La otra Memoria Histórica
Otra Memoria Histórica
A pesar de mi particular escepticismo en estos asuntos, nunca he creído en el valor real de esas disculpas, tan de moda, por “hazañas” de generaciones anteriores, he de admitir que es de justicia reconocer los perjuicios y daños causados a muchos españoles desde la guerra civil hasta la Transición.
Mis recuerdos de la época franquista son escasos , tenía quince años el día que murió Franco, y proceden fundamentalmente de lo que me han contado mis familiares. Por eso hay un componente alto de subjetividad, el mismo o parecido al que poseen la mayoría de los que ahora proponen dicha ley, no nos engañemos. Se podría afirmar con un margen de error, creo, que muy pequeño que cada familia tuvo, como mínimo, una tragedia por cada bando.
Cuando leo o escucho las pataletas, ya cansinas, de los populares; la cabezonería machacona de los socialistas o la ignorancia supina de ERC y similares discutiendo sobre este asunto, me viene a la cabeza lo que mi padre me contó sobre la guerra, el franquismo y sus consecuencias. Su memoria histórica, en definitiva.
La guerra le cogió con dieciocho años y un montón de sueños en el horizonte, entre ellos ser maestro, como su padre -republicano igual que el abuelo de alguno- y su madre. Con este antecedente es fácil pensar que su comienzo en la guerra como soldado de la República fue algo natural; pues no, maldita la gracia que le hizo coger un fusil, aparcar la juventud e irse a pegar tiros. Mi padre fue a la guerra porque le obligaron y sirvió a la República porque le tocó. Pero la historia no acaba aquí.
Aquel estudiante del Liceo de Torrelavega, tan pacífico él, paseó por varios frentes y siempre tuvo a gala que no dio un tiro a nadie. No obstante, fue condecorado. Esto siempre le hacía esbozar una sonrisa, decía que por buscar comida. En uno de esos escarceos le hicieron prisionero los nacionales. Y otra vez la rueda de la fortuna señaló su número; le mandan a primera línea a combatir contra los rojos y así pasan los meses de conflicto hasta que en el frente de Castellón se harta de tanto odio, insensatez y violencia y a lomos de un mulo pone rumbo a Casar de Periedo, dando por terminada para él la guerra civil.
Tras finalizar unilateralmente la guerra, no pudo seguir con sus estudios ya que desaparecieron todos los documentos académicos y se vio, por enésima vez en pocos años, obligado a prestar servicios a la patria por un periodo superior a cinco años en ferrocarriles. Lo único bueno que extrajo de sus ilusiones rotas es que tan larga “mili” luego se convirtió en su forma de ganarse la vida.
A mi padre y a otros tantos que les sucedió algo similar ¿cómo les vamos a reponer los sueños rotos? ¿Cómo les vamos a devolver la juventud robada? Y a aquellos que perdieron la vida, ¿les podremos dar alguna explicación?. Seamos fríos y muy serios en estos asuntos. Porque, al final, todo esto solo sirve para estar en primera página de la prensa unos días y tras cuatro homenajes y unos ramos de rosas rojas, por supuesto, si te he visto no me acuerdo.
Como decía al principio es justo que quienes sufrieron persecución, cárcel, tortura e, incluso, la muerte... durante la dictadura tengan su tiempo, su reconocimiento y su desagravio después de cuarenta años de obligado silencio. Pero los protagonistas han de ser ellos no políticos ansiosos de salir en la foto.
A pesar de mi particular escepticismo en estos asuntos, nunca he creído en el valor real de esas disculpas, tan de moda, por “hazañas” de generaciones anteriores, he de admitir que es de justicia reconocer los perjuicios y daños causados a muchos españoles desde la guerra civil hasta la Transición.
Mis recuerdos de la época franquista son escasos , tenía quince años el día que murió Franco, y proceden fundamentalmente de lo que me han contado mis familiares. Por eso hay un componente alto de subjetividad, el mismo o parecido al que poseen la mayoría de los que ahora proponen dicha ley, no nos engañemos. Se podría afirmar con un margen de error, creo, que muy pequeño que cada familia tuvo, como mínimo, una tragedia por cada bando.
