Blogs.ya.com Quitar publicidad
Cosas que siempre te dije...
... y que nunca quisiste escuchar
Acerca de
Aquí te cuento lo que siempre te dije y no quisiste escuchar. Te cuento mi día a día contigo y sin ti, cuando me amas y me odias, cuando me gritas y enmudeces. Cuando desapareces y vuelves para marcharte otra vez. Te cuento mis caos, mis vacíos, el desastre de vida que he construído sin ti. Aquí os cuento todo lo que se me pasa por la cabeza y el alma, lo que callo porque ya me cansé de gritarlo. Dudas, sugerencias, preguntas y respuestas en: nuukgroen@hotmail.com
Sindicación
 
VIVA

Levantar la vista de los apuntes y toparme con el mar es una de las cosas más bonitas que me ha pasado en los últimos meses.

La simple sensación de saber que estoy en el sur, mi adorada tierra, me emborracha de paz. Esta vez sí, a pesar de los intentos de boicoteo de algún alma madrileña.

Aquí no me llegan los gritos de la capital, aquí sólo alcanzo a oír mi querido acento andaluz y el estremecedor sonido del mar, que tanto me remueven por dentro. Aquí el dolor se cura con el abrazo de un enano que anda como un pato mareado. Aquí sí existe el tiempo, y pasa y no escuece, y pasa y es bonito verlo pasar. Aquí siempre hay vida después del abismo.

Madrid y su infierno me esperan con los brazos cerrados, o tal vez sea yo la que no quiera abrazar su cielo.

Me cuesta horrores dejar esta inyección de vida que es mi tierra y mi gente, casi tanto como desprenderme de lo que me mata una y otra vez.
 
VETE DE MÍ

Lloraba a escondidas, casi en silencio, refugiada en la oscuridad. Tú, pegada a mi cuerpo, aún bañada en sudor, me preguntabas si me había gustado. Enmudecí y, por primera vez, no supe qué contestarte. Porque mis lágrimas no eran de emoción sino de impotencia, de frustración, de derrota. Lágrimas de perdedora.

En menos de doce horas te has ido de casa dos veces. La primera salí corriendo detrás de ti para retenerte, intentando hacer que entraras en razón, midiendo cada letra para hacerte comprender, acariciando las palabras para lograr entrar en ti sin que pensaras que siempre busco hacerte daño. La segunda te fuiste de verdad, despidiéndote con un “hemos terminado”. Esta vez te dejé marchar, porque sabía que, dijera lo que dijera, hiciera lo que hiciera, no me ibas a escuchar. Te fuiste y me quedé dormida, de puro agotamiento.

Contigo es todo o nada, de cero a diez, de diez a menos diez, del cielo al infierno… por qué me empeño en creer que dos horas bien a tu lado compensan cien mil horas de dolor…

Y es que no sé cómo alejarte de mí, no sé cómo desengancharme de tu maldita droga. Incluso provoco las discusiones para que, como siempre has hecho sin razón, me mandes a la mierda, pero con motivos. Así no tengo que hacerme la fuerte, así no tengo que ser yo la que dé el fatídico paso, así evito ese trago de dejar a la persona que amo… Déjame tú, que yo no puedo. Vete de mí, que yo sólo quiero estar cerca de ti. Deja de buscarme, que siempre querré encontrarte. Bórrame de tu mente, que yo te la llenaré de los mejores recuerdos. Mátame, que resucitaré para darte mi último abrazo.

No me has entendido nunca, no me has respetado, no me has apoyado. Y dices que me amas como nunca lo hiciste… Mírame a los ojos, estoy rota, podrida por dentro, cualquiera lo habría hecho mejor que tú. Has sacado lo peor de mí. Vivo con ansiedad y miedo. Ahora sé lo que es la ira. He perdido el buen humor. He dejado de creer en mí. Me has robado las pocas virtudes que tenía. Me has hecho creer que estoy loca. Has destrozado mi tiempo. Me has reducido a nada. He dejado escapar la vida por estar contigo, por pelear contra un sinsentido.

Seguramente aún te quiera, seguramente seguiré haciendo muchas tonterías por ti, pero te aseguro que no te mereces ni un segundo más de mi tiempo, ni una sola palabra más, ni media oportunidad más.

Ojalá tuviera el valor de marcharme para siempre.
Etiquetas:  
 
CARTA A MI PSICÓLOGA

“Hola… Psico:

Espero que me leas antes de verme esta tarde de viernes para no tener que contarte, con un nefasto estado de ánimo, que la tarea de esta semana no ha ido todo lo bien que hubiera querido. Hablábamos de energía positiva, de feedback, de situaciones que me provocaran todo lo contrario a lo que me provoca Leo. Sólo me ha hecho falta un post-it para describirte esos momentos. Ha sido un desastre total y, como consecuencia, siento que he fracasado.

Ha sido una semana complicada. No es que haya vuelto a vivir escenas de terror con Leo, que también las ha habido, pero no sabría explicarte, es como si las fuerzas para hacer cosas hubieran desaparecido de repente. No he pisado la biblioteca ni un día, he rechazado un par de cafés porque no me veía con ganas de salir de casa, he dejado pendientes llamadas sin contestar, el estudio no me ha cundido prácticamente nada, el trabajo me ha agobiado más todavía… me he sentido en una cárcel, sin poder y sin querer salir de mis cuatro paredes. Me he tenido que obligar a pisar la calle, al menos para recordar que hay vida más allá de mi mundo. Me niego a seguir así, pero me pesa hasta el aire que respiro.

