(ligero descanso)
Es curioso cómo la fortuna puede llegar a sorprendernos en el momento más insospechado de nuestras vidas, multiplicando milagrosamente el cúmulo de posibilidades que nuestras circunstancias nos imponen. O por lo menos eso parece, sobretodo ante el descubrimiento –más bien hallazgo- de tan raro artilugio, en el desván del desaparecido Tío Horacio.
Buscando alguna novela vieja entre tanto polvo encontré, casi por casualidad, un aparato que me resultaba harto extraño, así como enormemente sugerente. Se trataba de una especie de cilindro metálico que se asemejaba, en tamaño y peso, a una barra de uranio de alguna central nuclear. Sin embargo, había algo que me indicaba que el cilindro era mucho más que una simple barra de hierro. En ambas bases sobresalían sendos asideros en los cuales se podía leer la inscripción “Coge y serás cogido eternamente”, lo cual acrecentaba aún más el misterio. Tras agarrarme –la curiosidad siempre ha sido una de mis debilidades- y observar que no pasaba nada –y tras descartar cualquier utilidad sexual-, busqué por donde había encontrado la barra por si aparecía algún manual de instrucciones. Yo, que siempre he sido muy torpe para este tipo de cosas, estaba convencido que la “cosa” debía servir para algo, aunque –como siempre- no sabía cómo utilizarla. Tuve suerte y junto a una bolsa vieja de cuero encontré un pequeño manuscrito de puño y letra de mi tío que, cuál fue mi sorpresa, decía “Si el tiempo quieres dominar, dos energías debes juntar”. Tras reponerme del shock poético –la poesía nunca fue lo fuerte del Tío Horacio - recordé las viejas palabras de mi tío, las historias que me contaba de pequeño sobre civilizaciones perdidas, los cuentos nocturnos que me contaba sobre viajes imposibles... Unas palabras me volvieron de repente a la memoria “algún día lo entenderás, y sólo te será necesario otra persona para coger lo que a todos nos tiene cogidos”. Siempre tan ilustrativo mi querido tío.
Está claro que debe tratarse de una especie de máquina del tiempo, en la que de algún modo el artilugio debe reconvertir la energía de dos personas en un increíble salto temporal. He aquí pues que me presento ante ti, con la sana intención de convencerte para que te apuntes conmigo en tan interesante viaje. No puedes decir que no.
Ya que es la primera vez y en ésta hago yo de anfitrión me vas a permitir que decida el destino, así que si hace el favor, mi ahora compañera, amarra un asa que despegamos, destino: Paris, finales del XIX.
Paris se nos presenta coloreado, como sacado de un cuadro del Museo de Orsay. Si no te importa, paseemos primero por las angostadas calles de Montmartre, donde tomaremos el primer sorbo de absenta [mi destrucción no es negociable] en el Chat Noir o en el Lapin Agile –su conejo parece que nos sonríe cómplicemente-, para perdernos bajo la noche de pastel Goghiano,
en la entrada de la Place du Tertre. El sabor vagabundea mágico entre nuestros estómagos, y es irremediablemente fascinante.
Las calles se hacen más angulosas y cuesta subir la calle del Chevalier de la Barre.
Al fondo, como un reclamo endiablado, el fuego de los molinos nos humea señales de bienvenida. Allí vamos, me femme terrible, la noche es poderosa y nuestras almas se desdibujan sobre las escaleras de las luces, bailando el suave aroma de la nocturnidad reconquistada.
Las estrellas forman parte de la luminosidad, sin importarles ser consortes de esta luna que nos protege. Más que bombillas son candiles que enrarecen la belleza intrínseca que nos abraza cálidamente . Bajo su manto, el Moulin de la Galette nos abre complaciente su garganta, la niebla que se desprende desde su mismísima alma anima a nuestros pies viajeros a disfrutar de su secreto.

Tras el refresco de otro fuegoverde, los candelabros del techo se retuercen bajo el aroma de humo incandescente de la sala. Junto a la barra, Renoir intenta conquistar a una bailarina, pero ella parece que ya ha prometido una clase particular a Degas.