Cuando leo o escucho las pataletas, ya cansinas, de los populares; la cabezonería machacona de los socialistas o la ignorancia supina de ERC y similares discutiendo sobre este asunto, me viene a la cabeza lo que mi padre me contó sobre la guerra, el franquismo y sus consecuencias. Su memoria histórica, en definitiva.
La guerra le cogió con dieciocho años y un montón de sueños en el horizonte, entre ellos ser maestro, como su padre -republicano igual que el abuelo de alguno- y su madre. Con este antecedente es fácil pensar que su comienzo en la guerra como soldado de la República fue algo natural; pues no, maldita la gracia que le hizo coger un fusil, aparcar la juventud e irse a pegar tiros. Mi padre fue a la guerra porque le obligaron y sirvió a la República porque le tocó. Pero la historia no acaba aquí.
Aquel estudiante del Liceo de Torrelavega, tan pacífico él, paseó por varios frentes y siempre tuvo a gala que no dio un tiro a nadie. No obstante, fue condecorado. Esto siempre le hacía esbozar una sonrisa, decía que por buscar comida. En uno de esos escarceos le hicieron prisionero los nacionales. Y otra vez la rueda de la fortuna señaló su número; le mandan a primera línea a combatir contra los rojos y así pasan los meses de conflicto hasta que en el frente de Castellón se harta de tanto odio, insensatez y violencia y a lomos de un mulo pone rumbo a Casar de Periedo, dando por terminada para él la guerra civil.
Tras finalizar unilateralmente la guerra, no pudo seguir con sus estudios ya que desaparecieron todos los documentos académicos y se vio, por enésima vez en pocos años, obligado a prestar servicios a la patria por un periodo superior a cinco años en ferrocarriles. Lo único bueno que extrajo de sus ilusiones rotas es que tan larga “mili” luego se convirtió en su forma de ganarse la vida.
A mi padre y a otros tantos que les sucedió algo similar ¿cómo les vamos a reponer los sueños rotos? ¿Cómo les vamos a devolver la juventud robada? Y a aquellos que perdieron la vida, ¿les podremos dar alguna explicación?. Seamos fríos y muy serios en estos asuntos. Porque, al final, todo esto solo sirve para estar en primera página de la prensa unos días y tras cuatro homenajes y unos ramos de rosas rojas, por supuesto, si te he visto no me acuerdo.
Como decía al principio es justo que quienes sufrieron persecución, cárcel, tortura e, incluso, la muerte... durante la dictadura tengan su tiempo, su reconocimiento y su desagravio después de cuarenta años de obligado silencio. Pero los protagonistas han de ser ellos no políticos ansiosos de salir en la foto.
Cantabria no es nación
Si hace un par de meses desempolvé en estas páginas el slogan que decía :“Cantabria es región sin Castilla y León” con absoluto convencimiento, hoy afirmo con igual certeza que Cantabria no es una nación como desde algunos estamentos, asociaciones y partidos se pretende hacer ver.
Ahora bien, si definir Cantabria, en un futuro estatuto, como realidad nacional o nacionalidad va a suponer una mejora en las condiciones económicas, sociales y de infraestructuras que a nadie le quepa la menor duda de que defenderé esta terminología con uñas y dientes. No obstante, la experiencia diaria me indica que tales palabras sólo forman parte de un juego político y gramatical, que sirve para ocultar la gran verdad de los nacionalismos que es obtener el control de un territorio, habitantes incluidos, para conseguir la máxima rentabilidad de su chantaje al Estado y, en la medida de lo posible, beneficiar a empresas “colaboradoras” y personal afín a su causa, prescindiendo de cualquier sentimiento de solidaridad entre los diferentes territorios y regiones.
