10.
Ya llegó la sangre al río. A lo lejos, como cascabeles, replican las lágrimas.
Lo Rojo va recorriendo los surcos de los árboles, confundiéndose con su savia.
Y van conformándose sinuosas sirenas, ¡sintéticas!, a través de la niebla. El fuego, Todopoderoso, ralentiza con su sombra los perfiles de las cosas; como fotografías de otrosyoes jugando a muertes imposibles…
Solamente hay un testigo.
Y sonríe complaciente.
Lo Rojo va recorriendo los surcos de los árboles, confundiéndose con su savia.
Y van conformándose sinuosas sirenas, ¡sintéticas!, a través de la niebla. El fuego, Todopoderoso, ralentiza con su sombra los perfiles de las cosas; como fotografías de otrosyoes jugando a muertes imposibles…
Solamente hay un testigo.
Y sonríe complaciente.
9.
Para cuando el vértigo del silencio me invada te grito estas letras desde algún rincón de la soledad, deseando que vuelen entre el frío de las aguas de noviembre hasta tus oídos callados por la impostura creada. “Más allá”, “más allá, por favor”, a donde mis palabras no llegan aunque suenen a escritos de socorro.
Y es que el otoño me dice que no existe, que no es real, aunque acaricien las hojas el relevo de la vida, bajo el sentimiento amarillo de lo que parece una muerte imperecedera. Y me lo grita con más desesperación que yo su nombre, con aullidos que sobrepasan mi necesidad de aire, pero sigo sin creerle: existe, “existes aunque te confundas de invierno!” “existes aunque no existas en este tiempo que devora al tiempo”. Y ¿qué hacer? ¿Qué hacer ante tamaño engaño? Me diluyo en los paseos buscando algún rastro verde que reafirme la existencia de los colores bajo la tarde gris de este notoño, ¿qué hacer...
Porque si el otoño no existe, si el tiempo no existe, ¿qué existe? ¿De qué sirve sobrevivir si la vida se niega a sí misma?
Pero el silencio se conforma con ser respuesta.
Y es que el otoño me dice que no existe, que no es real, aunque acaricien las hojas el relevo de la vida, bajo el sentimiento amarillo de lo que parece una muerte imperecedera. Y me lo grita con más desesperación que yo su nombre, con aullidos que sobrepasan mi necesidad de aire, pero sigo sin creerle: existe, “existes aunque te confundas de invierno!” “existes aunque no existas en este tiempo que devora al tiempo”. Y ¿qué hacer? ¿Qué hacer ante tamaño engaño? Me diluyo en los paseos buscando algún rastro verde que reafirme la existencia de los colores bajo la tarde gris de este notoño, ¿qué hacer...
Porque si el otoño no existe, si el tiempo no existe, ¿qué existe? ¿De qué sirve sobrevivir si la vida se niega a sí misma?
Pero el silencio se conforma con ser respuesta.
8.
Vuela libre, golondrina; a donde las garras de los ogros no te alcancen; a donde los lobos aullan al morir la noche; a donde se esconde el refugio de los amantes...
(pero vuela raudo, el día acecha)
(pero vuela raudo, el día acecha)
7. Poema para una Golondrina
Una musa
inspira
pero poco se retrata
porque de bella que es
de lo perfecta que es
en ese momento
es imposible pintarla
inspira
pero poco se retrata
porque de bella que es
de lo perfecta que es
en ese momento
es imposible pintarla
6.
Mis ojos ya no tienen nada en lo que fijarse para aburrir el frío que carcome mis pupilas – querida- , y ya no encuentro más miradas tuyas ,¡cálidas!, tras las esquinas de la calle de Más Allá a Lejos - aquella de la que sabes que no se regresa jamás-, por culpa de la lluvia. Y hace frío, Amor, mucho frío; en este anochecer de noviembre.
Por eso deja que el agua sea esta noche un ruego entres estas calles encharcadas,¡ahogadas!, y permíteme el deseo de soñar con aquella ciudad que soñamos que vuelva a vernos, como si fuera cierto que la energia fluyese infinita;
y encontrar la paz.
Por eso deja que el agua sea esta noche un ruego entres estas calles encharcadas,¡ahogadas!, y permíteme el deseo de soñar con aquella ciudad que soñamos que vuelva a vernos, como si fuera cierto que la energia fluyese infinita;
y encontrar la paz.
