Meter el diablo en el infierno
En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién le enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:
-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.
Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.
Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:
-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:
-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?
-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.
Entonces dijo la joven:
-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.
Dijo Rústico:
-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.
Dijo Alibech:
-¿El qué?
Rústico le dijo:
-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.
La joven, de buena fe, repuso:
-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.
Dijo entonces Rústico:
-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.
Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:
-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.
Dijo Rústico:
-Hija, no sucederá siempre así.
Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:
-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.
Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:
-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.
Haciendo lo cual, decía alguna vez:
-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.
Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:
-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.
Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:
-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.
Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:
-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:
-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.
Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.
FIN
Giovanni Boccaccio
-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.
Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.
Y probando primero con ciertas preguntas que no había nunca conocido a hombre averiguó, y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor lo había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:
-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:
-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?
-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.
Entonces dijo la joven:
-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.
Dijo Rústico:
-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.
Dijo Alibech:
-¿El qué?
Rústico le dijo:
-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.
La joven, de buena fe, repuso:
-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.
Dijo entonces Rústico:
-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.
Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:
-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.
Dijo Rústico:
-Hija, no sucederá siempre así.
Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo. Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:
-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.
Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:
-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.
Haciendo lo cual, decía alguna vez:
-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.
Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:
-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.
Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:
-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.
Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa Alibech de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron:
-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven, entre palabras y gestos, se los mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:
-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.
Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.
FIN
Giovanni Boccaccio
COMPARTIENDO LA LUZ
Hu-Song, filosofo de Oriente, contó a sus discípulos la siguiente historia:
Varios hombres habían quedado encerrados, por error, en una oscura caverna, donde no podían ver casi nada.
Pasó algún tiempo... y uno de ellos logró encender una pequeña tea.
Pero la luz que daba era tan escasa que aun así no se podía ver nada.
Al hombre, sin embargo, se le ocurrió que con su luz podía ayudar a que cada uno de los demás prendieran su propia tea, y así, compartiendo la llama con todos, la caverna se iluminó.
Uno de los discípulos preguntó a Hu-Song: ¿Qué nos enseña, maestro, este relato?
Y Hu-Song contestó:
Nos enseña que nuestra luz sigue siendo oscuridad si no la compartimos con el prójimo.
Y también nos dice que el compartir nuestra luz no la desvanece, sino que, por el contrario, la hace crecer.
Varios hombres habían quedado encerrados, por error, en una oscura caverna, donde no podían ver casi nada.
Pasó algún tiempo... y uno de ellos logró encender una pequeña tea.
Pero la luz que daba era tan escasa que aun así no se podía ver nada.
Al hombre, sin embargo, se le ocurrió que con su luz podía ayudar a que cada uno de los demás prendieran su propia tea, y así, compartiendo la llama con todos, la caverna se iluminó.
Uno de los discípulos preguntó a Hu-Song: ¿Qué nos enseña, maestro, este relato?
Y Hu-Song contestó:
Nos enseña que nuestra luz sigue siendo oscuridad si no la compartimos con el prójimo.
Y también nos dice que el compartir nuestra luz no la desvanece, sino que, por el contrario, la hace crecer.