Anoche, mientras volvía de clase en el metro, se me escapó sin querer un pensamiento desde lo más dentro y, entonces, fui consciente, creo que por primera vez, de que lo único que me queda de mi relación con Leo son los restos de una fogata que nunca termina de apagarse; que no son más que cenizas que apenas calientan, que pronto desaparecerán, sin más. Y me dio tanta pena, tanta, que me puse a llorar como una cría, porque no lograba entender por qué, si tanto la quiero, no me queda más opción que alejarla de mí. Porque me doy cuenta de que el amor no es suficiente para que dos personas funcionen. Me doy cuenta de que, por más que Leo y yo nos queramos, si es que alguna vez nos hemos querido de verdad, lo imposible es imposible, y no hay que darle más vueltas. Porque no quiero a mi lado una persona con la que sólo me lleve bien cuando se apagan las luces.

Otra vez se ha ido por la puerta y otra vez me ha colgado el teléfono. Pero lo cierto es que apenas me he inmutado, todo lo contrario, debo confesarte que me he quedado sin paciencia y que puede que incluso haya sido yo la que ha provocado las últimas discusiones. Porque estoy agotada, porque no aguanto más, porque todo me molesta, porque me siento tan cansada que no puedo reforzar lo más mínimo esta situación. En resumen, me he rendido, he perdido la ilusión. Ella hace y yo deshago. Y por más empeño que Leo ponga viéndome tan apática, tan fría, no me sale del alma ni media palabra de cariño, ni un gesto que nazca del alma. Es como si me hubieran arrebatado las pocas energías que me quedaban, como si ya no tuviera una razón para seguir luchando. He tocado fondo y me niego a volver a rozar ese infierno. No quiero volver a pensar que darlo todo por alguien se ha quedado en nada.

Y por lo demás, poco que contar. Sólo he conseguido arrancar cierta positividad de cuatro o cinco conversaciones telefónicas con amigos, de los que padecen mi dolor, de los que aguardan con calma mis noticias a pesar de mis ausencias. También he estado pensando en mi familia, en mis padres, los que más me apoyan sin enterarse de mis heridas, los que me quieren incondicionalmente sin preguntas. Me pesa tenerlos lejos, a pesar de nuestra falta de comunicación, me pesa no poder pasar más tiempo con ellos, ahora que se me hacen mayores, me pesa no ver crecer a mi sobrino de un añito, al que no dejo de mirar en fotos sin poder evitar emocionarme. Me angustia mucho la responsabilidad de tener que sacar estas oposiciones. No es excusa, pero es tan asqueroso estar estudiando en estas condiciones…

En fin… te seguiría contando, pero de pronto me han dado las 04:30 de la madrugada y ya va siendo hora de meterme en la cama, que mañana me espera un día complicado, otra vez… Me acuesto un pelín más tranquila, llevo prácticamente toda la noche hablando por teléfono con gente que me llena, así que esto tiene pinta de noche sin pesadillas.

Nos vemos dentro de unas horas, puede que con ojeras, puede que con los deberes sin hacer, pero te aseguro, con ganas de seguir peleando.

Gracias por todo, como siempre.

Un abrazo”.
 
DÍAS DE LLUVIA Y DOLORES DE CABEZA

Me he pasado dos horas en la cama pensando en Eva antes de levantarme. Cualquier pensamiento es bueno si no tiene nada que ver con Leo.

Hace tres semanas Eva y yo nos reencontramos después de casi dos años sin vernos. No sabría definir esas 48 horas a su lado (y al de su pareja, diossss, cómo cambian las cosas). Lo cierto es que hacía mucho tiempo que no me sentía tan relajada, tan contenta. Un chute de alegría y paz en toda regla.

Ahora, con el paso de los días, analizo mis reacciones y sensaciones. Y no quiero llegar a la conclusión, porque no me da la gana, porque en mi cabeza hay pájaros de todos los colores menos de los del tono de sus ojos, de que… de que… ¿aún la quiero?

Me lía, me habla de señales, de que la vida me lo está poniendo por delante, de que nuestros caminos volverán a cruzarse, de que piensa en mí constantemente, de que tendremos que afrontar esa cuenta pendiente… y yo me cago de miedo y de rabia por dentro y, por fuera, le sigo la gracia. Que por más que quiera acariciar mi coraza inquebrantable, me hago la fuerte, la más fuerte del mundo… pero qué narices, si es Eva, no tengo más remedio que caer rendida a sus pies. Chica mala.

No sé si es una ventaja o un (grandísimo) inconveniente que Eva y yo nos sintamos tan cerca en los últimos tiempos. Otro encuentro y a la porra la estabilidad. A mí, en cierto modo, me da igual, porque más desequilibrada no se puede estar, pero ella… no sé si sería capaz de robarle su tranquilidad. No quiero alterar lo más mínimo su calma, su vida medio encauzada. No quiero romper su paz. No quiero hacer daño a nadie. Y no pienso dar un paso en falso hasta que descubra si aún es capaz de removerme el alma, a pesar de los años, a pesar de todo lo que ha pasado. Qué poco pesa el dolor que me hizo padecer, cuánto me gusta verla bien, risueña, aprendiendo a ser feliz.

Vaya dos… ¿cagonas?