5.
Dicen que has muerto.
Como el poeta que languidece en su último verso
ahogado por la miseria de lo inconcluso;
huérfano de la metáfora que no fue.
Dicen. En verdad lo dicen.
¡Como si lo intangible fuera tangible
o lo eterno fuera imperfecto!
como si el poema acabase en la gramática del punto...
Dicen, sí. Y a veces yo también lo digo.
Aunque no me lo creo, Amor. No lo creo.
Porque nada, ni siquiera la muerte, es irreversible.
Como el poeta que languidece en su último verso
ahogado por la miseria de lo inconcluso;
huérfano de la metáfora que no fue.
Dicen. En verdad lo dicen.
¡Como si lo intangible fuera tangible
o lo eterno fuera imperfecto!
como si el poema acabase en la gramática del punto...
Dicen, sí. Y a veces yo también lo digo.
Aunque no me lo creo, Amor. No lo creo.
Porque nada, ni siquiera la muerte, es irreversible.
4.
Quizá las gotas sean más lluviosas que el cálido hielo de la casa prestada. Quizá.
Pero el agua, cristalínamente limpia, se presenta serena como un árbol sobre mis versos.
Y ellos, en armónicos sonidos, transcriben la zozobra del estanque; que quizá responda a cualquier pregunta...
Pero el agua, cristalínamente limpia, se presenta serena como un árbol sobre mis versos.
Y ellos, en armónicos sonidos, transcriben la zozobra del estanque; que quizá responda a cualquier pregunta...
3. En el parque
Como siempre el día jironea sus horas por entre las espesas montañas blancas del horizonte; como siempre.
Pero su inigualable inigualidad le confiere hoy un halo poderoso, ¡Manífico!,
como si Vulcano hubiese explotado desde sus entrañas rojas de fragua.
Y mis ojos, única mirada entre el terciopelo gris de esta marea
oculta, observan a la ciudad iluminarse de fuego,
¡llamareándose!
en cálida respuesta a tamaño pleiteaje.
Y es por eso que mi lágrima va trasformándose en suave fuente de oro,
¡estremeciéndome!
en este atardecer de noche nublada...
Pero su inigualable inigualidad le confiere hoy un halo poderoso, ¡Manífico!,
como si Vulcano hubiese explotado desde sus entrañas rojas de fragua.
Y mis ojos, única mirada entre el terciopelo gris de esta marea
oculta, observan a la ciudad iluminarse de fuego,
¡llamareándose!
en cálida respuesta a tamaño pleiteaje.
Y es por eso que mi lágrima va trasformándose en suave fuente de oro,
¡estremeciéndome!
en este atardecer de noche nublada...
2.
El otoño, limpiamente ensoñador, me hace elevar la conciencia a parajes lejanos, distantes de esta Ciudad que enrojece a cada latido de vida. Sin embargo no son lejanos en la distancia los lugares a los que me encumbro, no. Es el tiempo el que se retuerce en el espacio como si tratara de explicar alguna extraña teoría sobre su relatividad, sobre lo diferente que pueden ser las cosas en función de las circunstancias que a cada uno nos ha tocado vivir. Y es en este viaje temporal, donde se confunde la realidad con su sombra, cuando mi alma se siente viajera, caminando por senderos huérfanos de trazado, sin rumbo establecido, como una pequeña molécula de aire que baila al son de los vientos…
(ligero descanso)
Es curioso cómo la fortuna puede llegar a sorprendernos en el momento más insospechado de nuestras vidas, multiplicando milagrosamente el cúmulo de posibilidades que nuestras circunstancias nos imponen. O por lo menos eso parece, sobretodo ante el descubrimiento –más bien hallazgo- de tan raro artilugio, en el desván del desaparecido Tío Horacio.
