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JUAN SIN TIERRA
....y eso y todo... el mundo seguirá girando
Sindicación
 
Mujeres, Mujeres... adorables mujeres
Hay flacas, bajas, gorditas, esbeltas, obreras, impactantes, interesantes. También las hay envidiosas, arpías, pérfidas, ejecutivas, solidarias, buenas madres, chismosas, simpáticas, depresivas, invasoras, optimistas, alegres. Algunas tienen el cabello enrulado, las hay que son amantes fogosas; las hay que se muerden las uñas, las que usan zapatillas y también están las que prefieren los tacones altos. Hay algunas intelectuales, otras odiosas, muchas adorables. Las hay expeditivas, profesionales, rubias, previsoras, dispersas, excelentes cocineras, graciosas. Están las que tienen las uñas largas, y las que son creativas. Están las que iluminan todo cuanto tocan y las que son incapaces de hacer crecer una malva. Están las que dejarán una huella imborrable en la historia y están aquellas que pasarán calladas y en silencio por la vida. Las hay en todos los talles, colores y formas. Viven en casas, apartamentos y estudios. Conducen, vuelan, caminan, corren, se arrastran, ruegan, ofrecen, calman, enervan, gritan, lloran, esperan y desesperan. Están las que aman a los hombres y también las que aman a las mujeres. Están las que cobijan y protegen y las que abandonan y huyen. Están las que siempre desearían ser otras, las que buscan lo que no tienen y las que gozan con lo que hay. Están las que se lamentan de su suerte y las que se ríen de sí mismas (muchas veces por no llorarse…) Están las que usan vaqueros las que prefieren las faldas. Las hay teñidas y también feúchas, están las que son ingeniosas y las que odian el verano. Algunas son insignificantes, otras tiernas. Muchas usan trajecitos y están las que nunca tienen qué ponerse. Están las bohemias, las que siempre tienen algo que acotar. Están las religiosas, las ateas y las esotéricas. Las que leen los horóscopos y las que viven vidas ajenas por carecer de una propia. Están las que son felices siendo amas de casa y también las que no lo son. Las hay casadas, solteras o divorciadas. Están las que tienen amantes y las que sueñan con el príncipe azul…
Y más, y más y más…
 
Copia & Plagio
Cuando se toma conciencia de la joven –aunque intensa historia delictiva de la actividad plagiarista, nadie pasa por alto que sus orígenes corren parejos a los orígenes de la mercantilización de la cultura que tuvo lugar en la primera mitad del siglo XX. Hasta ese momento, copiar, imitar, plagiar o inspirarse eran nociones mucho más ambiguas y definitivamente menos problemáticas. Si bien podemos entender que los intereses del creador deben ser protegidos de alguna manera, lo que resulta paradójico es que ésos que se proclaman protectores del creador y de la originalidad de su obra, emprendan por otro lado bloqueos legales, económicos y de distribución a los creadores que se alejen del común denominador. Este sistema coercitivo y punitivo da como resultado una cultura homogénea, cortada por los mismos patrones, que acaba por proteger, y a la vez patrocinar, exclusivamente a los que se someten a ella. Todo ello conduce a la actual condición artística y cultural del plagio, entendido más como elemento de guerrilla contra el sistema que como instrumento alternativo de creación.
La situación corporativista y agresivamente mercantil en la que se halla la producción cultural contemporánea, apenas deja espacio para que los creadores se expresen libremente, además de provocar el contraataque de los mercados subterráneos de falsificaciones y sucedáneos. Por eso creemos, hoy más que nunca, que el plagio es cultura, no sólo por su naturaleza múltiple y mutante si no por su carácter activista y desestabilizador de un sistema injusto con vocación demasiado mimética.
Nos pertenecen realmente nuestras ideas? No resulta fácil responder a esta pregunta aparentemente obvia. Inmersos como estamos en una sociedad hipermediatizada, donde la cantidad de mensajes que recibimos a lo largo de un día puede resultar apabullante, cuesta discriminar entre lo que es reflexión personal y lo que es idea recibida.