¿Y dónde anda Leo en medio de toda esta historia? Puedo pasarme días enteros sin querer saber nada de ella. Es como si tuviera la necesidad de respirar, y sé que a su lado nunca aspiraré aire fresco. Lo sé y, sin embargo, caigo a sus pies, una y otra vez, una y otra vez. Porque puedo ponerme muy dura y al segundo siguiente enamorarme otra vez. Porque puedo llegar a despreciarla en soledad y después, a su lado, derretirme por completo.

No sé lo que siento. No le paso ni media, a la mínima salto, me siento con la libertad y la fuerza para reñirle, para no callarme, para imponerme, para que no me tome el pelo. Sí, soy fuerte, sólida como una roca, pero cuando me caigo… me caigo del todo, desaparecen todas esas energías, la firmeza se desmorona y, al final, termino sintiéndome, como siempre, vulnerable.

Gracias a Dios trabajo menos y estudio más, así tengo más tiempo para mis prioridades y menos tiempo para Leo. Sin ninguna duda, prefiero el agotamiento físico al psicológico, que se hace hasta dulce, sobre todo cuando caigo en la cama y duermo como un bebé. Procuro, aunque a veces me cueste la vida, no caer en la tentación de ir corriendo a buscarla. Mantenemos las distancias y mantenemos las discusiones cuando estamos juntas. Es una situación insostenible, insoportable, insufrible, casi tanto como ella.

Yo tampoco sé por qué estoy tan enganchada, si tuviera una razón para seguir queriéndola estaría dispuesta a darlo todo otra vez. Pero aun sin tener un solo motivo, sigo ahí, seguimos en el círculo vicioso de te quiero-te odio-te jodo-te quiero otra vez.

Y así, entre Leo, Eva y apuntes pasan estos días de lluvia. Nada más y nada menos. Y mi cabeza a punto de explotar porque ya no sabe para dónde tirar.
 
AL BORDE DE LA LOCURA

Escribo estas líneas en un momento de desesperación. Me tiemblan los dedos, me duele el pecho, me ahogo. Esta mañana he tenido que aguantar la presencia de Leo, a escasos centímetros de mí, pidiendo guerra otra vez, metiéndome el puñal hasta el fondo, desafiándome, haciéndome ver lo feliz que es, lo desgraciada e insignificante que soy yo ante el mundo.

Ha estado tres días desaparecida. La última vez que la vi la eché de mi casa. Exploté y le grité todo aquello que llevaba guardando desde hace tiempo: que está enferma, que ojalá no la hubiera conocido nunca, que es lo peor que me ha pasado, que me ha amargado y destrozado la vida. Hasta le dije que la odiaba, aunque fuera mentira. Exploté y saqué lo peor de mí. Lo que nunca había hecho. Me desbordó tanto la situación que actué tal y como ella actúa cuando le da un brote de los suyos. Casi me comporté como una hija de puta, exactamente igual que ella. Caí en su juego habitual. Le ordené que se largara, que no quería volverla a ver ni en pintura. Lo más curioso es que, ahora que me doy cuenta, ella me ha repetido hasta la saciedad, prácticamente todos los días, las mismas palabras, los mismos insultos, los mismos reproches y desprecios.

Después de aquel fatídico acontecimiento Leo desapareció sin más. En los días siguientes no fue a trabajar y, temiendo que le hubiera pasado algo o hubiera hecho alguna tontería, la llamé insistentemente para preocuparme por ella. Nada. Hoy apareció por el trabajo como Pedro por su casa, divina ella, repartiendo sonrisas hasta a sus insoportables. Me echó de su lado cuando le pregunté cómo estaba. No nos hemos vuelto a dirigir la palabra.

Se me hace complicado trabajar con ella codo con codo. Intento centrarme en mi trabajo pero ella, más falsa que Judas, renegando de su condición de antisocial, se pasa las horas haciendo gala de una asquerosa simpatía. Habla feliz de la muerte con aquellos a los que no se cansa de criticar, habla con los lerdos que babean por ella, habla con aquellos que un día fueron mis confidentes y que, precisamente por recomendación suya (que si son malas personas, que si no confíe en ellos, que si seguro que me ponen a parir a mis espaldas), empecé a dejarles de lado. Todos los ingredientes mágicos para que yo, absolutamente derrotada por su soberbia y rencor, tenga que esconderme continuamente en el baño para echarme a llorar desesperadamente.

Hoy, por primera vez, he sentido el rechazo de mis compañeros. Nunca nadie se ha atrevido a preguntarnos nada abiertamente, pero las especulaciones están a la orden del día, los comentarios, las risitas, las miradas. Me he sentido ridícula suplicando invisiblemente a una compañera un abrazo que nunca ha llegado. Nadie sabe leer mi ansiedad. Hoy, sin duda, ha quedado bien claro que Leo y yo estamos en plena crisis.

Y yo no sé cómo puedo ser capaz de sentirme culpable. Culpable por todo lo que le dije, por la manera en la que la eché de casa. Culpable por las mismas cosas que ella lleva haciendo meses conmigo. Me pregunto si le pesa la conciencia, si realmente es tan feliz como parece, si es consciente de haber arruinado una vida que prometía ser plena.

Siento estar al borde de la locura. Siento que necesito ayuda. Siento que cualquiera dará la razón a una loca incapaz de expresar el más mínimo sentimiento de dolor al lado de alguien como yo, impulsiva, a la que se le nota enseguida el estado de ánimo. Porque, de cara al mundo, encima ella se presenta como la víctima.

