A EMPUJONES
ESCAPE: NO SÉ LIGAR (I)
Que todo el mundo dice “vamos al Escape, que allí pillamos seguro”. Bueno, pues vamos al Escape a ver qué pillamos, “que la gente va a lo que va y que si no sales por la puerta con alguien es porque no quieres…”
Pues yo del Escape suelo salir tal y como entro, eso sí, con unas copas de más y la cabeza a punto de explotar. Y es que, yo no sé ligar en el Escape, esa oscura sala verde donde “se liga siempre”.
¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? He ligado en los sitios más extraños y con las personas que menos podía imaginar. En el trabajo, en el andén del metro, en restaurantes, en trenes y aviones, en la playa, en la facultad, tendiendo la ropa, en conciertos, en la sala de espera del médico, en media España y parte del extranjero y hasta en el portal de mi casa. Pero… ¿por qué se me resiste tanto el Escape?
Así que por más que intente buitrear me voy del dichoso Escape compuesta, entera y con una depresión de caballo, y por no cortarme las venas dejo que el portero de turno me plante el sello del logotipo del local en la muñeca, vamos, ¡como si fuera a volver!
ESCAPE: NO SÉ LIGAR (y II)
Soy incapaz de romper el hielo, mi timidez es tan cruel conmigo que ni con diez copas me atrevo a acercarme a una chica. Cuando tengo a alguien delante me paralizo, me bloqueo, empiezo a decir tonterías, me convierto en una histérica. Tengo comprobado que mis ingestas de alcohol son inversamente proporcionales a mis aptitudes para ligar. ¿¿¡¡Por qué??!!
Por eso, yo en el Escape ligo a empujones. Que me gusta alguien, pues empujo a una santa amiga que venga conmigo hacia la chica en cuestión. Después de que las dos (la chica y mi amiga) se caguen en toda mi familia y descubrir que no ha surtido efecto mi táctica, saco el periscopio y a buscar un nuevo fichaje.
Y como lo del empujón de la amiga no ha salido del todo bien, pues me empujo a mí misma como quien no quiere la cosa y… vaya por dios, que voy a parar, sin querer queriendo, a la delantera de la más borde del local. Me arrodillo y le pido mil perdones por tirarle una gota de su copa y por las demás molestias causadas, no vaya a ser que salga de allí con el ojo morado.
Y cuál es mi sorpresa cuando me encuentro con una morenaza que no para de mirarme (¿o miraba a la de detrás?). Más de una hora intercambiando miraditas de esas, de las de ligar-ligar a saco. Pero como ninguna de las dos se lanza, nos desesperamos al mismo tiempo y nos mandamos a paseo, también con la mirada, claro.
Y veo que todo el mundo liga, menos yo y dos o tres colgadas más, propietarias honoríficas de la barra del bar.
Así que si os cruzáis en el Escape con alguien que de repente os da un empujón 'sin querer' y se disculpa hasta la saciedad, ésa soy yo. Y si me decís algo como “pero qué guapa estás esta noche, Nuuk”, os invito a una copa y… quién sabe si ligaré, por fin, en el maldito Escape.
(Post dedicado a mí y a mi sentido del humor, que de vez en cuando asoma para tapar la tristeza que emana este blog).
EL LÍMITE
Me emborraché sin proponérmelo. Supongo que es otra manera inconsciente de ahogar la pena que no se va. Lo vomité todo menos la rabia.
Llevo no sé cuántas noches sin dormir más de dos horas seguidas soñando pesadillas, no sé cuántos días sin comer vida.
¿Cómo se puede perder todo en tan pocos segundos? Estoy a dos cafés de rendirme ante la indecisión de Eva, a uno de perder a Bea para siempre.
Porque vamos a estallar todas al mismo tiempo, y lo que me quedará será nada.