Los hombres Huecos
"Los hombres Huecos". T.S. Eliot. Este poema nos trae a la mesa el vacío y el tránsito del hombre por el mundo sin rumbo alguno, que aún no ha logrado comprender la esencia de las cosas. Aquí se describe el desasosegado mundo interno del hombre, y como en su condición de humano trata de entablar una relación con lo que está más allá de la dimensión de esta vida. En este intento el hombre se ciega a entender lo divino, por ello son hombres huecos, ambiguos, que no toman conciencia de su existencia, pero que a pesar de esto, tampoco, se encuentran muertos, lo que puede quedar enunciado en el siguiente verso: “ Ojos que no me atrevo a encontrar en sueños en el reino del sueño de la muerte esos ojos no aparecen(....).” La presencia de la muerte escapa, ya que cuando uno es capaz de ver en los sueños las figuras de varios ojos, es cuando la consciencia está a punto de extinguirse o cuando la muerte nos rodea. También, podría simbolizar una falta de apertura a conocimientos más sublimes; algo que nos haga comprender quienes somos y a donde vamos, cual es el sentido de la humanidad en el universo. Se da cuenta de este estado de vacío a través de las palabras resecas, marchitas, que al ser expresadas vendrían a mostrarnos un reflejo del mundo interior, hueco, carente de significado. En el fondo los bosquejos de hombres del poema son acechados por el incesante roer de las nocturnas ratas que hacen su aparición para sustraernos del alimento y transmitirnos lo contaminado, el desasosiego, nuestras culpas. También nos podría indicar que el alejamiento de los mensajeros de los dioses, y de los dioses, conllevará a que los factores providenciales del destino se tornen negativos, lo que podría quedar en evidencia cuando se hace referencia a una estrella que se apaga. En general el tema que atraviesa el poema es el de la disgregación o la desestructuración, lo que queda representado a continuación: “(...)Labios que querrían besar forman oraciones a piedra rota”.
LA FELICIDAD... NUNCA SE VA
La felicidad no tiene contrapuesto porque nunca se pierde. Puede estar oscurecida, pero nunca se va porque tú eres felicidad. La felicidad es tu esencia, tu estado natural y, por ello, cuando algo se interpone, la oscurece, y sufres por miedo a perderla. Te sientes mal, porque ansías aquello que eres. Es el apego a las cosas que crees que te proporcionan felicidad lo que te hace sufrir. No has de apegarte a ninguna cosa, ni a ninguna persona, ni aun a tu madre, porque el apego es miedo, y el miedo es un impedimento para amar. El responsable de tus enfados eres tú, pues aunque el otro haya provocado el conflicto, el apego y no el conflicto es lo que te hace sufrir. Es el miedo a la imagen que el otro haya podido hacer de ti,
miedo a perder su amor, miedo a tener que reconocer que es una imagen la que dices amar, y miedo a que la imagen de ti, la que tú sueñas que él tenga de ti, se rompa. Todo tiempo es un impedimento para que al amor surja. Y el miedo no es algo innato sino aprendido.
El miedo es provocado por lo que no existe. Tienes miedo porque te sientes amenazado por algo que ha registrado la memoria. Todo hecho que has vivido con angustias, por unas ideas que te metieron, queda registrado dentro de ti, y sale como alarma en cada situación que te lo recuerda. No es la nueva situación la que le llena de inseguridad, sino el recuerdo de otras situaciones que te contaron o que has vivido anteriormente con una angustia que no has sabido resolver. Si despiertas a esto, y puedes observarlo claramente, recordando su origen, el miedo no se volverá a producir, porque
eliminarás el recuerdo.
miedo a perder su amor, miedo a tener que reconocer que es una imagen la que dices amar, y miedo a que la imagen de ti, la que tú sueñas que él tenga de ti, se rompa. Todo tiempo es un impedimento para que al amor surja. Y el miedo no es algo innato sino aprendido.
El miedo es provocado por lo que no existe. Tienes miedo porque te sientes amenazado por algo que ha registrado la memoria. Todo hecho que has vivido con angustias, por unas ideas que te metieron, queda registrado dentro de ti, y sale como alarma en cada situación que te lo recuerda. No es la nueva situación la que le llena de inseguridad, sino el recuerdo de otras situaciones que te contaron o que has vivido anteriormente con una angustia que no has sabido resolver. Si despiertas a esto, y puedes observarlo claramente, recordando su origen, el miedo no se volverá a producir, porque
eliminarás el recuerdo.
El anciano sabio
Habìa una vez un anciano que pasaba los dìas sentado junto a un pozo de agua a la entrada de un pueblo.
Un dìa un jòven se le acercò y le preguntò: - Yo nunca he venido por estos lugares. ¿Como son los habitantes de esta ciudad?
El anciano le respondiò con otra pregunta: ¿Como eran los de la ciudad de donde vienes?
- Egoìstas y malvados, por eso me he sentido contento de haber salido de ella.