Buscando alguna novela vieja entre tanto polvo encontré, casi por casualidad, un aparato que me resultaba harto extraño, así como enormemente sugerente. Se trataba de una especie de cilindro metálico que se asemejaba, en tamaño y peso, a una barra de uranio de alguna central nuclear. Sin embargo, había algo que me indicaba que el cilindro era mucho más que una simple barra de hierro. En ambas bases sobresalían sendos asideros en los cuales se podía leer la inscripción “Coge y serás cogido eternamente”, lo cual acrecentaba aún más el misterio. Tras agarrarme –la curiosidad siempre ha sido una de mis debilidades- y observar que no pasaba nada –y tras descartar cualquier utilidad sexual-, busqué por donde había encontrado la barra por si aparecía algún manual de instrucciones. Yo, que siempre he sido muy torpe para este tipo de cosas, estaba convencido que la “cosa” debía servir para algo, aunque –como siempre- no sabía cómo utilizarla. Tuve suerte y junto a una bolsa vieja de cuero encontré un pequeño manuscrito de puño y letra de mi tío que, cuál fue mi sorpresa, decía “Si el tiempo quieres dominar, dos energías debes juntar”. Tras reponerme del shock poético –la poesía nunca fue lo fuerte del Tío Horacio - recordé las viejas palabras de mi tío, las historias que me contaba de pequeño sobre civilizaciones perdidas, los cuentos nocturnos que me contaba sobre viajes imposibles... Unas palabras me volvieron de repente a la memoria “algún día lo entenderás, y sólo te será necesario otra persona para coger lo que a todos nos tiene cogidos”. Siempre tan ilustrativo mi querido tío.
Está claro que debe tratarse de una especie de máquina del tiempo, en la que de algún modo el artilugio debe reconvertir la energía de dos personas en un increíble salto temporal. He aquí pues que me presento ante ti, con la sana intención de convencerte para que te apuntes conmigo en tan interesante viaje. No puedes decir que no.
Ya que es la primera vez y en ésta hago yo de anfitrión me vas a permitir que decida el destino, así que si hace el favor, mi ahora compañera, amarra un asa que despegamos, destino: Paris, finales del XIX.
Paris se nos presenta coloreado, como sacado de un cuadro del Museo de Orsay. Si no te importa, paseemos primero por las angostadas calles de Montmartre, donde tomaremos el primer sorbo de absenta [mi destrucción no es negociable] en el Chat Noir o en el Lapin Agile –su conejo parece que nos sonríe cómplicemente-, para perdernos bajo la noche de pastel Goghiano,
en la entrada de la Place du Tertre. El sabor vagabundea mágico entre nuestros estómagos, y es irremediablemente fascinante.
Las calles se hacen más angulosas y cuesta subir la calle del Chevalier de la Barre.
Al fondo, como un reclamo endiablado, el fuego de los molinos nos humea señales de bienvenida. Allí vamos, me femme terrible, la noche es poderosa y nuestras almas se desdibujan sobre las escaleras de las luces, bailando el suave aroma de la nocturnidad reconquistada.
Las estrellas forman parte de la luminosidad, sin importarles ser consortes de esta luna que nos protege. Más que bombillas son candiles que enrarecen la belleza intrínseca que nos abraza cálidamente . Bajo su manto, el Moulin de la Galette nos abre complaciente su garganta, la niebla que se desprende desde su mismísima alma anima a nuestros pies viajeros a disfrutar de su secreto.

Tras el refresco de otro fuegoverde, los candelabros del techo se retuercen bajo el aroma de humo incandescente de la sala. Junto a la barra, Renoir intenta conquistar a una bailarina, pero ella parece que ya ha prometido una clase particular a Degas.
Consciente de su fracaso se gira ante nosotros, “Salut! Voyage d'amis” –nos farfulla-, creo que nos ha reconocido, aunque no se acordará, sus pasos delatan que hoy se pasó con el brebaje. Mientras se aleja podemos escuchar no sé que historias de un columpio y que se pasará por aquí el domingo por la mañana, para el baile, dice. Por si acaso seguiremos nuestra ruta hasta la cima del Sacre-Coeur, si la noche y el alcohol nos lo permite.
Los adoquines parecen que jueguen a ser duendes entre nuestros zapatos. Ya van varias veces que el suelo intenta besarnos. Si no te importa mejor será que nos protejamos de sus ataques de celos cojiéndonos mutuamente. Entre tanto unos amantes intentan esconderse de la luz en el patio de los judíos...