Llevo no sé cuántas noches sin dormir más de dos horas seguidas soñando pesadillas, no sé cuántos días sin comer vida.
¿Cómo se puede perder todo en tan pocos segundos? Estoy a dos cafés de rendirme ante la indecisión de Eva, a uno de perder a Bea para siempre.
Porque vamos a estallar todas al mismo tiempo, y lo que me quedará será nada.

PRECIPICIO
Calmo mi angustia aprendiendo a querer a otras durante el día. Sin embargo, cuando me acuesto, la ansiedad me devora hasta en sueños.
No podría comparar con nada lo que me haces sentir mientras que tú, ajena a mi dolor, compartes cama, techo y vida con el vacío y la soledad, sin que me dejes acercarme lo más mínimo para curar tus heridas.
No entiendo por qué me dices que nos escapemos si, cuando lo tenemos todo planeado, siempre te rindes al miedo en el último segundo.
No sé cuántas veces he ido a rescatarte con las maletas hechas para llevarte al fin del mundo. Las mismas veces que me has cerrado la puerta en las narices sin atreverte a decirme adiós, aunque sí hasta la próxima.
Eres cobarde para ser feliz, tanto como para alejarme de tu vida.
No decides. Sobrevives. Dejas pasar los días sin pena ni gloria. No te lanzas al precipicio. Sólo eres tú cuando a solas me descubres tu alma y me dices que me amas.
Pero no sé si será suficiente para seguir luchando por ti.
No lo sé.
ESPERAR
La cena terminó tarde. Salí del restaurante a eso de la una de la madrugada, aún tenía tiempo para coger el metro. Me sumergí en los laberintos de la parada de Gran Vía con rumbo a Estrellas, y allí enlazar con la línea verde, directa a Luna. Cuando llegué al andén del transbordo que me llevaba a casa, acababa de pasar el penúltimo tren. Fijé la mirada en el cartel luminoso de la estación que informaba: próximo tren llegará en 25 minutos. Rabiosa, subí quinientas escaleras hasta alcanzar la salida y no dudé un segundo en colarme en un taxi que esperaba solitario en la boca del metro. Estaba a menos de un kilómetro de casa, pero era tarde, al día siguiente madrugaba y no me agradaba demasiado caminar por calles vacías y sin luz cerca de las dos de la mañana. El taxista estaba ebrio a más no poder y se hizo el sueco. Mis indicaciones les entraron por un oído y les salieron por el otro, así que me dio un rodeo impresionante, calentando aún más mi furia. Durante la carrera le impartí lecciones de moral y civismo como nunca lo había hecho. Terminó suplicando mi perdón y esperó hasta que me metí en el portal, en un intento por redimir sus pecados. Me acosté con un medio ataque de nervios.
Anoche salí tarde del restaurante. Era la una de la madrugada cuando cogí el metro en Gran Vía. Al día siguiente madrugaba, estaba agotada y no quería llegar tarde a casa. El cartel de Estrellas anunciaba un tren a los 20 minutos. Esta vez, me senté, intenté relajarme y esperé pacientemente. A los cuatro minutos se dejaba caer el último metro del día. Enseguida concilié el sueño.
No es más inteligente el que deja de esperar, sino el que sabe hacerlo.
A veces la espera nos sorprende regalándonos minutos con los que no contábamos. A veces los deseos llegan antes de tiempo.
La virtud de la paciencia hace que los sueños se cumplan antes de lo que esperábamos.

PARCHES
Raquel: niña, que llevas así dos años, no puedes tirarte toda la vida esperando a que Eva se decida…
Yo: no tengo prisa, estoy bien así
R: sí, claro, mírate, llena de parches y llorando por los rincones
Yo: ¿y tú? ¿no llevabas seis años enamorada de Fernando?
R: eso era antes, ahora estoy muy bien con Antonio
Yo: ¿y me hablas a mí de parches? ¿qué ha conseguido el tal Antonio?
R: ha hecho que deje de pensar en Fernando
Yo: entonces no me cuentes historias, o no estabas enamorada o en dos meses te sorprenderás llorando por ese cabronazo
R: estás loca
Yo: sí, estoy loca, loca de amor