Consciente de su fracaso se gira ante nosotros, “Salut! Voyage d'amis” –nos farfulla-, creo que nos ha reconocido, aunque no se acordará, sus pasos delatan que hoy se pasó con el brebaje. Mientras se aleja podemos escuchar no sé que historias de un columpio y que se pasará por aquí el domingo por la mañana, para el baile, dice. Por si acaso seguiremos nuestra ruta hasta la cima del Sacre-Coeur, si la noche y el alcohol nos lo permite.
Los adoquines parecen que jueguen a ser duendes entre nuestros zapatos. Ya van varias veces que el suelo intenta besarnos. Si no te importa mejor será que nos protejamos de sus ataques de celos cojiéndonos mutuamente. Entre tanto unos amantes intentan esconderse de la luz en el patio de los judíos...
Casi de improviso entramos en una especie de teatro-cabaret, aun con tus reticencias iniciales. Parece ser que se llama el Folies Bergère. Rápidamente te das cuenta del porqué te daba mala espina el sitio. En el escenario, una bella corista, interpreta a una inocente niñera que poco a poco va perdiendo todos sus atavíos a ritmo de los vítores de los asistentes. Ya me conoces, por lo que antes que mirar al escenario ya me estoy serpenteando hacia la barra. Desde el enorme espejo que se parapeta tras la camarera, se divisa todo lo que acontece en el cabaret. El aroma rezuma incontinencia venusiana. Sin quererlo te rozo ligeramente el antebrazo al ir a recoger nuestros éxtasis líquidos que tan cortésmente nos sirvió la camarera. Noto como tu piel se eriza ante mi contacto, y al darte cuenta tú me lanzas una sonrisa que atraviesa mi entendimiento. Sólo me da tiempo para devolvértela, ya que antes de poder soltar algún sonido monosílabo en señal de complacencia un veterano caballero se nos acerca y gentílmente nos dice que esta ronda va de su cuenta, y nos hace brindar a la salud de Suzon –que al parecer es como se llama la camarera de tan melancólica mirada-. Al principio creo que debe tratarse de un viejo verde que quiere hacernos alguna pervertida proposición, por lo que mi mente empieza a construir todas las hipótesis más raras que se me ocurren –para saber cuál sería lo máximo admitido-, sin embargo mi mente se lleva un gran chasco cuando te acercas sigilosamente a mi oído y me susurras algo excitada “es Manet”.
La verdad es que salimos del Folies Bergère algo calentitos, dudando de si sólo se trata del ardor de tan peculiar bebida. La luna se divisa juguetona tras las esponjas blancas que hacen de velo. Nos está sonriendo desde su menguante, y nuestra imaginación nos eleva más allá de lo permitido...
Sin darnos cuenta –el fulgor verde nos domina- divisamos unas enormes aspas rojas, preludio de lo que parece la entrada al infierno. La multitud, artísticamente vagabunda, se arremolina en el acceso. “S'il vous plaît monsieur” –espeto a un caballero con sombrero de copa- “Quelle place est cela ?”, algo nervioso se gira y nos contesta “Le Mulin Rouge, naturellement”. Asombrosamente se trata de Verlaine, que parece que sigue la pista de nuevo de Rimbaud, que andará coqueteando seguramente con algún otro sabio que le ilumine –años después lo pagará, recibiendo un tiro de Verlaine tras un ataque de celos-.
Como si el mismísimo cancerbero se tratara el portero nos abre la puerta con una sonrisa maliciosa que acrecienta el misterio que esconde en su interior. La música de Offenbach, a medida que vamos descubriendo las entrañas de la bestia, deja de ser música para convertirse en partículas de aire que flirtean con nuestros oídos, cancaneando sonidos excitantes alrededor de nuestra conciencia. Es hora de tomar otra copa –doble, eso sí- de nuestro particular infierno bebible. Todo es rojo, verdosamente rojo a nuestro alrededor. Entre la espesura de la niebla humeante nos cruzamos una mirada fugazmente intensa, y señalamos con nuestros ojos el anfiteatro de la planta de arriba, donde se ocultan los reservados.

