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No soy de piedra
Hasta el más cuerdo tiene su lado oculto...
Acerca de
El contenido de este blog está basado en su mayoría en hechos reales. Algunos nombres (comenzando por el de la autora) o lugares pueden haberse cambiado para proteger la intimidad de la que se escribe o de las personas aquí mencionadas (que podrían molestarse -o cobrarme derechos de autor-si por casualidad vieran fragmentos de su vida aireados en la red). Y es que Internet es un pañuelo...
Sindicación
 
La disco no es para mí
Acabo de perder un post kilométrico en el que narraba mi noche de ayer, que discurrió en su mayoría en una discoteca que, sobre todo a última hora, reúne a todo el pijerío de esta ciudad, que no es poco. Aunque no está en mi ruta habitual, he ido en varias ocasiones, puesto que al sector masculino soltero del grupo con el que solía salir tenía una marcada preferencia por el patrón femenino más abundante en el local: esas niñas de entre dieciocho y veintipocos, altas, menuditas, muy fashion, que generalmente son rubias con mechas, o en su defecto se han teñido de negro azabache y lucen un intenso moreno de solarium. De todas formas, nunca se atrevían a abordarlas: se conformaban con recrearse la vista mientras ellas tonteaban con algún ejemplar del patrón masculino por el que sentían una marcada preferencia: tipos altos, de cuerpo atlético, vestidos con americana, camisa y pantalón de vestir, generalmente engominados, con un master en finanzas y un audi aparcado en la puerta.

Ayer, en cambio, no acabé allí para acompañar a ningún amigo a ligar, o a ver cómo ligan las chicas a las que ellos querrían ligarse. Una amiga mía había venido a la ciudad, invitada por otra amiga suya que, cosas de la vida, está emparentada con los dueños de la discoteca en cuestión. Así que allá acabamos, hay que barrer para casa, ya se sabe.

La entrada triunfal en la discoteca no dejó de ser una experiencia. En condiciones normales, entrar allí implica para mí y para la gente con la que me relaciono una larga cola para llegar ante el portero de turno que nos examinará de arriba abajo para decidir si somos dignos de acceder a tan selecto local, o si hay algún aspecto de nuestro físico o nuestra indumentaria-unos kilos de más, unas zapatillas deportivas- que nos convierte en desechos sociales, indignos de pisar el mismo suelo, bailar en la misma pista y pedir copas en la misma barra que las esbeltas rubias y los engominados estudiantes de MBA. Si son indulgentes y nos dan el visto bueno, ya sólo queda pagar seis eurillos de nada por la entrada, eso sí, con derecho a una consumición del mejor garrafón nacional.

En esta ocasión, la cosa fue muy distinta: pasamos por delante de la larguísima cola y entramos directamente por la otra puerta, ante las narices de un portero que ni cuestionó nuestra imagen ni nos hizo pagar ni un céntimo. Aquello fue lo mejor de la noche, y no porque suponga para mí un orgullo que me den trato preferente, sino porque llevaba desde que salimos del último bar aguantando las ganas de ir al baño, y no estoy muy segura de que hubiera soportado los veinte minutos aproximados de cola en la calle (más los quince de rigor en la puerta del baño, ¿o alguien ha sido capaz jamás de entrar a la primera en el baño de mujeres de una discoteca?).

La música (pachangeo petardo, en plan Rafaella Carrá y similares) no era precisamente mi favorita, y la pista estaba tan abarrotada que más que bailar, me movía para evitar los empujones de la gente y las culadas que me pegaba el tío que tenía a mi espalda (en estricto cumplimiento de la ley de Murphy, siempre, siempre, siempre que he ido a algún local de este tipo, me ha tocado situarme espalda con espalda con uno de esos bailarines entusiastas que opinan que el hecho de no contar ni con treinta centímetros de espacio personal no es obstáculo para demostrar tu habilidad como coreógrafo al son de "Para hacer bien el amor hay que venir al sur"). No me lo pasé del todo mal, pero no pude evitar echar de menos mis bares favoritos, en los que suenan las canciones que más me gustan, y la entrada es libre, y el garrafón sale más económico.
 
Comentario:
Me encantan tus post. No contesto a todos, pero te estoy leyendo de cabo a rabo porque me haces mucha gracia (dices ciertas verdades que a mi también se me pasan por la cabeza).

Ah, yo sí que tuve la suerte de pasar al baño en una discoteca a la primera, sin esperar cola... pero es que me metí en el baño de los chicos... (es un secreto, jajaja).

Ánimo con tu blog, continua así.
 
Comentario:
A mí me pasa lo mismo que a Choi, al ser bajita me empujan, me pisan, y lo peor de todo es cuando alguien derrama el contenido de la copa y me ducha en whisky...luego la gente se piensa que estoy borracha perdida por ir apestando a alcohol!
 
Comentario:
jajaja me he reido un buen rato!!
volvere x aki!!
 
Comentario:
yo odio las discos y los sitios con muxa peña, más q na xq soy muy peke y me pisan!!! aysss malditos todos!! jeje
saluditos de CHOI,q está hoy dandose un apseo x los blog q más le gustan!!
No