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No soy de piedra
Hasta el más cuerdo tiene su lado oculto...
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El contenido de este blog está basado en su mayoría en hechos reales. Algunos nombres (comenzando por el de la autora) o lugares pueden haberse cambiado para proteger la intimidad de la que se escribe o de las personas aquí mencionadas (que podrían molestarse -o cobrarme derechos de autor-si por casualidad vieran fragmentos de su vida aireados en la red). Y es que Internet es un pañuelo...
Sindicación
 
Adolescencia tardía
Durante mi primer año de universidad, me encoñé como una treceañera por un compañero de clase. Y digo como una treceañera, porque mi forma de encarar la situación era más propia de la preadolescente de colegio de monjas educada entre niñas que había sido hasta poco tiempo atrás, que de una mujer que ya hubiera alcanzado la mayoría de edad, y a la que el Estado considera con capacidad suficiente para elegir a sus representantes políticos, contraer matrimonio y consumir drogas legales. Me consuela pensar que psicólogos y sociólogos opinan que la adolescencia se está prolongando, para poder echarle la culpa a la sociedad occidental contemporánea, y no a mis pocas luces, de lo inmensamente pardilla que era (lo sigo siendo, pero ahora tengo más mundo y lo disimulo algo mejor). Sólo es una excusa, pero el que no se consuela es porque no quiere.

El caso es que el objeto de mis desvelos nunca me hizo el menor caso, más allá de las típicas conversaciones esperables entre dos compañeros de clase: apuntes, exámenes, y alguna charla amistosa cuando nos encontrábamos de bares los fines de semana. Para charlas más íntimas, solía preferir la compañía de otras compañeras, más rubias, más altas y más delgadas, de ésas amantes de los animales (con el polo del cocodrilo, el bolso de "El caballo"...) que llegaban a aquellas prácticas de los lunes a las ocho de la mañana con el pelo alisado con secador, perfectamente maquilladas, con las botas a juego con el bolso y el gorro a juego con la bufanda.

Una de mis amigas, harta de ver cómo mi cara se tornaba roja cual bombilla de puticlub cada vez que me pedía los apuntes (lo que en algún momento de supremo optimismo llegué a ver como un síntoma de interés, ya que mi letra era, probablemente, la más ilegible de la facultad), y de que me pasara las noches de los sábados controlando su posible aparición en los bares que frecuentábamos (girando el cu ello como la mismísima niña del exorcista para controlar cualquier rincón del local), llegó a decirme en alguna ocasión que me convendría bajar el listón, que con ese chico no tenía nada que hacer. Un bienintencionado ejercicio de sinceridad pura y dura, con el que lo único que consiguió es que me obstinara en perseguir el mismo objetivo, aunque fuera sólo para demostrar que yo no era menos que ninguna otra por no usar una talla 36, ni medir metro setenta, ni usar bolsos de veinte mil pesetas. Una insólita reafirmación de la autoestima, totalmente impropia de la acomplejada total y absoluta que yo era.

Lástima que tanta determinación en el plano teórico no tuviera su corresponencia en la práctica. Con dieciocho añitos, ya lo he dicho, yo era una completa pardilla, y no tenía la picardía de coquetear con él, de despertar su curiosidad para que se planteara que había otros mundos por descubrir más allá de las niñas bien con las que siempre se había relacionado siempre, ni los ovarios de plantarme delante de él para soltarle que me tenía loquita, y que si se daba la oportunidad de conocerme, a lo mejor acababa sintiendo lo mismo, como la protagonista de "Lucía y el Sexo". Seguí haciéndome la encontradiza, buscando excusas tontas para hablar con él, poniéndome colorada y buscando señales de avance en cualquier atención que tuviera conmigo.

Al final, mi cuelgue se fue atenuando a medida que aprendía a coquetear (un poco, nunca se me ha dado especialmente bien) con otros chicos, y establecí relaciones más reales. Más accesibles, como diría mi amiga. Y aún así, creo que en eso yo tenía razón, y no ella, y no se trata de que haya bajado el listón.