- Asi son los habitantes de esta ciudad, le respondiò el anciano.
Poco despuès otro jòven se acercò al viejo y le hizo la misma pregunta a lo que el anciano le repreguntò lo mismo que al otro.
El nuevo visitante contestò: - Eran buenos, generosos, hospitalarios,
honestos, trabajadores. Tenìa tantos amigos que me ha costado mucho separarme de ellos.
- Tambièn los habitantes de esta ciudad son asi, respondiò el anciano.
Un hombre que habìa llevado a sus animales a tomar agua del pozo y que habìa escuchado ambas comversaciones, en cuanto
el segundo joven se alejò le recriminò al viejo: ¿Como puedes dar dos respuestas tan opuestas a la misma pregunta?
Mira, le respondiò, cada uno lleva el universo en su corazòn. Quièn no ha encontrado nada bueno en su pasado, tampoco lo encontrarà aquì. En cambio, aquel que tenìa amigos en su ciudad, encontrarà tambièn aqui amigos leales y fieles. Porque las personas son lo que encuentran en si mismas. Encuentran siempre lo que esperan encontrar. Todo lo bueno y lo bello que necesitas de la vida,
lo llevas dentro de tì. Simplemente dèjalo salir y compàrtelo con los demàs.
Un dìa un jòven se le acercò y le preguntò: - Yo nunca he venido por estos lugares. ¿Como son los habitantes de esta ciudad?
El anciano le respondiò con otra pregunta: ¿Como eran los de la ciudad de donde vienes?
- Egoìstas y malvados, por eso me he sentido contento de haber salido de ella.
- Asi son los habitantes de esta ciudad, le respondiò el anciano.
Poco despuès otro jòven se acercò al viejo y le hizo la misma pregunta a lo que el anciano le repreguntò lo mismo que al otro.
El nuevo visitante contestò: - Eran buenos, generosos, hospitalarios,
honestos, trabajadores. Tenìa tantos amigos que me ha costado mucho separarme de ellos.
- Tambièn los habitantes de esta ciudad son asi, respondiò el anciano.
Un hombre que habìa llevado a sus animales a tomar agua del pozo y que habìa escuchado ambas comversaciones, en cuanto
el segundo joven se alejò le recriminò al viejo: ¿Como puedes dar dos respuestas tan opuestas a la misma pregunta?
Mira, le respondiò, cada uno lleva el universo en su corazòn. Quièn no ha encontrado nada bueno en su pasado, tampoco lo encontrarà aquì. En cambio, aquel que tenìa amigos en su ciudad, encontrarà tambièn aqui amigos leales y fieles. Porque las personas son lo que encuentran en si mismas. Encuentran siempre lo que esperan encontrar. Todo lo bueno y lo bello que necesitas de la vida,
lo llevas dentro de tì. Simplemente dèjalo salir y compàrtelo con los demàs.
Miguel de Unamuno, el otro indispensable elogio a la locura
- Descríbame usted, Miguel, a Don Quijote.
"Pues hizo en aras de su pueblo el más grande sacrificio, el de su juicio. Vino a perder el juicio. Por nuestro bien lo perdió, para dejarnos eterno ejemplo de generosidad espiritual".
- ¿Y qué ocurrió con la vida de Don Quijote? ¿Qué de su transfiguración?
"En verdad, se le llenó la fantasía de hermosos desatinos y creyó ser verdad lo que es sólo hermosura. Y lo creyó con fe viva, con fe engendradora de obras, que acordó poner en hecho lo que su desatino le mostraba, y en puro creerlo lo hizo verdad...".
- ¿Algún dicho de Don Quijote que pruebe su estado de locura?
"Sí, dijo: ¡Yo sé quién soy! Al oir esta arrogante afirmación del caballero, no faltará quien exclame: ¡Vaya con la presunción del hidalgo..! Llevamos siglos diciendo y repitiendo que el ahínco mayor del hombre debe ser el de buscar conocerse a sí mismo, y que del propio conocimiento arranca toda salud, y se nos viene el muy presuntuoso con un redondo: ¡Yo sé quién soy! Esto basta para medir lo hondo de su locura".