Subiendo las interminables escaleras empezamos a apreciar el dulce aroma de noche que embriaga toda la planta. No dejamos de asirnos mutuamente, el equilibrio sólo es posible si vamos juntos. Mientras avanzamos por el largo pasillo que habilita el acceso a los reservados nos damos cuenta que están casi todos ocupados, salvo uno –hoy todo es posible- al fondo. Poco antes de entrar observamos que en el reservado de al lado se encuentra Toulouse-Lautrec junto a dos mujeres que parecen muy amigas. Todo normal si no fuera porque te percatas que tienen en una cubitera una botella de Moet Chandon sin abrir. Fulminantemente te adentras silenciosa y la rescatas para nuestra causa. No dejas de sorprenderme. Con la cubitera en la mano me lanzas una mirada felina que precede al zarpazo que me empuja hacia el interior de la que ya es nuestra pequeña sala. Las burbujas cosquillean nuestro cuerpo como la brisa que acaricia la arena de la playa y el terciopelo que lo envuelve todo cariñosamente acaricia también nuestra carne. Sin dejar de mirarnos levantamos las copas y brindamos por la noche, que aún se encuentra poderosa en nuestra sangre...
Buscando alguna novela vieja entre tanto polvo encontré, casi por casualidad, un aparato que me resultaba harto extraño, así como enormemente sugerente. Se trataba de una especie de cilindro metálico que se asemejaba, en tamaño y peso, a una barra de uranio de alguna central nuclear. Sin embargo, había algo que me indicaba que el cilindro era mucho más que una simple barra de hierro. En ambas bases sobresalían sendos asideros en los cuales se podía leer la inscripción “Coge y serás cogido eternamente”, lo cual acrecentaba aún más el misterio. Tras agarrarme –la curiosidad siempre ha sido una de mis debilidades- y observar que no pasaba nada –y tras descartar cualquier utilidad sexual-, busqué por donde había encontrado la barra por si aparecía algún manual de instrucciones. Yo, que siempre he sido muy torpe para este tipo de cosas, estaba convencido que la “cosa” debía servir para algo, aunque –como siempre- no sabía cómo utilizarla. Tuve suerte y junto a una bolsa vieja de cuero encontré un pequeño manuscrito de puño y letra de mi tío que, cuál fue mi sorpresa, decía “Si el tiempo quieres dominar, dos energías debes juntar”. Tras reponerme del shock poético –la poesía nunca fue lo fuerte del Tío Horacio - recordé las viejas palabras de mi tío, las historias que me contaba de pequeño sobre civilizaciones perdidas, los cuentos nocturnos que me contaba sobre viajes imposibles... Unas palabras me volvieron de repente a la memoria “algún día lo entenderás, y sólo te será necesario otra persona para coger lo que a todos nos tiene cogidos”. Siempre tan ilustrativo mi querido tío.
Está claro que debe tratarse de una especie de máquina del tiempo, en la que de algún modo el artilugio debe reconvertir la energía de dos personas en un increíble salto temporal. He aquí pues que me presento ante ti, con la sana intención de convencerte para que te apuntes conmigo en tan interesante viaje. No puedes decir que no.
Ya que es la primera vez y en ésta hago yo de anfitrión me vas a permitir que decida el destino, así que si hace el favor, mi ahora compañera, amarra un asa que despegamos, destino: Paris, finales del XIX.
Paris se nos presenta coloreado, como sacado de un cuadro del Museo de Orsay. Si no te importa, paseemos primero por las angostadas calles de Montmartre, donde tomaremos el primer sorbo de absenta [mi destrucción no es negociable] en el Chat Noir o en el Lapin Agile –su conejo parece que nos sonríe cómplicemente-, para perdernos bajo la noche de pastel Goghiano,
en la entrada de la Place du Tertre. El sabor vagabundea mágico entre nuestros estómagos, y es irremediablemente fascinante.Las calles se hacen más angulosas y cuesta subir la calle del Chevalier de la Barre.