Viéndolo con la perspectiva del tiempo, comprendo que, si por alguna carambola del destino, aquel chico me hubiera hecho caso, lo más seguro sería que acabara perdiendo el interés por él. Nuestros gustos, intereses, aficiones, ideologías políticas, expectativas de la vida, círculos de amistades y sentido del humor eran demasiado distintos, y probablemente, una vez disipada la emoción por haber conseguido mi objetivo, me daría cuenta de que no tenía nada de lo que hablar con él. De hecho, cuando pasado un tiempo se me fue pasando el cuelgue, me costó entender qué había visto en él: porque era guapo, pero había otros más guapos. Y era simpático, pero no especialmente ingenioso. Y siempre charlamos cordialmente, pero no se me pasaba el tiempo volando hablando con él, como me ha pasado con otros chicos que me han gustado antes y después de él.

Me imagino que lo que pasó fue que confundí amor con deseo, y se alargó porque el mejor aliciente para el deseo es obstaculizar su realización. O que yo tenía ganas de enamorarme , me hice un molde de lo que sería mi chico ideal e intenté hacer encajar en él a presión al primer incauto que se me cruzó en ese momento. O a lo mejor lo único que pasó fue que yo me perdí esa fase, la de las confidencias con las amigas a los catorce años, la de escribir corazones en las carpetas y preguntarte si el niño que te mola te pedirá para salir, y de emocionarte porque se ha acercado a hablar contigo en el recreo. En aquella época yo era muy insegura, y estaba llena de complejos, y pensaba que la posibilidad de que algún tío se fijara en mí era tan remota como la probabilidad de que le den el Nobel de Literatura a Corín Tellado, así que no me molestaba en ilusionarme por nadie. Supongo que por eso guardo un buen recuerdo ese primer cuelgue, tan absurdo, tan imposible y tan adolescente. Porque fue la primera vez que realmente me permití ilusionarme, y compartir confidencias, y montarme películas, y bajar mis defensas, y disfrutar de la parte divertida de esos amores platónicos que en el fondo sabes que nunca pasarán de ahí. Porque por ese chico nunca derramé una sola lágrima, pero si se sentaba junto a mí en la biblioteca ya estaba feliz para el resto del día.

Ahora lo recuerdo, y leo lo que escribía en aquella época, y me muero de la vergüenza por lo tonta que podía llegar a ser. Pero, ¿no habría sido una pena renunciar a vivir esa fase ?

"Cuando te enamoras apasionadamente, siempre entregas como regalo toda tu inteligencia" (Rosa Montero)
 
Comentario:
La verdad es que la letra es bastante pequeña, pero como no domino mucho de esto pillé la plantilla tal cual y no me metí a reconfigurar nada...además, como yo la leía bien no me preocupé demasiado. Pero bueno, si os quedais cegatos intentando leer avisadme, que miraré de ampliarla un poquito ;-)besos a todos!
 
Comentario:
Vengo de rebote y entro a leerte, espero no ofenderte pero la letra no es muy pequeña? o soy yo que ya tamos perdiendo...un saludo o beso lo que quieras
 
Comentario:
A mí me pasó lo mismo que a ti pero cuando tenía 14-15 años. Ahora cuando pienso en aquello incluso me doy cuenta de que aquel chico no me convenía en absoluto y me alegro de que no me hiciera caso entonces.
 
Comentario:
Son la leche estos enamoramientos que nos vuelven tontas ¿eh? y es que yo creo que por mucho mundo y mucha experiencia que tengamos con el sexo opuesto y en el arte del ligue, siempre va a venir alguno que nos haga sentir cómo si tuviésemos trece años y acabáramos de aterrizar en el planeta tierra.

Está bien que sea así ¿no? porque si no sería muy triste, sería muy triste eso de no volver a sentirnos torpes o inseguras ante un chico a partir de cierta edad.

A mí me parecería triste no volver a tartamudear ni a ponerme roja cuando me guste un chico; saber que no voy a volver a dislocarme el cuello en los pubs tratando de verle aparecer; saber que se acabó lo de pasar mil veces por delante del mismo sitio para cuando él pase decir "joer qué casualidad!" en fin....

Ahh!! y me quedo con la frase "el mejor aliciente para el deseo es obstaculizar su relación", define genial mis caprichos, mis cuelgues que son cuelgues hasta que me beso con ellos.

Buenos días Cora, no te olvides hoy tampoco de sonreir ¿eh? :-)
 
Comentario:
me hace gracia, me parece muy divertido ver cómo después de tantos años, algunos volvemos atrás en el tiempo, en nuestros sentimientos... volvemos a ser inseguros, inmaduros.
ultimamente me ocurre constantemente que mi cara demuestra mis sentimientos, mis vergüenzas, mis miedos. me pongo rojo!!!! y me encanta ponerme rojo poruqe me puedo reír.
No