- En esa disyuntiva, entonces, ¿quién es el razonable?
"Pues te equivocas tú si observas disyuntiva en aquello. Don Quijote discurría con la voluntad y al decir ¡Yo sé quién soy!, no dijo sino ¡Yo sé quién quiero ser! Y es el quid de la vida humana toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser".
- Explíquese usted...
"El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo, es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y en el espacio...".
- No discuto yo la sana locura de Don Quijote...
"Bien me parece, porque si tú, que así reprocharas su arrogancia a Don Quijote, no quieres ser sino lo que eres, estás perdido, irremisiblemente perdido".
- ¿Y qué podemos admirar de Sancho?
"De la parte de Sancho empecemos a admirar su fe, la fe que por el camino de creer sin haber visto lleva a la inmortalidad de la fama; antes ni aun soñada por él siquiera, y al esplendor de su vida. Por toda la eternidad puede decir: "soy Sancho Panza, el escudero de Don Quijote". Y ésta y será su gloria por los siglos de los siglos".
- Fraternidad religiosa...
"No faltan menguados que nos estén cantando de continuo el estribillo de que deben dejarse a un lado las cuestiones religiosas; que lo primero es hacerse fuertes y ricos. Y los muy bestias no ven que, por no resolver nuestro íntimo negocio, no sólo ni seremos fuertes ni ricos. Nuestra patria no tendrá agricultura, ni industria, ni comercio, ni habrá aquí caminos que lleven a parte adonde merezca irse mientras no descubramos nuestro cristianismo, el quijotesco...".
- ¿Tan tajante?
"No tendremos vida exterior poderosa, y espléndida, y fuerte, mientras no encendamos en el corazón de nuestro pueblo el fuego de las eternas inquietudes. No se puede ser rico viviendo de mentira, y la mentira es el pan nuestro de cada día en nuestro espíritu".
- Los Sancho materialistas...
"Es que muy bien dijo Don Quijote: "Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia". ¡Admirable respuesta, que pone la seguridad de la conciencia por encima de los engaños de los sentidos! ¡Admirable respuesta, que opone a las necesidades de limpiarse el cuerpo la necesidad de asegurarse la conciencia! Rara vez se ha dado una más robusta fórmula de la fe".
- ¿Por qué?
"Lo que basta para la seguridad de la conciencia eso es la verdad y sólo eso. La verdad no es relación lógica del mundo aparencial a la razón, aparencial, también, sino que es penetración íntima del mundo sustancial en la conciencia, sustancial también".
- ¿Y qué del aparente desarraigo de Sancho?
"Sí, no faltará quien reproche a Don Quijote el haber arrancado a Sancho del sosiego de su vida y de la tranquilidad de su trabajo, haciéndole dejar mujer e hijos por correr tras engañosas aventuras; no falta corazones tan apocados como para sentir así. Pero nosotros consideramos que una vez que Sancho hubo comprendido la sabrosidad de su nueva vida, no quiso volver a la otra, y a despecho de los trompicones de su fe, se le nublaba el cielo y se le caían las alas del corazón al ocurrirle el recelo de que su amo y señor fuera a dejarle".
- ¿Qué le diría usted a Sancho en esa circunstancia?
"Le diría, mira Sancho, si todos esos que envidian la tranquilidad de que gozabas antes de haberte sacado de tus casillas tu amo, supieran lo que es la lucha por la fe, créeme, no te ponderarían tanto la del carbonero".
- Interesante fenómeno el de la fe de Sancho...
"La fe de Sancho en Don Quijote no fue una fe muerta, es decir, engañosa, de esas que descansan en ignorancia; no fue nunca fe de carbonero. Era, por el contrario, fe verdadera y viva, fe que se alimenta de dudas. Porque sólo los que dudan creen de verdad, y los que no dudan ni sienten tentaciones contra su fe, no creen de verdad".
- ¿Qué habría sido de Don Quijote sin Sancho?
