleve un petit suisse.
Envidia
Por lo general, cuando uno se pone a reconocer sus defectos en voz alta, suele mencionar los políticamente correctos. Y es que hay fallos de la personalidad que hasta queda bien reconocer, porque en cierto modo son cualidades encubiertas por falsa modestia. Y así decimos aquello de "yo es que soy demasiado sincero, no sé mentir", el "tengo un carácter demasiado fuerte", o mi favorito de todos, aquel de : "mi defecto es que soy demasiado bueno". En cambio, hay otros fallos de la personalidad que nadie está dispuesto a reconocer en uno mismo, aunque los diagnostique al prójimo de una sola ojeada. Por ejemplo, la envidia.
Y es que no nos gusta nada, pero nada, admitir que de cuando en cuando tenemos envidia. Sí reconocemos la envidia sana (sí, esa de cuando le dices a tu amiga: ¡haaaala, tía, qué envidiaa, vaya ramo de flores que te han regalao!). Pero nos resulta más embarazoso admitirla cuando es de la otra, de la amarga, cuando los logros de los demás nos hacen enfrentarnos a nuestras carencias y nos producen angustia. Supongo que es porque nos sentimos culpables, y que eso es algo típicamente femenino. Quiero decir, que cuando un hombre critica a otro, o le quita mérito a sus logros, es porque ellos son competitivos. Pero si es una mujer la que lo hace, es porque somos un atajo de envidiosas. Y conste que no les echo la culpa sólo a ellos, porque nosotras mismas caemos en ese juego con mucha facilidad: y cuando otra persona nos critica, o se muestra hostil con nosotras, lo primero que pensamos es "lo que pasa es que me tiene una envidia que no se puede con ella, la amargada esa...".
¿Realmente tiene tanto peso la envidia en nuestra opinión de los demás? ¿No podemos sufrir un ramalazo de envidia hacia alguien y, a pesar de ello, no perder la perspectiva, seguir simpatizando con esa persona?Y, sobre todo, ¿de verdad pensamos que toda la gente que no simpatiza con nosotros lo hace porque nos envidia?
Hay muchas ocasiones, efectivamente, en que esa es la causa e la hostilidad, pero admitámoslo: también sucede a veces que, si una persona no quiere ser amiguita nuestra, es simplemente porque no le caemos bien, nuestro carácter no congenia con el suyo, le parecemos sosos, o pesados, o hipócritas, o entrometidos, o presuntuosos, o poco interesantes. Es totalmente imposible caerle bien a toodo el mundo, no tenemos que angustiarnos porque a alguna persona le parezcamos un coñazo, ni escudarnos en la idea de que el problema es de la otra persona, que está amargada. No siempre tiene que haber un problema: hay gente que nos despierta simpatía instantánea, y gente con la que enseguida queda claro que no nos vamos a entender. Si a nosotros nos pasa, que alguna gente nos cae mal, ¿por qué no puede suceder que nosotros le caigamos mal a alguna gente?
Y es que no nos gusta nada, pero nada, admitir que de cuando en cuando tenemos envidia. Sí reconocemos la envidia sana (sí, esa de cuando le dices a tu amiga: ¡haaaala, tía, qué envidiaa, vaya ramo de flores que te han regalao!). Pero nos resulta más embarazoso admitirla cuando es de la otra, de la amarga, cuando los logros de los demás nos hacen enfrentarnos a nuestras carencias y nos producen angustia. Supongo que es porque nos sentimos culpables, y que eso es algo típicamente femenino. Quiero decir, que cuando un hombre critica a otro, o le quita mérito a sus logros, es porque ellos son competitivos. Pero si es una mujer la que lo hace, es porque somos un atajo de envidiosas. Y conste que no les echo la culpa sólo a ellos, porque nosotras mismas caemos en ese juego con mucha facilidad: y cuando otra persona nos critica, o se muestra hostil con nosotras, lo primero que pensamos es "lo que pasa es que me tiene una envidia que no se puede con ella, la amargada esa...".
¿Realmente tiene tanto peso la envidia en nuestra opinión de los demás? ¿No podemos sufrir un ramalazo de envidia hacia alguien y, a pesar de ello, no perder la perspectiva, seguir simpatizando con esa persona?Y, sobre todo, ¿de verdad pensamos que toda la gente que no simpatiza con nosotros lo hace porque nos envidia?
Hay muchas ocasiones, efectivamente, en que esa es la causa e la hostilidad, pero admitámoslo: también sucede a veces que, si una persona no quiere ser amiguita nuestra, es simplemente porque no le caemos bien, nuestro carácter no congenia con el suyo, le parecemos sosos, o pesados, o hipócritas, o entrometidos, o presuntuosos, o poco interesantes. Es totalmente imposible caerle bien a toodo el mundo, no tenemos que angustiarnos porque a alguna persona le parezcamos un coñazo, ni escudarnos en la idea de que el problema es de la otra persona, que está amargada. No siempre tiene que haber un problema: hay gente que nos despierta simpatía instantánea, y gente con la que enseguida queda claro que no nos vamos a entender. Si a nosotros nos pasa, que alguna gente nos cae mal, ¿por qué no puede suceder que nosotros le caigamos mal a alguna gente?