Al fondo, como un reclamo endiablado, el fuego de los molinos nos humea señales de bienvenida. Allí vamos, me femme terrible, la noche es poderosa y nuestras almas se desdibujan sobre las escaleras de las luces, bailando el suave aroma de la nocturnidad reconquistada. Las estrellas forman parte de la luminosidad, sin importarles ser consortes de esta luna que nos protege. Más que bombillas son candiles que enrarecen la belleza intrínseca que nos abraza cálidamente . Bajo su manto, el Moulin de la Galette nos abre complaciente su garganta, la niebla que se desprende desde su mismísima alma anima a nuestros pies viajeros a disfrutar de su secreto.

Tras el refresco de otro fuegoverde, los candelabros del techo se retuercen bajo el aroma de humo incandescente de la sala. Junto a la barra, Renoir intenta conquistar a una bailarina, pero ella parece que ya ha prometido una clase particular a Degas.
Consciente de su fracaso se gira ante nosotros, “Salut! Voyage d'amis” –nos farfulla-, creo que nos ha reconocido, aunque no se acordará, sus pasos delatan que hoy se pasó con el brebaje. Mientras se aleja podemos escuchar no sé que historias de un columpio y que se pasará por aquí el domingo por la mañana, para el baile, dice. Por si acaso seguiremos nuestra ruta hasta la cima del Sacre-Coeur, si la noche y el alcohol nos lo permite.Los adoquines parecen que jueguen a ser duendes entre nuestros zapatos. Ya van varias veces que el suelo intenta besarnos. Si no te importa mejor será que nos protejamos de sus ataques de celos cojiéndonos mutuamente. Entre tanto unos amantes intentan esconderse de la luz en el patio de los judíos...
Casi de improviso entramos en una especie de teatro-cabaret, aun con tus reticencias iniciales. Parece ser que se llama el Folies Bergère. Rápidamente te das cuenta del porqué te daba mala espina el sitio. En el escenario, una bella corista, interpreta a una inocente niñera que poco a poco va perdiendo todos sus atavíos a ritmo de los vítores de los asistentes. Ya me conoces, por lo que antes que mirar al escenario ya me estoy serpenteando hacia la barra. Desde el enorme espejo que se parapeta tras la camarera, se divisa todo lo que acontece en el cabaret. El aroma rezuma incontinencia venusiana. Sin quererlo te rozo ligeramente el antebrazo al ir a recoger nuestros éxtasis líquidos que tan cortésmente nos sirvió la camarera. Noto como tu piel se eriza ante mi contacto, y al darte cuenta tú me lanzas una sonrisa que atraviesa mi entendimiento. Sólo me da tiempo para devolvértela, ya que antes de poder soltar algún sonido monosílabo en señal de complacencia un veterano caballero se nos acerca y gentílmente nos dice que esta ronda va de su cuenta, y nos hace brindar a la salud de Suzon –que al parecer es como se llama la camarera de tan melancólica mirada-. Al principio creo que debe tratarse de un viejo verde que quiere hacernos alguna pervertida proposición, por lo que mi mente empieza a construir todas las hipótesis más raras que se me ocurren –para saber cuál sería lo máximo admitido-, sin embargo mi mente se lleva un gran chasco cuando te acercas sigilosamente a mi oído y me susurras algo excitada “es Manet”.
La verdad es que salimos del Folies Bergère algo calentitos, dudando de si sólo se trata del ardor de tan peculiar bebida. La luna se divisa juguetona tras las esponjas blancas que hacen de velo. Nos está sonriendo desde su menguante, y nuestra imaginación nos eleva más allá de lo permitido...
Sin darnos cuenta –el fulgor verde nos domina- divisamos unas enormes aspas rojas, preludio de lo que parece la entrada al infierno. La multitud, artísticamente vagabunda, se arremolina en el acceso. “S'il vous plaît monsieur” –espeto a un caballero con sombrero de copa- “Quelle place est cela ?”, algo nervioso se gira y nos contesta “Le Mulin Rouge, naturellement”. Asombrosamente se trata de Verlaine, que parece que sigue la pista de nuevo de Rimbaud, que andará coqueteando seguramente con algún otro sabio que le ilumine –años después lo pagará, recibiendo un tiro de Verlaine tras un ataque de celos-.