"Sin Sancho, Don Quijote no es Don Quijote, y necesita el amo más del escudero que el escudero del amo. Cosa triste la soledad del héroe. Porque los vulgares, los rutineros, los sanchos, pueden vivir sin caballeros andantes; pero el caballero andante, ¿cómo vivirá sin su pueblo? Y es lo triste que necesita de él, y ha de vivir, sin embargo, solo".
"Pues hizo en aras de su pueblo el más grande sacrificio, el de su juicio. Vino a perder el juicio. Por nuestro bien lo perdió, para dejarnos eterno ejemplo de generosidad espiritual".
- ¿Y qué ocurrió con la vida de Don Quijote? ¿Qué de su transfiguración?
"En verdad, se le llenó la fantasía de hermosos desatinos y creyó ser verdad lo que es sólo hermosura. Y lo creyó con fe viva, con fe engendradora de obras, que acordó poner en hecho lo que su desatino le mostraba, y en puro creerlo lo hizo verdad...".
- ¿Algún dicho de Don Quijote que pruebe su estado de locura?
"Sí, dijo: ¡Yo sé quién soy! Al oir esta arrogante afirmación del caballero, no faltará quien exclame: ¡Vaya con la presunción del hidalgo..! Llevamos siglos diciendo y repitiendo que el ahínco mayor del hombre debe ser el de buscar conocerse a sí mismo, y que del propio conocimiento arranca toda salud, y se nos viene el muy presuntuoso con un redondo: ¡Yo sé quién soy! Esto basta para medir lo hondo de su locura".
- En esa disyuntiva, entonces, ¿quién es el razonable?
"Pues te equivocas tú si observas disyuntiva en aquello. Don Quijote discurría con la voluntad y al decir ¡Yo sé quién soy!, no dijo sino ¡Yo sé quién quiero ser! Y es el quid de la vida humana toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser".
- Explíquese usted...
"El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo, es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y en el espacio...".
- No discuto yo la sana locura de Don Quijote...
"Bien me parece, porque si tú, que así reprocharas su arrogancia a Don Quijote, no quieres ser sino lo que eres, estás perdido, irremisiblemente perdido".
- ¿Y qué podemos admirar de Sancho?
"De la parte de Sancho empecemos a admirar su fe, la fe que por el camino de creer sin haber visto lleva a la inmortalidad de la fama; antes ni aun soñada por él siquiera, y al esplendor de su vida. Por toda la eternidad puede decir: "soy Sancho Panza, el escudero de Don Quijote". Y ésta y será su gloria por los siglos de los siglos".
- Fraternidad religiosa...
"No faltan menguados que nos estén cantando de continuo el estribillo de que deben dejarse a un lado las cuestiones religiosas; que lo primero es hacerse fuertes y ricos. Y los muy bestias no ven que, por no resolver nuestro íntimo negocio, no sólo ni seremos fuertes ni ricos. Nuestra patria no tendrá agricultura, ni industria, ni comercio, ni habrá aquí caminos que lleven a parte adonde merezca irse mientras no descubramos nuestro cristianismo, el quijotesco...".
- ¿Tan tajante?
"No tendremos vida exterior poderosa, y espléndida, y fuerte, mientras no encendamos en el corazón de nuestro pueblo el fuego de las eternas inquietudes. No se puede ser rico viviendo de mentira, y la mentira es el pan nuestro de cada día en nuestro espíritu".
- Los Sancho materialistas...
"Es que muy bien dijo Don Quijote: "Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia". ¡Admirable respuesta, que pone la seguridad de la conciencia por encima de los engaños de los sentidos! ¡Admirable respuesta, que opone a las necesidades de limpiarse el cuerpo la necesidad de asegurarse la conciencia! Rara vez se ha dado una más robusta fórmula de la fe".
- ¿Por qué?
"Lo que basta para la seguridad de la conciencia eso es la verdad y sólo eso. La verdad no es relación lógica del mundo aparencial a la razón, aparencial, también, sino que es penetración íntima del mundo sustancial en la conciencia, sustancial también".