Casi de improviso entramos en una especie de teatro-cabaret, aun con tus reticencias iniciales. Parece ser que se llama el Folies Bergère. Rápidamente te das cuenta del porqué te daba mala espina el sitio. En el escenario, una bella corista, interpreta a una inocente niñera que poco a poco va perdiendo todos sus atavíos a ritmo de los vítores de los asistentes. Ya me conoces, por lo que antes que mirar al escenario ya me estoy serpenteando hacia la barra. Desde el enorme espejo que se parapeta tras la camarera, se divisa todo lo que acontece en el cabaret. El aroma rezuma incontinencia venusiana. Sin quererlo te rozo ligeramente el antebrazo al ir a recoger nuestros éxtasis líquidos que tan cortésmente nos sirvió la camarera. Noto como tu piel se eriza ante mi contacto, y al darte cuenta tú me lanzas una sonrisa que atraviesa mi entendimiento. Sólo me da tiempo para devolvértela, ya que antes de poder soltar algún sonido monosílabo en señal de complacencia un veterano caballero se nos acerca y gentílmente nos dice que esta ronda va de su cuenta, y nos hace brindar a la salud de Suzon –que al parecer es como se llama la camarera de tan melancólica mirada-. Al principio creo que debe tratarse de un viejo verde que quiere hacernos alguna pervertida proposición, por lo que mi mente empieza a construir todas las hipótesis más raras que se me ocurren –para saber cuál sería lo máximo admitido-, sin embargo mi mente se lleva un gran chasco cuando te acercas sigilosamente a mi oído y me susurras algo excitada “es Manet”.
La verdad es que salimos del Folies Bergère algo calentitos, dudando de si sólo se trata del ardor de tan peculiar bebida. La luna se divisa juguetona tras las esponjas blancas que hacen de velo. Nos está sonriendo desde su menguante, y nuestra imaginación nos eleva más allá de lo permitido...
Sin darnos cuenta –el fulgor verde nos domina- divisamos unas enormes aspas rojas, preludio de lo que parece la entrada al infierno. La multitud, artísticamente vagabunda, se arremolina en el acceso. “S'il vous plaît monsieur” –espeto a un caballero con sombrero de copa- “Quelle place est cela ?”, algo nervioso se gira y nos contesta “Le Mulin Rouge, naturellement”. Asombrosamente se trata de Verlaine, que parece que sigue la pista de nuevo de Rimbaud, que andará coqueteando seguramente con algún otro sabio que le ilumine –años después lo pagará, recibiendo un tiro de Verlaine tras un ataque de celos-.
Como si el mismísimo cancerbero se tratara el portero nos abre la puerta con una sonrisa maliciosa que acrecienta el misterio que esconde en su interior. La música de Offenbach, a medida que vamos descubriendo las entrañas de la bestia, deja de ser música para convertirse en partículas de aire que flirtean con nuestros oídos, cancaneando sonidos excitantes alrededor de nuestra conciencia. Es hora de tomar otra copa –doble, eso sí- de nuestro particular infierno bebible. Todo es rojo, verdosamente rojo a nuestro alrededor. Entre la espesura de la niebla humeante nos cruzamos una mirada fugazmente intensa, y señalamos con nuestros ojos el anfiteatro de la planta de arriba, donde se ocultan los reservados.

Subiendo las interminables escaleras empezamos a apreciar el dulce aroma de noche que embriaga toda la planta. No dejamos de asirnos mutuamente, el equilibrio sólo es posible si vamos juntos. Mientras avanzamos por el largo pasillo que habilita el acceso a los reservados nos damos cuenta que están casi todos ocupados, salvo uno –hoy todo es posible- al fondo. Poco antes de entrar observamos que en el reservado de al lado se encuentra Toulouse-Lautrec junto a dos mujeres que parecen muy amigas. Todo normal si no fuera porque te percatas que tienen en una cubitera una botella de Moet Chandon sin abrir. Fulminantemente te adentras silenciosa y la rescatas para nuestra causa. No dejas de sorprenderme. Con la cubitera en la mano me lanzas una mirada felina que precede al zarpazo que me empuja hacia el interior de la que ya es nuestra pequeña sala. Las burbujas cosquillean nuestro cuerpo como la brisa que acaricia la arena de la playa y el terciopelo que lo envuelve todo cariñosamente acaricia también nuestra carne. Sin dejar de mirarnos levantamos las copas y brindamos por la noche, que aún se encuentra poderosa en nuestra sangre...