La imitación, copia o plagio es el mejor reconocimiento al trabajo que uno puede tener. No se copia ni plagia a mediocres, razón por la cual nos sentimos halagados por el interés que suscitan nuestros diseños y contenidos.
Copiar también significa sacar lo mejor de la idea original. Distinguir la esencia, lo bueno de la idea original, de lo complementario y superfluo. Copiar solo la esencia y hacer mejoras es lo que distingue a las buenas copias de las malas. Por ello copiar con éxito tiene mucho mérito. La copia idéntica en la que el copiador no aporta nada, solo contribuye a difundir la idea original, difícilmente va a perjudicar al autor. Si la copia no es chapucera y triunfa más que la original, entonces no triunfa por ser copia sino por ser realmente mejor. En ese caso se merece los beneficios que pueda tener y aún tendrá más efectos positivos para el autor original. Copiar no es malo, es el motor del desarrollo y de las nuevas ideas. Copiar es normal, bueno e inevitable. Copiar conlleva la aparición de estándares que permiten que los beneficios de las ideas se universalicen y reducen los costes y la necesidad de aprendizaje.
La palabra “copiar” suena mal, por eso siempre se han utilizado siempre otros términos mucho más elegantes; inspiración, basado en, a partir de, discípulo de, en la línea de…, son maneras de decir que se ha copiado en mayor o menor medida a otro autor.
Cuando se dice que la prosa de Umbral debe mucho a la de Baroja, no se dice otra cosa que Umbral utiliza/copia muchos elementos de la prosa de Baroja, aunque quede mucho más elegante lo primero.
Se suele imaginar al copiador como un ser malévolo en un sótano oscuro, dispuesto a sacar provecho de las ideas de otro sin ningún esfuerzo. Alguien que arruina al creador original y se lucra a su costa. Esta es una idea maniquea que olvida que todos los autores o inventores, especialmente los más conocidos, han copiado. Y eso es precisamente lo que ha permitido a sus obras ser excepcionales: basarse (copiar) en algo anterior. El mérito de los grandes creadores ha sido combinar las ideas de otros autores anteriores de manera diferente, exponerlas de otro modo, introducir cambios o añadir elementos. Los grandes creadores han utilizado creaciones de otros en su propio beneficio, pero no hay nada que objetar a ello, al contrario, es lo normal, de la nada no puede salir nada. La evolución de las creaciones siempre ha sido así, copia tras copia, pequeño cambio tras pequeño cambio. Ningún gran autor ha inventado nada de “0”, porque reinventar la rueda suele dar como resultado una rueda bastante imperfecta.
Desde el Quijote de Avellaneda o la Gioconda de Duchamp a la combinación de la música de Michael Jackson con Stockhausen que hacía John Oswald en 'Plunderphonic'. Son algunos ejemplos recogidos en 'Plagiarismo', una muestra que recorre la historia de las apropiaciones y las reformulaciones de ideas ajenas. Virgilio imita a Homero, el Tasso a Virgilio y Milton al Tasso, Cervantes al Amadis,
Fielding a Cervantes, Borges a Cervantes y Pierre Menard a Borges y a Cervantes.
Un autor copiado debería estar orgulloso, se le está reconociendo el mérito. Recomiendo tomarse a bien las copias por varias razones: Es inevitable, como la muerte y los impuestos. El efecto negativo es mínimo. La mayoría de las copias suelen ser de peor calidad que la original y apenas van a quitarle beneficios. El efecto positivo compensa: las copias amplían la difusión de la idea original y esto si trae grandes beneficios al autor.
Entre el “crear “y el “imitar”,entre el “tener” y el “coger”, entre el “producir” y el “pedir”, la palma se la llevará el ingenio rico y fecundo que hace cosas nuevas, o reviste las conocidas de tal modo que vienen a parecer originales y sorprendentes.