Como si el mismísimo cancerbero se tratara el portero nos abre la puerta con una sonrisa maliciosa que acrecienta el misterio que esconde en su interior. La música de Offenbach, a medida que vamos descubriendo las entrañas de la bestia, deja de ser música para convertirse en partículas de aire que flirtean con nuestros oídos, cancaneando sonidos excitantes alrededor de nuestra conciencia. Es hora de tomar otra copa –doble, eso sí- de nuestro particular infierno bebible. Todo es rojo, verdosamente rojo a nuestro alrededor. Entre la espesura de la niebla humeante nos cruzamos una mirada fugazmente intensa, y señalamos con nuestros ojos el anfiteatro de la planta de arriba, donde se ocultan los reservados.

Subiendo las interminables escaleras empezamos a apreciar el dulce aroma de noche que embriaga toda la planta. No dejamos de asirnos mutuamente, el equilibrio sólo es posible si vamos juntos. Mientras avanzamos por el largo pasillo que habilita el acceso a los reservados nos damos cuenta que están casi todos ocupados, salvo uno –hoy todo es posible- al fondo. Poco antes de entrar observamos que en el reservado de al lado se encuentra Toulouse-Lautrec junto a dos mujeres que parecen muy amigas. Todo normal si no fuera porque te percatas que tienen en una cubitera una botella de Moet Chandon sin abrir. Fulminantemente te adentras silenciosa y la rescatas para nuestra causa. No dejas de sorprenderme. Con la cubitera en la mano me lanzas una mirada felina que precede al zarpazo que me empuja hacia el interior de la que ya es nuestra pequeña sala. Las burbujas cosquillean nuestro cuerpo como la brisa que acaricia la arena de la playa y el terciopelo que lo envuelve todo cariñosamente acaricia también nuestra carne. Sin dejar de mirarnos levantamos las copas y brindamos por la noche, que aún se encuentra poderosa en nuestra sangre...
Comentario:
Comentario:
Quién ha escrito èsto?...tuve la suerte de amar en París, una historia de cinco meses sólo para vivir y saber que cada momento es lo importante, y olvidar. Que los recuerdos sean trozos de felicidad, esas noches entre la lujuria del lujo y esa tibieza que da el amor a todo. volar, aves de paso somos, pero dando, haciendo, recibiendo con gracia. Misterios hay en todas partes y el misterio de la escritura tiene una belleza que logra transformarnos. Quién escribe?
Comentario:
No se debería despertar la nostalgia de un tiempo no vivido en las mentes de la gente. No se debería hablar de París así a quien no ha estado allí. No se debería nombrar a Toulouse-Lautrec ni Manet en presencia de quien no puede ver la vida como ellos.
No debería en ningun caso dejarse llevar por la absenta quien no tiene algo que recordar.
Pues todo esto despierta sueños olvidados, mentes dormidas, ilusiones despojadas, amores imaginados, noches y noches huyendo de una realidad que podría ser mejor, miles de esperanzas perdidas y sobre todo la conciencia de que el mundo era mejor cuando no era tan bueno.
Siempre hay un sitio al que puedes volver, una época a la que regresar, un cuento que vivir
No debería en ningun caso dejarse llevar por la absenta quien no tiene algo que recordar.
Pues todo esto despierta sueños olvidados, mentes dormidas, ilusiones despojadas, amores imaginados, noches y noches huyendo de una realidad que podría ser mejor, miles de esperanzas perdidas y sobre todo la conciencia de que el mundo era mejor cuando no era tan bueno.
Siempre hay un sitio al que puedes volver, una época a la que regresar, un cuento que vivir
Comentario:
El poeta ya no esta solo...
¿Cuando dejara el poeta de estar triste?
¿Cuando dejara el poeta de estar triste?
Comentario:
Wenas noxes!! Bonito paseo por París, a ver si en el próximo me invitas y pruebo la tentadora hada verde, absenta xD, por cierto has visto la películo Moulin Rouge, la versión musical de Nicole Kidman, a mi personalmente me encantó, así que te la recomiendo ;)
Besitos wapo!!!
Besitos wapo!!!
Comentario:
Hola! gracias por dejarme la poesía de Salinas, me ha encantado recordarla. Por desgracia no tengo tiempo para leer tu último post, pero no quería irme sin agradecerte el detalle. un abrazo.