Buscando alguna novela vieja entre tanto polvo encontré, casi por casualidad, un aparato que me resultaba harto extraño, así como enormemente sugerente. Se trataba de una especie de cilindro metálico que se asemejaba, en tamaño y peso, a una barra de uranio de alguna central nuclear. Sin embargo, había algo que me indicaba que el cilindro era mucho más que una simple barra de hierro. En ambas bases sobresalían sendos asideros en los cuales se podía leer la inscripción “Coge y serás cogido eternamente”, lo cual acrecentaba aún más el misterio. Tras agarrarme –la curiosidad siempre ha sido una de mis debilidades- y observar que no pasaba nada –y tras descartar cualquier utilidad sexual-, busqué por donde había encontrado la barra por si aparecía algún manual de instrucciones. Yo, que siempre he sido muy torpe para este tipo de cosas, estaba convencido que la “cosa” debía servir para algo, aunque –como siempre- no sabía cómo utilizarla. Tuve suerte y junto a una bolsa vieja de cuero encontré un pequeño manuscrito de puño y letra de mi tío que, cuál fue mi sorpresa, decía “Si el tiempo quieres dominar, dos energías debes juntar”. Tras reponerme del shock poético –la poesía nunca fue lo fuerte del Tío Horacio - recordé las viejas palabras de mi tío, las historias que me contaba de pequeño sobre civilizaciones perdidas, los cuentos nocturnos que me contaba sobre viajes imposibles... Unas palabras me volvieron de repente a la memoria “algún día lo entenderás, y sólo te será necesario otra persona para coger lo que a todos nos tiene cogidos”. Siempre tan ilustrativo mi querido tío.
Está claro que debe tratarse de una especie de máquina del tiempo, en la que de algún modo el artilugio debe reconvertir la energía de dos personas en un increíble salto temporal. He aquí pues que me presento ante ti, con la sana intención de convencerte para que te apuntes conmigo en tan interesante viaje. No puedes decir que no.
Ya que es la primera vez y en ésta hago yo de anfitrión me vas a permitir que decida el destino, así que si hace el favor, mi ahora compañera, amarra un asa que despegamos, destino: Paris, finales del XIX.
Paris se nos presenta coloreado, como sacado de un cuadro del Museo de Orsay. Si no te importa, paseemos primero por las angostadas calles de Montmartre, donde tomaremos el primer sorbo de absenta [mi destrucción no es negociable] en el Chat Noir o en el Lapin Agile –su conejo parece que nos sonríe cómplicemente-, para perdernos bajo la noche de pastel Goghiano,
en la entrada de la Place du Tertre. El sabor vagabundea mágico entre nuestros estómagos, y es irremediablemente fascinante.Las calles se hacen más angulosas y cuesta subir la calle del Chevalier de la Barre.
Al fondo, como un reclamo endiablado, el fuego de los molinos nos humea señales de bienvenida. Allí vamos, me femme terrible, la noche es poderosa y nuestras almas se desdibujan sobre las escaleras de las luces, bailando el suave aroma de la nocturnidad reconquistada. Las estrellas forman parte de la luminosidad, sin importarles ser consortes de esta luna que nos protege. Más que bombillas son candiles que enrarecen la belleza intrínseca que nos abraza cálidamente . Bajo su manto, el Moulin de la Galette nos abre complaciente su garganta, la niebla que se desprende desde su mismísima alma anima a nuestros pies viajeros a disfrutar de su secreto.

Tras el refresco de otro fuegoverde, los candelabros del techo se retuercen bajo el aroma de humo incandescente de la sala. Junto a la barra, Renoir intenta conquistar a una bailarina, pero ella parece que ya ha prometido una clase particular a Degas.
Consciente de su fracaso se gira ante nosotros, “Salut! Voyage d'amis” –nos farfulla-, creo que nos ha reconocido, aunque no se acordará, sus pasos delatan que hoy se pasó con el brebaje. Mientras se aleja podemos escuchar no sé que historias de un columpio y que se pasará por aquí el domingo por la mañana, para el baile, dice. Por si acaso seguiremos nuestra ruta hasta la cima del Sacre-Coeur, si la noche y el alcohol nos lo permite.Los adoquines parecen que jueguen a ser duendes entre nuestros zapatos. Ya van varias veces que el suelo intenta besarnos. Si no te importa mejor será que nos protejamos de sus ataques de celos cojiéndonos mutuamente. Entre tanto unos amantes intentan esconderse de la luz en el patio de los judíos...