 
El binomio de oro
"Señores pasajeros del vuelo HH.PP., con destino a cualquier parte, sírvanse pasar a la sala de embarque número cero, con dos horas de anticipación para que tengan tiempo suficiente para depositar, debidamente sacudidas y dobladas, todas sus prendas de vestir, incluyendo medias, tampax, tangas, parches adelgazantes, sostenedores plásticos de sili-pechos, aretes de ombligo, lengua y lóbulos de oreja, cajas de dientes , ‘puentes dentales’ y uñas postizas, para, posteriormente, pasar a la barbería donde se les despojará de la cabellera hasta el rape y otros lugares cubiertos de cabello. Una vez cumplidos estos requisitos, por favor hacer fila para
poder efectuar la inspección digital. Favor llevar la tarjeta de embarque apretada en los dientes y las manos libres para recibir debidamente las hojas de parra. Una vez sentados en sus sillas, la aerolínea les suministrará una manta transparente para protegerse del frío durante el vuelo. Las azafatas se distinguirán por los colores fosforescentes de sus respectivas hojas de parra, lo mismo los comandantes de la nave. Es un placer que hayan escogido viajar con nosotros. Al aterrizar se les devolverán sus pertenencias que viajarán en el equipaje del avión y estarán en bolsas plásticas debidamente selladas y con sus nombres...".
Esto, queridos lectores, no es pura fantasía. Si el binomio de oro -
léase Bush y Blair- nos lo ordenan, les obedeceremos cual borregos y sin chistar.
Así que mejor entrenémonos diariamente para tener los músculos
tonificados, el abdomen plano, la menor cantidad de celulitis posible, las piernas y axilas afeitadas, las uñas limpias, el ombligo ídem y los pectorales lo más firmes posibles. Eso sí, lo más importante es ejercitar el ojo, único músculo capaz de distraernos durante las interminables y aburridas horas que pasaremos ‘empelotas’ encerrados en el avión.
El binomio de oro sigue desafiante y ciego. No se le ocurre pensar ni
mucho menos admitir que ellos son los únicos y directos responsables de todo este despelote mundial actual. Desde la invasión injustificada a Irak, repleta de mentiras y falsedades, que ha desencadenado el estallido de bombas de tiempo, cuyas repercusiones finales estamos muy lejos de predecir. No en vano se invade y atropella un país de buenas a primeras, se asesinan mujeres y niños como el pan nuestro de cada día, liberando odios ancestrales y fanatismos irracionales, desmoronando una cultura milenaria, irrespetando todo lo que se les ponga por delante.
El binomio de oro tampoco se conmueve ni le importan las imágenes de niños, adolescentes y mujeres mutiladas y sangrantes ni los cadáveres de bebés que apenas iniciaban la vida. Ni los esqueletos de edificios pulverizados.
El binomio es dueño del mundo y tiene licencia para matar. Ellos
representan a ‘los buenos’ y su misión es arrasar a ‘los malos’. Por eso apoyan al Gobierno de Israel, con un demente a la cabeza, peor asesino y bestia que Sharon, convertido en una masa de carne fofa, que parece haber olvidado el sufrimiento atroz de millones de compatriotas suyos en un pasado no muy lejano que todavía estremece la memoria colectiva de la humanidad. Todo esto sucede ante la mirada cómplice, capada, cobarde e inerte del resto del mundo actual.
El binomio de oro aniquila como Superman, mientras nosotros,
calladitos, nos quitamos la ropa para poder viajar en avión.
 
RECETA DE MUJER
Acabo de despachar a un mosquito contra la pared, con el volumen de ‘Los 20 Poemas de Amor y una Canción Desesperada’, y esto me ha hecho pensar en los múltiples usos de la poesía. El pobre no supo que se fue a su infierno de zumbidos bajo el peso arrullador de una palabra que ahora, andando el tiempo, parece una canción de cuna: “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos/ te pareces al mundo en tu actitud de entrega/ mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace saltar el hijo del fondo de la tierra…”.