Estoy completamente desbordada. Estoy enganchada, obsesionada. Daría la vida por un segundo bien a su lado. Compensaría todos estos meses por una mirada de amor.

Y lo peor es que no sé cómo tengo cojones de pensar en mandarle un sms invitándola a pasar el fin de semana en cualquier rincón perdido del mundo para recuperar un gramo de esperanza, si es que queda alguna. Supongo que es una manera de darme yo misma una patada en la cabeza para empezar a asumir, de una puta vez, que tengo que empezar a olvidarla YA.

Puede que, quizás, seguramente, la loca sea yo.
 
EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

Quise contener el llanto mientras hacíamos el amor, pero era demasiado evidente la angustia acumulada en las últimas semanas, tanto que hasta sentí diferente su cuerpo, su tacto al acariciarme, sus besos, rotos, regalados al aire. Cuando terminé, exhausta y bañada en sudor y tristeza, no podía dejar de abrazarla, como si estuviera contando los segundos para que se marchara, como si estuviera a punto de presenciar su despedida definitiva. Y lloraba más y más. De fondo, sus torpes palabras – joder, siempre igual – me decía.

Y es que, cuando hago el amor poniendo el alma entera, siempre termino empapada en pasión y lágrimas, suplicando abrazos fuertes, de los que duran una eternidad.

Mi relación con Leo se encuentra en punto muerto. Aún siento que la quiero al tiempo que descubro que estoy haciendo avances en lecciones de indiferencia, o mejor dicho, en no dejar que todo me afecte tanto. Pero no es fácil. Leo sabe bien como hacérmelo pasar mal, sabe atacarme en los puntos débiles, sabe conquistarme y luego despreciarme, sabe acercarse, alejarse y hacer que corra a sus brazos.

A veces me desquicia, otras me tranquiliza, pero nunca me estabiliza. Sin duda, esta es la relación más tormentosa que jamás he tenido. Las broncas en el parking del trabajo son ya una constante, las miradas asesinas delante de los compañeros, los insultos de siempre, las veinte mil formas de reinventarse ofensas de las que hunden. Y así, cada día.

Mientras tanto, intento concentrarme en mis oposiciones, ya a la vuelta de la esquina, sacando fuerzas de la nada y energías para enfrentarme al dolor que me causa, entre apuntes de colores. Estudiar es mi prioridad, más que perder las tardes tumbada en el sofá con la mantita y su compañía.

Puede que Leo sea la persona más desequilibrada que he conocido nunca. Un día me dice que me ama, al siguiente que me odia; al siguiente que soy la mujer de su vida, al siguiente que no le gusta como soy; al siguiente que soy su chica, al siguiente que le doy asco; al siguiente que no puede vivir sin mí, al siguiente que quiere salir de mi vida; al siguiente que sueña con compartir una casa conmigo, al siguiente que soy lo peor que le ha pasado; al siguiente me suplica que sea su novia y al siguiente me dice que no hay nada entre nosotras; al siguiente que intentará cambiar y al siguiente que no me haga ilusiones, que ni loca volvería a estar conmigo.

Es la historia de todos los días.

A veces pienso en ella con pena. Trato de encontrar maneras de ayudarla sin que me escueza. Pero no hay forma de arreglar esa cabeza, destrozada, frustrada, insegura, acomplejada, miedosa, manipuladora. Su extrema vulnerabilidad la convierte en un ser agresivo y cruel. Sí, puedo comprender su actitud, pero sus problemas con el mundo y consigo misma no los puede focalizar contra mí. Ya he arrastrado su mierda demasiado tiempo. Creo que es el momento de pensar un poquito en mí. Aunque esta decisión, en el fondo, me duela y no la lleve estrictamente a la práctica.

(Intentaré actualizar más a menudo pero, a mi últimamente estresado ritmo de vida, se le ha unido el factor mortal: de momento, no tengo conexión a Internet, arggggg!!!)
Etiquetas:  
 
LA PAZ EXISTE

La última noche en una de las capitales más bellas de Europa soñé con una de vosotras.

Prácticamente no pude poner cara a la chica de mi sueño, pero sabría perfectamente decir de quién se trataba. No alcanzo a suponer por qué fue ella precisamente, sólo acierto a deducir que la distancia que me separaba de Leo en la cama era directamente proporcional a la que nos sigue rompiendo cada día, un poquito más. Puede que sean los primeros síntomas del desamor.

He vuelto del viaje indiferente a lo que pueda pasar a partir de ahora. Nos hemos aguantado como hemos podido, he guardado las apariencias hasta reventar la última noche, en la que vomité toda la mierda acumulada. Jamás había sentido tanta ira, tanto rencor. A un metro escaso de mi familia, sólo insonorizada por una pared de papel, me descubro sacando lo peor de mí, deseando darme cabezazos contra la pared o devolviendo a Leo las putadas con la misma moneda. Pero me derrumbo constantemente, como otras veces en este viaje. Y sólo me sale llorar sin poder gritar, gritarle, mandarle a la mierda. Pero ella siempre me lo pone fácil, siempre corre el riesgo de dejarme porque sabe a ciencia cierta que volveré a buscarla. Y de momento, no he aprovechado ni una sola de las oportunidades que me brinda. Puede que ahora, por fin, sea el mejor momento.

Supongo que ha notado mi frialdad. Durante el vuelo, de vuelta a Madrid, no quiso despegarse de mí ni un segundo. Me dijo en tres horas que me quería, tantas veces como me había dicho que me odiaba en seis días. Lo nota.