- ¿Y qué del aparente desarraigo de Sancho?
"Sí, no faltará quien reproche a Don Quijote el haber arrancado a Sancho del sosiego de su vida y de la tranquilidad de su trabajo, haciéndole dejar mujer e hijos por correr tras engañosas aventuras; no falta corazones tan apocados como para sentir así. Pero nosotros consideramos que una vez que Sancho hubo comprendido la sabrosidad de su nueva vida, no quiso volver a la otra, y a despecho de los trompicones de su fe, se le nublaba el cielo y se le caían las alas del corazón al ocurrirle el recelo de que su amo y señor fuera a dejarle".
- ¿Qué le diría usted a Sancho en esa circunstancia?
"Le diría, mira Sancho, si todos esos que envidian la tranquilidad de que gozabas antes de haberte sacado de tus casillas tu amo, supieran lo que es la lucha por la fe, créeme, no te ponderarían tanto la del carbonero".
- Interesante fenómeno el de la fe de Sancho...
"La fe de Sancho en Don Quijote no fue una fe muerta, es decir, engañosa, de esas que descansan en ignorancia; no fue nunca fe de carbonero. Era, por el contrario, fe verdadera y viva, fe que se alimenta de dudas. Porque sólo los que dudan creen de verdad, y los que no dudan ni sienten tentaciones contra su fe, no creen de verdad".
- ¿Qué habría sido de Don Quijote sin Sancho?
"Sin Sancho, Don Quijote no es Don Quijote, y necesita el amo más del escudero que el escudero del amo. Cosa triste la soledad del héroe. Porque los vulgares, los rutineros, los sanchos, pueden vivir sin caballeros andantes; pero el caballero andante, ¿cómo vivirá sin su pueblo? Y es lo triste que necesita de él, y ha de vivir, sin embargo, solo".
ME SIRVE Y NO ME SIRVE
ME SIRVE Y NO ME SIRVE
La esperanza tan dulce
tan pulida tan triste
la promesa tan leve
no me sirve
no me sirve tan mansa
la esperanza
la rabia tan sumisa
tan débil tan humilde
el furor tan prudente
no me sirve
no me sirve tan sabia
tanta rabia
el grito tan exacto
si el tiempo lo permite
alarido tan pulcro
no me sirve
no me sirve tan bueno
tanto trueno
el coraje tan dócil
la bravura tan chirle
la intrepidez tan lenta
no me sirve
no me sirve tan fría
la osadía
sí me sirve la vida
que es vida hasta morirse
el corazón alerta
sí me sirve
me sirve cuando avanza
la confianza
me sirve tu mirada
que es generosa y firme
y tu silencio franco
sí me sirve
me sirve la medida
de tu vida
me sirve tu futuro
que es un presente libre
y tu lucha de siempre
si me sirve
me sirve tu batalla
sin medalla
me sirve la modestia
de tu orgullo posible
y tu mano segura
sí me sirve
me sirve tu sendero
compañera.
Mario Benedetti
La esperanza tan dulce
tan pulida tan triste
la promesa tan leve
no me sirve
no me sirve tan mansa
la esperanza
la rabia tan sumisa
tan débil tan humilde
el furor tan prudente
no me sirve
no me sirve tan sabia
tanta rabia
el grito tan exacto
si el tiempo lo permite
alarido tan pulcro
no me sirve
no me sirve tan bueno
tanto trueno
el coraje tan dócil
la bravura tan chirle
la intrepidez tan lenta
no me sirve
no me sirve tan fría
la osadía
sí me sirve la vida
que es vida hasta morirse
el corazón alerta
sí me sirve
me sirve cuando avanza
la confianza
me sirve tu mirada
que es generosa y firme
y tu silencio franco
sí me sirve
me sirve la medida
de tu vida
me sirve tu futuro
que es un presente libre
y tu lucha de siempre
si me sirve
me sirve tu batalla
sin medalla
me sirve la modestia
de tu orgullo posible
y tu mano segura
sí me sirve
me sirve tu sendero
compañera.
Mario Benedetti