Con el funeral -debo pasar una servilleta húmeda por la pared- vienen también a la memoria las moscas del primer hastío de Antonio Machado y mi búsqueda obcecada de la belleza, o de lo que, creo, puede ser la belleza, a la manera de la mujer que pasa, de Vinicius de Moraes.
Era una de estas tardes de verano en que el sol ya se ha retirado, avancé dejándome llevar; si no quieres ser arrastrado por la multitud, debes buscar algún refugio, pero nunca detenerte. El hormiguero no cesa, sobre todo en una tarde como esta. Hay un chisporroteo de ombligos al viento, de adolescentes felices. A mi lado, un dibujante plasma la caricatura de una chica que deseaba aparecer en la pose divina de Marilyn, con el vapor de los trenes subiendo del pavimento, la falda levantada y el gesto de dulce estupor, el mismo que le acarreó una golpiza de su marido, el beisbolista Joe di Maggio.
El comediante Dudley Moore, dijo antes de morir que hay dos cosas por las que vale la pena vivir: la comida china y las mujeres. Yo venía de probar pasteles de cangrejo y pollo dulce con hongos, y ahora estaba a punto de comprobar la sentencia de Dudley.
Quería mirar, sin ser mirado, a miles de mujeres solitarias en la marea humana del Paseo Marítimo. Pasaron las de blusas deliberadamente rotas, con sus altas piernas estatuarias y dejo hierático en los labios, en busca de algo o alguien; pude ver a las hermosas féminas con sus trajes abiertos a la altura de los muslos y el donaire natural de la desnudez; las de pelo rojo y pecas exquisitas, las de cuerpos transparentes y clavículas de alabastro, las de alta costura, las de cejas espesas y labios rojos, azoradas entre el pudor. Al final, no supe cuántas mujeres pude observar en esta tarde, pero concluí que la belleza es difícil. No es una portada de ‘Hola’, ni unos rasgos clásicos; es un perfume secreto, un don de Dios. De todas, sólo dos parecían haber recibido esa gracia divina, que promulgó el poema ‘Receta de Mujer’, de Vinicius de Moraes, cuando afirmó que es menester que la belleza adquiera de pronto ese color único del tercer minuto de la aurora. El instante indescifrable.

RECETA DE MUJER
Las muy feas que me perdonen
Mas la belleza es fundamental. Es preciso
Que haya en todo eso algo de flor
Algo de baile, algo de haute couture
En todo eso (o si no
Que la mujer se socialice elegantemente en azul como
en la República Popular China).
No hay término medio posible. Es preciso
Que todo eso sea bello. Es preciso que de pronto
Se tenga la impresión de ver una garza apenas posada
y que un rostro
De vez en cuando adquiera ese color único del tercer
minuto de la aurora.
Es preciso que todo eso sea sin ser, pero que se refleje
y florezca
En el mirar del hombre. Es preciso, es absolutamente
preciso
Que sea todo bello e inesperado. Es preciso que unos
párpados cerrados
Recuerden un verso de Eluard y que en unos brazos se
acaricie
Algo más allá de la carne: que se los toque
Como el ámbar de una tarde. Ah, déjenme decir
Que es preciso que la mujer que está allí como la corola
ante el pájaro
Sea bella o tenga por lo menos un rostro que recuerde un
templo y
Sea leve como un resto de nube: mas que sea una nube
Con ojos y nalgas. Lo de las nalgas es importantísimo.
De los ojos, entonces
Ni decirlo: que miren con cierta maldad inocente. Una
boca
Fresca (nunca húmeda) es también de extrema
pertinencia.
Es preciso que las extremidades sean flacas; que unos
huesos
Sobresalgan, especialmente la rótula en el cruzar de
piernas, y las puntas pélvicas.
Cuando se enlaza una cintura ondeante.