Y yo noto cómo voy desencantándome, desengañándome, desenamorándome, lentamente, con dolor pero con la esperanza de volver a creer en mí, de recuperarme, y quererme, y cuidarme. Y prepararme para, quién sabe, un nuevo amor.

No sé si me estoy dando cuenta de que ya no siento lo mismo. A veces me molesta su presencia, esquivo su mirada porque no quiero que vuelva a conquistarme para luego destrozarme. Me ahogaban 24 horas a su lado, deseaba llegar a casa para no verla, para dormir sola, para levantarme conmigo, sin malas caras ni reproches.

Quiero rehacer mi vida desde el principio, empezar de cero. Recuperar mi tiempo y mis energías, dedicarme a mí y a mi gente, a la que he dejado de lado durante este tiempo por gastar toda mi fuerza intentando encauzar esta relación.

Leo me dice al salir del trabajo que tenemos que hablar, le contesto que ya no tengo nada que hablar ni discutir, que ya no. Se sube en el coche con gesto de rabia, sé que espera que la retenga por todos los medios pero no me sale del alma. Sólo cuando la pierdo de vista arranco mi coche y respiro profundamente.

La paz existe.
Etiquetas:  
 
ME VOY DE VIAJE

Dentro de cinco horas cojo un avión rumbo Lejos de Madrid. Hasta aquí todo es perfecto. Ya no lo es tanto cuando os cuente que vuelo con una acompañante de lujo: Leo. Mi amada y odiada Leo. Para ser sincera, en este instante, me apetece un culo irme por ahí con ella. Con más razón si os digo que nos encontramos en aquel país con familiares míos, que nada y todo saben.

No sé si es falta de ganas o un miedo insufrible lo que me hace estar así, indiferente. Y hasta he buscado enfrentarme a Leo con la esperanza de viajar sola, que creo que sería lo único que me haría sentir bien, libre.

En cualquier caso, voy a darlo todo estos días, eso sí, sin dejar de pensar en mí y de buscar mi bienestar personal a toda costa.

Agotaré los últimos cartuchos y recursos. Lo haré porque me gusta luchar hasta el final. Y, sinceramente, creo que este viaje marcará un antes y un después, será el punto de inflexión definitivo.

No sé cuántos recuerdos bonitos me traeré de vuelta, ni cuantas discusiones. No voy a precipitarme. Trataré de exprimir al máximo los buenos momentos sin más. Y que sea lo Dios quiera.

Por si acaso, me llevo medio blíster de Lexatin, para hacérselos tragar a Leo en caso de urgente necesidad.

Un abrazo enorme y hasta la vuelta.
 
MI LADO OSCURO

Me siento como el culo.

No, Leo no me la ha vuelto a jugar. Me he jodido yo misma, porque soy idiota.

A veces se me hace una pesadilla salir a la calle con ella. O simplemente trabajar con ella. Otras, sin embargo, me siento la mujer más orgullosa y feliz de la tierra. Pero no tengo término medio, lo mío son los extremos.

Tengo la buena o la mala suerte de tener a mi lado (por decir algo) a una chica increíblemente guapa. Leo es preciosa, imponente, irresistible, deliciosa, muy golosa para el público. Arrasa donde vaya. Enamora en un segundo. Cautiva allá donde pisa, siendo el centro de todas las miradas masculinas (y femeninas). Es simplemente impresionante. Y esta suerte, a veces se convierte para mí en una auténtica desgracia.

Cada vez soporto menos a los babosos que la merodean buscando algo más que una absurda conversación. Me harta aguantar las bromas de mis propios compañeros de trabajo, me jode que delante de mí no se cansen de pedirle insistentemente el número de teléfono, que tonteen a saco con ella, que la miren descaradamente. Me enferma no poder marcar mi territorio, no tener los huevos de gritar “cuidadín chaval, es mi chica”, quedarme con cara de imbécil recogiendo las babas de los demás. Me tortura ir a comprarme unas gafas y tener que aguantar al vendedor de turno intentando ligar con MI novia, encontrarme notas en la luna de mi coche de desconocidos que dejan su teléfono con no sé qué esperanza. Me mata que todo el mundo me la quiera robar, porque, por supuesto, a nadie se le puede pasar por la cabeza que Leo entienda, y menos que sea mi pareja.

Me encanta que admiren su belleza, me siento muy orgullosa, pero, en ocasiones, no puedo soportar que todo el mundo se le eche encima sin tenerme a mí en cuenta. Me vienen los celos, la inseguridad de perderla, la incertidumbre de pensar que algún día se cruzará con la mirada de alguien que le guste más que yo.

Y digo que soy idiota, porque, si algo bueno puedo decir de Leo, es que jamás de los jamases me ha provocado estos celos que yo misma me saco de la nada, que jamás ha presumido de su encanto físico, que siempre se ha currado muy mucho su manera de hacerme creer que sólo me quiere, me desea y me extraña a mí. A mí.

Pero no sé cómo explicarlo. Mi amor propio se siente herido. Nunca había sido la “normalita” de la relación, siempre me había sentido al mismo nivel que mi pareja, jamás me había acomplejado o me había sentido inferior. No soy tan miss mundo como ella, pero joder, siempre he tenido mis encantos y, por mucho que me sienta orgullosa de tener la novia más guapa del mundo, a veces se me hace un suplicio comprobar que sólo reparan en ella, que yo soy la otra, sí, mona y tal, pero no la buenorra, la que pone a mil a los tíos (a los que odio cada día más).

