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No soy de piedra
Hasta el más cuerdo tiene su lado oculto...
Acerca de
El contenido de este blog está basado en su mayoría en hechos reales. Algunos nombres (comenzando por el de la autora) o lugares pueden haberse cambiado para proteger la intimidad de la que se escribe o de las personas aquí mencionadas (que podrían molestarse -o cobrarme derechos de autor-si por casualidad vieran fragmentos de su vida aireados en la red). Y es que Internet es un pañuelo...
Sindicación
 
Regreso a la sanas costumbres
He vuelto a apuntarme en el gimnasio. No soy una persona especialmente apasionada por el deporte, ni me obsesiona el culto al cuerpo, pero en la tómbola de la genética no he tenido mucha suerte, y no he heredado uno de esos metabolismos capaces de quemar mágicamente desorbitadas cantidades de calorías. De hecho, yo tenía una amiga, apuntada al mismo gimnasio, que tenía esa suerte. Y se permitía el lujo de comprarse donetes y cañas de chocolate que devoraba con fruición en la misma sala de máquinas del gimnasio, mientras explicaba al resto de los presentes (es decir, quienes sudábamos y jadeábamos al borde del colapso sobre las bicicletas estáticas y las cintas andadoras) que ella, comiera lo que comiera, nunca engordaba, y que de hecho si hacía ejercicio era para definir un poco los músculos. Ya no somos amigas, y aunque ese no es el motivo principal, me imagino que de algún modo influyó.

El caso es que, tras varios meses alejada de las buenas costumbres, últimamente por falta de tiempo y antes por falta de ganas, vuelvo al redil, para intentar paliar los efectos de tantas comidas basura engullidas en quince minutos cuando el trabajo no me permitía comer en casa-ni en ningún restaurante donde cerraran cocinas antes de las tres y media de la tarde-, y de algún que otro hartón a chocolate para superar la ansiedad laboral primero, y el fracaso sentimental (con la subsiguiente carestía sexual) más adelante.

De todas formas, no sé cuanto tiempo tardará mi voluntad en flaquear esta vez, porque, ya lo he dicho, el ejercicio en sí mismo no me motiva. Y eso que hubo un tiempo en el que yo era la clienta más fiel, la alumna más motivada, el ojito derecho de la monitora de aerobic. Naturalmente, mi supuesta pasión por el deporte era en realidad pasión por un deportista: otro socio con el que tuve una historia que duró más bien poco, y, cuya clase de taekwondo empezaba al terminar mi clase de aerobic. No llegué a apuntarme a su clase, aunque sí a pasarme una hora extra en la bicicleta estática para coincidir con él a la salida. No conseguí recuperarle, pero ha sido la única época de mi vida en la que era capaz de subir a un sexto piso por las escaleras o correr dos manzanas tras el autobús sin llegar jadeando.
No