Gravísimo es sin embargo el problema de los huesos
claviculares: una mujer sin ellos
Es como un río sin puentes, Indispensable
Que haya una hipótesis de barriguita, y en seguida
La mujer se alce en cáliz, y que sus senos
Sean una expresión greco romana, más que gótica o
barroca
Y puedan iluminar la oscuridad con una potencia mínima
de 5 bujías.
Es muy menester que calavera y columna vertebral
Casi se muestren; y que exista un gran latifundio dorsal!
Que los miembros terminen como tallos, y bien haya un
cierto volumen de muslos
Y que sean lisos, lisos como pétalo y cubiertos de
suavísima pelusa
Sensibles, sin embargo, a la caricia o contrapelo,
Es aconsejable en la axila una dulce gramilla con aroma
propio
Casi imperceptible (un mínimo de productos
farmacéuticos!)
Preferibles sin duda los pescuezos largos
De modo que la cabeza dé a veces la impresión
De ser ajena al cuerpo, y la mujer no recuerde
Flores sin misterio. Pies y manos deben contener
elementos góticos
Discretos. La piel debe ser fresca en las manos, brazos,
dorso y rostro
Pero que las concavidades y los huecos tengan una
temperatura nunca inferior
A los 37 grados, pudiendo eventualmente provocar
quemaduras
De primer grado. Los ojos, que sean de preferencia
grandes
Y su rotación al menos tan lenta como la de la tierra; y
Que estén siempre más allá de un invisible muro de
pasión
Que es preciso traspasar. Que la mujer sea en principio
alta
O, si baja, que tenga la actitud mental de las altas
cumbres.
Ah, que la mujer dé siempre la impresión de que, si
cerráramos los ojos.
Al abrirlos ella ya no estaría presente
Con su sonrisa y sus enredos. Que ella surja, no que venga;
que parta, no que se vaya
Y que posea una cierta capacidad de enmudecer
súbitamente y hacernos beber
La hiel de la duda. Oh, sobre todo
Que no pierda nunca, no importa en qué mundo
No importa en qué circunstancias, su infinita volubilidad
De pájaro; y que acariciada en el fondo de sí misma
Se transforma en fiera sin perder su gracia de ave; y
que exhale siempre
El perfume imposible; y destile siempre
La embriagadora miel; y cante siempre el inaudible canto
De su combustión; y no deje de ser nunca la eterna
bailarina
De lo efímero; y en su incalculable imperfección
Constituya la cosa más bella y más perfecta de toda la
creación innumerable.
Vinicius de Moraes
(Trad. M.R.O. y P.L.)

 
EL PLACER
No es una tendencia, ni una moda, pero no podemos vivir sin placer,
porque es el que nos alimenta y nos reconforta. El placer expresa generosidad, interés y deseo; y su ausencia provoca resentimiento, tristeza e insatisfacción. Quienes viven sin placer son peligrosos. El placer no es un aditamento, ni un ingrediente. No sólo nos reconforta o recompone, nos constituye. Su ausencia resulta una carencia, una falta, y de efectos contundentes. Sin él, no sólo se amarga la vida, es que deja de serlo. Por eso es sorprendente que se identifique torpemente con cualquier gusto o sensación más o menos agradable. No es suficiente asociarlo con necesidades y menos aún con su satisfacción. Aunque no se excluye, lo decisivo del placer es que resulta del desplazamiento de uno y es una relación con algo de otro. Amar es también desear el placer del otro, buscarlo, crear las condiciones para que se procure. La voluntad de dar con él, de saborearlo, es un modo de saber del otro, un modo de preguntarse por quién es él o ella.
El placer, aunque puede habitarse en soledad, no existe por separado, es siempre de alguien y con otro, aunque ese otro sea uno mismo, es un modo de relación. El placer no se deja retener, se expande, se derrama, con el aroma de lo inclasificable. Por eso resulta tan misterioso el placer del otro. Expresa generosidad, interés y deseo por él, por su placer. Lo que, por cierto, ofrece nuevos e inesperados placeres a uno mismo.