Casi de improviso entramos en una especie de teatro-cabaret, aun con tus reticencias iniciales. Parece ser que se llama el Folies Bergère. Rápidamente te das cuenta del porqué te daba mala espina el sitio. En el escenario, una bella corista, interpreta a una inocente niñera que poco a poco va perdiendo todos sus atavíos a ritmo de los vítores de los asistentes. Ya me conoces, por lo que antes que mirar al escenario ya me estoy serpenteando hacia la barra. Desde el enorme espejo que se parapeta tras la camarera, se divisa todo lo que acontece en el cabaret. El aroma rezuma incontinencia venusiana. Sin quererlo te rozo ligeramente el antebrazo al ir a recoger nuestros éxtasis líquidos que tan cortésmente nos sirvió la camarera. Noto como tu piel se eriza ante mi contacto, y al darte cuenta tú me lanzas una sonrisa que atraviesa mi entendimiento. Sólo me da tiempo para devolvértela, ya que antes de poder soltar algún sonido monosílabo en señal de complacencia un veterano caballero se nos acerca y gentílmente nos dice que esta ronda va de su cuenta, y nos hace brindar a la salud de Suzon –que al parecer es como se llama la camarera de tan melancólica mirada-. Al principio creo que debe tratarse de un viejo verde que quiere hacernos alguna pervertida proposición, por lo que mi mente empieza a construir todas las hipótesis más raras que se me ocurren –para saber cuál sería lo máximo admitido-, sin embargo mi mente se lleva un gran chasco cuando te acercas sigilosamente a mi oído y me susurras algo excitada “es Manet”.
La verdad es que salimos del Folies Bergère algo calentitos, dudando de si sólo se trata del ardor de tan peculiar bebida. La luna se divisa juguetona tras las esponjas blancas que hacen de velo. Nos está sonriendo desde su menguante, y nuestra imaginación nos eleva más allá de lo permitido...
Sin darnos cuenta –el fulgor verde nos domina- divisamos unas enormes aspas rojas, preludio de lo que parece la entrada al infierno. La multitud, artísticamente vagabunda, se arremolina en el acceso. “S'il vous plaît monsieur” –espeto a un caballero con sombrero de copa- “Quelle place est cela ?”, algo nervioso se gira y nos contesta “Le Mulin Rouge, naturellement”. Asombrosamente se trata de Verlaine, que parece que sigue la pista de nuevo de Rimbaud, que andará coqueteando seguramente con algún otro sabio que le ilumine –años después lo pagará, recibiendo un tiro de Verlaine tras un ataque de celos-.
Como si el mismísimo cancerbero se tratara el portero nos abre la puerta con una sonrisa maliciosa que acrecienta el misterio que esconde en su interior. La música de Offenbach, a medida que vamos descubriendo las entrañas de la bestia, deja de ser música para convertirse en partículas de aire que flirtean con nuestros oídos, cancaneando sonidos excitantes alrededor de nuestra conciencia. Es hora de tomar otra copa –doble, eso sí- de nuestro particular infierno bebible. Todo es rojo, verdosamente rojo a nuestro alrededor. Entre la espesura de la niebla humeante nos cruzamos una mirada fugazmente intensa, y señalamos con nuestros ojos el anfiteatro de la planta de arriba, donde se ocultan los reservados.

Subiendo las interminables escaleras empezamos a apreciar el dulce aroma de noche que embriaga toda la planta. No dejamos de asirnos mutuamente, el equilibrio sólo es posible si vamos juntos. Mientras avanzamos por el largo pasillo que habilita el acceso a los reservados nos damos cuenta que están casi todos ocupados, salvo uno –hoy todo es posible- al fondo. Poco antes de entrar observamos que en el reservado de al lado se encuentra Toulouse-Lautrec junto a dos mujeres que parecen muy amigas. Todo normal si no fuera porque te percatas que tienen en una cubitera una botella de Moet Chandon sin abrir. Fulminantemente te adentras silenciosa y la rescatas para nuestra causa. No dejas de sorprenderme. Con la cubitera en la mano me lanzas una mirada felina que precede al zarpazo que me empuja hacia el interior de la que ya es nuestra pequeña sala. Las burbujas cosquillean nuestro cuerpo como la brisa que acaricia la arena de la playa y el terciopelo que lo envuelve todo cariñosamente acaricia también nuestra carne. Sin dejar de mirarnos levantamos las copas y brindamos por la noche, que aún se encuentra poderosa en nuestra sangre...