Y mira por dónde, resulta que Leo quiere estar conmigo, que pasa de la humanidad, que sólo tiene palabras bonitas para mí.

Me suena patético contar esta parte tan oscura de mi alma. Pero nunca había tenido esta sensación tan decepcionante.

Y, sensible perdida, mientras vamos en el coche, le voy contando el martirio chino de sentirme pequeñita a su lado hasta que:

Leo: ¡cuidado! ¡El semáforo está en rojo, joder! ¡Casi le atropellas!
Yo: no cariño, no se había puesto en rojo todavía
Leo: ¡estás enferma! ¡Estaba en rojo!
Yo: Leo, te aseguro que estaba en ámbar, y por favor, deja de gritarme
Leo: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Y me siento más pequeña todavía, más torpe, más idiota, más mierda. Y callo durante todo el camino, y la dejo en la puerta de su casa sin despedirme. Y sólo cuando cierra la puerta del coche y me reencuentro conmigo misma, rompo a llorar desconsoladamente.
Etiquetas:  
 
RESISTIR O DEJAR MORIR

Me dice que no está bien, que lo tenemos todo y no lo aprovechamos, que discutimos por tonterías, que ella quiere reírse y disfrutar, como cualquier pareja normal…

Y puede que tenga razón, que yo no haga más que imaginar fantasmas y creer en lo nuestro con una obsesión desquiciante, porque me creo que nuestro amor es tan inquebrantable que nada puede destrozarnos… pero qué digo, si estamos destrozadísimas, agotadas, desgastadas, desilusionadas, casi muertas.

De nuevo ataca la ansiedad y la imperante necesidad de buscar mi lexatin por la mesa llena de papeles, porque hace tiempo que olvidé cómo calmarme sin la ayuda de la pastilla de las narices, de cómo canalizar los nervios por mí misma.

Otra vez la misma historia, que si no podemos estar así, que si nos estamos machacando, que si nos pasamos el día neuróticas perdidas, que si no nos hacemos felices, que si no encajamos, que si no funcionamos por más que lo intentemos.

Mi estado emocional es absolutamente caótico. Paso de estar volando entre las nubes a aguantar las llamas del infierno en décimas de segundo. Puede que no nos entendamos, y punto. Pero me niego a creerlo, por eso sigo aquí, hasta que el cuerpo aguante y no pueda resistir más.

Y no sé qué hacer. Ya no sé quién tiene la culpa. Me desespero buscando una solución que nunca llega. Me hundo en la miseria cuando algo vuelve a fallar. Y lo peor, me siento incapaz de retomar el vuelo y seguir adelante.

No sé qué hacer porque cuando estamos bien estamos en un paraíso que no es de este mundo. Nos queremos con locura, nos amamos con todo el alma, nos buscamos constantemente, somos felices. Pero cuando estamos mal nos ponemos al borde de un precipicio y nos empujamos lo suficiente como para caer despeñadas, sin poder apenas resucitar. No existe el término medio. Podemos pasarnos días enteros sin despegarnos y otros tantos días enteros e interminables desaparecidas.

Y ya no sé si es que realmente no funciona o que nos queremos tanto y tenemos tanto pánico a perdernos que saltamos a la mínima, sin darnos cuenta de que lo único que conseguimos es hacernos más daño.

Cuando estamos bien, pienso que Leo es la mujer de mi vida, porque todo es perfecto. Cuando estamos mal pienso que lo mejor es dejar esta historia apartada y volver a empezar. Soy tan feliz como infeliz. La amo tanto como la odio. Y me empeño en pensar que lo bueno compensa lo malo, que la ansiedad de hoy servirá para volver a sonreír mañana. Y así, todos los días.

Me dejo llevar, vivo el momento, no me planteo nada. Quisiera encontrar una solución y llevarla a cabo con todo mi empeño y amor. Quiero evitar la ruptura definitiva por todos los medios porque tengo miedo a precipitarme y equivocarme. Por eso, de momento, prefiero que las cosas caigan por su propio peso y que, si tiene que morir, que muera solo, hasta que mi cuerpo ya no resista, hasta que me dé cuenta de que no está en mi mano.

Casi estoy deseando que llegue ese día para, cobarde de mí, no tener que tomar una decisión con la cabeza, porque en cosas de corazón, aún no he aprendido a ser racional.


Gracias a tod@s por todo vuestro apoyo. Jamás podré agradeceros vuestras palabras de ánimo. Un abrazo enorme.
Etiquetas:   
 
2008

Leo y yo teníamos planeado pasar el fin de año juntas, por lo que rechacé cualquier proposición familiar o amistosa. El caso es que, un día antes, por otra absurda discusión, coge sus maletitas y se va de casa, así, sin más. Otro de sus arrebatos de neurótica a los que ya no puedo hacer frente de puro agotamiento.

El día 31 voy a El Corte Inglés a comprar algo para cenar conmigo misma. Pero cuando llego a casa me da un bajonazo y decido quedarme dormida en el sofá para intentar despertarme de madrugada y no vivir la entrada de año en soledad. Pero, inesperadamente, Leo me llama a las 23:35 para invitarme a su casa a pasar las uvas con ella y su familia. Como una autómata me levanto, me lavo la cara, cojo el coche y me tiro a una solitaria M-30 a 160 por hora. No sé cómo lo he hecho, pero llego diez minutos antes de las uvas, olvido todo lo que ha pasado y vivo ese momento como uno de los más felices de mi vida.