Quienes carecen de placer resultan resentidos y tienen una irrefrenable tendencia a considerar a quienes lo sienten superficiales y frívolos, pero su ausencia de placer es falta de esa alegría que es el enigma de la búsqueda. No esperar ni desear hace que los satisfechos acostumbren a ser insatisfechos resignados. Pero el placer, como el deseo, no es ni una tendencia ni un resultado, ni irrumpe tras la búsqueda de algo concreto. Es más una apertura que una cerrazón. No se trata de una recompensa, ni del mero resultado de un esfuerzo, ni de la retribución de un acto, ni de un bienestar alcanzado. Es una alteración del tiempo, la intensidad del instante, el trastorno de la duración, su espacialización, una suerte de eternidad que se hace cotidiana, el alma gozosa de un cuerpo que palpita, late, vive. Más parece tenernos a nosotros que nosotros a él. Se siente, se experimenta. No hay placer indiscriminado ni permanente. Es ocasional, como la existencia. Es una experiencia de los límites de lo que llamamos conciencia y su desbordamiento.
Ciertamente, las dificultades del vivir hacen que haya quienes no están en condiciones de poder disfrutarlo, pero no deja de ser lamentable que algunos no sepan que el placer también perfila el espíritu y hace salir de sí hacia lo otro, hacia el otro y su misterio. Buscar su placer es un modo extraordinario de encontrarse con alguien. Y de dignificar la existencia. El placer puede sencillamente ser una donación.
 
La serenidad
Comulgo con Ángel Gabilondo respecto a que la serenidad es clave para nuestras vidas y está relacionada con muchos aspectos: la pasión, la entrega, la paciencia, las buenas maneras...
Pero, además, serenidad es reconocer la situación y afrontarla con decisión y valentía.
En ocasiones, confundimos la serenidad con la indiferencia. Consideramos que es producto de una distancia infinita con algo o de una suerte de rendición o resignación que no harían sino mostrar
claudicación o impotencia. Sospechamos que es patrimonio de quienes no se muestran especialmente interesados por algo.
Sin embargo, la pasión es compatible con la serenidad. Tanto una como otra son infrecuentes. Tienen más que ver con la entrega y la comprensión que con la aceptación pasiva de algo dado de antemano. Está claro que nos falta paciencia, que nos comportamos precipitadamente, que confundimos la aceleración con la eficacia y que calificamos de titubeo lo que es reflexión y meditación. No se lleva demorarse en un asunto, deambular por las buenas razones y habitar el tiempo con discreción y mesura. Ser decoroso se confunde con la tibieza y la timidez. Todo se puebla de sobresaltos y de urgencias. No hay tiempo que perder. Ni siquiera podemos detenernos en la escucha de la voz del otro, no digamos de su palabra. No escudriñamos sus manos, su mirada. Su presencia no pasa de ser el mero resultado de una ojeada a la indumentaria, su aspecto se reduce a su pinta, su deseo se confunde con sus ganas. Ruidos, prisas y ansiedad dibujan un escenario de eficacias mal entendidas.
Pero incluso para abordar las situaciones más complejas y difíciles,
donde todo parecería invitar a huir, a echarse a correr o a llorar, en
aquéllas en las que no se trata sólo de estar a la altura de uno mismo, sino muy en otro lugar sin perder el sitio, se requiere serenidad. Ésta no consiste en guardar las formas y la compostura, en mantener un tono de voz, que por cierto que no ha de ser considerado un defecto, sino en reconocer la situación, las posibilidades, las condiciones y en afrontarlas con decisión y valentía, en la distancia y en la medida requeridas. Ser capaz de mesura apasionada es preferir con contundencia, pero sin esa aceleración que no es sino impotencia y debilidad.