Entiendo el amor a la tierra en la que hemos nacido, comprendo la atracción que este bello lugar ejerce sobre nuestros sentidos y comparto el deseo de prosperidad para nuestro pueblo pero todo ello es insuficiente para concebir como una nación este resto del Paraíso en el que vivimos. La dura realidad nos indica que seríamos incapaces de soportar el peso de la autosuficiencia necesaria para llevar a buen término un proyecto de tal embergadura. Un solo ejemplo nos ilustra y da qué pensar sobre tan desorbitada pretensión: la población activa cántabra no genera el suficiente dinero para hacer frente a las pensiones y prestaciones sociales que en la actualidad se pagan en la Comunidad Autónoma. Por no hablar de los problemas que surgirían en el suministro y precio de electricidad, gas, carburantes y teléfono; la involución de la educación y la sanidad; la pérdida de oportunidades para nuestros jóvenes; la presión fiscal que sufriría el ciudadano cántabro para equilibrar el presupuesto; etc,etc... ¿Esta es la nación que queremos para nosotros y, sobre todo, para nuestros hijos?
La respuesta obvia es un rotundo no. Alguno dirá, como ya lo han hecho, “se crea un paraíso fiscal y ya está. ¡Mira Mónaco!”. Mis limitados conocimientos económicos y del mundo financiero me dicen que para atraer inversiones, depósitos de dinero y domicilios fiscales hay que poner encima de la mesa seguridad, solvencia y, además, garantías. Con todos los respetos no creo que las tudancas o los sobaos pasiegos den más aval que los lingotes de oro y la tradición de un Estado.
En esta, para mí, concepción errónea de Cantabria ya no se puede llegar más lejos en el afán de superación del absurdo cuando se afirma la existencia de un lenguaje cántabro: “el Cantabru” con un par. Un lenguaje que se define como “variedad del diasistema asturleonés”, por tanto se equipara al bable;. Uno en su ignorancia, hijo del BUP, siempre entendió que el bable era un dialecto, es decir, una variante local o regional de un idioma, por supuesto, mucho más extenso. Y ahora a mis cuarenta y seis años me cuentan que no, que el bable (asturleonés) es un idioma y de ese tronco lingüístico surge el Cantabru para gloria de nuestro pueblo. A mí que me perdonen pero lo que he leído en este “idioma” es una trascripción de la fonética al papel acompañando cada palabra con una u al final. Una pena. Todos sabemos y reconocemos que en cada región, valle o pueblo hay modismos locales, giros especiales y todos estamos de acuerdo en que se deben conservar y publicar para el enriquecimiento de la lengua pero de ahí a crear un idioma absolutamente artificial hay un mundo y un riesgo serio de caer en la ignorancia y en el embrutecimiento. Yo por mi parte prefiero aprender inglés, francés o ruso y espero que mis hijos y los suyos sean de la misma opinión. Repito, debemos conservar cuantas peculiaridades lingüísticas se den en Cantabria sin perder el norte, la realidad; y esta es que sin hablar uno o dos idiomas, en unos años y como consecuencia de la globalización, no se va a poder ir a ningún sitio.
En este ya cansino zarandeo a Cantabria la última al protagoniza un exconsejero del Gobierno Regional, el señor Arozamena, pidiendo la cooficialidad del pendón castellano o similar, que ya no se sabe, junto a la bandera de Cantabria. ¿Nos hemos vuelto locos?. Porque de ser así pido que también se incluya la bandera Olímpica y la de los Boys Scouts en todos balcones de los edificios oficiales añadiendo, por supuesto, unos farolillos de la feria de Abril por aquello de las cadenas de Sevilla. Esto ya me lo tomo a broma espero sufrido lector que sepa comprenderlo.
Lo único cierto y entiendo que es difícil porque supone una exigencia personal que nunca será reconocida, una renuncia expresa a viajar en el carro para pasar a tirar de él. Decía que lo único cierto es que ha llegado el momento de dejarnos de historias y de cuentos, ha llegado el momento de ponernos manos a la obra y a trabajar. Si cada cántabro en su puesto es capaz de mejorar día a día, si cada cántabro que pueda aportar algo a su región lo hace, si cada cual somos verdaderamente responsables de nuestras tareas, si nos comprometemos con el futuro de esta tierra podremos afirmar que Cantabria será la mejor región de Europa, el mejor lugar para. Poco importa que se llame nación, nacionalidad o región si entre todos llegamos a las cotas más altas de progreso y de bienestar.