Entré en 2008 con buena pata. Desde entonces no habíamos tenido ni un solo roce. En el trabajo nos tratamos con inmenso amor y fuera de él nos echamos de menos como dos adolescentes que viven su primer amor. Por eso decidimos pasar la noche de Reyes juntas, a pesar de todo. De madrugada, inundamos el salón de regalos y a la mañana siguiente nos besábamos, nos abrazábamos y gritábamos locas de contenta cada vez que abríamos un paquetito.

Y me doy cuenta de cuánto la quiero y de cuánto deseo que salga bien de una vez. La siento completamente mía, no puedo separarme de ella ni un segundo, no puedo dejar de mirarla con ojos de enamorada y con un alma que pide a gritos volver a estar a su lado. Volvíamos a hablar de nosotras, de intentarlo poco a poco, de relajarnos y ser felices.

Nunca me había sentido tan tranquila.

Hasta que hoy, de vuelta al trabajo, Leo ha sufrido otro de sus ataques de nervios. Ha tenido un mal día y los aplaca pisoteándome, insultándome, despreciándome. Toda su mierda mental para mí. He intentado calmarla con palabras y mimos pero sólo he recibido reproches. Así que, ya en mi casa (porque ya no vive conmigo), la he dejado marchar sin retenerla, por primera vez desde que nos conocemos.

Llevo toda la tarde durmiendo para no pensar. No tengo noticias. La llamo y no contesta. La necesito y no está. Habíamos quedado en pedir ayuda para encauzar nuestra relación y la única que ha ido al médico soy yo, no para mejorar lo nuestro, sino para poder respirar más tranquila sin que el corazón me palpite a mil pulsaciones por minuto.

Del cielo al infierno en dos segundos. Y mañana, otra vez, como si nada hubiera pasado. Y mi corazón se va haciendo más débil, mi cabeza cada día más desordenada, mi cuerpo cansado y dormido, mis esperanzas tiradas a la basura, mi ilusión rota en piezas de un puzzle interminable.

¿Qué coño me deparará 2008? - me pregunto muerta de tristeza.

P.D.: FELIZ 2008 A TODOS, DE CORAZÓN
Etiquetas:  
 
DANDO TUMBOS

¿Cómo puedes estar a dos centímetros de la persona que amas sin poder tocarla? – le pregunto a Leo. Y como yo no puedo, me levanto de la cama ahogada para escribir estas líneas, en mitad de la madrugada, gritando en silencio mi pena y suplicando al cielo que le devuelva la razón, que le robe los pensamientos negativos y que le recuerde todo lo bueno que hemos compartido.

No entiendo cómo después de cinco días soportando su ausencia, haciéndonos la vida mas fácil con mensajes y llamadas empalagosas, jurándonos amor eterno y todas esas chorradas que se hacen cuando se está enamorada, nos hayamos reencontrado con una exquisita frialdad, con esa distancia hiriente que hace que nos miremos a los ojos con odio y rencor. Cómo explicar que, si tanto quieres a una persona, puedes destrozarla y machacarla sin piedad una y otra vez, volver a amarla para luego odiarla, besarla para luego tirotearla, abrazarla para luego terminar sola, en el sofá del salón, exhausta de tenerla a un palmo y no poder siquiera rozarla.

No sé qué falla, no sé qué hacemos mal, no sé por qué no funcionamos. Quién inventó esa gilipollez de que el amor lo puede todo, porque ya no me creo nada de las parafernalias románticas que se montan en torno a una relación de pareja perfecta, porque no existe.

Me dejo llevar por el cansancio mental al que estoy sometida continuamente, a la opresión emocional que me obliga a callarme por no liarla, y no soy más que un pedacito de tristeza que anda dando tumbos según pasan las horas, expectante a sus gestos, mendigando una puñetera palabra de cariño que no llega: no encajamos cariño, simplemente no encajamos. Es la canción de cada segundo.

Y me pregunto qué hay que hacer para que dos personas, a las que les sobra el amor, encajen a la perfección, sin portazos, sin gritos ni centímetros de distancia en la misma cama.

A mi tan herido autoestima tengo que añadirle mi insoportable inseguridad, ésa que he ido construyendo y derrumbando un día tras otro a base de inoportunos insultos y desprecios. Pero como dijeron por ahí, tal vez sea yo el problema, la que se pone una venda en los ojos, la que no acepte al prójimo tal como es, la experta en reproches, la enferma de celos, la que exige lo que ni yo misma puedo dar, la que inunda de tristeza los ojos de mi pareja.

Vuelvo a mi rincón, al lado izquierdo de la cama, sabiendo que no podré buscarla, abrazarla, tocarla.

Que ya no siento dos almas unidas en una sino dos cuerpos que se aman pero no se encuentran.
 
SIGO LUCHANDO

El infierno de su ausencia, la gloria de su retorno. Morir despacio, vivir de repente. Todo, nada. Ni dueña de mí, ama de cada poro de su piel. Sola casi siempre, acompañada a ratos. Triste por dentro, felices los segundos en los que la vida es bonita si ella está a mi lado.

Me compensa este infierno si más allá hay cielo. No veo nubes aunque truene. No concibo la vida con ella, pero tampoco sin ella.

Paciencia, calma, las aguas volverán a su cauce, el dolor amainará. Cualquier día me levantaré y se habrá esfumado la pena, con su cuerpo o su esencia hecha recuerdos. Cualquier día la lluvia dará paso al sol para alumbrarnos o alumbrarme, para acercarnos o alejarnos, para unirnos para siempre o separarnos para siempre.