La serenidad consiste en saber verse y sentirse afectado, y en
responder adecuadamente. No es el extravío de los sentimientos, ni la insensibilidad, es el placer de un sentir, un envolver y envolverse, sin verse envuelto. Ello no impide la respuesta, la donación, ni la alegría y el gozo. Ser sosegados no es una atolondrada actitud seráfica. La serenidad brota de una apasionada posición, un estado que permanece y persiste con firmeza, la energía de una voluntad. Es intensidad sostenida.
 
La ternura (J. Brel -1959)
Por un poco de ternura
daría los diamantes
que acaricia el diablo
en mis cofres de plata.
¿Por qué piensas, hermosa,
que vacían los marinos
sus bolsas en el puerto
para ofrecer tesoros
a las falsas princesas?
Por un poco de ternura.

Por un poco de ternura
cambiaría de rostro,
cambiaría de embriaguez,
cambiaría de lenguaje.
¿Por qué piensas, hermosa,
que en la cumbre de sus cantos
troveros y emperadores
a menudo abandonan
poderes y riquezas?
Por un poco de ternura.

Por un poco de ternura
te ofrecería el tiempo
de juventud que queda
cuando acaba el otoño.
¿Por qué piensas, hermosa,
que mi canción asciende
hacia el encaje claro
que te baila en la frente
tendida hacia mi pena?
Por un poco de ternura.

 
La ternura
Ternura es una palabra que dice muchas cosas: sensibilidad, pasión, aproximación, cercanía... encontrarla en determinados momentos puede dar sentido a una situación No hemos de confundir la ternura con un modo de ser blando, moldeable, fácil presa de cualquier insinuación. De ser así, más merecería la pena carecer de ella, pues sería una peligrosa cursilería.
En tal caso, más valdría hacer ostentación de ser fuertes y poderosos. La ternura es sensibilidad, no sensiblería, es una forma de pasión que no escatima la determinación, que elude toda violencia, que es aproximación, cercanía, que acaricia sin necesidad de poseer. Tampoco es exactamente la dulzura, por cierto hoy tan infrecuente y reducida a la meliflua y edulcorada sosería. No es adjetiva, sino sustantiva.
Lo que nos emociona no es la simple ternura por algo, ni siquiera sólo hacia alguien, es la ternura con él, la ternura con ella. Es radicalmente compatible con la firmeza, incluso con la contundencia. No es un contrapunto, ni un ingrediente, es una forma de vivir, una relación que no busca adueñarse o apropiarse de alguien, pero que cautiva. Más bien desea una cuidada y sosegada complicidad, una implicación, participación y búsqueda comunes.
La ternura conlleva un demorarse, un saber detenerse en algo con alguien y no temer los afectos y ser capaz de sentir el compás de sus latidos singulares.
Encontrar ternura en momentos decisivos de la vida puede no sólo
aliviar, sino dar sentido a una situación. Cuando acariciamos algo, estamos tan cerca de ello que propiamente no lo tenemos. Se trata de saber preservar esa distancia sin invadir el ámbito ahora compartido, y de recorrerla.
Efectivamente, preservarla y recorrerla es mostrar afecto por lo que ni
siquiera está definido, y hacerlo con delicadeza y claridad. Semejante
comunicación sin objeto exige mucha ternura. Ofrecer una voz perfilada como palabra, sin alzarla, sin exigencias ni imposiciones, pero con decidida entrega, no habla de una debilidad, sino de una entereza que es simpatía para con el decir del otro. Tanto que resulta agradable.
La ternura acaricia, en efecto, pero también abraza. Extiende sus alas
y crea otra atmósfera, más limpia, más respirable. Toca con las manos del aire y produce un dulce escalofrío en la piel. Toca como toca una palabra, un pensamiento, un deseo. Un excitante temblor se refleja en el cuerpo como otra corporalidad. Sus dedos y sus manos acogen como una mirada, con una hospitalidad que nos produce placer y confusión.
La ternura es infrecuente, tanto que no deja de ser ocasional, siempre discretamente deslumbrante.
Cuando llega es inconfundible. Basta su aroma. Nos toma. Disipa la
noche.