No hay nada que desee más en este mundo que vivir ese día, con lágrimas de emoción. Con ella, sin ella. Conmigo.


(P.D. Un abrazo para mi preciosa Alba: gracias por haberme aliviado esta tarde, por dejar que comparta contigo mi angustia y partirla por la mitad.)
 
MANERAS DE MORIR

Suena el despertador, hora de ir a trabajar:

- Yo: buenos días, cariño, ¿qué tal has dormido?
- Ella: buenos días, no te voy a llevar al trabajo
- Yo: no pasa nada, ya voy en autobús, pero entonces no haberme dicho anoche que me llevabas porque entonces habría puesto el despertador media hora antes
- Ella (con tono de enfado): pues mira, no te llevo al trabajo porque no me da la gana. Lárgate ya y déjame dormir

No aguanto más, estallo. Me levanto, cabreada, gritando:

- Leo, estoy cansada de que me hables así, de que me trates mal. Un día de estos me va a dar un infarto. Por favor, contrólate un poquito
- Estás enferma. No quiero estar contigo, no te soporto
- Leo, te estás pasando…
- Tú sí que te pasas conmigo. Estás loca

Me ducho, me arreglo y antes de irme me siento en la cama, a su lado:

- Cariño, te lo suplico, relájate. Perdona si he subido el tono, pero me hacen mucho daño tus palabras. Jamás voy a ir a herirte, no estés a la defensiva conmigo, yo estoy contigo, pero no puedo evitar explotar de vez en cuando. No te das cuenta, pero no estás bien y nos estamos haciendo polvo.

Ni media palabra. Llego tarde a trabajar. Mañana de infarto, me subo por las paredes, la ansiedad me come a mordiscos. Quiero mandarle a la mierda pero mi corazón me lo impide. A las dos horas la llamo:

- ¿Cómo vas, amor?
- Te echo de menos, me muero por verte

Y se le olvida todo. Y yo sigo desgastándome.

Y así, todos los días, a todas horas. El caos. La gloria. Arriba y abajo. El cielo y el infierno. El amor y el odio. La paz y la desesperación. El futuro y el sin futuro.

Tres broncas más durante el día. Me pide que la lleve a su casa rogándome soledad. No sé por qué respeto su decisión en vez de hacerle entrar en razón. Y me voy.

Una vez más se sale con la suya. Otra vez me rompo. Y me siento pequeñita, y no tengo ni fuerzas para desahogarme conmigo misma, para llorar y echarme en cara qué coño estoy haciendo perdiendo el tiempo.

Ni contigo ni sin ti. Contigo porque me matas y sin ti porque me muero.
 
DULCE CONDENA

Tengo la sospecha de que mi chica, si es que se puede llamar así, no está bien de la cabeza.

Al principio pensaba que era yo la rara, la susceptible, la insegura, la neurótica. Pero pasan los días y no hago más que llegar a la conclusión de que, a su lado, soy la persona más estable del universo.

Por suerte o por desgracia el trabajo nos unió y nos sigue uniendo para odiarnos y reconciliarnos mil veces al día. A veces me coge con fuerzas y puedo tragar sus ataques de histeria y hacer frente a sus palabras hirientes y crueles. Pero otras, me pilla tan débil, tan pequeñita y vulnerable que salto porque no puedo aguantar más sus reproches absurdos y sus críticas sin sentido.

Ella, tan perfecta aparentemente, tan admirada como envidiada, tan seria y responsable, es en realidad un laberinto sin salida, una cabeza llena de pájaros y nervios, un temporal que arrampla con todo lo que se le pone por delante cuando su cerebro se cruza y desequilibra. Soy su víctima más fácil, porque soy vulnerable, porque la quiero con locura y se aprovecha de mis sentimientos.

Es capaz de tirarse toda una mañana de trabajo sin dirigirme la palabra sólo por bromear durante menos de un minuto con otra compañera. Es capaz de provocarme ansiedad con su lengua viperina y dejarme vomitando en el baño dando tumbos suplicándole ayuda. Es capaz de desaparecer y no cogerme el teléfono durante horas y más horas. Es capaz de colgarme a gritos porque prefiere ver la tele a darme las buenas noches. Y así todos los días.

Y sobre todo, es capaz de recordarme cada día que no le gusto, que no me soporta, que me odia, aunque luego se arrodille para pedirme perdón una y otra vez y decirme que soy su vida entera, que no piensa nada de lo que dice, que no puede vivir sin mí, que se vuelve loca si la dejo.

No sé por qué me empeño en complicarme la vida y enamorarme de las personas más difíciles, con problemas y trastornos, sin las ideas claras.

Y cada noche, en mi cama, entre lágrimas, no hago más que ponerme en su lugar y justificarle, que el débil no tiene mejor arma que el ataque. Y me consuela pensar que se le pasará, otra vez, que se arrepentirá de sus palabras y volverá a mí, porque no le queda más remedio, porque soy el único aire fresco que puede respirar.

Mientras tanto, yo, sumida en la mierda absoluta, voy guardando fuerzas para hacer frente a la próxima batalla, seguramente perdida. Pero me queda la triste esperanza de que los débiles siempre vuelven a aquéllos que una vez les regalaron la vida entera. Porque volverá tantas veces como se marche y prefiero ese calvario a ir muriendo de dolor, sin ella.