<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rdf:RDF xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" xmlns:ti="http://purl.org/rss/1.0/modules/textinput/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:co="http://purl.org/rss/1.0/modules/company/" xmlns:rdf="http://www.w3.org/1999/02/22-rdf-syntax-ns#" xmlns="http://purl.org/rss/1.0/"><channel rdf:about="http://blogs.ya.com/obraallende/rss20.xml"><title><![CDATA[Obra de Allende]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obraallende/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[&#32;]]></description><dc:publisher><![CDATA[Publisher]]></dc:publisher><dc:creator><![CDATA[creator]]></dc:creator><dc:rights><![CDATA[rights]]></dc:rights><dc:date><![CDATA[12/12/2004]]></dc:date><sy:updatePeriod><![CDATA[hour]]></sy:updatePeriod><sy:updateFrequency><![CDATA[123]]></sy:updateFrequency><sy:updateBase><![CDATA[BASE]]></sy:updateBase><items><rdf:Seq><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obraallende/c_24.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obraallende/c_23.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obraallende/c_22.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obraallende/c_21.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obraallende/c_20.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obraallende/c_19.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obraallende/c_18.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obraallende/c_17.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obraallende/c_16.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obraallende/c_15.htm"/></rdf:Seq></items></channel><item rdf:about="http://blogs.ya.com/obraallende/c_24.htm"><title><![CDATA[Retrato en sepia]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obraallende/c_24.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><br/>RETRATO EN SEPÍA – SABEL ALLENDE   <br/>  <br/>Vine al mundo un martes de otoño de  1880, bajo el techo de mis abue- <br/>los maternos, en San Francisco. Mientras dentro de esa laberíntica casa  <br/>de madera jadeaba mi madre montañ a arriba con el corazón valiente y  <br/>los huesos desesperados para abrirme una salida, en la calle bullía la  <br/>vida salvaje del barrio chino con su aroma indeleble a cocina exótica, su  <br/>torrente estrepitoso de dialectos vociferados, su muchedumbre inagota- <br/>ble de abejas humanas yendo y viniendo de prisa. Nací de madrugada,  <br/>pero en Chinatown los relojes no ob edecen reglas y a esa hora empieza  <br/>el mercado, el tráfico de carretone s y los ladridos tristes de los perros  <br/>en sus jaulas esperando el cuchillo  del cocinero. He venido a saber los  <br/>detalles de mi nacimiento bastante ta rde en la vida, pero peor sería no  <br/>haberlos descubierto nunca; podrían  haberse extraviado para siempre  <br/>en los vericuetos del olvido. Hay tant os secretos en mi familia, que tal  <br/>vez no me alcance el tiempo para despejarlos todos: la verdad es fugaz,  <br/>lavada por torrentes de lluvia. Mi s abuelos maternos me recibieron  <br/>conmovidos –a pesar de que según va rios testigos fui un bebé horroro- <br/>so- y me pusieron sobre el pecho  de mi madre, donde permanecí acu- <br/>rrucada por unos minutos, los únicos que alcancé a estar con ella. Des- <br/>pués mi tío Lucky me echó su alient o en la cara para traspasarme su  <br/>buena suerte. La intención fue genero sa y el método infalible, pues al  <br/>menos durante estos primeros treinta  años de mi existencia, me ha ido  <br/>bien. Pero, cuidado, no debo adelan tarme. Esta historia es larga y co- <br/>mienza mucho antes de mi nacimiento ; se requiere paciencia para con- <br/>tarla y mas paciencia aún para escuchar la. Si por el camino se pierde el  <br/>hilo, no hay que desesperar, porque con toda seguridad se recupera  <br/>unas páginas más adelante. Como en  alguna fecha debemos comenzar,  <br/>hagámoslo en 1862 y digamos, al azar, que la historia empieza con un  <br/>mueble de proporciones inverosímiles.  <br/>La cama de Paulina del Valle fue encargada a Florencia, un año después  <br/>de la coronación de Víctor Emanuel,  cuando en el nuevo Reino de Italia  <br/>aún vibraba el eco de las balas de Garibaldi; cruzó el mar desarmada en  <br/>un transatlántico genovés, desembarcó en Nueva York en medio de una  <br/>huelga sangrienta y fue trasladada a uno de los vapores de la compañía  <br/>naviera de mis abuelos paternos, lo s Rodríguez de Santa Cruz, chilenos  <br/>residentes en los Estados Unidos. Al capitán John Sommers le tocó reci- <br/>bir los cajones marcados en italiano con una sola palabra:  náyades. Ese  <br/>robusto marino inglés, del cual só lo queda un desteñido retrato y un  <br/>baúl de cuero muy gastado por infini tas travesías marítimas y lleno de  <br/>  2<br/><br/><br/>Page No 3<br/><br/>curiosos manuscritos, era mi bisabuelo, como averigüé hace poco,  <br/>cuando mi pasado comenzó por fin a aclararse, después de muchos  <br/>años de misterio. No conocí al ca pitán John Sommers, padre de Eliza  <br/>Sommers, mi abuela materna, pero de él heredé cierta vocación de va- <br/>gabunda. Sobre ese hombre de mar,  puro horizonte y sal, cayó la tarea  <br/>de conducir la cama florentina en la  cala de su buque hasta el otro lado  <br/>del continente americano. Debió sortear el bloqueo yanqui y los ataques  <br/>de los confederados, alcanzar los límit es australes del Atlántico, cruzar  <br/>las aguas traicioneras del estrecho  de Magallanes, entrar al océano  <br/>Pacífico y después de detenerse  brevemente en varios puertos  <br/>sudamericanos, dirigir la proa hacia  el norte de California, la antigua  <br/>tierra del oro. Tenía órdenes precisas  de abrir las cajas en el muelle de  <br/>San Francisco, supervisar al carpin tero de a bordo mientras éste  <br/>ensamblaba las partes como un romp ecabezas, cuidando de no mellar  <br/>los tallados, colocar encima el colchón y el cobertor de brocado color  <br/>rubí, montar el armatoste en una carreta y mandarlo a paso lento al  <br/>centro de la ciudad. El cochero de bía dar dos vueltas a la Plaza de la  <br/>Unión y otras dos tocando una ca mpanilla frente al balcón de la  <br/>concubina de mi abuelo, antes de deja rlo en su destino final, la casa de  <br/>Paulina del Valle. debía realizar esta hazaña en plena Guerra Civil,  <br/>cuando los ejércitos yanquis y los co nfederados se masacraban en el  <br/>sur del país y nadie estaba en ánimo de bromas ni de campanillas. John  <br/>Sommers impartió las instrucciones  maldiciendo, porque en los meses  <br/>de navegación esa cama llegó a simb olizar lo que más detestaba de su  <br/>trabajo: los caprichos de su patron a, Paulina del Valle. Al ver la cama  <br/>sobre la carreta dio un suspiro y deci dió que sería lo último que haría  <br/>por ella; llevaba doce años a sus ór denes y había alcanzado el limite de  <br/>su paciencia. El mueble aún existe  intacto, es un pesado dinosaurio de  <br/>madera policromada; a la cabecera pr eside el dios Neptuno rodeado de  <br/>olas espumantes y criaturas submarinas  en bajo relieve, mientras a los  <br/>pies juegan delfines y sirenas. En  pocas horas media ciudad de San  <br/>Francisco pudo apreciar aquel lech o olímpico; pero la querida de mi  <br/>abuelo, a quien el espectáculo estaba dedicado, se escondió mientras la  <br/>carreta pasaba y volvía a pasar con su campanilleo.  <br/>–El triunfo no me duró mucho –me confesó Paulina muchos años más  <br/>tarde, cuando yo insistía en fotogr afiar la cama y conocer los detalles–.  <br/>La broma se me dio vuelta. Creí que  se burlarían de Feliciano, pero se  <br/>burlaron de mi. Juzgué mal a la gent e. ¿Quién iba a imaginar tanta mo- <br/>jigatería? En esos tiempos San Fran cisco era un avispero de políticos  <br/>corruptos, bandidos y mujeres de mala vida.  <br/>–No les gustó el desafió –sugerí.  <br/><br/>  3<br/><br/><br/>Page No 4<br/><br/>–No. Se espera que las mujeres cuid emos la reputación del marido, por  <br/>vil que sea.  <br/>–Su marido no era vil –la rebatí.  <br/>–No, pero hacía tonterías. En todo ca so, no me arrepiento de la famosa  <br/>cama, he dormido en ella durante cuarenta años.  <br/>–¿Qué hizo su marido al verse descubierto?  <br/>–Dijo que mientras el país se desa ngraba en la Guerra Civil, yo com- <br/>praba muebles de Calígula. Y negó todo, por supuesto. Nadie con dos  <br/>dedos de frente admite una infidelid ad, aunque lo pillen entre las sába- <br/>nas.  <br/>–¿Lo dice por experiencia propia?  <br/>–¡Ojalá fuera así, Aurora! –replicó Paulina del Valle sin vacilar.  <br/>En la primera fotografía que le tomé,  cuando yo tenía trece años, Pauli- <br/>na aparece en su cama mitológica , apoyada en almohadas de satén  <br/>bordado, con una camisa de encaje y medio kilo de joyas encima. Así la  <br/>vi muchas veces y así hubiera querido velarla cuando se murió, pero  <br/>ella deseaba irse a la tumba con el hábi to triste de las carmelitas y que  <br/>se ofrecieran misas cantadas durante  varios años por el reposo de su  <br/>alma. «Ya he escandalizado mucho, es  hora de agachar el moño», fue  <br/>su explicación cuando se sumió en  la invernal melancolía de los últimos  <br/>tiempos. Al verse cerca del fin se  atemorizó. Hizo desterrar la cama al  <br/>sótano y colocar en su lugar una ta rima de madera con un colchón de  <br/>crin de caballo, para morir sin lujos, después de tanto derroche, a ver si  <br/>san Pedro hacía borrón y cuenta nueva  en el libro de los pecados, como  <br/>dijo. El susto, sin embargo, no le  alcanzó para desprenderse de otros  <br/>bienes materiales y hasta el último  suspiro tuvo entre las manos las  <br/>riendas de su imperio financiero,  para entonces muy reducido. De la  <br/>bravura de su juventud, poco quedaba al final, hasta la ironía se le fue  <br/>acabando, pero mi abuela creó su  propia leyenda y ningún colchón de  <br/>crin ni hábito de carmelita podría  perturbarla. La cama florentina, que  <br/>se dio el gusto de pasear por las c alles más principales para hostigar a  <br/>su marido, fue uno de sus momentos  gloriosos. En esa época la familia  <br/>vivía en San Francisco bajo un ap ellido cambiado –Cross– porque nin- <br/>gún norteamericano podía pronunciar  el sonoro Rodríguez de Santa  <br/>Cruz y del Valle, lo cual es una lásti ma, porque el auténtico tiene reso- <br/>nancias antiguas de Inquisición. Ac ababan de trasladarse al barrio de  <br/>Nob Hill, donde se construyeron una  disparatada mansión, una de las  <br/>mas opulentas de la ciudad, que result ó un delirio de varios arquitectos  <br/>rivales contratados y despedidos ca da dos por tres. La familia no hizo  <br/>su fortuna en la fiebre del oro de  1849, como pretendía Feliciano, sino  <br/>gracias al magnífico instinto empresarial de su mujer, a quien se le ocu- <br/>rrió transportar productos frescos desde Chile hasta California sentados  <br/>  4<br/><br/><br/>Page No 5<br/><br/>en un lecho de hielo antártico. En  aquella tumultuosa época un durazno  <br/>valía una onza de oro y ella supo aprovechar esas circunstancias. La ini- <br/>ciativa prosperó y llegaron a tener  una flotilla de barcos navegando en- <br/>tre Valparaíso y San Francisco, que el  primer año regresaban vacíos,  <br/>pero luego lo hacían cargados de  harina californiana; así arruinaron a  <br/>varios agricultores chilenos, incluso al padre de Paulina, el temible  <br/>Agustín del Valle, a quien se le agusanó el trigo en las bodegas porque  <br/>no pudo competir con la blanquísima harina de los yanquis. De la rabia,  <br/>también se le agusanó el hígado. Al  término de la fiebre del oro miles y  <br/>miles de aventureros regresaron a sus lugares de origen más pobres de  <br/>lo que salieron, después de perder  la salud y el alma en persecución de  <br/>un sueño; pero Paulina y Feliciano hi cieron fortuna. Se colocaron en la  <br/>cumbre de la sociedad de San Franci sco, a pesar del obstáculo casi in- <br/>salvable de su acento hispano. «E n California son todos nuevos ricos y  <br/>mal nacidos, en cambio nuestro ár bol genealógico se remonta a las  <br/>Cruzadas», mascullaba Paulina entonc es, antes de darse por vencida y  <br/>regresar a Chile. Sin embargo, no fu eron títulos de nobleza ni cuentas  <br/>en los bancos lo único que les abrió las puertas, sino la simpatía de Feli- <br/>ciano, quien hizo amigos entre lo s hombres más poderosos de la ciu- <br/>dad. Resultaba, en cambio, bastante  difícil tragar a su mujer, ostento- <br/>sa, mal hablada, irreverente y atro pelladora. Hay que decirlo: Paulina  <br/>inspiraba al principio la mezcla de fasci nación y pavor que se siente an- <br/>te una iguana; sólo al conocerla me jor se descubría su vena sentimen- <br/>tal. En 1862 lanzó a su marido en  la empresa comercial ligada al ferro- <br/>carril transcontinental que los hizo definitivamente ricos.   <br/>No me explico de dónde sacó esa se ñora su olfato para los negocios.  <br/>Provenía de una familia de hacendados chilenos estrechos de criterio y  <br/>pobres de espíritu; fue criada entre  las paredes de la casa paterna en  <br/>Valparaíso, rezando el rosario y bord ando, porque su padre creía que la  <br/>ignorancia garantiza la sumisión de  las mujeres y de los pobres. Esca- <br/>samente dominaba los rudimentos de  la escritura y la aritmética, no le- <br/>yó un libro en su vida y sumaba  con los dedos –nunca restaba– pero  <br/>todo lo que tocaban sus manos se co nvertía en fortuna. De no haber si- <br/>do por sus hijos y parientes botarata s, habría muerto con el esplendor  <br/>de una emperatriz. En esos años se construía el ferrocarril para unir el  <br/>este y el oeste de los Estados Unid os. Mientras todo el mundo invertía  <br/>en acciones de las dos compañías y apostaba a cuál colocaba los rieles  <br/>más rápido, ella, indiferente a esa carrera frívola, tendió un mapa sobre  <br/>la mesa del comedor y estudió con paciencia de topógrafo el futuro re- <br/>corrido del tren y los lugares dond e había agua en abundancia. Mucho  <br/>antes de que los humildes peones ch inos pusieran el último clavo  <br/>uniendo las vías del tren en Promot ory, Utah, y que la primera locomo- <br/>  5<br/><br/><br/>Page No 6<br/><br/>tora cruzara el continente con su estrépito de hierros, su humareda vol- <br/>cánica y su bramido de naufragio,  convenció a su marido de que com- <br/>prara tierras en los sitios marcados  en su mapa con cruces de tinta ro- <br/>ja.  <br/>–Allí fundarán los pueblos, porque  hay agua, y en cada uno nosotros  <br/>tendremos un almacén –explicó.  <br/>–Es mucha plata –exclamó Feliciano espantado.  <br/>–Consíguela prestada, para eso so n los bancos. ¿Por qué vamos a  <br/>arriesgar el dinero propio si pode mos disponer del ajeno? –replicó Pau- <br/>lina, como siempre alegaba en estos casos.  <br/>En eso estaban, negociando con los bancos y comprando terrenos a  <br/>través de medio país, cuando estalló  el asunto de la concubina. Se tra- <br/>taba de una actriz llamada Amanda Lowell, una escocesa comestible, de  <br/>carnes lechosas, ojos de espinaca  y sabor de durazno, según asegura- <br/>ban quienes la habían probado. Cantaba y bailaba mal, pero con brío,  <br/>actuaba en comedías de poca mont a y animaba fiestas de magnates.  <br/>Poseía una culebra de origen paname ño, larga, gorda y mansa, pero de  <br/>espeluznante aspecto, que se enro llaba en su cuerpo durante sus dan- <br/>zas exóticas y que nunca dio muestras de mal carácter hasta una noche  <br/>desventurada en que ella se presentó con una diadema de plumas en el  <br/>peinado y el animal, confundiendo el  tocado con un loro distraído, estu- <br/>vo a punto de estrangular a su ama en el empeño de tragárselo.   <br/>La bella Lowell estaba lejos de ser  una más de las miles de «palomas  <br/>mancilladas» de la vida galante de C alifornia; era una cortesana altiva  <br/>cuyos favores no se conseguían sólo  con dinero sino también con bue- <br/>nos modales y encanto. Mediante la  generosidad de sus protectores vi- <br/>vía bien y le sobraban medios para  ayudar a una caterva de artistas sin  <br/>talento; estaba condenada a morir po bre, porque gastaba como un país  <br/>y regalaba el sobrante. En la flor de su juventud perturbaba el tráfico  <br/>en la calle con la gracia de su porte y su roja cabellera de león, pero su  <br/>gusto por el escándalo había malogrado su suerte: en un arrebato podía  <br/>desbaratar un buen nombre y una fam ilia. A Feliciano el riesgo le pare- <br/>ció un incentivo más; tenía alma de co rsario y la idea de jugar con fue- <br/>go lo sedujo tanto como las soberbias  nalgas de la Lowell. La instaló en  <br/>un apartamento en pleno centro, pero jamás se presentaba en público  <br/>con ella, porque conocía de sobra el  carácter de su esposa, quien en un  <br/>ataque de celos había tijereteado pi ernas y mangas de todos sus trajes  <br/>y se los había tirado en la puerta de su oficina. Para un hombre tan ele- <br/>gante como él, que encargaba su ropa al sastre del príncipe Alberto en  <br/>Londres, aquello fue un golpe mortal.  <br/>En San Francisco, ciudad masculina,  la esposa era siempre la última en  <br/>enterarse de una infidelidad conyugal, pero en este caso fue la propia  <br/>  6<br/><br/><br/>Page No 7<br/><br/>Lowell quien la divulgó. Apenas su  protector daba vuelta la espalda,  <br/>marcaba con rayas los pilares de su  lecho, una por cada amante recibi- <br/>do. Era una coleccionista, no le in teresaban los hombres por sus méri- <br/>tos particulares, sino el número de ra yas; pretendía superar el mito de  <br/>la fascinante Lola Montez, la cortesan a irlandesa que había pasado por  <br/>San Francisco como una exhalación en  los tiempos de la fiebre del oro.  <br/>El chisme de las rayas de la Lowell co rría de boca en boca y los caballe- <br/>ros se disputaban por visitarla, ta nto por los encantos de la bella, a  <br/>quien muchos de ellos ya conocían en el sentido bíblico, como por la  <br/>gracía de acostarse con la mantenida de uno de los próceres de la ciu- <br/>dad. La noticía alcanzó a Paulina del Valle cuando ya había dado la vuel- <br/>ta completa por California.  <br/>–Lo más humillante es que esa chusca te pone cuernos y todo el mundo  <br/>anda comentando que estoy casada con un gallo capón! increpó Paulina  <br/>a su marido en el lenguaje de sa rraceno que solía emplear en esas oca- <br/>siones.  <br/>Feliciano Rodríguez de Santa Cruz nada sabía de aquellas actividades de  <br/>la coleccionista y el disgusto casi  lo mata. Jamás imaginó que amigos,  <br/>conocidos y otros que le debían inmensos favores, se burlaran así de él.  <br/>En cambio, no culpó a su querida, porque aceptaba resignado las velei- <br/>dades del sexo opuesto, criaturas delic iosas pero sin estructura moral,  <br/>siempre listas para ceder a la tentació n. Mientras ellas pertenecían a la  <br/>tierra, el humus, la sangre y las func iones orgánicas, ellos estaban des- <br/>tinados al heroísmo, las grandes idea s y, aunque no era su caso, a la  <br/>santidad.   <br/>Confrontado por su esposa se defe ndió como pudo y en una tregua  <br/>aprovechó para echarle en cara el pestillo con que trancaba la puerta de  <br/>su pieza. ¿pretendía que un hombre co mo él viviera en la abstinencia?  <br/>Todo era su culpa por haberlo rechaz ado, alegó. Lo del pestillo era cier- <br/>to, Paulina había renunciado a los dese nfrenos carnales, no por falta de  <br/>ganas, como me confesó cuarenta añ os más tarde, sino por pudor. Le  <br/>repugnaba mirarse en el espejo y de dujo que cualquier hombre sentiría  <br/>lo mismo al verla desnuda. Recordaba exactamente el momento cuando  <br/>tomó conciencia de que su cuerpo se  estaba convirtiendo en su enemi- <br/>go. Unos años antes, al regresar Fe liciano de un largo viaje de negocios  <br/>a Chile, la cogió por la cintura y con  el mismo rotundo buen humor de  <br/>siempre quiso levantarla del suelo para llevarla a la cama, pero no pudo  <br/>moverla.  <br/>–¡Carajo, Paulina! ¿Tienes piedras en los calzones? –se rió.  <br/>–Es grasa –suspiró ella tristemente.  <br/>–¡Quiero verla!  <br/><br/>  7<br/><br/><br/>Page No 8<br/><br/>–De ninguna manera. De ahora en ade lante sólo podrás venir a mi pie- <br/>za de noche y con la lámpara apagada.  <br/>Durante un tiempo esos dos, que se  habían amado sin pudicía, hicieron  <br/>el amor a oscuras. Paulina se mant uvo impermeable a las súplicas y ra- <br/>bietas de su marido, quien no se  conformó nunca con encontrarla deba- <br/>jo de un cerro de trapos en la neg rura del cuarto, ni con abrazarla con  <br/>prisa de misionero mientras ella le  sujetaba las manos para que no le  <br/>palpara las carnes. El tira y afloja  los dejaba extenuados y con los ner- <br/>vios al rojo vivo. Por fin, con el  pretexto del traslado a la nueva man- <br/>sión de Nob Hill, Paulina instaló a su  marido en el otro extremo de la  <br/>casa y trancó la puerta de su habitación.   <br/>El disgusto por su propio cuerpo superaba el deseo que sentía por su  <br/>marido. Su cuello desaparecía tras  la doble papada, los senos y la ba- <br/>rriga eran un solo promontorio de  monseñor, sus pies no la sostenían  <br/>más de unos minutos, no podía vestir se sola o abrocharse los zapatos;  <br/>pero con sus vestidos de seda y sus espléndidas joyas, como se presen- <br/>taba casi siempre, resultaba un es pectáculo prodigioso. Su mayor pre- <br/>ocupación era el sudor entre sus ro llos y solía preguntarme en susurros  <br/>si olía mal, pero jamás percibí en  ella otro aroma que el de agua de  <br/>gardenias y talco. Contraria a la creen cia tan difundida entonces de que  <br/>el agua y el jabón arruinan los bronqu ios, ella pasaba horas flotando en  <br/>su bañera de hierro esmaltado, do nde volvía a sentirse liviana como en  <br/>su juventud.   <br/>Se había enamorado de Feliciano cu ando éste era un joven guapo y  <br/>ambicioso, dueño de unas minas de p lata en el norte de Chile. Por ese  <br/>amor desafió la ira de su padre, Ag ustín del Valle, quien figura en los  <br/>textos de historia de Chile como el  fundador de un minúsculo y cicatero  <br/>partido político ultra conservador, de saparecido hace más de dos déca- <br/>das, pero que cada tanto vuelve a resucitar como una desplumada y  <br/>patética ave fénix. El mismo amor  por ese hombre la sostuvo cuando  <br/>decidió prohibirle la entrada a su alcoba a una edad en que su naturale- <br/>za clamaba más que nunca por un abrazo. A diferencia de ella, Feliciano  <br/>maduraba con gracia. El cabello se le había vuelto gris, pero seguía  <br/>siendo el mismo hombronazo alegre, apasionado y botarata.   <br/>A Paulina le gustaba su vena vulgar,  la idea de que ese caballero de re- <br/>tumbantes apellidos provenía de judíos sefarditas y bajo sus camisas de  <br/>seda con iniciales bordadas lucía un ta tuaje de perdulario adquirido en  <br/>el puerto durante una borrachera. An siaba oír de nuevo las porquerías  <br/>que él le susurraba en los tiempo s cuando todavía chapaleaban en la  <br/>cama con las lámparas encendidas y habría dado cualquier cosa por  <br/>dormir una vez más con la cabeza apoyada sobre el dragón azul graba- <br/>do con tinta indeleble en el hombro  de su marido. Nunca creyó que él  <br/>  8<br/><br/><br/>Page No 9<br/><br/>deseaba lo mismo. Para Feliciano e lla fue siempre la novia atrevida con  <br/>quien se fugó en la juventud, la única  mujer que admiraba y temía. Se  <br/>me ocurre que esa pareja no dejó de amarse, a pesar de la fuerza ci- <br/>clónica de sus peleas, que dejaban  a todos en la casa temblando. Los  <br/>abrazos que antes los hicieran tan fe lices se trocaron en combates que  <br/>culminaban en treguas a largo pla zo y venganzas memorables, como la  <br/>cama florentina, pero ningún agravio  destruyó su relación y hasta el fi- <br/>nal, cuando él cayó herido de muer te por una apoplejía, estuvieron uni- <br/>dos por una envidiable complicidad de truhanes.  <br/>Una vez que el capitán John Sommers se aseguró de que el mueble mí- <br/>tico estaba sobre la carreta y el  cochero entendía sus instrucciones,  <br/>partió a pie en dirección a Chinatow n, como hacía en cada una de sus  <br/>visitas a San Francisco. Esta vez, si n embargo, los bríos no le alcanza- <br/>ron y a las dos cuadras debió llamar un coche de alquiler. Se montó con  <br/>esfuerzo, indicó la dirección al conducto r y se recostó en el asiento, ja- <br/>deando. Hacía un año que habían empe zado los síntomas, pero en las  <br/>últimas semanas se habían agudizado; las piernas apenas lo sostenían y  <br/>la cabeza se le llenaba de bruma, de bía luchar sin reposo contra la ten- <br/>tación de abandonarse a la algodonos a indiferencia que iba invadiendo  <br/>su alma. Su hermana Rose había si do la primera en advertir que algo  <br/>andaba mal, cuando él todavía no sentía dolor. Pensaba en ella con una  <br/>sonrisa: era la persona más cercana y querida, el norte de su existencia  <br/>trashumante, más real en su afecto que su hija Eliza o cualquiera de las  <br/>mujeres que abrazó en su largo peregrinaje de puerto en puerto.  <br/>Rose Sommers había pasado su juve ntud en Chile, junto a su hermano  <br/>mayor, Jeremy; pero a la muerte de  éste regresó a Inglaterra para en- <br/>vejecer en tierra propia. Residía en Londres, en una casita a pocas cua- <br/>dras de los teatros y de la opera,  un barrio algo venido a menos, donde  <br/>podía vivir a su regalado antojo. Ya no era la pulcra ama de llaves de su  <br/>hermano Jeremy, ahora podía dar rienda suelta a su vena excéntrica.  <br/>Solía vestirse de actriz en desgrac ia para tomar té en el Savoy o de  <br/>condesa rusa para pasear su perro,  era amiga de mendigos y músicos  <br/>callejeros, gastaba su dinero en ba ratijas y caridades. «Nada hay tan  <br/>liberador como la edad», decía cont ando sus arrugas, feliz. «No es la  <br/>edad, hermana, sino la situación ec onómica que te has labrado con tu  <br/>pluma», replicaba John Sommers.   <br/>Esa venerable solterona de pelo b lanco había hecho una pequeña fortu- <br/>na escribiendo pornografía. Lo más irónico, pensaba el capitán, era que  <br/>justamente ahora que Rose no ten ía necesidad de ocultarse, como  <br/>cuando vivía a la sombra de su hermano Jeremy, había dejado de escri- <br/>bir cuentos eróticos y se dedicaba  a producir novelas románticas a un  <br/>ritmo agobiador y con un éxito inusit ado. No había mujer cuya lengua  <br/>  9<br/><br/><br/>Page No 10<br/><br/>madre fuera el inglés, incluyendo la  reina Victoria, que no hubiera leído  <br/>al menos uno de los romances de la Dama Rose Sommers.   <br/>El titulo distinguido no hizo más qu e legalizar una situación que Rose  <br/>había tomado por asalto desde hacía  años. Sí la Reina Victoria hubiera  <br/>sospechado que su autora preferid a, a quien otorgó personalmente la  <br/>condición de Dama, era responsable de una vasta colección de literatura  <br/>indecente firmada por Una Dama An ónima, habría sufrido un soponcio.  <br/>El capitán opinaba que la pornografía  era deliciosa, pero esas novelas  <br/>de amor eran basura. Se encargó durante años de publicar y distribuir  <br/>los cuentos prohibidos que Rose prod ucía bajo las narices de su herma- <br/>no mayor, quien murió convencido de que ella era una virtuosa señorita  <br/>sin otra misión que hacerle la vida  agradable. “Cuídate, John, mira que  <br/>no puedes dejarme sola en este m undo. Estás adelgazando y tienes un  <br/>color raro», le había repetido Rose a diario cuando el capitán la visitó en  <br/>Londres. Desde entonces una implac able metamorfosis estaba trans- <br/>formándolo en un lagarto.  <br/>Tao-Chien terminaba de quitar sus agujas de acupuntura de las orejas y  <br/>brazos de un paciente, cuando su ay udante le avisó que su suegro aca- <br/>baba de llegar. El zhong–yi colocó  cuidadosamente las agujas de oro en  <br/>alcohol puro, se lavó las manos en una  palangana, se puso su chaqueta  <br/>y salió a recibir al visitante, extrañado de que Eliza no le hubiera adver- <br/>tido que su padre llegaba ese día. Cada visita del capitán Sommers pro- <br/>vocaba una conmoción. La familia lo  esperaba ansiosa, sobre todo los  <br/>niños, que no se cansaban de admirar los regalos exóticos y de oír los  <br/>cuentos de monstruos marinos y pira tas malayos de aquel abuelo colo- <br/>sal. Alto, macizo, con la piel curtida por la sal de todos los mares, barba  <br/>montaraz, vozarrón de trueno e inocen tes ojos azules de bebé, el capi- <br/>tán resultaba una figura imponente en su uniforme azul, pero el hombre  <br/>que Tao-Chien vio sentado en un silló n de su clínica estaba tan dismi- <br/>nuido, que tuvo dificultad en reconocerlo.   <br/>Lo saludó con respeto, no había logrado superar el hábito de inclinarse  <br/>ante él a la usanza china. Había conocido a John Sommers en su juven- <br/>tud, cuando trabajaba de cocinero en  su barco. «A mi me tratas de se- <br/>ñor. ¿Entendido, chino?», le había  ordenado éste la primera vez que le  <br/>habló. Entonces ambos teníamos el  pelo negro, pensó Tao-Chien con  <br/>una punzada de congoja ante el anuncio de la muerte. El inglés se puso  <br/>de pie trabajosamente, le dio la mano  y luego lo estrechó en un breve  <br/>abrazo. El zhong–yi comprobó que ahora él era el más alto y pesado de  <br/>los dos.  <br/>–¿Sabe Eliza que usted venía hoy, señor? –preguntó.  <br/>–No. Usted y yo debemos hablar a solas Tao. Me estoy muriendo.  <br/><br/>  10<br/><br/><br/>Page No 11<br/><br/>El zhong–yi así lo había comprendido  apenas lo vio. Sin decir palabra lo  <br/>guió hasta el consultorio, donde lo  ayudó a desvestirse y tenderse en  <br/>una camilla. Su suegro desnudo ten ía un aspecto patético: la piel grue- <br/>sa, seca, de un color cobrizo, las uñas amarillas, los ojos inyectados en  <br/>sangre, el vientre hinchado. Empezó po r auscultarlo y luego le tomó el  <br/>pulso en las muñecas, el cuello y lo s tobillos para cerciorarse de lo que  <br/>ya sabía.  <br/>–Tiene el hígado destrozado, señor. ¿Sigue bebiendo?  <br/>–No puede pedirme que abandone un hábito de toda la vida, Tao. ¿Cree  <br/>que alguien puede aguantar el oficio de marinero sin un trago de vez en  <br/>cuando?  <br/>Tao-Chien sonrió. El inglés bebía medía botella de ginebra en los días  <br/>normales y una entera si había alg o que lamentar o celebrar, sin que  <br/>pareciera afectarlo en lo más mínimo;  ni siquiera olía a licor, porque el  <br/>fuerte tabaco de mala clase impregnaba su ropa y su aliento.  <br/>–Además, ya es tarde para arrepe ntirme, ¿verdad? –agregó John Som- <br/>mers.  <br/>–Puede vivir un poco mas y en mejore s condiciones si deja de beber.  <br/>¿Por qué no toma un descanso? Ve nga a vivir con nosotros por un  <br/>tiempo, Eliza y yo lo cuidaremos  hasta que se reponga –propuso el  <br/>zhong–yi sin mirarlo, para que el ot ro no percibiera su emoción. Como  <br/>tantas veces le ocurría en su oficio  de médico, debía luchar contra la  <br/>sensación de terrible impotencia que solía abrumarlo al confirmar cuán  <br/>escasos eran los recursos de su ci encia y cuán inmenso el padecer aje- <br/>no.  <br/>–¡Cómo se le ocurre que voy a pone rme voluntariamente en manos de  <br/>Eliza para que me condene a la abstin encia! ¿Cuánto tiempo me queda,  <br/>Tao? –preguntó John Sommers.  <br/>–No puedo decirlo con certeza. Debería consultar otra opinión.  <br/>–La suya es la única opinión que me  merece respeto. Desde que usted  <br/>me sacó una muela sin dolor a medi o camino entre Indonesia y la costa  <br/>del África, ningún otro médico ha puesto sus malditas manos sobre mí.  <br/>–¿Cuánto hace de eso?  <br/>–Unos quince años.   <br/>–Agradezco su confianza, señor.  <br/>–¿Sólo quince años? ¿Por qué me pa rece que nos hemos conocido toda  <br/>la vida?  <br/>–Tal vez nos conocimos en otra existencia.  <br/>–La reencarnación me da terror, Tao. Imagínese que en mi próxima vi- <br/>da me toque ser musulmán. ¿Sabía  que esa pobre gente no bebe alco- <br/>hol?  <br/><br/>  11<br/><br/><br/>Page No 12<br/><br/>–Ese es seguramente su karma. En  cada reencarnación debemos resol- <br/>ver lo que dejamos inconcluso en la anterior –se burló Tao.  <br/>–Prefiero el infierno cristiano, es me nos cruel. Bueno, nada de esto le  <br/>diremos a El¡za –concluyó John Sommers mientras se ponía la ropa, lu- <br/>chando con los botones que escapaban de sus dedos temblorosos–.  <br/>Como ésta puede ser mi última visita , es justo que ella y mis nietos me  <br/>recuerden alegre y sano. Me voy tr anquilo, Tao, porque nadie podría  <br/>cuidar a mi hija Eliza mejor que usted.  <br/>–Nadie podría amarla más que yo, señor.  <br/>–Cuando yo no esté, alguien deberá  ocuparse de mi hermana. Usted  <br/>sabe que Rose fue como una madre para Eliza...  <br/>–No se preocupe, Eliza y yo estaremos siempre pendientes de ella –le  <br/>aseguró su yerno.  <br/>–La muerte... quiero decir... ¿será con rapidez y dignidad? ¿Cómo sabré  <br/>cuándo llega el fin?  <br/>–Cuando vomite sangre, señor –dijo Tao-Chien tristemente.  <br/>Ocurrió tres semanas mas tarde, en me dio del Pacifico, en la privacidad  <br/>del camarote del capitán. Apenas pu do ponerse de pie, el viejo nave- <br/>gante limpió los rastros del vómito, se enjuagó la boca, se cambió la  <br/>camisa ensangrentada, encendió su  pipa y se fue a la proa del barco,  <br/>donde se instaló a mirar por última vez las estrellas titilando en un cielo  <br/>de terciopelo negro. Varios marinero s lo vieron y esperaron a la distan- <br/>cia, con las gorras en la mano. Cuando  se le terminó el tabaco, el capi- <br/>tán John Sommers pasó las piernas po r encima de la borda y se dejó  <br/>caer sin ruido al mar.  <br/>Severo del Valle conoció a Lynn Sommers durante un viaje que hizo con  <br/>su padre de Chile a California en 1872, para visitar a sus tíos Paulina y  <br/>Feliciano, quienes protagonizaban  los mejores chismes de la familia.  <br/>Severo había visto un par de veces a su tía Paulina durante sus esporá- <br/>dicas apariciones en Valparaíso, pero hasta que no la conoció en su am- <br/>biente norteamericano, no comprendió  los suspiros de cristiana intole- <br/>rancia de su familia. Lejos del medi o religioso y conservador de Chile,  <br/>del abuelo Agustín clavado en su s illón de paralítico, de la abuela Emilia  <br/>con sus encajes lúgubres y sus lavativ as de linaza, del resto de sus pa- <br/>rientes envidiosos y timoratos, Paulina alcanzaba sus verdaderas pro- <br/>porciones de amazona. En el primer  viaje, Severo del Valle era dema- <br/>siado joven para medir el poder o la fortuna de esa pareja de tíos céle- <br/>bres, pero no se le escaparon las di ferencias entre ellos y el resto de la  <br/>tribu Del Valle. Fue al regresar años más tarde, cuando comprendió que  <br/>se contaban entre las familias más  ricas de San Francisco, junto a los  <br/>magnates de la plata, el ferrocarril,  los bancos y el transporte. En ese  <br/>primer viaje, a los quince años, se ntado a los pies de la cama policro- <br/>  12<br/><br/><br/>Page No 13<br/><br/>mada de su tía Paulina, mientras ella planeaba la estrategia de sus gue- <br/>rras mercantiles, Severo decidió su propio futuro.  <br/>–Debieras hacerte abogado, para qu e me ayudes a demoler a mis ene- <br/>migos con todas las de la ley –le ac onsejó ese día Paulina, entre dos  <br/>mordiscos de pastel de hojaldre con dulce de leche.  <br/>–Si, tía. Dice el abuelo Agustín que en toda familia respetable se necesi- <br/>ta un abogado, un médico y un obispo –replicó el sobrino.  <br/>–También se necesita un cerebro para los negocios.  <br/>–El abuelo considera que el comercio no es oficio de hidalgos.  <br/>–Dile que la hidalguía no sirve para comer, que se la meta por el culo.  <br/>El joven sólo había escuchado esa p alabreja en boca del cochero de su  <br/>casa, un madrileño escapado de una  prisión en Tenerife, quien por ra- <br/>zones incomprensibles también se cagaba en Dios y en la leche.  <br/>–¡Déjate de melindres, chiquillo,  mira qué culo tenemos todos! – <br/>exclamó Paulina muerta de risa al ver la expresión de su sobrino.  <br/>Esa misma tarde lo llevó a la pastel ería de Eliza Sommers. San Francis- <br/>co había deslumbrado a Severo al atis barlo desde el barco: una ciudad  <br/>luminosa instalada en un verde paisaje de colinas sembradas de árboles  <br/>que descendían ondulantes hasta el  borde de una bahía de aguas cal- <br/>mas. De lejos parecía severa, con su trazado español de calles paralelas  <br/>y transversales, pero de cerca tenía  el encanto de lo inesperado. Acos- <br/>tumbrado al aspecto somnoliento del  puerto de Valparaíso, donde se  <br/>había criado, el muchacho quedó aturdido ante la demencia de casas y  <br/>edificios en variados estilos, lujo  y pobreza, todo revuelto, como si  <br/>hubiera sido levantado de prisa. Vio un caballo muerto y cubierto de  <br/>moscas frente a la puerta de una eleg ante tienda que ofrecía violines y  <br/>píanos de cola. Entre el tráfico rui doso de animales y coches se abría  <br/>paso una muchedumbre cosmopolita:  americanos, hispanos, franceses,  <br/>irlandeses, italianos, alemanes, algunos  indios y antiguos esclavos ne- <br/>gros ahora libres, pero siempre rech azados y pobres. Dieron una vuelta  <br/>por Chinatown y en un abrir y cerrar de  ojos se encontraron en un país  <br/>poblado de celestiales, como llamab an a los chinos, que el cochero  <br/>apartaba con chasquidos de su fust a mientras conducía el fichare a la  <br/>Plaza de la Unión. Se detuvo ante una  casa de estilo victoriano, sencilla  <br/>en comparación a los desvaríos de  molduras, relieves y rosetones que  <br/>solían verse por esos lados.  <br/>–Este es el salón de té de la seño ra Sommers, el único por estos lados  <br/>–aclaró Paulina–. Puedes tomar café  donde quieras, pero para una taza  <br/>de té debes venir aquí. Los yanquis abominan de este noble brebaje  <br/>desde la Guerra de Independencia,  que empezó cuando los rebeldes  <br/>quemaron el té de los ingleses en Boston.  <br/>–Pero, ¿no hace como un siglo de eso?  <br/>  13<br/><br/><br/>Page No 14<br/><br/>–Ya ves, Severo, lo estúpido que puede ser el patriotismo.  <br/>No era el té la causa de las frecuentes visitas de Paulina a ese salón, si- <br/>no la famosa pastelería de Eliza So mmers, que impregnaba el interior  <br/>con una fragancia deliciosa de azúcar  y vainilla. La casa, de las muchas  <br/>importadas de Inglaterra en los primeros tiempos de San Francisco, con  <br/>un manual de instrucciones para ar marla como un juguete, tenía dos  <br/>pisos coronados por una torre, que le  daba un aire de iglesia campes- <br/>tre. En el primer piso habían junt ado dos habitaciones para ampliar el  <br/>comedor, había varios sillones de pa tas torcidas y cinco mesitas redon- <br/>das con manteles blancos. En el segundo piso se vendían cajas de bom- <br/>bones hechos a mano con el mejor chocolate belga, mazapán de al- <br/>mendra y varias clases de dulces cr iollos de Chile, los favoritos de Pau- <br/>lina del Valle. Servían dos empleadas mexicanas de largas trenzas, al- <br/>bos delantales y cofias almidonadas, dirigidas telepáticamente por la  <br/>pequeña señora Sommers, quien daba  la impresión de existir apenas,  <br/>en contraste con la impetuosa presencia de Paulina. La moda acinturada  <br/>y con espumosos pollerines favorecía  a la primera, en cambio multipli- <br/>caba el volumen de la segunda; adem ás Paulina del Valle no ahorraba  <br/>en telas, flecos, pompones y plisados.  Ese día iba ataviada de abeja re- <br/>ina, en amarillo y negro de la cabeza a los pies, con un sombrero ter- <br/>minado en plumas y un corpiño a rayas. Muchas rayas. Invadía el salón,  <br/>se tragaba todo el aire y con cada desplazamiento suyo las tazas tinti- <br/>neaban y las frágiles paredes de ma dera gemían. Al verla entrar, las  <br/>criadas corrieron a cambiar una de  las delicadas sillas enjuncadas por  <br/>un sillón más sólido, donde la dama  se acomodó con gracia. Se movía  <br/>con cuidado, pues consideraba que nada afea tanto como la prisa; tam- <br/>bién evitaba los ruidos de vieja, ja más dejaba escapar en público ja- <br/>deos, toses, crujidos o suspiros de  cansancio, aunque los pies estuvie- <br/>ran matándola. «No quiero tener voz de gorda», decía, y hacía gárgaras  <br/>diarias de jugo de limón con miel  para mantener la voz delgada. Eliza  <br/>Sommers, menuda y derecha como un sable, vestida con una falda azul  <br/>oscuro y una blusa color melón abotonada en los puños y el cuello, con  <br/>un discreto collar de perlas como único adorno, parecía notablemente  <br/>joven. Hablaba un español oxidado po r falta de uso y el inglés con  <br/>acento británico, saltando de una le ngua a otra en la misma frase, tal  <br/>como hacía Paulina.   <br/>La fortuna de la señora Del Valle y su sangre de aristócrata la colocaban  <br/>muy por encima del nivel social de la otra. Una mujer que trabajaba por  <br/>gusto sólo podía ser un marimacho, pe ro Paulina sabía que Eliza ya no  <br/>pertenecía al medio en que se había  criado en Chile y no trabajaba por  <br/>gusto, sino por necesidad. Había oí do también que vivía con un chino,  <br/><br/>  14<br/><br/><br/>Page No 15<br/><br/>pero su demoledora indiscreción  nunca le alcanzó para preguntárselo  <br/>directamente.  <br/>–La señora Eliza Sommers y yo no s conocimos en Chile en 1840; en- <br/>tonces ella tenía ocho años y yo di eciséis, pero ahora somos de la mis- <br/>ma edad –explicó Paulina a su sobrino.  <br/>Mientras las empleadas servían té,  Eliza Sommers escuchaba divertida  <br/>el parloteo incesante de Paulina, interrumpido apenas para zamparse  <br/>otro bocado. Severo se olvidó de e llas al descubrir en otra mesa a una  <br/>preciosa niña pegando estampas en un álbum a la luz de las lámparas a  <br/>gas y la suave claridad de los vitrales de la ventana, que la alumbraban  <br/>con destellos dorados. Era Lynn Sommers , hija de Eliza, criatura de tan  <br/>rara belleza que ya entonces, a los doce años, varios fotógrafos de la  <br/>ciudad la usaban como modelo; su rostro ilustraba postales, afiches y  <br/>calendarios de ángeles tocando la lira  y ninfas traviesas en bosques de  <br/>cartón piedra. Severo todavía estaba en la edad en que las niñas son un  <br/>misterio más bien repelente para los  muchachos, pero él se rindió a la  <br/>fascinación; de pie a su lado la cont empló boquiabierto sin comprender  <br/>por qué le dolía el pecho y sentía deseos de llorar. Eliza Sommers lo sa- <br/>có del trance llamándolos a tomar choc olate. La chiquilla cerró el álbum  <br/>sin prestarle atención, como si no lo  viera, y se levantó liviana, flotan- <br/>do. Se instaló frente a su taza de  chocolate sin decir palabra ni alzar la  <br/>vista, resignada a las miradas impertinentes del joven, plenamente  <br/>consciente de que su aspecto la sepa raba del resto de los mortales. So- <br/>brellevaba su belleza como una deformidad, con la secreta esperanza  <br/>de que se le pasaría con el tiempo.  <br/>Unas semanas más tarde Severo se embarcó de vuelta a Chile con su  <br/>padre, llevándose en la memoria la vastedad de California y la visión de  <br/>Lynn Sommers plantada firmemente en el corazón.  <br/>Severo del Valle no volvió a ver a  Lynn hasta varios años más tarde.  <br/>Regresó a California a finales de 1876 a vivir con su tía Paulina, pero no  <br/>inició su relación con Lynn hasta un miércoles de invierno en 1879 y en- <br/>tonces ya era demasiado tarde para los dos. En su segunda visita a San  <br/>Francisco, el joven había alcanzado su altura definitiva, pero todavía era  <br/>huesudo, pálido, desgarbado y andaba  incómodo en su piel, como si le  <br/>sobraran codos y rodillas. Tres años  después, cuando se plantó sin voz  <br/>delante de Lynn, ya era un hombre hecho y derecho, con las nobles  <br/>facciones de sus antepasados españoles, la contextura flexible de un to- <br/>rero andaluz y el aire ascético de  un seminarista. Mucho había cambia- <br/>do en su vida desde la primera vez  que viera a Lynn. La imagen de esa  <br/>niña silenciosa con languidez de ga to en reposo, lo acompañó durante  <br/>los años difíciles de la adolescencia y  en el dolor del duelo. Su padre, a  <br/>quien había adorado, murió prematura mente en Chile y su madre, des- <br/>  15<br/><br/><br/>Page No 16<br/><br/>concertada ante ese hijo aún imberbe, pero demasiado lúcido e irreve- <br/>rente, lo envió a terminar sus estu dios en un colegio católico de Santia- <br/>go. Pronto, sin embargo, lo devolvie ron a su casa con una carta expli- <br/>cando en secos términos que una ma nzana podrida en el barril corrom- <br/>pe a las demás, o algo por el estilo. Entonces la abnegada madre hizo  <br/>una peregrinación de rodillas a una  gruta milagrosa, donde la Virgen,  <br/>siempre ingeniosa, le sopló la solución: mandarlo al servicio militar para  <br/>que un sargento se hiciera cargo de l problema. Durante un año Severo  <br/>marchó con la tropa, soportó el rigor y la estupidez del regimiento y sa- <br/>lió con rango de oficial de reserva,  decidido a no acercarse a un cuartel  <br/>nunca más en su vida. No bien puso lo s pies en la calle volvió a sus an- <br/>tiguas amistades y a sus erráticos ra ptos de humor. Esta vez sus tíos  <br/>tomaron cartas en el asunto. Se reunieron en consejo en el austero co- <br/>medor de la casa del abuelo Agustín, en ausencia del joven y su madre,  <br/>quienes carecían de voto en la mesa  patriarcal. En esa misma habita- <br/>ción, treinta y cinco años antes Paulina del Valle con la cabeza afeitada  <br/>y una tiara de diamantes, había desafiado a los hombres de su familia  <br/>para casarse con Feliciano Rodríguez de Santa Cruz, el hombre escogido  <br/>por ella. Allí se presentaban ahora an te el abuelo las pruebas contra  <br/>Severo: se negaba a confesarse y comulgar, salía con bohemios, se  <br/>habían descubierto en su poder libro s de la lista negra; en pocas pala- <br/>bras, sospechaban que había sido re clutado por la masonería o, peor  <br/>aún, por los liberales. Chile pasaba por un periodo de luchas ideológicas  <br/>irreconciliables y en la medida en que los liberales ganaban puestos en  <br/>el gobierno, crecía la ira de los ultr a conservadores imbuídos de fervor  <br/>mesiánico, como los Del Valle, que  pretendían implantar sus ideas a  <br/>punta de anatemas y balas, aplastar a masones y anticlericales, y aca- <br/>bar de una vez por todas con los liber ales. Los del Valle no estaban dis- <br/>puestos a tolerar un disidente de su  propia sangre en el seno mismo de  <br/>la familia. La idea de enviarlo a Esta dos Unidos fue del abuelo Agustín:  <br/>«los yanquis le curarán las ganas de andar metiendo bulla», pronosticó.  <br/>Lo embarcaron rumbo a California sin  pedir su opinión, vestido de luto,  <br/>con el reloj de oro de su difunto padre en el bolsillo del chaleco, un es– <br/>cueto equipaje, que incluía un gran Cristo coronado de espinas, y una  <br/>carta sellada para sus tíos Feliciano y Paulina.  <br/>Las protestas de Severo fueron me ramente formales, porque ese viaje  <br/>calzaba con sus propios planes. Sólo  le pesaba separarse de Nívea, la  <br/>muchacha a la cual todo el mundo esperaba que desposara algún día,  <br/>de acuerdo a la vieja costumbre de la oligarquía chilena de casarse en- <br/>tre primos. Se ahogaba en Chile. Había crecido preso en una maraña  <br/>de dogmas y prejuicios, pero el contacto con otros estudiantes en el co- <br/>legio de Santiago le abrió la imaginación y despertó en él un fulgor pa- <br/>  16<br/><br/><br/>Page No 17<br/><br/>triótico. Hasta entonces creía que había sólo dos clases sociales, la suya  <br/>y la de los pobres, separadas por una  imprecisa zona gris de funciona- <br/>rios y otros «chilenitos del montón»,  como los llamaba su abuelo Agus- <br/>tín. En el cuartel se dio cuenta de qu e los de su clase, con piel blanca y  <br/>poder económico, eran apenas un puñado; la vasta mayoría era mestiza  <br/>y pobre; pero en Santiago descubrió  que existía también una pujante  <br/>clase medía numerosa, educada y con  ambiciones políticas, que era en  <br/>realidad la columna vertebral del país , donde se contaban inmigrantes  <br/>escapados de guerras o miserias, cien tíficos, educadores, filósofos, li- <br/>breros, gente con ideas avanzadas. Quedó pasmado con la oratoria de  <br/>sus nuevos amigos, como quien se  enamora por primera vez. Deseaba  <br/>cambiar a Chile, darle vuelta por comp leto, purificarlo. Se convenció de  <br/>que los conservadores –salvo los de su propia familia, que a sus ojos no  <br/>actuaban por maldad sino por error– pertenecían a las huestes de Sata- <br/>nás, en el caso hipotético de que Satanás fuera algo más que una  <br/>pintoresca invención, y se dispus o a participar en política apenas  <br/>pudiera adquirir independencia. Co mprendía que faltaban algunos años  <br/>para eso, por lo mismo consideró el  viaje a los Estados Unidos como un  <br/>soplo de aire fresco; podría observar  la envidiable democracia de los  <br/>norteamericanos y aprender de ella,  leer lo que le diera la gana sin  <br/>preocuparse de la censura católica  y enterarse de los avances de la  <br/>modernidad. Mientras en el rest o del mundo se destronaban mo- <br/>narquías, nacían nuevos estados, se colonizaban continentes y se  <br/>inventaban maravillas, en Chile el pa rlamento discutía sobre el derecho  <br/>de los adúlteros a ser enterrados en  cementerios consagrados. Delante  <br/>de su abuelo no se permitía mencio nar la teoría de Darwin, que estaba  <br/>revolucionando el conocimiento humano, en cambio se podía perder  <br/>una tarde discutiendo improbables m ilagros de santos y mártires. El  <br/>otro incentivo para el viaje era el recuerdo de la pequeña Lynn  <br/>Sommers, que se atravesaba con  abrumadora perseverancia en su  <br/>afecto por Nívea, aunque él no lo admitiera ni en lo más secreto de su  <br/>alma. <br/>Severo del Valle no supo cuándo ni  cómo surgió la idea de casarse con  <br/>Nívea, tal vez no lo decidieron ellos,  sino la familia, pero ninguno de los  <br/>dos se rebeló contra ese destino porque se conocían y se amaban desde  <br/>la infancia. Nívea pertenecía a una  rama de la familia que había sido  <br/>adinerada cuando el padre vivía, pero a su muerte la viuda empobreció.  <br/>Un tío de fortuna, que habría de ser  figura prominente en tiempos de la  <br/>guerra, don Francisco José Vergara,  ayudó a educar a esos sobrinos.  <br/>«No hay peor pobreza que la de la ge nte venida a menos, porque se  <br/>debe aparentar lo que no se tiene», había confesado Nívea a su primo  <br/>Severo en uno de esos momentos de súbita lucidez que la caracteriza- <br/>ban. Era cuatro años menor, pero mucho más madura; fue ella quien  <br/>  17<br/><br/><br/>Page No 18<br/><br/>marcó el tono de ese cariño de ni ños, conduciéndolo con mano firme a  <br/>la relación romántica que compartían  cuando Severo partió a los Esta- <br/>dos Unidos. En los caserones enorme s donde transcurrían sus vidas so- <br/>braban rincones perfectos para amar se. Tanteando en las sombras, los  <br/>primos descubrieron con torpeza de ca chorros los secretos de sus cuer- <br/>pos. Se acariciaban con curiosidad, averiguando las diferencias, sin sa- <br/>ber por qué él tenía esto y ella aque llo, aturdidos por el pudor y la cul- <br/>pa, siempre callados, porque lo que  no formulaban en palabras era co- <br/>mo si no hubiera sucedido y fuera menos pecado. Se exploraban de pri- <br/>sa y asustados, conscientes de que  no podrían admitir esos juegos de  <br/>primos ni en el confesionario, aunque por ello se condenaran al infierno.  <br/>Había mil ojos espiándolos. Las viej as criadas que los vieran nacer pro- <br/>tegían esos inocentes amores, pero las tías solteras velaban como cuer- <br/>vos; nada escapaba a esos ojos se cos cuya única función era registrar  <br/>cada instante de la vida familiar, a  esas lenguas crepusculares que di- <br/>vulgaban los secretos y aguzaban las  querellas, aunque siempre en el  <br/>seno del clan. Nada salía de las parede s de esas casas. El primer deber  <br/>de todos era preservar el honor y buen nombre de la familia. Nívea se  <br/>había desarrollado tarde y a los quince años todavía tenía cuerpo de ni- <br/>ña y un rostro inocente, nada en su  aspecto revelaba la fuerza de su  <br/>carácter: de corta estatura, regordet a, con grandes ojos oscuros como  <br/>único rasgo memorable, parecía insignificante hasta que abría la boca.  <br/>Mientras sus hermanas se ganaban el  cielo leyendo libros píos, ella leía  <br/>a escondidas los artículos y libros que su primo Severo le pasaba bajo la  <br/>mesa y los clásicos que le prestaba su tío José Francisco Vergara.  <br/>Cuando casi nadie hablaba de eso en  su medio social, ella sacó de la  <br/>manga la idea del sufragio femenino . La primera vez que lo mencionó  <br/>en un almuerzo de familia, en casa de  don Agustín del Valle, se produjo  <br/>una deflagración de espanto. «¿Cu ándo van a votar las mujeres y los  <br/>pobres en este país?», preguntó Nívea de sopetón, sin acordarse de que  <br/>los niños no abrían la boca en presencia de los adultos. El viejo patriar- <br/>ca Del Valle dio un puñetazo sobre la mesa que hizo volar las copas y le  <br/>ordenó ir de inmediato a confesarse.   <br/>Nívea cumplió calladamente la penitencia impuesta por el sacerdote y  <br/>anotó en su diario, con su pasión  habitual, que no pensaba descansar  <br/>hasta conseguir derechos elementale s para las mujeres, aunque la ex- <br/>pulsaran de su familia. Había tenido  la suerte de contar con una maes- <br/>tra excepcional, sor María Escapu lario, una monja con un corazón de  <br/>leona escondido bajo el hábito, quien había notado la inteligencia de Ní- <br/>vea. Ante esa muchacha que todo  lo absorbía con avidez, que cuestio- <br/>naba lo que ni ella misma se había preguntado nunca, que la desafiaba  <br/>con un razonamiento inesperado para  sus años, y que parecía a punto  <br/>  18<br/><br/><br/>Page No 19<br/><br/>de estallar de vitalidad y salud dentro de su horrendo uniforme, la mon- <br/>ja se sentía recompensada como maes tra. Nívea valía por si sola el es- <br/>fuerzo de haber enseñado por años  a una multitud de niñas ricas con  <br/>mente pobre. Por cariño hacia ella,  sor María Escapulario violaba siste- <br/>máticamente el reglamento del colegio, creado con el propósito especi- <br/>fico de convertir a las alumnas en  criaturas dóciles. Mantenía con ella  <br/>conversaciones que hubieran espantado a la madre superiora y al direc- <br/>tor espiritual del colegio.  <br/>–Cuando yo tenía tu edad había sólo  dos alternativas: casarse o entrar  <br/>al convento –dijo sor María Escapulario.  <br/>–¿Por qué eligió lo segundo, madre?  <br/>–Porque me daba más libertad. Cristo es un esposo tolerante...  <br/>–Las mujeres estamos fritas, madre. Tener hijos y obedecer, nada más  <br/>–suspiro Nívea.  <br/>–No tiene que ser así. Tú puedes cambiar las cosas –replicó la monja  <br/>–¿Yo sola?  <br/>–Sola no, hay otras chicas como tú–, con dos dedos de frente. Leí en un  <br/>periódico que ahora hay algunas mujeres que son médicos, imagínate.  <br/>–¿Dónde?  <br/>–En Inglaterra.  <br/>–Eso está muy lejos.  <br/>–Cierto, pero si ellas pueden hace rlo allá, algún día se podrá hacer en  <br/>Chile. No te desanimes, Nívea.  <br/>–Mi confesor dice que pienso mucho y rezo poco, madre.  <br/>–Dios te dio cerebro para usarlo; pero  te advierto que el camino de la  <br/>rebelión está sembrado de peligros y  dolores, se requiere mucho valor  <br/>para recorrerlo. No está de más pe dir a la Divina Providencia que te  <br/>ayude un poco... –la aconsejó sor Ma ría Escapulario. Tan firme llegó a  <br/>ser la determinación de Nívea, que e scribió en su diario que renunciaría  <br/>al matrimonio para dedicarse por co mpleto a la lucha por el sufragio  <br/>femenino. Ignoraba que tal sacrificio no sería necesario, pues se casaría  <br/>por amor con un hombre que la secundaría en sus propósitos políticos.  <br/>Severo subió al barco con aire agraviado para que sus parientes no  <br/>sospecharan lo contento que estaba  de irse de Chile –no fueran a cam- <br/>biar de idea– y se dispuso a sacar el mayor provecho posible a esa  <br/>aventura. Se despidió de su prim a Nívea con un beso robado, después  <br/>de jurarle que le enviaría libros in teresantes por medio de un amigo,  <br/>para eludir la censura de la familia, y que le escribiría cada semana. Ella  <br/>se había resignado a una separación  de un año, sin sospechar que él  <br/>había hecho planes para quedarse en los Estados Unidos el mayor tiem- <br/>po posible. Severo no quiso amargar mas la despedida anunciando esos  <br/>propósitos, ya se lo explicaría a Nívea por carta, decidió. De todos mo- <br/>  19<br/><br/><br/>Page No 20<br/><br/>dos ambos estaban demasiado jóvenes para casarse. La vio de pie en el  <br/>muelle de Valparaíso, rodeada por el  resto de la familia, con su vestido  <br/>y su bonete color aceituna, haciéndo le adiós con la mano y sonriendo a  <br/>duras penas. «No llora y no se qu eja, por eso la amo y la amaré siem- <br/>pre», dijo Severo en voz alta contra  el viento, dispuesto a vencer las  <br/>veleidades de su corazón y las tent aciones del mundo a punta de tena- <br/>cidad. «Virgen Santísima, devuélveme lo sano y salvo», suplicó Nívea,  <br/>mordiéndose los labios, vencida por  el amor, sin acordarse para nada  <br/>que había jurado permanecer célibe hasta cumplir su deber de sufragis- <br/>ta.  <br/>El joven Del Valle manoseó la carta  de su abuelo Agustín desde Valpa- <br/>raíso hasta Panamá, desesperado por abrirla, pero sin atreverse a  <br/>hacerlo, porque le habían inculcad o a sangre y fuego que ningún caba- <br/>llero pone ojo en carta ni mano en  plata. Finalmente la curiosidad pudo  <br/>más que el pundonor –se trataba de su destino, razonó– y con la nava- <br/>ja de afeitar rompió cuidadosamente  el sello, luego expuso el sobre al  <br/>vapor de una tetera y lo abrió con mil precauciones. Así descubrió que  <br/>los planes del abuelo incluían mandarlo a una escuela militar norteame- <br/>ricana. Era una lástima, agregaba el abuelo, que Chile no estuviera en  <br/>guerra con algún país vecino, para que su nieto se hiciera hombre con  <br/>las armas en la mano, como era debi do. Severo tiró la carta al mar y  <br/>escribió otra en sus propios términ os, la colocó dentro del mismo sobre  <br/>y vertió laca derretida sobre el sello roto.   <br/>En San Francisco su tía Paulina lo  esperaba en el muelle acompañada  <br/>por dos lacayos y Williams, su pomp oso mayordomo. Iba ataviada con  <br/>un sombrero de disparate y una profusión de velos volando al viento,  <br/>que de no haber sido ella tan pesa da la habrían elevado por los aires.  <br/>Se echó a reír a gritos cuando vi o al sobrino descender por la plancha  <br/>con el Cristo en brazos, luego lo es trechó contra su pecho de soprano,  <br/>ahogándolo en la montaña de sus senos y en su perfume de gardenias.  <br/>Lo primero será deshacernos de esa monstruosidad –dijo señalando al  <br/>Cristo–. También habrá que comprart e ropa, nadie anda en esa facha  <br/>por estos lados –agregó.  <br/>–Este traje era de mi papá –aclaró Severo, humillado.  <br/>–Se nota, pareces un enterrador –comentó Paulina y apenas lo hubo di- <br/>cho recordó que no hacía mucho que  el muchacho había perdido a su  <br/>padre–. Perdóname, Severo, no quis e ofenderte. Tu padre era mi her- <br/>mano preferido, el único en la familia con el cual se podía hablar.  <br/>–Me ajustaron algunos de sus trajes, para no perderlos –explicó Severo  <br/>con la voz quebrada.  <br/>–Empezamos mal. ¿Puedes perdonarme?  <br/>–Está bien, tía.  <br/>  20<br/><br/><br/>Page No 21<br/><br/>A la primera oportunidad que se presentó, el joven le pasó la falsa carta  <br/>del abuelo Agustín. Ella le echó una mirada más bien distraída.  <br/>–¿Qué decía la otra? –preguntó.  <br/>Con las orejas coloradas, Severo intentó negar lo que había hecho, pero  <br/>ella no le dio tiempo de enredarse en mentiras.  <br/>–Yo habría hecho lo mismo, sobrino.  Quiero saber qué decía la carta de  <br/>m¡ padre para contestarle, no para hacerle caso.  <br/>–Que me mande a una escuela militar  o a la guerra, si es que hay una  <br/>por estos lados.  <br/>–Llegas tarde, ya la hubo. Pero ahora están masacrando a los indios, en  <br/>caso que te interese. No se defiende n mal los indios; fíjate que acaban  <br/>de matar al general Custer y a más  de doscientos soldados del Séptimo  <br/>de Caballería en Wyoming. No se habla de otra cosa. Dicen que un indio  <br/>llamado lluvia en la Cara, mira qué no mbre tan poético, había jurado  <br/>vengarse del hermano del general Cu ster y que en esa batalla le arran- <br/>có el corazón y se lo devoró. ¿Todavía tienes ganas de ser soldado? –se  <br/>rió entre dientes Paulina del Valle.  <br/>–Nunca he querido ser militar, ésas son ideas del abuelo Agustín.  <br/>–En la carta que falsificaste dice qu e quieres ser abogado, veo que el  <br/>consejo que te di años atrás no cayó  en el vacío. Así me gusta, niño.  <br/>Las leyes americanas no son como las  chilenas, pero eso es lo de me- <br/>nos. Serás abogado. Entrarás de apre ndiz al mejor bufete de California,  <br/>para algo han de servir mis influencias –aseguró Paulina.  <br/>Estaré en deuda con usted por el rest o de mi vida, tía –dijo Severo, im- <br/>presionado.  <br/>–Cierto. Espero que no se te olvide, mira que la vida es larga y nunca  <br/>se sabe cuándo tendré necesidad de pedirte un favor.  <br/>–Cuente conmigo, tía.  <br/>Al otro día Paulina del Valle se presentó con Severo en la oficina de sus  <br/>abogados, los mismos que la habían  servido por mas de veinticinco  <br/>años ganando enormes comisiones,  y les anunció sin preámbulos que  <br/>esperaba ver a su sobrino trabajando  con ellos a partir del lunes próxi- <br/>mo para aprender el oficio. No pudi eron negarse. La tía instaló al joven  <br/>en su casa, en una asoleada habita ción del segundo piso, le compró un  <br/>buen caballo, le asignó una mesada,  le puso un profesor de inglés y  <br/>procedió a presentarlo en sociedad , porque según ella no había mejor  <br/>capital que las conexiones.  <br/>–Dos cosas espero de ti, fidelidad y buen humor.  <br/>–¿No espera también que estudie?  <br/>–Ese es tu problema, muchacho. Lo  que hagas con tu vida no me in- <br/>cumbe para nada.  <br/><br/>  21<br/><br/><br/>Page No 22<br/><br/>Sin embargo, en los meses siguientes Severo comprobó que Paulina se- <br/>guía de cerca sus progresos en la fi rma de abogados, llevaba la cuenta  <br/>de sus amistades, contabilizaba sus  gastos y conocía sus pasos incluso  <br/>antes que él los diera. Cómo hacía  para saber tanto, era un misterio, a  <br/>menos que Williams, el impenetrable  mayordomo, hubiera organizado  <br/>una red de vigilancia. El hombre dirigía un ejército de criados, que hací- <br/>an sus tareas como silenciosas sombra s, vivían en un edificio separado  <br/>al fondo del parque de la casa y ten ían prohibido dirigir la palabra a los  <br/>señores de la familia, salvo que  fueran llamados. Tampoco podían  <br/>hablar con el mayordomo sin pasar  antes por el ama de llaves. A Seve- <br/>ro le costó entender esas jerarquías, porque las cosas en Chile eran  <br/>mucho mas simples. Los patrones, aun los más déspotas como su abue- <br/>lo, trataban a sus empleados con d ureza, pero atendían sus necesida- <br/>des y los consideraban parte de la  familia. Nunca vio que despidieran a  <br/>una criada. Esas mujeres entraban a  trabajar en la casa en la pubertad  <br/>y se quedaban hasta la muerte.   <br/>El palacete en Nob Hill era muy distinto a los caserones conventuales en  <br/>los cuales había transcurrido su infa ncia, de gruesos muros de adobe y  <br/>lúgubres puertas acerrojadas, con  escasos muebles atracados a las pa- <br/>redes desnudas. En casa de su tía  Paulina habría sido tarea imposible  <br/>llevar un inventario de su contenido, desde los picaportes y llaves de los  <br/>baños de plata maciza, hasta las cole cciones de figurillas de porcelana,  <br/>cajas rusas lacadas, marfiles chinos, y cuanto objeto de arte o de codi- <br/>cia estaba de moda. Feliciano Rodríg uez de Santa Cruz compraba para  <br/>impresionar a las visitas, pero no  era un bárbaro, como otros magnates  <br/>amigos suyos que adquirían libros po r peso y cuadros por color para  <br/>combinarlos con los sillones. Por su lado Paulina no sentía apego alguno  <br/>por aquellos tesoros; el único mueble  que había encargado en su vida  <br/>era su cama y lo había hecho por razones que nada tenían que ver con  <br/>la estética o el boato. Lo que le in teresaba era el dinero, simple y lla- <br/>namente; su desafío consistía en ga narlo con astucia, acumularlo con  <br/>tenacidad e invertirlo sabiamente. No se fijaba en las cosas que adquiría  <br/>su marido ni dónde las colocaba y el resultado era una casona ostento- <br/>sa, donde sus habitantes se sentían  extranjeros. Las pinturas eran  <br/>enormes, macizos los marcos, esforzados los temas –Alejandro Magno a  <br/>la conquista de Persia– pero tambié n había cientos de cuadros menores  <br/>organizados por temas, que daban no mbre a las habitaciones: el salón  <br/>de caza, el de las marinas, el de las acuarelas. Las cortinas eran de pe- <br/>sado terciopelo con abrumadores flecos y los espejos venecianos refle- <br/>jaban hasta el infinito las columnas  de mármol, los altos jarrones de  <br/>Sévres, las estatuas de bronce, las urnas rebosantes de flores y frutas.  <br/>Existían dos salones de música con finos instrumentos italianos, aunque  <br/>  22<br/><br/><br/>Page No 23<br/><br/>en esa familia nadie sabía usarlos y a Paulina la música le daba dolor de  <br/>cabeza, y una biblioteca de dos pisos.  En cada rincón había escupideras  <br/>de plata con iniciales de oro, porque  en esa ciudad fronteriza era per- <br/>fectamente aceptable lanzar escupitajos en público.   <br/>Feliciano tenía sus habitaciones en  el ala oriental y su mujer las suyas  <br/>en el mismo piso, pero en el otro  extremo de la mansión. Entre ambas,  <br/>unidas por un ancho pasillo, se alineaban los aposentos de los hijos y  <br/>los huéspedes, todos vacíos menos el  de Severo y otro que ocupaba  <br/>Matías, el hijo mayor, el único que  aun vivía en la casa. Severo del Va- <br/>lle, acostumbrado a la incomodidad y  al frío, que en Chile se considera- <br/>ban buenos para la salud, demoró  varias semanas en habituarse al  <br/>abrazo oprimente del colchón y las  almohadas de plumas, al verano  <br/>eterno de las estufas y la sorpresa  cotidiana de abrir la llave del baño y  <br/>encontrarse con un chorro de agua calie nte. En la casa de su abuelo los  <br/>retretes eran casuchas malolientes al fondo del patio y en las madruga- <br/>das de invierno el agua para lavarse amanecía escarchada en las palan- <br/>ganas.  <br/>La hora de la siesta solía sorprender al joven sobrino y a la incompara- <br/>ble tía en la cama mitológica, ella entre las sábanas, con sus libracos de  <br/>contabilidad a un lado y sus pasteles al  otro. y él sentado a los pies en- <br/>tre la náyade y el delfín, comentando asuntos familiares y negocios. Só- <br/>lo con Severo se permitía Paulina t al grado de intimidad, muy pocos te- <br/>nían acceso a sus habitaciones privadas, pero con él se sentía totalmen- <br/>te a gusto en camisa de dormir. Ese  sobrino le daba satisfacciones que  <br/>nunca le dieron sus hijos. Los dos me nores hacían vida de herederos,  <br/>gozando de empleos simbólicos en  la dirección de las empresas del  <br/>clan, uno en Londres y el otro en Boston. Matías, el primogénito, estaba  <br/>destinado a encabezar la estirpe de  los Rodríguez de Santa Cruz y del  <br/>Valle, pero no tenía la menor vocación  para ello; lejos de seguir los pa- <br/>sos de sus esforzados padres, de in teresarse en sus empresas o echar  <br/>hijos varones al mundo para prolongar el apellido, había hecho del  <br/>hedonismo y el celibato una forma  de arte. «No es más que un tonto  <br/>bien vestido», lo definió Paulina una  vez ante Severo, pero al compro- <br/>bar lo bien que se llevaban su hijo y  su sobrino, trató con ahínco de fa- <br/>cilitar esa naciente amistad. «Mi madre no da puntada sin hilo, debe es- <br/>tar planeando que me salves de la disipación», se burlaba Matías. Seve- <br/>ro no pretendía echarse encima la ta rea de cambiar a su primo, por el  <br/>contrario, le hubiera gustado parece rse a él; en comparación se sentía  <br/>tieso y fúnebre. Todo en Matías lo  asombraba, su estilo impecable, su  <br/>ironía glacial, la ligereza con que gastaba dinero sin reparo.  <br/>–Deseo que te familiarices con mis ne gocios. Ésta es una sociedad ma- <br/>terialista y vulgar, con muy poco respeto por las mujeres. Aquí sólo va- <br/>  23<br/><br/><br/>Page No 24<br/><br/>len fortuna y contactos, para eso te  necesito: serás mis ojos y orejas – <br/>anunció Paulina a su sobrino, a los pocos meses de su llegada.  <br/>–No entiendo nada de negocios.  <br/>–Pero yo si. No te pido que pienses,  eso me toca a mí. Tú callas, obser- <br/>vas, escuchas y me cuentas. Luego haces lo que yo te diga sin hacer  <br/>muchas preguntas, ¿estamos claros?  <br/>–No me pida que haga trampas, tía replicó dignamente Severo.  <br/>–Veo que has oído algunos chismes sobre mi... Mira, hijo, las leyes fue- <br/>ron inventadas por los fuertes para  dominar a los débiles, que son mu- <br/>chos más. Yo no tengo obligación  de respetarlas. Necesito un abogado  <br/>de total confianza para hacer lo que me dé la gana sin meterme en líos.  <br/>–En forma honorable, espero... –le advirtió Severo.  <br/>¡Ay, niño! Así no vamos a llegar a ninguna parte. Tu honor estará a sal- <br/>vo, siempre que no exageres –replicó Paulina.  <br/>Así sellaron un pacto tan fuerte como los lazos de sangre que los unían.  <br/>Paulina, quien lo había acogido sin  grandes expectativas, convencida de  <br/>que era un tunante, única razón para que se lo enviaran desde Chile, se  <br/>llevó una favorable sorpresa con ese sobrino listo y de nobles senti- <br/>mientos. En pocos años Severo apre ndió a hablar inglés con una facili- <br/>dad que nadie más había demostrado en su familia, llegó a conocer las  <br/>empresas de su tía como la palma de su mano, cruzó dos veces los Es- <br/>tados Unidos en tren –una de ellas amenizada por un ataque de bando- <br/>leros mexicanos– y hasta le alcanzó el  tiempo para convertirse en abo- <br/>gado.   <br/>Con su prima Nívea mantenía una correspondencia semanal, que con  <br/>los años fue definiéndose como inte lectual, más que romántica. Ella le  <br/>contaba de la familia y de la política chilena; él le compraba libros y re- <br/>cortaba artículos sobre los avances de  las sufragistas en Europa y los  <br/>Estados Unidos. La noticia de que se había presentado al Congreso nor- <br/>teamericano una enmienda para autorizar el voto femenino fue celebra- <br/>da por ambos en la distancia, aunque  estuvieron de acuerdo que imagi- <br/>nar algo semejante en Chile equiv alía a la demencia. «¿Qué gano con  <br/>estudiar y leer tanto, primo, si no  hay lugar para la acción en la vida de  <br/>una mujer? Dice mi madre que será  imposible casarme porque ahuyen- <br/>to a los hombres, que me arregle bo nita y cierre la boca si deseo un  <br/>marido. Mí familia aplaude la menor  muestra de conocimiento en mis  <br/>hermanos –y digo menor porque ya  sabes cuán brutos son– pero lo  <br/>mismo en mí se considera jactancia.  El único que me tolera es mi tío  <br/>José Francisco, porque le doy ocasió n de hablarme de ciencia, astrono- <br/>mía y política, temas sobre los cuales  le gusta perorar, aunque mis opi- <br/>niones nada le importan. No imagin as cómo envidio a los hombres co- <br/>mo tú, que tienen el mundo por escenario», escribía la joven. El amor  <br/>  24<br/><br/><br/>Page No 25<br/><br/>no ocupaba más que un par de líneas en las cartas de Nívea y un par de  <br/>palabras en las de Severo, como si tuvieran el tácito acuerdo de olvidar  <br/>las intensas y apresuradas caricias en los rincones. Dos veces al año Ní- <br/>vea le enviaba una fotografía suya, pa ra que viera cómo iba convirtién- <br/>dose en mujer, pero él prometía hacerlo y siempre lo olvidaba, tal como  <br/>olvidaba decirle que tampoco esa Na vidad regresaría a casa. Otra más  <br/>apurada por casarse que Nívea habría afinado las antenas para ubicar  <br/>un novio menos escurridizo, pero e lla jamás dudó de que Severo del  <br/>Valle sería su marido. Tal era su certeza, que esa separación arrastrada  <br/>por años no la preocupaba demasiado; estaba dispuesta a esperar has- <br/>ta el fin de los tiempos. Por su parte Severo guardaba el recuerdo de su  <br/>prima como símbolo de todo lo bueno, noble y puro.  <br/>El aspecto de Matías podía justificar  la opinión de su madre de que era  <br/>sólo un tonto bien vestido, pero de  tonto nada tenía. Había visitado to- <br/>dos los museos importantes de Europa, sabía de arte, podía recitar  <br/>cuanto poeta clásico existía y era el  único que usaba la biblioteca de la  <br/>casa. Cultivaba su propio estilo,  mezcla de bohemio y de dandy; del  <br/>primero tenía el hábito de la vida  nocturna y del segundo la manía por  <br/>los detalles del vestir. Era considerad o el mejor partido de San Francis- <br/>co, pero se profesaba resueltamente  soltero; prefería una conversación  <br/>trivial con el peor de sus enemigos,  a una cita con la más atrayente de  <br/>sus enamoradas. Con las mujeres lo  único que había en común era la  <br/>procreación, un propósito de por si  absurdo, decía. Ante los apremios  <br/>de la naturaleza prefería una profesio nal, de las muchas que existían a  <br/>mano. No se concebía velada entre caballeros que no concluyese con un  <br/>brandy en el bar y una visita a un burdel; había más de un cuarto de  <br/>millón de prostitutas en el país y un  buen porcentaje de ellas se ganaba  <br/>la vida en San Francisco, desde las míseras sing–song girls de China- <br/>town, hasta finas señoritas de los estados del sur, lanzadas por la Gue- <br/>rra Civil a la vida galante. El joven heredero, tan poco permisivo con las  <br/>debilidades femeninas, hacía gala de paciencia con la grosería de sus  <br/>amigos bohemios; era otra de sus si ngularidades, como su afición a los  <br/>delgados cigarrillos negros, que encargaba a Egipto, y a los crímenes li- <br/>terarios y reales. Vivía en el palacete paterno de Nob Hill y disponía de  <br/>un lujoso piso en pleno centro, co ronado por una buhardilla espaciosa,  <br/>que llamaba la garvonniere, donde pi ntaba de vez en cuando y hacía  <br/>fiestas con frecuencia. Se mezclaba  con el mundillo bohemio, unos po- <br/>bres diablos que sobrevivían sumido s en una escasez estoica e irreme- <br/>diable, poetas, periodistas, fotógrafos, aspirantes a escritores y artistas,  <br/>hombres sin familia que pasaban la existencia medio enfermos, tosien- <br/>do y conversando, vivían a crédito y no usaban reloj, porque el tiempo  <br/>no se había inventado para ellos. A  espaldas del aristócrata chileno se  <br/>  25<br/><br/><br/>Page No 26<br/><br/>burlaban de sus ropas y modales, pe ro lo toleraban porque siempre po- <br/>dían acudir a él para unos cuanto s dólares, un trago de Whisky o un lu- <br/>gar en la buhardilla donde pasar una noche de neblina.  <br/>–¿Has notado que Matías tiene mod ales de marica? –comentó Paulina a  <br/>su marido.  <br/>–¡Cómo se te ocurre decir una barbarid ad tan grande de tu propio hijo!  <br/>Jamás ha habido uno de ésos en  mi familia o en la tuya! –replicó Feli- <br/>ciano.  <br/>–¿Conoces algún hombre normal que combine el color de la bufanda  <br/>con el papel de las paredes? –bufó Paulina.  <br/>–¡Bueno, carajo! ¡Eres su madre y a ti te toca buscarle novia! Este mu- <br/>chacho ya tiene treinta años y sigue  soltero. Más vale que consigas una  <br/>pronto, antes que se nos vuelva alc ohólico, tuberculoso o algo peor – <br/>advirtió Feliciano, sin saber que ya  era tarde para tibios recursos de  <br/>salvación.  <br/>En una de esas noches de ventisca  helada propias del verano en San  <br/>Francisco, Williams, el mayordomo de  chaqueta con colas, golpeó a la  <br/>puerta de la habitación de Severo del Valle.  <br/>–Disculpe la molestia, señor –murm uro con un discreto carraspeo, en- <br/>trando con un candelabro de tres velas en su mano enguantada.  <br/>–¿Qué pasa, Williams? –preguntó Severo alarmado, porque era la pri- <br/>mera vez que alguien interrumpía su sueño en esa casa.  <br/>–Me temo que hay un pequeño inconven iente. Se trata de don Matías – <br/>dijo Williams con esa pomposa deferencia británica, desconocida en Ca- <br/>lifornia, que siempre sonaba más irónica que respetuosa.  <br/>Explicó que a esa hora tardía había  llegado a la casa un mensaje envia- <br/>do por una dama de dudosa reputación, una tal Amanda Lowell, a quien  <br/>el señorito solía frecuentar, gente de «otro ambiente», como dijo. Seve- <br/>ro leyó la nota a la luz de las velas:  sólo tres líneas pidiendo ayuda de  <br/>inmediato para Matías.  <br/>–Debemos avisar a mis tíos, Matías  puede haber sufrido un accidente – <br/>se alarmó Severo del Valle.  <br/>–Fíjese en la dirección, señor, es en  pleno Chinatown. Me parece prefe- <br/>rible que los señores no se enteren de esto –opinó el mayordomo.  <br/>–¡Vaya! Pensé que usted no tenía secretos con mi tía Paulina.  <br/>–Procuro evitarle molestias, señor.  <br/>–¿Qué sugiere que hagamos?  <br/>–Si no es mucho pedir, que se vista, coja sus armas y me acompañe.  <br/>Williams había despertado a un mozo de  cuadra para que alistara uno  <br/>de los coches, pero deseaba manten er el asunto lo más callado posible  <br/>y él mismo tomó las riendas y se di rigió sin vacilar por calles oscuras y  <br/>vacías rumbo al barrio chino, guiado por el instinto de los caballos, por- <br/>  26<br/><br/><br/>Page No 27<br/><br/>que el viento apagaba a cada rato lo s faroles del vehículo. Severo tuvo  <br/>la impresión de que no era la primer a vez que el hombre andaba por  <br/>esas callejuelas. Pronto dejaron el coche y se internaron a pie por un  <br/>pasaje que desembocaba en un pati o en sombras, donde imperaba un  <br/>extraño y dulce olor, como a nueces tostadas. No se veía ni un alma, no  <br/>había más sonido que el viento y la única luz se filtraba entre las rendi- <br/>jas de un par de ventanucos a nive l de la calle. Williams encendió una  <br/>cerilla, leyó una vez más la dirección  en el papel y luego empujó sin ce- <br/>remonias una de las puertas que daba  al patio. Severo, con la mano en  <br/>el arma, lo siguió. Entraron a una  habitación pequeña, sin ventilación,  <br/>pero limpia y ordenada, donde apenas  se podía respirar por el aroma  <br/>denso del opio. Alrededor de una mesa central había compartimientos  <br/>de madera, alineados contra las parede s, uno encima de otro como las  <br/>literas de un barco, cubiertos por  una esterilla y con un pedazo de ma- <br/>dera ahuecado a modo de almohada. Estaban ocupados por chinos, a  <br/>veces dos por cubículo, recostados de  lado frente a pequeñas bandejas  <br/>que contenían una caja con una pasta negra y una lamparita ardiendo.  <br/>La noche estaba muy avanzada y ya  la droga había surtido su efecto en  <br/>la mayoría; los hombres yacían ale targados, deambulando en sus sue- <br/>ños, sólo dos o tres aún tenían fu erzas para untar una varilla metálica  <br/>en el opio, calentarlo en la lámpara,  cargar el minúsculo dedal de la pi- <br/>pa y aspirar a través de un tubo de bambú.  <br/>–¡Dios mío! –murmuró Severo, quien ha bía oído hablar de eso, pero no  <br/>lo había visto de cerca.  <br/>–Es mejor que el alcohol, si me permite decirlo –replicó Williams–. No  <br/>induce a la violencia y no hace daño a otros, sólo al que fuma. Fíjese  <br/>cuánto más tranquilo y limpio es esto que cualquier bar.  <br/>Un chino viejo vestido con túnica  y anchos pantalones de algodón les  <br/>salió al encuentro cojeando. Los ojillos rojos apenas asomaban entre las  <br/>arrugas profundas de la cara, tenía  un bigote mustio y gris, como la  <br/>trenza flaca que le colgaba a la es palda, todas las uñas, menos la del  <br/>pulgar y el índice, eran tan largas  que se enrollaban sobre si mismas,  <br/>como colas de algún antiguo molusco, la boca parecía un hueco negro y  <br/>los pocos dientes que le quedaban estaban teñidos por el tabaco y el  <br/>opio. Aquel bisabuelo patuleco se dirigió a los recién llegados en chino y  <br/>ante la sorpresa de Severo, el mayordomo inglés le contestó con un par  <br/>de ladridos en la misma lengua. Hu bo una pausa larguísima en la que  <br/>nadie se movió. El chino mantuvo la  mirada de Williams, como si estu- <br/>viera estudiándolo y fin almente estiró la mano donde el otro depositó  <br/>varios dólares, que el viejo se guardó  en el pecho bajo la túnica, luego  <br/>cogió un cabo de vela y les hizo seña s de seguirlo. Pasaron a una se- <br/>gunda sala y enseguida a una tercera  y una cuarta, todas similares a la  <br/>  27<br/><br/><br/>Page No 28<br/><br/>primera, caminaron a lo largo de un  retorcido corredor, bajaron por una  <br/>breve escalera y se encontraron en otro pasillo. Su guía les hizo señas  <br/>de esperar y desapareció por algunos minutos, que parecieron intermi- <br/>nables. Severo, sudando, mantenía el dedo en el gatillo del arma amar- <br/>tillada, alerta y sin atreverse a decir  ni media palabra. Por fin volvió el  <br/>bisabuelo y los condujo por un laberin to hasta que se hallaron frente a  <br/>una puerta cerrada, que se quedó contemplando con absurda atención,  <br/>como quien descifra un mapa, hasta que Williams le pasó un par de dó- <br/>lares más, entonces la abrió. Entr aron a una pieza más pequeña aún  <br/>que las otras, más oscura, mas llena de humo y más oprimente, porque  <br/>estaba bajo el nivel de la calle y ca recía de ventilación, pero en lo de- <br/>más idéntica a las anteriores. En las literas de madera había cinco ame- <br/>ricanos blancos, cuatro hombres y una mujer madura, pero aún esplén- <br/>dida, con una cascada de pelo rojo  desparramado a su alrededor como  <br/>un escandaloso manto. A juzgar por su s finas ropas, eran personas sol- <br/>ventes. Todos estaban en el mismo es tado de feliz estupor, menos uno  <br/>que yacía de espaldas respirando apenas, con la camisa desgarrada, los  <br/>brazos abiertos en cruz, la piel colo r de tiza y los ojos volteados hacia  <br/>arriba. Era Matías Rodríguez de Santa Cruz.  <br/>–Vamos, señor, ayúdeme –ordenó Williams a Severo del Valle. Entre los  <br/>dos lo levantaron con esfuerzo, cada  uno paso un brazo del hombre in- <br/>consciente sobre su cuello y así lo  llevaron, como un crucificado, la ca- <br/>beza colgando, el cuerpo lacio, los pies  arrastrando por el piso de tierra  <br/>apisonada. Rehicieron el largo camino  de vuelta por los estrechos pasi- <br/>llos y atravesaron uno a uno los sofo cantes cuartos, hasta que se halla- <br/>ron de pronto al aire libre, en la pure za inaudita de la noche, donde pu- <br/>dieron respirar a fondo, ansiosos, aturdidos. Acomodaron a Matías como  <br/>pudieron en el coche y Williams los  condujo a la garvonniere cuya exis- <br/>tencia Severo suponía que el empleado de su tía ignoraba. Mayor fue su  <br/>sorpresa cuando Williams sacó una llav e, abrió la puerta principal del  <br/>edificio y luego sacó otra para abrir la del ático.  <br/>–Esta no es la primera vez que usted  rescata a mi primo, ¿verdad, Wi- <br/>lliams?  <br/>–Digamos que no será la última –respondió.  <br/>Colocaron a Matías sobre la cama qu e había en un rincón, detrás de un  <br/>biombo japonés, y Severo procedió  a empaparlo con paños mojados y  <br/>sacudirlo para que regresara del ciel o donde estaba instalado, mientras  <br/>Williams partía en busca del médico de  la familia, después de advertir  <br/>que tampoco sería conveniente informar a los tíos de lo que había ocu- <br/>rrido.  <br/>–¡Mi primo se puede morir! –exclamó Severo, todavía tembloroso.  <br/><br/>  28<br/><br/><br/>Page No 29<br/><br/>–En ese caso habrá que decírselo  a los señores –concedió Williams cor- <br/>tésmente.  <br/>Matías estuvo cinco días debatiéndo se en espasmos de agonía, envene- <br/>nado hasta el tuétano. Williams llevó  un enfermero al ático para que lo  <br/>cuidara y se las arregló para que su ausencia no fuera motivo de escán- <br/>dalo en la casa. Este incidente creó un extraño vinculo entre Severo y  <br/>Williams, una tácita complicidad que jamás se traducía en gestos o pa- <br/>labras. Con otro individuo menos he rmético que el mayordomo, Severo  <br/>habría pensado que compartían cierta amistad o al menos se tenían  <br/>simpatía–, pero en torno al inglés  se alzaba una muralla impenetrable  <br/>de reserva. Comenzó a observarlo.  Trataba a los empleados bajo sus  <br/>órdenes con la misma fría e impecable cortesía con que se dirigía a sus  <br/>patrones y así lograba atemorizarlos.  Nada escapaba a su vigilancia, ni  <br/>el brillo de los cubiertos de plata lab rada ni los secretos de cada habi- <br/>tante de esa inmensa casa. Resultaba  imposible calcular su edad o sus  <br/>orígenes, parecía detenido eternament e en la cuarentena de su vida y  <br/>salvo el acento británico, no había  indicios de su pasado. Se cambiaba  <br/>los guantes blancos treinta veces al d ía, su traje de paño negro lucía  <br/>siempre recién planchado, su alba  camisa del mejor lino holandés esta- <br/>ba almidonada como cartulina y los  zapatos relucían como espejos.  <br/>Chupaba pastillas de menta para el aliento y usaba agua de colonia, pe- <br/>ro lo hacía con tanta discreción, que  la única vez que Severo percibió el  <br/>olor de menta y lavanda fue cuando  se rozaron al levantar a Matías in- <br/>consciente en el fumadero de opio . En esa ocasión también notó sus  <br/>músculos duros como madera bajo la chaqueta, los tendones tensos en  <br/>el cuello, su fuerza y flexibilidad, na da de lo cual calzaba con la actitud  <br/>de lord inglés venido a menos de ese hombre.  <br/>Los primos Severo y Matías sólo ten ían en común las facciones patricias  <br/>y el gusto por los deportes y la literatura, en lo demás no parecían de la  <br/>misma sangre; tan hidalgo, arrojado e ingenuo era el primero, como cí- <br/>nico, indolente y libertino el segundo, pero a pesar de sus temperamen- <br/>tos opuestos y los años que los separa ban, hicieron amistad. Matías se  <br/>esmero en enseñar esgrima a Severo , quien carecía de la elegancia y  <br/>velocidad indispensables para ese ar te, e iniciarlo en los placeres de  <br/>San Francisco, pero el joven result ó mal compañero para la juerga por- <br/>que se dormía de pie; pasaba catorce horas al día trabajando en el bu- <br/>fete de abogados y en el tiempo so brante leía y estudiaba. Solían nadar  <br/>desnudos en la piscina de la casa y desafiarse en torneos de lucha  <br/>cuerpo a cuerpo. Danzaban uno en  torno al otro, expectantes, apron- <br/>tándose para el salto y finalmente  se agredían brincando enlazados, ro- <br/>dando, hasta que uno conseguía some ter al otro, aplastándolo contra el  <br/>suelo. Quedaban mojados de sudor,  jadeando, excitados. Severo se  <br/>  29<br/><br/><br/>Page No 30<br/><br/>apartaba de un empujón, desconcertado, como si el pugilato hubiera si- <br/>do un inadmisible abrazo. Hablaban de libros y comentaban los clásicos.  <br/>Matías amaba la poesía y cuando esta ban solos recitaba de memoria,  <br/>tan conmovido por la belleza de los  versos que corrían lágrimas por sus  <br/>mejillas. También en esas ocasiones  Severo se turbaba, porque la in- <br/>tensa emoción del otro le parecía una  forma de intimidad prohibida en- <br/>tre hombres. Vivía pendiente de los  adelantos científicos y los viajes  <br/>exploratorios, que comentaba con Mat ías en un vano intento de intere- <br/>sarlo, pero las únicas noticias que  lograban mellar la armadura de indi- <br/>ferencia de su primo eran los crímenes locales. Matías mantenía una cu- <br/>riosa relación, basada en litros de  Whiskey, con Jacob Freemont, un  <br/>viejo e inescrupuloso periodista, si empre corto de dinero, con quien  <br/>compartía la misma mórbida fascinación por el delito. Freemont todavía  <br/>conseguía publicar reportajes polic iales en los periódicos, pero había  <br/>perdido definitivamente su reputación hacía muchos años, cuando in- <br/>vento la historia de Joaquín Murieta, un supuesto bandido mexicano en  <br/>los tiempos de la fiebre del oro. Sus artículos crearon un personaje mí- <br/>tico, que exaltó el odio de la población blanca contra los hispanos. Para  <br/>aplacar los ánimos, las autoridades ofrecieron recompensa a un tal  <br/>capitán Harry Love para dar caza  a Murieta. Después de tres meses  <br/>recorriendo California en su búsqueda, el capitán optó por una solución  <br/>expedita: mató a siete mexicanos en  una emboscada y volvió con una  <br/>cabeza y una mano. Nadie pudo identi ficar los despojos, pero la hazaña  <br/>de Love tranquilizó a los blancos. Los macabros trofeos aún estaban ex- <br/>puestos en un museo, aunque había  consenso en que Joaquín Murieta  <br/>fue una monstruosa creación de la  prensa en general y de Jacob Free- <br/>mont en particular. Ese y otros epis odios en que la pluma falaz del pe- <br/>riodista embrolló la realidad, acabaron  por darle bien ganada fama de  <br/>embustero y cerrarle las puertas. Gr acias a su extraña conexión con  <br/>Freemont, reportero de crímenes, Matías lograba ver las víctimas asesi- <br/>nadas antes de que fueran levantadas  del sitio y presenciar las autop- <br/>sias en la morgue, espectáculos qu e repugnaban su sensibilidad tanto  <br/>como la excitaban. De esas avent uras al submundo del crimen salía bo- <br/>rracho de horror, se iba directamen te al baño turco, donde pasaba  <br/>horas sudando el olor de la muerte pegado a su piel, y después se en- <br/>cerraba en su garvonniere a pintar  desastrosas escenas de gente des- <br/>pedazada a cuchillazos.  <br/>–¿Qué significa todo esto? –preguntó Severo la primera vez que vio los  <br/>dantescos cuadros.  <br/>–¿No te fascina la idea de la muer te? El homicidio es una tremenda  <br/>aventura y el suicidio es una solución práctica. Juego con la idea de  <br/>ambos. Hay algunas personas que me recen ser asesinadas, ¿no te pa- <br/>  30<br/><br/><br/>Page No 31<br/><br/>rece? Y en cuanto a mi, bueno, prim o, no pienso morir decrépito, pre- <br/>fiero poner fin a mis días con el mi smo cuidado con que escojo mis tra- <br/>jes, por eso estudio los crímenes, para entrenarme.  <br/>–Estás demente y además no tienes talento –concluyó Severo.  <br/>–No se requiere talento pa ra ser artista, sólo audacia. ¿Has oído hablar  <br/>de los impresionistas?  <br/>–No, pero si esto es lo que pintan  esos pobres diablos, no van a llegar  <br/>lejos. ¿No podrías buscar un tema má s agradable? ¿Una chica bonita,  <br/>por ejemplo?  <br/>Matías se echó a reír y le anunció  que el miércoles habría una chica  <br/>verdaderamente bonita en su garvonniere–, la más bella de San Fran- <br/>cisco, según aclamación popular, agre gó. Era una modelo que sus ami- <br/>gos se peleaban por inmortalizar en arcilla, lienzos y placas fotográficas,  <br/>con la esperanza adicional de hacerle  el amor. Se cruzaban apuestas a  <br/>ver quien sería el primero, pero po r el momento nadie había logrado ni  <br/>tocarle una mano.  <br/>–Sufre de un defecto detestable: la virtud. Es la única virgen que queda  <br/>en California, aunque eso es de cura fácil. ¿Te gustaría conocerla?  <br/>Así fue como Severo del Valle volv ió a ver a Lynn Sommers. Hasta ese  <br/>día se había limitado a comprar en  secreto postales con su imagen en  <br/>las tiendas para turistas y esconderlas entre las páginas de sus libros de  <br/>leyes, como un vergonzoso tesoro. Ro ndó muchas veces la calle del sa- <br/>lón de té en la Plaza de la Unión para  verla de lejos y llevó a cabo dis- <br/>cretas indagaciones a través del co chero, quien a diario buscaba los  <br/>dulces para su tía Paulina, pero  nunca se atrevió a presentarse honra- <br/>damente ante Eliza Sommers a pedirle permiso para visitar a su hija.  <br/>Cualquier acción directa le parecía  una irreparable traición a Nívea, su  <br/>dulce novia de toda la vida; pero ot ra cosa sería encontrarse con Lynn  <br/>por casualidad, decidió, puesto que en  ese caso sería una jugarreta de  <br/>la fatalidad y nadie podría hacerle repr oches. No se le pasó por la men- <br/>te que la vería en el estudio de su primo Matías en tan raras circunstan- <br/>cias.  <br/>Lynn Sommers resultó el producto af ortunado de razas mezcladas. De- <br/>bió llamarse Lin-Chien, pero sus pa dres decidieron anglicanizar los  <br/>nombres de sus hijos y darles el  apellido de la madre, Sommers, para  <br/>facilitarles la existencia en los Esta dos Unidos, donde los chinos eran  <br/>tratados como perros. Al mayor lo  llamaron Ebanizer, en honor de un  <br/>antiguo amigo del padre, pero le de cían Lucky –afortunado– porque era  <br/>el chiquillo con más suerte que se  había visto en Chinatown. A la hija  <br/>menor, nacida seis años más tarde, la llamaron Lin como homenaje a la  <br/>primera mujer de su padre, enterra da en Hong Kong muchos años  <br/>atrás, pero al inscribirla le dieron  ortografía inglesa: Lynn. La primera  <br/>  31<br/><br/><br/>Page No 32<br/><br/>esposa de Tao-Chien, que legó su  nombre a la niña, fue una frágil cria- <br/>tura de minúsculos pies vendados,  adorada por su marido y muy joven  <br/>derrotada por la consunción. Eliza So mmers aprendió a convivir con el  <br/>recuerdo pertinaz de Lin y acabó  por considerarla un miembro más de  <br/>la familia, una especie de invisible pr otectora que velaba por el bienes- <br/>tar de su hogar. Veinte años antes,  cuando descubrió que estaba encin- <br/>ta una vez más, rogó a Lin que la ayudara a llevar el embarazo a térmi- <br/>no, porque ya había sufrido varias  perdidas y no cabían muchas espe- <br/>ranzas de que su naturaleza agotad a retuviera a la criatura. Así se lo  <br/>explicó Tao-Chien, quien en cada ocas ión había puesto al servicio de su  <br/>mujer sus recursos de zhong–yi adem ás de llevarla a los mejores espe- <br/>cialistas en medicina occidental de California.  <br/>–Esta vez nacerá una niña sana –le aseguró Eliza.  <br/>–¿Cómo sabes? –preguntó su marido.  <br/>–Porque se lo pedí a Lin.  <br/>Eliza siempre creyó que la primera es posa la sostuvo durante el emba- <br/>razo, le dio fuerzas para dar a luz a  su hija y luego, como un hada, se  <br/>inclinó sobre la cuna para ofrecer  al bebé el don de la hermosura. «Se  <br/>llamará Lin», anunció la agotada madre cuando tuvo por fin a su hija en  <br/>los brazos; pero Tao-Chien se asustó : no era buena idea darle el nom- <br/>bre de una mujer muerta tan joven. Finalmente transaron en cambiar la  <br/>ortografía para no tentar a la mala  suerte. «Se pronuncia igual, es lo  <br/>único que importa», concluyó Eliza.  <br/>Por el lado de su madre, Lynn Somme rs tenía sangre inglesa y chilena,  <br/>por el de su padre llevaba genes de lo s chinos altos del norte. El abuelo  <br/>de Tao-Chien, un humilde curandero,  había legado a sus descendientes  <br/>varones su conocimiento de plantas medicinales y conjuros mágicos co- <br/>ntra diversos males del cuerpo y de  la mente. Tao-Chien, el último en  <br/>esa estirpe, enriqueció la herencia  paterna entrenándose como zhong– <br/>yi junto a un sabio de Cantón, y median te una vida de estudio, no sólo  <br/>de la medicina china tradicional, sino  de todo lo que caía en sus manos  <br/>sobre la ciencia médica de Occidente. Se había labrado un sólido presti- <br/>gio en San Francisco, lo consultaba n doctores americanos y tenía una  <br/>clientela de varias razas, pero no le  permitían trabajar en los hospitales  <br/>y su práctica estaba limitada al ba rrio chino, donde compró una casa  <br/>grande que servía de clínica en el pr imer piso y residencia en el segun- <br/>do. Su reputación lo protegía: nadi e interfería en su actividad con las  <br/>sing–song girls, como llamaban en  Chinatown a las patéticas esclavas  <br/>del tráfico sexual, todas niñas de cortos años. Tao-Chien se había echa- <br/>do al hombro la misión de rescatar a cuantas pudiera de los burdeles.  <br/>Los tongs –bandas que controlaban, vi gilaban y vendían protección en  <br/>la comunidad china– sabían que él compraba a las pequeñas prostitutas  <br/>  32<br/><br/><br/>Page No 33<br/><br/>para darles una nueva oportunidad le jos de California. Lo habían ame- <br/>nazado un par de veces, pero no  tomaron medidas más drásticas por- <br/>que tarde o temprano cualquiera de  ellos podía necesitar los servicios  <br/>del célebre zhong–yi. Mientras Tao-Ch ien no acudiera a las autoridades  <br/>americanas, actuara sin bulla y salvar a a las chicas una a una, en una  <br/>paciente labor de hormiga, podían  tolerarlo, porque no hacía mella en  <br/>los enormes beneficios del negocio. La única persona que trataba a Tao- <br/>Chien como un peligro público era Ah-Toy, la alcahueta de mas éxito en  <br/>San Francisco, dueña de varios salo nes especializados en adolescentes  <br/>asiáticas. Ella sola importaba centenar es de criaturas al año, ante los  <br/>ojos impasibles de los funcionari os yanquis debidamente sobornados.  <br/>Ah-Toy odiaba a Tao-Chien y, tal co mo había dicho muchas veces, pre- <br/>fería morir antes que volver a consul tarlo. Lo había hecho una sola vez,  <br/>vencida por la tos, pero en esa opor tunidad los dos comprendieron, sin  <br/>necesidad de formularlo en palabras,  que serían enemigos mortales pa- <br/>ra siempre. Cada sing-song girl rescatada por Tao-Chien era una espina  <br/>clavada bajo las uñas de Ah-Toy, aunque la chica no le perteneciera.  <br/>Para ella, tanto como para él, esa era una cuestión de principios.  <br/>Tao-Chien se levantaba antes del amanecer y salía al jardín, donde rea- <br/>lizaba sus ejercicios marciales para  mantener el cuerpo en forma y la  <br/>mente despejada. Enseguida meditaba  durante media hora y luego en- <br/>cendía el fuego para la tetera. Despertaba a Eliza con un beso y una ta- <br/>za de té verde, que ella sorbía le ntamente en la cama. Ese momento  <br/>era sagrado para los dos: la taza de  té que bebían juntos sellaba la no- <br/>che que habían compartido en estr echo abrazo. Lo que sucedía entre  <br/>ellos tras la puerta cerrada de su  pieza compensaba todos los esfuerzos  <br/>del día. El amor de ambos comenzó  como una suave amistad tejida su- <br/>tilmente en medio de una maraña de  obstáculos, desde la necesidad de  <br/>entenderse en inglés y saltar por en cima de los prejuicios de cultura y  <br/>raza, hasta los años de diferencia en  edad. Vivieron y trabajaron juntos  <br/>bajo el mismo techo durante más de  tres años antes de atreverse a  <br/>traspasar la frontera invisible que lo s separaba. Fue necesario que Eliza  <br/>anduviera en círculos miles de m illas en un viaje interminable persi- <br/>guiendo a un amante hipotético que se  le escapaba entre los dedos co- <br/>mo una sombra, que por el camino de jara en jirones su pasado y su  <br/>inocencia, y que enfrentara sus obse siones ante la cabeza decapitada y  <br/>macerada en ginebra del legendario  bandido Joaquín Murieta, para  <br/>comprender que su destino estaba junto a Tao-Chien. El zhong–yi, en  <br/>cambio, lo supo mucho antes y la es peró con la callada tenacidad de un  <br/>amor maduro.  <br/>La noche en que por fin Eliza se at revió a recorrer los ocho metros de  <br/>pasillo que separaban su habitación  de la de Tao-Chien, sus vidas cam- <br/>  33<br/><br/><br/>Page No 34<br/><br/>biaron por completo, como si un hachazo hubiera cortado de raíz el pa- <br/>sado. A partir de esa noche ardien te no hubo la menor posibilidad ni  <br/>tentación de vuelta atrás, sólo el  desafió de labrarse un espacio en un  <br/>mundo que no toleraba la mezcla de ra zas. Eliza llegó descalza, en ca- <br/>misa de dormir, tanteando en la  sombra, empujó la puerta de Tao- <br/>Chien segura de hallarla sin llave, porque adivinaba que él la deseaba  <br/>tanto como ella a él, pero a pesar de  esa certeza iba asustada ante la  <br/>irreparable finalidad de su decisión . Había dudado mucho en dar aquel  <br/>paso, porque el zhong–yi era su prot ector, su padre, su hermano, su  <br/>mejor amigo, su única familia en esa  tierra extraña. Temía perderlo to- <br/>do al convertirse en su amante; pero  ya estaba ante el umbral y la an- <br/>siedad por tocarlo pudo más que las  argucias de la razón. Entró en la  <br/>habitación y a la luz de una vela, qu e había sobre la mesa, lo vio senta- <br/>do con las piernas cruzadas sobre  la cama, vestido con túnica y panta- <br/>lón de algodón blanco, esperándo la. Eliza no alcanzo a preguntarse  <br/>cuantas noches habría pasado él así, atento al ruido de sus pasos en el  <br/>pasillo, porque estaba aturdida por su  propia audacia, temblando de ti- <br/>midez y anticipación. Tao-Chien no le  dio tiempo de retroceder. Le salió  <br/>al encuentro, le abrió los brazos y  ella avanzó a ciegas hasta estrellarse  <br/>contra su pecho, donde hundió la cara aspirando el olor tan conocido de  <br/>ese hombre, un aroma salino de agua  de mar, aferrada a dos manos a  <br/>su túnica porque se le doblaban las  rodillas, mientras un no de explica- <br/>ciones le brotaba incontenible de los labios y se mezclaba con las pala- <br/>bras de amor en chino que murmuraba  él. Sintió los brazos que la le- <br/>vantaban del suelo y la colocaban con suavidad sobre la cama, sintió el  <br/>aliento tibio en su cuello y las ma nos que la sujetaban, entonces una  <br/>irreprimible zozobra se apoderó de ella y empezó a tiritar, arrepentida y  <br/>asustada.  <br/>Desde que muriera su esposa en Hong Kong, Tao-Chien se había conso- <br/>lado de vez en cuando con abrazos  precipitados de mujeres pagadas.  <br/>No había hecho el amor amando desd e hacía más de seis años, pero no  <br/>permitió que la prisa lo encabritara.  Tantas veces había recorrido el  <br/>cuerpo de Eliza con el pensamiento  y tan bien la conocía, que fue como  <br/>andar por sus suaves hondonadas y pequeñas colinas con un mapa. Ella  <br/>creía haber conocido el amor en brazos de su primer amante, pero la  <br/>intimidad con Tao-Chien puso en evid encia el tamaño de su ignorancia.  <br/>La pasión que la trastornara a los  dieciséis años, por la cual atravesó  <br/>medio mundo y arriesgó varias veces la vida, había sido un espejismo  <br/>que ahora le parecía absurdo; ento nces se había enamorado del amor  <br/>conformándose con las migajas que le daba un hombre más interesado  <br/>en irse que en quedarse con ella.  Lo buscó durante cuatro años, con- <br/>vencida de que el joven idealista qu e conociera en Chile se había trans- <br/>  34<br/><br/><br/>Page No 35<br/><br/>formado en California en un bandido fantástico de nombre Joaquín Mu- <br/>rieta. Durante ese tiempo Tao-Chien la esperó con su proverbial sosie- <br/>go, seguro de que tarde o temprano  ella cruzaría el umbral que los se- <br/>paraba. A él le tocó acompañarla cu ando exhibieron la cabeza de Joa- <br/>quín Murieta para diversión de americanos y escarmiento de latinos.  <br/>Creyó que Eliza no resistiría la vista  de aquel repulsivo trofeo, pero ella  <br/>se plantó ante el frasco donde repo saba el supuesto criminal y lo miró  <br/>impasible, como si se tratara de un  repollo en escabeche, hasta que es- <br/>tuvo bien segura de que no era el  hombre a quien ella había perseguido  <br/>durante años. En verdad daba igual  su identidad, porque en el largo  <br/>viaje siguiendo la pista de un romanc e imposible, Eliza había adquirido  <br/>algo tan precioso como el amor: liber tad. «Ya soy libre», fue todo lo  <br/>que dijo ante la cabeza. Tao-Chien entendió que por fin ella se había  <br/>desembarazado del antiguo amante, qu e le daba lo mismo si vivía o  <br/>había muerto buscando oro en los f aldeos de la Sierra Nevada; en cual- <br/>quier caso ya no lo buscaría más y  si el hombre apareciera algún día,  <br/>ella sería capaz de verlo en su verd adera dimensión. Tao-Chien le tomó  <br/>la mano y salieron de la siniestra expo sición. Afuera respiraron el aire  <br/>fresco y echaron a andar en paz, di spuestos a empezar otra etapa de  <br/>sus vidas.  <br/>La noche en que Eliza entró a la habi tación de Tao-Chien fue muy dife- <br/>rente a los abrazos clandestinos y precipitados con su primer amante en  <br/>Chile. Esa noche descubrió algunas de las múltiples posibilidades del  <br/>placer y se inició en la profundidad de un amor que habría de ser el úni- <br/>co para el resto de su vida. Con  toda calma Tao-Chien fue despojándola  <br/>de capas de temores acumulados y recuerdos inútiles, la fue acariciando  <br/>con infatigable perseverancia hasta  que dejó de temblar y abrió los  <br/>ojos, hasta que se relajó bajo sus de dos sabios, hasta que la sintió on- <br/>dular, abrirse, iluminarse; la oyó gemir, llamarlo, rogarle; la vio rendida  <br/>y húmeda, dispuesta a entregarse y a recibirlo a plenitud, hasta que  <br/>ninguno de los dos supo ya dónde se  encontraban, ni quiénes eran, ni  <br/>dónde terminaba él y comenzaba  ella. Tao-Chien la condujo más allá  <br/>del orgasmo, a una dimensión misteriosa donde el amor y la muerte  <br/>son similares.  <br/>Sintieron que sus espíritus se expandían, que los deseos y la memoria  <br/>desaparecían, que se abandonaban  en una sola inmensa claridad. Se  <br/>abrazaron en ese extraordinario espa cio reconociéndose, porque tal vez  <br/>habían estado allí juntos en vidas ante riores y lo estarían muchas veces  <br/>más en vidas futuras, como sugirió  Tao-Chien. Eran amantes eternos,  <br/>buscarse y encontrarse una y otra ve z era su karma, dijo emocionado;  <br/>pero Eliza replicó riendo que no er a nada tan solemne como el karma,  <br/>sino simples ganas de fornicar, qu e en honor a la verdad hacía unos  <br/>  35<br/><br/><br/>Page No 36<br/><br/>cuantos años que se moría de ganas de hacerlo con él y esperaba que  <br/>de ahora en adelante a Tao no le fallara el entusiasmo, porque esa sería  <br/>su prioridad en la vida. Retozaron  esa noche y buena parte del día si- <br/>guiente, hasta que el hambre y la se d los obligaron a salir de la habita- <br/>ción trastabillando, ebrios y felices,  sin soltarse las manos por miedo a  <br/>despertar de pronto y descubrir qu e habían andado perdidos en una  <br/>alucinación.  <br/>La pasión que los unía desde aque lla noche y que alimentaban con ex- <br/>traordinario cuidado, los sostuvo y  protegió en los momentos inevita- <br/>bles de adversidad. Con el tiempo  esa pasión fue acomodándose en la  <br/>ternura y la risa, dejaron de explorar  las doscientas veintidós maneras  <br/>de hacer el amor porque con tres o cu atro tenían suficiente y ya no era  <br/>necesario sorprenderse mutuamente. Mientras más se conocían, mayor  <br/>simpatía compartían. Desde esa prim era noche de amor durmieron en  <br/>apretado nudo, respirando el mism o aliento y soñando los mismos sue- <br/>ños; pero sus vidas no eran fáciles,  habían estado juntos durante casi  <br/>treinta años en un mundo donde no ha bía cabida para una pareja como  <br/>ellos. En el transcurso de los años  esa pequeña mujer blanca y aquel  <br/>chino alto llegaron a ser una visión  familiar en Chinatown, pero nunca  <br/>fueron totalmente aceptados. Aprend ieron a no tocarse en público, a  <br/>sentarse separados en el teatro y a caminar en la calle con varios pasos  <br/>de distancia. En ciertos restaurantes y hoteles no podían entrar juntos y  <br/>cuando fueron a Inglaterra, ella a  visitar a su madre adoptiva, Rose  <br/>Sommers, y él a dictar conferenc ias sobre acupuntura en la clínica  <br/>Hobbs, no pudieron hacerlo en la pr imera clase del buque ni compartir  <br/>el camarote, aunque por las noches ella se escabullía sigilosa para dor- <br/>mir con él. Se casaron discretamente po r el rito budista, pero su unión  <br/>carecía de valor legal. Lucky y Ly nn aparecían registrados como hijos  <br/>ilegítimos reconocidos por el padre.  Tao-Chien había conseguido con- <br/>vertirse en ciudadano después de in finitos trámites y sobornos, era uno  <br/>de los pocos que lograron sacar la vu elta al Acta de Exclusión de los  <br/>Chinos, otra de las leyes discriminator ias de California. Su admiración y  <br/>lealtad por la patria adoptiva eran incondicionales, tal como lo demostró  <br/>en la Guerra Civil, cuando cruzó el  continente para presentarse de vo- <br/>luntario en el frente y trabajar de ayudante de los médicos yanquis du- <br/>rante los cuatro años del conflicto , pero se sentía profundamente ex- <br/>tranjero y deseaba que, aunque toda  su vida transcurriera en América,  <br/>su cuerpo fuera enterrado en Hong Kong.  <br/>La familia de Eliza Sommers y Tao-Ch ien residía en una casa espaciosa  <br/>y confortable, más sólida y de mejo r factura que las demás de China- <br/>town. A su alrededor se hablaba prin cipalmente cantonés y todo, desde  <br/>la comida hasta los periódicos era ch ino. A varias cuadras de distancia  <br/>  36<br/><br/><br/>Page No 37<br/><br/>estaba La Misión, el barrio hispano, donde Eliza Sommers solía deambu- <br/>lar por el placer de hablar castellano, pero su día transcurría entre ame- <br/>ricanos en las inmediaciones de la P laza de la Unión, donde estaba su  <br/>elegante salón de té. Con sus pasteles ella había contribuido al principio  <br/>para mantener a la familia, porque bu ena parte de los ingresos de Tao- <br/>Chien terminaban en manos ajenas: lo  que no se iba en ayudar a los  <br/>pobres peones chinos en tiempos  de enfermedad o desgracia, podía  <br/>terminar en los remates clandestinos  de niñas esclavas. Salvar a esas  <br/>criaturas de una vida de ignominia había pasado a ser a misión sagrada  <br/>de Tao-Chien, así lo entendió E liza Sommers desde el comienzo y lo  <br/>aceptó como otra característica de su marido, otra de las muchas razo- <br/>nes por las cuales lo amaba. Montó  su negocio de pasteles para no  <br/>atormentarlo con peticiones de dine ro; necesitaba independencia para  <br/>dar a sus hijos la mejor educación am ericana, pues deseaba que se in- <br/>tegraran por completo en los Estados Unidos y vivieran sin las limitacio- <br/>nes impuestas a los chinos o a los hispanos. Con Lynn lo consiguió, pe- <br/>ro con Lucky sus planes fracasaron,  porque el muchacho estaba orgu- <br/>lloso de su origen y no pretendía salir de Chinatown.  <br/><br/>  37  <br/><br/>Lynn adoraba a su padre –imposible no amar a ese hombre suave y ge- <br/>neroso– pero se avergonzaba de su  raza. Se dio cuenta muy joven de  <br/>que el único lugar para los chinos era  su barrio, en el resto de la ciudad  <br/>eran detestados. El deporte favorito de los muchachos blancos era ape- <br/>drear celestiales o cortarles la trenza  después de molerlos a palos. Co- <br/>mo su madre, Lynn vivía con un pie en  China y el otro en los Estados  <br/>Unidos, las dos hablaban sólo inglés  y se peinaban y vestían a la moda  <br/>americana, aunque dentro de la casa  solían usar túnica y pantalón de  <br/>seda. Poco tenía Lynn de su padre, salvo los huesos largos y los ojos  <br/>orientales, y menos aún de su madr e; nadie sabía de dónde surgía su  <br/>rara belleza. Nunca le permitieron ju gar en la calle, como hacia su her- <br/>mano Lucky porque en Chinatown las  mujeres y niñas de familias pu- <br/>dientes vivían totalmente recluídas.  En las escasas ocasiones en que  <br/>andaba por el barrio, iba de la mano de su padre y con la vista clavada  <br/>en el suelo, para no provocar  a  la  muchedumbre  casi  enteramente  <br/>masculina. Ambos llamaban la atenci ón, ella por su hermosura y él  <br/>porque se vestía como yanqui. Tao-Chien había renunciado hacía años a  <br/>la típica coleta de los suyos y anda ba con el pelo corto engominado  <br/>hacia  atrás,  de  impecable  traje  negro,  camisa  de  cuello  laminado  y  <br/>sombrero de copa. Fuera de Chinat own, sin embargo, Lynn circulaba  <br/>plenamente libre, como cualquier mu chacha  blanca.  Se  educó  en  una  <br/>escuela presbiteriana, donde aprend ió los rudimentos del cristianismo,  <br/>que sumados a las prácticas budistas de su padre, acabaron por con- <br/>vencerla de que Cristo era la reen carnación  de  Buda.  Iba  sola  de  <br/>compras, a sus clases de piano y a  visitar a sus amigas del colegio, y<br/><br/><br/>Page No 38<br/><br/>de piano y a visitar a sus amigas del  colegio, y por las tardes se insta- <br/>laba en el salón de té de su madre,  donde hacía sus tareas escolares y  <br/>se entretenía releyendo las novelas  románticas que compraba por diez  <br/>centavos o que le enviaba su tía ab uela Rose de Londres. Fueron inúti- <br/>les los esfuerzos de Eliza Sommers  por interesarla en la cocina o en  <br/>cualquier otra actividad doméstica: su hija no parecía hecha para los  <br/>trabajos cotidianos.  <br/>Al madurar Lynn mantuvo su rostro de  ángel forastero y el cuerpo se le  <br/>llenó de curvas perturbadoras. Hab ían circulado por años fotografías  <br/>suyas sin mayores consecuencias, pero  todo cambió cuando a los quin- <br/>ce años aparecieron sus formas defi nitivas y adquirió conciencia de la  <br/>atracción devastadora que ejercía so bre los hombres. Su madre, ate- <br/>rrada ante las consecuencias de ese tremendo poder, intentó dominar el  <br/>impulso de seducción de su hija,  machacándole normas de modestia y  <br/>enseñándole a caminar como soldado,  sin mover los hombros ni las ca- <br/>deras, pero todo resultó inútil: lo s varones de cualquier edad, raza y  <br/>condición se volteaban para admirar la. Al comprender las ventajas de  <br/>su hermosura, Lynn dejó de maldecir la, como había hecho de pequeña  <br/>y decidió que sería modelo de arti stas por un corto tiempo, hasta que  <br/>llegara un príncipe sobre su caballo alado para conducirla a la dicha ma- <br/>trimonial. Sus padres habían tolerado  durante su infancia las fotos de  <br/>hadas y columpios como un capricho inocente, pero consideraron un  <br/>riesgo inmenso que luciera ante las  cámaras su nuevo porte de mujer.  <br/>«Esto de posar no es un oficio decent e, sino pura perdición», determinó  <br/>Eliza Sommers tristemente, porque se  dio cuenta de que no lograría di- <br/>suadir a su hija de sus fantasías ni  protegerla de la trampa de la belle- <br/>za. Planteó sus inquietudes a Tao-Ch ien, en uno de esos momentos  <br/>perfectos en que reposaban después de  hacer el amor, y él le explicó  <br/>que cada cual tiene su karma, no es posible dirigir las vidas ajenas, sólo  <br/>enmendar a veces el rumbo de la propia; pero Eliza no estaba dispuesta  <br/>a permitir que la desgracia la pillara  distraída. Siempre había acompa- <br/>ñado a Lynn cuando posaba para lo s fotógrafos, cuidando la decencia – <br/>nada de pantorrillas desnudas con  pretextos artísticos– y ahora que la  <br/>chica tenía diecinueve años, estaba dispuesta a duplicar su celo.  <br/>...hay un pintor que anda detrás de  Lynn. Pretende que pose para un  <br/>cuadro de Salomé –anunció un día a su marido.  <br/>–¿De quién? –preguntó Tao-Chien le vantando apenas la vista de la En- <br/>ciclopedia de Medicina.  <br/>–Salomé, la de los siete velos, Tao. Lee la Biblia.  <br/>–Si es de la Biblia debe estar bien, supongo –murmuró él distraído.  <br/>–sabes cómo era la moda en tiempos de san Juan Bautista? ¡Si me des- <br/>cuido pintarán a tu hija con los senos al aire!  <br/>  38<br/><br/><br/>Page No 39<br/><br/>–No te descuides entonces –sonrió Tao abrazando a su mujer por la cin- <br/>tura, sentándola sobre el libraco que tenía en las rodillas y advirtiéndole  <br/>que no se dejara amedrentar por los trucos de la imaginación.  <br/>¡Ay Tao! ¿Qué vamos a hacer con Lynn?  <br/>–Nada, Eliza, ya se casará y nos dará nietos.  <br/>¡Es una niña todavía!  <br/>–En China ya estaría pasada para conseguir novio.  <br/>–Estamos en América y no se casará con un chino –determinó ella.  <br/>–¿Por qué? ¿No te gustan los chinos? se burló el zhong–yi.  <br/>–No hay otro hombre como tú en este mundo, Tao, pero creo que Lynn  <br/>se casará con un blanco.  <br/>–Los americanos no saben hacer el amor, según me cuentan.  <br/>–Tal vez tú puedas enseñarles –se so nrojo Eliza, con la nariz en el cue- <br/>llo de su marido.  <br/>Lynn posó para el cuadro de Salomé  con una malla de seda color carne  <br/>debajo de los velos, ante la mirada  infatigable de su madre, pero Eliza  <br/>Sommers no pudo plantarse con la mi sma firmeza cuando ofrecieron a  <br/>su hija el inmenso honor de servir  de modelo para la estatua de La Re- <br/>pública, que se levantaría en el cent ro de la Plaza de la Unión. La cam- <br/>paña para juntar fondos había dura do meses, la gente contribuía con lo  <br/>que podía, los escolares con unos centavos, las viudas con unos dólares  <br/>y los magnates como Feliciano Rodríguez de Santa Cruz con cheques  <br/>suculentos. Los periódicos publicaban  a diario la suma alcanzada el día  <br/>anterior, hasta que se juntó suficien te para encargar el monumento a  <br/>un famoso escultor traído especialmente de Filadelfia para aquel ambi- <br/>cioso proyecto. Las familias más distin guidas de la ciudad competían en  <br/>fiestas y bailes para dar al artista ocas ión de escoger a sus hijas; ya se  <br/>sabía que la modelo de La República sería el símbolo de San Francisco y  <br/>todas las jóvenes aspiraban a semejant e distinción. El escultor, hombre  <br/>moderno y de ideas atrevidas, buscó a la muchacha ideal durante se- <br/>manas, pero ninguna lo satisfizo.  Para representar a la pujante nación  <br/>americana, formada de valerosos in migrantes venidos de los cuatro  <br/>puntos cardinales, deseaba alguien de razas mezcladas, anunció. Los fi- <br/>nancistas del proyecto y las autoridades de la ciudad se espantaron; los  <br/>blancos no podían imaginar que gente de otro color fuera completamen- <br/>te humana y nadie quiso oír hablar de una mulata presidiendo la ciudad  <br/>encaramada sobre el obelisco de la  Plaza de la Unión, como pretendía  <br/>aquel hombre. California estaba a la vanguardia en materia de arte,  <br/>opinaban los periódicos, pero lo de  la mulata era mucho pedir. El escul- <br/>tor estaba a punto de sucumbir  a la presión y optar por una descen- <br/>diente de daneses, cuando entró po r casualidad a la pastelería de Eliza  <br/>Sommers, dispuesto a consolarse con un éclair de chocolate, y vio a  <br/>  39<br/><br/><br/>Page No 40<br/><br/>Lynn. Era la mujer que tanto había busca do para su estatua: alta, bien  <br/>formada, de huesos perfectos, no sólo tenía la dignidad de una empera- <br/>triz y un rostro de facciones clásicas , también tenía el sello exótico que  <br/>él deseaba. Había en ella algo mas que armonía, algo singular, una  <br/>mezcla de oriente y occidente, de se nsualidad e inocencia, de fuerza y  <br/>delicadeza, que lo sedujo por completo. Cuando informó a la madre que  <br/>había elegido a su hija para modelo, convencido de que hacía un tre- <br/>mendo honor a aquella modesta familia de pasteleras, se encontró con  <br/>una firme resistencia. Eliza Sommers  estaba harta de perder su tiempo  <br/>vigilando a Lynn en los estudios de los fotógrafos, cuya única tarea con- <br/>sistía en apretar un botón con el dedo. La idea de hacerlo ante ese  <br/>hombrecillo que planeaba una estatua  en bronce de varios metros de  <br/>altura le resultaba agobiante; pero  Lynn estaba tan orgullosa ante la  <br/>perspectiva de ser La República, que  no tuvo valor para negarse. El es- <br/>cultor se vio en aprietos para co nvencer a la madre de que una breve  <br/>túnica era el atuendo apropiado en  este caso, porque ella no veía la re- <br/>lación entre la república norteamericana  y la vestimenta de los griegos,  <br/>pero finalmente transaron en que  Lynn posaría con piernas y brazos  <br/>desnudos, pero con los senos cubiertos.  <br/>Lynn vivía ajena a las preocupaciones de su madre por cuidar su virtud,  <br/>perdida en su mundo de fantasías ro mánticas. Salvo por su inquietante  <br/>aspecto físico, en nada se distingu ía; era una joven común y corriente,  <br/>que copiaba versos en cuadernos  de páginas rosadas y coleccionaba  <br/>miniaturas en porcelana. Su languidez  no era elegancia, sino pereza y  <br/>su melancolía no era misterio, sino vacuidad. »Déjenla en paz, mientras  <br/>yo viva, a Lynn nada le faltará», ha bía prometido Lucky muchas veces,  <br/>porque fue el único en darse cuenta  cabal de cuán tonta era su herma- <br/>na.  <br/>Lucky, varios años mayor que Lynn,  era chino puro. Salvo en las raras  <br/>oportunidades en que debía hacer algún trámite legal o tomarse una fo- <br/>tografía, se vestía con blusón, pantalones sueltos, una faja en la cintura  <br/>y zapatillas con suela de madera, pero siempre con sombrero de vaque- <br/>ro. Nada tenía del porte distinguido  de su padre, la delicadeza de su  <br/>madre o la belleza de su hermana;  era bajo, paticorto, con la cabeza  <br/>cuadrada y la piel verdosa, sin embargo resultaba atrayente por su irre- <br/>sistible sonrisa y su optimismo contagioso, que provenía de la certeza  <br/>de estar marcado por la buena suerte . Nada malo podía ocurrirle, pen- <br/>saba, tenía la felicidad y la fortuna garantizadas por nacimiento. Había  <br/>descubierto ese don a los nueve años , jugando fan–tan en la calle con  <br/>otros muchachos; ese día llegó a la casa anunciando que a partir de ese  <br/>momento su nombre sería Lucky –en vez de Ebanizery no volvió a con- <br/>testar a quien lo llamara por otro. La  buena suerte lo siguió por todos  <br/>  40<br/><br/><br/>Page No 41<br/><br/>41  <br/><br/>Antes de alcanzar los diecinueve años Lynn Sommers ya había rechaza- <br/>do varios pretendientes y estaba  acostumbrada a los homenajes mas- <br/><br/>lados, ganaba en cuantos juegos de  azar existían y aunque era revolto- <br/>so y atrevido, nunca tuvo problemas con los tongs o con las autoridades <br/>de los blancos. Hasta los policías lo trataban con simpatía. Mientras  sus <br/>compinches recibían palos, él salía de los líos con un chiste o un truco <br/>de magia, de los muchos que podía realizar con sus prodigiosas manos <br/>de malabarista. Tao-Chien no se resignaba a la ligereza de cascos de su <br/>único hijo y maldecía aquella buena es trella que le permitía evadir los  <br/>esfuerzos de los mortales comunes y co rrientes. No era felicidad lo que  <br/>deseaba para él sino trascendencia.  Le angustiaba verlo pasar por este  <br/>mundo como un pájaro contento, porque con esa actitud se le iba a es-<br/>tropear el karma. Creía que el alma av anza hacia el cielo a través de la  <br/>compasión y el sufrimiento, vencie ndo con nobleza y generosidad los  <br/>obstáculos, pero si el camino de Lucky era siempre fácil, ¿cómo iba a <br/>superarse? Temía que en el futuro se reencarnara en sabandija. Tao-<br/>Chien pretendía que su primogénito,  quien debía ayudarlo en la vejez y  <br/>honrar su memoria después de su mu erte, continuara la noble tradición  <br/>familiar de curar, soñaba incluso con  verlo convertido en el primer mé- <br/>dico chino–americano con diploma; pero Lucky sentía horror por las pó-<br/>cimas malolientes y agujas de ac upuntura, nada le repugnaba tanto  <br/>como las enfermedades ajenas y no  lograba entender el disfrute de su  <br/>padre ante una vejiga inflamada o una  cara salpicada de pústulas. Has- <br/>ta que cumplió dieciséis años y se  lanzó a la calle, debió asistir a Tao- <br/>Chien en el consultorio, donde éste  le machacaba los nombres de los  <br/>remedios y sus aplicaciones y procuraba  enseñarle el arte indefinible de  <br/>tomar los pulsos, balancear la energ ía e identificar humores, sutilezas  <br/>que al joven le entraban por una or eja y salían por otra, pero al menos  <br/>no lo traumatizaban, como los textos  científicos de medicina occidental  <br/>que su padre estudiaba con ahínco.  Las ilustraciones de cuerpos sin  <br/>piel, con músculos, venas y huesos al  aire, pero con calzones, así como  <br/>las operaciones quirúrgicas descritas  en sus más crueles detalles, lo  <br/>horrorizaban. No le faltaban pretexto s para alejarse del consultorio, pe- <br/>ro siempre estaba disponible cuando se trataba de esconder a una de <br/>las miserables sing–song girls, qu e su padre solía llevar a la casa. Esa  <br/>actividad secreta y peligrosa estaba  hecha a su medida. Nadie mejor  <br/>que él para trasladar las muchachita s exánimes bajo las narices de los  <br/>tongs, nadie más hábil para sustraer las del barrio apenas se recupera- <br/>ban un poco, nadie más ingenioso pa ra hacerlas desaparecer para  <br/>siempre en los cuatro vientos de la  libertad. No lo hacía derrotado por  <br/>la compasión, como Tao-Chien, sino  exaltado por el afán de torear el  <br/>riesgo y poner a prueba su buena suerte.<br/><br/><br/>Page No 42<br/><br/>culinos, que recibía con desdén de re ina, pues ninguno de sus admira- <br/>dores calzaba con su imagen del prín cipe romántico, ninguno decía las  <br/>palabras que su tía abuela Rose Sommers escribía en sus novelas, a to- <br/>dos los juzgaba ordinarios, indignos  de ella. Creyó encontrar el destino  <br/>sublime al cual tenía derecho cuando  conoció el único hombre que no la  <br/>miró dos veces, Matías Rodríguez de Santa Cruz. Lo había visto de lejos  <br/>en algunas oportunidades, por la calle o en el coche con Paulina del Va- <br/>lle, pero no habían cruzado palabra, él era bastante mayor, vivía en cír- <br/>culos donde Lynn no tenía acceso y de  no ser por la estatua de La Re- <br/>pública tal vez no se hubieran topado nunca.  <br/>Con el pretexto de supervisar el costoso proyecto, se daban cita en el  <br/>estudio del escultor los políticos y  magnates que contribuyeron a finan- <br/>ciar la estatua. El artista era aman te de la gloria y la buena vida; mien- <br/>tras trabajaba, aparentemente abso rto en el fundamento del molde  <br/>donde se vaciaría el bronce, disfrut aba de la recia compañía masculina,  <br/>las botellas de champaña, las ostras frescas y los buenos cigarros que  <br/>traían las visitas. Sobre una tarima,  iluminada por una claraboya en el  <br/>techo por donde se filtraba luz natural, Lynn Sommers se equilibraba en  <br/>la punta de los pies con los brazos en  alto, en una postura imposible de  <br/>mantener por más de unos minutos,  con una corona de laurel en una  <br/>mano y un pergamino con la constituci ón americana en la otra, vestida  <br/>con una ligera túnica plisada que le  colgaba de un hombro hasta las ro- <br/>dillas, revelando el cuerpo tanto co mo lo cubría. San Francisco era un  <br/>buen mercado para el desnudo femenino; todos los bares exponían  <br/>cuadros de rotundas odaliscas, fotografías de cortesanas con el trasero  <br/>al aire y frescos de yeso con ninfas  perseguidas por incansables sátiros;  <br/>una modelo totalmente desnuda habría provocado menos curiosidad  <br/>que esa chica que rehusaba quitarse  la ropa y no se separaba del ojo  <br/>avizor de su madre. Eliza Sommers , vestida de oscuro, sentada muy  <br/>tiesa en una silla junto a la tarima  donde posaba su hija, vigilaba sin  <br/>aceptar ni las ostras ni la champaña  con que intentaban distraerla. Esos  <br/>vejetes acudían motivados por la lujur ia, no por amor al arte, eso esta- <br/>ba claro como el agua. Carecía de po der para impedir su presencia, pe- <br/>ro al menos podía asegurarse de que su  hija no aceptara invitaciones y,  <br/>en lo posible, no se riera de las  bromas ni contestara las preguntas  <br/>desatinadas. «No hay nada gratis en  este mundo. Por esas baratijas  <br/>pagaras un precio muy caro», le ad vertía cuando la chica se enfurruña- <br/>ba al verse obligada a rechazar un regalo.   <br/>Posar para la estatua resultó un proc eso eterno y aburrido, que dejaba  <br/>a Lynn con calambres en las piernas y  entumecida de frío. Eran los pri- <br/>meros días de enero y las estufas en  los rincones no lograban entibiar  <br/>ese recinto de techos altos, cruzado  de corrientes de aire. El escultor  <br/>  42<br/><br/><br/>Page No 43<br/><br/>trabajaba con abrigo puesto y desqui ciante lentitud, deshaciendo hoy lo  <br/>hecho ayer, como si no tuviera una  idea acabada, a pesar de los cente- <br/>nares de esbozos de La República pegados en las paredes.  <br/>Un martes aciago apareció Feliciano Rodríguez de Santa Cruz con su  <br/>hijo Matías. Le había llegado la noti cia de la exótica modelo y pensaba  <br/>conocerla antes que levantaran el  monumento en la plaza, saliera su  <br/>nombre en el diario y la chica se co nvirtiera en una presa inaccesible,  <br/>en el caso hipotético de que el monumento llegara a inaugurarse. Al pa- <br/>so que iba, bien podía suceder que an tes de vaciarlo en bronce los opo- <br/>sitores del proyecto ganaran la batalla  y todo se disolviera en la nada;  <br/>había muchos inconformes con la idea  de una república que no fuera  <br/>anglosajona. El viejo corazón de t ruhán de Feliciano todavía se agitaba  <br/>con el olor de la conquista, por es o estaba allí. Tenía mas de sesenta  <br/>años, pero el hecho de que la modelo  aún no cumplía los veinte no le  <br/>parecía un obstáculo insalvable; estaba convencido que había muy poco  <br/>que el dinero no pudiera comprar. Le bastó un instante para evaluar la  <br/>situación al ver a Lynn sobre la tarima , tan joven y vulnerable, tiritando  <br/>bajo su túnica indecente, y el estu dio lleno de machos dispuestos a de- <br/>vorarla; pero no fue compasión po r la chica o temor a la competencia  <br/>entre antropófagos lo que detuvo su  impulso inicial de enamorarla, sino  <br/>Eliza Sommers. La reconoció al punto, a pesar de haberla visto muy po- <br/>cas veces. No sospechaba que la modelo de quien tantos comentarios  <br/>había oído, fuera hija de una amiga de su mujer.  <br/>Lynn Sommers no percibió la presencia de Matías hasta medía hora más  <br/>tarde, cuando el escultor dio por  terminada la sesión y ella pudo des- <br/>prenderse de la corona de laurel y el pergamino y descender de la tari- <br/>ma. Su madre le puso una manta sobre los hombros y le sirvió una taza  <br/>de chocolate, guiándola tras el biom bo donde debía vestirse. Matías es- <br/>taba junto a la ventana observando  la calle ensimismado; los suyos  <br/>eran los únicos ojos que en ese mome nto no estaban clavados en ella.  <br/>Lynn notó al punto la belleza viril,  juventud y buena cepa de ese hom- <br/>bre, su ropa exquisita, su porte alt ivo, el mechón de pelo castaño ca- <br/>yendo en cuidadoso desorden sobre  la frente, las manos perfectas con  <br/>anillos de oro en los meñiques. Asom brada al verse así ignorada, fingió  <br/>tropezar para llamar su atención. Va rias manos se aprontaron a soste- <br/>nerla, menos las del dandy en la ve ntana, quien apenas la barrió con la  <br/>vista, totalmente indiferente, como si ella fuera parte del amueblado. Y  <br/>entonces Lynn, con la imaginación a  galope, decidió, sin tener ninguna  <br/>razón a la cual aferrarse, que ese hombre era el galán anunciado duran- <br/>te años en las novelas de amor: ha bía encontrado finalmente su desti- <br/>no. Al vestirse tras el biombo tenía los pezones duros como piedrecillas.  <br/><br/>  43<br/><br/><br/>Page No 44<br/><br/>La indiferencia de Matías no era fing ida–, en verdad no reparó en la jo- <br/>ven, estaba allí por motivos muy alejados de la concupiscencia: debía  <br/>hablar de dinero con su padre y no  encontró otra ocasión para hacerlo.  <br/>Estaba con el agua al cuello y nece sitaba de inmediato un cheque para  <br/>cubrir sus deudas de juego en un garito de Chinatown. Su padre le  <br/>había advertido que no pensaba seguir  financiando tales diversiones y,  <br/>de no haber sido un asunto de vida o muerte, como le habían hecho sa- <br/>ber claramente sus acreedores, se las habría arreglado para ir sacándo- <br/>le lo necesario de a poco a su madre. En esta ocasión, sin embargo, los  <br/>celestiales no estaban dispuestos a  esperar y Matías supuso acertada- <br/>mente que la visita donde el escultor pondría a su padre de buen humor  <br/>y sería fácil obtener lo que pretendía  de él. Fue varios días más tarde,  <br/>en una parranda con sus amigos bohe mios, cuando se enteró de que  <br/>había estado en presencia de Ly nn Sommers, la joven más codiciada  <br/>del momento.   <br/>Tuvo que hacer un esfuerzo por recordarla y llegó a preguntarse si sería  <br/>capaz de reconocerla si la viera en la calle. Cuando surgieron las apues- <br/>tas a ver quien sería el primero en se ducirla, se anotó por inercia y lue- <br/>go, con su insolencia habitual, anunció  que lo haría en tres etapas. La  <br/>primera, dijo, sería conseguir que  fuera a la garvonniere sola para pre- <br/>sentarla a sus compinches, la segund a sería convencerla de posar des- <br/>nuda delante de ellos, y la tercera hacerle el amor, todo en el plazo de  <br/>un mes. Cuando invitó a su primo Se vero del Valle a conocer a la mujer  <br/>más bonita de San Francisco en la  tarde del miércoles, estaba cum- <br/>pliendo la primera parte de la apuesta. Había sido fácil llamar a Lynn  <br/>con una seña discreta por la ventana del salón de té de su madre, espe- <br/>rarla en la esquina cuando ella salió  con algún pretexto inventado, ca- <br/>minar con ella un par de cuadras por  la calle, decirle unos cuantos piro- <br/>pos, que habrían provocado hilaridad  en una mujer con más experien- <br/>cia, y citarla en su estudio advirtiéndole que acudiera sola. Se sintió  <br/>frustrado porque supuso que el desafió sería más interesante. Antes del  <br/>miércoles de la cita ni siquiera tu vo que esmerarse demasiado en sedu- <br/>cirla, bastaron unas miradas lánguidas, un roce de los labios en su me- <br/>jilla, unos soplidos y frases resabidas en su oído, para desarmar a la  <br/>chiquilla que temblaba ante él, lista,  para el amor. A Matías ese deseo  <br/>femenino de entregarse y sufrir le  resultaba patético, era justamente lo  <br/>que más detestaba de las mujeres,  por eso se avenía tan bien con  <br/>Amanda Lowell, quien tenía la misma  actitud suya de desfachatez ante  <br/>los sentimientos y de reverencia ante  el placer. Lynn, hipnotizada como  <br/>ratón ante una cobra, tenía al fin un de stinatario para el arte florido de  <br/>las esquelas de amor y sus estamp as de doncellas mustias y galanes  <br/>engominados. No sospechaba que Ma tías compartía esas misivas ro- <br/>  44<br/><br/><br/>Page No 45<br/><br/>mánticas con sus amigotes. Cuando Matías quiso mostrárselas a Severo  <br/>del Valle, éste rehusó. Aún ignoraba  que eran enviadas por Lynn Som- <br/>mers, pero la idea de burlarse del enamoramiento de una joven ingenua  <br/>le repugnaba. «Por lo visto sigues  siendo un caballero, primo, pero no  <br/>te preocupes, eso se cura tan fácilmente como la virginidad», comentó  <br/>Matías.   <br/>Severo del Valle asistió a la invitación de su primo ese miércoles memo- <br/>rable para conocer a la mujer más bonita de San Francisco, como este  <br/>le había anunciado, y se encontró con que no era el único convocado  <br/>para la ocasión; había por lo menos  medía docena de bohemios bebien- <br/>do y fumando en la garvonniere y la  misma mujer de pelo rojo que vie- <br/>ra por unos segundos un par de años atrás, cuando fue con Williams a  <br/>rescatar a Matías en un fumadero de  opio. Sabía de quién se trataba,  <br/>porque su primo le había hablado de  ella y su nombre circulaba en el  <br/>mundo de los espectáculos frívolos  y la vida nocturna. Era Amanda Lo- <br/>well, gran amiga de Matías, con quien solía burlarse a coro del escánda- <br/>lo que desencadenó en los tiempos  en que era la amante de Feliciano  <br/>Rodríguez de Santa Cruz. Matías le había prometido que a la muerte de  <br/>sus padres le regalaría la cama de Neptuno que Paulina del Valle encar- <br/>go a Florencia por despecho. De la vo cación de cortesana poco le que- <br/>daba a la Lowell, en su madurez ha bía descubierto cuan petulantes y  <br/>aburridos son la mayoría de los homb res, pero con Matías tenía una  <br/>profunda afinidad, a pesar de sus fundamentales diferencias. Ese miér- <br/>coles se mantuvo aparte, recostada en un sofá, bebiendo champaña,  <br/>consciente de que por una vez el cent ro de atención no era ella. Había  <br/>sido invitada para que Lynn Sommers no se encontrara sola entre hom- <br/>bres en la primera cita, porque podría retroceder intimidada.  <br/>A los pocos minutos golpearon la puer ta y apareció la famosa modelo  <br/>de La República envuelta en una capa de pesada lana con un capuchón  <br/>sobre la cabeza. Al quitarse el mant o vieron un rostro virginal coronado  <br/>por cabello negro partido al centro  y peinado hacia atrás en un mono  <br/>sencillo. Severo del Valle sintió que el  corazón le daba un brinco y toda  <br/>la sangre se le agolpaba en la cabeza, retumbándole en las sienes como  <br/>un tambor de regimiento. Jamás im aginó que la víctima de la apuesta  <br/>de su primo fuera Lynn Sommers. No  pudo decir ni una palabra, ni si- <br/>quiera saludarla como hacían los de más; retrocedió hasta un rincón y  <br/>allí permaneció durante la hora que duró la visita de la joven, con la mi- <br/>rada fija en ella, paralizado de angu stia. No le cabía duda alguna sobre  <br/>el desenlace de la apuesta de ese  grupo de hombres. Vio a Lynn Som- <br/>mers como un cordero sobre la piedra del sacrificio, ignorante de su  <br/>suerte. Una oleada de odio contra Ma tías y sus secuaces le subió desde  <br/>los pies, mezclada con una rabia sord a contra Lynn. No podía compren- <br/>  45<br/><br/><br/>Page No 46<br/><br/>der cómo la muchacha no se daba cu enta de lo que estaba sucediendo,  <br/>cómo no veía la trampa de esos halag os de doble sentido, del vaso de  <br/>champaña que le llenaban una y otra  vez, de la perfecta rosa roja que  <br/>Matías le prendía en el pelo, todo tan predecible y vulgar que daba náu- <br/>seas. «Debe ser tonta sin remedio»,  pensó asqueado con ella tanto co- <br/>mo con los demás, pero vencido po r un amor ineludible que durante  <br/>años había estado esperando la oportunidad de germinar y ahora re- <br/>ventaba, aturdiéndolo.  <br/>–¿Te pasa algo, primo? –preguntó Matías burlón, pasándole un vaso.  <br/>No pudo contestar y debió voltear la  cara para disimular su intención  <br/>asesina, pero el otro había adivin ado sus sentimientos y se dispuso a  <br/>llevar la broma más lejos. Cuando  Lynn Sommers anunció que debía  <br/>partir, después de prometer que regresaría a la semana siguiente para  <br/>posar ante las cámaras de esos «art istas», Matías le pidió a su primo  <br/>que la acompañara. Y así fue como Seve ro del Valle se encontró a solas  <br/>con la mujer que había logrado manten er a raya el porfiado amor de  <br/>Nívea. Anduvo con Lynn las pocas cuadras que separaban el estudio de  <br/>Matías del salón de té de Eliza So mmers, tan trastornado que no supo  <br/>cómo iniciar una conversación banal.  Era tarde para revelarle la apues- <br/>ta, sabía que Lynn estaba enamorad a de Matías con la misma terrible  <br/>ofuscación con que él lo estaba de  ella. No le creería y se sentiría insul- <br/>tada y, aunque le explicara que para  Matías ella era apenas un juguete,  <br/>igual iría derecho al matadero, ciega de amor. Fue ella quien rompió el  <br/>incómodo silencio para preguntarle si él era el primo chileno que Matías  <br/>había mencionado. Severo comprend ió cabalmente que esa joven no  <br/>tenía el más leve recuerdo del primer  encuentro años atrás, cuando pe- <br/>gaba estampas en un álbum a la luz de los vitrales de una ventana, no  <br/>sospechaba que la amaba desde ento nces con la tenacidad del primer  <br/>amor–, tampoco se había fijado que él rondaba la pastelería y se le cru- <br/>zaba a menudo en la calle. Sus ojos si mplemente no lo habían registra- <br/>do. Al despedirse le pasó su tarjeta  de visita, se inclinó en el gesto de  <br/>besarle la mano y balbuceó que si alguna vez lo necesitaba por favor no  <br/>vacilara en llamarlo. A partir de ese  día eludió a Matías y se hundió en  <br/>el estudio y el trabajo para apartar de su mente a Lynn Sommers y la  <br/>humillante apuesta. Cuando su primo lo  invitó el miércoles siguiente a  <br/>la segunda sesión, en la cual estaba  previsto que la muchacha se des- <br/>nudaría, lo insultó. Por varias semana s no pudo escribir ni una línea a  <br/>Nívea y tampoco podía leer sus cart as, que guardaba sin abrir, agobia- <br/>do por la culpa. Se sentía inmundo, como si él también participara en la  <br/>bravata de mancillar a Lynn Sommers.  <br/>Matías Rodríguez de Santa Cruz ga nó la apuesta sin esmerarse, pero  <br/>por el camino le falló el cinismo y si n quererlo se vio atrapado en lo que  <br/>  46<br/><br/><br/>Page No 47<br/><br/>más temía en este mundo: un lío se ntimental. No llegó a enamorarse  <br/>de la bella Lynn Sommers, pero el amor incondicional y la inocencia con  <br/>que ella se le entregó, lograron conm overlo. La joven se colocó en sus  <br/>manos con total confianza, dispuesta a  hacer lo que le pidiera, sin juz- <br/>gar sus propósitos o calcular las co nsecuencias. Matías calibró el poder  <br/>absoluto que ejercía sobre ella, cuan do la vio desnuda en su buhardilla,  <br/>roja de turbación, cubriéndose el  pubis y los senos con los brazos, al  <br/>centro del circulo de sus compinches, quienes fingían fotografiarla sin  <br/>disimular la excitación de perros en celo que aquella jugarreta despia- <br/>dada les producía. El cuerpo de Lynn no tenía la forma de reloj de arena  <br/>tan de moda entonces, nada de ca deras y senos opulentos separados  <br/>por una cintura imposible, era delg ada y sinuosa, de piernas largas y  <br/>pechos redondos de pezones oscuros,  tenía la piel color de fruta estival  <br/>y un manto de cabello negro y liso qu e le caía hasta la mitad de la es- <br/>palda. Matías la admiró como otro de los muchos objetos de arte que  <br/>coleccionaba, le pareció exquisita,  pero comprobó satisfecho que no  <br/>ejercía sobre él ninguna atracción. Sin pensar en ella, sólo por presumir  <br/>ante  <br/>sus amigos y por ejercicio de crueldad, le indicó que apartara los bra- <br/>zos. Lynn lo miró por unos segundos y luego obedeció lentamente,  <br/>mientras le corrían lágrimas de vergüenza por las mejillas. Ante ese  <br/>llanto inesperado se hizo un silencio  helado en la habitación, los hom- <br/>bres apartaron la vista y aguardaron  con las cámaras en la mano, sin  <br/>saber qué hacer, por un tiempo que pareció muy largo. Entonces Matí- <br/>as, abochornado por primera vez en su  vida, tomó un abrigo y cubrió a  <br/>Lynn, envolviéndola en sus brazos. «¡ Váyanse! Esto se ha terminado»,  <br/>ordenó a sus huéspedes, que empezaron a retirarse uno a uno, descon- <br/>certados.  <br/>A solas con ella, Matías la sentó so bre sus rodillas y empezó a mecerla  <br/>como a un niño, pidiéndole perdón con el pensamiento, pero incapaz de  <br/>formular las palabras, mientras la  joven seguía llorando callada. Por úl- <br/>timo la condujo con suavidad detrás  del biombo, a la cama, y se acostó  <br/>con ella abrazándola como un herman o, acariciándole la cabeza, besán- <br/>dola en la frente, perturbado por un  sentimiento desconocido y omnipo- <br/>tente que no sabía nombrar. No la deseaba, sólo quería protegerla y  <br/>devolverle intacta su inocencia, pero  la suavidad imposible de la piel de  <br/>Lynn, su cabello vivo envolviéndolo y su fragancia de manzana lo derro- <br/>taron. La entrega sin reservas de  ese cuerpo núbil que se abría al con- <br/>tacto de sus manos logró sorprenderlo y sin saber cómo se encontró  <br/>explorándola, besándola con una ansiedad que ninguna mujer le había  <br/>provocado antes, metiéndola la lengua  en la boca, las orejas, por todos  <br/>lados, aplastándola, penetrándola en una vorágine de pasión inconteni- <br/>  47<br/><br/><br/>Page No 48<br/><br/>ble, cabalgándola sin misericordia, ciego, desbocado, hasta que reventó  <br/>dentro de ella en un orgasmo devast ador. Durante un brevísimo instan- <br/>te se encontraron en otra dimensión,  sin defensas, desnudos en cuerpo  <br/>y espíritu. Matías alcanzó a tener  la revelación de una intimidad que  <br/>hasta entonces había evitado sin saber siquiera que existiera, traspasó  <br/>una última frontera y se encontró al  otro lado, desprovisto de voluntad.  <br/>Había tenido más amantes –mujeres  y hombres– de los que convenía  <br/>recordar, pero nunca había perdido así  el control, la ironía, la distancia,  <br/>la noción de su propia intocable individualidad, para fundirse simple- <br/>mente con otro ser humano. En cierta  forma, él también entregó la vir- <br/>ginidad en ese abrazo. El viaje duró  apenas una milésima fracción de  <br/>tiempo, pero fue suficiente para ate rrorizarlo; regresó a su cuerpo ex- <br/>hausto y de inmediato se parapetó en la armadura de su sarcasmo  <br/>habitual. Cuando Lynn abrió los ojos  él ya no era el mismo hombre con  <br/>quien había hecho el amor, sino el de  antes, pero ella carecía de expe- <br/>riencia para saberlo. Adolorida, en sangrentada y dichosa, se abandonó  <br/>al espejismo de un amor ilusorio, mi entras Matías la mantenía abraza- <br/>da, aunque ya su espíritu andaba le jos. Así estuvieron hasta que se fue  <br/>por completo la luz en la ventana y  ella comprendió que debía regresar  <br/>donde su madre. Matías la ayudó a  vestirse y la acompañó hasta las  <br/>cercanías del salón de té. «Espér ame, mañana vendré a la misma  <br/>hora». susurró ella al despedirse.  <br/>Nada supo Severo del Valle de lo su cedido ese día ni de los hechos que  <br/>siguieron, hasta tres meses más tarde. En abril de 1879 Chile declaró la  <br/>guerra a sus vecinos, Perú y Bolivia,  por un asunto de tierras, salitre y  <br/>soberbia. Había estallado la Guerra de l Pacifico. Cuando la noticia llegó  <br/>a San Francisco, Severo se presentó  ante sus tíos anunciando que par- <br/>tía a luchar.  <br/>–¿No quedamos en que nunca volverías  a pisar un cuartel? –le recordó  <br/>su tía Paulina.  <br/>–Esto es distinto, mi patria está en peligro.  <br/>–Tú eres un civil.  <br/>–Soy sargento de reserva –explicó él.  <br/>–La guerra habrá terminado antes de que alcances a llegar a Chile.  <br/>Veamos que dicen los periódicos y qu é opina la familia. No te precipites  <br/>–aconsejó la tía.  <br/>–Es mi deber –replicó Severo, pensan do en su abuelo, el patriarca  <br/>Agustín del Valle, quien había muerto recientemente reducido al tamaño  <br/>de un chimpancé, pero con el mal carácter intacto.  <br/>–Tu deber está aquí, conmigo. La gu erra es buena para los negocios.  <br/>Éste es el momento de especular con azúcar –replicó Paulina.  <br/>–¿Azúcar?  <br/>  48<br/><br/><br/>Page No 49<br/><br/>–Ninguno de esos tres países la produce y en tiempos malos la gente  <br/>come más dulce –aseguró Paulina.  <br/>–¿Cómo sabe, tía?  <br/>–Por experiencia propia, muchacho.  <br/>Severo partió a empacar sus maletas,  pero no se fue en el barco que  <br/>zarpó hacia el sur días más tarde, como planeaba, sino a finales de oc- <br/>tubre. Esa noche su tía le anunció qu e debían recibir una extraña visita  <br/>y esperaba que él estuviera presente , porque su marido andaba de via- <br/>je y ese asunto podía requerir los buenos consejos de un abogado. A las  <br/>siete de la tarde Williams, con el air e desdeñoso que usaba cuando se  <br/>veía obligado a servir a gente de inferior condición social, hizo entrar a  <br/>un chino alto, de pelo gris, vestido  de negro riguroso, y una mujercita  <br/>de aspecto juvenil y anodino, pero tan altiva como el mismo Williams.  <br/>Tao-Chien y Eliza Sommers se encont raron en la sala de las fieras, co- <br/>mo la llamaban3 rodeados de leones, elefantes y otras bestias africanas  <br/>que los observaban desde sus marcos  dorados en las paredes. Paulina  <br/>veía a Eliza con frecuencia en la past elería, pero jamás se habían en- <br/>contrado en otra parte, pertenecían  a mundos separados. Tampoco co- <br/>nocía a ese celestial, que a juzgar  por la forma en que la tomaba del  <br/>brazo, debía ser su marido o su aman te. Se sintió ridícula en su palace- <br/>te de cuarenta y cinco habitaciones, vestida de raso negro y cubierta de  <br/>diamantes–, ante esa pareja mode sta que la saludaba con sencillez,  <br/>manteniendo la distancia. Se fijó que  su hijo Matías los recibía turbado,  <br/>con una inclinación de cabeza, sin tenderles la mano, y se mantenía se- <br/>parado del grupo detrás de un escritorio de Jacaranda, aparentemente  <br/>absorto en la limpieza de su pipa. Por su parte Severo del Valle adivinó  <br/>sin asomo de duda la razón de la  presencia de los padres de Lynn  <br/>Sommers en la casa y quiso encontrarse a mil leguas de allí. Intrigada y  <br/>con las antenas alertas, Paulina no perdió tiempo ofreciendo algo de  <br/>beber, hizo un gesto a Williams para qu e se retirara y cerrara las puer- <br/>tas. «¿Qué puedo hacer por ustedes? », preguntó. Entonces Tao-Chien  <br/>procedió a explicar, sin alterarse, qu e su hija Lynn estaba encinta, que  <br/>el autor del agravio era Matías y que esperaba la única reparación posi- <br/>ble. Por una vez en su vida la matriar cal Del Valle perdió el habla. Se  <br/>quedó sentada, boqueando como una ballena varada, y cuando por fin  <br/>le salió la voz fue para emitir un graznido.  <br/>Madre, no tengo nada que ver con es ta gente. No los conozco y no sé  <br/>de qué habían –dijo Matías desde el escritorio de jacarandá, con su pipa  <br/>de marfil tallado en la mano.  <br/>–Lynn nos ha contado todo –lo interrumpió Eliza poniéndose de pie, con  <br/>la voz quebrada, pero sin lágrimas.  <br/><br/>  49<br/><br/><br/>Page No 50<br/><br/>–Si es dinero lo que quieren... –empezó a decir Matías, pero su madre  <br/>lo atajó con una mirada feroz.  <br/>–Les ruego que perdonen –dijo diri giéndose a Tao, Chien y Eliza Som- <br/>mers–. Mi hijo está tan sorprendid o como yo. Estoy segura de que po- <br/>demos arreglar esto con decencia, como corresponde...  <br/>–Lynn desea casarse, por supuesto.  Nos ha dicho que ustedes se aman  <br/>–dijo Tao-Chien, también de pie, di rigiéndose a Matías, quien respondió  <br/>con una breve carcajada, que sonó como ladrido de perro.  <br/>–Ustedes parecen gente respetable –d ijo Matías–. Sin embargo, su hija  <br/>no lo es, como cualquiera de mis am igos puede atestiguar. No sé cuál  <br/>de ellos es responsable de su desgracia, pero ciertamente no soy yo.  <br/>Eliza Sommers había perdido por completo el color, tenía una palidez de  <br/>yeso y temblaba, a punto de caerse . Tao-Chien la tomó con firmeza del  <br/>brazo y sosteniéndola como a una inválida la condujo a la puerta. Seve- <br/>ro del Valle creyó morirse de angustia  y de vergüenza, como si él fuera  <br/>el único culpable de lo sucedido. Se adelantó a abrirles y los acompañó  <br/>hasta la salida, donde los aguardaba un coche de alquiler. No se le ocu- <br/>rrió nada que decirles. Cuando regres ó al salón alcanzó a oír el final de  <br/>la discusión.  <br/>–¡No pienso tolerar que haya bast ardos de mi sangre sembrados por  <br/>allí! –gritó Paulina.  <br/>–Defina sus lealtades, madre. ¿A quié n va a creer, a su propio hijo o a  <br/>una pastelera y un chino? –replicó Matías saliendo con un portazo.  <br/>Esa noche Severo del Valle se enfren tó con Matías. Poseía suficiente in- <br/>formación para deducir los hechos  y pretendía desarmar a su primo  <br/>mediante un tenaz interrogatorio, pe ro no fue necesario porque éste  <br/>soltó todo de inmediato. Se sentía atrapado en una situación absurda  <br/>de la cual no era responsable, dijo ; Lynn Sommers lo había perseguido  <br/>y se le había entregado en bandeja; él nunca tuvo realmente la inten- <br/>ción de seducirla, la apuesta había  sido sólo una fanfarronada. Llevaba  <br/>dos meses intentando desprenderse  de ella sin destruirla, temía que  <br/>hiciera una tontería, era una de esas  jóvenes histéricas capaces de lan- <br/>zarse al mar por amor, explicó. Admitió que Lynn era apenas una niña y  <br/>había llegado virgen a sus brazos, con la cabeza llena de poemas azu- <br/>carados  y  completamente  ignorante  de  los  rudimentos  del  sexo,  pero  <br/>repitió que no tenía ninguna obligación con ella, que nunca le había  <br/>hablado de amor y mucho menos de matrimonio. Las muchachas como  <br/>ella siempre traían complicaciones, ag regó, por eso las evitaba como a  <br/>la peste. jamás imaginó que el brev e encuentro con Lynn traerla tales  <br/>consecuencias. Habían estado juntos en contadas ocasiones, dijo, y le  <br/>había recomendado que después se  hiciera lavados con vinagre y mos- <br/>taza, no podía suponer que fuera ta n asombrosamente fértil. En todo  <br/>  50<br/><br/><br/>Page No 51<br/><br/>caso, estaba dispuesto a correr con lo s gastos del crío, el costo era lo  <br/>de menos, pero no pensaba darle su  apellido, porque no había prueba  <br/>alguna de que fuera suyo. «No me casaré ahora ni nunca, Severo. ¿Co- <br/>noces a alguien con menos vocación burguesa que yo?», concluyó.  <br/>Una semana más tarde Severo del V alle se presentó en la clínica de  <br/>Tao-Chien después de haber dado m il vueltas en la cabeza a la esca- <br/>brosa misión que le había encargado su primo. El zhong–yi acababa de  <br/>atender al último paciente del día y lo  recibió a solas en la salita de es- <br/>pera de su consultorio, en el prim er piso. Escuchó impasible el ofreci- <br/>miento de Severo.  <br/>–Lynn no necesita dinero, para eso tiene a sus padres –dijo sin reflejar  <br/>ninguna emoción–. De todos modos  agradezco su preocupación, señor  <br/>Del Valle.  <br/>–¿Cómo está la señorita Sommers? preguntó Severo, humillado por la  <br/>dignidad del otro.  <br/>–M hija aún piensa que hay un malent endido. Está segura de que pron- <br/>to el señor Rodríguez de Santa Cruz vendrá a pedirla en matrimonio, no  <br/>por deber, sino por amor.  <br/>–señor Chien, no sé qué daría por  cambiar las circunstancias. La verdad  <br/>es que mi primo no tiene buena salu d, no puede casarse. Lo lamento  <br/>infinitamente... –murmuró Severo del Valle.  <br/>–Nosotros lo lamentamos más. Para  su primo Lynn es sólo una diver- <br/>sión; para Lynn él es su vida –dijo suavemente Tao-Chien.  <br/>–Me gustaría darle una explicación a su hija, señor Chien. ¿Puedo verla,  <br/>por favor?  <br/>–Debo preguntarle a Lynn. Por el mo mento no desea ver a nadie, pero  <br/>le haré saber si cambia de opinión  –replicó el zhong–yi, acompañándolo  <br/>a la puerta.  <br/>Severo del Valle aguardó durante tres semanas sin saber ni una palabra  <br/>de Lynn, hasta que no pudo aguant ar más la impaciencia y fue al salón  <br/>de té a suplicar a Eliza Sommers que le permitiera hablar con su hija.  <br/>Esperaba encontrar una impenetrable  resistencia, pero ella lo recibió  <br/>envuelta en su aroma de azúcar  y vainilla con la misma serenidad con  <br/>que lo había atendido Tao-Chien. Al  principio Eliza se culpó por lo ocu- <br/>rrido: se había descuidado, no había si do capaz de proteger a su hija y  <br/>ahora su vida estaba arruinada. Llor ó en brazos de su marido, hasta  <br/>que él le recordó que a los dieciséis años ella había sufrido una expe- <br/>riencia similar: el mismo amor desm esurado, el abandono del amante,  <br/>la preñez y el terror; la diferencia er a que Lynn no estaba sola, no ten- <br/>dría que escapar de su casa y cruz ar medio mundo en la bodega de un  <br/>barco detrás de un hombre indigno,  como hizo ella. Lynn había acudido  <br/>a sus padres y ellos tenían la suerte  enorme de poder ayudarla, había  <br/>  51<br/><br/><br/>Page No 52<br/><br/>dicho Tao-Chien. En China o en Chile su hija estaría perdida, la sociedad  <br/>no tendría perdón para ella, pero en  California, tierra sin tradición,  <br/>había espacio para todos. El zhong–yi reunió a su pequeña familia y ex- <br/>plicó que el bebé era un regalo del cielo y debían esperarlo con alegría;  <br/>las lágrimas eran malas para el karma, dañaban a la criatura en el vien- <br/>tre de la madre y la señalaban para una vida de incertidumbre. Ese niño  <br/>o niña sería bienvenido; su tío Lucky  y él mismo, su abuelo, serían dig- <br/>nos sustitutos del padre ausente.  Y en cuanto al amor frustrado de  <br/>Lynn, bueno, ya pensarían en eso má s adelante, dijo. Parecía tan entu- <br/>siasmado ante la perspectiva de ser  abuelo, que Eliza se avergonzó de  <br/>sus gazmoñas consideraciones, se se có el llanto y no volvió a recrimi- <br/>narse. Si para Tao-Chien la compasió n por su hija contaba más que el  <br/>honor familiar, igual debía ser para e lla, decidió; su deber era proteger  <br/>a Lynn y lo demás carecía de importancia. Así lo manifestó amablemen- <br/>te a Severo del Valle ese día en el  salón de té. No entendía las razones  <br/>del chileno para insistir en hablar co n su hija, pero intercedió en su fa- <br/>vor y finalmente la joven aceptó verl o. Lynn apenas lo recordaba, pero  <br/>lo recibió con la esperanza de que viniera como emisario de Matías.  <br/>En los meses siguientes las visitas  de Severo del Valle al hogar de los  <br/>Chien se convirtieron en una costum bre. Llegaba al anochecer, cuando  <br/>terminaba su trabajo, dejaba su caballo amarrado en la puerta y se  <br/>presentaba con el sombrero en una  mano y algún regalo en la otra, así  <br/>se fue llenando la habitación de Lynn  de juguetes y ropa de bebé. Tao- <br/>Chien le enseñó a jugar mah–jong y pasaban horas con Eliza y Lynn  <br/>moviendo las hermosas piezas de ma rfil. Lucky no participaba, porque  <br/>le parecía una pérdida de tiempo jugar sin apostar, en cambio Tao- <br/>Chien sólo jugaba en el seno de su familia, porque en su juventud había  <br/>renunciado a hacerlo por dinero y estaba seguro de que si rompía esa  <br/>promesa le ocurriría una desgracia.  Tanto se habituaron los Chien a la  <br/>presencia de Severo, que cuando se  atrasaba consultaban el reloj, des- <br/>concertados. Eliza Sommers aprovech aba para practicar con él su cas- <br/>tellano y hacer recuerdos de Chile,  ese  lejano  país  donde  no  había  <br/>puesto los pies en más de treinta  años, pero seguía considerando su  <br/>patria. Comentaban los pormenores  de la guerra y los cambios políti- <br/>cos: después de varias décadas de  gobiernos conservadores, habían  <br/>triunfado los liberales y la lucha para doblegar el poder del clero y con- <br/>seguir reformas había dividido a ca da familia chilena. La mayoría de los  <br/>hombres, por católicos que fueran,  ansiaban modernizar al país, pero  <br/>las mujeres, mucho más religiosas, se  volvían contra sus padres y es- <br/>posos por defender a la iglesia. Se gún explicaba Nívea en sus cartas,  <br/>por muy liberal que fuera el gobierno , la suerte de los pobres seguía  <br/>siendo la misma, y agregaba que, tal como siempre, las mujeres de cla- <br/>  52<br/><br/><br/>Page No 53<br/><br/>se alta y el clero manipulaban las cuerdas del poder. Separar a la iglesia  <br/>del Estado era sin duda un gran pa so adelante, escribía la muchacha a  <br/>espaldas del cían Del Valle, que no  toleraba ese tipo de ideas, pero  <br/>siempre eran las mismas familias  quienes controlaban la situación.  <br/>«Fundemos otro partido, Severo, uno  que busque justicia e igualdad»,  <br/>escribía, animada por sus conversaci ones clandestinas con sor María  <br/>Escapulario.  <br/>En el sur del continente la Guerra del Pacífico continuaba, cada vez más  <br/>cruenta, mientras los ejércitos chile nos se aprontaban para iniciar la  <br/>campaña en el desierto del norte,  un territorio tan agreste e inhóspito  <br/>como la luna, donde abastecer a las tr opas resultaba tarea titánica. La  <br/>única forma de llevar a los soldados  hasta los sitios donde se librarían  <br/>las batallas era por mar, pero la escu adra peruana no estaba dispuesta  <br/>a permitirlo. Severo del Valle pensaba que la guerra iba definiéndose en  <br/>favor de Chile, cuya organización y ferocidad parecían imbatibles. No  <br/>era sólo armamento y carácter guerre ro los que determinarían el resul- <br/>tado del conflicto, explicaba a Eliza Sommers, sino el ejemplo de un pu- <br/>ñado de hombres heroicos que logró enardecer el alma de la nación.  <br/>–Creo que la guerra se decidió en  mayo, señora, en un combate naval  <br/>frente al puerto de Iquique. Allí una vetusta fragata chilena peleó contra  <br/>una fuerza peruana muy superior. Al  mando iba Arturo Prat, un joven  <br/>capitán muy religioso y más bien tími do, que no participaba en las pa- <br/>rrandas y calaveradas del ambiente  militar, tan poco distinguido que  <br/>sus superiores no confiaban en su valor. Ese día se convirtió en el héroe  <br/>que galvanizó el espíritu de todos los chilenos.  <br/>Eliza conocía los detalles, los había  leído en un ejemplar atrasado del  <br/>Times de Londres, donde el episodio fue descrito como «... uno de los  <br/>combates más gloriosos que jamás ha yan tenido lugar; un viejo buque  <br/>de madera, casi cayéndose a pedazos, sostuvo la acción durante tres  <br/>horas y medía contra una batería de  tierra y un poderoso acorazado y  <br/>concluyó con su bandera al tope». El buque peruano al mando del almi- <br/>rante Miguel Grau, también un héroe  de su país, embistió a toda mar- <br/>cha a la fragata chilena, atravesánd ola con su espolón, momento que  <br/>aprovechó el capitán Prat para salt ar al abordaje seguido por uno de  <br/>sus hombres. Ambos murieron minutos después, baleados sobre la cu- <br/>bierta enemiga. Con el segundo espolonazo saltaron varios más, emu- <br/>lando a su jefe, y también perecieron  acribillados; al final tres cuartos  <br/>de, la tripulación sucumbieron antes  de que la fragata se hundiera. Tan  <br/>disparatado heroísmo transmitió valo r a sus compatriotas e impresionó  <br/>tanto a sus enemigos, que el Almirant e Grau repetía atónito «¡Cómo se  <br/>baten estos chilenos!».  <br/><br/>  53<br/><br/><br/>Page No 54<br/><br/>–Grau es un caballero. Recogió personalmente la espada y las prendas  <br/>de Prat y se las devolvió a la viuda –contó Severo–, y agregó que a par- <br/>tir de esa batalla la consigna sagrada en Chile era «luchar hasta vencer  <br/>o morir», como aquellos valientes.  <br/>–Y usted, Severo, ¿no piensa ir a la guerra? –le preguntó Eliza.  <br/>–Si, lo haré muy pronto –replicó el  joven avergonzado, sin saber qué  <br/>esperaba para cumplir con su deber. Entretanto Lynn fue engordando  <br/>sin perder ni un ápice de su gracia o  su belleza. Dejó de usar los vesti- <br/>dos que ya no le cruzaban y se acom odó en las alegres túnicas de seda  <br/>compradas en Chinatown. Salía muy po co, a pesar de la insistencia de  <br/>su padre de que caminara . A veces Severo del Valle la recogía en coche  <br/>y la llevaba a pasear al Parque Pres idio o a la playa, donde se instala- <br/>ban sobre un chal a merendar y leer, él  sus periódicos y libros de leyes,  <br/>ella las novelas románticas en cuyos  argumentos ya no creía, pero que  <br/>aún le servían de refugio. Severo viv ía al día, de visita en visita a casa  <br/>de los Chien, sin otro objetivo que ver a Lynn. Ya no le escribía a Nívea.  <br/>Muchas veces había tomado la plum a para confesarle que amaba a  <br/>otra, pero destruía las cartas sin enviarlas porque no encontraba las pa- <br/>labras para romper con su novia sin  herirla de muerte. Además Lynn no  <br/>le había dado jamás señales que pudi eran servirle de punto de partida  <br/>para imaginar un futuro con ella. No  hablaban de Matías, tal como éste  <br/>jamás se refería a Lynn, pero la pregunta estaba siempre suspendida en  <br/>el aire. Severo se cuidó de no mencionar en casa de sus tíos su nueva  <br/>amistad con los Chien y supuso que nadie lo sospechaba, excepto el es- <br/>tirado mayordomo Williams, a quien no  tuvo que decírselo, porque lo  <br/>supo igual como sabía todo lo que ocurría en aquel palacete. Severo lle- <br/>vaba dos meses llegando tarde y con  una sonrisa idiota pegada en la  <br/>cara, cuando Williams lo condujo al desván y a la luz de una lámpara de  <br/>alcohol le mostró un bulto envuelto  en sábanas. Al descubrirlo se vio  <br/>que era una cuna resplandeciente.  <br/>–Es de plata labrada, plata de las mi nas de los señores en Chile. Aquí  <br/>han dormido todos los niños de esta  familia. Si quiere se la lleva –fue  <br/>todo lo que dijo.  <br/>Avergonzada, Paulina del Valle no ap areció más por el salón de té, in- <br/>capaz de pegar los trozos de su  larga amistad con Eliza Sommers,  <br/>hecha añicos. Debió renunciar a los du lces chilenos, que durante años  <br/>habían sido su debilidad, y resignarse a la pastelería francesa de su co- <br/>cinero. Su fuerza avasalladora, tan út il para barrer con los obstáculos y  <br/>cumplir sus propósitos, ahora se vo lvía en su contra; condenada a la  <br/>parálisis, se consumía de impaciencia,  el corazón le daba brincos en el  <br/>pecho. «Los nervios me están mata ndo, Williams», se quejaba, conver- <br/>tida en una mujer achacosa por pr imera vez. Razonaba que con un ma- <br/>  54<br/><br/><br/>Page No 55<br/><br/>rido infiel y tres hijos tarambanas lo más probable era que hubiera un  <br/>buen número de niños ¡legítimos con su sangre desparramados por aquí  <br/>y por allá, no había para que atorme ntarse tanto; sin embargo, esos  <br/>bastardos hipotéticos carecían de nomb re y rostro, en cambio a éste lo  <br/>tenía ante las narices. ¡Si al menos no hubiera sido Lynn Sommers! No  <br/>podía olvidar la visita de Eliza y es e chino cuyo nombre no lograba re- <br/>cordar; la visión de esa digna pare ja en su salón la penaba. Matías  <br/>había seducido a la chica, ninguna argucia de la lógica o la conveniencia  <br/>podía rebatir esa verdad que su intu ición aceptó desde el primer mo- <br/>mento. Las negativas de su hijo y  sus comentarios sarcásticos sobre la  <br/>escasa virtud de Lynn sólo habían re forzado su convicción. El niño que  <br/>esa joven llevaba en el vientre provocaba en ella un huracán de senti- <br/>mientos ambivalentes, por un lado una  ira sorda contra Matías y por  <br/>otro una inevitable ternura por ese primer nieto o nieta. Apenas Felicia- <br/>no regresó de su viaje, le contó lo ocurrido.  <br/>–Estas cosas pasan a cada rato, Pa ulina, no hay necesidad de armar  <br/>una tragedia. La mitad de los chiqu illos de California son bastardos. Lo  <br/>importante es evitar el escándalo  y cerrar filas en torno a Matías. La  <br/>familia está primero –fue la opinión de Feliciano.  <br/>–Ese niño es de nuestra familia –arguyó ella.  <br/>–¡Aún no ha nacido y ya lo incl uyes! Conozco a esa tal Lynn Sommers.  <br/>La vi posando casi desnuda en el  taller de un escultor, exhibiéndose al  <br/>centro de una rueda de hombres,  cualquiera de ellos puede ser su  <br/>amante ¿Es que no lo ves?  <br/>–Eres tú quien no lo ve, Feliciano.  <br/>–Esto se puede convertir en un chan taje de nunca acabar. Te prohíbo  <br/>que tengas el menor contacto con es a gente y si se acercan por aquí,  <br/>yo me haré cargo del asunto –resolvió Feliciano en un santiamén.  <br/>A partir de ese día Paulina no volvió a mencionar el tema delante de su  <br/>hijo o su marido, pero no pudo contenerse y terminó confiando en el fiel  <br/>Williams, quien poseía la virtud de escu charla hasta el final y no dar su  <br/>opinión, a menos que se la solicitar a. Si pudiera ayudar a Lynn Som- <br/>mers se sentiría un poco mejor, pens aba, pero por una vez su fortuna  <br/>no servía de nada.  <br/>Esos meses fueron desastrosos para  Matías, no sólo el lío con Lynn le  <br/>alborotaba la bilis, también se le acen tuó tanto el sufrimiento en las ar- <br/>ticulaciones, que ya no pudo prac ticar esgrima y debió renunciar tam- <br/>bién a otros deportes. Solía despertar tan adolorido que se preguntaba  <br/>si no habría llegado ya el momento de  contemplar el suicidio, idea que  <br/>alimentaba desde que supo el nombre  de su mal, pero cuando salía de  <br/>la cama y empezaba a moverse se sentía mejor, entonces retornaba  <br/>con nuevos bríos su gusto por la vida . Se le hinchaban las muñecas y  <br/>  55<br/><br/><br/>Page No 56<br/><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=31099&amp;a=1370685&amp;g=16252330"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16252330)a(1370685)" /></a><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16637176"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16637176)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16625516"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16625516)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16646874">Descarga gratuita</a><img src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(inv)g(16646874)a(1370685)" /><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16626448">Club Zed</a><img src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(inv)g(16626448)a(1370685)" /></p><br/><br/><a href="http://blogs.ya.com/obraallende/"><span style="color: #000000">Obra de Allende</span></a><br/><a href="http://blogs.ya.com/allende/"><span style="color: #000000">Allende</span></a><br/><a href="http://caballodetroya2.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya 2</span></a> <br/><a href="http://historiadeespanasigloxx.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Historia de España siglo XX</span></a><br/><a href="http://caballodetroya7.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya 7</span></a> <a href="http://www.paratorpes.es/"><span style="color: #000000">Paratorpes </span></a><a href="http://elalquimista.blog.com/"><span style="color: #000000">El alquimista</span></a> <a 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mágicos</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://caballodetroya100.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://personal.telefonica.terra.es/web/valdeandemagico/"><span style="color: #000000">Magia</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.blogspot.com/"><span style="color: #000000">rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://superviaje.blog.com/"><span style="color: #000000">Viajes</span></a> <a href="http://superhotel.blog.com/"><span style="color: #000000">Hoteles</span></a> <a href="http://reflexionescanarias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Reflexiones canarias</span></a><br/> <br/></p><br/><div><br/><span style="font-size: 9pt; font-family: Verdana"><span></span></span><br/></div><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/obraallende/c_23.htm"><title><![CDATA[.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obraallende/c_23.htm]]></link><description><![CDATA[las rodillas, le temblaban las manos y  el opio dejó de ser una diversión  <br/>en Chinatown para convertirse en  una necesidad. Fue Amanda Lowell,  <br/>su buena compañera de jarana y única confidente, quien le enseñó las  <br/>ventajas de inyectarse morfina, más efectiva, limpia y elegante que una  <br/>pipa de opio: una dosis mínima y al instante la angustia desaparecía  <br/>para dar paso a la paz.  <br/>El escándalo del bastardo en camino  terminó de arruinarle el ánimo y a  <br/>mediados del verano anunció de pronto que partía en los próximos días  <br/>a Europa, a ver si un cambio de air e, las aguas termales de Italia y los  <br/>médicos ingleses podían aliviar sus  síntomas. No añadió que pensaba  <br/>encontrarse con Amanda Lowell en Nu eva York para continuar la trave- <br/>sía juntos, porque su nombre jamás se pronunciaba en la familia, donde  <br/>el recuerdo de la escocesa pelirroja  provocaba indigestión a Feliciano y  <br/>una rabia sorda a Paulina. No sólo  sus achaques y el deseo de alejarse  <br/>de Lynn Sommers motivaron el viaje precipitado de Matías, sino nuevas  <br/>deudas de juego, como se supo poco  después– de su partida, cuando  <br/>un par de chinos circunspectos aparecieron en la oficina de Feliciano pa- <br/>ra advertirle con la mayor cortesía–,  que o bien pagaba la cifra que su  <br/>hijo debía, con los intereses del ca so, o algo francamente desagradable  <br/>sucedería a algún miembro de su honorable familia. Por toda respuesta  <br/>el magnate los hizo sacar en vilo de  su oficina y lanzar a la calle, luego  <br/>llamó a Jacob Freemont, el periodista , experto en los bajos mundos de  <br/>la ciudad. El hombre lo escuchó con simpatía, porque era buen amigo  <br/>de Matías, y enseguida lo acompañó a ver al jefe de la policía, un aus- <br/>traliano de turbia fama que le debía ci ertos favores, y le pidió que re- <br/>solviera el asunto a su modo. «El  único modo que conozco es pagan- <br/>do», replicó el oficial, y procedió a  explicar cómo con los tongs de Chi- <br/>natown no se metía nadie. Le había  tocado recoger cuerpos abiertos de  <br/>arriba abajo, con las vísceras nítida mente empacadas en una caja a su  <br/>lado. Eran venganzas entre celestiale s, por supuesto, añadió; con los  <br/>blancos al menos procuraban que pareci era accidente. ¿No se había fi- <br/>jado cuánta gente moría quemada en inexplicables incendios, destroza- <br/>da por patas de caballos en una c alle solitaria, ahogada en las aguas  <br/>tranquilas de la bahía o aplastada po r ladrillos que caían de modo inex- <br/>plicable desde un edificio en const rucción? Feliciano Rodríguez de Santa  <br/>Cruz pagó.  <br/>Cuando Severo del Valle notificó a Lynn Sommers que Matías había par- <br/>tido a Europa sin planes de regresar en un futuro cercano, se echó a llo- <br/>rar y siguió haciéndolo durante cinco días, a pesar de los tranquilizantes  <br/>administrados por Tao-Chien, hasta que su madre le dio dos bofetones  <br/>en la cara y la obligó a enfrentar  la realidad. Había cometido una im- <br/>prudencia y ahora no tenía más re medio que pagar las consecuencias;  <br/>  56<br/><br/><br/>Page No 57<br/><br/>ya no era una chiquilla, iba a ser ma dre y debía estar agradecida de te- <br/>ner una familia dispuesta a ayudarla,  porque otras en su condición aca- <br/>baban tiradas en la calle ganándose  la vida de mala manera, mientras  <br/>sus bastardos iban a parar a un orfe linato; había llegado la hora de  <br/>aceptar que su amante se había he cho humo, tendría que hacer de ma- <br/>dre y padre para el crío y madurar de  una vez por todas, porque en esa  <br/>casa ya estaban hartos de soportar  sus caprichos; llevaba veinte años  <br/>recibiendo a manos llenas; no pe nsara que iba a pasar la existencia  <br/>echada en una cama quejándose; a limpiarse la nariz y vestirse, porque  <br/>iban a salir a caminar y así lo harían  dos veces al día sin falta lloviera o  <br/>tronara, ¿había oído? Si, Lynn había oído hasta el final con los ojos des- <br/>orbitados por la sorpresa y las mejillas ardiendo por las únicas cacheta- <br/>das que había recibido en su vida. Se  vistió y obedeció muda. A partir  <br/>de ese momento la cordura le cayó  encima de golpe y porrazo, asumió  <br/>su suerte con pasmosa serenidad, no  volvió a quejarse, se tragó los  <br/>remedios de Tao-Chien, daba larga s caminatas con su madre y hasta  <br/>fue capaz de reírse a carcajadas cuan do supo que el proyecto de la es- <br/>tatua de La República se había ido al carajo, como explicó su hermano  <br/>Lucky, pero no sólo por falta de mode lo, sino porque el escultor se es- <br/>capo al Brasil con la plata.  <br/>A finales de agosto Severo del Valle  se atrevió por fin a hablar de sus  <br/>sentimientos con Lynn Sommers. Para  entonces ella se sentía pesada  <br/>como un elefante y no reconocía su pr opia cara en el espejo, pero a los  <br/>ojos de Severo estaba más bella que nunca. Volvían acalorados de un  <br/>paseo y él sacó su pañuelo para seca rle a ella la frente y el cuello, pero  <br/>no alcanzó a terminar el gesto. Sin  saber cómo se encontró inclinado,  <br/>sujetándola con firmeza por los hombros y besándola en la boca en ple- <br/>na calle. Le pidió que se casaran y  ella le explicó con toda sencillez que  <br/>nunca amaría a otro hombre, sólo a Matías Rodríguez de Santa Cruz.  <br/>–No le pido que me ame, Lynn, el ca riño que yo siento por usted alcan- <br/>za para los dos –replicó Severo en  la forma algo ceremoniosa en que  <br/>siempre la trataba–. El bebé necesita un padre. Deme la oportunidad de  <br/>protegerlos a ambos y le prometo que  con el tiempo llegaré a ser digno  <br/>de su cariño.  <br/>–Dice mi padre que en China las parejas se casan sin conocerse y  <br/>aprenden a amarse después, pero es toy segura de que no sería mi ca- <br/>so, Severo. Lo lamento mucho... –replicó ella.  <br/>–No tendrá que vivir conmigo, Lynn.  Apenas usted dé a luz me iré a  <br/>Chile. Mi país está en guerra y ya he postergado demasiado mi deber.  <br/>–¿Y si no vuelve de la guerra?  <br/><br/>  57<br/><br/><br/>Page No 58<br/><br/>–Al menos su hijo tendrá mi apellido y la herencia de mi padre, que aún  <br/>tengo. No es mucha, pero será suficiente para educarse. Y usted, queri- <br/>da Lynn, tendrá respetabilidad...  <br/>Esa misma noche Severo del Valle  escribió a Nívea la carta que no  <br/>había podido escribirle antes. Se lo dijo en cuatro frases, sin preámbu- <br/>los ni excusas, porque comprendió que ella no lo toleraría de otro mo- <br/>do. Ni siquiera se atrevió a pedirle  perdón por el desgaste en amor y  <br/>tiempo que esos cuatro años de no viazgo epistolar significaban para  <br/>ella, porque esas cuentas mezquina s resultaban indignas del corazón  <br/>generoso de su prima. Llamó a un criado para que pusiera la carta en el  <br/>correo al día siguiente y luego se ec hó vestido sobre la cama, extenua- <br/>do. Durmió sin sueños por primera vez en mucho tiempo.   <br/>Un mes más tarde Severo del Valle  y Lynn Sommers se casaron en una  <br/>breve ceremonia, en presencia de  la familia de ella y de Williams, único  <br/>miembro de su casa a quien Severo  invitó. Sabía que el mayordomo se  <br/>lo diría a su tía Paulina y decidió es perar que ella diera el primer paso  <br/>preguntándoselo. No lo anunció a nadi e, porque Lynn le había pedido la  <br/>mayor discreción hasta después que naciera el niño y hubiera recupera- <br/>do su aspecto normal; no se atrev ía a presentarse con ese vientre de  <br/>zapallo y la cara salpicada de mancha s, dijo. Esa noche Severo se des- <br/>pidió de su flamante mujer con un  beso en la frente y partió como  <br/>siempre a dormir en su cuarto de soltero.  <br/>Esa misma semana se libró en las aguas del Pacifico otra batalla naval y  <br/>la escuadra chilena inutilizó los dos  acorazados enemigos. El almirante  <br/>peruano, Miguel Grau, el mismo cab allero que meses antes devolviera  <br/>la espada del capitán Prat a su viuda, murió tan heroicamente como és- <br/>te. Para el Perú fue un desastre, porq ue al perder el control marítimo  <br/>las comunicaciones quedaron cortad as y sus ejércitos fraccionados y  <br/>aislados. Los chilenos se adueñaron de l mar, pudieron transportar sus  <br/>tropas hasta los puntos neurálgicos del norte y cumplir el plan de avan- <br/>zar por territorio enemigo hasta ocupar Lima. Severo del Valle seguía  <br/>las noticias con la misma pasión del  resto de sus compatriotas en los  <br/>Estados Unidos, pero su amor por Ly nn superaba con creces su patrio- <br/>tismo y no adelantó su viaje de regreso.  <br/>En la madrugada del segundo lunes  de octubre amaneció Lynn con la  <br/>camisa empapada y dio un grito de  horror, porque creyó haberse orina- <br/>do. «Mala cosa, se rompió la bolsa demasiado pronto», dijo Tao-Chien a  <br/>su mujer, pero ante su hija se  presentó sonriente y tranquilo. Diez  <br/>horas después, cuando las contracciones eran apenas perceptibles y la  <br/>familia estaba agotada de jugar mah–jong para distraer a Lynn, Tao- <br/>Chien decidió echar mano de sus hi erbas. La futura madre bromeaba  <br/>desafiante: ¿eran ésos los dolores de parto de los cuales tanto la habían  <br/>  58<br/><br/><br/>Page No 59<br/><br/>advertido? Resultaban más soportables que los retortijones de barriga  <br/>producidos por la comida china, di jo. Estaba más aburrida que incomo- <br/>da y tenía hambre, pero su padre sólo  le permitió tomar agua y las ti- <br/>sanas de hierbas medicinales, mien tras le aplicaba acupuntura para  <br/>acelerar el alumbramiento. La combin ación de drogas y agujas de oro  <br/>surtió efecto y al anochecer, cuando  se presentó Severo del Valle a su  <br/>visita diaria, encontró a Lucky en  la puerta, demudado, y la casa sacu- <br/>dida por los gemidos de Lynn y el  alboroto de una comadrona china,  <br/>que hablaba a gritos y corría con trapos y jarros de agua. Tao-Chien to- <br/>leraba a la comadrona porque en es e campo ella tenía más experiencia  <br/>que él, pero no le permitió que to rturara a Lynn sentándosele encima o  <br/>dándole puñetazos en el vientre, co mo pretendía. Severo del Valle se  <br/>quedó en la sala, aplastado contra la pared tratando de pasar desaper- <br/>cibido. Cada quejido de Lynn le talad raba el alma; deseaba huir lo más  <br/>lejos posible, pero no podía moverse  de su rincón ni articular palabra.  <br/>En eso vio aparecer a Tao-Chien, im pasible, vestido con su pulcritud  <br/>habitual.  <br/>–¿Puedo esperar aquí? ¿No molesto? ¿Cómo puedo ayudar? –balbuceó  <br/>Severo, secándose la transpiración que le corría por el cuello.  <br/>–No molesta en absoluto, joven, pe ro no puede ayudar a Lynn, tiene  <br/>que hacer su trabajo sola. En cambio puede ayudar a El¡za, que está un  <br/>poco alterada.  <br/>Eliza Sommers había pasado por la fatiga de dar a luz y sabía, como to- <br/>da mujer, que ese era el umbral de  la muerte. Conocía el viaje esforza- <br/>do y misterioso en que el cuerpo se  abre para dar paso a otra vida; re- <br/>cordaba el momento en que se empieza a rodar sin frenos por una pen- <br/>diente, pulsando y pujando fuera de co ntrol, el terror, el sufrimiento y  <br/>el asombro inaudito cuando por fin  se desprende el niño y aparece a la  <br/>luz.   <br/>Tao-Chien, con toda su sabiduría de zhong–y¡, tardó más que ella en  <br/>darse cuenta de que algo andaba muy  mal en el caso de Lynn. Los re- <br/>cursos de la medicina china habían provocado fuertes contracciones,  <br/>pero la criatura venía mal colocada y estaba trancada por los huesos de  <br/>su madre. Era un parto seco y difícil,  como explicó Tao-Chien, pero su  <br/>hija era fuerte y todo era cuestión  de que Lynn mantuviera la calma y  <br/>no se cansara más de lo necesario;  era una carrera de resistencia, no  <br/>de velocidad, agregó. En una pausa, Eliza Sommers, tan agotada como  <br/>la misma Lynn, salió de la habitación  y se encontró con Severo en un  <br/>pasillo. Le hizo un gesto y él la sigu ió, desconcertado, al cuartito del al- <br/>tar, donde no había estado antes.  Sobre una mesa baja había una sen- <br/>cilla cruz, una pequeña estatua de  Kuan–Yin, diosa china de la compa- <br/>sión, y al centro un vulgar dibujo a  tinta de una mujer con una túnica  <br/>  59<br/><br/><br/>Page No 60<br/><br/>verde y dos flores sobre las orejas. Vio un par de velas encendidas y  <br/>platillos con azua, arroz y pétalos de fl ores. Eliza se arrojillo ante el al- <br/>tar sobre un cojín de seda color naranja y pidió a Cristo, a Buda y al es- <br/>píritu de Lin, la primera esposa, que  acudieran a ayudar a su hija en el  <br/>parto. Severo se quedó de pie at rás–, murmurando sin pensar las ora- <br/>ciones católicas aprendidas en su in fancia. Así estuvieron un buen rato,  <br/>unidos por el miedo y el  amor a  Lynn, hasta que Tao-Chien llamó a su  <br/>mujer para que lo ayudara, porque  había despedido a la comadrona y  <br/>se disponía a dar vuelta al bebé y sacarlo a mano. Severo se quedó con  <br/>Lucky fumando en la puerta, mientr as Chinatown despertaba poco a  <br/>poco.  <br/>En la madrugada del martes nació la  criatura. La madre, mojada en su- <br/>dor y temblando, luchaba por dar a luz,  pero ya no gritaba, se limitaba  <br/>a jadear, atenta a las indicaciones de su padre. Por fin apretó los dien- <br/>tes, se aferró a los barrotes de la  cama con una decisión brutal, enton- <br/>ces asomó un mechón de pelo oscuro . Tao-Chien cogió la cabeza y tiró  <br/>con firmeza y suavidad hasta que salieron los hombros, giró el cuerpeci- <br/>to y lo extrajo rápidamente con un  solo movimiento, mientras con la  <br/>otra mano desprendía la tripa morada en torno al cuello. Eliza Sommers  <br/>recibió un pequeño bulto ensangrentado, una niña minúscula, con la ca- <br/>ra aplastada y la piel azul. Mientras Tao-Chien cortaba el cordón y se  <br/>afanaba con la segunda parte del pa rto, la abuela limpió a la nieta con  <br/>una esponja y le palmoteo la esp alda hasta que empezó a respirar.  <br/>Cuando oyó el grito que anunciaba el ingreso al mundo y comprobó que  <br/>adquiría un color normal, la colocó so bre el vientre de Lynn. Exhausta,  <br/>la madre se irguió sobre un codo para  recibirla, mientras su cuerpo se- <br/>guía pulsando, y se la puso al pecho, besándola y dándole la bienvenida  <br/>en una mezcolanza de inglés, español, chino y palabras inventadas. Una  <br/>hora más tarde Eliza llamó a Severo  y a Lucky para que conocieran a la  <br/>niña. La encontraron durmiendo apac ible en la cuna de plata labrada  <br/>que había pertenecido a los Rodrígue z de Santa Cruz, vestida de seda  <br/>amarilla, con un gorro rojo, que le da ba el aspecto de un duende dimi- <br/>nuto. Lynn dormitaba, pálida y tran quila, entre sábanas limpias, y Tao- <br/>Chien, sentado a su lado, vigilaba su pulso.  <br/>–¿Qué nombre le pondrán? –preguntó Severo del Valle, conmovido.  <br/>–Lynn y usted deben decidirlo –replicó Eliza.  <br/>–¿YO?  <br/>–¿No es usted el padre? –pregunt ó Tao-Chien haciéndole un guiño de  <br/>burla.  <br/>–Se llamara Aurora porque nació al  amanecer –murmuró Lynn sin abrir  <br/>los ojos.  <br/><br/>  60<br/><br/><br/>Page No 61<br/><br/>–Su nombre en chino es La¡–Ming,  quiere decir amanecer –dijo Tao- <br/>Chien.  <br/>–Bienvenida al mundo La¡–Ming, Auro ra del Valle... –sonrió Severo, be- <br/>sando a la chiquita en la frente, seg uro de que ése era el día más feliz  <br/>de su vida y esa criatura arrugada vestida de muñeca china era tan hija  <br/>suya como si en verdad llevara su sangre. Lucky tomó a su sobrina en  <br/>brazos y procedió a soplarle su alient o de tabaco y salsa de soya en la  <br/>cara.  <br/>–¡Qué haces! –exclamó la abuela, trat ando de arrebatársela de las ma- <br/>nos.  <br/>–Le echo aire para traspasarle mi bu ena suerte. ¿Qué otro regalo que  <br/>valga la pena puedo dar a La¡–Ming ? –se rió el tío.  <br/>A la hora de la cena, cuando llegó Se vero del Valle a la mansión de Nob  <br/>Hill con la noticia de que se había casado con Lynn Sommers hacía una  <br/>semana y que ese día había nacido su  hija, el desconcierto de sus tíos  <br/>fue como si hubiera depositado un  perro muerto sobre la mesa del co- <br/>medor.  <br/>–¡Y todos echándole la culpa a Matías! Siempre supe que él no era el  <br/>padre, pero nunca imagine que fueras  tú –escupió Feliciano apenas se  <br/>repuso un poco de la sorpresa.  <br/>–No soy el padre biológico, pero soy el padre legal. La niña se llama Au- <br/>rora del Valle –aclaró Severo.  <br/>¡Esto es un atrevimiento imperdonable ! ¡Has traicionado a esta familia,  <br/>que te acogió como un hijo! –bramó su tío.  <br/>–No he traicionado a nadie. Me he casado por amor.  <br/>–Pero, ¿no estaba enamorada de Matías esa mujer?  <br/>–Esa mujer se llama Lynn y es mi es posa, le exijo que la trate con el  <br/>debido respeto –dijo Severo secamente, poniéndose de pie.  <br/>–¡Eres un idiota, Severo, un completo  idiota! –lo insultó Feliciano, sa- <br/>liendo a grandes trancos furiosos del comedor.  <br/>El impenetrable Williams, quien entr aba en ese momento a supervisar  <br/>el servicio de los postres, no pudo evitar una rápida sonrisa de compli- <br/>cidad antes de retirarse discretamente. Paulina oyó incrédula la explica- <br/>ción de Severo de que dentro de uno s días partiría a la guerra en Chile,  <br/>Lynn se quedaría viviendo con sus padr es en Chinatown y, si las cosas  <br/>resultaban bien, regresaría en el fut uro para asumir su papel de esposo  <br/>y padre.  <br/>–Siéntate, sobrino, hablemos como la gente. Matías es el padre de esa  <br/>niña, ¿verdad?  <br/>–Pregúnteselo a él, tía.  <br/><br/>  61<br/><br/><br/>Page No 62<br/><br/>–Ya veo. Te casaste para sacar la cara  por Matías. Mi hijo es un cínico y  <br/>tú eres un romántico... ¡Mira que arrui nar tu vida por una quijotada! – <br/>exclamó Paulina.  <br/>Se equivoca, tía. No he arruinado mi vida, por el contrario, creo que és- <br/>ta es mi única oportunidad de ser feliz.  <br/>–¿Con una mujer que ama a otro? ¿Con una hija que no es tuya?  <br/>–El tiempo ayudará. Si vuelvo de la guerra, Lynn aprenderá a quererme  <br/>y la niña creerá que soy su padre.  <br/>–Matías puede volver antes que tú anotó ella.  <br/>Eso no cambiaría nada.  <br/>–A Matías le bastaría una palabra pa ra que Lynn Sommers lo siga hasta  <br/>el fin del mundo.  <br/>–Es un riesgo inevitable –replicó Severo.  <br/>–Has perdido la cabeza, sobrino. Esa  gente no es de nuestro medio so- <br/>cial –decretó Paulina Del Valle.  <br/>–Es la familia más decente que conozco tía, –le aseguró Severo.  <br/>–Veo que no has aprendido nada conm igo. Para triunfar en este mundo  <br/>hay que sacar cuentas antes de actu ar. Eres un abogado con un futuro  <br/>brillante y llevas uno de los apellidos más antiguos de Chile. ¿Crees que  <br/>la sociedad aceptará a tu mujer? ¿Y  tu prima Nívea, no está esperándo- <br/>te acaso? –preguntó Paulina.  <br/>–Eso terminó –dijo Severo.  <br/>–Bueno, ya metiste la pata a fondo,  Severo, supongo que es tarde para  <br/>arrepentimientos. Vamos a tratar de  componer las cosas hasta donde  <br/>podamos. El dinero y la posición so cial cuentan mucho aquí y en Chile.  <br/>Te ayudaré como pueda, por algo soy la abuela de esa niña ¿cómo dijis- <br/>te que se llama?  <br/>–Aurora, pero sus abuelos le dicen La¡-Ming  <br/>–Lleva el apellido Del Valle, es mi de ber ayudarla, en vista de que Matí- <br/>as se ha lavado las manos en este lamentable asunto.  <br/>–No será necesario, tía. He dispuesto todo para que Lynn reciba el dine- <br/>ro de mi herencia.  <br/>–La plata nunca está de más. Al menos podré ver a mi nieta, ¿verdad?  <br/>Se lo preguntaremos a Lynn y sus padres –prometió Severo del Valle.  <br/>Estaban todavía en el comedor cuando apareció Williams con un mensa- <br/>je urgente anunciando que Lynn hab ía sufrido una hemorragia y temían  <br/>por su vida, que acudiera de inmediato. Severo salió disparado rumbo a  <br/>Chinatown. Al llegar a la casa de lo s Chien encontró a la pequeña fami- <br/>lia reunida en torno a la cama de Ly nn, tan quietos que parecían estar  <br/>posando para un cuadro trágico. Por  un instante lo sacudió una loca es- <br/>peranza al ver todo limpio y ordenado , sin rastros del parto, nada de  <br/><br/>  62<br/><br/><br/>Page No 63<br/><br/>paños sucios ni olor a sangre, pero  luego vio la expresión de dolor en  <br/>los rostros de Tao, Eliza y Lucky.  <br/>En la habitación el aire se había vu elto liviano; Severo aspiró honda- <br/>mente, ahogándose, como en la cumb re de una montaña. Se acercó  <br/>temblando al lecho y vio a Lynn tendida con las manos sobre el pecho,  <br/>los párpados cerrados y las facciones transparentes: una bella escultura  <br/>en alabastro color ceniza. Le tomó una mano, dura y fría como hielo, se  <br/>inclinó sobre ella y notó que su resp iración era apenas perceptible y te- <br/>nía los labios y los dedos azules, le  besó la palma en un gesto intermi- <br/>nable, mojándola con sus lágrimas, derrotado por la tristeza. Ella alcan- <br/>zó a balbucear el nombre de Matías  y enseguida suspiró un par de ve- <br/>ces y se fue con la misma ligereza co n que había pasado flotando por  <br/>este mundo. Un silencio absoluto ac ogió al misterio de la muerte y por  <br/>un tiempo imposible de medir esperaron inmóviles, mientras el espíritu  <br/>de Lynn terminaba de elevarse. Severo sintió un alarido largo que sur- <br/>gía del fondo de la tierra y lo tras pasaba desde los pies hasta la boca,  <br/>pero no lograba salir de sus labios.  El grito lo invadió por dentro, lo  <br/>ocupó enteramente y estalló dentro de  su cabeza en una silenciosa ex- <br/>plosión. Se quedó allí, arrodillado  junto a la cama llamando a Lynn sin  <br/>voz, incrédulo ante el destino que  le había arrebatado de sopetón a la  <br/>mujer con la cual soñó por años, llevá ndosela justo cuando creía haber- <br/>la conseguido. Una eternidad más tarde sintió que le tocaban el hombro  <br/>y se encontró con los ojos demudados de Tao-Chien, «está bien, está  <br/>bien», le pareció que murmuraba, y vio más atrás a Eliza Sommers y a  <br/>Lucky, sollozando abrazados, y comprendió que era un intruso en el do- <br/>lor de esa familia. Entonces se acordó de la niña. Fue a la cuna de plata  <br/>tambaleándose como un borracho, to mó a la pequeña Aurora en bra- <br/>zos, la llevó hasta la cama y la acercó al rostro de Lynn, para que dijera  <br/>adiós a su madre. Luego se sentó co n ella en el regazo, meciéndola sin  <br/>consuelo.  <br/>Al enterarse Paulina del Valle de que Lynn Sommers había muerto, tuvo  <br/>una oleada de alegría y alcanzó a emit ir un grito de triunfo, antes de  <br/>que la vergüenza por tan ruin sentimie nto la hiciera aterrizar. Siempre  <br/>había deseado una hija. Desde su  primer embarazo soñó con la niña  <br/>que llevaría su nombre, Paulina, y  sería su mejor amiga y su compañe- <br/>ra. Con cada uno de los tres varone s que dio a luz se sintió estafada,  <br/>pero ahora, en la madurez de su ex istencia, le caía este regalo en la  <br/>falda: una nieta que ella podría criar  como hija, alguien a quien brindar  <br/>todas las oportunidades que el cariño  y el dinero podían ofrecer, pensa- <br/>ba, alguien que la acompañara en  su vejez. Con Lynn Sommers fuera  <br/>del cuadro, ella podía obtener a la criatura en nombre de Matías. Estaba  <br/>celebrando aquel imprevisible golpe de fortuna con una taza de chocola- <br/>  63<br/><br/><br/>Page No 64<br/><br/>te y tres pasteles de crema, cuan do Williams le recordó que legalmente  <br/>la pequeña aparecía como hija de Severo del Valle, única persona con  <br/>derecho a decidir su futuro. Mejor a ún, concluyó ella, porque al menos  <br/>su sobrino estaba allí mismo, mientras  que traer a Matías de Europa y  <br/>convencerlo de reclamar a su hija se ría tarea a largo plazo. No anticipó  <br/>jamás la reacción de Severo cuando le explicó sus planes.  <br/>–Para efectos legales tú eres el padr e, así es que puedes traer a la niña  <br/>mañana mismo a esta casa –dijo Paulina.  <br/>–No lo haré, tía. Los padres de Lynn se quedarán con su nieta mientras  <br/>yo voy a la guerra; quieren criarla y yo  estoy de acuerdo –replicó el so- <br/>brino en un tono terminante, que ella no le había oído antes.  <br/>–¿Estás loco? ¡No podemos dejar a  mi nieta en manos de Eliza Som- <br/>mers y ese chino! –exclamó Paulina.  <br/>–¿Por qué no? Son sus abuelos.  <br/>–¿Quieres que se críe en Chinatown?  <br/>Nosotros podemos darle educación, oportunidades, lujo, un apellido  <br/>respetable. Nada de eso pueden darle ellos.  <br/>–Le darán amor –replicó Severo.  <br/>–¡Yo también! Acuérdate que me de bes mucho, sobrino. Esta es tu  <br/>oportunidad de pagarme y hacer algo por esa niñita.  <br/>–Lo siento, tía, ya está decidido. Aurora se quedará con sus abuelos  <br/>maternos.  <br/>Paulina de Valle tuvo una de las tant as pataletas de su vida. No podía  <br/>creer que ese sobrino a quien supon ía su aliado incondicional, que se  <br/>había convertido en otro hijo para  ella, pudiera traicionarla de manera  <br/>tan vil. Tanto gritó, insultó, razon ó en vano y se sofocó, que Williams  <br/>debió llamar un médico para que le  administrara una dosis de tranquili- <br/>zantes apropiada a su tamaño y la  durmiera por un buen rato. Cuando  <br/>despertó, treinta horas más tarde, su  sobrino ya estaba a bordo del va- <br/>por que lo llevaría a Chile. Entre su  marido y el fiel Williams lograron  <br/>convencerla de que no era el caso recurrir a la violencia, como pensaba,  <br/>porque por muy corrupta que fuera la justicia en San Francisco, no  <br/>había asidero legal para arrebatar el  bebé a los abuelos maternos, te- <br/>niendo en cuenta que el supuesto  padre así lo había determinado por  <br/>escrito. Le sugirieron que tampoco usara el recurso tan manido de ofre- <br/>cer dinero por la chiquilla, porque po día volverse en su contra y darle  <br/>como un piedrazo en los dientes. El único camino posible era la diplo- <br/>macia hasta que volviera Severo de l Valle y entonces podrían llegar a  <br/>un acuerdo, le aconsejaron, pero e lla no quiso oír razones y dos días  <br/>más tarde se presentó en el salón  de té de Eliza Sommers con una pro- <br/>posición que, estaba segura, la otra  abuela no podía rechazar. El¡za la  <br/>recibió de luto por su hija, pero ilumi nada por el consuelo de esa nieta,  <br/>  64<br/><br/><br/>Page No 65<br/><br/>que dormía plácidamente a su lado.  Al ver la cuna de plata que había  <br/>sido de sus hijos instalada junto a  la ventana, Paulina tuvo un sobresal- <br/>to, pero enseguida se acordó que le había dado permiso a Williams para  <br/>entregársela a Severo y se mordió lo s labios, pues no estaba allí para  <br/>pelear por una cuna, por valiosa que  fuese, sino a negociar por su nie- <br/>ta. «No gana quien tiene la razón, si no quien regatea mejor», solía de- <br/>cir. Y en este caso no sólo le parecía evidente que la razón estaba de su  <br/>lado, sino que nadie le ganaba en el arte del regateo.  <br/>Eliza sacó al bebé de la cuna y se lo pasó. Paulina sostuvo aquel minús- <br/>culo paquete, tan liviano que parec ía sólo un envoltorio de trapos, y  <br/>creyó que le estallaba el corazón  con un sentimiento completamente  <br/>nuevo.  <br/>«Dios mío, Dios mío», repitió aterrada ante esa vulnerabilidad descono- <br/>cida que le ablandaba las rodillas y  le atravesaba un sollozo en el pe- <br/>cho. Se sentó en un sillón con su ni eta medio perdida en su enorme re- <br/>gazo, meciéndola, mientras Eliza Somme rs ordenaba el té y los dulces  <br/>que le servía antes, en los tiempos en  que era su más asidua cliente en  <br/>la pastelería. En esos minutos Pau lina Del Valle alcanzó a recuperarse  <br/>de la emoción y a colocar su artillería en postura de ataque. Empezó  <br/>por dar el pésame por la muerte de Lynn y procedió a admitir que su  <br/>hijo Matías era sin duda el padre  de Aurora, bastaba ver a la criatura  <br/>para saberlo: era igual a todos los  Rodríguez de Santa Cruz y del Valle.  <br/>Lamentaba mucho, dijo, que Matías estuviera en Europa por motivos de  <br/>salud y no pudiera reclamar a la niña todavía. Luego planteó su deseo  <br/>de quedarse con la nieta, en vista de que Eliza trabajaba tanto, disponía  <br/>de poco tiempo y de menos recursos  sin duda le sería imposible dar a  <br/>Aurora el mismo nivel de vida que és ta tendría en su casa de Nob Hill.  <br/>Lo d ijo e n e l t ono d e q uien o torga un favor, disimulando la ansiedad  <br/>que le cerraba la garganta y el te mblor de las manos. Elíza Sommers  <br/>replicó que agradecía tan generosa pr oposición pero estaba segura de  <br/>que con Tao-Chien podían hacerse cargo de La¡–Ming, tal como Lynn les  <br/>había pedido antes de morir. Por su puesto, agregó, Paulina sería siem- <br/>pre bienvenida en la vida de la niña.  <br/>–No debemos crear confusión respec to a la paternidad de La¡–Ming – <br/>añadió Eliza Sommers–. Tal como usted y su hijo aseguraron hace unos  <br/>meses, él no tuvo nada que ver co n Lynn. Recordará que su hijo mani- <br/>festó claramente que el padre de la niña podía ser cualquiera de sus  <br/>amigos.  <br/>Son cosas que se dicen en el calor de  la discordia, Eliza. Matías lo dijo  <br/>sin pensar... –balbuceó Paulina.  <br/>–El hecho de que Lynn se casara con el señor Severo del Valle prueba  <br/>que su hijo decía la verdad, Paulina.  Mi nieta. no tiene lazos de sangre  <br/>  65<br/><br/><br/>Page No 66<br/><br/>con usted, pero le repito que pued e verla cuando desee. Mientras más  <br/>personas le tengan cariño, mejor para ella.  <br/>En la medía hora siguiente las dos  mujeres se enfrentaron como gladia- <br/>dores, cada una en su estilo. Pau lina del Valle pasó de la zalamería al  <br/>hostigamiento, del ruego al recurso  desesperado del soborno y cuando  <br/>todo le falló, a la amenaza, sin que  la otra abuela se moviera ni medio  <br/>centímetro de su posición, except o para tomar suavemente a la peque- <br/>ña y devolverla a la cuna. Paulina no supo cuándo se le fue la rabia a la  <br/>cabeza, perdió por completo el cont rol de la situación y acabó chillando  <br/>que ya iba a ver Eliza Sommers quié nes eran los Rodríguez de Santa  <br/>Cruz, cuánto poder tenían en esa ci udad y cómo podían arruinarle su  <br/>estúpido negocio de pasteles y a su  chino también, que a nadie le con- <br/>venía convertirse en enemiga de Pa ulina del Valle y que tarde o tem- <br/>prano le quitaría a la chiquilla, que  de eso podía estar completamente  <br/>segura, porque aún no había nacido  quien se le pusiera por delante. De  <br/>un manotazo barrió con las finas tazas de porcelana y los dulces chile- <br/>nos, que aterrizaron por el suelo en  una nube de azúcar impalpable, y  <br/>salió bufando como un toro de lidia.  Una vez en el coche, con la sangre  <br/>agolpada en las sienes y el corazón  pateándole bajo las capas de grasa  <br/>aprisionadas en el corsé, se echó  a llorar a sollozo partido, como no  <br/>había llorado desde que le puso pest illo a la puerta de su habitación y  <br/>se quedó sola en la gran cama mitoló gica. Tal como entonces, le había  <br/>fallado su mejor herramienta: la habilidad para regatear como merca- <br/>der árabe, que tanto éxito le había aportado en otros aspectos de su vi- <br/>da. Por ambicionar demasiado, lo había perdido todo.  <br/>  <br/>SEGUNDA PARTE 1880–1896  <br/>  <br/>Existe un retrato mío a los tres o cu atro años, el único de aquella época  <br/>que sobrevivió los avatares del destino y la decisión de Paulina del Valle  <br/>de borrar mis orígenes. Es un cartón gastado en un marco de viaje, uno  <br/>de esos antiguos estuches de terciope lo y metal, tan de moda en el si- <br/>glo diecinueve y que ya nadie usa.  En la fotografía se puede ver una  <br/>criatura muy pequeña, ataviada al est ilo de las novias chinas, con una  <br/>túnica larga de satén bordado y de bajo un pantalón de otro tono; va  <br/>calzada con delicadas zapatillas mont adas sobre fieltro blanco, protegi- <br/>das por una delgada lámina de madera ; lleva el cabello oscuro inflado  <br/>en un moño demasiado alto para su tamaño y sostenido por dos agujas  <br/>gruesas, tal vez de oro o plata, uni das por una breve guirnalda de flo- <br/>res. La chiquilla sostiene un abanic o abierto en la mano y podría estar  <br/>riéndose, pero las facciones apenas  se distinguen, la cara es sólo una  <br/>luna clara y los ojos dos manchitas negras. Detrás de la niña se vislum- <br/>  66<br/><br/><br/>Page No 67<br/><br/>bra la gran cabeza de un dragón de  papel y las relucientes estrellas de  <br/>fuegos artificiales. La fotografía fu e tomada durante la celebración del  <br/>Año Nuevo chino en San Francisco. No  recuerdo ese momento y no re- <br/>conozco a la niña de ese único retrato.  <br/>En cambio mi madre Lynn Sommers ap arece en varias fotografías que  <br/>he rescatado del olvido con tenaci dad y buenos contactos. Fui a San  <br/>Francisco hace unos años a conocer a mi tío Lucky y me dediqué a reco- <br/>rrer viejas librerías y estudios de  fotógrafos buscando los calendarios y  <br/>postales para los cuales posaba; to davía me llegan algunos cuando mi  <br/>tío Lucky los encuentra. Mi madre era muy bonita, es todo lo que puedo  <br/>decir de ella, porque tampoco la reco nozco en esos retratos. No la re- <br/>cuerdo, por supuesto, ya que murió  cuando nací, pero la mujer de los  <br/>calendarios es una extraña, nada  tengo de ella, no logro visualizarla  <br/>como mi madre, sólo como un juego  de luz y sombra sobre el papel.  <br/>Tampoco parece hermana de mi tío  Lucky, él es un chino paticorto y  <br/>cabezón, de aspecto vulgar pero muy buena persona. Me parezco más a  <br/>mi padre, tengo su tipo español;  por desgracia saqué muy poco de la  <br/>raza de mi extraordinario abuelo  Tao-Chien. Si no fuera porque ese  <br/>abuelo es la memoria más nítida y pe rseverante de mi vida, el amor  <br/>más antiguo contra el cual se estre llan todos los hombres que he cono- <br/>cido porque ninguno logra igualarlo , no creería que llevo sangre china  <br/>en las venas. Tao-Chien vive conmig o siempre. Puedo verlo, espigado,  <br/>gallardo, siempre vestido con impecable corrección, el pelo gris, ante- <br/>ojos redondos y una mirada de bond ad irremediable en sus ojos almen- <br/>drados. En mis evocaciones siempre sonríe, a veces lo oigo cantándome  <br/>en chino. Me ronda, me acompaña, me guía, tal como le dijo a mi abue- <br/>la Eliza que lo haría después de su  muerte. Hay un daguerrotipo de  <br/>esos dos abuelos cuando eran jóvenes, antes de casarse: ella sentada  <br/>en una silla de respaldar alto y él  de pie detrás, ambos vestidos a la  <br/>usanza americana de entonces, mira ndo la cámara de frente con una  <br/>vaga expresión de pavor. Ese retrato, rescatado al fin, está sobre mi  <br/>velador y es lo último que veo ante s de apagar la lámpara cada noche,  <br/>pero me hubiera gustado tenerlo co nmigo en la infancia, cuando tanto  <br/>necesitaba la presencia de esos abuelos.  <br/>Desde que puedo recordar, me ha  atormentado la misma pesadilla. Las  <br/>imágenes de ese sueño pertinaz se quedan conmigo durante horas, ma- <br/>lográndome el día y el alma. Siem pre es la misma secuencia: camino  <br/>por las calles vacías de una ciudad  desconocida y exótica, voy de la  <br/>mano de alguien cuyo rostro nunca lo gro vislumbrar, sólo veo sus pier- <br/>nas y las puntas de unos zapatos relu cientes. De pronto nos rodean ni- <br/>ños en piyamas negros que danzan  una ronda feroz. Una mancha oscu- <br/>ra, sangre tal vez se extiende sobre los adoquines del suelo, mientras el  <br/>  67<br/><br/><br/>Page No 68<br/><br/>círculo de los niños se cierra inex orable, cada vez más amenazante, en  <br/>torno a la persona que me lleva de  la mano. Nos acorralan, nos empu- <br/>jan, nos tironean, nos separan; busco la mano amiga y encuentro el va- <br/>cío. Grito sin voz, caigo sin ruido  y entonces despierto con el corazón  <br/>desbocado.  <br/>A veces paso varios días callada, consumida por la memoria del sueño,  <br/>tratando de penetrar las capas de misterio que lo envuelven  a ver si  <br/>descubro algún detalle, hasta entonces  desapercibido, que me dé la  <br/>clave de su significado. Esos días  padezco una forma de fiebre fría en  <br/>que el cuerpo se me cierra y mi  mente queda atrapada en un territorio  <br/>helado. En ese estado de parálisis estuve durante las primeras semanas  <br/>en casa de Paulina del Valle. Tenía cinco años cuando me llevaron al pa- <br/>lacete de Nob Hill y nadie se dio el  trabajo de explicarme por qué de  <br/>pronto mi vida daba un vuelco dr amático, dónde estaban mis abuelos  <br/>Eliza y Tao, quién era esa señora monumental cubierta de joyas que me  <br/>observaba desde un trono con los ojos  llenos de lágrimas. Corrí a me- <br/>terme debajo de una mesa y allí pe rmanecí como un perro apaleado,  <br/>según me han contado.   <br/>En esa época Williams era el mayordomo de los Rodríguez de Santa  <br/>Cruz -cuesta imaginarlo, en realidad– y a él se le ocurrió al día siguiente  <br/>la solución de ponerme la comida en una bandeja atada con un cordel;  <br/>fueron tirando del cordel de a poco  y yo arrastrándome detrás de la  <br/>bandeja cuando ya no podía más de  hambre, hasta que lograron ex- <br/>traerme de mi refugio, pero ca da vez que amanecía con la pesadilla  <br/>volvía a esconderme bajo la mesa. Es o duró un año, hasta que nos vi- <br/>nimos a Chile y en el atolondramiento del viaje y de instalarnos en San- <br/>tiago se me pasó esa manía.  <br/>Mi pesadilla es en blanco y negro,  silenciosa e inapelable, tiene una  <br/>cualidad eterna. Supongo que ya pose o suficiente información para co- <br/>nocer las claves de su significado, pero no por eso ha dejado de ator- <br/>mentarme. Por culpa de mis sueños,  soy diferente, como esa gente que  <br/>a causa de un mal de nacimiento o  deformidad debe realizar un esfuer- <br/>zo constante para llevar una existenc ia normal. Ellos lucen marcas visi- <br/>bles, la mía no se ve, pero existe , puedo compararla con ataques de  <br/>epilepsia, que asaltan de repente y dejan una estela de confusión. Por  <br/>la noche me acuesto con temor, no sé  qué pasará mientras duermo ni  <br/>cómo despertaré. He probado varios recursos contra mis demonios noc- <br/>turnos, desde licor de naranja con una s gotas de opio, hasta el trance  <br/>hipnótico y otras formas de nigrom ancia, pero nada me garantiza un  <br/>sueño apacible, salvo la buena comp añía. Dormir abrazada es, hasta  <br/>ahora, el único remedio seguro. De bería casarme–, como me aconseja  <br/>todo el mundo, pero ya lo hice  una vez y fue una calamidad, no puedo  <br/>  68<br/><br/><br/>Page No 69<br/><br/>tentar al destino de nuevo. A los tr einta años y sin marido soy poco  <br/>menos que un esperpento, mis amigas me miran con lástima, aunque  <br/>tal vez algunas envidian mi indepe ndencia. No estoy sola, tengo un  <br/>amor secreto, sin ataduras ni cond iciones, motivo de escándalo en  <br/>cualquier parte, pero sobre todo aquí  donde nos toca vivir. No soy sol- <br/>tera ni viuda ni divorciada, vivo en  el limbo de las «separadas», donde  <br/>van a parar las infortunadas que prefieren el escarnio público a vivir con  <br/>un hombre que no aman. ¿De qué otro modo puede ser en Chile, donde  <br/>el matrimonio es eterno e inexor able? En algunos amaneceres extraor- <br/>dinarios, cuando los cuerpos de mi amante y yo, húmedos de sudor y  <br/>lacios de sueños compartidos todav ía yacen en ese estado semiincons- <br/>ciente de ternura absoluta, felices  y confiados como niños dormidos,  <br/>caemos en la tentación de hablar de  casarnos, de irnos a otro lugar, a  <br/>los Estados Unidos, por ejemplo, do nde hay mucho espacio y nadie nos  <br/>conoce, para vivir juntos como cu alquier pareja normal, pero luego  <br/>despertamos con el sol asomando en  la ventana y no volvemos a men- <br/>cionarlo, porque los dos sabemos que no podríamos vivir en otra parte,  <br/>sólo en este Chile de cataclismo s geológicos y pequeñeces humanas,  <br/>pero también de ásperos volcanes  y nevadas cumbres, de lagos inme- <br/>moriales sembrados de esmeraldas,  de espumosos ríos y bosques fra- <br/>gantes, país delgado como una cint a, patria de gente pobre y todavía  <br/>inocente, a pesar de tantos y tan var iados abusos. Ni él podría irse, ni  <br/>yo me cansaré de fotografiarlo. Me gustaría tener hijos, eso si, pero he  <br/>aceptado finalmente que nunca seré ma dre; no soy estéril, soy fértil en  <br/>otros aspectos. Nívea del Valle dice que un ser humano no se define por  <br/>su capacidad reproductiva, lo cual resulta una ironía viniendo de ella,  <br/>que ha dado a luz más de una docena  de chiquillos. Pero no correspon- <br/>de hablar aquí de los hijos que no tendré o de mi amante, sino de los  <br/>eventos que determinaron quién soy. Comprendo que en la escritura de  <br/>esta memoria debo traicionar a otros, es inevitable.  <br/>«Acuérdate que la ropa sucia se lava  en casa», me repite Severo del  <br/>Valle, quien se crió, como todos no sotros, bajo esa consigna. «Escribe  <br/>con honestidad y no te preocupes de  los sentimientos ajenos, porque  <br/>digas lo que digas de todos modos  te van a odiar», me aconseja, en  <br/>cambio, Nívea. Sigamos, pues.  <br/>Ante la imposibilidad de eliminar  mis pesadillas, al menos trato de sa- <br/>carles algún provecho. He comprobado que después de una noche tor- <br/>mentosa quedo alucinada y en carne  viva, un estado óptimo para la  <br/>creación. Mis mejores fotografías han  sido tomadas en días como esos    <br/>cuando lo único que deseo es meterme bajo la mesa, tal como hacía en  <br/>los primeros tiempos en casa de mi  abuela Paulina. El sueño de los ni- <br/>ños en piyamas negros me condujo a la fotografía, estoy segura de ello.  <br/>  69<br/><br/><br/>Page No 70<br/><br/>Cuando Severo del Valle me regaló  una cámara, lo primero que se me  <br/>ocurrió fue que si pudiera fotografiar  esos demonios, los derrotaría. A  <br/>los trece años lo intenté muchas ve ces. Inventé complicados sistemas  <br/>de ruedecillas y cuerdas para activar una cámara fija mientras dormía,  <br/>hasta que fue evidente que esas cr iaturas maléficas eran invulnerables  <br/>al asalto de la tecnología. Al ser observado con verdadera atención, un  <br/>objeto o un cuerpo de apariencia común se transforma en algo sagrado.  <br/>La cámara puede revelar los secretos  que el ojo desnudo o la mente no  <br/>captan, todo desaparece salvo aquello  enfocado en el cuadro. La foto- <br/>grafía es un ejercicio de observación  y el resultado siempre es un golpe  <br/>de suerte; entre los miles y miles de  negativos que llenan varios cajo- <br/>nes en mi estudio hay muy pocos exce pcionales. Mi tío Lucky Chien se  <br/>sentirla algo defraudado si supiera cu án poco efecto tuvo su aliento de  <br/>buena suerte en mi trabajo. La cá mara es un aparato simple, hasta el  <br/>más inepto puede usarla.  <br/>El desafió consiste en crear con e lla esa combinación de verdad y belle- <br/>za que se llama arte. Esa búsqueda es  sobre todo espiritual. Busco ver- <br/>dad y belleza en la transparencia de  una hoja en otoño, en la forma  <br/>perfecta de un caracol en la playa,  en la curva de una espalda femeni- <br/>na, en la textura de un antiguo tronco de árbol, pero también en otras  <br/>formas escurridizas de la realidad. Al gunas veces, al trabajar con una  <br/>imagen en mi cuarto oscuro, apar ece el alma de una persona, la emo- <br/>ción de un evento o la esencia vital  de un objeto, entonces la gratitud  <br/>me estalla en el pecho y suelto el  llanto, no puedo evitarlo. A esa reve- <br/>lación apunta mi oficio.  <br/>Severo del Valle dispuso de varias  semanas de navegación para llorar a  <br/>Lynn Sommers y meditar en lo que ser ía el resto de su vida. Se sentía  <br/>responsable por la niña Aurora y ha bía redactado un testamento antes  <br/>de embarcarse para que la pequeña  herencia que él había recibido de  <br/>su padre y sus ahorros fueran direct amente a ella en caso que él falta- <br/>ra. Entretanto ella recibirla los intereses cada mes. Sabía que los padres  <br/>de Lynn la cuidarían mejor que nadie y suponía que por mucha que fue- <br/>ra su prepotencia, su tía Paulina  no intentaría quitársela por la fuerza,  <br/>porque su marido no permitirla qu e transformara el asunto en un es- <br/>cándalo público.  <br/>Sentado en la proa del barco con la vi sta perdida en el mar infinito, Se- <br/>vero concluyó que jamás se conso laría de la pérdida de Lynn. No de- <br/>seaba vivir sin ella. Perecer en combate era lo mejor que podía deparar- <br/>le el futuro: morir pronto y rápido,  era todo lo que pedía. Durante me- <br/>ses el amor por Lynn y su decisión  de ayudarla habían ocupado su  <br/>tiempo y atención, por eso postergó día a día el retorno, mientras todos  <br/>los chilenos de su edad se enrolaban  en masa para luchar. A bordo iban  <br/>  70<br/><br/><br/>Page No 71<br/><br/>varios jóvenes con el mismo propósito  suyo de incorporarse a las filas y  <br/>vestir el uniforme era una cuestión de honor con quienes se juntaba pa- <br/>ra analizar las noticias de la guerra tr ansmitidas por el telégrafo. En los  <br/>cuatro años que Severo paso en California terminó por desarraigarse de  <br/>su país, había respondido al llamado de la guerra como una forma de  <br/>abandonarse a su duelo, pero no se ntía el menor fervor bélico. Sin em- <br/>bargo, a medida que el barco navega ba hacia el sur se fue contagiando  <br/>del entusiasmo de los demás. Volvió  a pensar en servir a Chile como  <br/>había deseado hacerlo en la época de la escuela, cuando discutía de po- <br/>lítica en los cafés con otros estudian tes. Suponía que sus antiguos ca- <br/>maradas estaban combatiendo desde hacía meses, mientras él se daba  <br/>vueltas en San Francisco haciendo  hora para visitar a Lynn Sommers y  <br/>jugar mah–jong. ¿Cómo podría justif icar semejante cobardía ante ami- <br/>gos y parientes? La imagen de Níve a lo asaltaba durante esas cavilacio- <br/>nes. Su prima no entendería la demora  en regresar para defender a la  <br/>patria, porque, estaba seguro, de haber sido hombre, hubiera sido la  <br/>primera en partir al frente. Menos  mal que con ella no cabrían explica- <br/>ciones, esperaba morir acribillado antes de volver a verla; se requería  <br/>mucho mas valor para enfrentar a  Nívea después de lo mal que se  <br/>había portado con ella, que para combatir contra el más fiero enemigo.  <br/>La nave avanzaba con una lentitud  desquiciante, a ese paso llegaría a  <br/>Chile cuando la guerra hubiera term inado, calculaba ansioso. Estaba  <br/>seguro de que la victoria sería para  los suyos, a pesar de la ventaja  <br/>numérica del adversario y la arrogante ineptitud del alto mando chileno.  <br/>El comandante en jefe del ejército y el almirante de la escuadra eran un  <br/>par de vejetes que no lograban po nerse de acuerdo para la más ele- <br/>mental estrategia, pero los chilenos contaban con mayor disciplina mili- <br/>tar que los peruanos y bolivianos. «F ue necesario que Lynn muriera pa- <br/>ra que yo decidiera volver a Chile a cumplir con mi deber patriótico, soy  <br/>un piojo», mascullaba para sus adentros, avergonzado.  <br/>El puerto de Valparaíso brillaba en la luz radiante de diciembre cuando  <br/>el vapor ancló en la bahía. Al entrar en las aguas territoriales del Perú y  <br/>de Chile se habían divisado algunos  buques de las escuadras de ambos  <br/>países en maniobras, pero mientras  no atracaron en Valparaíso no tu- <br/>vieron evidencia de la guerra. El as pecto del puerto era muy distinto a  <br/>lo que Severo recordaba. La ciudad  estaba militarizada, había tropas  <br/>acantonadas esperando transporte, la bandera chilena flameaba en los  <br/>edificios y se notaba gran agitació n de botes y remolcadores alrededor  <br/>de varias naves de la armada, en  cambio  escaseaban  los  barcos  de  <br/>pasajeros. El joven había anunciado  a su madre la fecha de su llegada,  <br/>pero no esperaba verla en el puerto, porque desde hacía un par de años  <br/>ella vivía en Santiago con los hijos menores y el viaje desde la capital  <br/>  71<br/><br/><br/>Page No 72<br/><br/>resultaba muy pesado. Por lo mismo  no se dio la molestia de otear el  <br/>muelle en busca de gente conocida,  como hacían la mayoría de los pa- <br/>sajeros. Tomó su maletín, le pa só unas monedas a un marinero para  <br/>que se hiciera cargo de sus baúles y descendió por la plancha respiran- <br/>do a pleno pulmón el aire salino de  la ciudad donde había nacido. Al pi- <br/>sar tierra tambaleaba como borracho; durante las semanas de navega- <br/>ción se había acostumbrado al vaivén  de las olas y ahora le costaba  <br/>caminar sobre suelo firme. Llamó a  un cargador con un silbido, para  <br/>que lo ayudara con el equipaje y  se dispuso a buscar un coche que lo  <br/>condujera a la casa de su abuela  Emilia, donde pensaba quedarse un  <br/>par de noches hasta que pudiera in corporarse al ejército. En ese mo- <br/>mento sintió que le tocaban el brazo.  Se volvió sorprendido y se encon- <br/>tró cara a cara con la última person a que deseaba ver en este mundo:  <br/>su prima Nívea. Necesitó un par de  segundos para reconocerla y repo- <br/>nerse de la impresión. La muchacha  que dejara cuatro años antes se  <br/>había transformado en una mujer desconocida, siempre baja, pero mu- <br/>cho más delgada y de cuerpo bien formado. Lo único que permanecía  <br/>intacta, era la expresión inteligente  y concentrada de su rostro. Llevaba  <br/>un vestido de verano de tafetán az ul y un sombrero de pajilla con un  <br/>gran lazo de organdí blanco atado ba jo la barbilla, enmarcando su cara  <br/>ovalada, de facciones finas, donde lo s ojos negros brillaban inquietos y  <br/>juguetones. Estaba sola. Severo no  atinó a saludarla, se quedó mirán- <br/>dola con la boca abierta hasta que le volvió la lucidez y logró preguntar- <br/>le, turbado, si había recibido su úl tima carta, refiriéndose a aquella en  <br/>la que le anunciaba su matrimonio con Lynn Sommers. Como no le  <br/>había escrito desde entonces, supuso  que nada sabía de la muerte de  <br/>Lynn o el nacimiento de Aurora, su  prima no podía adivinar que se  <br/>había convertido en viudo y padre sin haber sido nunca marido.  <br/>–De eso hablaremos después, por  ahora déjame darte la bienvenida.  <br/>Tengo un coche esperando –lo interrumpió ella.  <br/>Una vez que los baúles fueron coloca dos en el carruaje Nívea dio orden  <br/>al cochero de conducirlos a paso lento por la cornisa del mar, eso les  <br/>daba tiempo para hablar antes de lle gar a la casa, donde lo esperaba el  <br/>resto de la familia.  <br/>–Me he portado como un desalmado contigo, Nívea. Lo único que puedo  <br/>decir a mi favor es que jamás quise  hacerte sufrir murmuró Severo sin  <br/>atreverse a mirarla.  <br/>–Reconozco que estaba furiosa contig o, Severo, tenía que morderme la  <br/>lengua para no maldecirte, pero ya no tengo rencor. Creo que has su- <br/>frido más que yo. De verdad siento mucho lo ocurrido a tu mujer.  <br/>–¿Cómo sabes lo que pasó?  <br/>–Recibí un telegrama con la noticia, venía firmado por un tal Williams.  <br/>  72<br/><br/><br/>Page No 73<br/><br/>La primera reacción de Severo del V alle fue de ira; cómo se atrevía el  <br/>mayordomo a inmiscuirse de esa manera en su vida privada, pero luego  <br/>no pudo evitar un impulso de gratitud porque ese telegrama le ahorraba  <br/>explicaciones dolorosas.  <br/>–No espero que me perdones, sólo qu e me olvides, Nívea. TÚ, más que  <br/>nadie, mereces ser feliz...  <br/>–¿Quién te dijo que deseo ser feliz, Severo? Es el último adjetivo que  <br/>emplearía para definir el futuro al  cual aspiro. Quiero una vida intere- <br/>sante, aventurera, diferente, apasio nada, en fin, cualquier cosa antes  <br/>que feliz.  <br/>–¡Ay, prima, es maravilloso comproba r cuán poco has cambiado! En to- <br/>do caso, dentro de un par de días  estaré marchando con el ejército  <br/>hacia el Perú y francamente espero mo rir con las botas puestas, porque  <br/>mi vida ya no tiene sentido.  <br/>–¿Y tu hija?  <br/>–Veo que Williams te dio todos los detalles. ¿Te dijo también que no soy  <br/>el padre de esa niña? –preguntó Severo.  <br/>–¿Quién es?  <br/>–No importa. Para efectos legales es mi hija. Está en manos de sus  <br/>abuelos y no le faltará dinero, la he dejado bien resguardada.  <br/>–¿Cómo se llama?  <br/>–Aurora.  <br/>–Aurora del Valle... bonito nombre. Trata de volver entero de la guerra,  <br/>Severo, porque cuando nos casemos esa niña seguramente se converti- <br/>rá en nuestra primera hija –dijo Nívea sonrojándose.  <br/>–¿Cómo dijiste?  <br/>–Te he esperado toda mi vida, bien puedo seguir esperando. No hay  <br/>apuro, tengo muchas cosas que hace r antes de casarme. Estoy traba- <br/>jando.  <br/>–¡Trabajando! ¿Por qué? –exclamó Severo escandalizado, pues ninguna  <br/>mujer en su familia o en cualquier otra familia que conociera trabajaba.  <br/>–Para aprender. Mi tío José Francisco  me contrató para que organice su  <br/>biblioteca y me da permiso para leer  todo lo que quiera. ¿Te acuerdas  <br/>de él?  <br/>–Lo conozco muy poco, ¿no es el que  se caso con una heredera y tiene  <br/>un palacio en Viña del Mar?  <br/>–El mismo, es pariente de mi madr e. No conozco un hombre más sabio  <br/>ni más bueno y además buen mozo,  aunque no tanto como tú –se rió  <br/>ella.  <br/>–No te burles, Nívea.  <br/>–¿Era bonita tu mujer? –preguntó la muchacha.  <br/>–Muy bonita.  <br/>  73<br/><br/><br/>Page No 74<br/><br/>–Tendrás que pasar por tu duelo. Se vero. Tal vez la guerra sirva para  <br/>eso. Dicen que las mujeres muy be llas son inolvidables, espero que  <br/>aprendas a vivir sin ella, aunque no  la olvides. Rezaré para que vuelvas  <br/>a enamorarte y ojalá sea de mí... –musitó Nívea tomándole una mano.  <br/>Y entonces Severo del Valle sintió un  dolor terrible en el tórax, como un  <br/>lanzazo atravesándole las costillas, y  un sollozo se le escapó entre los  <br/>labios seguido por un llanto incontrolab le que lo sacudía entero, mien- <br/>tras repetía hipando el nombre de  Lynn, Lynn, mil veces Lynn. Nívea lo  <br/>atrajo sobre su pecho y lo rodeó co n sus delgados brazos, dándole pal- <br/>maditas de consuelo en la espalda, como a un niño.  <br/>  <br/>La Guerra del Pacifico empezó en el mar y continuó por tierra, comba- <br/>tiendo cuerpo a cuerpo con bayoneta s caladas y cuchillos corvos en los  <br/>más áridos e inclementes desiertos  del mundo, en las provincias que  <br/>hoy conforman el norte de Chile, pero  antes de la guerra pertenecían al  <br/>Perú y Bolivia. Los ejércitos peruano y boliviano estaban escasamente  <br/>preparados para tal contienda, eran  poco numerosos, mal armados y el  <br/>sistema de abastecimiento fallaba  tanto, que algunas batallas y esca- <br/>ramuzas se decidieron por falta de agua para beber o porque las ruedas  <br/>de las carretas cargadas con cajone s de balas se enterraban en la are- <br/>na. Chile era un país expansionista,  con una economía sólida, dueño de  <br/>la mejor escuadra de América del S ur y un ejército de más de setenta  <br/>mil hombres. Tenía reputación de ci vismo en un continente de caudillos  <br/>rústicos, corrupción sistemática y re voluciones sangrientas; la austeri- <br/>dad del carácter chileno y la solidez  de sus instituciones eran la envidia  <br/>de las naciones vecinas, sus escuelas y universidades atraían a profeso- <br/>res y estudiantes extranjeros. La  influencia de inmigrantes ingleses,  <br/>alemanes y españoles había logrado im poner cierta temperanza en el  <br/>arrebatado temperamento criollo. El ejercito recibía instrucción prusiana  <br/>y no conocía la paz, pues durante lo s años previos a la Guerra del Paci- <br/>fico se había mantenido con las armas en la mano combatiendo al sur  <br/>del país a los indios en la zona llam ada La Frontera, porque hasta allí  <br/>había llegado el brazo civilizador y más allá empezaba el impredecible  <br/>territorio indígena donde hasta hacía  muy poco sólo se habían aventu- <br/>rado los misioneros jesuitas. Los fo rmidables guerreros araucanos, que  <br/>llevaban luchando sin tregua desde lo s tiempos de la conquista, no se  <br/>doblegaban ante las balas ni las peor es atrocidades, pero iban cayendo  <br/>uno a uno a punta de alcohol. Peleando  contra ellos los soldados se en- <br/>trenaron en ensañamiento. Pronto  peruanos y bolivianos aprendieron a  <br/>temer a los chilenos, enemigos sanguinarios capaces de pasar a cuchillo  <br/>y bala a los heridos y a los prisionero s. A su paso los chilenos desperta- <br/>ban tanto odio y temor, que provocar on una violenta antipatía interna- <br/>  74<br/><br/><br/>Page No 75<br/><br/>cional, con la consecuente serie interm inable de reclamaciones y litigios  <br/>diplomáticos, exacerbando en sus adversarios la decisión de luchar has- <br/>ta la muerte, puesto que de poco les servía rendirse. Las tropas perua- <br/>nas y bolivianas estaban compuestas por un puñado de oficiales, con- <br/>tingentes de soldados regulares mal pertrechados y masas de indígenas  <br/>reclutados a la fuerza, que apenas  sabían por qué combatían y a la pri- <br/>mera oportunidad desertaban. En cambio las filas chilenas contaban con  <br/>una mayoría de civiles, tan encarnizados en combate como los milita- <br/>res, que peleaban por pasión patrió tica y no se rendían. A menudo las  <br/>condiciones resultaban infernales. D urante la marcha por el desierto se  <br/>arrastraban en una nube de polvo salobre, muertos de sed, con la arena  <br/>hasta medio muslo, un sol despiadad o reverberando sobre sus cabezas  <br/>y el peso de sus mochilas y municiones al hombro, aferrados a sus fusi- <br/>les, desesperados. La viruela, el tifu s y las tercianas los diezmaban; en  <br/>los hospitales militares había más en fermos que heridos en combate.  <br/>Cuando Severo del Valle se unió al ejército, sus compatriotas ocupaban  <br/>Antofagasta –única provincia marítima de Bolivia– y las peruanas de Ta- <br/>rapacá, Arica y Tacna. A mediados de 1880 murió de un ataque cerebral  <br/>en plena campaña del desierto el mi nistro de guerra y marina, sumien- <br/>do al gobierno en total desconcierto.  Por fin el Presidente nombró en su  <br/>lugar a un civil, don José Francisco Ve rgara, el tío de Nívea, viajero in- <br/>cansable y lector voraz, a quien le tocó empuñar el sable a los cuarenta  <br/>y seis años para dirigir la guerra. Fu e de los primeros en observar que  <br/>mientras Chile avanzaba a la conquista del norte, Argentina callada- <br/>mente les iba arrebatando la Patagonia al sur, pero nadie le hizo caso,  <br/>porque consideraban ese territorio  tan inútil como la luna. Vergara era  <br/>brillante, de modales finos y gran memoria, todo le interesaba, desde la  <br/>botánica hasta la poesía, era incorrup tible y carecía por completo de  <br/>ambición política. Planeó la estrategia bélica con la misma tranquila mi- <br/>nuciosidad con que manejaba sus ne gocios. A pesar de la desconfianza  <br/>de los uniformados y ante la sorpresa  de todo el mundo, condujo a las  <br/>tropas chilenas directamente hasta Li ma. Tal como dijo su sobrina Ní- <br/>vea: «La guerra es un asunto demas iado serio para entregárselo a los  <br/>militares.» La frase salió del seno de  la familia y se convirtió en uno de  <br/>aquellos juicios lapidarios que pasan a formar parte del anecdotario his- <br/>tórico de un país.  <br/>Al finalizar el año los chilenos se pr eparaban para el asalto final a Lima.  <br/>Severo del Valle llevaba once meses  combatiendo, sumido en la mugre,  <br/>la sangre y la más despiadada barbarie . En ese tiempo el recuerdo de  <br/>Lynn Sommers quedó hecho jirones, ya no soñaba con ella, sino con los  <br/>cuerpos destrozados de los hombres  con los cuales había compartido el  <br/>rancho el día anterior. La guerra era más que nada marcha forzada y  <br/>  75<br/><br/><br/>Page No 76<br/><br/>paciencia; los momentos de combat e resultaban casi un alivio en el  <br/>ted¡o de movilizarse y de esperar. Cuando podía sentarse a fumar un  <br/>cigarrillo, aprovechaba para escribir unas líneas a Nívea en el mismo  <br/>tono de camaradería que siempre usó con ella. No hablaba de amor,  <br/>pero poco a poco iba comprendiendo que ella sería la única mujer en su  <br/>vida y que Lynn Sommers había sido sólo una prolongada fantasía. Ní- <br/>vea le escribía con regularidad, aunq ue no todas sus cartas llegaban a  <br/>destino, para contarle de la familia, de la vida en la ciudad, de sus raros  <br/>encuentros con su tío José Francisco y los libros que él le recomendaba.  <br/>También le comentaba la transformación espiritual que la sacudía, cómo  <br/>se iba alejando de algunos ritos católic os que le parecían muestras de  <br/>paganismo, para buscar las raíces de  un cristianismo más filosófico que  <br/>dogmático. Le preocupaba que Severo, inmerso en un mundo tosco y  <br/>cruel, perdiera contacto con su alm a y se transformara en un ser des- <br/>conocido. La idea de que él estuviera obligado a matar le resultaba into- <br/>lerable. Trataba de no pensar en eso,  pero los relatos de soldados atra- <br/>vesados a cuchillo, de los cuerpos decapitados, de las mujeres violadas  <br/>y los niños ensartados en bayonetas  eran imposibles de ignorar. ¿To- <br/>maría Severo parte en esas atrocidades? ¿Podría un hombre que es tes- <br/>tigo de tales hechos reintegrarse a  la paz, convertirse en esposo y pa- <br/>dre de familia? ¿Podría ella amarlo a  pesar de todo? Severo del Valle se  <br/>hacía las mismas preguntas mientras  su regimiento se aprontaba para  <br/>atacar, a pocos kilómetros de la capi tal del Perú. A finales de diciembre  <br/>el contingente chileno se encontraba  listo para la acción en un valle al  <br/>sur de Lima. Se habían preparado con esmero, contaban con un ejército  <br/>numeroso, mulas y caballos, municion es, víveres y agua, varios barcos  <br/>a vela para transporte de las tropas , además de cuatro hospitales am- <br/>bulatorios de seiscientas camas y do s barcos convertidos en hospitales  <br/>bajo la bandera de la Cruz Roja. Un o de los comandantes llegó a pie  <br/>con su brigada intacta, después de  cruzar infinitos pantanos y montes,  <br/>y se presento como un príncipe mogo l con un sequito de mil quinientos  <br/>chinos con sus mujeres, sus niños y  sus animales. Cuando los vio, Se- <br/>vero del Valle creyó ser víctima de  una alucinación. El pintoresco co- <br/>mandante había reclutado a los chinos  por el camino, eran inmigrantes  <br/>que trabajaban en condiciones de esclavitud y, cogidos entre dos fuegos  <br/>y sin lealtades particulares por ni ngún bando, decidieron unirse a las  <br/>fuerzas chilenas. Mientras los cristian os oían misa antes de entrar en  <br/>combate, los asiáticos organizaron su propia ceremonia, luego los cape- <br/>llanes militares rociaron a todo el  mundo con agua bendita. «Esto pare- <br/>ce un circo», escribió ese día Severo a Nívea, sin sospechar que sería su  <br/>última carta. Alentando a los soldados  y dirigiendo el embarque de mi- <br/>les y miles de hombres, animales, ca ñones y provisiones estaba el mi- <br/>  76<br/><br/><br/>Page No 77<br/><br/>nistro Vergara en persona, de pie  desde las seis de la mañana bajo un  <br/>sol abrasador, hasta bien entrada la noche.  <br/>Los peruanos habían organizado dos  líneas de defensa a pocos kilóme- <br/>tros de la ciudad en lugares de difí cil acceso para los asaltantes. A los  <br/>cerros escarpados y arenosos se sumaban fuertes, parapetos, baterías y  <br/>trincheras protegidas por sacos de  arena para los tiradores. Además  <br/>habían instalado minas disimuladas  en la arena, que estallaban al con- <br/>tacto de los detonantes. Las dos líneas de defensa estaban unidas entre  <br/>si y con la ciudad de Lima por ferrocarril para garantizar transporte de  <br/>tropas, heridos y provisiones. Tal co mo Severo del Valle y sus camara- <br/>das sabían desde antes de iniciar el  ataque a mediados de enero de  <br/>1881, la victoria –si ocurría– sería a costa de muchas vidas.  <br/>Aquella tarde de enero las tropas estaban listas para la marcha sobre la  <br/>capital del Perú. Después de servir  la comida y desmontar el campa- <br/>mento, quemaron los entablados que  habían servido de habitación y se  <br/>dividieron en tres grupos con la in tención de asaltar las defensas ene- <br/>migas por sorpresa, amparados por la es pesa neblina. Iban en silencio,  <br/>cada uno con su pesado equipo a la  espalda y los fusiles listos, dispues- <br/>tos a atacar «de frente y a la chilena », como habían decidido los gene- <br/>rales, conscientes de que el arma más poderosa a su haber era la teme- <br/>ridad y fiereza de los soldados embriagados de violencia. Severo del Va- <br/>lle había visto circular las cantimpl oras con aguardiente y pólvora, una  <br/>mezcla incendiaria que dejaba las tr ipas en llamas, pero otorgaba un  <br/>valor indomable. La había probado una vez, pero después pasó dos días  <br/>atormentado por vómitos y dolor de  cabeza, así es que prefería sopor- <br/>tar el combate en frió. La marcha en el silencio y la negrura de la pam- <br/>pa le pareció interminable, a pesar  de los breves momentos de pausa.  <br/>Pasada la medianoche se detuvo la  inmensa muchedumbre de soldados  <br/>para descansar por una hora. Pensab an caer sobre un balneario próxi- <br/>mo a Lima antes que aclarara el día,  pero las órdenes contradictorias y  <br/>la confusión de los comandantes arruinaron el plan. Poco se sabía sobre  <br/>la situación de las filas de la vang uardia, donde aparentemente ya se  <br/>había iniciado la batalla, eso obligó  a la tropa agotada a continuar sin  <br/>un respiro. Siguiendo el ejemplo de los demás, Severo se desprendió de  <br/>la mochila, la manta y el resto de su s pertrechos, alistó el arma con la  <br/>bayoneta y echó a correr a ciegas ha cia adelante gritando a pleno pul- <br/>món como fiera rabiosa, pues ya no se trataba de coger al enemigo por  <br/>sorpresa, sino de espantarlo. Lo s peruanos los estaban esperando y  <br/>apenas los tuvieron a tiro dejaron  caer sobre ellos una andanada de  <br/>plomo. A la niebla se sumó el humo y  el polvo, cubriendo el horizonte  <br/>con un manto impenetrable, mientras el aire se llenaba de pavor con las  <br/>cornetas llamando a la carga, el chivateo y los alaridos de combate, los  <br/>  77<br/><br/><br/>Page No 78<br/><br/>aullidos de los heridos, los relinchos  de las cabalgaduras y el rugido de  <br/>los cañonazos. El suelo estaba mina do, pero los chilenos avanzaban de  <br/>todos modos con el salvaje grito «a degüello!» en los labios. Severo del  <br/>Valle vio volar hechos pedazos a do s de sus compañeros, que pisaron  <br/>un detonante a pocos metros de dist ancia. No alcanzó a calcular que la  <br/>próxima explosión podía tocarle a él,  no había tiempo de pensar en na- <br/>da porque ya los primeros húsares  saltaban sobre las trincheras enemi- <br/>gas, caían en las fosas con los cuch illos corvos entre los dientes y las  <br/>bayonetas caladas, masacrando y m uriendo entre chorros de sangre.  <br/>Los peruanos sobrevivientes retroced ieron y los atacantes comenzaron  <br/>a escalar las colinas, forzando las de fensas escalonadas en las laderas.  <br/>Sin saber lo que hacía, Severo del Valle se encontró sable en mano des- <br/>trozando a un hombre, luego disparando a quemarropa en la nuca de  <br/>otro que huía. La furia y el horror se  habían apoderado por completo de  <br/>él; como todos los demás, se había  convertido en una bestia. Tenía el  <br/>uniforme roto y cubierto de sangre,  un pedazo de tripa ajena le colgaba  <br/>de una manga, ya no le salía voz de  tanto gritar y maldecir, había per- <br/>dido el miedo y la identidad, era só lo una máquina de matar, repartien- <br/>do golpes sin ver dónde caían, con  la única meta de llegar al tope del  <br/>cerro.  <br/>A las siete de la mañana, después de  dos horas de batalla, la primera  <br/>bandera chilena flameaba sobre una  de las cumbres y Severo, de rodi- <br/>llas sobre la colina, vio una multitud  de soldados peruanos que se reti- <br/>raban en desbandada para ensegu ida reunirse en el patio de una  <br/>hacienda, donde recibieron en formación la carga frontal de la caballería  <br/>chilena. En pocos minutos aquello era un infierno. Severo del Valle, que  <br/>se acercaba corriendo, veía el brillo de los sables en el aire y escuchaba  <br/>la balacera y los alaridos de dolor.  Cuando alcanzó la hacienda ya los  <br/>enemigos corrían perseguidos de nuevo  por las tropas chilenas. En eso  <br/>le llegó la voz de su comandante  indicándole que agrupara a los hom- <br/>bres de su destacamento para atac ar al pueblo. La breve pausa, mien- <br/>tras se organizaban las filas, le dio un momento de respiro; se dejó caer  <br/>al suelo, con la frente en tierra,  acezando, tembloroso, las manos aga- <br/>rrotadas en su arma. Calculó que el avance era una locura, porque su  <br/>regimiento solo no podría hacer fr ente a las numerosas tropas enemi- <br/>gas atrincheradas en las casas y edificios, habría que pelear puerta a  <br/>puerta; pero su misión no era pensar , sino obedecer las órdenes de su  <br/>superior y reducir el poblado peruano  a escombro, ceniza y muerte. Mi- <br/>nutos más tarde iba al trote a la cabeza de sus compañeros, mientras  <br/>los proyectiles pasaban silbando a su alrededor. Entraron en dos colum- <br/>nas, una por cada lado de la calle prin cipal. La mayor parte de los habi- <br/>tantes había huido a la voz de «¡vienen los chilenos!», pero los que se  <br/>  78<br/><br/><br/>Page No 79<br/><br/>quedaron estaban decididos a combat ir con lo que tuvieran a mano,  <br/>desde cuchillos de cocina hasta ollas  con aceite hirviendo que lanzaban  <br/>desde los balcones. El regimiento de  Severo tenía instrucciones de ir  <br/>casa por casa hasta desocupar el pueblo, tarea nada fácil porque estaba  <br/>lleno de soldados peruanos parapetado s en los techos, los árboles, las  <br/>ventanas y los umbrales de las puertas. Severo tenía la garganta seca y  <br/>los ojos inflamados, apenas veía a un  metro de distancia; el aire, denso  <br/>de humo y polvo, se había puesto i rrespirable, era tal la confusión que  <br/>nadie sabía qué hacer, simplemente imitaban al que iba adelante. De  <br/>súbito sintió a su alrededor una gr anizada de balas y comprendió que  <br/>no podía seguir avanzando, deb ía buscar resguardo. De un culatazo  <br/>abrió la puerta más cercana e irrumpió en la vivienda con el sable en al- <br/>to, cegado por el contraste entre el sol abrasador de afuera y la pe- <br/>numbra interior. Necesitaba unos minutos  para cargar su fusil, pero no  <br/>los tuvo: un alarido desgarrador lo paralizó de sorpresa y vislumbró una  <br/>figura que había estado agazapada en  un rincón y ahora se alzaba ante  <br/>él blandiendo un hacha. Alcanzó a protegerse la cabeza con los brazos y  <br/>echar el cuerpo hacia atrás. El hacha cayó como un relámpago sobre su  <br/>pie izquierdo, clavándolo en el suel o. Severo del Valle no supo lo que  <br/>había pasado, reaccionó por puro instin to. Con todo el peso de su cuer- <br/>po empujó el fusil con la bayoneta calada, la ensartó en el vientre de su  <br/>atacante y luego la levantó con un esfu erzo brutal. Un chorro de sangre  <br/>le dio en plena cara. Y entonces se  dio cuenta de que el enemigo era  <br/>una muchacha. La había abierto en ca nal y ella, de rodillas, se sujetaba  <br/>los intestinos que empezaban a vaciarse en el piso de tablas. Los ojos  <br/>de ambos se cruzaron en una mira da interminable, sorprendidos, pre- <br/>guntándose en el silencio eterno de  ese instante quiénes eran, por qué  <br/>se enfrentaban de ese modo, por qué se desangraban por qué debían  <br/>morir. Severo quiso sostenerla, pero  no pudo moverse y sintió por pri- <br/>mera vez el dolor terrible en el pie,  que subía como una lengua de fue- <br/>go por la pierna hasta, el pecho. En  ese instante otro soldado chileno  <br/>irrumpió en la vivienda, de una mira da evaluó la situación y sin vacilar  <br/>le disparó a quemarropa a la mujer, que de todos modos ya estaba  <br/>muerta, luego cogió el hacha y de un tirón formidable liberó a Severo.  <br/>«¡Vamos, teniente, hay que salir de aquí, la artillería va a empezar a  <br/>disparar!», lo conminó, pero Seve ro perdía sangre a borbotones, se  <br/>desvanecía, volvía a recuperar el  conocimiento por unos instantes y  <br/>luego volvía a rodearlo la oscuridad.  El soldado le puso su cantimplora  <br/>en la boca y lo obligó a beber un trago largo de licor, luego improvisó  <br/>un torniquete con un pañuelo atado de bajo de la rodilla, se echó al  <br/>herido a la espalda y lo sacó a la ra stra. Afuera otras manos lo ayuda- <br/>ron y cuarenta minutos más tarde, mi entras la artillería chilena barría a  <br/>  79<br/><br/><br/>Page No 80<br/><br/>cañonazos aquel poblado, dejando e scombro y hierros torcidos donde  <br/>estuvo el apacible balneario, Severo aguardaba en el patio del hospital  <br/>junto a centenares de cadáveres dest rozados y miles de heridos tirados  <br/>en charcos y hostigados por las mosca s, que llegara la muerte o lo sal- <br/>vara un milagro. El sufrimiento y el  miedo lo aturdían, a ratos se iba a  <br/>pique en misericordioso desmayo y cuando resucitaba veía el cielo tor- <br/>narse negro. Al calor abrasante del  día siguió el frío húmedo de la ca- <br/>manchaca, que envolvió la noche en su manto de espesa neblina. En los  <br/>momentos de lucidez se acordaba de las oraciones aprendidas en la in- <br/>fancia y rogaba por una muerte rápida, mientras la imagen de Nívea se  <br/>le aparecía como un ángel, creía ver la inclinada sobre él, sosteniéndolo,  <br/>limpiándole la frente con un pañuelo mojado, diciéndole palabras de  <br/>amor. Repetía el nombre de Nívea  clamando sin voz por un vaso de  <br/>agua.  <br/>La batalla para conquistar Lima terminó a las seis de la tarde. En los dí- <br/>as siguientes, cuando pudieron saca r la cuenta de los muertos y heri- <br/>dos, calcularon que un veinte por ci ento de los combatientes de ambos  <br/>ejércitos perecieron en esas hora s. Muchos más morirían después a  <br/>consecuencia de las heridas infectad as. Improvisaron los hospitales de  <br/>campaña en una escuela y en carpas  diseminadas en las cercanías. El  <br/>viento arrastraba el hedor de carro ña a kilómetros de distancia. Los  <br/>médicos y enfermeros, exhaustos,  atendían a los que llegaban en la  <br/>medida de sus posibilidades, pero había más de dos mil quinientos heri- <br/>dos entre las filas chilenas y se calc ulaban por lo menos siete mil entre  <br/>los sobrevivientes de las tropas pe ruanas. Los heridos se acumulaban  <br/>en los pasillos y en los patios, tirado s por el suelo, hasta que les llegara  <br/>su turno. Los más graves eran atendidos primero y Severo del Valle no  <br/>estaba agonizando aún, a pesar de  la tremenda pérdida de fuerza, san- <br/>gre y esperanza, así es que los camilleros lo postergaban una y otra vez  <br/>para dar paso a otros. El mismo sold ado que se lo echó al hombro para  <br/>llevarlo hasta el hospital le rasgó la  bota con su cuchillo, le quitó la ca- <br/>misa ensopada y con ella improvisó  un tapón para el pie destrozado  <br/>porque no había a mano ni vendajes , ni medicamentos, ni fenol para  <br/>desinfectar, ni opio, ni cloroformo, todo se había agotado o perdido en  <br/>el desorden de la contienda. «Suélt ese el torniquete de vez en cuando,  <br/>para que no se le gangrene la pierna , teniente», le recomendó el solda- <br/>do. Antes de despedirse le deseó bu ena suerte y le regaló sus más pre- <br/>ciadas posesiones: un paquete de ta baco y su cantimplora con los res- <br/>tos del aguardiente.   <br/>Severo del Valle no supo cuánto tiem po estuvo en ese patio, tal vez un  <br/>día, tal vez dos. Cuando finalmente  lo recogieron para conducirlo donde  <br/>el médico, estaba inconsciente y de shidratado, pero al moverlo el dolor  <br/>  80<br/><br/><br/>Page No 81<br/><br/>fue tan terrible que despertó con un  aullido. «Aguante, teniente, mire  <br/>que todavía le falta lo peor», dijo uno  de los camilleros. Se encontró en  <br/>una sala grande, con el suelo cubier to de arena, donde cada tanto un  <br/>par de ordenanzas vaciaba nuevos b aldes de arena para absorber la  <br/>sangre y se llevaba en los mismos baldes los miembros amputados para  <br/>quemarlos afuera en una pira enorme , que impregnaba el valle de olor  <br/>a carne chamuscada. En cuatro mesa s de madera cubiertas por plan- <br/>chas metálicas operaban a los infortunados soldados, por el suelo había  <br/>cubetas con agua rojiza donde enjuagaban las esponjas para restañar  <br/>los cortes y pilas de trapos rasgados en tiras para usar como vendajes,  <br/>todo sucio y salpicado de arena y as errín. Sobre una mesa lateral había  <br/>desplegados pavorosos instrumentos de  tortura, –tenazas, tijeras, sie- <br/>rras, agujas– manchados de sangre seca. Los alaridos de los operados  <br/>llenaban el ámbito y el olor a de scomposición, vómitos y excremento  <br/>era irrespirable. El médico resultó ser un inmigrante de los Balcanes con  <br/>el aire de dureza, seguridad y rapidez de un cirujano experto. Llevaba  <br/>una barba de dos días, tenía los ojos  rojos de fatiga y vestía un grueso  <br/>delantal de cuero cubierto de sangre  fresca. Quitó el improvisado ven- <br/>daje del pie de Severo, soltó el torniquete y le bastó una mirada para  <br/>ver que había comenzado la infección  y decidirse por la amputación. No  <br/>cabía duda de que en esos días  había cortado muchos miembros, por- <br/>que no pestañeó.  <br/>–¿Tiene algo de licor, soldado? –preguntó con evidente acento extranje- <br/>ro.  <br/>–Agua... –clamó Severo del Valle con la lengua reseca.  <br/>–Después tomará agua. Ahora necesi ta algo que lo atonte un poco, pe- <br/>ro aquí ya no tenemos ni una gota  de licor –dijo el médico. Severo se- <br/>ñaló la cantimplora. El doctor lo obligó a beber tres chorros largos, ex- <br/>plicándole que no contaban con anes tesia, y usó el resto para empapar  <br/>unos trapos y limpiar sus instrumentos, luego hizo una señal a los or- <br/>denanzas, que se colocaron a ambos lados de la mesa para sujetar al  <br/>paciente.   <br/>Ésta es mi hora de la verdad; alcanzó a pensar en Nívea y trató de ima- <br/>ginar morirse con la imagen en el corazón de la muchacha que había  <br/>destripado de un bayonetazo. Un en fermero colocó un nuevo torniquete  <br/>y sujetó firmemente la pierna a la alt ura del muslo. El cirujano cogió un  <br/>escalpelo, lo hundió veinte centím etros bajo la rodilla y mediante un  <br/>hábil movimiento circular cortó la carne hasta la tibia y el peroné. Seve- <br/>ro del Valle bramó de dolor y enseguida perdió el conocimiento, pero los  <br/>ordenanzas no lo soltaron, sino que con más determinación lo mantu- <br/>vieron clavado sobre la mesa, mientras el médico echaba hacia atrás  <br/>con los dedos la piel y los músculos, descubriendo los huesos; ensegui- <br/>  81<br/><br/><br/>Page No 82<br/><br/>da cogió una sierra y de tres certer as pasadas los seccionó. El enferme- <br/>ro extrajo del muñón los vasos cortad os y el doctor los fue ligando con  <br/>increíble destreza, luego soltó de a  poco el torniquete mientras iba cu- <br/>briendo con carne y piel el hueso amputado y cosiendo. Enseguida lo  <br/>vendaron rápidamente y lo llevaron en  vilo a un rincón de la sala para  <br/>dar paso a otro herido que llegó au llando a la mesa del cirujano. Toda  <br/>la operación había durado menos de seis minutos.  <br/>  <br/>En los días que siguieron a esa ba talla las tropas chilenas entraron a  <br/>Lima. Según los partes oficiales que se  publicaron en los periódicos de  <br/>Chile, lo hicieron ordenadamente; según consta en la memoria de los  <br/>limeños, fue una carnicería, que se sumó a los desmanes de los solda- <br/>dos peruanos derrotados y furiosos, po rque se sentían traicionados por  <br/>sus jefes. Una parte de la población  civil había huido y las familias pu- <br/>dientes buscaron seguridad en los barc os del puerto, en los consulados  <br/>y en una playa protegida por mariner ía extranjera, donde el cuerpo di- <br/>plomático había instalado carpas para acoger a los refugiados bajo ban- <br/>deras neutrales. Los que se quedar on para defender sus posesiones  <br/>habrían de recordar para el resto de  sus vidas las escenas infernales de  <br/>la soldadesca borracha y enloquecida de violencia. Saquearon y quema- <br/>ron las casas, violaron, golpearon y  asesinaron a quien se les puso por  <br/>delante, incluyendo mujeres, niños y ancianos. Finalmente una parte de  <br/>los regimientos peruanos soltó las ar mas y se rindió, pero muchos sol- <br/>dados se dispersaron en desbandada  hacia la sierra. Dos días después  <br/>el general peruano Andrés Cáceres salía de la ciudad ocupada con una  <br/>pierna destrozada, ayudado por su  mujer y un par de fieles oficiales,  <br/>para perderse en los vericuetos  de las montañas. Había jurado que  <br/>mientras le quedara un soplo de aliento seguiría combatiendo.  <br/>En el puerto del Callao los capita nes peruanos ordenaron a las tripula- <br/>ciones abandonar los barcos y encendieron el polvorín, hundiendo la to- <br/>talidad de su flota. Las explosiones  despertaron a Severo del Valle y se  <br/>encontró en un rincón, sobre la aren a inmunda de la sala de operacio- <br/>nes, junto a otros hombres que, como  él, acababan de pasar por el su- <br/>plicio de la amputación. Alguien le  había puesto encima una manta y al  <br/>lado una cantimplora con agua, estiró la mano pero temblaba tanto que  <br/>no pudo destaparla y se quedó con e lla apretada contra el pecho, gi- <br/>miendo, hasta que se acercó una joven cantinera, se la abrió y lo ayudó  <br/>a llevársela a los labios secos. Bebi ó todo el contenido de un tirón y  <br/>luego, instruido por la mujer, que  había combatido junto a los hombres  <br/>durante meses y sabía tanto de cuid ar heridos como los médicos, se  <br/>echó a la boca un puñado de tabaco y lo mascó ávidamente para amor- <br/>tiguar los espasmos del choc post-o peratorio. «Matar cuesta poco, so- <br/>  82<br/><br/><br/>Page No 83<br/><br/>brevivir es lo que cuesta, hijito. Si  te descuidas, la muerte te lleva a  <br/>traición», le advirtió la cantinera. «T engo miedo», trató de decir Severo  <br/>y ella tal vez no oyó su balbuceo pero  adivinó su terror, porque se quito  <br/>una medallita de plata del cuello y se  la puso entre las manos. «Que la  <br/>Virgen te ayude», murmuró e inclinán dose lo besó brevemente en los  <br/>labios antes de irse. Severo se qued ó con el roce de esos labios y la  <br/>medalla apretada en su palma. Tiritaba, le castañeteaban los dientes y  <br/>ardía de fiebre; se dormía o se desmayaba a ratos y cuando recuperaba  <br/>la conciencia el dolor lo atontaba.  Horas después volvió la misma canti- <br/>nera de trenzas morenas y le entregó unos trapos mojados para que se  <br/>limpiara el sudor y la sangre seca y un plato de latón con una papilla de  <br/>maíz, un trozo de pan duro y un tazón  de café de achicoria, un líquido  <br/>tibio y oscuro que ni siquiera intentó tocar, porque la debilidad y las  <br/>náuseas se lo impidieron. Escondió  la cabeza bajo la manta, abandona- <br/>do al sufrimiento y la desesperación,  gimiendo y llorando como un niño  <br/>hasta que se durmió de nuevo.   <br/>«Has perdido mucha sangre, hijo mío,  si no comes te mueres», lo des- <br/>pertó un capellán que andaba por allí  repartiendo consuelo entre los  <br/>heridos y la extremaunción entre los moribundos. Entonces Severo del  <br/>Valle se acordó que había ido a la gu erra a morir. Ése fue su propósito  <br/>cuando perdió a Lynn Sommers, pero  ahora que la muerte estaba allí,  <br/>inclinada sobre él como un buitre, es perando su oportunidad para darle  <br/>el zarpazo final, el instinto de la vi da lo remeció. Las ganas de salvarse  <br/>eran superiores al quemante tormento  que lo traspasaba desde la pier- <br/>na hasta la última fibra del cuerpo , más fuertes que la angustia, la in- <br/>certidumbre y el terror. Comprendió que lejos de echarse a morir, de- <br/>seaba desesperadamente permanecer en el mundo, vivir en cualquier  <br/>estado y condición, de cualquier  manera, cojo, derrotado, nada impor- <br/>taba con tal de seguir en este m undo. Como cualquier soldado, sabía  <br/>que sólo uno de cada diez amputados lograba sobreponerse a la pérdida  <br/>de sangre y a la gangrena, no había  forma de evitarlo, todo era cues- <br/>tión de suerte. Decidió que él sería uno de aquellos sobrevivientes. Pen- <br/>só que su maravillosa prima Nívea  merecía un hombre entero y no un  <br/>mutilado, no deseaba que ella lo viera convertido en un guiñapo, no po- <br/>dría tolerar su compasión. Sin embarg o al cerrar los ojos volvió a surgir  <br/>la muchacha a su lado, vio a Nívea, incontaminada por la violencia de la  <br/>guerra o la fealdad del mundo, inclin ada sobre él con su rostro inteli- <br/>gente, sus ojos negros y su sonrisa  traviesa, entonces el orgullo se le  <br/>disolvió como sal en el agua.  <br/>No tuvo la menor duda de que ella  lo amaría con medía pierna menos  <br/>tanto como lo había amado antes.  Tomó la cuchara con los dedos aga- <br/>rrotados, trató de controlar los tiritones, se obligó a abrir la boca y tra- <br/>  83<br/><br/><br/>Page No 84<br/><br/>gó un bocado de aquella asquerosa papilla de maíz, ya fría y cubierta de  <br/>moscas.  <br/>  <br/>Los regimientos chilenos entraron tr iunfantes a Lima en enero de 1881  <br/>y desde allí trataron de imponer la  forzada paz de la derrota al Perú.  <br/>Una vez calmada la bárbara confusión  de las primeras semanas, los so- <br/>berbios vencedores dejaron un contin gente de diez mil hombres para  <br/>controlar la nación ocupada y los demás emprendieron viaje al sur a re- <br/>coger sus bien ganados laureles, ig norando olímpicos a los millares de  <br/>soldados vencidos que lograron e scapar hacia la sierra y que desde allí  <br/>pensaban continuar combatiendo.   <br/>La victoria había sido tan aplastante,  que los generales no podían ima- <br/>ginar que los peruanos seguían hostig ándolos durante tres largos años.  <br/>El alma de aquella obstinada resistencia fue el legendario general Cáce- <br/>res, quien escapo de milagro a la muerte y partió con una herida espan- <br/>tosa a las montañas a resucitar la  semilla pertinaz del coraje en un  <br/>ejército andrajoso de soldados fant asmas y levas de indios, con el cual  <br/>llevó a cabo una cruenta guerra de  guerrillas, emboscadas y escaramu- <br/>zas. Los soldados de Cáceres, con  los uniformes en harapos, a menudo  <br/>descalzos, desnutridos y desesperados , peleaban con cuchillos, lanzas,  <br/>garrotes, piedras y unos cuantos fus iles anticuados, pero contaban con  <br/>la ventaja de conocer el terreno. Habían escogido bien el campo de ba- <br/>talla para enfrentar a un enemigo disciplinado y armado, aunque no  <br/>siempre con suficientes provisiones,  porque el acceso a esos cerros es- <br/>carpados era tarea de cóndores. Se  escondían en las cumbres nevadas,  <br/>en cuevas y hondonadas, en altos  ventisqueros, donde la atmósfera era  <br/>tan delgada y la soledad tan inmensa, que sólo ellos, hombres de la sie- <br/>rra, podían sobrevivir. A las tropas chilenas les reventaban los oídos en  <br/>sangre, caían desmayadas por la falt a de oxigeno y se congelaban en  <br/>las gargantas heladas de los Andes. Mientras ellos apenas podían subir  <br/>porque el corazón no les daba para  tanto esfuerzo, los indios del alti- <br/>plano trepaban como llamas con una carga equivalente a su propio peso  <br/>en la espalda, sin más alimento que  la carne amarga de las águilas y  <br/>una bola verde de hojas de coca qu e daban vueltas en la boca. Fueron  <br/>tres años de guerra sin tregua y si n prisioneros, con millares de muer- <br/>tos. Las fuerzas peruanas ganaron una  sola batalla frontal en una aldea  <br/>sin valor estratégico, resguardada por setenta y siete soldados chilenos,  <br/>varios enfermos de tifus. Los defe nsores tenían sólo cien balas por  <br/>hombre, pero pelearon toda la noche  con tal bravura contra centenares  <br/>de soldados e indios, que en el de solado amanecer, cuando ya no que- <br/>daban sino tres tiradores, los ofic iales peruanos les suplicaron que se  <br/>rindieran porque les parecía una ignominia matarlos. No lo hicieron, si- <br/>  84<br/><br/><br/>Page No 85<br/><br/>guieron guerreando y murieron bayone ta en mano gritando el nombre  <br/>de su patria. Había tres mujeres co n ellos, que las turbas indígenas  <br/>arrastraron al centro de la plaza en sangrentada, violaron y despedaza- <br/>ron. Una de ellas había dado a luz  durante la noche en la iglesia, mien- <br/>tras su marido se batía afuera, y ta mbién al recién nacido lo destroza- <br/>ron. Mutilaron los cadáveres, les abri eron el vientre y les vaciaron las  <br/>entrañas y, según contaban en Santiago, los indios se comieron las vís- <br/>ceras asadas al palo. Aquel bestialismo no fue excepcional, la barbarie  <br/>corrió pareja por ambos lados en  aquella guerra de montoneras. La  <br/>rendición final y la firma del tratado  de paz se consiguió en octubre de  <br/>1883, después de vencer a las tropas  de Cáceres en una última batalla,  <br/>una masacre a cuchillo y bayoneta qu e dejó más de mil muertos tendi- <br/>dos en el campo. Chile le quitó al Pe rú tres provincias. Bolivia perdió su  <br/>única salida al mar y fue obligada a firmar una tregua indefinida, que  <br/>habría de extenderse por veinte añ os hasta la firma de un tratado de  <br/>paz.  <br/>Severo del Valle, junto a millares de otros heridos, fue conducido en  <br/>barco a Chile. Mientras muchos morían  gangrenados o infectados de ti- <br/>fus y disentería en las improvisadas  ambulancias militares, él pudo re- <br/>cuperarse gracias a Nívea, quien apenas se enteró de lo ocurrido se pu- <br/>so en contacto con su tío, el ministro Vergara, y no lo dejó en paz hasta  <br/>que éste hizo buscar a Severo, lo rescató de un hospital, donde era un  <br/>número más entre miles de enfermos en  fatídicas condiciones, y lo en- <br/>vió en el primer transporte disponible a Valparaíso. También extendió  <br/>un permiso especial a su sobrina para que pudiera entrar al recinto mili- <br/>tar del puerto y asignó un teniente  para ayudarla. Cuando desembarca- <br/>ron a Severo del Valle en una angar illa ella no lo reconoció, había per- <br/>dido veinte kilos, estaba inmundo, parecía un cadáver amarillo e hirsu- <br/>to, con una barba de varias semanas y los ojos despavoridos y deliran- <br/>tes de un loco. Nívea se sobrepuso al espanto con la misma voluntad de  <br/>amazona que la sostenía en todos los  demás aspectos de su vida y lo  <br/>saludó con un alegre «ihola, primo, gu sto de verte!» que Severo no pu- <br/>do contestar. Al verla fue tanto su  alivio que se cubrió la cara con las  <br/>manos para que no lo viera llorar. El  teniente había dispuesto el trans- <br/>porte y, de acuerdo a las órdenes re cibidas, condujo al herido y a Nívea  <br/>directamente al palacio del ministro en Viña del Mar, donde la esposa  <br/>de éste había preparado un aposento.  «Dice mi marido que te quedarás  <br/>aquí hasta que puedas andar, hijo»,  le anunció. El médico de la familia  <br/>Vergara usó todos los recursos de la  ciencia para sanarlo, pero cuando  <br/>un mes más tarde la herida aún no cicatrizaba y Severo seguía deba- <br/>tiéndose en arrebatos de fiebre,  Nívea comprendió que tenía el alma  <br/>enferma por los horrores de la guerra  y el único remedio contra tantos  <br/>  85<br/><br/><br/>Page No 86<br/><br/>remordimientos era el amor, entonc es decidió recurrir a medidas ex- <br/>tremas.  <br/>–Voy a pedir permiso a mis padres  para casarme contigo –le anunció a  <br/>Severo.  <br/>–Yo me estoy muriendo, Nívea –suspiró él.  <br/>–¡Siempre tienes alguna excusa, Se vero! La agonía nunca ha sido im- <br/>pedimento para casarse.  <br/>–¿Quieres ser viuda sin haber sido esposa? No quiero que te suceda lo  <br/>que me pasó con Lynn.  <br/>–No seré viuda porque no te vas  a morir. ¿Podrías pedirme humilde- <br/>mente que me case contigo, primo?  Decirme, por ejemplo, que soy la  <br/>mujer de tu vida, tu ángel, tu musa  o algo por el estilo. ¡Inventa algo,  <br/>hombre! Dime que no puedes vivir si n mi, al menos eso es cierto, ¿no?  <br/>Admito que no me hace gracia ser la única romántica en esta relación.  <br/>–Estás loca, Nívea. Ni siquiera so y un hombre entero, soy un miserable  <br/>inválido.  <br/>–Te falta algo más que un pedazo de pierna? –pregunto ella alarmada.  <br/>–¿Te parece poco?  <br/>–Si tienes lo demás en su sitio, me parece que has perdido poco, Seve- <br/>ro –se rió ella.  <br/>–Entonces cásate conmigo, por favo r murmuró él, con profundo alivio y  <br/>un sollozo atravesado en la garganta, demasiado débil para abrazarla.  <br/>–No llores, primo, bésame; para eso  no te hace falta la pierna –replicó  <br/>ella inclinándose sobre la cama con  el mismo gesto que él había visto  <br/>muchas veces en su delirio.  <br/>Tres días más tarde se casaron en  una breve ceremonia en uno de los  <br/>hermosos salones de la residencia del  ministro, en presencia de las dos  <br/>familias. Dadas las circunstancias, fue  un casamiento privado, pero sólo  <br/>entre los parientes más íntimos se j untaron noventa y cuatro personas.  <br/>Severo se presentó pálido y flaco, co n el cabello cortado a lo Byron, las  <br/>mejillas rasuradas y vestido de gala, con camisa de cuello laminado, bo- <br/>tones de oro y corbata de seda, en  una silla de ruedas. No hubo tiempo  <br/>de hacer un vestido de novia ni un ajuar apropiado para Nívea, pero sus  <br/>hermanas y primas le llenaron dos baúles con la ropa de casa que habí- <br/>an bordado durante años para sus  propios ajuares. Usó un vestido de  <br/>satén blanco y una tiara de perlas y diamantes, prestados por la mujer  <br/>de su tío. En la fotografía de la boda  aparece radiante de pie junto a la  <br/>silla de su marido.   <br/>Esa noche hubo una cena en familia a la cual no asistió Severo del Va- <br/>lle, porque las emociones del día lo  habían agotado. Después que los  <br/>invitados se retiraron, Nívea fue co nducida por su tía a la habitación  <br/>que le tenían preparada. «Lamento  mucho que tu primera noche de ca- <br/>  86<br/><br/><br/>Page No 87<br/><br/>sada sea así ... », balbuceó la buen a señora sonrojándose. «No se pre- <br/>ocupe, tía, me consolaré rezando el rosario», replicó la joven.   <br/>Aguardó que la casa se durmiera y  cuando estuvo segura de que no  <br/>había más vida que el viento salino  del mar entre los árboles del jardín,  <br/>recorrió los largos pasillos de aquel  palacio ajeno y entró a la pieza de  <br/>Severo. La monja contratada para  velar el sueño del enfermo yacía  <br/>despaturrada en un sillón profundamente dormida, pero Severo estaba  <br/>despierto, esperándola. Ella se llevó  un dedo a los labios para indicarle  <br/>silencio, apagó las lámparas a gas y se introdujo en el lecho.  <br/>Nívea se había educado en las mo njas y provenía de una familia a la  <br/>antigua, donde jamás se mencionaba n las funciones del cuerpo y mu- <br/>cho menos aquellas relacionadas con la reproducción, pero tenía veinte  <br/>años, un corazón apasionado y buen a memoria. Recordaba muy bien  <br/>los juegos clandestinos con su prim o en los rincones oscuros, la forma  <br/>del cuerpo de Severo, la ansiedad  del placer siempre insatisfecho, la  <br/>fascinación del pecado. En esa época  el pudor y la culpa los inhibían y  <br/>ambos salían de los rincones prohibidos temblando, extenuados y con la  <br/>piel en llamas. En los años que habían pasado separados, tuvo tiempo  <br/>de repasar cada instante compartido  con su primo y transformar la cu- <br/>riosidad de la infancia en un amor profundo. Además había aprovecha- <br/>do a fondo la biblioteca de su tío José Francisco Vergara, hombre de  <br/>pensamiento liberal y moderno, que no  aceptaba limitación alguna a su  <br/>inquietud intelectual y mucho meno s toleraba la censura religiosa.  <br/>Mientras Nívea clasificaba los libros  de ciencia o arte y guerra, descu- <br/>brió por casualidad la forma de abri r un anaquel secreto y se encontró  <br/>ante un conjunto nada despreciable  de novelas de la lista negra de la  <br/>iglesia y textos eróticos, incluso una  divertida colección de dibujos ja- <br/>poneses y chinos con parejas patas arriba, en posturas anatómicamente  <br/>imposibles, pero capaces de inspirar  al más ascético y con mayor razón  <br/>a una persona tan imaginativa como  ella. Sin embargo, los textos más  <br/>didácticos fueron las novelas pornogr áficas de una tal Dama Anónima,  <br/>muy mal traducidos del inglés al es pañol, que la joven se llevó una a  <br/>una ocultas en su bolso, leyó cuidadosamente y volvió a colocar con si- <br/>gilo en su mismo lugar, precaución  inútil, porque su tío andaba en la  <br/>campaña de la guerra y nadie más en  el palacio entraba a la biblioteca.  <br/>Guiada por aquellos libros exploró su propio cuerpo, aprendió los rudi- <br/>mentos del arte más antiguo de la humanidad y se preparó para el día  <br/>en que pudiera aplicar la teoría a la  práctica. Sabía, por supuesto, que  <br/>estaba cometiendo un pecado horrend o –el placer siempre es pecado–  <br/>pero se abstuvo de discutir el tema  con su confesor porque le pareció  <br/>que el gusto que se daba y que se dar ía en el futuro bien valía el riesgo  <br/>del infierno. Rezaba para que la muer te no la sorprendiera de súbito y  <br/>  87<br/><br/><br/>Page No 88<br/><br/>alcanzara, antes de exhalar el último aliento, a confesarse de las horas  <br/>de deleite que los libros le brindaban.  Jamás se puso en el caso de que  <br/>aquel solitario entrenamiento le servirla para devolver la vida al hombre  <br/>que amaba y mucho menos que tendría que hacerlo a tres metros de  <br/>una monja dormida. A partir de la primera noche con Severo, Nívea se  <br/>las arreglaba para llevar una taza de chocolate caliente y unas galletitas  <br/>a la religiosa cuando iba a despedirse de su marido, antes de partir a su  <br/>habitación. El chocolate contenía una  dosis de valeriana capaz de dor- <br/>mir a un camello. Severo del Valle nunca imaginó que su casta prima  <br/>fuera capaz de tantas y tan extraordinarias proezas. La herida de la  <br/>pierna, que le producía dolores punzan tes, la fiebre y la debilidad, lo li- <br/>mitaban a un papel pasivo, pero lo que le faltaba en fortaleza lo ponía  <br/>ella en iniciativa y sabiduría. Severo  no tenía la menor idea que aque- <br/>llas maromas fueran posibles y estaba seguro de que no eran cristianas,  <br/>pero eso no le impidió gozarlas a pl enitud. Si no fuera porque conocía a  <br/>Nívea desde la infancia, habría pensad o que su prima se había entrena- <br/>do en un serrallo turco, pero si le inquietaba la forma en que esa donce- <br/>lla había aprendido tan variados trucos  de meretriz, tuvo la inteligencia  <br/>de no preguntárselo. La siguió dócilmente en el viaje de los sentidos  <br/>hasta donde le dio el cuerpo, rindie ndo por el camino hasta el último  <br/>resquicio del alma. Se buscaban bajo  las sábanas en las formas descri- <br/>tas por los pornógrafos de la biblio teca del honorable ministro de la  <br/>guerra y en otras que iban inventando aguijoneados por el deseo y el  <br/>amor, pero restringidos por el muñón envuelto en vendajes y por la  <br/>monja roncando en su sillón. Los so rprendía el amanecer palpitando en  <br/>un nudo de brazos, con las bocas unidas respirando al unísono y tan  <br/>pronto se insinuaba el primer resplandor del día en la ventana, ella se  <br/>deslizaba como una sombra de vuelta a su pieza. Los juegos de antes  <br/>se convirtieron en verdaderas mara tones de concupiscencia, se acari- <br/>ciaban con apetito voraz, se besaba n, se lamían y se penetraban por  <br/>todas partes, todo esto en la oscuri dad y en el más absoluto silencio,  <br/>tragándose los suspiros y mordiendo las almohadas para sofocar la ale- <br/>gre lujuria que los elevaba a la glor ía una y otra vez durante aquellas  <br/>noches demasiado breves. El reloj volaba: apenas Nívea surgía como un  <br/>espíritu en la habitación para introd ucirse dentro de la cama de Severo  <br/>y ya era la mañana. Ninguno de los dos pegaba los ojos, no podían per- <br/>der ni un minuto de aquellos encuentr os benditos. Al día siguiente él  <br/>dormía como un recién nacido hasta el  mediodía, pero ella se levantaba  <br/>temprano con el aire confuso de  una sonámbula y cumplía con las ruti- <br/>nas normales. Por las tardes Severo  Del Valle reposaba en su silla de  <br/>ruedas en la terraza mirando la puesta  del sol frente al mar, mientras  <br/>su esposa se dormía bordando mantelitos a su lado. Delante de otros se  <br/>  88<br/><br/><br/>Page No 89<br/><br/>comportaban como hermanos, no se tocaban y casi no se miraban, pero  <br/>el ambiente a su alrededor estaba  cargado de ansiedad. Pasaban el día  <br/>contando las horas, aguardando con delirante vehemencia que llegara  <br/>la hora de volver a abrazarse en la  cama. Lo que hacían por las noches  <br/>habría horrorizado al médico, a las do s familias, a la sociedad entera y  <br/>ni qué decir a la monja. Entretanto  los parientes y amigos comentaban  <br/>la abnegación de Nívea, esa joven  tan pura y tan católica condenada a  <br/>un amor platónico, y la fortaleza mo ral de Severo, quien había perdido  <br/>una pierna y arruinado su vida de fendiendo a la patria. Las urdimbres  <br/>de comadres propagaban el chisme  de que no era sólo una pierna lo  <br/>perdido en el campo de batalla, sino  también los atributos viriles. Po- <br/>brecitos, musitaban entre suspiros, sin sospechar lo bien que lo pasaba  <br/>aquella pareja de disipados.   <br/>  <br/>A la semana de anestesiar a la religiosa con chocolate y de hacer el  <br/>amor como egipcios, la herida de la amputación había cicatrizado y la  <br/>fiebre había desaparecido. Antes de  dos meses Severo del Valle andaba  <br/>con muletas y empezaba a hablar de  una pierna de palo, mientras Ní- <br/>vea echaba las entrañas escondida en cualquiera de los veintitrés baños  <br/>del palacio de su tío. Cuando no  hubo más remedio que admitir ante la  <br/>familia el embarazo de Nívea, la sorp resa general fue de tales propor- <br/>ciones que llegó a decirse que ese embarazo era un milagro. La más es- <br/>candalizada fue sin duda la monja, pe ro Severo y Nívea siempre sospe- <br/>charon que, a pesar de las dosis supe rlativas de valeriana, la santa mu- <br/>jer tuvo ocasión de aprender mucho; se hacía la dormida para no pri- <br/>varse del gusto de espiarlos. El único  que logró imaginar como lo habí- <br/>an hecho y que celebró la pericia de la pareja a carcajada limpia fue el  <br/>ministro Vergara. Cuando Severo pu do dar los primeros pasos con su  <br/>pierna artificial y el vientre de Ní vea fue indisimulable, los ayudó a ins- <br/>talarse en otra casa y le dio trabaj o a Severo del Valle. «El país y el  <br/>partido liberal necesitan hombres de tu audacia», dijo, aunque en honor  <br/>a la verdad la audaz era Nívea.  <br/>  <br/>No conocí a mi abuelo Feliciano Ro dríguez de Santa Cruz, murió unos  <br/>meses antes que yo llegara a vivir a su casa. Le dio una apoplejía cuan- <br/>do estaba sentado a la cabecera de la mesa en un banquete en su man- <br/>sión de Nob Hill, atragantado por un pa stel de venado y vino tinto fran- <br/>cés. Lo recogieron del suelo entre va rios y lo recostaron moribundo en  <br/>un sofá, con su hermosa cabeza de  príncipe árabe sobre el regazo de  <br/>Paulina del Valle, quien para darle ánimo le repetía: «No te mueras, Fe- <br/>liciano, mira que a las viudas no las  convida nadie... ¡Respira, hombre!  <br/>Si respiras, te prometo que hoy sin f alta le quito el pestillo a la puerta  <br/>  89<br/><br/><br/>Page No 90<br/><br/>de mi pieza.» Cuentan que Feliciano  alcanzó a sonreír antes de que el  <br/>corazón le reventara en sangre. Exis ten innumerables retratos de aquel  <br/>chileno fornido y alegre; es fácil imag inarlo vivo, porque en ninguno es- <br/>tá posando para el pintor o para el  fotógrafo, en todos da la impresión  <br/>de haber sido sorprendido en un ge sto espontáneo. Se reía con dientes  <br/>de tiburón, gesticulaba al hablar, se movía con la seguridad y petulancia  <br/>de un pirata. A su muerte, Paulina de l Valle se desmoronó; fue tal su  <br/>depresión que no pudo asistir al fune ral ni a ninguno de los múltiples  <br/>homenajes que le rindió la ciudad.  Como sus tres hijos estaban ausen- <br/>tes, le tocó al mayordomo William s y a los abogados de la familia  <br/>hacerse cargo de las exequias. Lo s dos hijos menores llegaron unas  <br/>semanas más tarde, pero Matías an daba en Alemania y, con la excusa  <br/>de su salud, no apareció para cons olar a su madre. Por primera vez en  <br/>su vida Paulina perdió la coquetería,  el apetito y el interés en los libros  <br/>de contabilidad, rehusaba salir y pasa ba días en la cama. No permitió  <br/>que nadie la viera en esas condicione s, los únicos que supieron de su  <br/>llanto fueron sus mucamas y Williams, quien fingía no darse cuenta, li- <br/>mitándose a vigilar a prudente distancia para ayudarla si se lo pedía.  <br/>Una tarde se detuvo por casualidad  frente al gran espejo dorado que  <br/>ocupaba medía pared de su baño y vi o en lo que se había convertido:  <br/>una bruja gorda y desarrapada, con una  cabecita de tortuga coronada  <br/>por una mata de greñas grises. Di o un grito de horror. Ningún hombre  <br/>en el mundo –y menos Feliciano– merecía tanta abnegación, concluyó.  <br/>Había tocado fondo, era hora de dar  una patada en el suelo y elevarse  <br/>otra vez a la superficie.  <br/>Tocó la campanilla para llamar a sus  mucamas y les ordenó que la ayu- <br/>daran a bañarse y le trajeran a su pe luquero. A partir de ese día se re- <br/>puso del duelo con voluntad de hie rro, sin más ayuda que montañas de  <br/>dulces y largos baños de tina. La noche solía sorprenderla con la boca  <br/>llena y sumida en la bañera, pero  no volvió a llorar. Para Navidad  <br/>emergió de su reclusión con varios  kilos de más y perfectamente com- <br/>puesta, entonces comprobó sorprend ida que en su ausencia el mundo  <br/>siguió rodando y nadie la había echa do de menos, lo cual fue un incen- <br/>tivo más para ponerse definitivamente de pie. No permitiría que la igno- <br/>raran, decidió; acababa de cumplir  sesenta años y pensaba vivir unos  <br/>treinta más aunque mas no fuera para mortificar a sus semejantes. Lle- <br/>varía luto por unos meses, era lo  menos que podía hacer por respeto a  <br/>Feliciano, pero a él no le gustaba ve rla convertida en una de esas viu- <br/>das griegas que se entierran en trapos negros por el resto de sus vidas.  <br/>Se dispuso a planear un nuevo guardarro pa en colores pasteles para el  <br/>año siguiente y un viaje de placer por Europa. Siempre quiso ir a Egip- <br/>to, pero Feliciano opinaba que ése er a un país de arena y momias don- <br/>  90<br/><br/><br/>Page No 91<br/><br/>de todo lo interesante había sucedi do tres mil años antes. Ahora que  <br/>estaba sola podría realizar ese sueño.  Pronto se dio cuenta, sin embar- <br/>go, cuánto había cambiado su existe ncia y cuán poco la estimaba la so- <br/>ciedad de San Francisco; toda su  fortuna no alcanzaba para hacerse  <br/>perdonar su origen hispano y su acen to de cocinera. Tal como había di- <br/>cho en broma, nadie la convidaba, ya no era la primera en recibir invi- <br/>tación a las fiestas, no le pedían que inaugurara un hospital o un mo- <br/>numento, su nombre dejó de menc ionarse en las páginas sociales y  <br/>apenas la saludaban en la ópera. Esta ba excluida. Por otra parte resul- <br/>taba muy difícil incrementar sus nego cios, porque sin su marido no te- <br/>nía quien la representara en los medi os financieros. Hizo un cálculo mi- <br/>nucioso de sus haberes y se dio cuenta  de que sus tres hijos botaban el  <br/>dinero más rápido de lo que ella po día ganarlo, había deudas por todas  <br/>partes y antes de fallecer Feliciano  había hecho algunas inversiones pé- <br/>simas sin consultarla. No era tan rica como pensaba, pero estaba lejos  <br/>de sentirse derrotada. Llamó a William s y le ordenó contratar un deco- <br/>rador para remodelar los salones,  un chef para planear una serie de  <br/>banquetes que ofrecería con motivo del Año Nuevo, un agente de viajes  <br/>para hablar de Egipto y un sastre para planear sus nuevos vestidos. En  <br/>eso estaba, reponiéndose del susto  de la viudez con medidas de emer- <br/>gencia, cuando se presentó en su ca sa una niña vestida de popelina bl- <br/>anca, con un bonete de encaje y boti tas de charol, de la mano de una  <br/>mujer de luto. Eran Eliza Sommers y  su nieta Aurora, a quienes Paulina  <br/>del Valle no había visto en cinco años.  <br/>–aquí le traigo a la niña, tal como us ted quería, Paulina –dijo Eliza tris- <br/>temente.  <br/>–Dios Santo, ¿qué pasó? –preguntó  Paulina Del Valle pillada de sorpre- <br/>sa.  <br/>–Mi marido ha muerto.  <br/>–Veo que las dos somos viudas... –murmuró Paulina.  <br/>Eliza Sommers le explicó que no podr ía cuidar a su nieta, porque debía  <br/>llevar el cadáver de Tao-Chien a Chin a, tal como se lo había prometido  <br/>siempre. Paulina del Valle llamó a W illiams y le ordenó que acompañara  <br/>a la niña al jardín para mostrarle los pavos reales, mientras ellas habla- <br/>ban.  <br/>–¿Cuándo piensa regresar, Eliza? –preguntó Paulina.  <br/>–Puede ser un viaje muy largo.  <br/>–No quiero encariñarme con la niña  y dentro de unos meses tener que  <br/>devolvérsela. Se me partiría el corazón.  <br/>–Le prometo que eso no sucederá, Pa ulina. Usted puede ofrecer a mi  <br/>nieta una vida mucho mejor de la que yo puedo darle. No pertenezco a  <br/>ningún lugar. Sin Tao, carece de se ntido vivir en Chinatown, tampoco  <br/>  91<br/><br/><br/>Page No 92<br/><br/>calzo entre americanos y no tengo nada que hacer en Chile. Soy extran- <br/>jera en todas partes, pero deseo que La¡–Ming tenga raíces  o una fami- <br/>lia y buena educación. Corresponde a  Severo del Valle, su padre legal,  <br/>hacerse cargo de ella, pero está muy lejos y tiene otros hijos. Como us- <br/>ted siempre quiso tener a la niña pensé que...  <br/>–¡Hizo muy bien, Eliza! –la interrumpió Paulina.  <br/>Paulina del Valle escuchó hasta el fi nal la tragedia que se había abatido  <br/>sobre Eliza Sommers y averiguó todo s los detalles sobre Aurora, inclu- <br/>yendo el papel que jugaba Severo de l Valle en su destino. Sin saber  <br/>cómo, por el camino se evaporaron el  rencor y el orgullo y se encontró  <br/>conmovida abrazando a esa mujer a quien momentos antes consideraba  <br/>su peor enemiga, agradeciéndole la  generosidad increíble de entregarle  <br/>a la nieta, y jurándole que sería una  verdadera abuela, no tan buena  <br/>como seguramente ella y Tao-Chien ha bían sido, pero dispuesta a dedi- <br/>car  el  resto  de  su  vida  a  cuidar  y  hacer  feliz  a  Aurora.  Ésa  sería  su  <br/>primera misión en este mundo.  <br/>–La¡–Ming es una chica lista. Pronto preguntará quién es su padre. Has- <br/>ta hace poco creía que su padre, su abuelo, su mejor amigo y Dios eran  <br/>la misma persona: Tao-Chien –dijo Eliza.  <br/>–¿Qué quiere que le diga si pregunta? quiso saber Paulina.  <br/>–Dígale la verdad, eso siempre es lo  más fácil de entender –le aconsejó  <br/>Eliza.  <br/>–¿Que mi hijo Matías es su padre bi ológico y mi sobrino Severo es su  <br/>padre legal?  <br/>–¿Por qué no? Y dígale que su ma dre se llamaba Lynn Sommers y era  <br/>una joven buena y bella –murmuró Eliza con la voz quebrada.  <br/>Las dos abuelas acordaron allí mismo que para evitar confundir aún  <br/>más a la nieta convenía separarla definitivamente de su familia mater- <br/>na, que no volviera a hablar chino  ni tener contacto alguno con su pa- <br/>sado. A los cinco años no hay uso de  razón, concluyeron; con el tiempo  <br/>la pequeña La¡-Ming olvidaría sus oríg enes y el trauma de los hechos  <br/>recientes. Eliza Sommers se compro metió a no intentar ninguna forma  <br/>de comunicación con la niña y Pau lina del Valle a adorarla como lo  <br/>hubiera hecho con esa hija que tant o deseó y no tuvo. Se despidieron  <br/>con un breve abrazo y Eliza salió por  una puerta de servicio, para que  <br/>su nieta no la viera alejarse.  <br/>  <br/>Lamento mucho que esas dos buenas  señoras, mis abuelas Eliza Som- <br/>mers y Paulina del Valle, decidieran mi destino sin permitirme participa- <br/>ción alguna. Con la misma colosal de terminación con que a los diecio- <br/>cho años se escapó de un convento  con la cabeza rapada para huir con  <br/>su novio y a los veintiocho amasó una  fortuna acarreando hielos prehis- <br/>  92<br/><br/><br/>Page No 93<br/><br/>tóricos en barco, mi abuela Paulina  se empeñó en borrar mi proceden- <br/>cia. Y si no es por un traspié del dest ino, que a última hora le torció los  <br/>planes, lo habría conseguido. Recuer do muy bien la primera impresión  <br/>que tuve de ella. Me veo entrando  a un palacio encaramado en una co- <br/>lina, atravesando jardines con espejo s de agua y arbustos recortados,  <br/>veo los peldaños de mármol con send os leones de bronce de tamaño  <br/>natural a cada lado, la puerta doble de madera oscura y el inmenso hall  <br/>iluminado por los vitrales de colore s de una cúpula majestuosa que co- <br/>ronaba el techo. Nunca había estado en un lugar así, sentía tanta fasci- <br/>nación como miedo. Pronto me encontré ante un sillón dorado de meda- <br/>llón donde estaba Paulina del Valle, reina en su trono. Como volví a ver- <br/>la muchas veces instalada en ese mismo sillón, no me es difícil imaginar  <br/>su aspecto ese primer día: ataviada con una profusión de joyas y sufi- <br/>ciente tela como para hacer cortinas, imponente. A su lado el resto del  <br/>mundo desaparecía. Tenía una hermosa voz, una gran elegancia natural  <br/>y los dientes blancos y parejos, prod ucto de una perfecta plancha den- <br/>tal de porcelana. En ese tiempo se guramente ya tenía el cabello gris,  <br/>pero se lo teñía del mismo color castaño de la juventud y lo aumentaba  <br/>con una serie de postizos hábilmente  dispuestos de manera que el mo- <br/>ño parecía una torre. Yo no había vi sto antes una criatura de tales di- <br/>mensiones, perfectamente adecuada al tamaño y suntuosidad de su  <br/>mansión. Ahora, que por fin conozco lo ocurrido durante los días ante- <br/>riores a ese momento, comprendo que  no es justo atribuir mi espanto  <br/>sólo a esa formidable abuela; cuando  me llevaron a su casa el terror  <br/>era parte de mi equipaje, como la  pequeña maleta y la muñeca china  <br/>que llevaba bien aferradas. Después  de pasearme por el jardín y de  <br/>sentarme en un inmenso comedor vací o frente a una copa de helado,  <br/>Williams me llevó a la sala de las  acuarelas, donde suponía que mi  <br/>abuela El¡za me estaría esperando, pe ro en su lugar me encontré con  <br/>Paulina del Valle, quien se me acercó  con cautela, como si intentara  <br/>atrapar a un gato esquivo, y me di jo que me quería mucho y de ahora  <br/>en adelante yo viviría en esa casa  grande y tendría muchas muñecas,  <br/>también un pony y un cochecito.  <br/>–Yo soy tu abuela –aclaró.  <br/>–¿Dónde está mí abuela verdadera? dicen que pregunté.  <br/>–Soy tu abuela verdadera, Aurora. La otra abuela se ha ido en un largo  <br/>viaje –me explicó Paulina.  <br/>Eché a correr, crucé el hall de la cú pula, me perdí en la biblioteca, di  <br/>con el comedor y me metí debajo  de la mesa, donde me acurruqué,  <br/>muda de confusión. Era un mueble  enorme con la cubierta de mármol  <br/>verde y las patas talladas con figuras de cariátides, imposible de mover.  <br/>Pronto llegaron Paulina del Valle, Williams y un par de criados decididos  <br/>  93<br/><br/><br/>Page No 94<br/><br/>a engatusarme, pero yo me escurr ía como una comadreja apenas algu- <br/>na mano lograba acercarse. «Déjela,  señora, ya saldrá sola», sugirió  <br/>Williams, pero como pasaron varias ho ras y yo continuaba atrincherada  <br/>bajo la mesa, me trajeron otro p lato de helados, una almohada y una  <br/>cobija. «Cuando se duerma la sacaremos», había dicho Paulina del Va- <br/>lle, pero no dormí, en cambio me  oriné en cuclillas plenamente cons- <br/>ciente de la falta que cometía, pero demasiado asustada para buscar un  <br/>baño. Permanecí bajo la mesa incluso mientras Paulina cenaba; desde  <br/>mi trinchera veía sus gruesas pierna s, sus pequeños zapatos de satén  <br/>rebasados por los rollos de los pies, y los pantalones negros de los mo- <br/>zos que pasaban sirviendo. Ella se  agachó con tremenda dificultad un  <br/>par de veces para hacerme un guiño,  que contesté ocultando la cara  <br/>contra las rodillas. Me moría de hambre, cansancio y deseos de ir al ba- <br/>ño, pero era tan soberbia como la misma Paulina del Valle y no me ren- <br/>dí con facilidad. Poco después Williams deslizó bajo la mesa una bande- <br/>ja con el tercer helado, galletas y un  gran trozo de pastel de chocolate.  <br/>Esperé que se alejara y cuando me  sentí segura quise comer, pero  <br/>mientras más estiraba la mano, más lejos estaba la bandeja, que el  <br/>mayordomo iba halando de un cordel . Cuando finalmente pude coger  <br/>una galleta, ya me encontraba fuera de  mi refugio, pero como no había  <br/>nadie en el comedor pude devorar las  golosinas en paz y regresar vo- <br/>lando bajo la mesa apenas sentí rui do. Lo mismo se repitió horas des- <br/>pués, al aclarar la mañana, hasta que siguiendo a la bandeja movediza  <br/>llegué a la puerta, donde me esperaba Paulina del Valle con un cachorro  <br/>amarillento, que me puso en los brazos.  <br/>–Toma, es para ti, Aurora. Este perri to también se siente solo y asusta- <br/>do –me dijo.  <br/>–Mi nombre es La¡–Ming.  <br/>–Tu nombre es Aurora del Valle replico ella rotunda.  <br/>–¿Dónde está el baño? –murmuré con las piernas cruzadas.  <br/>Y así se inició mi relación con es a colosal abuela que el destino me  <br/>había deparado. Me instaló en una habitación próxima a la suya y me  <br/>autorizó para dormir con el cacho rro, a quien llamé Caramelo porque  <br/>era de ese color. A medianoche desperté con la pesadilla de los niños  <br/>en piyamas negros y sin pensarlo  dos veces me fui volando a la legen- <br/>daria cama de Paulina del Valle, tal  como antes me introducía todas las  <br/>madrugadas en la de mi abuelo, para que me mimara. Estaba acostum- <br/>brada a ser recibida en los brazos  firmes de Tao-Chien, nada me con- <br/>fortaba tanto como su olor a mar y  la letanía de palabras dulces en chi- <br/>no que me decía medio dormido. Ig noraba que los niños normales no  <br/>cruzan el umbral de la habitación  de los mayores y mucho menos en- <br/>tran en sus lechos; me había criado  en estrecho contacto físico, besu- <br/>  94<br/><br/><br/>Page No 95<br/><br/>queada y mecida hasta el infinito por mis abuelos maternos, y no cono- <br/>cía otra forma de consuelo o desca nso que un abrazo. Al verme Paulina  <br/>del Valle me rechazó escandalizada y yo me puse a gemir despacito a  <br/>coro con el pobre perro y tan lastimoso debe haber sido nuestro estado,  <br/>que nos hizo seña de acercarnos. Salt é a su cama y me tapé la cabeza  <br/>con las sábanas. Supongo que me do rmí de inmediato, en todo caso  <br/>amanecí acurrucada junto a sus grande s senos perfumados a gardenia,  <br/>con el cachorro a los pies.   <br/>Lo primero que hice al despertar entre los delfines y las náyades floren- <br/>tinas fue preguntar por mis abuelos, Eliza y Tao. Los busqué por toda la  <br/>casa y por los jardines, después me  instalé junto a la puerta a esperar  <br/>que me vinieran a buscar. Lo mismo se repitió por el resto de la sema- <br/>na, a pesar de los regalos, los paseos y los mimos de Paulina. El sábado  <br/>me escapé. Jamás había estado sola en la calle y no era capaz de ubi- <br/>carme, pero el instinto me indicó  que debía bajar el cerro, así llegué al  <br/>centro de San Francisco, donde deambulé por varias horas–, aterrada,  <br/>hasta que vislumbré a un par de chin os con un carrito cargado de ropa  <br/>para lavar y los seguí a prudente dist ancia porque se parecían a mi tío  <br/>Lucky. Se dirigían a Chinatown –allí  se ubicaban todas las lavanderías  <br/>de la ciudad– y tan pronto entré a ese barrio tan conocido me sentí se- <br/>gura, aunque ignoraba los nombres  de las calles o la dirección de mis  <br/>abuelos. Era tímida y estaba demas iado asustada para pedir ayuda, de  <br/>modo que seguí andando sin rumbo fijo, guiada por los olores a comida,  <br/>el sonido de la lengua y el aspecto  de los centenares de pequeñas tien- <br/>das que tantas veces había recorrido de la mano de mi abuelo Tao- <br/>Chien. En algún momento me venció  el cansancio, me acomodé en el  <br/>umbral de un vetusto edificio y me  quedé dormida. Me despertó un sa- <br/>cudón y los gruñidos de una mujer vi eja con finas cejas pintadas con  <br/>carbón en la mitad de la frente, qu e le daban un aire de máscara. Di un  <br/>grito de pavor, pero ya era tarde  para zafarme, porque me tenía aga- <br/>rrada a dos manos. Me llevó patalean do en el aire a un sucucho infecto  <br/>donde me encerró. El cuarto olía muy  mal y entre el miedo y el hambre  <br/>supongo que me enfermé, porque comencé a vomitar. No tenía idea de  <br/>dónde estaba. Apenas me recuperé de las náuseas me puse a llamar a  <br/>mi abuelo a todo pulmón y entonces  volvió la mujer y me plantó unas  <br/>bofetadas que me cortaron el aliento; nunca me habían golpeado y creo  <br/>que la sorpresa fue mayor que el dolo r. Me ordenó en cantonés que me  <br/>callara la boca o me azotaría con una  pértiga de bambú, luego me des- <br/>nudó, me revisó entera con especial  atención la boca, las orejas y los  <br/>genitales, me puso una camisa limpia y se llevó mi ropa manchada.  <br/>Quedé otra vez sola en el cuartuch o que iba sumiéndose en la penum- <br/>bra a medida que disminuía la luz en el único hueco de ventilación.  <br/>  95<br/><br/><br/>Page No 96<br/><br/>Creo que esa aventura me marcó, porque han pasado veinticinco años y  <br/>todavía tiemblo cuando recuerdo aq uellas horas interminables. Jamás  <br/>se veían niñas solas en Chinatown  por aquellos entonces, las familias  <br/>las cuidaban celosamente porque en  cualquier descuido podían desapa- <br/>recer en los vericuetos de la prostitución infantil. Yo era muy joven para  <br/>eso, pero a menudo raptaban o comp raban criaturas de mi edad para  <br/>entrenarlas desde la infancia en toda  clase de depravaciones. La mujer  <br/>volvió horas después, cuando ya es taba totalmente oscuro, acompaña- <br/>da por un hombre más joven. Me ob servaron a la luz de una lámpara y  <br/>empezaron a discutir acaloradamente en su idioma, que yo conocía, pe- <br/>ro entendí poco porque estaba exte nuada y muerta de miedo. Me pare- <br/>ció oír varias veces el nombre de mi  abuelo Tao-Chien. Se fueron y vol- <br/>ví a quedar sola, tiritando de frío y  de terror, no sé por cuánto tiempo.  <br/>Cuando volvió a abrirse la puerta,  la luz de la lámpara me cegó, escu- <br/>ché mi nombre en chino, La¡–Ming,  y reconocí la voz inconfundible de  <br/>mí tío Lucky. Sus brazos me alzaron  y ya no supe más, porque el alivio  <br/>me aturdió. No recuerdo el viaje en coche ni el momento en que volví a  <br/>encontrarme en el palacete de Nob H ill frente a mi abuela Paulina. No  <br/>recuerdo tampoco lo que pasó en las semanas siguientes, porque me  <br/>dio varicela y estuve muy enferma;  fue una época confusa, de muchos  <br/>cambios y contradicciones.  <br/>Ahora, atando cabos sueltos de mi  pasado, puedo asegurar sin lugar a  <br/>duda de que me salvó la buena suerte  de mi tío Lucky. La mujer que  <br/>me raptó en la calle acudió a un repr esentante de su tong porque nada  <br/>sucedía en Chinatown sin el conocimiento y aprobación de esas bandas.  <br/>Toda la comunidad pertenecía a los di ferentes tongs. Hermandades ce- <br/>rradas y celosas que agrupaban a sus miembros exigiendo lealtad y  <br/>comisiones a cambio de protección,  contactos para trabajar y la prome- <br/>sa de devolver los cuerpos de sus miembros a China, si morían en suelo  <br/>americano. El hombre me había vist o de la mano de mi abuelo muchas  <br/>veces y, por una afortunada casualidad, pertenecía al mismo tong de  <br/>Tao-Chien. Fue él quien llamó a mi tí o. El primer impulso de Lucky fue  <br/>llevarme a su casa para que su nueva esposa, recién encargada a China  <br/>por catálogo, se hiciera cargo de mí, pero luego comprendió que las ins- <br/>trucciones de sus padres debían  ser respetadas. Después de ponerme  <br/>en manos de Paulina del Valle, mi abuela Eliza había partido con el  <br/>cuerpo de su marido para enterrarlo en Hong Kong.  <br/>Tanto ella como Tao-Chien siempre mantuvieron que el barrio chino de  <br/>San Francisco era un mundo muy pequ eño para mi, deseaban que yo  <br/>fuera parte de los Estados Unidos. Aunque no estaba de acuerdo en ese  <br/>principio, Lucky Chien no podía deso bedecer la voluntad de sus padres,  <br/>por eso pagó a mis raptores la suma  convenida y me llevó de vuelta a  <br/>  96<br/><br/><br/>Page No 97<br/><br/>la casa de Paulina del Valle. No volvería a verlo hasta veinte años más  <br/>tarde, cuando fui a buscarlo para av eriguar los últimos detalles de mi  <br/>historia.  <br/>La orgullosa familia de mis abuelos  paternos vivió en San Francisco por  <br/>treinta y seis años sin dejar mucho  rastro. He ido en busca de sus hue- <br/>llas. El palacete de Nob Hill es hoy  un hotel y nadie recuerda quiénes  <br/>fueron sus primeros dueños. Revisando periódicos antiguos en la biblio- <br/>teca descubrí las múltiples menciones de la familia en las páginas socia- <br/>les, también la historia de la estatua de La República y el nombre de mi  <br/>madre. Existe también una breve noti cia sobre la muerte de mi abuelo  <br/>Tao-Chien, un obituario muy elogioso escrito por un tal Jacob Freemont,  <br/>y un aviso de condolencia de la Sociedad Médica agradeciendo las con- <br/>tribuciones hechas por el zhong–yi  Tao-Chien a la medicina occidental.  <br/>Es una rareza, porque la población china era entonces casi invisible, na- <br/>cía, vivía y moría al margen del acon tecer americano, pero el prestigio  <br/>de Tao-Chien traspasó los límites de  Chinatown y de California, llegó a  <br/>ser conocido hasta en Inglaterra, do nde dio varias conferencias sobre  <br/>acupuntura. Sin esos testimonios impresos la mayor parte de los prota- <br/>gonistas de esta historia habrían desa parecido arrastrados por el viento  <br/>de la mala memoria.  <br/>Mi escapada a Chinatown en busca  de mis abuelos maternos se sumó a  <br/>otros motivos que indujeron a Pau lina del Valle a regresar a Chile.  <br/>Comprendió que no habría fiestas s untuosas ni otros derroches capaces  <br/>de devolverle la situación social que  había tenido cuando su marido vi- <br/>vía. Estaba envejeciendo sola, lejo s de sus hijos, sus parientes, su  <br/>idioma y su tierra. El dinero que le quedaba no alcanzaba para mante- <br/>ner el tren de vida acostumbrado  en su mansión de cuarenta y cinco  <br/>habitaciones, pero era una fortuna  inmensa en Chile, donde todo resul- <br/>taba bastante más barato. Además le había caído en la falda una nieta  <br/>extraña a quien consideró necesario desarraigar por completo de su pa- <br/>sado chino, si pretendía hacer de  ella una señorita chilena. Paulina no  <br/>podía soportar la idea de que yo huyera de nuevo y contrató una niñera  <br/>inglesa para que me vigilara día y no che. Canceló sus planes de viaje a  <br/>Egipto y los banquetes de Año Nuevo,  pero apresuró la fabricación de  <br/>su nuevo guardarropa y luego procedió metódicamente a dividir su di- <br/>nero entre los Estados Unidos e Inglat erra, enviando a Chile sólo lo in- <br/>dispensable para instalarse, porque la situación política le pareció ines- <br/>table. Escribió una larga carta a su sobrino Severo del Valle para recon- <br/>ciliarse con él, contarle lo que había ocurrido a Tao-Chien y la decisión  <br/>de Eliza Sommers de entregarle a la  niña, explicándole en detalle las  <br/>ventajas de que fuera ella quien cr iara a la pequeña. Severo del Valle  <br/>entendió sus razones y aceptó la prop uesta, porque él ya tenía dos ni- <br/>  97<br/><br/><br/>Page No 98<br/><br/>ños y su mujer esperaba el tercero,  pero se negó a entregarle la tutela  <br/>legal, como ella pretendía.  <br/>Los abogados de Paulina la ayudaron  a poner en claro las finanzas y a  <br/>vender la mansión, mientras su  mayordomo Williams se hizo cargo de  <br/>los aspectos prácticos de organizar el traslado de la familia al sur del  <br/>mundo y embalar todas las posesiones  de su patrona, porque ella no  <br/>quiso vender nada, no fueran a decir las malas lenguas que lo hacía por  <br/>menester. De acuerdo a lo progra mado, Paulina tomaría un crucero  <br/>conmigo, la niñera inglesa y otros empleados de confianza, mientras  <br/>Williams enviaba a Chile el equipaje  y luego quedaba libre, después de  <br/>recibir una suculenta gratificación en  libras esterlinas. Esa sería su últi- <br/>ma función al servicio de su patr ona. Una semana antes de que ella  <br/>partiera, el mayordomo solicitó permiso para hablarle en privado.  <br/>–Disculpe, señora, ¿puedo preguntarle  por qué he decaído en su esti- <br/>ma?  <br/>–¡De qué habla, Williams! Usted sabe  cuánto lo aprecio y cuán agrade- <br/>cida estoy de sus servicios.  <br/>–Sin embargo, no desea llevarme a Chile...  <br/>–¡Hombre, por Dios! La idea no se  me había ocurrido. ¿Qué haría un  <br/>mayordomo británico en Chile? Nadie tiene uno. Se reirán de usted y de  <br/>mí. ¿Ha mirado un mapa? Ese país  queda muy lejos y nadie habla in- <br/>glés, su vida allá sería muy poco agra dable. No tengo derecho a pedirle  <br/>semejante sacrificio, Williams.  <br/>–Si me permite decirlo, señora, sepa rarme de usted sería un sacrificio  <br/>mayor.  <br/>Paulina del Valle se quedó mirando  a su empleado con los ojos redon- <br/>dos de sorpresa. Por primera vez se dio cuenta de que Williams era algo  <br/>más que un autómata en chaqueta negra con colas y guantes blancos.  <br/>Vio a un hombre de unos cincuenta añ os, de espaldas anchas y rostro  <br/>agradable, con abundante cabello co lor pimienta y ojos penetrantes;  <br/>tenía manos toscas de estibador y  los dientes amarillos de nicotina,  <br/>aunque nunca lo había visto fumando  ni escupiendo tabaco. Se queda- <br/>ron callados un rato interminable, ella  observándolo y él sosteniendo su  <br/>mirada sin dar muestras de incomodidad. –Señora, no he podido menos  <br/>que notar las dificultades que la viudez le ha traído –dijo finalmente Wi- <br/>lliams en el lenguaje indirecto que siempre empleaba.  <br/>–¿Se está usted burlando? –sonrió Paulina.  <br/>–Nada más lejos de mi ánimo, señora.  <br/>–Ajá –carraspeó ella en vista de la larga pausa que siguió a la respuesta  <br/>de su mayordomo.  <br/>–Se estará preguntando a qué viene todo esto –continuó él.  <br/>–Digamos que ha logrado usted intrigarme, Williams.  <br/>  98<br/><br/><br/>Page No 99<br/><br/>–Se me ocurre que en vista de que no  puedo ir a Chile como su mayor- <br/>domo, tal vez no sería del todo una mala idea que fuera como su mari- <br/>do.  <br/>Paulina del Valle creyó que se abría el piso y ella se hundía con silla y  <br/>todo hasta el centro de la tierra . Su primer pensamiento fue que al  <br/>hombre se le había soltado un tornillo en el cerebro, no cabía otra expli- <br/>cación, pero al comprobar la dignidad y calma del mayordomo, se tragó  <br/>los insultos que ya tenía en la boca.  <br/>–Permítame explicarle mi punto de  vista, señora –agregó Williams–. No  <br/>pretendo, por supuesto, ejercer la func ión de esposo en el aspecto sen- <br/>timental. Tampoco aspiro a su fortuna , que estaría totalmente a salvo,  <br/>para eso tomaría usted las medidas le gales pertinentes. Mi papel junto  <br/>a usted sería prácticamente el mism o: ayudarla en todo lo que pueda  <br/>con la máxima discreción. Supongo que en Chile, tanto como en el resto  <br/>del mundo, una mujer sola enfrenta muchos inconvenientes. Para mí  <br/>sería un honor dar la cara por usted.  <br/>–¿Y qué gana usted con este curioso  arreglo? –inquirió Paulina sin po- <br/>der disimular el tono mordaz.  <br/>–Por una parte, ganaría respeto. Por otra, admito que la idea de no vol- <br/>ver a verla me ha atormentado desde que usted empezó a hacer planes  <br/>para irse. Llevo a su lado la mitad de mi vida, me he acostumbrado.  <br/>Paulina se quedó muda durante otra eterna tregua, mientras daba vuel- <br/>tas en la cabeza a la extraña proposic ión de su empleado. Tal como es- <br/>taba planteada, era un buen negocio,  con ventajas para los dos: él dis- <br/>frutaría de un alto nivel de vida que  jamás tendría de otro modo, y ella  <br/>andaría del brazo de un tipo que, bi en mirado, resultaba de lo más dis- <br/>tinguido. En realidad parecía miembro  de la nobleza británica. De sólo  <br/>imaginar la cara de sus parientes en Chile y la envidia de sus hermanas,  <br/>soltó una carcajada.  <br/>–Usted tiene por lo menos diez años  y treinta kilos menos que yo ¿no  <br/>teme el ridículo? –preguntó sacudida de risa.  <br/>–Yo no. ¿Y usted, no teme que la vean con alguien de mi condición?  <br/>–Yo no temo nada en esta vida y me encanta escandalizar al prójimo.  <br/>¿Cómo es su nombre, Williams?  <br/>–Frederick.  <br/>–Frederick Williams... Buen nombre, de lo más aristocrático.  <br/>–Lamento decirle que es lo único  aristocrático que tengo, señora – <br/>sonrió Williams.  <br/>Y así fue como una semana más tard e mi abuela Paulina del Valle, su  <br/>marido recién estrenado, el peluqu ero, la niñera, dos mucamas, un va- <br/>let, un criado y yo partimos en tr en a Nueva York con un cargamento  <br/>de baúles y allí tomamos un crucero a  Europa en una nave británica.  <br/>  99<br/><br/><br/>Page No 100<br/><br/>También llevábamos a Caramelo, quien  estaba en, la etapa de su desa- <br/>rrollo en que los perros fornican con  todo lo que encuentran, en este  <br/>caso la capa de piel de zorros de mi abuela. La capa tenía colas enteras  <br/>por todo el ruedo y Caramelo, conf undido ante la pasividad con que las  <br/>mismas recibieron sus avances am orosos, las destrozó a dentelladas.  <br/>Furiosa, Paulina del Valle estuvo a  punto de lanzar por la borda el perro  <br/>y la capa, pero ante la pataleta de espanto que me dio, ambos salvaron  <br/>el pellejo. Mi abuela ocupaba una su¡t e de tres habitaciones y Frederick  <br/>Williams una del mismo tamaño al otro  lado del pasillo. Ella se entrete- <br/>nía durante el día comiendo a toda hora, cambiándose vestidos para  <br/>cada actividad, enseñándome aritmética, para que en el futuro me  <br/>hiciera cargo de sus libros de cont abilidad, y contándome la historia de  <br/>la familia para que supiera de dónde  venía, sin aclarar jamás la identi- <br/>dad de mi padre, como si yo hubiera  surgido en el clan Del Valle por  <br/>generación espontánea. Si preguntab a por mi madre o mi padre, me  <br/>contestaba que habían fallecido y no  importaba, porque con tener una  <br/>abuela como ella bastaba y sobraba.  Entretanto Frederick Williams ju- <br/>gaba al bridge y leía periódicos ingl eses, como los demás caballeros de  <br/>la primera clase. Se había dejado cr ecer las patillas y un frondoso bigo- <br/>te con las puntas engomadas, que  le daban un aire de importancia, y  <br/>fumaba pipa y cigarros cubanos. Co nfesó a mi abuela que era un fuma- <br/>dor empedernido y que lo más difícil de su trabajo de mayordomo había  <br/>sido abstenerse de hacerlo en públic o, ahora podía por fin saborear su  <br/>tabaco y echar a la basura las pastillas de menta que compraba al por  <br/>mayor y ya le tenían el estómago perforado. En esos tiempos en que los  <br/>hombres de buena posición ostentab an barriga y una doble papada, la  <br/>figura más bien delgada y atlética de Williams era una rareza en buena  <br/>sociedad, aunque sus impecables  modales resultaban mucho más con- <br/>vincentes que los de mi abuela. Por  las noches antes de bajar juntos al  <br/>salón de baile, pasaban a despedirse  al camarote que compartíamos la  <br/>niñera y yo. Eran un espectáculo,  ella peinada y maquillada por su pe- <br/>luquero, vestida de gala y resplandeciente de joyas como un ídolo gor- <br/>do, y él convertido en distinguido príncipe consorte. A veces me asoma- <br/>ba al salón para espiarlos marav illada: Frederick Williams podía manio- <br/>brar a Paulina del Valle por la pista  de baile con la seguridad de alguien  <br/>habituado a trasladar bultos pesados.  <br/>Llegamos a Chile un año más tarde,  cuando la trastabillante fortuna de  <br/>mi abuela había vuelto a ponerse de  pie gracias a la especulación del  <br/>azúcar que hizo durante la Guerra del Pacifico. Su teoría resultó cierta:  <br/>la gente come más dulce durante lo s malos tiempos. Nuestra llegada  <br/>coincidió con la presentación en el teatro de la incomparable Sarah  <br/>Bernhardt en su papel más célebre, La Dama de las Camelias. La céle- <br/>  100<br/><br/><br/>Page No 101<br/><br/>bre actriz no logró conmover al público como había sucedido en el resto  <br/>del universo civilizado, porque la moji gata sociedad chilena no simpati- <br/>zó con la cortesana tuberculosa; -a  todo el mundo le pareció normal  <br/>que se sacrificara por el amante en  aras del qué dirán– no vieron razón  <br/>para tanto drama ni para tanta came lia mustia. La famosa actriz se fue  <br/>convencida de que había visitado un país de tontos graves, opinión que  <br/>Paulina del Valle compartía plenamente. Mi abuela se había paseado  <br/>con su séquito por varias ciudades de Europa, pero no cumplió su sueño  <br/>de ir a Egipto porque supuso que  allí no habría un camello capaz de so- <br/>portar su peso y tendría que visita r las pirámides a pie bajo un sol de  <br/>lava ardiente. En 1886 yo tenía tenía  seis años, hablaba una mezcolan- <br/>za de chino, inglés y español, pero  podía realizar las cuatro operaciones  <br/>básicas de aritmética y sabía conver tir con increíble destreza francos  <br/>franceses en libras esterlinas y és tas en marcos alemanes o liras italia- <br/>nas. Había dejado de llorar a cada rato por mi abuelo Tao y mi abuela  <br/>Eliza, pero seguían atormentándome  regularmente las mismas inexpli- <br/>cables pesadillas. Había un vacío negro en mi memoria, algo siempre  <br/>presente y peligroso que no lograb a precisar, algo desconocido que me  <br/>aterrorizaba, sobre todo en la oscuridad o en medio de una muchedum- <br/>bre. No podía soportar verme rodead a de gente, empezaba a gritar co- <br/>mo endemoniada y mi abuela Paulin a debía envolverme en un abrazo  <br/>de oso para calmarme. Me había acos tumbrado a refugiarme en su ca- <br/>ma cuando despertaba asustada, así  creció entre las dos una intimidad  <br/>que, estoy segura, me salvó de  la demencia y el terror en que me  <br/>hubiera sumido de otra manera. Ante la necesidad de consolarme Pauli- <br/>na del Valle cambió de manera impe rceptible para todos, menos para  <br/>Frederick Williams. Se fue poniendo más tolerante y cariñosa y hasta  <br/>bajó un poco de peso, porque andaba  correteando detrás de mi y tan  <br/>ocupada que se olvidaba de los dulc es. Creo que me adoraba. Lo digo  <br/>sin falsa modestia, puesto que me dio muchas pruebas de ello, me ayu- <br/>dó a crecer con toda la libertad posi ble en aquellos tiempos, picando mi  <br/>curiosidad y mostrándome el mundo.  No me permitía sentimentalismos  <br/>ni quejumbres, «no hay que mirar pa ra atrás», era uno de sus lemas.  <br/>Me hacía bromas, algunas bastante  pesadas, hasta que aprendí a de- <br/>volverle la mano, eso marcó el to no de nuestra relación. Una vez  <br/>encontré en el patio una lagartija  aplastada por una rueda de coche,  <br/>que había permanecido al sol varios días y ya estaba fosilizada, fija para  <br/>siempre en su triste aspecto de  reptil despanzurrado. La recogí y la  <br/>guardé, sin saber para qué, hasta  que discurrí cómo darle un uso per- <br/>fecto. Yo estaba sentada frente a  un escritorio haciendo mi tarea de  <br/>matemáticas y mi abuela acababa de  entrar distraídamente al cuarto,  <br/>cuando fingí un incontrolable ataque de tos y ella se acercó a golpearme  <br/>  101<br/><br/><br/>Page No 102<br/><br/>la espalda. Me doblé en dos, con  la cara entre las manos y ante el  <br/>horror de la pobre mujer «escupí» la lag artija, que aterrizó en mi falda.  <br/>Fue tal el susto de mi abuela al ver  el bicho que aparentemente habían  <br/>soltado mis pulmones, que se cayó se ntada, pero después se rió tanto  <br/>como yo y guardó como recuerdo el  animalejo disecado entre las pági- <br/>nas de un libro. Cuesta entender po r que esa mujer tan fuerte temía  <br/>contarme la verdad sobre mi pasado . Se me ocurre que a pesar de su  <br/>postura desafiante ante las conven ciones, nunca pudo superar los pre- <br/>juicios de su clase. Para protegerme del rechazo ocultó cuidadosamente  <br/>la existencia de mi cuarto de sangre  china, el modesto ambiente social  <br/>de mi madre y el hecho de que en  realidad yo era una bastarda. Es lo  <br/>único que puedo reprocharle al gigante que fue mi abuela.  <br/>En Europa conocí a Matías Rodrígue z de Santa Cruz y del Valle. Paulina  <br/>no respetó el acuerdo que había hecho con mi abuela Eliza Sommers de  <br/>decirme la verdad y en vez de presen tarlo como mi padre, dijo que era  <br/>otro tío, de los muchos que cualquier  niño chileno tiene, ya que todo  <br/>pariente o amigo de la familia con edad  suficiente para llevar el titulo  <br/>con cierta dignidad, pasa automáticamente a llamarse tío o tía, por eso  <br/>le dije siempre tío Frederick al buen  Williams. Me enteré que Matías era  <br/>mi padre varios años más tarde, cu ando regreso a Chile a morir y él  <br/>mismo me lo dijo. El hombre no me  produjo una impresión memorable,  <br/>era delgado, pálido y buen mozo; parecía joven cuando estaba sentado,  <br/>pero mucho mayor cuando intentaba moverse. Caminaba con un bastón  <br/>y estaba siempre acompañado por un cr iado que le abría las puertas, le  <br/>ponía el abrigo, le encendía los cigarr illos, le alcanzaba el vaso de agua  <br/>que había sobre una mesa a su lado,  porque el esfuerzo de estirar el  <br/>brazo resultaba demasiado para él. Mi abuela Paulina me explicó que  <br/>ese tío padecía de artritis, una cond ición muy dolorosa que lo hacía frá- <br/>gil como el cristal, dijo, por lo mi smo yo debía acercarme a él con mu- <br/>cho tino. Mi abuela se moriría años mas tarde sin saber que su hijo ma- <br/>yor no sufría de artritis, sino de sífilis.  <br/>El estupor de la familia Del Valle cu ando mi abuela llegó a Santiago fue  <br/>monumental. Desde Buenos Aires cruzamos la Argentina por tierra has- <br/>ta llegar a Chile, un verdadero safari , teniendo en cuenta el volumen  <br/>del equipaje que venía de Europa mas las once maletas con las compras  <br/>que se hicieron en Buenos Aires.  Viajamos en coche, con la carga en  <br/>una recua de mulas y acompañados por guardias armados al mando del  <br/>tío Frederick, porque había bandol eros a ambos lados de la frontera,  <br/>pero desgraciadamente no nos atacar on y llegamos a Chile sin nada in- <br/>teresante que contar sobre el paso  de Los Andes. Por el camino había- <br/>mos perdido a la niñera, que se en amoró de un argentino y prefirió  <br/>quedarse, y una criada a quien la derrotó  el tifus, pero mi tío Frederick  <br/>  102<br/><br/><br/>Page No 103<br/><br/>se las arreglaba para contratar ayuda doméstica en cada etapa de  <br/>nuestro peregrinaje. Paulina había  decidido instalarse en Santiago, la  <br/>capital, porque después de vivir tant os años en los Estados Unidos pen- <br/>só que el pequeño Puerto de Valparaíso donde había nacido, le quedaría  <br/>chico. Además se había acostumbrado  a estar lejos de su clan y la idea  <br/>de ver a sus parientes todos los días , temible hábito de cualquier sufri- <br/>da familia chilena, la espantaba. Sin embargo en Santiago tampoco es- <br/>tuvo libre de ellos, puesto que tenía varias hermanas casadas con «gen- <br/>te bien» como se llamaban entre si  los miembros de la clase alta, asu- <br/>miendo, supongo, que el resto del  mundo entraba en la categoría de la  <br/>«gente mal». Su sobrino Severo del Valle, quien también vivía en la ca- <br/>pital, se presentó con su mujer pa ra saludarnos apenas llegamos. Del  <br/>primer encuentro con ellos guardo un  recuerdo más nítido que el de mi  <br/>padre en Europa, porque me recibi eron con tan exageradas muestras  <br/>de afecto, que me asusté. Lo más notable en Severo era que a pesar de  <br/>su cojera y su bastón parecía un príncipe de las ilustraciones de cuentos  <br/>–pocas veces he visto un hombre más guapo y de Nívea que lucía un  <br/>gran vientre redondo. En esos ti empos la procreación se consideraba  <br/>indecente y entre la burguesía las muje res encintas se recluían en sus  <br/>casas, pero ella no intentaba disimular su estado, sino que lo exhibía  <br/>indiferente a la perturbación que caus aba. En la calle la gente procura- <br/>ba no mirarla, como si tuviera una  deformidad o anduviera desnuda. Yo  <br/>nunca había visto algo así y cuando pregunté qué le pasaba a esa seño- <br/>ra, mi abuela Paulina me explicó que la pobrecita se había tragado un  <br/>melón. En contraste con su apuesto marido, Nívea parecía un ratón, pe- <br/>ro bastaba hablar con ella un par de  minutos para caer presa de su en- <br/>canto y su tremenda energía.  <br/>Santiago era una ciudad hermosa situ ada en un valle fértil, rodeada de  <br/>altas montañas moradas en verano  y cubiertas de nieve en invierno,  <br/>ciudad tranquila, somnolienta y olor osa a una mezcla de jardines flori- <br/>dos y bosta de caballo. Tenía un aire  afrancesado, con sus árboles año- <br/>sos, sus plazas, fuentes morunas, po rtales y pasajes, sus mujeres ele- <br/>gantes, sus tiendas exquisitas donde  vendían lo más fino traído de Eu- <br/>ropa y del Oriente, sus alamedas y paseos donde los ricos lucían sus  <br/>coches y estupendos caballos. Por las calles pasaban vendedores pre- <br/>gonando la humilde mercancía que lleva ban en canastos, en medio de  <br/>perros vagos y palomas y gorriones que anidaban en los tejados. Las  <br/>campanas de las iglesias marcaban una a una el paso de las horas, me- <br/>nos durante la siesta, en que las c alles permanecían vacías y la gente  <br/>reposaba. Era una ciudad señorial, muy diferente a San Francisco, con  <br/>su sello inconfundible de lugar fron terizo y su aire cosmopolita y colori- <br/>do. Paulina del Valle compró una mansión en Ejército Libertador, la calle  <br/>  103<br/><br/><br/>Page No 104<br/><br/>más aristocrática, cerca de la Alam eda de las Delicias, por donde pasa- <br/>ba cada primavera el coche napole ónico con caballos empenachados y  <br/>guardia de honor del presidente de  la república camino al desfile militar  <br/>de las fiestas patrias en el Parque  de Marte. La casa no podía compa- <br/>rarse en esplendor con el palacete de San Francisco, pero para Santiago  <br/>resultaba de una opulencia irritante.  Sin embargo, no fue el despliegue  <br/>de bonanza y la falta de tacto lo que dejó boquiabierta a la pequeña so- <br/>ciedad capitalina, sino el marido  con pedigree que Paulina del Valle «se  <br/>había comprado», como decían, y lo s chismes que circulaban sobre la  <br/>inmensa cama dorada con figuras mi tológicas del mar, donde quién sa- <br/>be qué pecados esa pareja de viejos  cometía. A Williams le atribuyeron  <br/>títulos de nobleza y malas intenciones. ¿Qué razón tendría un lord bri- <br/>tánico, tan fino y guapo, para casa rse con una mujer de reconocido mal  <br/>carácter y bastante mayor que él?  Sólo podía ser un conde arruinado,  <br/>un cazador de fortuna dispuesto a de spojarla de su dinero para luego  <br/>abandonarla. En el fondo todos deseab an que así fuera, para bajarle el  <br/>moño a mi arrogante abuela, sin embargo nadie hizo desaires a su es- <br/>poso, fieles a la tradición chilena de  hospitalidad con los extranjeros.  <br/>Además Frederick Williams se ganó el respeto de moros y cristianos con  <br/>sus excelentes modales, su manera  prosaica de enfrentar la vida y sus  <br/>ideas monárquicas, creía que todos los males de la sociedad se debían a  <br/>la indisciplina y falta de respeto por  las jerarquías. El lema de quien  <br/>había sido sirviente por tantos años  era «cada uno en su lugar y un lu- <br/>gar para cada uno». Al convertirse  en marido de mi abuela asumió su  <br/>papel de oligarca con la misma naturalidad con que antes cumplía su  <br/>destino de criado; antes jamás inte ntó mezclarse con los de arriba y  <br/>después no se rozaba con los de abaj o; la separación de clases le pare- <br/>cía indispensable para evitar el ca os y la vulgaridad. En esa familia de  <br/>bárbaros apasionados, como eran  los Del Valle, Williams producía estu- <br/>por y admiración con su exagerada  cortesía y su impasible calma, pro- <br/>ductos de sus años de mayordomo. Hablaba cuatro palabras de caste- <br/>llano y su forzado silencio se confundía con sabiduría, orgullo y miste- <br/>rio. El único que podía desenmasca rar al supuesto noble británico era  <br/>Severo del Valle, pero nunca lo  hizo porque apreciaba al antiguo  <br/>sirviente y admiraba a esa tía que se burlaba de todo el mundo pavo- <br/>neándose con su airoso marido.  <br/>Mi abuela Paulina se lanzó en una campaña de caridad pública para aca- <br/>llar la envidia y maledicencia que su fortuna provocaba. Sabía hacerlo,  <br/>porque se había criado los primeros añ os de su vida en ese país, donde  <br/>socorrer a los indigentes es tarea obligatoria de las mujeres de buen  <br/>pasar. Mientras más se sacrifican por los pobres recorriendo hospitales,  <br/>asilos, orfelinatos y conventillos, más alto se colocan en la estima gene- <br/>  104<br/><br/><br/>Page No 105<br/><br/>ral, por lo mismo pregonan sus limosnas a todo viento. Ignorar este de- <br/>ber acarrea tantas miradas torvas  y amonestaciones sacerdotales, que  <br/>ni siquiera Paulina del Valle habría  podido escapar al sentido de culpa y  <br/>el temor a condenarse. Me entrenó en estas labores de compasión, pero  <br/>confieso que siempre me resultó in cómodo llegar a un barrio miserable  <br/>en nuestro lujoso coche cargado de  vituallas, con dos lacayos para que  <br/>distribuyeran los regalos a unos se res desarrapados que nos daban las  <br/>gracias con grandes muestras de hum ildad, pero con el odio vivo bri- <br/>llando en sus pupilas.  <br/>Mi abuela debió educarme en la casa , porque me escapé de cada uno  <br/>de los establecimientos religiosos donde me matriculó. La familia Del  <br/>Valle la convenció una y otra vez de  que un internado era la única ma- <br/>nera de convertirme en una criatura normal; sostenían que yo necesita- <br/>ba la compañía de otros niños para  superar mi patológica timidez y la  <br/>mano firme de las monjas para so meterme. «A esta, chiquilla la has  <br/>malcriado demasiado, Paulina, la es tás convirtiendo en un monstruo»,  <br/>decían, y mi abuela acabó por creer  lo que resultaba obvio. Yo dormía  <br/>con Caramelo en la cama, comía y le ía lo que me daba la gana, pasaba  <br/>el día entretenida en juegos de imaginación, sin mucha disciplina por- <br/>que no había nadie a mi alrededor  dispuesto a darse la molestia de im- <br/>ponerla; en otras palabras: gozaba de una infancia bastante feliz. No  <br/>soporté los internados con sus monjas  bigotudas y su muchedumbre de  <br/>colegialas, que me recordaba mi angu stiosa pesadilla de los niños en  <br/>piyamas negros; tampoco soportaba el rigor de las reglas, la monotonía  <br/>de los horarios y el frío de esos co nventos coloniales. No sé cuántas ve- <br/>ces se repitió la misma rutina: Paulina del Valle me vestía de punta en  <br/>blanco, me recitaba las instrucciones con tono amenazante, me llevaba  <br/>prácticamente en vilo y me dejaba  con mis baúles en las manos de al- <br/>guna forzuda novicia, luego escapaba  tan de prisa como su peso lo  <br/>permitía, acosada por los remordimient os. Eran colegios para niñas ri- <br/>cas donde la sumisión y la fealdad impe raban y el objetivo final consis- <br/>tía en darnos algo de instrucción para  que no fuéramos totalmente ig- <br/>norantes, ya que un barniz de cultura  tenía valor en el mercado matri- <br/>monial, pero no suficiente como para que hiciéramos preguntas. Se tra- <br/>taba de doblegar la voluntad person al en aras del bien colectivo, de  <br/>hacernos buenas católicas, madres abnegadas y esposas obedientes.  <br/>Las monjas debían comenzar por dominarnos el cuerpo, fuente de vani- <br/>dad y de otros pecados; no nos deja ban reírnos, correr, jugar al aire li- <br/>bre. Nos bañábamos una vez al mes,  cubiertas con largos camisones  <br/>para no exponer nuestras vergüenzas  ante el ojo de Dios, que está en  <br/>todas partes. Se partía de la base  que la letra entraba con sangre, por  <br/>lo mismo no ahorraban severidad. Nos metían miedo a Dios, al diablo, a  <br/>  105<br/><br/><br/>Page No 106<br/><br/>todos los adultos, a la palmeta con  que nos golpeaban los dedos, a los  <br/>guijarros sobre los cuales debíamos  hincarnos en penitencia, a nuestros  <br/>propios pensamientos y deseos, mied o al miedo. Jamás recibíamos una  <br/>palabra de elogio por temor a cultivar en nosotras la jactancia, pero so- <br/>braban los castigos para templarno s el carácter. Entre esos gruesos  <br/>muros sobrevivían mis compañeras uni formadas, con las trenzas tan ti- <br/>rantes que a veces les sangraba el  cuero cabelludo y las manos con sa- <br/>bañones por el frío eterno. El cont raste con sus hogares, donde las mi- <br/>maban como princesas durante las vacaciones, debía ser como para en- <br/>loquecer a la más cuerda. Yo no pu de soportarlo. Una vez logré la com- <br/>plicidad de un jardinero para saltar la reja y huir. No sé cómo llegué so- <br/>la a la calle Ejército Libertador, dond e me recibió Caramelo histérico de  <br/>gusto, pero Paulina del Valle casi  sufrió un infarto al verme aparecer  <br/>con la ropa embarrada y los ojos hi nchados. Pasé unos meses en la ca- <br/>sa hasta que las presiones externas obligaron a mi abuela a repetir el  <br/>experimento. La segunda vez me e scondí entre unos arbustos del patio  <br/>durante toda una noche con la idea de perecer de frío y de hambre.  <br/>Imaginaba las caras de las monjas y  de mi familia al descubrir mi cadá- <br/>ver y lloraba de lástima por mí mism a, pobre niña mártir a tan tempra- <br/>na edad. Al día siguiente el colegio  dio aviso de mi desaparición a Pauli- <br/>na del Valle, quien llegó como una tr omba a exigir explicaciones. Mien- <br/>tras ella y Frederick Williams eran co nducidos por una novicia arrebola- <br/>da a la oficina de la madre superior a, yo me escabullí desde los mato- <br/>rrales donde me había ocultado hasta el carruaje que esperaba en el  <br/>patio, me subí sin que el cochero me viera y me agazapé bajo el asien- <br/>to. Entre Frederick Williams, el coch ero y la madre superiora tuvieron  <br/>que ayudar a mi abuela a subir al coch e, iba chillando que si yo no apa- <br/>recía pronto ¡ya iban a ver quién er a Paulina del Valle! Cuando surgí de  <br/>mi refugio antes de llegar a la casa, olvidó sus lágrimas de desconsuelo,  <br/>me cogió del cogote y me dio una zurra que duró un par de cuadras,  <br/>hasta que el tío Frederick logró calm arla. Pero la disciplina no era el  <br/>fuerte de la buena señora, al saber que yo no había comido desde el día  <br/>anterior y había pasado la noche a la  intemperie, me cubrió de besos y  <br/>me llevó a tomar helados. En la tercera institución donde quiso matricu- <br/>larme me rechazaron de plano porque  en la entrevista con la directora  <br/>aseguré que había visto al diablo y que tenía las patas verdes. Al final  <br/>mi abuela acabó dándose por vencida.  Severo del Valle la convenció de  <br/>que no había razón para torturarme, puesto que igual podía aprender lo  <br/>necesario en casa con tutores privad os. Por mi infancia paso una serie  <br/>de institutrices inglesas, francesas y alemanas que sucumbieron sucesi- <br/>vamente al agua contaminada de Chile  y a las rabietas de Paulina del  <br/>Valle; las infortunadas mujeres regres aban a sus países de origen con  <br/>  106<br/><br/><br/>Page No 107<br/><br/>diarrea crónica y malos recuerdos.  Mi educación fue bastante acciden- <br/>tada hasta que llegó a mi vida una maestra chilena excepcional, la se- <br/>ñorita Matilde Pineda, quien me enseñó  casi todo lo importante que sé,  <br/>salvo sentido común, porque ella mism a no lo tenía. Era apasionada e  <br/>idealista, escribía poesía filosófica que nunca pudo publicar, sufría de un  <br/>hambre insaciable de conocimiento  y tenía la intransigencia ante las  <br/>debilidades ajenas propia de los sere s demasiado inteligentes. No tole- <br/>raba la pereza; en su presencia la fr ase «no puedo» estaba prohibida.  <br/>Mi abuela la contrató porque se proclamaba agnóstica, socialista y par- <br/>tidaria del sufragio femenino, tres  razones sobradas para que no la em- <br/>plearan en ninguna institución educat iva. «A ver si usted contrarresta  <br/>un poco la gazmoñería conservadora y  patriarcal de esta familia», le in- <br/>dicó Paulina del Valle en la primer a entrevista, apoyada por Frederick  <br/>Williams y Severo del Valle, los únicos  que vislumbraron el talento de la  <br/>señorita Pineda, todos los demás  aseguraron que esa mujer alimentaba  <br/>al monstruo que ya se gestaba en mi. Las tías la clasificaron de inme- <br/>diato de «rota alzada» y previniero n a mi abuela contra esa mujer de  <br/>clase inferior «metida a gente», co mo decían. En cambio Williams, el  <br/>hombre más clasista que he conocido , le tomó simpatía. Seis días a la  <br/>semana, sin fallar jamás, aparecía la  maestra a las siete de la mañana  <br/>en la mansión de mi abuela, donde yo la esperaba de punta, en blanco,  <br/>almidonada, con las uñas limpias y las  trenzas recién hechas. Desayu- <br/>nábamos en un pequeño comedor de diario mientras comentábamos las  <br/>noticias importantes de los periódic os, luego me daba un par de horas  <br/>de clases regulares y el resto del  día íbamos al museo y a la librería Si- <br/>glo de Oro a comprar libros y tomar te con el librero, don Pedro Tey, vi- <br/>sitábamos artistas, salíamos a observar la naturaleza, hacíamos expe- <br/>rimentos químicos, leíamos cuentos,  escribíamos poesía y montábamos  <br/>obras de teatro clásico con figuras  recortadas en cartulina. Fue ella  <br/>quien sugirió a mi abuela la idea de  formar un club de damas para  <br/>canalizar la caridad y en vez de re galar a los pobres ropa usada o la  <br/>comida que sobraba en sus cocinas,  crear un fondo, administrarlo como  <br/>si fuera un banco y otorgar préstamos a las mujeres para que iniciaran  <br/>algún pequeño negocio: un gallinero,  un taller de costura, unas bateas  <br/>para lavar ropa ajena, una carretela  para hacer transporte, en fin, lo  <br/>necesario para salir de la indigenc ia absoluta en que sobrevivían con  <br/>sus hijos. A los hombres no, dijo la  señorita Pineda, porque usarían el  <br/>préstamo para comprar vino y, en to do caso, los planes sociales del go- <br/>bierno se encargaban de socorrerlos, en cambio de las mujeres y los ni- <br/>ños nadie se ocupaba en serio. «La ge nte no quiere regalos, quiere ga- <br/>narse la vida con dignidad», explicó  mi maestra y Paulina del Valle lo  <br/>comprendió al punto y se lanzó en  ese proyecto con el mismo entu- <br/>  107<br/><br/><br/>Page No 108<br/><br/>siasmo con que abrazaba los planes  más codiciosos para hacer plata.  <br/>«Con una mano agarro lo que puedo y con la otra doy, así mato dos pá- <br/>jaros de un tiro: me divierto y me ga no el cielo», se reía a carcajadas  <br/>mi original abuela. Llevó la iniciativa  más lejos y no sólo formó el Club  <br/>de Damas, que capitaneaba con su eficiencia habitual –las otras señoras  <br/>le tenían terror– también financió escuelas, consultorios médicos ambu- <br/>lantes y organizó un sistema para recoger lo que no se lograba vender  <br/>en los puestos del mercado y en las  panaderías, pero aún estaba en  <br/>buen estado, y distribuirlo en orfelinatos y asilos.  <br/>Cuando Nívea venía de visita, siempre encinta y con varios hijos peque- <br/>ños en brazos de las respectivas ni ñeras, la señorita Matilde Pineda  <br/>abandonaba la pizarra y mientras las  empleadas se hacían cargo de la  <br/>manada de criaturas, nosotras tomábamos el té y ellas dos se dedica- <br/>ban a planear una sociedad más just a y noble. A pesar de que a Nívea  <br/>no le sobraban tiempo ni recursos  económicos, era la más joven y acti- <br/>va de las señoras del club de mi ab uela. A veces íbamos a visitar a su  <br/>antigua profesora, sor María Escapulario, quien dirigía un asilo para  <br/>monjas ancianas porque ya no le pe rmitían ejercer su pasión de educa- <br/>dora; la congregación había decidido  que sus ideas avanzadas no eran  <br/>recomendables para colegialas y que  menos daño hacía cuidando vieji- <br/>tas chochas que sembrando rebeldía en  las mentes infantiles. Sor María  <br/>Escapulario disponía de una pequeña ce lda en un edificio decrépito, pe- <br/>ro con un jardín hechizado, donde  nos recibía siempre agradecida por- <br/>que le gustaba la conversación intele ctual, placer inalcanzable en ese  <br/>asilo. Le llevábamos libros que ella encargaba y que comprábamos en la  <br/>empolvada librería Siglo de Oro. También le regalábamos galletas o una  <br/>torta para acompañar el te  que ella preparaba en un anafe a parafina y  <br/>servía en tazas desportilladas. En invierno nos quedábamos en la celda,  <br/>la monja sentada en la única silla disponible, Nívea y la señorita Matilde  <br/>Pineda sobre el camastro y yo por el  suelo, pero si el clima lo permitía  <br/>paseábamos por el maravilloso jardín  entre árboles centenarios, enre- <br/>daderas de jazmines, rosas, camelias  y tantas otras variedades de flo- <br/>res en estupendo desorden, que la  mezcla de perfumes solía aturdirme.  <br/>No perdía palabra de aquellas conversaciones, aunque seguramente en- <br/>tendía muy poco; no he vuelto a e scuchar discursos tan apasionados.  <br/>Cuchicheaban secretos, se morían de risa y hablaban de todo menos de  <br/>religión, por respeto a las ideas de  la señorita Matilde Pineda, quien  <br/>sostenía que Dios era un invento de  los hombres para controlar a otros  <br/>hombres y sobre todo a las mujeres. Sor María Escapulario y Nívea eran  <br/>católicas, pero ninguna de las dos parecía fanática, a diferencia de la  <br/>mayor parte de la gente que me rodeaba entonces. En Estados Unidos  <br/>nadie mencionaba la religión, en cambio en Chile era tema de sobreme- <br/>  108<br/><br/><br/>Page No 109<br/><br/>sa. Mi abuela y el tío Frederick me  llevaban a misa de vez en cuando  <br/>para que nos vieran, porque ni Pau lina del Valle, con toda su audacia y  <br/>su fortuna, podía darse el lujo de no  asistir. La familia y la sociedad no  <br/>lo habrían tolerado.  <br/>-¿Eres católica, abuela? –le pregunt aba yo cada vez que debía poster- <br/>gar un paseo o un libro para ir a misa.  <br/>–No me respondía.  <br/>–La señorita Pineda no va a misa.  <br/>–Mira lo mal que le va a la pobrecit a. Con lo inteligente que es podría  <br/>ser directora de una escuela, si fuera a misa...  <br/>  <br/>Contra toda lógica, Frederick William s se adaptó muy bien a la enorme  <br/>familia Del Valle y a Chile. Debe haber  tenido tripas de acero, porque  <br/>fue el único a quien no se le agusanó la barriga con el agua potable y  <br/>podía comer varias empanadas sin que se le incendiara el estómago.  <br/>Ningún chileno que conociéramos, exce pto Severo del Valle y don José  <br/>Francisco Vergara, hablaba inglés;  la segunda lengua de la gente edu- <br/>cada era el francés, a pesar de la  numerosa población británica en el  <br/>puerto de Valparaíso, de modo que Williams no tuvo más remedio que  <br/>aprender castellano. La señorita Pineda le daba clases y a los pocos  <br/>meses lograba hacerse entender co n esfuerzo en un español machuca- <br/>do pero funcional, podía leer los diarios y hacer vida social en el Club de  <br/>la Unión, donde solía jugar  bridge  en  compañía  de  Patrick  Egan,  el  <br/>diplomático norteamericano a cargo  de la Legación. Mi abuela consiguió  <br/>que lo aceptaran en el Club insinuando su aristocrático origen en la cor- <br/>te inglesa, que nadie se dio el trabajo –¿Crees que se puede no serlo en  <br/>Chile?- de comprobar, puesto que lo s títulos de nobleza habían sido  <br/>abolidos desde los tiempos de la independencia y, por otra parte, bas- <br/>taba mirar al hombre para creerle. Po r definición los miembros del Club  <br/>de la Unión pertenecían a «familias  conocidas» y eran «hombres de  <br/>bien» –las mujeres no podían cruzar  el umbral– y de haber descubierto  <br/>la identidad de Frederick Williams, cu alquiera de aquellos señorones se  <br/>habría batido a duelo por la vergüenza de haber sido burlado por un an- <br/>tiguo mayordomo de California convertido en el más fino, elegante y  <br/>culto de sus miembros, el mejor juga dor de bridge y sin duda uno de  <br/>los más ricos. Williams se mantenía al día con los negocios para aconse- <br/>jar a mi abuela Paulina, y con la política, tema obligado de conversación  <br/>social. Se declaraba decididamente  conservador, como casi todos en  <br/>nuestra familia, y lamentaba el hecho  de que en Chile no existiera una  <br/>monarquía como la de Gran Bretaña,  porque la democracia le parecía  <br/>vulgar y poco eficaz. En los obligados almuerzos dominicales en casa de  <br/>mi abuela discutía con Nívea y Severo , los únicos liberales del clan. Sus  <br/>  109<br/><br/><br/>Page No 110<br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/obraallende/c_22.htm"><title><![CDATA[.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obraallende/c_22.htm]]></link><description><![CDATA[ideas divergían, pero los tres se tenían aprecio y creo que secretamente  <br/>se burlaban de los demás miembros  de la primitiva tribu Del Valle. En  <br/>las raras ocasiones en que estábamo s en presencia de don José Fran- <br/>cisco Vergara, con quien hubiera podido conversar en inglés, Frederick  <br/>Williams se mantenía a respetuosa dist ancia; era el único que lograba  <br/>intimidarlo con su superioridad inte lectual, posiblemente el único que  <br/>hubiera detectado de inmediato su  condición de antiguo criado. Supon- <br/>go que muchos se preguntaban quién era yo y por qué Paulina me  <br/>había adoptado, pero no se menciona ba el tema delante de mi; en los  <br/>almuerzos familiares de los domingos  se juntaba una veintena de pri- <br/>mos de varias edades y ninguno me preguntó jamás por mis padres; les  <br/>bastaba saber que yo llevaba su mismo apellido para aceptarme.  <br/>A mi abuela le costó más adaptarse  en Chile que a su marido, a pesar  <br/>de que su apellido y su fortuna le ab rían todas las puertas. Se asfixiaba  <br/>con las pequeñeces y la mojigatería  de ese ambiente, echaba de menos  <br/>la libertad de antaño; no en vano ha bía vivido más de treinta años en  <br/>California, pero tan pronto abrió las puertas de su mansión pasó a en- <br/>cabezar la vida social de Santiago, porque lo hizo con gran clase y buen  <br/>tino, conocedora de cómo odian en Chile a los ricos y mucho más si son  <br/>presumidos. Nada de lacayos de lib rea como los que empleaba en San  <br/>Francisco, sino discretas criadas con  vestidos negros y delantales blan- <br/>cos; nada de echar la casa por la ve ntana con saraos faraónicos, sino  <br/>fiestas recatadas y en tono familiar,  para que no la acusaran de siútica  <br/>o nueva rica, el peor epíteto posibl e. Disponía, por supuesto, de sus  <br/>opulentos carruajes, sus envidiables  caballos y su palco privado en el  <br/>Teatro Municipal, con salita y buffe t, donde servía helados y champaña  <br/>a sus invitados. A pesar de su edad  y su gordura, Paulina del Valle im- <br/>ponía la moda, porque acababa de lle gar de Europa y se suponía que  <br/>estaba al tanto del estilo y el acontecer modernos. En esa sociedad aus- <br/>tera y pacata se constituyó en el fa ro de influencias extranjeras, la úni- <br/>ca señora de su circulo que hablaba  inglés, recibía revistas y libros de  <br/>Nueva York y París, encargaba telas, zapatos y sombreros directamente  <br/>a Londres y fumaba en público los  mismos cigarrillos egipcios que su  <br/>hijo Matías. Compraba arte y en  su mesa servía platos nunca vistos,  <br/>porque hasta las más empingorotadas familias todavía comían como los  <br/>rudos capitanes de la época de la Conq uista: sopa, puchero, asado, fri- <br/>joles y pesados postres coloniales. La  primera vez que mi abuela sirvió  <br/>foie gras y una variedad de quesos  importados de Francia, sólo los ca- <br/>balleros que habían estado en Europa  pudieron comerlos. Al oler los  <br/>Camembert y los Port-Salut una señora  sufrió arcadas y debió salir dis- <br/>parada al baño.   <br/><br/>  110<br/><br/><br/>Page No 111<br/><br/>La casa de mi abuela era el centro  de reuniones de artistas y literatos  <br/>jóvenes de ambos sexos, que se juntaban para dar a conocer sus obras,  <br/>dentro del marco habitual de clasismo;  si el interesado no era blanco y  <br/>de apellido conocido necesitaba tener mucho talento para ser aceptado,  <br/>en ese aspecto Paulina no difería de l resto de la alta sociedad chilena.  <br/>En Santiago las tertulias de intelectuales se llevaban a cabo en cafés y  <br/>clubes y asistían sólo hombres, porque se partía de la base que las mu- <br/>jeres estarían mejor revolviendo la sopa que escribiendo versos. La ini- <br/>ciativa de mi abuela de incorporar artistas femeninas a su salón resultó  <br/>una novedad algo licenciosa.  <br/>  <br/>Mi vida cambió en la mansión de Ejército Libertador. Por primera vez  <br/>desde la muerte de mi abuelo Tao-Ch ien tuve una sensación de estabi- <br/>lidad, de vivir en algo que no se mo vía y no cambiaba, una especie de  <br/>fortaleza con raíces bien plantadas en  suelo firme. Tomé el edificio en- <br/>tero por asalto, no dejé vericueto si n explorar ni rincón sin conquistar,  <br/>incluso el techo donde solía pasar ho ras observando a las palomas, y  <br/>los cuartos de servicio, aunque me tenían prohibido poner los pies en  <br/>ellos. La enorme propiedad lindaba  con dos calles y tenía dos entradas,  <br/>una principal por la calle Ejército Libertador y la de los empleados por la  <br/>calle de atrás, contaba con docenas  de salas, habitaciones, jardines, te- <br/>rrazas, escondrijos, desvanes, escalera s. Existía el salón rojo, otro azul  <br/>y uno dorado, que se usaban sólo en las grandes ocasiones, y una gale- <br/>ría de cristal maravillosa donde tr anscurría la vida familiar entre mace- <br/>teros de loza china, helechos y jau las de canarios. En el comedor había  <br/>un fresco que daba la vuelta por la  sala ocupando las cuatro paredes,  <br/>varios muebles aparadores con una  colección de porcelana y platería,  <br/>un chandelier con lágrimas de crist al y un ventanal adornado por una  <br/>fuente morisca de mosaico que vertía agua eternamente.  <br/>Una vez que mi abuela renunció a ma ndarme a la escuela y las clases  <br/>con la señorita Pineda se hicieron rutinarias, fui muy feliz. Cada vez que  <br/>hacía una pregunta, esa magnífica maestra en vez de contestar, me se- <br/>ñalaba el camino para encontrar la re spuesta. Me enseñó a ordenar el  <br/>pensamiento, investigar, leer y escu char, buscar alternativas, resolver  <br/>viejos problemas con soluciones nueva s, discutir con lógica. Me enseñó  <br/>sobre todo, a no creer a ciegas, a dudar y preguntar incluso aquello que  <br/>parecía verdad irrefutable, como la superioridad del hombre sobre la  <br/>mujer o de una raza o clase social sobre otra, ideas novedosas en un  <br/>país patriarcal donde los indios ja más se mencionaban y bastaba des- <br/>cender un escalón en la jerarquía de  las clases sociales para desapare- <br/>cer de la memoria colectiva. Fue la  primera mujer intelectual que se  <br/>cruzo en mi vida. Nívea, con toda su inteligencia y su educación, no po- <br/>  111<br/><br/><br/>Page No 112<br/><br/>día competir con mi maestra; a  ella la distinguían la intuición y la  <br/>enorme generosidad de su alma, estaba adelantada en medio siglo a su  <br/>tiempo, pero nunca poso de intelect ual, ni siquiera en las famosas  <br/>tertulias de mi abuela, donde se lucía con sus apasionados discursos su- <br/>fragistas y sus dudas teológicas.   <br/>De aspecto la señorita Pineda no  podía ser más chilena, esa mezcla de  <br/>español e indio que produce mujeres  bajas, anchas de caderas, con  <br/>ojos y cabello oscuros, pómulos alt os y una forma de caminar pesada,  <br/>como si estuvieran clavadas en la ti erra. Su mente era inusual para su  <br/>tiempo y condición, provenía de una esforzada familia del sur, su padre  <br/>trabajaba como empleado del ferroca rril y de sus ocho hermanos ella  <br/>fue la única que pudo terminar los  estudios. Era discípula y amiga de  <br/>don Pedro Tey, el dueño de la librer ía Siglo de Oro, un catalán hosco de  <br/>modales, pero de corazón blando, que guiaba sus lecturas y le prestaba  <br/>o regalaba libros, porque ella no po día comprarlos. En cualquier inter- <br/>cambio de opiniones, por banal que fuese, Tey contradecía. Le oí asegu- <br/>rar, por ejemplo, que los sudamericanos son unos macacos con tenden- <br/>cia al despilfarro, la parranda y la pereza, pero bastó que la señorita Pi- <br/>neda asintiera, para que él camb iara inmediatamente de bando y aña- <br/>diera que al menos son mejores qu e sus compatriotas, que andan  <br/>siempre enojados y por cualquier ni miedad se baten a duelo. Aunque  <br/>fuera imposible estar de acuerdo en  algo, esos dos se llevaban muy  <br/>bien.   <br/>Don Pedro Tey debe haber sido por lo menos veinte años mayor que mi  <br/>maestra, pero cuando empezaban a ha blar la diferencia de edad se es- <br/>fumaba: él rejuvenecía de entusias mo y ella crecía en prestancia y ma- <br/>durez.  <br/>  <br/>En diez años Severo y Nívea del V alle tuvieron seis hijos y seguirían  <br/>procreando hasta completar quince. Conozco a Nívea desde hace veinti- <br/>tantos años y la he visto siempre co n un bebé en brazos; su fertilidad  <br/>sería una maldición si no le gustar an tanto los niños. «¡Qué daría por- <br/>que usted educara a mis hijos!», susp iraba Nívea cuando se encontraba  <br/>con la señorita Matilde Pineda. «Son muchos, señora Nívea, y con Auro- <br/>ra tengo las manos llenas», replicaba mi maestra.   <br/>Severo se había convertido en abog ado de renombre, en uno de los pi- <br/>lares más jóvenes de la sociedad y  miembro conspicuo del partido libe- <br/>ral. No estaba de acuerdo con much os puntos de la política del Presi- <br/>dente, también liberal, y como era  incapaz de disimular sus críticas,  <br/>nunca lo llamaron a formar parte del gobierno. Esas opiniones lo condu- <br/>cirían poco después a formar un grupo disidente que se pasó a la oposi- <br/><br/>  112<br/><br/><br/>Page No 113<br/><br/>ción cuando estalló la Guerra Civil,  tal como hizo Matilde Pineda y su  <br/>amigo de la librería Siglo de Oro.   <br/>Mi tío Severo me distinguía entre las  docenas de sobrinos que lo rodea- <br/>ban, me llamaba su «ahijada» y me contó que él me había dado el ape- <br/>llido Del Valle, pero cada vez que le  preguntaba si conocía la identidad  <br/>de mi padre verdadero, me respondía con evasivas: «hagamos cuenta  <br/>que yo lo soy», decía. A mi abuela el  tema le daba jaqueca y si asedia- <br/>ba a Nívea me mandaba a hablar  con Severo. Era un circulo de nunca  <br/>acabar.  <br/>–Abuela, no puedo vivir con tantos  misterios –le dije una vez a Paulina  <br/>del Valle.  <br/>–¿Por qué no? La gente que tiene una  infancia jodida es más creativa – <br/>replicó.  <br/>O termina trastornada... –sugerí.  <br/>-Entre los Del Valle no hay locos de atar, Aurora, sólo excéntricos, como  <br/>en toda familia que se respete –me aseguró.  <br/>La señorita Matilde Pineda me juró que desconocía mis orígenes y agre- <br/>gó que no había que preocuparse,  porque no importa de dónde uno  <br/>viene en esta vida, sino adónde uno  va, pero cuando me enseñó la teo- <br/>ría genética de Mendel debió admitir que existen buenas razones para  <br/>averiguar quienes son nuestros antepa sados. ¿Y si mi padre fuera un  <br/>demente que andaba por allí degollando doncellas?  <br/>La evolución empezó el mismo día que entré en la pubertad. Desperté  <br/>con la camisa de dormir manchada de una materia parecida al chocola- <br/>te, me oculté en el baño para lav arme avergonzada, entonces descubrí  <br/>que no era caca, como pensaba: ten ía sangre entre las piernas. Partí  <br/>aterrorizada a comunicárselo a mi  abuela y por una vez no la encontré  <br/>en su gran cama imperial, lo cual re sultaba inusitado en alguien que se  <br/>levantaba siempre al mediodía. Corrí  escaleras abajo seguida por Ca- <br/>ramelo que iba ladrando, irrumpí como un caballo asustado en el escri- <br/>torio y me topé de frente con Severo  y Paulina del Valle, él vestido de  <br/>viaje y ella con la bata de satén morado que le daba un aire de obispo  <br/>en Semana Santa.  <br/>–¡Me voy a morir! –grité abalanzándome encima de ella.  <br/>–Éste no es el momento apropiado –replicó mi abuela secamente.  <br/>Hacía años que la gente se quejaba  del gobierno y muchos meses que  <br/>oíamos decir que el Presidente Balm aceda intentaba convertirse en dic- <br/>tador, rompiendo así con cincuenta y  siete años de respeto a la consti- <br/>tución. Esa constitución, redactada por la aristocracia con la idea de go- <br/>bernar para siempre, otorgaba facu ltades amplísimas al ejecutivo;  <br/>cuando el poder cayó en manos de alguien con ideas contrarías, la clase  <br/>alta se rebeló.   <br/>  113<br/><br/><br/>Page No 114<br/><br/>Balmaceda, hombre brillante y de ideas modernas, no lo había hecho  <br/>mal, en realidad. Había impulsado la educación más que ningún gober- <br/>nante anterior, defendido el salitre chileno de las compañías extranje- <br/>ras, creado hospitales y numerosas  obras públicas, sobre todo ferroca- <br/>rriles, aunque empezaba más de lo  que lograba terminar; Chile tenía  <br/>poderío militar y naval, era un país  próspero y su moneda la más sólida  <br/>de Latinoamérica. Sin embargo, la  aristocracia no le perdonaba que  <br/>hubiera elevado a la clase medía e in tentara gobernar con ella, así co- <br/>mo el clero no podía tolerar la sepa ración de la iglesia del Estado, el  <br/>matrimonio civil, que reemplazó al re ligioso, y la ley que permitió ente- <br/>rrar en los cementerios a muertos de  cualquier credo. Antes era un lío  <br/>disponer de los cuerpos de quienes en  vida no habían sido católicos, así  <br/>como de ateos y suicidas, que a me nudo iban a parar a los barrancos o  <br/>al mar. A causa de estas medidas,  las mujeres abandonaron al Presi- <br/>dente en masa. Aunque no tenían po der político, reinaban en sus hoga- <br/>res y ejercían una tremenda influenc ia. La clase medía, que Balmaceda  <br/>había apoyado, también le dio la es palda y él respondió con soberbia,  <br/>porque estaba acostumbrado a mandar y ser obedecido, como todo  <br/>hacendado de entonces. Su familia po seía inmensas extensiones de tie- <br/>rra, una provincia con sus estaciones , ferrocarril, pueblos y cientos de  <br/>campesinos; los hombres de su cían  no tenían fama de patrones bon- <br/>dadosos, sino de tiranos rudos qu e dormían con el arma bajo la almo- <br/>hada y esperaban respeto ciego de  sus inquilinos. Tal vez por eso pre- <br/>tendió manejar el país, como su  propio feudo. Era un hombre alto,  <br/>apuesto, viril, de frente clara y port e noble, hijo de amores novelescos,  <br/>criado a lomo de caballo, con una fusta en una mano y un pistolón en la  <br/>otra. Había sido seminarista, pero no tenía pasta para vestir sotana; era  <br/>apasionado y vanidoso. Lo llamaban  el Chascón por su tendencia a  <br/>cambiar el peinado, los bigotes y las  patillas; se comentaban sus ropas  <br/>demasiado elegantes encargadas a Londres. Ridiculizaban su oratoria  <br/>grandilocuente y sus declaraciones de  celoso amor a Chile, decían que  <br/>se identificaba tanto con la patria que no podía concebirla sin él a la ca- <br/>beza, «mía o de nadie!» era la frase  que le atribuían. Los años de go- <br/>bierno lo aislaron y al final manifest aba una conducta errática que iba  <br/>de la manía a la depresión, pero aun entre sus peores adversarios go- <br/>zaba fama de buen estadista y de  irreprochable honestidad, como casi  <br/>todos los presidentes de Chile, quienes a diferencia de los caudillos de  <br/>otros países de América Latina, salían  del gobierno más pobres de lo  <br/>que entraban. Tenía visión de futuro, soñaba con crear una gran nación,  <br/>pero le tocó vivir el final de una época y el desgaste de un partido que  <br/>había estado demasiado tiempo en el poder. El país y el mundo estaban  <br/>cambiando y el régimen liberal se  había corrompido. Los presidentes  <br/>  114<br/><br/><br/>Page No 115<br/><br/>designaban a su sucesor y las autoridades civiles y militares hacían  <br/>trampas en las elecciones; siempre ganaba el partido de gobierno gra- <br/>cias a la fuerza tan bien llamada brut a: votaban hasta los muertos y los  <br/>ausentes en favor del candidato ofic ial, se compraban votos y a los du- <br/>dosos les metían miedo a palos. El  Presidente enfrentaba la oposición  <br/>implacable de los conservadores,  algunos grupos de liberales disiden- <br/>tes, el clero en su totalidad y la  mayor parte de la prensa. Por primera  <br/>vez se aglutinaban los extremos del espectro político en una sola causa:  <br/>derrocar al gobierno. A diario se junt aban manifestantes de la oposición  <br/>en la Plaza de Armas, que la policía a  caballo dispersaba a golpes, y en  <br/>la última gira del Presidente a las pr ovincias los soldados debieron de- <br/>fenderlo a sablazos contra muchedumbres enardecidas que lo pifiaban y  <br/>le tiraban verduras. Aquellas muestras  de descontento a él lo dejaban  <br/>imperturbable  <br/>como si no se diera cuenta de qu e la nación se hundía en el caos. Se- <br/>gún Severo del Valle y la señorita Matilde Pineda, un ochenta por ciento  <br/>de la gente detestaba al gobierno y  lo más decente sería que el Presi- <br/>dente renunciara, porque el clima de tensión se había vuelto insoporta- <br/>ble y en cualquier momento revent aría como un volcán. Así ocurrió esa  <br/>mañana de enero de 1891, cuando la  marina se sublevó y el Congreso  <br/>destituyó al Presidente.  <br/>–Se va a desencadenar una terrible represión, tía –oí que decía Severo  <br/>del Valle–. Me voy al norte a luchar . Le ruego que ampare a Nívea y a  <br/>los niños, porque yo no podré hacerlo quién sabe por cuánto tiempo...  <br/>–Ya perdiste una pierna en la guerra , Severo, si pierdes la otra parece- <br/>rás enano.  <br/>–No tengo alternativa, en Santiago me matarían igual.  <br/>–¡No seas melodramático, no estamos en la ópera!  <br/>Pero Severo del Valle estaba mejor in formado que su tía, como se vio a  <br/>los pocos días, cuando se desencaden ó el terror. La reacción del Presi- <br/>dente fue disolver el Congreso, desi gnarse dictador y nombrar a un tal  <br/>Joaquín Godoy para que organizara  la represión, un sádico que creía  <br/>que «los ricos deben pagarla por ser  ricos, los pobres por ser pobres y  <br/>los clérigos ¡hay que fusilarlos a todos!». El ejército se mantuvo fiel al  <br/>gobierno y lo que había comenzado  como una revuelta política se con- <br/>virtió en una guerra civil espantos a al enfrentarse la dos ramas de las  <br/>fuerzas armadas. Godoy, con el decidido apoyo de los jefes del ejército,  <br/>procedió a encarcelar a los congres ales opositores que pudo echar el  <br/>guante. Se terminaron las garant ías ciudadanas, comenzaron los alla- <br/>namientos de las casas y la tortura si stemática, mientras el Presidente  <br/>se encerró en su palacio asqueado  por esos métodos, pero convencido  <br/>de que no había otros para doblegar a sus enemigos políticos. «No qui- <br/>  115<br/><br/><br/>Page No 116<br/><br/>siera tener conocimiento de estas medidas», se le oyó decir más de una  <br/>vez. En la calle de la librería Siglo de  Oro no se podía dormir de noche  <br/>ni andar de día por los aullidos de los flagelados. Nada de esto se  <br/>hablaba delante de los niños, por supu esto, pero yo me enteraba de to- <br/>do porque conocía cada resquicio de  la casa y me entretenía espiando  <br/>las conversaciones de los adultos,  puesto que no había mucho más que  <br/>hacer en esos meses.   <br/>  <br/>Mientras afuera hervía la guerra, ad entro vivíamos como en un lujoso  <br/>convento de clausura. Mi abuela Paulina acogió a Nívea con su regi- <br/>miento de chiquillos, nodrizas y ni ñeras y cerró la casa a machote, se- <br/>gura de que nadie se atrevería a atac ar a una dama de su posición so- <br/>cial casada con un ciudadano británico. Por si acaso, Frederick Williams  <br/>enarboló una bandera inglesa en el  techo y mantuvo sus armas aceita- <br/>das.  <br/>Severo del Valle partió a luchar al  norte justo a tiempo, porque al día  <br/>siguiente allanaron su casa y si lo  hubieran encontrado habría ido a pa- <br/>rar a los calabozos de la policía polític a, donde se torturaba por igual a  <br/>ricos y a pobres. Nívea había sido  partidaria del régimen liberal, como  <br/>Severo del Valle, pero se convirtió en  acérrima opositora cuando el Pre- <br/>sidente quiso imponer su sucesor me diante trampas y trató de aplastar  <br/>al Congreso. En los meses de la Revolución mientras gestaba un par de  <br/>mellizos y criaba a seis niños, tuvo  tiempo y ánimo para actuar en la  <br/>oposición en formas que de haber sido sorprendida le habría costado la  <br/>vida. Lo hacía a espaldas de mi ab uela Paulina, quien había dado órde- <br/>nes terminantes de mantenernos invi sibles para no llamar la atención  <br/>de las autoridades, pero con pleno  conocimiento de Williams. La señori- <br/>ta Matilde Pineda se encontraba  exactamente al lado opuesto de Frede- <br/>rick Williams, tan socialista era la primera como monárquico el segun- <br/>do, pero el odio al gobierno los unía. En uno de los cuartos traseros,  <br/>donde mi abuela jamás entraba, in stalaron una pequeña imprenta con  <br/>ayuda de don Pedro Tey y allí producían  libelos y panfletos revoluciona- <br/>rios, que después la señorita Matilde  Pineda se llevaba ocultos bajo el  <br/>manto para repartir de casa en casa . Me hicieron jurar que no diría ni  <br/>una palabra a nadie de lo que acontec ía en ese cuarto y no lo hice por- <br/>que el secreto me pareció un juego fa scinante, aunque no adivinaba el  <br/>peligro que se cernía sobre nuestra familia. Al término de la Guerra Civil  <br/>comprendí que ese peligro era real, pu es a pesar de la posición de Pau- <br/>lina del Valle, nadie estaba a salvo de l largo brazo de la policía política.  <br/>La casa de mi abuela no era el santuario que suponíamos, el hecho de  <br/>que ella fuera una viuda con fortuna, relaciones y apellido no la habría  <br/>salvado de un allanamiento y tal vez de la prisión. A nuestro favor esta- <br/>  116<br/><br/><br/>Page No 117<br/><br/>ban la confusión de aquellos meses y  el hecho de que la mayoría de la  <br/>población se había vuelto contra el  gobierno, siendo imposible controlar  <br/>a tanta gente. Incluso en el seno  de la policía había partidarios de la  <br/>Revolución que ayudaban a escapar  a los mismos que debían apresar.  <br/>En cada casa donde la señorita Pineda golpeaba la puerta para entregar  <br/>sus libelos la recibían con los brazos abiertos.   <br/>Por una vez Severo y sus parientes  estaban en el mismo lado, porque  <br/>en el conflicto se unieron los cons ervadores con una parte de los libera- <br/>les. El resto de la familia Del Valle se  recluyó en sus fundos, lo más le- <br/>jos posible de Santiago, y los homb res jóvenes se fueron a pelear al  <br/>norte, donde se juntó un contingente de voluntarios apoyados por la  <br/>marinería sublevada. El ejército, fi el al gobierno, planeaba derrotar a  <br/>ese montón de civiles alzados en cu estión de días, nunca imagino la re- <br/>sistencia que encontraría. La escuadra y los revolucionarios se dirigieron  <br/>al norte para apoderarse de las salit reras, la mayor fuente de ingresos  <br/>del país, donde se acantonaban los re gimientos del ejército regular. En  <br/>el primer enfrentamiento serio triunf aron las tropas del gobierno y des- <br/>pués de la batalla remataron a los heri dos y a los prisioneros, tal como  <br/>habían hecho a menudo durante la Guerra  del Pacifico diez años antes.  <br/>La brutalidad de esa matanza enarde ció de tal modo a los revoluciona- <br/>rios que cuando volvieron a encontra rse frente a frente obtuvieron una  <br/>aplastante victoria. Entonces fue su  turno masacrar a los vencidos. A  <br/>mediados de marzo los congresistas , como se llamaban los sublevados,  <br/>controlaban cinco provincias del no rte y habían formado una junta de  <br/>Gobierno, mientras al sur el presid ente Balmaceda perdía adeptos mi- <br/>nuto a minuto. Lo que quedó de las tr opas leales en el norte debió re- <br/>troceder hacia el sur para juntarse con el grueso del ejército; quince mil  <br/>hombres cruzaron a pie la cordillera,  penetraron a Bolivia, pasaron a la  <br/>Argentina y luego atravesaron de nuevo las montañas para llegar a  <br/>Santiago. Aparecieron en la capital mu ertos de fatiga, barbudos y roto- <br/>sos, habían caminado millares de k ilómetros en una naturaleza incle- <br/>mente de valles y alturas, de calores infernales y de hielos eternos, jun- <br/>tando por el camino llamas y vicuñas del altiplano, calabazas y armadi- <br/>llos de las pampas, pájaros de las  cumbres más altas. Fueron recibidos  <br/>como héroes. Aquella hazaña no se había visto desde los tiempos remo- <br/>tos de los fieros conquistadores espa ñoles, pero no todos participaron  <br/>en el recibimiento porque la opos ición había aumentado como una ava- <br/>lancha imposible de contener. Nuestr a casa permaneció, con los posti- <br/>gos cerrados y las órdenes, de mi  abuela fueron que ninguno debía  <br/>asomar la nariz a la calle; pero yo no  resistí la curiosidad y me encara- <br/>mé al techo para ver el desfile.  <br/><br/>  117<br/><br/><br/>Page No 118<br/><br/>Las detenciones, saqueos, torturas y requisas tenían a los opositores en  <br/>ascuas, no había familia sin dividirse, nadie quedaba libre del miedo.  <br/>Las tropas efectuaban redadas para  reclutar jóvenes, se dejaban caer  <br/>por sorpresa en funerales, bodas, ca mpos y fábricas para detener a los  <br/>hombres en edad de portar armas y  llevárselos a la fuerza. Se paralizó  <br/>la agricultura y la industria por falta de mano de obra. La prepotencia  <br/>de los militares se hizo insoportable  y el Presidente comprendió que de- <br/>bía ponerle atajo, pero cuando finalmente quiso hacerlo ya era tarde,  <br/>los soldados estaban ensoberbecidos  y se temía que lo depusieran para  <br/>instaurar una dictadura militar, mil  veces más temible que la represión  <br/>impuesta por la policía política de Godoy.  <br/>«Nada hay tan peligroso como el  poder con impunidad», nos advertía  <br/>Nívea. Le pregunté a la señorita Matilde Pineda cuál era la diferencia  <br/>entre los del gobierno y los revolu cionarios y la respuesta fue que am- <br/>bos luchaban por la legitimidad. Cuan do se lo pregunté a mi abuela me  <br/>contestó que ninguna, todos eran unos canallas, dijo.  <br/>El terror tocó a nuestra puerta cuando los esbirros detuvieron a don Pe- <br/>dro Tey para conducirlo a los horrendos calabozos de Godoy. Sospecha- <br/>ban, y con razón, que era responsable  por los libelos políticos contra el  <br/>gobierno que circulaban por todas pa rtes. Una noche de junio, una de  <br/>esas noches de lluvia fastidiosa y  ventisca traicionera, cuando cenába- <br/>mos en el comedor de diario, se abrió de pronto la puerta e irrumpió sin  <br/>anunciarse la señorita Matilde Pineda , que venía atolondrada, lívida y  <br/>con el manto empapado.  <br/>–¿Qué pasa? –preguntó mi abuela, molesta por la descortesía de la  <br/>maestra.  <br/>La señorita Pineda nos zampó a bocajarro que los rufianes de Godoy  <br/>habían allanado la librería Siglo de Or o, golpeado a quienes se hallaban  <br/>allí y luego se habían llevado a don Pedro Tey en un coche cerrado. Mi  <br/>abuela se quedó con el tenedor en el aire esperando algo más que justi- <br/>ficara la escandalosa aparición de la mujer; apenas conocía al señor Tey  <br/>y no entendía por qué la noticia era  tan urgente. No tenía idea que el  <br/>librero acudía casi a diario a la casa, entraba por la calle de atrás y pro- <br/>ducía sus panfletos revolucionarios en una imprenta escondida bajo su  <br/>propio techo. Nívea, Williams y la se ñorita Pineda, en cambio, podían  <br/>adivinar las consecuencias una vez  que el infortunado Tey fuera obliga- <br/>do a confesar y sabían que tarde o te mprano lo haría, pues los métodos  <br/>de Godoy no dejaban lugar a dudas.  Vi que los tres intercambiaban mi- <br/>radas de desesperación y aunque no comprendí el alcance de lo que es- <br/>taba ocurriendo, imaginé la causa.  <br/>–¿Es por la máquina que tenemos en el cuarto de atrás? –pregunté.  <br/>–¿Qué máquina? –exclamó mi abuela.  <br/>  118<br/><br/><br/>Page No 119<br/><br/>–Ninguna máquina –repliqué-, acor dándome del pacto secreto, pero  <br/>Paulina del Valle no me dejó seguir , me cogió por una oreja y me sacu- <br/>dió con un ensañamiento inusitado en ella.  <br/>–¡Qué máquina, te he preguntado, mocosa del diablo! –me gritó.  <br/>–Deje a la niña, Paulina. Ella no tien e nada que ver con esto. Se trata  <br/>de una imprenta... –dijo Frederick Williams.  <br/>–¿Una imprenta? ¿Aquí, en mi casa? bramó mi abuela.  <br/>–Me temo que si, tía –murmuró Nívea.  <br/>–¡Maldición! ¡Qué vamos a hacer ahora! –y la matriarcal se dejó caer en  <br/>su silla con la cabeza entre las manos murmurando que su propia fami- <br/>lia la había traicionado, que íbamos a  pagar el precio de tamaña impru- <br/>dencia, éramos unos imbéciles, que ella había acogido a Nívea con los  <br/>brazos abiertos y miren cómo le pagaba, que si acaso Frederick no sa- <br/>bía que esto podía costarles el pellejo, no estábamos en Inglaterra ni en  <br/>California, cuándo iba a entender có mo eran las cosas en Chile, y que  <br/>no quería volver a ver a la señorita  Pineda nunca más en su vida y le  <br/>prohibía volver a pisar su casa o dirigir la palabra a su nieta.  <br/>Frederick Williams pidió el coche y a nunció que partía a “solucionar el  <br/>problema», lo cual, lejos de tran quilizar a mi abuela no hizo mas que  <br/>aumentar su espanto. La señorita  Matilde Pineda me hizo un gesto de  <br/>despedida, salió y no volví a verla  hasta muchos años más tarde. Wi- <br/>lliams partió directamente a la Legación norteamericana y pidió hablar  <br/>con mister Patrick Egon, su amigo  y compañero de bridge, quien a esa  <br/>hora encabezaba un banquete oficial  con otros miembros del cuerpo di- <br/>plomático. Egon adoraba al gobierno. Pero también era profundamente  <br/>democrático, como casi todos los ya nquis, y aborrecía los métodos de  <br/>Godoy. Escuchó en privado lo que Frederick Williams decía y se puso en  <br/>campaña de inmediato para hablar con el ministro del Interior, quien lo  <br/>recibió esa misma noche, pero le exp licó que no estaba en su poder in- <br/>terceder por el preso. Consiguió,  sin embargo, una entrevista con el  <br/>Presidente a primera hora del día si guiente. Esa fue la noche más larga  <br/>que se viviera en la casa de mi abuela. Nadie se acostó. Yo la pasé acu- <br/>rrucada con Caramelo en un sillón del  hall mientras traficaban las em- <br/>pleadas y los criados con maletas y  baúles, las niñeras y nodrizas con  <br/>los chiquillos de Nívea dormidos en  los brazos, las cocineras con cestas  <br/>de comestibles. Hasta un par de jau las con los pájaros favoritos de mi  <br/>abuela fueron a dar a los coches. W illiams y el jardinero, hombre de  <br/>confianza, desarmaron la imprenta, enterraron las piezas al fondo del  <br/>tercer patio y quemaron todos los  papeles comprometedores. Al ama- <br/>necer estaban los dos carruajes de la familia y cuatro criados armados y  <br/>a caballo listos para conducirnos fuer a de Santiago. El resto del perso- <br/>nal de servicio había partido a refu giarse en la iglesia más cercana,  <br/>  119<br/><br/><br/>Page No 120<br/><br/>donde otros coches los recogerían algo más tarde. Frederick Williams no  <br/>quiso acompañarnos.  <br/>–Soy el responsable de lo sucedido  y me quedaré para proteger la casa  <br/>–dijo.  <br/>–Su vida es mucho más valiosa que esta casa y todo lo demás que ten- <br/>go, por favor, venga con nosotros –le imploró Paulina del Valle.  <br/>–No se atreverán a tocarme, soy ciudadano británico.  <br/>–No sea ingenuo, Frederick, créame, nadie está salvo en estos tiempos.  <br/>Pero no hubo forma de convencerlo.  Me plantó un par de besos en las  <br/>mejillas, tomó largamente las manos de mi abuela en las suyas y se  <br/>despidió de Nívea, quien respiraba  como un congrio fuera del agua, no  <br/>sé si de miedo o de puro preñada.  Partimos cuando un sol tímido ape- <br/>nas iluminaba las cumbres nevadas de la cordillera; la lluvia había ce- <br/>sado y el cielo se anunciaba despejad o, pero soplaba un viento frío que  <br/>se metía por las rendijas del coche.  Mi abuela me llevaba bien acuñada  <br/>en su regazo, envuelta en su capa de piel de zorro, la misma cuyas co- <br/>las habían sido devoradas por Carame lo en un arrebato de lujuria. Iba  <br/>con la boca apretada de ira y de susto pero no había olvidado los canas- <br/>tos con la merienda y apenas salimos  de Santía o camino al sur, los  <br/>abrió para dar curso a la comilona  de pollos asados, huevos duros, pas- <br/>teles de hojaldre, quesos, panes amasados, vino y horchata, que habría  <br/>de durar el resto del viaje.  <br/>Los tíos Del Valle, que se habían re fugiado en el campo cuando empezó  <br/>la sublevación en enero, nos recibieron encantados porque veníamos a  <br/>interrumpir siete meses de aburrimien to irremediable y traíamos noti- <br/>cias. Las noticias eran pésimas, pero  peor era no tenerlas. Me reencon- <br/>tré con mis primos y esos días, que  fueron de tanta tensión para los  <br/>adultos, fueron de vacaciones para los niños; nos hartamos de leche re- <br/>cién ordeñada, de quesillo fresco  y conservas que se guardaban desde  <br/>el verano, montábamos a caballo, ch apoteábamos en el barro bajo la  <br/>lluvia, jugábamos en los establos  y manzardas, hacíamos representa- <br/>ciones teatrales y formamos un coro  deprimente, porque ninguno tenía  <br/>aptitud musical. Se llegaba a la casa  por un camino de curvas bordeado  <br/>de altos álamos en un valle agreste,  donde el arado había dejado pocas  <br/>huellas y los potreros parecían abandonados; de vez en cuando veía- <br/>mos hileras de palos secos y apolillados que, según mi abuela, eran vi- <br/>ñas. Si algún campesino se nos cruz aba por el camino, se quitaba el  <br/>sombrero de paja y, con la vista en  el suelo, saludaba a los patrones,  <br/>«su mercé», nos decía. Mi abuela llegó cansada y de mal humor al  <br/>campo, pero a los pocos días enarboló un paraguas y con Caramelo a la  <br/>saga recorrió los alrededores con gran  curiosidad. La vi examinar los  <br/>palos torcidos de las parras y recoge r muestras de tierra, que guardaba  <br/>  120<br/><br/><br/>Page No 121<br/><br/>121  <br/><br/>en unas misteriosas bolsitas. La casa , en forma de U, era dé adobe y  <br/>tejas, de aspecto pesado y sólido,  sin la menor elegancia, pero con el  <br/>encanto de las paredes que han presenciado mucha historia. En verano <br/>era un paraíso de árboles preñados de  dulces frutos, fragancia de flo- <br/>res, trinar de pájaros alborotados y  rumor de abejas diligentes, pero en  <br/>invierno parecía una vieja dama re zongona bajo la llovizna invernal y  <br/>los cielos encapotados. El día empezaba muy temprano y terminaba con <br/>la puesta del sol, hora en que nos  recogíamos en las inmensas habita- <br/>ciones mal iluminadas con velas y lám paras de queroseno. Hacía frió,  <br/>pero nos sentábamos en torno a mesas redondas cubiertas con un paño  <br/>grueso bajo las cuales ponían bras eros encendidos, así nos calentába- <br/>mos los pies; bebíamos vino tint o hervido con azúcar, cáscara de  <br/>naranja y canela, única forma de trag arlo. Los tíos Del Valle producían  <br/>ese rudo vino para consumo de la fa milia, pero mi abuela sostenía que  <br/>no estaba hecho para gaznates hum anos sino para disolver pintura.  <br/>Todo fundo que se respetara cultivaba parras y hacía su propio vino, al- <br/>gunos mejores que otros, pero ése era particularmente áspero. En los <br/>artesonados de madera las arañas  tejían sus delicados manteles de  <br/>encaje y corrían los ratones con el  corazón tranquilo, porque los gatos  <br/>de la casa no podían encaramarse tan alto. Las paredes, blanqueadas a <br/>la cal o pintadas con azul de añil,  lucían desnudas, pero por todas  <br/>partes había santos de bulto e imág enes del Cristo crucificado. A la  <br/>entrada se alzaba un maniquí con ca beza, manos y pies de madera,  <br/>ojos de vidrio azul y cabello humano, que representaba a la Virgen <br/>María y se mantenía adornado con flores frescas y una vejatoria <br/>encendida ante la cual todos nos persignábamos al pasar, no se entraba <br/>ni salía sin saludar a la Madona. Una  vez por semana se le cambiaba la  <br/>ropa, tenía un armario lleno de vest idos renacentistas, y para las  <br/>procesiones le ponían una capa de  armiño deslucida por los años.  <br/>Comíamos cuatro veces al día en largas ceremonias que no alcanzaban <br/>a concluir cuando ya comenzaba la siguiente, de modo que mi abuela se  <br/>levantaba de la mesa solo para dormir  y para ir a la capilla. A las siete  <br/>de la mañana asistíamos a misa y  comunión a cargo del padre Teodoro  <br/>Fiesco, que vivía con mis tíos, un sacerdote bastante anciano que <br/>poseía la virtud de la tolerancia; a sus ojos no había pecado <br/>imperdonable, salvo la traición de Judas; hasta el horrible Godoy, según  <br/>el, podría encontrar consuelo en el  seno del Señor. «Eso si que no,  <br/>padre, mire que si hay perdón para Godoy yo prefiero irme al infierno <br/>con Judas y todos mis hijos», le reba tió Nívea. Después de la puesta de  <br/>sol se juntaba la familia con los niños, empleados e inquilinos del fundo <br/>para rezar. Cada uno cogía una vela encendida y marchábamos en fila <br/>hacia la rústica capilla, en el extrem o sur de la casa. Le tomé gusto a  <br/>esos ritos diarios que marcaban el calendario, las estaciones y las vidas,<br/><br/><br/>Page No 122<br/><br/>las estaciones y las vidas, me entretenía arreglando las flores del altar y  <br/>limpiando los copones de oro. Las palabras sagradas eran poesía:  <br/>  <br/>“No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido,  <br/>ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.  <br/>Tú me mueves, señor; muéveme el  verte clavado en una Cruz y escar- <br/>necido; muéveme el ver tu cuerpo tan herido; muévanme tus afrentas y  <br/>tu muerte.”  <br/>“Muéveme en fin tu amor, de tal ma nera, que aunque no hubiera cielo,  <br/>yo te amara y aunque no hubiera infierno, te temiera.”  <br/>“No me tienes que dar porque te quiera, porque, aunque lo que espero  <br/>no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera.”  <br/>  <br/>Creo que más de algo se ablandó también en el recio corazón de mi  <br/>abuela, porque a partir de esa estad ía en el campo se acercó de a poco  <br/>a la religión, empezó a ir a la iglesia po r gusto y no sólo para ser vista;  <br/>dejó de maldecir al clero por costum bre, como hacía antes, y cuando  <br/>volvimos a Santiago mandó construi r una hermosa capilla con vitrales  <br/>de colores en su casa de la calle Ej ército Libertador, donde rezaba a su  <br/>manera. El catolicismo no le quedaba cómodo, por eso lo ajustaba a su  <br/>medida. Después de la oración de la  noche, volvíamos con nuestras ve- <br/>las al gran salón para tomar café con  leche, mientras las mujeres tejían  <br/>o bordaban y los niños escuchábamos aterrorizados los cuentos de apa- <br/>recidos que nos contaban los tíos. Nada nos daba tanto espanto como el  <br/>imbunche, una criatura maléfica de la mitología indígena. Decían que  <br/>los indios se robaban recién nacidos para convertirlos en imbunches, les  <br/>cosían los párpados y el ano, los  criaban en cuevas, los alimentaban de  <br/>sangre, les quebraban las piernas, le s volvían la cabeza hacia atrás y le  <br/>pasaban un brazo bajo la piel de la es palda, así adquirían toda suerte  <br/>de poderes sobrenaturales. Por mi edo a terminar convertidos en ali- <br/>mento de un imbunche, los niños no  asomábamos la nariz fuera de la  <br/>casa después de la puesta del sol  y algunos, como yo, dormían con la  <br/>cabeza bajo las mantas atormentados por espeluznantes pesadillas.  <br/>«¡Qué supersticiosa eres, Aurora! El imbunche no existe. ¿Crees que un  <br/>niño puede sobrevivir a semejantes  torturas?», trataba mi abuela de  <br/>razonar conmigo, pero no había ar gumento capaz de quitarme la tem- <br/>bladera de dientes.  <br/>Como pasaba la vida encinta, Nívea  poco se preocupaba de sacar sus  <br/>cuentas y calculaba la proximidad de l alumbramiento por el número de  <br/>veces que usaba la bacinilla. Cuando  se levantó en trece oportunidades  <br/>durante dos noches seguidas, anunció a la hora del desayuno que ya  <br/>era tiempo de buscar un médico y,  en efecto, ese mismo día comenza- <br/>  122<br/><br/><br/>Page No 123<br/><br/>ron las contracciones. No los había  por esos lados, así es que alguien  <br/>sugirió llamar a la comadrona de la ald ea más cercana, que resultó ser  <br/>una pintoresca meica, una India ma puche sin edad, toda del mismo co- <br/>lor pardo: piel, trenzas y hasta sus  ropas teñidas con colores vegetales.  <br/>Llegó a caballo, con una bolsa de plantas, aceites y jarabes medicinales,  <br/>cubierta con un manto sujeto en el  pecho con un enorme prendedor de  <br/>plata hecho con antiguas monedas co loniales. Las tías se espantaron  <br/>porque la meica parecía recién salida  de lo más denso de la Araucanía,  <br/>pero Nívea la recibió sin muestras de desconfianza; el trance no la  <br/>asustaba, ya lo había experimentado  seis veces antes. La India hablaba  <br/>muy poco castellano, pero parecía co nocer su oficio y una vez que se  <br/>quitó el manto pudimos ver que esta ba limpia. Por tradición no entra- <br/>ban al cuarto de la parturienta quie nes no hubieran concebido, de ma- <br/>nera que las mujeres jóvenes partieron con los niños al otro extremo de  <br/>la casa y los hombres se juntaron en  la sala de billar a jugar, beber y  <br/>fumar. A Nívea se la llevaron a la ha bitación principal acompañada por  <br/>la India y algunas mujeres mayores de  la familia, que se turnaban para  <br/>rezar y ayudar. Pusieron a cocinar dos gallinas negras para preparar un  <br/>caldo sustancioso capaz de fortale cer a la madre antes y después del  <br/>alumbramiento, también hirvieron borraja para infusiones por si se pro- <br/>ducían estertores o fatiga del cora zón. La curiosidad pudo más que la  <br/>amenaza de mi abuela de darme una paliza si me pillaba rondando cer- <br/>ca de Nívea y me escabullí por los cuartos traseros para espiar. Vi pasar  <br/>a las empleadas con paños blancos y jofainas con agua caliente y aceite  <br/>de manzanilla para masajear el vientre, también mantas y carbón para  <br/>los braseros, pues nada se temía tanto como el hielo de la barriga o en- <br/>friamiento durante el parto. Se oía el  rumor continuo de conversaciones  <br/>y risas; no me pareció que al otro  lado de la puerta hubiera un ambien- <br/>te de angustia o sufrimiento, todo  lo contrario, sonaba a mujeres en- <br/>fiestadas. Como desde mi escondite  nada veía y el hálito espectral de  <br/>los pasillos oscuros me erizaba los vellos de la nuca, pronto me aburrí y  <br/>partí a jugar con mis primos, pero  al anochecer, cuando la familia se  <br/>había reunido en la capilla, volví a acercarme. Para entonces las voces  <br/>habían cesado y se escuchaban níti damente los esforzados quejidos de  <br/>Nívea, el murmullo de oraciones y el  ruido de la lluvia en las tejas del  <br/>techo. Permanecí agazapada en un  recodo del pasillo, temblando de  <br/>miedo porque estaba segura de que  podían llegar los indios a robar el  <br/>bebé de Nívea... ¿y si la meica fuer a una de aquellas brujas que fabri- <br/>caban imbunches con los recién naci dos? ¿Cómo no había pensado Ní- <br/>vea en esa pavorosa posibilidad? Es taba a punto de echar a correr de  <br/>vuelta a la capilla, donde había luz y gente, pero en ese momento salió  <br/>una de las mujeres a buscar algo, de jó la puerta entreabierta y pude  <br/>  123<br/><br/><br/>Page No 124<br/><br/>vislumbrar lo que ocurría en la habita ción. Nadie me vio porque el pasi- <br/>llo estaba en tinieblas, en cambio  adentro reinaba la claridad de dos  <br/>lámparas de sebo y velas distribuid as por todos lados. Tres braseros  <br/>encendidos en los rincones manten ían el aire mucho más caliente que  <br/>en el resto de la casa y una olla do nde hervían hojas de eucalipto im- <br/>pregnaba el aire de un fresco arom a a bosque. Nívea, vestida con una  <br/>camisa corta, un chaleco y calcetines  gruesos de lana, estaba en cucli- <br/>llas sobre una manta, aferrada co n ambas manos a dos cuerdas grue- <br/>sas que colgaban de las vigas del  techo y sostenida por atrás por la  <br/>meica, quien murmuraba bajito palab ras en otra lengua. El vientre  <br/>abultado y marcado de venas azules  de la madre parecía, en la luz titi- <br/>lante de las velas, una monstruosidad  como si fuera ajeno a su cuerpo  <br/>y ni siquiera fuese humano. Nívea pu jaba empapada de sudor, el cabe- <br/>llo pegado en la frente, los ojos ce rrados y rodeados de círculos mora- <br/>dos, los labios hinchados. Una de mis tías rezaba de rodillas junto a una  <br/>mesita donde habían puesto una pequeña estatua de san Ramón Nona- <br/>to, patrono de las parturientas, úni co santo que no nació por vía nor- <br/>mal, sino que lo sacaron por un tajo  de la panza de su madre; otra es- <br/>taba cerca de la india con una palanga na de agua caliente y una pila de  <br/>paños limpios. Hubo una breve paus a en que Nívea cogió aire y la mei- <br/>ca se puso por delante para masaje arle el vientre con sus pesadas ma- <br/>nos, como si acomodara al niño en su  interior. De pronto un chorro de  <br/>un liquido sanguinolento empapó la  manta. La meica lo atajó con un  <br/>paño, que de inmediato quedó tamb ién ensopado, luego otro y otro  <br/>más. «Bendición, bendición, bendició n», oí que la india decía en espa- <br/>ñol. Nívea se aferró a las cuerdas  y pujó con tanta fuerza que los ten- <br/>dones del cuello y las venas en las sienes parecían a punto de reventar.  <br/>Un sordo bramido salió de sus labio s y entonces algo asomó entre sus  <br/>piernas, algo que la meica cogió suav emente y sostuvo por un instante,  <br/>hasta que Nívea agarró aliento, empujó  de nuevo y terminó de salir el  <br/>niño. Creí que me iba a desmayar de  terror y de asco, retrocedí trasta- <br/>billando por el largo y siniestro pasillo.  <br/>Una hora más tarde, mientras las criadas recogían los trapos sucios y lo  <br/>demás que se usó en el parto para  quemarlo –así se evitaban hemorra- <br/>gias, creían– y la meica envolvía la p lacenta y el cordón umbilical para  <br/>enterrarlos bajo una higuera, como era costumbre por esos lados, el re- <br/>sto de la familia se había reunido en  la sala en torno al padre Teodoro  <br/>Fiesco para dar gracias a Dios por  el nacimiento de un par de mellizos;  <br/>dos varones que llevarían con honor el  apellido Del Valle, como dijo el  <br/>sacerdote. Dos de las tías tenían a  los recién nacidos en brazos, bien  <br/>envueltos en mantillas de lana, con  gorritos tejidos en la cabeza, mien- <br/>tras cada miembro de la familia se ac ercaba por turno a besarlos en la  <br/>  124<br/><br/><br/>Page No 125<br/><br/>frente diciendo «Dios lo guarde» para  evitar el involuntario mal de ojo.  <br/>Yo no pude dar la bienvenida a mis  primos como los demás, porque me  <br/>parecieron unos gusanos feísimos y la visión del vientre azulado de Ní- <br/>vea expulsándolos como una masa ensangrentada habría de penarme  <br/>para siempre.  <br/>  <br/>La segunda semana de agosto llegó a buscarnos Frederick Williams, ele- <br/>gantísimo, como siempre, y muy tranqu ilo, como si el riesgo de caer en  <br/>manos de la policía política hubiera sido  sólo una alucinación colectiva.  <br/>Mi abuela recibió a su marido como  una novia, con los ojos brillantes y  <br/>las mejillas rojas de emoción, le tendió las manos y él las besó con algo  <br/>más que respeto; me di cuenta por primera vez que esa extraña pareja  <br/>estaba unida por lazos muy parecidos al cariño. Para entonces ella tenía  <br/>alrededor de sesenta y cinco años,  edad en la que otras mujeres eran  <br/>ancianas derrotadas por los lutos so brepuestos y las desventuras de la  <br/>existencia, pero Paulina del Valle pare cía invencible. Se teñía el cabello,  <br/>coquetería que ninguna dama de su  medio se permitía, y se aumentaba  <br/>el peinado con postizos; se vestía  con la misma vanidad de siempre, a  <br/>pesar de su gordura, y se maquillab a con tanta delicadeza que nadie  <br/>sospechaba del rubor en sus mejillas o el negro de sus pestañas.  <br/>Frederick Williams era notablemente  más joven y parece que las  <br/>mujeres lo encontraban muy atract ivo, porque siempre meneaban  <br/>abanicos y dejaban caer pañuelos en  su presencia. Nunca vi que él  <br/>retribuyera esos cumplidos, en camb io parecía absolutamente dedicado  <br/>a su esposa. Me he preguntado muchas veces si la relación de Frederick  <br/>Williams y Paulina del Valle fue sólo  un arreglo de conveniencia, si fue  <br/>tan platónica como todos suponen o si hubo entre ellos una cierta  <br/>atracción. ¿Llegaron a amarse? Nadie podrá saberlo porque él nunca to- <br/>có el tema y mi abuela, quien al final fue capaz de contarme las cosas  <br/>más privadas, se llevó la respuesta al otro mundo.  <br/>Nos enteramos por el tío Frederick  que mediante la intervención del  <br/>Presidente en persona habían liber ado a don Pedro Tey antes de que  <br/>Godoy lograra arrancarle una confesió n, de modo que podíamos volver  <br/>a la casa de Santiago, porque en re alidad el nombre de nuestra familia  <br/>nunca cayó en las listas de la policía.  Nueve años más tarde, cuando  <br/>murió mi abuela Paulina y volví a ver a la señorita Matilde Pineda y a  <br/>don Pedro Tey, supe los detalles de  lo ocurrido, que el bueno de Frede- <br/>rick Williams quiso evitarnos. Despué s de allanar la librería, golpear a  <br/>los empleados y hacer pilas con cent enares de libros y prenderles fue- <br/>go, se llevaron al librero catalán a los siniestros cuarteles, donde le  <br/>aplicaron el tratamiento usual. Al  término del castigo Tey había perdido  <br/>el conocimiento sin haber dicho una  sola palabra, entonces le vaciaron  <br/>  125<br/><br/><br/>Page No 126<br/><br/>encima un balde de agua con excr emento, lo ataron a una silla y allí  <br/>permaneció el resto de la noche. Al  día siguiente, cuando lo conducían  <br/>de nuevo a la presencia de sus torturadores, llegó el ministro norteame- <br/>ricano Patrick Egon con un edecán del Presidente a exigir la liberación  <br/>del preso. Lo dejaron ir después de  prevenirle que si decía una sola pa- <br/>labra de lo sucedido se enfrentaría  a un pelotón de fusilamiento. Se lo  <br/>llevaron chorreando sangre y mierda al coche del ministro, donde espe- <br/>raban Frederick Williams y un médico, y lo condujeron a la Legación de  <br/>los Estados Unidos en calidad de as ilado. Un mes mas tarde cayó el go- <br/>bierno y don Pedro Tey salió de la Le gación para dar cabida a la familia  <br/>del Presidente depuesto, que encont ró refugio bajo la misma bandera.  <br/>El librero pasó varios meses fregad o hasta que sanaron las heridas de  <br/>los azotes, los huesos de los homb ros recuperaron movilidad y pudo  <br/>volver a poner en pie su negocio de  libros. Las atrocidades sufridas no  <br/>lo amedrentaron, no se le pasó por la mente la idea de regresar a Cata- <br/>luña y siguió siempre en la oposició n, fuera cual fuese el gobierno de  <br/>turno. Cuando le agradecí muchos añ os mas tarde el terrible suplicio  <br/>que soportó para proteger a mi fam ilia, me contestó que no lo había  <br/>hecho por nosotros, sino por la señorita Matilde Pineda.  <br/>Mi abuela Paulina quería quedarse en  el campo hasta que terminara la  <br/>Revolución, pero Frederick Williams la  convenció de que el conflicto po- <br/>día durar años y no debíamos abandonar la posición que teníamos en  <br/>Santiago; la verdad es que el fundo con sus campesinos humildes, sies- <br/>tas eternas y establos llenos de ca ca y moscas le parecía un destino  <br/>mucho peor que el calabozo.  <br/>–La Guerra Civil duró cuatro años en los Estados Unidos, puede durar lo  <br/>mismo aquí –dijo.  <br/>–¿Cuatro años? Para entonces no qu edará un solo chileno vivo. Dice mi  <br/>sobrino Severo que en pocos meses  ya se suman diez mil muertos en  <br/>combate y más de mil asesinados por la espalda –replicó mi abuela.  <br/>Nívea quiso regresar con nosotros a Santiago, a pesar de que todavía  <br/>llevaba a cuestas la fatiga del doble pa rto, y tanto insistió que mi abue- <br/>la finalmente cedió. Al principio no le hablaba a Nívea por el asunto de  <br/>la imprenta, pero la perdonó por co mpleto cuando vio a los mellizos.  <br/>Pronto nos encontramos todos en ruta a la capital con los mismos bul- <br/>tos que habíamos trasladado semanas  antes, más dos recién nacidos y  <br/>menos los pájaros que murieron ator ados de susto por el camino. Lle- <br/>vábamos múltiples canastos con vituallas y una jarra con el brebaje que  <br/>Nívea debía tomar para prevenir  la anemia, una mezcla nauseabunda  <br/>de vino añejo y sangre fresca de novillo.   <br/>Nívea había pasado meses sin saber de  su marido y, tal como nos con- <br/>fesó en un momento de debilidad, em pezaba a deprimirse. Nunca dudó  <br/>  126<br/><br/><br/>Page No 127<br/><br/>que Severo del Valle volvería a su lado sano y salvo de la guerra; tiene  <br/>una especie de clarividencia para ver  su propio destino. Tal como siem- <br/>pre supo que sería su esposa, incluso  cuando él le anunció que se había  <br/>casado con otra en San Francisco, ig ual sabe que morirán juntos en un  <br/>accidente. Se lo he oído decir muchas veces, la frase ha pasado a ser  <br/>un chiste en la familia.   <br/>Temía quedarse en el campo porque  allí sería difícil para su marido co- <br/>municarse con ella, ya que en el de spelote de la Revolución el correo  <br/>solía perderse, sobre todo en las zonas rurales.  <br/>Desde el comienzo de su amor con  Severo, cuando quedó en evidencia  <br/>su desbocada fertilidad, Nívea comp rendió que si cumplía con las nor- <br/>mas habituales de decoro y se reclu ía en su casa con cada embarazo y  <br/>alumbramiento iba a pasar el resto de su vida encerrada, entonces de- <br/>cidió no hacer un misterio de la ma ternidad y tal como se pavoneaba  <br/>con la barriga en punta como una  campesina desfachatada, ante el  <br/>horror de la «buena» sociedad, igual daba a luz sin aspavientos, se con- <br/>finaba sólo por tres días –en vez de la cuarentena que el médico exigía- <br/>, y salía a todas partes, incluso a sus  mítines de sufragistas, con su sé- <br/>quito de criaturas y niñeras. Estas úl timas eran adolescentes reclutadas  <br/>en el campo y destinadas a servir por el resto de su existencia, a menos  <br/>que quedaran encintas o se casaran,  lo cual era poco probable. Esas  <br/>doncellas abnegadas crecían, se seca ban y morían en la casa, dormían  <br/>en cuartos mugrientos y sin ventanas  y comían las sobras de la mesa  <br/>principal; adoraban a los niños que les tocaba criar, sobre todo a los va- <br/>rones, y cuando las hijas de la fam ilia se casaban se las llevaban consi- <br/>go como parte del ajuar, para que  siguieran sirviendo a la segunda ge- <br/>neración. En un tiempo en que todo lo referente a la maternidad se  <br/>mantenía oculto, la convivencia con Ní vea me instruyó a los once años  <br/>en asuntos que cualquier muchacha  de mi medio ignoraba. En el cam- <br/>po, cuando los animales se acoplaban  o parían, obligaban a las niñas a  <br/>meternos en la casa con los postigos  cerrados, porque se partía de la  <br/>base que aquellas funciones lastima ban nuestras almas sensibles y nos  <br/>plantaban ideas perversas en la cabeza. Tenían razón, porque el lujurio- <br/>so espectáculo de un potro bravo montando a una yegua, que vi por ca- <br/>sualidad en el fundo de mis primos, todavía me enardece la sangre.  <br/>Hoy, en pleno 1910, cuando los veinte años de diferencia de edad entre  <br/>Nívea y yo han desaparecido y más qu e mi tía es mi amiga, me he en- <br/>terado de que los alumbramientos anuales nunca fueron un obstáculo  <br/>serio para ella; preñada o no, igu al hacía cabriolas impúdicas con su  <br/>marido. En una de esas conversaciones confidenciales le pregunté por  <br/>qué tuvo tantos hijos –quince, de  los cuales hay once vivos– y me con- <br/>testó que no pudo evitarlos, ninguno  de los sabios recursos de las ma- <br/>  127<br/><br/><br/>Page No 128<br/><br/>tronas francesas le dio resultados.  La salvó del tremendo desgaste una  <br/>fortaleza física indomable y el corazón liviano para no enredarse en ma- <br/>rañas sentimentales. criaba los hijo s con el mismo método con que se  <br/>ocupaba de los asuntos domésticos:  delegando. Apenas daba a luz se  <br/>vendaba apretadamente los pechos y  entregaba el crío a una nodriza;  <br/>en su casa había casi tantas niñeras  como niños. La facilidad para parir  <br/>de Nívea, su buena salud y su desprendimiento de sus hijos salvó su re- <br/>lación intima con Severo; es fácil adiv inar el apasionado cariño que los  <br/>une. Me ha contado que los libros  prohibidos que estudió minuciosa- <br/>mente en la biblioteca de su tío le  enseñaron las fantásticas posibilida- <br/>des del amor, incluso algunas muy tr anquilas para amantes limitados  <br/>en su capacidad acrobática, como ha  sido el caso de ambos: él por la  <br/>pierna amputada y ella por la barriga  de los embarazos. No sé cuáles  <br/>son las contorsiones favoritas de es os dos, pero imagino que los mo- <br/>mentos de más deleite son todavía  aquellos en que juegan a oscuras,  <br/>sin hacer ni el menor ruido, como si  en la habitación hubiera una monja  <br/>debatiéndose entre la duermevela del  chocolate con valeriana y las ga- <br/>nas de pecar.  <br/>Las noticias de la Revolución esta ban estrictamente censuradas por el  <br/>gobierno, pero todo se sabía inclus o antes de que ocurriera. Nos ente- <br/>ramos de la conspiración porque la  anunció uno de mis primos mayo- <br/>res, que apareció sigilosamente en  la casa en compañía de un inquilino  <br/>del fundo, criado y guardaespaldas.  Después de la cena se encerró por  <br/>largo rato en el escritorio con Fr ederick Williams y mi abuela, mientras  <br/>yo fingía leer en un rincón, pero no  perdía palabra de lo que decían. Mi  <br/>primo era un muchachote rubio, apuesto, -con rizos y ojos de mujer-,  <br/>impulsivo y simpático; se había cr iado en el campo y tenía buena mu- <br/>ñeca para domar caballos, es lo único que recuerdo de él. Explicó que  <br/>unos jóvenes, entre los cuales él se  contaba, pretendían volar unos  <br/>puentes para hostigar al gobierno.  <br/>–¿A quién se le ocurrió esta idea  tan brillante? ¿Tienen un jefe? – <br/>preguntó sarcástica mi abuela.  <br/>–No hay jefe todavía, lo elegiremos cuando nos reunamos.  <br/>–¿Cuántos son, hijo?  <br/>–Somos como cien, pero no sé cuán tos vendrán. No todos saben para  <br/>qué los hemos llamado, se lo diremo s después–, por razones de seguri- <br/>dad, ¿entiende, tía?  <br/>–Entiendo. ¿Son todos señoritos como tú? –quiso saber mi abuela, cada  <br/>vez más alterada.  <br/>–Hay artesanos, obreros, gente de campo y algunos de mis amigos  <br/>también.  <br/>–¿Qué armas tienen? –preguntó Frederick Williams.  <br/>  128<br/><br/><br/>Page No 129<br/><br/>–Sables, cuchillos y creo que habrá algunas carabinas. Tendremos que  <br/>conseguir pólvora, claro.  <br/>–¡Me parece un soberano disparate! explotó mi abuela.  <br/>Intentaron disuadirlo y él los escu chó con fingida paciencia, pero fue  <br/>evidente que la decisión estaba tomada y no era el momento para cam- <br/>biar de parecer. Cuando salió llevaba en una bolsa de cuero algunas de  <br/>las armas de fuego de la colección de Frederick Williams.   <br/>Dos días más tarde supimos lo que aconteció en el fundo de la conspi- <br/>ración, a pocos kilómetros de Sant iago. Los rebeldes fueron llegando  <br/>durante el día a una casita de vaqueros donde se creían seguros, pasa- <br/>ron horas discutiendo, pero en vista  de que contaban con tan pocas ar- <br/>mas y el plan hacía agua por todos  lados, decidieron postergarlo, pasar  <br/>allí la noche en alegre camaradería y dispersarse al día siguiente. No  <br/>sospechaban que habían sido denunciados. A las cuatro de la madruga- <br/>da se dejaron caer encima noventa  jinetes y cuarenta infantes de las  <br/>tropas del gobierno en una maniobra  tan rápida y certera, que los sitia- <br/>dos no alcanzaron a defenderse y se  rindieron, convencidos de que es- <br/>taban a salvo, puesto que no habían  cometido ningún crimen todavía,  <br/>excepto reunirse sin permiso. El te niente coronel a cargo del destaca- <br/>mento perdió la cabeza en la pelote ra del momento y ciego de cólera  <br/>arrastró al primer prisionero al fren te y lo hizo despedazar a bala y ba- <br/>yoneta, luego escogió ocho más y los  fusiló por la espalda y así siguie- <br/>ron las palizas y la matanza hasta qu e al clarear el día había dieciséis  <br/>cuerpos destrozados. El coronel abrió las bodegas de vino del fundo y  <br/>después entregó las mujeres de los campesinos a la tropa ebria y enva- <br/>lentonada por la impunidad. Incendiar on la casa y al administrador lo  <br/>torturaron tan salvajemente que debier on fusilarlo sentado. Entretanto  <br/>iban y venían las órdenes de Santiago, pero las acciones no mellaron el  <br/>ánimo de la soldadesca, sino que aume ntó la fiebre de violencia. Al día  <br/>siguiente, después de muchas horas  de infierno, llegaron las instruccio- <br/>nes escritas de puño y letra por un  general: «Que sean ejecutados in- <br/>mediatamente todos.» Así lo hicieron. Después se llevaron los cadáve- <br/>res en cinco carretones para tirarlos  en una fosa común, pero fue tanto  <br/>el clamor que finalmente los entregaron a las familias.  <br/>A la hora del crepúsculo trajeron el  cuerpo de mi primo, que mi abuela  <br/>había reclamado valiéndose de su po sición social y de sus influencias;  <br/>venía envuelto en una manta ensang rentada y lo metieron sigilosamen- <br/>te en un cuarto para acomodarlo un poco antes de que lo vieran su ma- <br/>dre y sus hermanas. Espiando desde  la escalera vi aparecer a un caba- <br/>llero con levita negra y un maletín,  que se encerró con el cadáver,  <br/>mientras las criadas comentaban qu e se trataba de un maestro embal- <br/>samador capaz de eliminar las hue llas del fusilamiento con maquillaje,  <br/>  129<br/><br/><br/>Page No 130<br/><br/>relleno y una aguja de colchonero.  Frederick Williams y mi abuela habí- <br/>an convertido el salón dorado en  capilla ardiente con un altar improvi- <br/>sado y cirios amarillos en altos candelabros.   <br/>Cuando al amanecer empezaron a lle gar los coches con la familia y los  <br/>amigos, la casa estaba llena de flores y mi primo, limpio, bien vestido y  <br/>sin trazos de su martirio, reposaba  en un magnífico ataúd de caoba con  <br/>remaches de plata. Las mujeres, de luto riguroso, estaban instaladas en  <br/>una doble hilera de sillas llorando y rezando, los hombres planeaban la  <br/>venganza en el salón dorado, las em pleadas servían bocadillos como si  <br/>fuera un picnic y nosotros, los niños,  también vestidos de negro, jugá- <br/>bamos sofocados de risa a fusilarnos mutuamente. Mi primo y varios de  <br/>sus compañeros fueron velados durant e tres días en sus casas, mien- <br/>tras las campanas de las iglesias  repicaban sin cesar por los muchachos  <br/>muertos. Las autoridades no se atre vieron a intervenir. A pesar de la  <br/>estricta censura no quedó nadie en el  país sin saber lo ocurrido, la noti- <br/>cia voló como un polvorín y el horro r sacudió por igual a partidarios del  <br/>gobierno y revolucionarios. El Presid ente no quiso oír los detalles y de- <br/>clinó toda responsabilidad, tal como había hecho con las ignominias  <br/>cometidas por otros militares y por el temible Godoy.  <br/>  <br/>–Los mataron a mansalva, con saña,  como bestias. No se puede espe- <br/>rar otra cosa, somos un país sanguinario –apuntó Nívea, mucho más fu- <br/>riosa que triste-, y procedió a exp licar que habíamos tenido cinco gue- <br/>rras en lo que iba del siglo; los ch ilenos parecemos inofensivos y tene- <br/>mos reputación de apocados, hasta hablamos en diminutivo (porfavorci- <br/>to, deme un vasito de agüita), pero a la primera oportunidad nos con- <br/>vertimos en caníbales. Había que sa ber de dónde veníamos para enten- <br/>der nuestra vena brutal, dijo; nuestros antepasados eran los más ague- <br/>rridos y crueles conquistadores españo les, los únicos que se atrevieron  <br/>a llegar a pie hasta Chile, con las armaduras calentadas al rojo por el  <br/>sol del desierto, venciendo los peores  obstáculos de la naturaleza. Se  <br/>mezclaron con los araucanos, tan bravos como ellos, único pueblo del  <br/>continente jamás subyugado. Los indi os se comían a los prisioneros y  <br/>sus jefes, los toquis, usaban máscaras ceremoniales hechas con las pie- <br/>les secas de sus opresores, prefer entemente las de aquellos con barba  <br/>y bigote, porque ellos eran lampiños,  vengándose así de los blancos,  <br/>que a su vez los quemaban vivos, los sentaban en picas, les cortaban  <br/>los brazos y les arrancaban los ojos. «¡Basta! Te prohíbo que digas esas  <br/>barbaridades delante de mi nieta», la interrumpió mi abuela.  <br/>La carnicería de los jóvenes conspiradores fue el detonante para las ba- <br/>tallas finales de la Guerra Civil. En los días siguientes los revolucionarios  <br/>desembarcaron un ejército de nueve mil hombres apoyado por la artille- <br/>  130<br/><br/><br/>Page No 131<br/><br/>ría naval, avanzaron hacia el puerto  de Valparaíso a toda marcha y en  <br/>aparente desorden como una horda  de hunos, pero había un plan clarí- <br/>simo en aquel caos, porque en pocas horas aplastaron a sus enemigos.  <br/>Las reservas del gobierno perdieron tr es de cada diez hombres, el ejér- <br/>cito revolucionario ocupó Valparaís o y desde allí se aprontó para avan- <br/>zar hacia Santiago y dominar el resto del país. Entretanto el Presidente  <br/>dirigía la guerra desde su oficina po r telégrafo y teléfono, pero los in- <br/>formes que le llegaban eran falsos y sus órdenes se perdían en la nebu- <br/>losa de las ondas radiales, pues la  mayoría de las telefonistas pertene- <br/>cía al bando revolucionario. El Presidente escuchó la noticia de la derro- <br/>ta a la hora de la cena. Terminó de comer impasible, luego ordenó a su  <br/>familia que se refugiara en la Legaci ón norteamericana, tomó su bufan- <br/>da, su abrigo y su sombrero y se  encaminó a pie acompañado por un  <br/>amigo hacia la Legación de Argentina, que quedaba a pocas cuadras del  <br/>palacio presidencial. Allí estaba as ilado uno de los congresales oposito- <br/>res a su gobierno y estuvieron a p unto de cruzarse en la puerta, uno  <br/>entrando derrotado y el otro saliendo triunfante. El perseguidor se había  <br/>convertido en perseguido.  <br/>Los revolucionarios marcharon sobre la capital en medio de las aclama- <br/>ciones de la misma población que me ses antes aplaudía a las tropas del  <br/>gobierno; en pocas horas los habita ntes de Santiago se volcaron a la  <br/>calle con cintas rojas atadas al bra zo, la mayoría a celebrar y otros a  <br/>esconderse temiendo lo peor de la  soldadesca y el populacho ensober- <br/>becido. Las nuevas autoridades hici eron un llamado para cooperar con  <br/>el orden y la paz, que la turba interpreto a su manera. Se formaron  <br/>bandas con un jefe a la cabeza que  recorrieron la ciudad con listas de  <br/>las casas para saquear, cada una identificada en un mapa y con la di- <br/>rección exacta. Dijeron después que las listas fueron hechas con maldad  <br/>y ánimo de revancha por damas de la alta sociedad. Puede ser, pero me  <br/>consta que Paulina del Valle y Nívea  eran incapaces de tal bajeza, a pe- <br/>sar de su odio por el gobierno derrocado; al contrario, escondieron en la  <br/>casa a un par de familias perseguidas  mientras se enfriaba el furor po- <br/>pular y volvía la calma aburrida del tiempo anterior a la Revolución, que  <br/>todos echábamos de menos.   <br/>El saqueo de Santiago fue una acción  metódica y hasta divertida, mira- <br/>da a la distancia, claro, adelante  de la «comisión» eufemismo para de- <br/>signar a las bandas, iba el jefe tocando su campanita y dando instruc- <br/>ciones: «aquí pueden robar, pero  no me rompan nada, niños», «aquí  <br/>me guardan los documentos y desp ués me incendian la casa». «aquí  <br/>pueden llevarse lo que quieran y romp er todo no más». La «comisión»  <br/>cumplía respetuosamente las instrucciones y si los dueños se encontra- <br/>ban presentes saludaban con buenos  modales y luego procedían a sa- <br/>  131<br/><br/><br/>Page No 132<br/><br/>quear en alegre jolgorio, como chiquillos enfiestados. Abrían los escrito- <br/>rios, sacaban los papeles y document os privados que entregaban al je- <br/>fe, luego partían los muebles a hachazos, se llevaban lo que les gustaba  <br/>y finalmente rociaban las paredes con parafina y les prendían fuego.  <br/>Desde la pieza que ocupaba en la Lega ción Argentina, el depuesto pre- <br/>sidente Balmaceda escuchó el fragor de los desórdenes callejeros y,  <br/>luego de redactar su testamento po lítico y temiendo que su familia pa- <br/>gara el precio del odio, se disparó un tiro en la sien. La empleada que le  <br/>llevó la cena en la noche fue la última  en verlo con vida; a las ocho de  <br/>la mañana lo encontraron sobre su cama correctamente vestido con la  <br/>cabeza sobre la almohada ensangrentada. Ese balazo lo convirtió de  <br/>inmediato en mártir y en los años venideros pasaría a ser el símbolo de  <br/>la libertad y la democracia, respetado hasta por sus más encarnizados  <br/>enemigos. Como dijo mi abuela, Chile es un país con mala memoria. En  <br/>los pocos meses que duró la Revoluci ón murieron más chilenos que en  <br/>los cuatro años de la Guerra del Pacifico.  <br/>En medio de aquel desorden apareció en la casa Severo del Valle, bar- <br/>budo y embarrado a buscar a su muje r, a quien no veía desde enero.  <br/>Se llevó una enorme sorpresa al encontrarla con dos hijos más, porque  <br/>en el tumulto de la Revolución a ella  se le había olvidado contarle que  <br/>estaba encinta cuando él se fue. Los mellizos empezaban a esponjarse y  <br/>en un par de semanas habían a dquirido un aspecto más o menos  <br/>humano; ya no eran las musarañas arrugadas y azules que fueron al  <br/>nacer. Nívea saltó al cuello de su ma rido y entonces me tocó presenciar  <br/>por primera vez en mi vida un largo  beso en la boca. Mi abuela, ofusca- <br/>da, quiso distraerme, pero no lo lo gró y todavía recuerdo el tremendo  <br/>efecto que tuvo en mi; aquel beso  marcó el comienzo de la volcánica  <br/>transformación de la adolescencia.  En pocos meses me volví una extra- <br/>ña, no lograba reconocer a la muchacha ensimismada en que me estaba  <br/>convirtiendo, me vi aprisionada en  un cuerpo rebelde y exigente, que  <br/>crecía y se afirmaba, sufría y palpitab a. Me parecía que yo era sólo una  <br/>extensión de mi vientre, esa caverna que imaginaba como un hueco en- <br/>sangrentado donde fermentaban hum ores y se desarrollaba una flora  <br/>ajena y terrible. No podía olvidar la  alucinante escena de Nívea dando a  <br/>luz en cuclillas a la luz de las velas,  de su enorme barriga coronada por  <br/>un ombligo protuberante, de sus delgados brazos aferrados a los corde- <br/>les que colgaban del techo. Lloraba de pronto sin ninguna causa apa- <br/>rente, igual sufría pataletas de ira  incontenible o amanecía tan cansada  <br/>que no podía levantarme. Los sueños  de los niños en piyamas negros  <br/>retornaron con más intensidad y fr ecuencia; también soñaba con un  <br/>hombre suave y oloroso a mar que me  envolvía en sus brazos, desper- <br/>taba aferrada a la almohada deseando con desesperación que alguien  <br/>  132<br/><br/><br/>Page No 133<br/><br/>me besara como Severo del Valle ha bía besado a su mujer. Me volaba  <br/>de calor por fuera, y por dentro me  helaba; ya no tenía paz para leer o  <br/>estudiar, echaba a correr por el ja rdín dando vueltas como una ende- <br/>moniada para sujetar las ganas de aullar, me introducía vestida a la la- <br/>guna pisoteando nenúfares y asustando a los peces rojos, orgullo de mi  <br/>abuela. Pronto descubrí los puntos  más sensibles de mi cuerpo y me  <br/>acariciaba escondida, sin comprender por qué aquello que debía ser pe- <br/>cado, me calmaba. Me estoy volvie ndo loca, como tantas muchachas  <br/>que acaban histéricas, concluí aterra da, pero no me atreví a hablarlo  <br/>con mi abuela. Paulina del Valle ta mbién estaba cambiando, mientras  <br/>mi cuerpo florecía el suyo se se caba agobiado por males misteriosos  <br/>que no discutía con nadie, ni siquiera  con el médico, fiel a su teoría de  <br/>que bastaba andar derecha y no hacer ruidos de anciana para mantener  <br/>a raya a la decrepitud. La gordura le pesaba, tenía varices en las pier- <br/>nas, le dolían los huesos, le faltaba  el aire y se orinaba a gotitas, mise- <br/>rias que adivine por pequeñas señ ales, pero que ella mantenía en es- <br/>tricto secreto. La señorita Matild e Pineda me habría ayudado mucho en  <br/>el trance de la adolescencia, pero  había desaparecido por completo de  <br/>mi vida, expulsada por mi abuela. Nívea también partió con su marido,  <br/>sus hijos y niñeras, tan despreocupada y alegre como llegó, dejando un  <br/>vacío tremendo en la casa. Sobraban  piezas y faltaba ruido; sin ella y  <br/>los niños la mansión de mi abuela se convirtió en un mausoleo.  <br/>  <br/>Santiago celebró el derrocamiento  del gobierno con una seguidilla in- <br/>terminable de desfiles, fiestas, cot illones y banquetes; mi abuela no se  <br/>quedó atrás, volvió a abrir la casa y  trató de reanudar su vida social y  <br/>sus tertulias, pero había un aire agob iante que el mes de septiembre,  <br/>con su espléndida primavera, no  logró cambiar. Los millares de muer- <br/>tos, las traiciones y los saqueos pesa ban por igual en el alma de vence- <br/>dores y vencidos. Estábamos avergonz ados: la Guerra Civil había sido  <br/>una orgía de sangre.  <br/>Esa fue una extraña época en mi vida , me cambió el cuerpo, se me ex- <br/>pandió el alma y empecé a preguntar me en serio quién era yo y de  <br/>dónde provenía. El detonante fue la llegada de Matías Rodríguez de  <br/>Santa Cruz, mi padre, aunque yo no  sabía aún que lo era. Lo recibí co- <br/>mo al tío Matías a quien había conoci do años antes en Europa. Ya en- <br/>tonces me pareció frágil, pero al verlo de nuevo no lo reconocí, era  <br/>apenas un ave desnutrida en su sillón de inválido. Lo trajo una hermosa  <br/>mujer madura, opulenta, de piel lechosa, vestida con un sencillo traje  <br/>de popelina color mostaza y un chal de scolorido en los hombros, cuyo  <br/>rasgo más notable era una mata indómita de cabellos crespos, enmara- <br/>ñados y grises, tomados en la nuca con una delgada cinta. Parecía una  <br/>  133<br/><br/><br/>Page No 134<br/><br/>antigua reina escandinava en exilio, nada costaba imaginarla en la popa  <br/>de un barco vikingo navegando entre témpanos.  <br/>Paulina del Valle recibió un telegrama anunciando que su hijo mayor  <br/>desembarcaría en Valparaíso y se pu so de inmediato en acción para  <br/>trasladarse al puerto conmigo, el tí o Frederick y el resto del cortejo  <br/>habitual. Partimos a recibirlo en un vagón especial que el gerente inglés  <br/>de los ferrocarriles puso a nuestra disposición. Estaba forrado en lustro- <br/>sa madera con remaches de bronce pulido y asientos de terciopelo color  <br/>sangre de toro, atendido por dos  empleados de uniforme que nos aten- <br/>dieron como si fuéramos realeza.  Nos instalamos en un hotel frente al  <br/>mar y aguardamos al barco, que debía llegar al día siguiente. Nos pre- <br/>sentamos al muelle tan elegantes co mo para asistir a una boda; puedo  <br/>asegurarlo con esta soltura porque  tengo en mi poder una fotografía  <br/>tomada en la plaza poco antes de que atracara el barco. Paulina del Va- <br/>lle viste de seda clara con muchos  volantes, drapeados y collares de  <br/>perlas, lleva un sombrero monumental de alas anchas coronado por un  <br/>montón de plumas que le caen en  cascada hacia la frente y un quitasol  <br/>abierto para protegerse de la luz.  Su marido, Frederick Williams, luce  <br/>traje negro, sombrero de copa y ba stón; yo estoy toda de blanco con  <br/>una cinta de organdí en la cabeza , como un paquete de cumpleaños.  <br/>Tendieron la pasarela del buque y el capitán en persona nos invitó a su- <br/>bir a bordo y nos escoltó con grandes  ceremonias hacia el camarote de  <br/>don Matías Rodríguez de Santa Cruz.  <br/>Lo último que mi abuela esperaba  era encontrarse a bocajarro con  <br/>Amanda Lowell. La sorpresa al ver la casi la mata de disgusto; la pre- <br/>sencia de su antigua rival la impres ionó mucho más que el aspecto la- <br/>mentable de su hijo. Por supuesto  que en aquella época yo no tenía su- <br/>ficiente información para interpretar  la reacción de mi abuela, creí que  <br/>le había dado un soponcio de calor.  Al flemático Frederick Williams, en  <br/>cambio, no se le movió ni un pelo  al ver a la Lowell, la saludó con un  <br/>gesto breve, pero amable, y luego  se concentró en acomodar a mi  <br/>abuela en un sillón y darle agua, mien tras Matías observaba la escena  <br/>más bien divertido.  <br/>–¡Qué hace esta mujer aquí! –balbuc eó mi abuela cuando logró respi- <br/>rar.  <br/>Supongo que ustedes desean conver sar en familia, iré a tomar aire – <br/>dijo la reina vikinga y salió con la dignidad intacta.  <br/>–La señorita Lowell es mi amiga, di gamos que es mi única amiga, ma- <br/>dre. Me ha acompañado hasta aquí,  sin ella yo no habría podido viajar.  <br/>Fue ella quien insistió en mi regreso a Chile, considera que es mejor pa- <br/>ra mí morir en familia que tirado en un hospital de París –dijo Matías en  <br/>un español enrevesado y con un extraño acento franco–sajón.  <br/>  134<br/><br/><br/>Page No 135<br/><br/>Entonces Paulina del Valle lo miró  por primera vez y se dio cuenta de  <br/>que de su hijo quedaba sólo un esqu eleto cubierto por un pellejo de cu- <br/>lebra, tenía los ojos vidriosos hundidos en las órbitas y las mejillas tan  <br/>delgadas que se adivinaban las mue las bajo la piel. Estaba echado en  <br/>un sillón, sostenido por cojines, co n las piernas cubiertas por un chal.  <br/>parecía un viejito desconcertado y  triste, aunque en realidad debe  <br/>haber tenido apenas cuarenta años.  <br/>–Dios mío, Matías, ¿qué te pasa? –preguntó mi abuela horrorizada.  <br/>–Nada que se pueda curar, madre.  Comprenderá que debo tener razo- <br/>nes muy poderosas para regresar aquí.  <br/>–Esa mujer...  <br/>–Conozco toda la historia de Amanda Lowell con mi padre; sucedió hace  <br/>treinta años al otro lado del mundo. ¿No puede olvidar su despecho? Ya  <br/>todos estamos en edad de tirar po r la borda los sentimientos que no  <br/>sirven para nada y quedarnos sólo con aquellos que nos ayudan a vivir.  <br/>La tolerancia es uno de ellos, madr e. Le debo mucho a la señorita Lo- <br/>well, ha sido mi compañera desde hace más de quince años...  <br/>–¿Compañera? ¿Qué significa eso?  <br/>–Lo que oye: compañera. No es mi enfe rmera, ni mi mujer, ni es ya mi  <br/>amante. Me acompaña en los viajes , en la vida y ahora, como puede  <br/>verlo, me acompaña en la muerte.  <br/>–¡No hables de ese modo! No te vas  a morir, hijo, aquí te cuidaremos  <br/>como corresponde y pronto andará s bueno y sano... –aseguró Paulina  <br/>del Valle, pero se le quebró la voz y no pudo seguir.  <br/>Habían transcurrido tres décadas de sde que mi abuelo Feliciano Rodrí- <br/>guez de Santa Cruz tuvo amores  con Amanda Lowell y mi abuela la  <br/>había visto sólo un par de veces –y  de lejos-, pero la reconoció al ins- <br/>tante. No en vano había dormido cada noche en la cama teatral que en- <br/>cargó a Florencia para desafiarla,  eso debe haberle recordado a cada  <br/>rato la rabia que había sentido por la escandalosa querida de su marido.  <br/>Cuando surgió ante sus ojos esa mujer envejecida y sin vanidad, que en  <br/>nada se parecía a la estupenda potranca que lograba detener el tráfico  <br/>de San Francisco cuando pasaba por  la calle meneando el trasero, Pau- <br/>lina no la vio como quien era, sino  como la peligrosa rival que había si- <br/>do antes. La rabia contra Amanda  Lowell había permanecido adormeci- <br/>da aguardando la hora de aflorar, pe ro ante las palabras de su hijo la  <br/>buscó por los rincones de su alma y  no pudo hallarla. En cambio encon- <br/>tró el instinto maternal, que en  ella nunca había sido un rasgo impor- <br/>tante, y que ahora la invadía con una  absoluta e insoportable compa- <br/>sión. La compasión no alcanzaba sólo  para el hijo moribundo, sino tam- <br/>bién para la mujer que lo había acompañado durante años, lo había  <br/>querido con lealtad, lo había cuidad o en la desgracia de la enfermedad  <br/>  135<br/><br/><br/>Page No 136<br/><br/>y ahora cruzaba el mundo para traérselo en la hora de la muerte. Pauli- <br/>na del Valle se quedó en su sillón  con la vista fija en su pobre hijo,  <br/>mientras las lágrimas le rodaba n silenciosas por las mejillas,  <br/>súbitamente empequeñecida, anciana y  frágil, mientras yo le daba gol- <br/>pecitos de consuelo en la espalda sin entender mucho lo que estaba pa- <br/>sando. Frederick Williams debe haber  conocido muy bien a mi abuela,  <br/>porque salió sin bulla, fue a busca r a Amanda Lowell y la condujo de  <br/>vuelta al saloncito.  <br/>–Perdóneme, señorita Lowell –murmuró mi abuela desde su sillón.  <br/>–Perdóneme usted, señora –replicó la otra acercándose con timidez  <br/>hasta quedar frente a Paulina del Valle.  <br/>Se tomaron de las manos, una de pi e y la otra sentada, las dos con los  <br/>ojos aguados de lágrimas, por un ra to que me pareció eterno, hasta  <br/>que de pronto noté que los hombros  de mi abuela se estremecían y me  <br/>di cuenta de que se estaba riendo  bajito. La otra también sonreía, pri- <br/>mero tapándose la boca, desconcertada,  y luego, al ver reír a su rival,  <br/>soltó una carcajada alegre que se enredó en la de mi abuela y así, en  <br/>pocos instantes estaban las dos dob ladas de risa, contagiándose mu- <br/>tuamente de una alegría desenfrenada  e histérica, barriendo a risotada  <br/>limpia los años de celos inútiles, los  rencores hechos añicos, el engaño  <br/>del marido y otros abominables recuerdos.  <br/>  <br/>La casa de la calle Ejército Libert ador albergó a mucha gente en los  <br/>años turbulentos de la Revolución, pero nada fue tan complicado y exci- <br/>tante para mi como la llegada de mi  padre a esperar la muerte. La si- <br/>tuación política se había tranquilizad o después de la Guerra Civil, que  <br/>terminó con muchos años de gobie rnos liberales. Los revolucionarios  <br/>obtuvieron los cambios por los cuales tanta sangre había corrido: antes  <br/>el gobierno imponía su candidato mediante el soborno y la intimidación,  <br/>con apoyo de las autoridades civiles y militares; ahora el cohecho lo  <br/>hacían los patrones, los curas y los  partidos por igual; el sistema era  <br/>más justo, porque el de un lado se co mpensaba con el del otro y no se  <br/>pagaba la corrupción con fondos púb licos. A esto se le llamó libertad  <br/>electoral. Los revolucionarios im plantaron también un régimen parla- <br/>mentario como el de Gran Bretaña,  que no habría de durar demasiado.  <br/>«Somos los ingleses de América», di jo una vez mi abuela y Nívea repli- <br/>có de inmediato que los ingleses er an los chilenos de Europa. En todo  <br/>caso, el experimento parlamentario  no podía durar en una tierra de  <br/>caudillos; los ministros cambiaban  tan a menudo que resultaba imposi- <br/>ble seguirles la pista; al final el baile de San Vito de la política perdió in- <br/>terés para todos en nuestra familia,  menos para Nívea, quien para lla- <br/>mar la atención sobre el sufragio femenino solía encadenarse a las rejas  <br/>  136<br/><br/><br/>Page No 137<br/><br/>del Congreso con dos o tres damas  tan entusiastas como ella, ante la  <br/>burla de los transeúntes, la furia de la policía y el bochorno de los mari- <br/>dos.  <br/>–Cuando las mujeres puedan votar,  lo harán al unísono. Tendremos  <br/>tanta fuerza que podremos inclinar  la balanza del poder y cambiar este  <br/>país –decía.  <br/>–Te equivocas, Nívea, votaran por quie n les ordene el marido o el cura,  <br/>las mujeres son mucho más tontas de  lo que te imaginas. Por otra par- <br/>te, algunas de nosotras reinamos tras  el trono, ya ves cómo derroca- <br/>mos al gobierno anterior. Yo no necesi to el sufragio para hacer lo que  <br/>me dé la gana –rebatía mi abuela.  <br/>–Porque usted tiene fortuna y educac ión, tía. ¿Cuántas hay como us- <br/>ted? Debemos luchar por el voto, es lo primero.  <br/>–Has perdido la cabeza, Nívea.  <br/>–No todavía, tía, no todavía...  <br/>Instalaron a mi padre en el primer piso en uno de los salones converti- <br/>do en dormitorio, porque no podía subir la escalera, y le asignaron una  <br/>empleada de punto fijo, como su so mbra, para que lo atendiera día y  <br/>noche. El médico de la familia ofreció un diagnóstico poético, «turbulen- <br/>cia inveterada de la sangre», dijo a  mi abuela, porque prefirió no con- <br/>frontarla con la verdad, pero supong o que para el resto del mundo fue  <br/>evidente que a mi padre lo consum ía un mal venéreo. Estaba en la úl- <br/>tima etapa, cuando ya no había ca taplasmas, emplastos ni sublimado  <br/>corrosivo capaz de ayudarlo, la etapa que él se había propuesto evitar a  <br/>cualquier costa; pero debió sufrirla po rque no le alcanzó el coraje para  <br/>suicidarse antes, como había planeado por años. Apenas podía moverse  <br/>por el dolor en los huesos; no pod ía caminar y el pensamiento le fla- <br/>queaba. Algunos días permanecía enredado en las pesadillas sin desper- <br/>tar del todo, murmurando historias incomprensibles, pero tenía momen- <br/>tos de gran lucidez y cuando la morf ina atenuaba su congoja podía reír- <br/>se y recordar. Entonces me llamaba  para que me instalara a su lado.  <br/>Pasaba el día en un sillón frente a la ventana mirando el jardín, sosteni- <br/>do por almohadones y rodeado de libro s, periódicos y bandejas con re- <br/>medios. La empleada se sentaba a tejer a corta distancia, siempre aten- <br/>ta a sus necesidades, silenciosa y hosca como un enemigo, la única que  <br/>él toleraba a su lado porque no lo trataba con lástima. Mi abuela había  <br/>procurado que su hijo estuviera en  un ambiente alegre, había instalado  <br/>cortinas de chintz y papel mural  en tonos de amarillo, mantenía ramos  <br/>de flores recién cortadas del jardín sobre las mesas y había contratado  <br/>un cuarteto de cuerdas que acudía varias veces por semana a tocar sus  <br/>melodías clásicas favoritas, pero na da lograba disimular el olor a medi- <br/>camentos y la certeza de que en esa  habitación alguien se estaba pu- <br/>  137<br/><br/><br/>Page No 138<br/><br/>driendo. Al principio ese cadáver viviente me daba repugnancia, pero  <br/>cuando logré vencer el susto y, ob ligada por mi abuela, comencé a visi- <br/>tarlo, mi existencia cambió.   <br/>Matías Rodríguez de Santa Cruz llegó  a la casa justamente cuando yo  <br/>despertaba a la adolescencia y me dio lo que más necesitaba: memoria.  <br/>En uno de sus episodios inteligentes, cuando estaba bajo el consuelo de  <br/>las drogas, anunció que era mi padr e y la revelación fue tan casual que  <br/>no alcanzó a sorprenderme.  <br/>Lynn Sommers, tu madre, fue la muje r más bella que he visto. Me ale- <br/>gra que no hayas heredado su hermosura –dijo.  <br/>–¿Por qué, tío?  <br/>–No me digas tío, Aurora. Soy tu pa dre. La belleza suele ser una maldi- <br/>ción porque despierta las peores pa siones en los hombres. Una mujer  <br/>demasiado bella no puede escapar del deseo que provoca.  <br/>–Cierto que usted es mi padre?  <br/>–Cierto.  <br/>–¡Vaya! Yo suponía que mi padre era el tío Severo.  <br/>–Severo debió haber sido tu padre,  es mucho mejor hombre que yo. Tu  <br/>madre merecía un marido como él.  Yo siempre fui un tarambana, por  <br/>eso estoy como me ves, convertido  en un espantapájaros. En todo ca- <br/>so, él puede contarte sobre ella mucho mas que yo –me explicó.  <br/>–Mi madre lo quería a usted?  <br/>–Si, pero yo no supe qué hacer con ese amor y salí escapando. Estas  <br/>muy joven para entender estas cosa s, hija. Basta saber que tu madre  <br/>era maravillosa y es una lástima que haya muerto tan joven.  <br/>Yo estaba de acuerdo, me hubiera  gustado conocer a mi madre, pero  <br/>más curiosidad tenía por otros personajes de mi primera infancia que se  <br/>me aparecían en sueños o en vagas  remembranzas imposibles de preci- <br/>sar. En las conversaciones con mi  padre fue apareciendo la silueta de  <br/>mi abuelo Tao-Chien, a quien Matías  sólo vio una vez. Basto que men- <br/>cionara su nombre completo y me di jera que era un chino alto y guapo,  <br/>para que mis recuerdos se desencaden aran gota a gota, como lluvia. Al  <br/>ponerle nombre a esa figura invisibl e que me acompañaba siempre, mi  <br/>abuelo dejó de ser una invención de  mi fantasía para convertirse en un  <br/>fantasma tan real como una persona de carne y hueso. Sentí un alivio  <br/>inmenso al comprobar que ese hombre  suave con olor a mar que yo  <br/>imaginaba, no sólo existió, sino que me había amado y si desapareció  <br/>de súbito no fue por ganas de abandonarme.  <br/>–Entiendo que Tao-Chien murió –me aclaró mi padre.  <br/>–¿Como murió?  <br/>–Me parece que fue un accidente, pero no estoy seguro.  <br/>–¿Y qué pasó con mi abuela Eliza Sommers?  <br/>  138<br/><br/><br/>Page No 139<br/><br/>–Se fue a la China. Creyó que tú esta rías mejor con mi familia y no se  <br/>equivocó. Mi madre siempre quiso tener una hija y te ha criado con mu- <br/>cho más cariño del que nos dio a mis hermanos y a mi –me aseguró.  <br/>–¿Qué quiere decir La¡–Ming?  <br/>–No tengo idea, ¿por qué?  <br/>–Porque a veces me parece que oigo esa palabra...  <br/>Matías tenía los huesos deshechos por la enfermedad, se cansaba rápi- <br/>damente y no era fácil sonsacarle in formación; solía perderse en eter- <br/>nas divagaciones que nada tenían  que ver con lo que me interesaba,  <br/>pero poco a poco fui pegando los  parches del pasado, puntada a punta- <br/>da, siempre a espaldas de mi abuela, quien agradecía que yo visitara al  <br/>enfermo porque a ella no le alcanzaba  el ánimo para hacerlo; entraba a  <br/>la habitación de su hijo un par de ve ces al día, le daba un beso rápido  <br/>en la frente y salía a tropezones con los ojos llenos de lágrimas. Nunca  <br/>preguntó de qué hablábamos y, por  supuesto, no se lo dije. Tampoco  <br/>me atreví a mencionar el tema delan te de Severo y Nívea del Valle; te- <br/>mía que la menor indiscreción de mi  parte pondría punto final a las plá- <br/>ticas con mi padre. Sin habernos pu esto de acuerdo, ambos sabíamos  <br/>que nuestras conversaciones debían permanecer en secreto; eso nos  <br/>unió en una extraña complicidad. No  puedo decir que llegué a querer a  <br/>mi padre, porque no hubo tiempo pa ra ello, pero en los breves meses  <br/>que alcanzamos a convivir me puso  un tesoro en las manos al darme  <br/>detalles de mi historia, sobre todo  de mi madre, Lynn Sommers. Me re- <br/>pitió muchas veces que yo llevaba sa ngre legitima de los Del Valle, eso  <br/>parecía ser muy importante para él . Después supe que por sugerencia  <br/>de Frederick Williams, quien ejercía  gran influencia sobre cada uno de  <br/>los miembros de esa casa, me legó en vida la parte que le correspondía  <br/>de la herencia familiar, a salvo en va rias cuentas bancarias y acciones  <br/>de la Bolsa, ante la frustración de un  sacerdote que lo visitaba a diario  <br/>con la esperanza de obtener algo para la iglesia. Se trataba de un hom- <br/>bre gruñón y con olor a santidad –no se había bañado ni cambiado la  <br/>sotana en años– famoso por su into lerancia religiosa y su talento para  <br/>husmear a los moribundos con plata  y convencerlos de que destinaran  <br/>sus fortunas a obras de caridad. Las familias pudientes lo veían apare- <br/>cer con verdadero terror, porque  anunciaba la muerte, pero nadie se  <br/>atrevía a darle con la puerta en las  narices. Cuando mi padre compren- <br/>dió que estaba llegando al final llam ó a Severo del Valle, con el cual  <br/>prácticamente no se hablaban, para  ponerse de acuerdo sobre mí. Tra- <br/>jeron un notario público a la casa y ambos firmaron un documento en el  <br/>cual Severo renunció a la paternidad y  Matías Rodríguez de Santa Cruz  <br/>me reconoció como su hija. Así me  protegió de los otros dos hijos de  <br/><br/>  139<br/><br/><br/>Page No 140<br/><br/>Paulina, sus hermanos menores, qu ienes a la muerte de mi abuela,  <br/>nueve años más tarde, se apoderaron de todo lo que pudieron.  <br/>Mi abuela se aferró a Amanda Lowell  con un afecto supersticioso, creía  <br/>que mientras estuviera cerca, Matías  viviría. Paulina no intimaba con  <br/>nadie, salvo conmigo a veces, co nsideraba que la mayor parte de la  <br/>gente es bruta sin remedio y lo decía  a quien quisiera oírlo, lo cual no  <br/>era el mejor método para ganar am igos, pero esa cortesana escocesa  <br/>logró traspasar la armadura con que  mi abuela se protegía. No podía  <br/>concebirse dos mujeres más diferentes, la Lowell nada ambicionaba, vi- <br/>vía al día, desapegada, libre, sin miedo; no temía la pobreza, la soledad  <br/>o la decrepitud, todo lo aceptaba de buen talante, la existencia era para  <br/>ella un viaje divertido que conducía inevitablemente a la vejez y la  <br/>muerte; no había razón para acumu lar bienes, puesto que de todos  <br/>modos a la tumba se iba en cueros , sostenía. Atrás había quedado la  <br/>joven seductora que tantos amores sembró en San Francisco, atrás la  <br/>bella que conquistó París; ahora era  una mujer en la cincuentena de su  <br/>existencia, sin ninguna coquetería ni remordimientos.   <br/>Mi abuela no se cansaba de oírla co ntar su pasado, hablar de la gente  <br/>famosa que había conocido y hojear  los álbumes de recortes de prensa  <br/>y fotografías, en varias de las cuales aparecía joven, radiante y con una  <br/>boa constrictor enrollada en el cuerpo. «La infeliz murió de mareo en un  <br/>viaje; las culebras no son buenas v iajeras», nos contó. Por su cultura  <br/>cosmopolita y su atractivo –capaz de  derrotar sin proponérselo a muje- <br/>res mucho mas jóvenes y hermosas– se  convirtió en el alma de las ter- <br/>tulias de mi abuela, amenizándolas en  su pésimo español y su francés  <br/>con acento de Escocia. No había tema  que no pudiera discutir, libro que  <br/>no hubiese leído, ciudad importante de Europa que no conociera. Mi pa- <br/>dre, que la quería y le debía mucho,  decía que era una diletante, sabía  <br/>un poquito de todo y mucho de nada, pero le sobraba imaginación para  <br/>suplir lo que le faltaba en conocimi ento o experiencia. Para Amanda Lo- <br/>well no había ciudad más galante que  París ni sociedad más pretenciosa  <br/>que la francesa, única donde el socialismo con su desastrosa falta de  <br/>elegancia no tenía ni la menor oport unidad de triunfar. En eso Paulina  <br/>del Valle coincidía plenamente. La s dos mujeres descubrieron que no  <br/>sólo se reían de las mismas tonter ías, incluso de la cama mitológica;  <br/>también estaban de acuerdo en casi todos los asuntos fundamentales.  <br/>Un día en que tomaban el té ante una mesita de mármol en la galería  <br/>de hierro forjado y cristal, las do s lamentaron no haberse conocido an- <br/>tes. Con o sin Feliciano y Matías de por medio, habrían sido muy buenas  <br/>amigas, decidieron. Paulina hizo lo po sible por retenerla en su casa, la  <br/>colmó de regalos y la presentó en sociedad como si fuera una empera- <br/>triz, pero la otra era un pájaro incapa z de vivir en cautiverio. Se quedó  <br/>  140<br/><br/><br/>Page No 141<br/><br/>por un par de meses, pero finalmente le confesó en privado a mi abuela  <br/>que no tenía corazón para presenciar  el deterioro de Matías y, con toda  <br/>franqueza, Santiago le parecía una ci udad provinciana, a pesar del lujo  <br/>y la ostentación de la clase alta, comparable a la de la nobleza europea.  <br/>Se aburría; su lugar se hallaba en  Paris, donde había transcurrido lo  <br/>mejor de su existencia. Mi abuela quiso despedirla con un baile que  <br/>hiciera historia en Santiago, al cual asistiría lo más granado de la socie- <br/>dad, porque nadie se atrevería a re chazar una invitación suya, a pesar  <br/>de los rumores que circulaban sobre  el pasado brumoso de su huésped,  <br/>pero Amanda Lowell la convenció de que Matías estaba demasiado en- <br/>fermo y una fiesta en tales circunsta ncias sería de pésimo gusto; ade- <br/>más, no tenía qué ponerse para una  ocasión así. Paulina le ofreció sus  <br/>vestidos con la mejor intención, sin  imaginar cuánto ofendía a la Lowell  <br/>al insinuar que ambas tenían la misma talla.  <br/>  <br/>Tres semanas después de la partid a de Amanda Lowell, la empleada  <br/>que cuidaba a mi padre dio la voz de  alarma. Llamaron de inmediato al  <br/>médico; en un dos por tres se llenó  la casa de gente, desfilaron amigos  <br/>de mi abuela, gente del gobierno, familiares, un sinnúmero de frailes y  <br/>monjas, incluso el desarrapado sace rdote cazador de fortunas, quien  <br/>ahora rondaba a mi abuela con la esperanza de que el dolor de perder a  <br/>su hijo la despachara pronto a mejo r vida. Paulina, sin embargo, no  <br/>pensaba dejar este mundo, se hab ía resignado hacía tiempo a la trage- <br/>dia de su hijo mayor y creo que vio  llegar el final con alivio, porque ser  <br/>testigo de ese lento calvario result aba mucho peor que enterrarlo. No  <br/>me permitieron ver a mi padre porq ue se suponía que la agonía no era  <br/>un espectáculo apropiado para niñas y  yo ya había padecido suficiente  <br/>angustia con el asesinato de mi primo  y otras violencias recientes; pero  <br/>logré despedirme brevemente de él  gracias a Frederick Williams, quien  <br/>me abrió la puerta en un momento en que no había nadie más por los  <br/>alrededores. Me condujo de la mano hasta la cama donde yacía Matías  <br/>Rodríguez de Santa Cruz, del cual ya  nada tangible quedaba, apenas un  <br/>atado de huesos translúcidos sepu ltado entre almohadones y sábanas  <br/>bordadas. todavía respiraba, pero su alma ya andaba viajando por otras  <br/>dimensiones. «Adiós, papá», le di je. Era la primera vez que lo llamaba  <br/>así. Agonizó durante dos días más y al amanecer del tercero se murió  <br/>como un pollito.  <br/>  <br/>Tenía trece años cuando Severo del  Valle me regaló una cámara foto- <br/>gráfica moderna que usaba papel en  vez de las placas antiguas y que  <br/>debe haber sido de las primeras llegadas a Chile. Mi padre había muerto  <br/>hacía poco y las pesadillas me ator mentaban tanto que no quería acos- <br/>  141<br/><br/><br/>Page No 142<br/><br/>tarme y por las noches deambulaba como un espectro despistado por la  <br/>casa, seguida de cerca por el pobre Caramelo, que siempre fue un perro  <br/>tonto y flojo, hasta que mi abuela  Paulina se compadecía y nos acepta- <br/>ba en su inmensa cama dorada. Llenaba la mitad con su cuerpo grande,  <br/>tibio, perfumado, y yo me acurrucaba  en el rincón opuesto, temblando  <br/>de miedo, con Caramelo a los pi es. «Qué voy a hacer con ustedes  <br/>dos?», suspiraba mi abuela medio do rmida. Era una pregunta retórica,  <br/>porque ni el perro ni yo teníamos  futuro, existía consenso general en la  <br/>familia de que yo «iba a terminar mal».   <br/>Para entonces se había graduado  la primera mujer médico en Chile y  <br/>otras habían entrado a la universidad.  Eso le dio a Nívea la idea de que  <br/>yo podía hacer otro tanto, aunque sólo fuera para desafiar a la familia y  <br/>la sociedad, pero era evidente que  yo no tenía la menor aptitud para  <br/>estudiar. Entonces apareció Severo  del Valle con la cámara y me la pu- <br/>so en la falda. Era una hermosa Koda k, preciosista en los detalles de  <br/>cada tornillo, elegante, suave, perfec ta, hecha para manos de artista.  <br/>Todavía la uso; no falla jamás. Ning una muchacha de mi edad tenía un  <br/>juguete así. La tomé con reverencia y me quedé mirándola sin tener  <br/>idea cómo se usaba. «A ver si puedes fotografiar las tinieblas de tus pe- <br/>sadillas», me dijo Severo del Valle  en broma, sin sospechar que ése se- <br/>ría mi único propósito durante meses  y en el empeño de dilucidar esa  <br/>pesadilla acabaría enamorada del mundo. Mi abuela me llevó a la Plaza  <br/>de Armas, al estudio de don Juan Ribero, el mejor fotógrafo de Santia- <br/>go, un hombre seco como pan duro en apariencia, pero generoso y sen- <br/>timental por dentro.  <br/>–Aquí le traigo a mi nieta de aprendiz dijo mi abuela, colocando sobre el  <br/>escritorio del artista un cheque, mientras yo me aferraba a su vestido  <br/>con una mano y con la otra abrazaba mi flamante cámara.  <br/>Don Juan Ribero, quien medía med ía cabeza menos y pesaba la mitad  <br/>que mi abuela, se acomodó los anteoj os sobre la nariz, leyó cuidadosa- <br/>mente la cifra escrita en el cheque y  luego se lo devolvió, mirándola de  <br/>pies a cabeza con un desprecio infinito.  <br/>–La cantidad no es problema... Fije usted el precio –vaciló mi abuela.  <br/>–No es cuestión de precio, sino de  talento, señora –replicó guiando a  <br/>Paulina del Valle hacia la puerta.  <br/>En ese rato yo había tenido oport unidad de echar un vistazo alrededor.  <br/>Su trabajo cubría las paredes: cientos  de retratos de gente de todas las  <br/>edades. Ribero era el favorito de la  clase alta, el fotógrafo de las pági- <br/>nas sociales, pero quienes me mira ban desde la paredes de su estudio  <br/>no eran empingorotados pelucones ni bellas debutantes, sino indios,  <br/>mineros, pescadores, lavanderas, ni ños pobres, ancianos, muchas mu- <br/>jeres como aquellas que mi abuela so corría con sus préstamos del Club  <br/>  142<br/><br/><br/>Page No 143<br/><br/>de Damas. Allí estaba representado  el rostro multifacético y atormenta- <br/>do de Chile. Esas caras en los retrat os me sacudieron por dentro, quise  <br/>conocer la historia de cada una de es as personas y sentí una opresión  <br/>en el pecho, como un puñetazo, y  unos deseos incontenibles de echar- <br/>me a llorar; pero me tragué la em oción y seguí a mi abuela con la ca- <br/>beza alta. En el coche trató de consolarme: no debía preocuparme, dijo,  <br/>conseguiríamos otra persona que me  enseñara a usar la cámara, fotó- <br/>grafos había para dar y regalar; qu é se había imaginado ese roto mal  <br/>nacido, hablarle en ese tono arrogante a ella, nada menos que a Paulina  <br/>del Valle. Y continuó perorando, pero yo no la oía porque había decidido  <br/>que sólo don Juan Ribero sería mi  maestro. Al día siguiente salí de la  <br/>casa antes que mi abuela se levantara, indiqué al cochero que me lleva- <br/>ra al estudio y me instalé en la calle dispuesta a esperar para siempre.  <br/>Don Juan Ribero llegó a eso de las  once de la mañana, me encontró an- <br/>te su puerta y me ordenó volver a mi casa. Yo era tímida entonces -aún  <br/>lo soy– y muy orgullosa, no estaba acostumbrada a pedir porque desde  <br/>que nací me mimaron como a una re ina, pero mi determinación debe  <br/>haber sido muy fuerte. No me moví  de la puerta. Un par de horas mas  <br/>tarde salió el fotógrafo, me echó una  mirada furiosa y echó a andar ca- <br/>lle abajo. Cuando regresó de su almuerzo me encontró todavía allí cla- <br/>vada, con mi cámara apretada contra  el pecho. «Está bien», murmuró,  <br/>vencido, «pero le advierto jovencit a, que no tendré ninguna considera- <br/>ción especial con usted. aquí se viene a obedecer callada y aprender rá- <br/>pido, ¿entendido?». Asentí con la cabeza, porque no me salió la voz.   <br/>Mi abuela, acostumbrada a negociar,  aceptó mi pasión por la fotografía  <br/>siempre que yo invirtiera el mismo número de horas en los ramos esco- <br/>lares habituales en los colegios de  hombres, incluso latín y teología,  <br/>porque según ella no era capacidad mental lo que me faltaba, sino ri- <br/>gor.  <br/>–¿Por qué no me manda a una escue la pública? –le pedí, entusiasmada  <br/>por los rumores sobre la educación  laica para niñas, que producía es- <br/>panto entre mis tías.  <br/>–Eso es para gente de otra clase,  jamás lo permitiré –determinó mi  <br/>abuela.  <br/>De modo que nuevamente desfilaron preceptores por la casa, varios de  <br/>los  cuales  eran  sacerdotes  dispuestos  a  instruirme  a  cambio  de  las  <br/>suculentas dádivas de mi abuela a sus congregaciones. Tuve suerte; en  <br/>general me trataron con indulgencia, porque no esperaban que mi cere- <br/>bro aprendiera como el de un varón.  Don Juan Ribero, en cambio, me  <br/>exigía mucho más porque sostenía qu e una mujer debe esforzarse mil  <br/>veces más que un hombre para obtene r respeto intelectual o artístico.  <br/>El me enseñó todo lo que sé de fo tografía, desde la elección de un lente  <br/>  143<br/><br/><br/>Page No 144<br/><br/>hasta el laborioso proceso del revelad o; nunca he tenido otro maestro.  <br/>Cuando dejé su estudio dos años má s tarde, éramos amigos. Ahora tie- <br/>ne setenta y cuatro años y desde hace varios no trabaja, porque está  <br/>ciego, pero todavía guía mis vacilantes pasos y me ayuda. Seriedad es  <br/>su lema. La vida lo apasiona y la ce guera no ha sido impedimento para  <br/>seguir mirando el mundo. Ha desa rrollado una forma de clarividencia.  <br/>Tal como otros ciegos tienen gente  que les lee, él tiene gente que ob- <br/>serva y le cuenta. Sus alumnos, sus am igos y sus hijos lo visitan a dia- <br/>rio y se turnan para describirle lo que han contemplado: un paisaje, una  <br/>escena, un rostro, un efecto de luz. Deben aprender a observar con  <br/>mucho cuidado para soportar el exha ustivo interrogatorio de don Juan  <br/>Ribero; así sus vidas cambian; ya no pueden andar por el mundo con la  <br/>levedad habitual, porque deben ver  con los ojos del maestro. Yo tam- <br/>bién lo visito a menudo. Me recibe  en la penumbra eterna de su apar- <br/>tamento en la calle Monjitas, sentado  en su sillón frente a la ventana,  <br/>con su gato sobre las rodillas, siempr e hospitalario y sabio. Lo manten- <br/>go informado sobre los adelantos técnic os en el ámbito de la fotografía,  <br/>le describo en detalle cada imagen de los libros que encargo a Nueva  <br/>York y Paris, le consulto mis dudas.  Está al día de todo lo que ocurre en  <br/>esta profesión, se apasiona con las  diferentes tendencias y teorías, co- <br/>noce de nombre a los maestros de stacados en Europa y los Estados  <br/>Unidos. Siempre se opuso ferozmente  a las poses artificiales, a las es- <br/>cenas arregladas en estudio, a las  impresiones chapuceras hechas con  <br/>varios negativos sobrepuestos, tan de moda hace algunos años. Cree en  <br/>la fotografía como testimonio person al: una manera de ver el mundo y  <br/>que esa manera debe ser honesta,  usando la tecnología como medio  <br/>para plasmar la realidad, no para di storsionarla. Cuando pasé por una  <br/>fase en que me dio por fotografiar  muchachas en enormes recipientes  <br/>de vidrio, me preguntó para qué, con tal desprecio, que no continué por  <br/>ese camino; pero cuando le describí el retrato que tomé de una familia  <br/>de artistas de un circo pobre, des nudos y vulnerables, se interesó al  <br/>punto. Había tomado varias fotos  de esa familia posando ante un apo- <br/>rreado carromato que le servía de transporte y de vivienda, cuando sa- <br/>lió del vehículo una niñita de cuatro  o cinco años, totalmente desnuda.  <br/>Entonces se me ocurrió pedirles que se  quitaran la ropa. Lo hicieron sin  <br/>malicia y posaron con la misma intensa concentración con que lo habían  <br/>hecho cuando estaban vestidos. Es  una de mis mejores fotografías, una  <br/>de las pocas que ha ganado premios.  Pronto fue evidente que me atraí- <br/>an más las personas que los objetos  o los paisajes. Al hacer un retrato  <br/>se establece una relación con el mo delo que si bien es muy breve,  <br/>siempre es una conexión. La placa  revela no sólo la imagen, también  <br/>los sentimientos que fluyen entre ambos. A don Juan Ribero le gustaban  <br/>  144<br/><br/><br/>Page No 145<br/><br/>mis retratos, muy diferentes a los suyos. «Usted siente empatía por sus  <br/>modelos, Aurora, no trata de domina rlos sino de comprenderlos, por  <br/>eso logra exponer su alma», decía. Me  incitaba a dejar las paredes se- <br/>guras del estudio y salir a la calle, desplazarme con la cámara, mirar  <br/>con los ojos bien abiertos, sobreponerme a mi timidez, perder el miedo,  <br/>acercarme a la gente. Me di cuenta de  que en general me recibían bien  <br/>y posaban con toda seriedad, a pe sar de que yo era una mocosa: la  <br/>cámara inspiraba respeto y confianza,  la gente se abría, se entregaba.  <br/>Estaba limitada por mi corta edad;  hasta muchos años más tarde no  <br/>podría viajar por el país, introducir me en las minas, las huelgas, los  <br/>hospitales, las casuchas de los pobr es, las míseras escuelitas, las pen- <br/>siones de cuatro pesos, las plazas  empolvadas donde languidecían los  <br/>jubilados, los campos y las aldeas de  pescadores. “La luz es el lenguaje  <br/>de la fotografía, el alma del mundo.  No existe luz sin sombra, tal como  <br/>no existe dicha sin dolor», me dijo  don Juan Ribero hace diecisiete  <br/>años, en la clase que me dio ese primer día en su estudio de la Plaza de  <br/>Armas. No se me ha olvidado. Pero no debo adelantarme. Me he pro- <br/>puesto contar esta historia paso a  paso, palabra a palabra, como debe  <br/>ser.  <br/>Mientras yo andaba entusiasmada con la fotografía y desconcertada por  <br/>los cambios en mi cuerpo, que iba a dquiriendo proporciones inusitadas,  <br/>mi abuela Paulina no perdía el tiempo en contemplarse el ombligo, sino  <br/>que discurría nuevos negocios en su  cerebro de fenicio. Eso la ayudó a  <br/>reponerse de la pérdida de su hijo Ma tías y le dio ínfulas a una edad en  <br/>que otros tienen un pie en la tumba.  Rejuveneció, se le iluminó la mira- <br/>da y se le agilizó el paso, pronto se  quitó el luto y mandó a su marido a  <br/>Europa en una misión muy secreta. El fiel Frederick Williams estuvo sie- <br/>te meses ausente y regresó cargado  de regalos para ella y para mi,  <br/>además de buen tabaco para él, el  único vicio que le conocíamos. En su  <br/>equipaje venían de contrabando mile s de palitos secos de unos quince  <br/>centímetros de largo, de apariencia in servible, pero que resultaron ser  <br/>cepas de las viñas de Burdeos, que mi abuela pretendía plantar en sue- <br/>lo chileno para producir un vino decente. «Vamos a competir con los vi- <br/>nos franceses», le explicó a su mari do antes del viaje. Fue inútil que  <br/>Frederick Williams le rebatiera que lo s franceses nos llevan siglos de  <br/>ventaja, que las condiciones allá son  paradisíacas, en cambio Chile es  <br/>un país de catástrofes atmosféricas y políticas, y que un proyecto de tal  <br/>envergadura tomaría años de trabajo.  <br/>–Ni usted ni yo estamos en edad pa ra esperar los resultados de este  <br/>experimento –Sugirió con un suspiro.  <br/>–Con ese criterio no llegamos a ning una parte, Frederick. ¿Sabe cuán- <br/>tas generaciones de artesanos se requerían para construir una catedral?  <br/>  145<br/><br/><br/>Page No 146<br/><br/>–Paulina, no nos interesan las cate drales. Cualquier día de éstos nos  <br/>caemos muertos.  <br/>Pues este no sería el siglo de la ciencia y la tecnología si cada inventor  <br/>pensara en su propia mortalidad, ¿no le parece? Quiero formar una di- <br/>nastía y que el nombre Del Valle pe rdure en el mundo, aunque sea al  <br/>fondo del vaso de cuanto borracho compre mi vino –replicó mi abuela.  <br/>De modo que el inglés partió resignado en aquel safari a Francia, mien- <br/>tras Paulina del Valle amarraba lo s hilos de la empresa en Chile. Las  <br/>primeras viñas chilenas habían sido plantadas por los misioneros en  <br/>tiempos de la colonia para producir  un vino del país que resultó bastan- <br/>te bueno, tan bueno en realidad, que España lo prohibió para evitar que  <br/>compitiera con los de la madre patr ia. Después de la independencia la  <br/>industria del vino se expandió. Pau lina no era la única con la idea de  <br/>producir vinos de calidad, pero mientras los demás compraban tierras  <br/>en los alrededores de Santiago por  comodidad, para no tener que des- <br/>plazarse a más de un día de camino , ella buscó terrenos más lejanos,  <br/>no sólo porque eran más baratos, sino porque eran más apropiados. Sin  <br/>decir a nadie lo que tenía en ment e hizo analizar la sustancia de la tie- <br/>rra, los caprichos del agua y la perseverancia de los vientos, empezan- <br/>do por aquellos campos que pertenecían a la familia Del Valle. Pagó una  <br/>miseria por vastos terrenos abandonados que nadie apreciaba, porque  <br/>no tenían más riego que la lluvia.  La uva más sabrosa, la que produce  <br/>los vinos de mejor textura y aroma, la más dulce y generosa, no crece  <br/>en la abundancia, sino en terreno pedregoso; la planta, con terquedad  <br/>de madre, vence obstáculos para llegar muy profundo con sus raíces y  <br/>aprovechar cada gota de agua, así se  concentran los sabores en la uva,  <br/>me explicó mi abuela.  <br/>–Las viñas son como la gente, Aurora, mientras más difíciles son las cir- <br/>cunstancias, mejores son los frutos. Es una lástima que yo descubriera  <br/>esta verdad tan tarde, porque de haberlo sabido antes habría aplicado  <br/>mano dura con mis hijos y contigo.  <br/>–Conmigo usted trató, abuela.  <br/>–He sido muy blanda contigo. Debí mandarte a las monjas.  <br/>–¿Para que aprendiera a bordar y rezar? La señorita Matilde...  <br/>–¡Te prohíbo que menciones a esa mujer en esta casa!  <br/>–Bueno, abuela, por lo menos estoy aprendiendo fotografía. Con eso  <br/>puedo ganarme la vida.  <br/>–¡Cómo se te ocurre semejante estupidez! –exclamó Paulina del Valle–.  <br/>Una nieta mía jamás tendrá que gana rse la vida. Lo que te enseña Ri- <br/>bero es una diversión, pero no es  un futuro para una Del Valle. Tu des- <br/>tino no es convertirte en fotógrafo de  plaza, sino casarte con alguien de  <br/>tu clase y echar hijos sanos al mundo.  <br/>  146<br/><br/><br/>Page No 147<br/><br/>–Usted ha hecho más que eso, abuela.  <br/>–Yo me casé con Feliciano, tuve tres  hijos y una nieta. Todo lo demás  <br/>que he hecho es por añadidura.  <br/>–Pues no lo parece, francamente.  <br/>En Francia Frederick Williams contra tó a un experto, que llegó poco  <br/>después a asesorar en el aspecto técnico. Era un hombrecito hipocon- <br/>dríaco que recorrió las tierras de mi abuela en bicicleta y con un pañue- <br/>lo atado en la boca y la nariz porque  creía que el olor a bosta de vaca y  <br/>el polvo chileno producían cáncer a  los pulmones, pero no dejó duda al- <br/>guna sobre sus profundos conocimientos de viticultura. Los campesinos  <br/>observaban pasmados a ese caballero vestido de ciudad deslizándose  <br/>en velocípedo entre peñascos, que se  detenía de vez en cuando para  <br/>husmear el suelo como perro tras un  rastro. Como no entendían ni una  <br/>palabra de sus largas diatribas en  la lengua de Moliere, mi abuela en  <br/>persona, con chancletas y una somb rilla, debió seguir durante semanas  <br/>a la bicicleta del francés para traduc ir. Lo primero que llamó la atención  <br/>de Paulina fue que no todas las plantas eran iguales, había por lo me- <br/>nos tres clases diferentes mezcladas. El francés le explicó que unas ma- <br/>duraban antes que otras, de modo  que  si  el  clima  destruía  las  más  <br/>delicadas, siempre habría producción  de las demás. Confirmó también  <br/>que el negocio tomaría años, puesto  que no era solamente cuestión de  <br/>cosechar mejores uvas, sino también producir un vino fino y comerciali- <br/>zarlo en el extranjero, donde tendr ía que competir con los de Francia,  <br/>Italia y España. Paulina aprendió todo  lo que el experto podía enseñarle  <br/>y cuando se sintió segura lo despac hó de vuelta a su país. Para enton- <br/>ces estaba agotada y había entend ido que la empresa requería alguien  <br/>más joven y más liviano que ella, algui en como Severo del Valle, su so- <br/>brino favorito, en quien podía conf iar. «Si sigues echando hijos al mun- <br/>do necesitarás mucha plata para mant enerlos. Como abogado no lo lo- <br/>grarás, a menos que robes el doble que los demás, pero el vino te hará  <br/>rico», lo tentó. Justamente ese año  a Severo y Nívea del Valle les había  <br/>nacido un ángel, como decía la gent e, una niña bella como un hada en  <br/>miniatura, a quien llamaron Rosa. Níve a opinó que todos los hijos ante- <br/>riores habían sido puro entrenamie nto para producir finalmente esa  <br/>criatura perfecta. Tal vez ahora Dios  se daría por satisfecho y no les  <br/>mandaba mas hijos, porque ya ten ían una manada. A Severo la empre- <br/>sa de las viñas francesas le pareci ó descabellada, pero había aprendido  <br/>a respetar el olfato comercial de su  tía y pensó que bien valía la pena  <br/>probar; no sabía que en pocos mese s las parras iban a cambiarle la vi- <br/>da. Apenas mi abuela comprobó que  Severo del Valle estaba tan obse- <br/>sionado con las viñas como ella, decidi ó convertirlo en su socio, dejarlo  <br/>a cargo del campo y partir con William s y conmigo a Europa, porque yo  <br/>  147<br/><br/><br/>Page No 148<br/><br/>ya tenía dieciséis años y estaba en edad de adquirir un barniz cosmopo- <br/>lita y un ajuar matrimonial, como dijo.  <br/>–No pienso casarme, abuela.  <br/>–No todavía, pero tendrás que hacerlo antes de los veinte o te quedarás  <br/>para vestir santos –concluyó tajante.  <br/>La verdadera razón del viaje no se  la dijo a nadie. Estaba enferma y  <br/>creía que en Inglaterra podrían operarla. Allí la cirugía se había desarro- <br/>llado mucho desde el descubrimiento de la anestesia y la asepsia. En los  <br/>últimos meses había perdido el apetito y por primera vez en su vida su- <br/>fría náuseas y retortijones de barri ga después de una comida pesada.  <br/>Ya no comía carne, prefería cosas blandas, papillas azucaradas, sopas y  <br/>pasteles, a los cuales no renunciaba a unque le cayeran como piedrazos  <br/>en la panza. Había oído hablar de  la célebre clínica fundada por un tal  <br/>doctor Ebanizer Hobbs, muerto hac ía más de una década, donde traba- <br/>jaban los mejores médicos de Europa , de manera que apenas pasó el  <br/>invierno y la ruta a través de la cordillera de los Andes volvió a ser  <br/>transitable, emprendimos el viaje a  Buenos Aires, donde tomaríamos el  <br/>transatlántico hacia Londres. Lleváb amos, como siempre, un cortejo de  <br/>criados, una tonelada de equipaje y varios guardias armados para pro- <br/>tegernos de los bandidos que se apostaban en esas soledades, pero es- <br/>ta vez mi perro Caramelo no pudo  acompañarnos porque le flaqueaban  <br/>las patas.   <br/>  <br/>El paso de las montañas en coche,  a caballo y finalmente en mula, por  <br/>despeñaderos que se abrían a ambo s lados como abismales fauces dis- <br/>puestas a devorarnos, fue inolvidable.  El sendero parecía una infinita  <br/>culebra angosta deslizándose entr e esas montañas abrumadoras, co- <br/>lumna vertebral de América. Entre  las piedras crecían algunos arbustos  <br/>sacudidos por la inclemencía del c lima y alimentados por tenues hilos  <br/>de agua. Agua por todas partes, cascadas, riachuelos, nieve líquida; el  <br/>único sonido era el agua y los casco s de las bestias contra la dura cos- <br/>tra de los Andes. Al detenernos, un  abismal silencio nos envolvió como  <br/>un pesado manto, éramos intrusos vi olando la solitud perfecta de esas  <br/>alturas. Mi abuela, luchando contra el  vértigo y los achaques que le ca- <br/>yeron encima apenas iniciamos la marcha hacia arriba, iba sostenida  <br/>por su voluntad de hierro y la solicitud de Frederick Williams, quien  <br/>hacía lo posible por ayudarla. vestía un pesado abrigo de viaje, guantes  <br/>de cuero y un sombrero de explorador  con tupidos velos, porque jamás  <br/>un rayo de sol, por pusilánime que fu ese, había rozado su piel, gracias  <br/>a lo cual pensaba llegar a la tumba  sin arrugas. Yo iba deslumbrada.  <br/>Habíamos hecho ese viaje antes, cuan do fuimos a Chile, pero entonces  <br/>yo era demasiado joven para aprec iar aquella majestuosa naturaleza.  <br/>  148<br/><br/><br/>Page No 149<br/><br/>Paso a paso avanzaban los animales  suspendidos entre precipicios cor- <br/>tados a pique y altas paredes de roca pura peinada por el viento, pulida  <br/>por el tiempo. El aire era delgado como un claro velo y el cielo un mar  <br/>color turquesa atravesado a veces  por un cóndor que navegaba con sus  <br/>alas espléndidas, señor absoluto de  aquellos dominios. Tan pronto bajó  <br/>el sol, el paisaje se transformó por completo; la paz azul de esa abrupta  <br/>y solemne naturaleza desapareció  para dar paso en un universo de  <br/>sombras geométricas que se movían  amenazantes en torno a nosotros,  <br/>cercándonos, envolviéndonos. Un paso  en falso y las mulas habrían ro- <br/>dado con nosotros encima a lo más profundo de esos barrancos, pero el  <br/>guía había calculado bien la distancia y la noche nos encontró en una  <br/>escuálida casucha de tablas, refugi o de viajeros. Descargaron a los  <br/>animales y nos acomodamos sobre las monturas de piel de oveja y las  <br/>mantas, alumbrados por chonchones unt ados en brea, aunque casi no  <br/>se requerían luces, pues reinaba  en la bóveda profunda del cielo una  <br/>luna incandescente asomada como una  antorcha sideral por encima de  <br/>las altas piedras. Llevábamos leña, con la cual encendieron el hogar pa- <br/>ra calentarnos y hervir agua para el mate; pronto esa infusión de hierba  <br/>verde y amarga circulaba de mano en mano, todos chupando del mismo  <br/>bombillo; eso devolvió el ánimo y lo s colores a mi pobre abuela, quien  <br/>ordenó traer sus canastos y se inst aló, como una verdulera en el mer- <br/>cado, a distribuir las vituallas para  engañar el hambre. Fueron apare- <br/>ciendo las botellas de aguardiente y champaña, los aromáticos quesos  <br/>del campo, los delicados fiambres de  cerdo preparado en casa, los pa- <br/>nes y tortas envueltos en blancas servilletas de lino, pero noté que ella  <br/>comía muy poco y no probaba el alcoh ol. Entretanto los hombres, hábi- <br/>les con sus cuchillos, mataron un par  de cabras que llevábamos a la sa- <br/>ga de las mulas, les quitaron el cuer o y las pusieron a asar crucificadas  <br/>entre dos palos. No supe como paso la noche, caí en un sueño de muer- <br/>te y no desperté hasta el amanecer , cuando empezaba la faena de avi- <br/>var los tizones para hacer café y dar  el bajo a los restos de las cabras.  <br/>Antes de irnos dejamos leña, un saco  de frijoles y unas botellas de licor  <br/>para los próximos viajeros.  <br/>  <br/>TERCERA PARTE – 1896–1910   <br/>  <br/>La clínica Hobbs fue fundada por el  célebre cirujano Ebanizer Hobbs en  <br/>su propia residencia, una casona de aspecto sólido y elegante en pleno  <br/>barrio de Kensington, a la cual fueron quitando muros, cegando venta- <br/>nas y sembrando azulejos hasta conv ertirla en un esperpento. Su pre- <br/>sencia en esa calle elegante molestab a tanto a los vecinos, que los su- <br/>cesores de Hobbs no tuvieron dificultad en comprar las casas adyacen- <br/>  149<br/><br/><br/>Page No 150<br/><br/>tes para agrandar la clínica, pero  mantuvieron las fachadas eduardía- <br/>nas, de modo que desde afuera en  nada se diferenciaba de las hileras  <br/>de casas en la cuadra, todas idéntica s. Por dentro era un laberinto de  <br/>cuartos, escaleras, pasillos y venta nucos interiores que daban a ningu- <br/>na parte. No había, como en los an tiguos hospitales de la ciudad, la tí- <br/>pica arena de operaciones con el  aspecto de una plaza de toros –un  <br/>ruedo central cubierto de aserrín o  arena y rodeado de galerías para  <br/>espectadores– sino pequeñas salas de cirugía con paredes, techo y piso  <br/>forradas de baldosas y planchas metálicas que se cepillaban con lejía y  <br/>jabón una vez al día, porque el dif unto doctor Hobbs había sido de los  <br/>primeros en aceptar la teoría de la pr opagación de infecciones de Koch  <br/>y adoptar los métodos de asepsia  de Lister, que la mayor parte del  <br/>cuerpo médico todavía rechazaba po r soberbia o pereza. No resultaba  <br/>cómodo cambiar los viejos hábitos,  la higiene era tediosa, complicada e  <br/>interfería con la rapidez operatoria, considerada la marca de un buen ci- <br/>rujano porque disminuía el riesgo de choc y pérdida de sangre. A dife- <br/>rencia de muchos de sus contemporá neos para quienes las infecciones  <br/>se producían espontáneamente en el  cuerpo del enfermo, Ebanizer  <br/>Hobbs entendió de inmediato que lo s gérmenes estaban fuera, en las  <br/>manos, el suelo, los instrumentos  y el ambiente, por eso rociaba con  <br/>una lluvia de fenol desde las heridas  hasta el aire del quirófano. Tanto  <br/>fenol respiró el pobre hombre que acabó con la piel ulcerada de llagas y  <br/>muerto antes de tiempo por una afección renal, lo cual dio pie a sus de- <br/>tractores para aferrarse a sus prop ias ideas anticuadas. Los discípulos  <br/>de Hobbs, sin embargo, analizaron el aire y descubrieron que los gér- <br/>menes no flotaban como invisibles av es de rapiña dispuestas al ataque  <br/>solapado, sino que se concentraban  en las superficies sucias; la infec- <br/>ción se producía por contacto directo, de modo que lo fundamental era  <br/>limpiar a fondo el instrumental, usar  vendajes esterilizados y los ciruja- <br/>nos no sólo debían lavarse con saña,  sino en lo posible usar guantes de  <br/>caucho. No se trataba de los tosco s guantes empleados por los anato- <br/>mistas para diseccionar cadáveres  o por algunos obreros para manipu- <br/>lar sustancias químicas, sino de  un producto delicado y suave como la  <br/>piel humana, fabricado en los Esta dos Unidos. Tenía un origen románti- <br/>co: un médico enamorado de una enfermera, quiso protegerla de los  <br/>eccemas producidos por los desinfec tantes y mandó hacer los primeros  <br/>guantes de goma, que después adoptaron los cirujanos para operar.  <br/>Todo esto lo había leído Paulina de l Valle cuidadosamente en unas re- <br/>vistas científicas que le prestó su  pariente don José Francisco Vergara,  <br/>quien para entonces estaba enfermo  del corazón y retirado en su pala- <br/>cio de Viña del Mar, pero seguía sien do el mismo estudioso de siempre.  <br/>Mi abuela no sólo escogió muy bien  al médico que habría de operarla y  <br/>  150<br/><br/><br/>Page No 151<br/><br/>se puso en contacto con él desde  Chile con meses de anticipación, tam- <br/>bién encargo a Baltimore varios pare s de los famosos guantes de goma  <br/>y los llevaba bien empaquetados en el baúl de su ropa interior.  <br/>  <br/>Paulina del Valle envió a Frederick  Williams a Francia a averiguar sobre  <br/>las maderas usadas en los toneles pa ra fermentar vino y a explorar la  <br/>industria de los quesos, porque no  había razón alguna para que las va- <br/>cas chilenas no fueran capaces de pr oducir quesos tan sabrosos como  <br/>los de las vacas francesas, que eran  igualmente estúpidas. Durante la  <br/>travesía por la cordillera de los Andes  y más tarde en el transatlántico,  <br/>pude observar de cerca a mi abuela y me di cuenta que algo fundamen- <br/>tal comenzaba a flaquear en ella,  algo que no era la voluntad, la mente  <br/>o la codicia, sino más bien la fiereza.  Se puso suave, blanda y tan dis- <br/>traída que solía pasear por la cubierta del barco toda vestida de museli- <br/>na y perlas, pero sin su dentadura  postiza. Era evidente que pasaba  <br/>malas noches; andaba con ojeras  moradas y siempre somnolienta.  <br/>Había perdido mucho peso, le colgaban  las carnes cuando se quitaba el  <br/>corsé. Deseaba tenerme siempre cerc a «para que no coquetees con los  <br/>marineros», broma cruel, puesto que  a esa edad mi timidez era tan ca- <br/>tegórica que bastaba una inocente  mirada masculina en mi dirección  <br/>para que yo enrojeciera como un ca ngrejo cocido. La verdadera razón  <br/>era que Paulina del Valle se sentía fr ágil y me necesitaba a su lado para  <br/>distraer a la muerte. No mencionaba sus males, por el contrario, habla- <br/>ba de pasar unos días en Londres y  luego seguir a Francia por el asunto  <br/>de los toneles y los quesos, pero ad iviné desde el principio que sus pla- <br/>nes eran otros, como quedó en evid encia apenas llegamos a Inglaterra  <br/>y empezó su labor diplomática para  convencer a Frederick Williams que  <br/>partiera solo, mientras nosotras  hacíamos compras antes de reunirnos  <br/>con él más tarde. No sé si Williams  se fue sin sospechar que su mujer  <br/>estaba enferma, o si adivinó la verd ad y, comprendiendo el pudor de  <br/>ella, la dejó en paz; el hecho es que nos instaló en el Hotel Savoy y una  <br/>vez que estuvo seguro de que nada  nos faltaba, se embarcó a través  <br/>del Canal sin mucho entusiasmo.  <br/>Mi abuela no deseaba testigos de su decadencia y era especialmente re- <br/>catada frente a Williams. Eso formaba parte de la coquetería que adqui- <br/>rió al casarse, inexistente cuando él era su mayordomo. Entonces no  <br/>tenía inconveniente en mostrarle lo  peor de su carácter y presentarse  <br/>ante él de cualquier modo, pero después trataba de impresionarlo con  <br/>su mejor plumaje. Aquella relación otoñal le importaba mucho y no qui- <br/>so que la mala salud descalabrara el só lido edificio de su vanidad, por  <br/>eso trató de alejar a su marido, y  si no me pongo firme también me  <br/>habría excluido; costó una batalla para  que me permitiera acompañarla  <br/>  151<br/><br/><br/>Page No 152<br/><br/>en las visitas médicas, pero finalmente se rindió ante mi testarudez y su  <br/>debilidad. Estaba adolorida y casi no podía tragar, pero no parecía asus- <br/>tada, aunque solía hacer bromas sobre los inconvenientes del infierno y  <br/>el tedio del cielo. La clínica Hobbs inspiraba confianza desde el umbral,  <br/>con su hall rodeado de estanterías con libros y retratos al óleo de los ci- <br/>rujanos que habían ejercido su ofic io entre esas paredes. Nos recibió  <br/>una matrona impecable y nos condujo a la oficina del doctor, una sala  <br/>acogedora con una chimenea donde crepitaba el fuego de grandes leños  <br/>y elegantes muebles ingleses de cuero marrón. El aspecto del doctor  <br/>Gerald Suffolk era tan impresionante como su fama. Tenía pinta de teu- <br/>tón, grande y colorado, con una grue sa cicatriz en la mejilla que lejos  <br/>de afearlo, lo hacía inolvidable. Sobr e su escritorio tenía las cartas in- <br/>tercambiadas con mi abuela, los in formes de los especialistas chilenos  <br/>consultados y el paquete con los guantes de goma, que ella le había  <br/>hecho llegar esa misma mañana med iante un mensajero. Después su- <br/>pimos que era una precaución innecesa ria, pues se usaban en la clínica  <br/>Hobbs desde hacía  tres años. Suffolk  nos dio la bienvenida como si es- <br/>tuviéramos en visita de cortesía,  ofreciéndonos un café turco aromati- <br/>zado con semillas de cardamomo. Se llevó a mi abuela a una pieza ad- <br/>yacente y después de examinarla regreso a la oficina y se puso a hojear  <br/>un libraco mientras ella reaparecía. Pronto volvió la paciente y el ciruja- <br/>no confirmó el diagnóstico previo de los médicos chilenos: mi abuela  <br/>sufría de un tumor gastrointestinal.  Agregó que la operación resultaba  <br/>arriesgada por la edad de ella y porque aún estaba en etapa experimen- <br/>tal, pero él había desarrollado una técnica perfecta para esos casos;  <br/>venían médicos de todo el mundo a aprender de él. Se expresaba con  <br/>tal superioridad, que me vino a la  mente la opinión de mi maestro don  <br/>Juan Ribero, para quien la fatuidad es  privilegio de ignorantes; el sabio  <br/>es humilde porque sabe cuán poco sa be. Mi abuela exigió que le expli- <br/>cara en detalle lo que pensaba hacer con ella, lo cual sorprendió al mé- <br/>dico, acostumbrado a que los enferm os se entregaran a la incuestiona- <br/>ble autoridad de sus manos con la pasividad de gallinas, pero enseguida  <br/>aprovechó la ocasión para explayarse  en una conferencia, más preocu- <br/>pado de impresionarnos con el virtuosismo de su bisturí que del bienes- <br/>tar de su infortunada paciente. Hizo  un dibujo de tripas y órganos que  <br/>parecían una maquina demencial y nos  indicó dónde se ubicaba el tu- <br/>mor y cómo pensaba extirparlo, incl uyendo la clase de sutura, informa- <br/>ción que Paulina del Valle recibió im pasible, pero a mi me descompuso  <br/>y debí salir de la oficina. Me senté en  el hall de los retratos a rezar en- <br/>tre dientes. En realidad sentía más temor por mi que por ella; la idea de  <br/>quedarme sola en el mundo me aterraba.   <br/><br/>  152<br/><br/><br/>Page No 153<br/><br/>En eso estaba, rumiando mi posible orfandad, cuando pasó por allí un  <br/>hombre y debe haberme visto muy pálida, porque se detuvo. «¿Pasa  <br/>algo, niña?», preguntó en castellan o con acento chileno. Negué con la  <br/>cabeza, sorprendida, sin atreverme  a mirarlo de frente, pero debo  <br/>haberlo examinado de reojo, porque pude apreciar que era joven, lleva- <br/>ba el rostro rasurado, tenía pómulo s altos, mandíbula firme y ojos obli- <br/>cuos; se parecía a la ilustración de Ge ngis Khan de mi libro de historia,  <br/>aunque menos feroz. Era todo color de  miel, pelo, ojos, piel, pero nada  <br/>había de meloso en su tono cuando  me explicó que era chileno como  <br/>nosotras y asistiría al doctor Suffolk en la operación.  <br/>–La señora del Valle está en buenas manos –dijo sin ápice de modestia.  <br/>–¿Qué pasa si no la operan? –preg unté tartamudeando, como siempre  <br/>me ocurre cuando estoy muy nerviosa.  <br/>–El tumor seguiría creciendo. Pero no se preocupe, niña, la cirugía ha  <br/>avanzado mucho, su abuela hizo muy bien en venir aquí –concluyó.  <br/>Quise averiguar qué hacía un chileno por esos lados y por qué tenía ese  <br/>aspecto de tártaro –nada costaba visu alizarlo lanza en mano y cubierto  <br/>de pieles– pero me callé turbada. Lo ndres, la clínica, los médicos y el  <br/>drama de mi abuela resultaban más  de lo que podía manejar sola, me  <br/>costaba entender los pudores de Pau lina del Valle respecto a su salud y  <br/>sus razones para mandar a Frederick Williams al otro lado del Canal  <br/>justo cuando más lo necesitábamos. Gengis Khan me dio una palmadita  <br/>condescendiente en la mano y se fue.  <br/>  <br/>Contra todas mis pesimistas predicci ones, mi abuela sobrevivió a la ci- <br/>rugía y después de la primera semana,  en que la fiebre subía y bajaba  <br/>incontrolable, se estabilizó y pudo empezar a comer alimentos sólidos.  <br/>No me moví de su lado, salvo para ir al hotel una vez al día a bañarme  <br/>y cambiarme de ropa, porque el olor a anestésicos, medicamentos y de- <br/>sinfectantes producía una mezcolanza viscosa que se pegaba en la piel.  <br/>Dormía a saltos, sentada en una silla  junto a la enferma. A pesar de la  <br/>prohibición terminante de mi abue la, mandé un telegrama a Frederick  <br/>Williams el mismo día de la operación  y él llegó a Londres treinta horas  <br/>más tarde. Lo vi perder su prover bial compostura ante la cama donde  <br/>se hallaba su mujer atontada por las  drogas, gimiendo en cada exhala- <br/>ción, con cuatro pelos en la cabeza y sin dientes, como una viejecita  <br/>apergaminada. Se hincó junto a ella y puso la frente sobre la mano  <br/>exangüe de Paulina del Valle murmurando su nombre; cuando se levan- <br/>tó tenía la cara mojada de llanto. Mi abuela, quien sostenía que la ju- <br/>ventud no es una época de la vida  sino un estado de ánimo, y que uno  <br/>tiene la salud que se merece, se veía totalmente derrotada en esa cama  <br/>de hospital. Esa mujer, cuyo apetito por la vida era equivalente a su  <br/>  153<br/><br/><br/>Page No 154<br/><br/>glotonería, había vuelto la cara cont ra la pared, indiferente a su entor- <br/>no, sumida en si misma. Su enorme fuerza de voluntad, su vigor, su cu- <br/>riosidad, su sentido de la aventura y  hasta su codicia, todo se había bo- <br/>rrado ante el sufrimiento del cuerpo.  <br/>En esos días tuve muchas ocasiones de ver a Gengis Khan, quien con- <br/>trolaba el estado de la paciente y  resultó, como era de esperar, más  <br/>asequible que el célebre doctor Suffolk o las severas matronas del esta- <br/>blecimiento. Contestaba a las inqu ietudes de mi abuela sin vagas res- <br/>puestas de consuelo, sino con explic aciones racionales, y era el único  <br/>que procuraba aliviar su aflicción, los demás se interesaban en el estado  <br/>de la herida y la fiebre, pero ignoraban los quejidos de la paciente.  <br/>¿pretendía acaso que no le doliera?  Más bien debía callarse la boca y  <br/>agradecer que le hubieran salvado la  vida, en cambio el joven doctor  <br/>chileno no ahorraba morfina, porque  creía que el sufrimiento sostenido  <br/>acaba con la resistencia física y moral del enfermo, retardando o impi- <br/>diendo la sanación, como le aclaró a Williams.   <br/>Supimos que se llamaba Iván Radovic y provenía de una familia de mé- <br/>dicos, su padre había emigrado de lo s Balcanes a Chile a finales de los  <br/>años cincuenta, se había casado  con una maestra chilena del norte y  <br/>había tenido tres hijos, de los cuales dos habían seguido sus pasos en la  <br/>medicina. Su padre, dijo, murió de  tifus durante la Guerra del Pacifico,  <br/>donde sirvió como cirujano durante  tres años, y su madre debió sacar  <br/>adelante sola a la familia. Pude observar al personal de la clínica a mi  <br/>regalado gusto, tal como escuché comentarios que no estaban destina- <br/>dos a orejas como las mías, porque ninguno de ellos, salvo el doctor  <br/>Radovic, dio jamás señales de percib ir mi existencia. Yo iba a cumplir  <br/>dieciséis años y seguía con el cabello  atado con una cinta y ropa esco- <br/>gida por mi abuela, quien me mandab a a hacer ridículos vestidos de ni- <br/>ñita para retenerme en la infancia durante el mayor tiempo posible. La  <br/>primera vez que me puse algo adecua do a mi edad fue cuando Frede- <br/>rick Williams me llevó a Whititeneys  sin su permiso y puso la tienda a  <br/>mi disposición. Cuando volvimos al ho tel y me presenté con el pelo co- <br/>gido en un moño y vestida de señori ta, no me reconoció, pero eso fue  <br/>semanas más tarde.   <br/>  <br/>Paulina del Valle debe haber tenido  la fortaleza de un buey, le abrieron  <br/>el estómago, le sacaron un tumor del tamaño de una toronja, la cosie- <br/>ron como un zapato y antes de un pa r de meses había vuelto a ser la  <br/>de siempre. De esa tremenda avent ura sólo le quedó un cinturón de fi- <br/>libustero atravesado en la barriga y  un apetito voraz por la vida y, por  <br/>supuesto, por la comida. Partimos a Francia apenas pudo andar sin bas- <br/>tón. Descartó por completo la dieta indicada por el doctor Suffolk por- <br/>  154<br/><br/><br/>Page No 155<br/><br/>que, como dijo, no había venido de sde el culo del mundo hasta París  <br/>para comer papilla de recién nacido.  Con el pretexto de estudiar la ma- <br/>nufactura de quesos y la tradición  culinaria de Francia, se hartó de  <br/>cuanta delicia ese país podía ofrecerle.  <br/>Una vez acomodados en el hotelito  que alquiló Williams en el Boulevard  <br/>Asuman, nos pusimos en contacto con la inefable Amanda Lowell, quien  <br/>seguía con el mismo aire de reina viki nga en el destierro. En París esta- <br/>ba en su ambiente, vivía en un de sván apolillado pero acogedor, por  <br/>cuyos ventanucos se apreciaban las  palomas en los techos de su barrio  <br/>y los cielos impecables de la ciud ad. Comprobamos que sus cuentos so- <br/>bre la vida bohemia y su amistad con  artistas célebres eran rigurosa- <br/>mente ciertos; gracias a ella visitamos los talleres de Cézanne, Sisley,  <br/>Degas, Monet y varios otros. La  Lowell debió enseñarnos a apreciar  <br/>esos cuadros, porque no teníamos el ojo entrenado para el impresio- <br/>nismo, pero muy pronto fuimos se ducidos por completo. Mi abuela ad- <br/>quirió una buena colección de obra s que produjeron ataques de hilari- <br/>dad cuando las colgó en su casa en  Chile; nadie apreció los cielos cen- <br/>trífugos de Van Gogh o las bataclan as cansadas de Lautrec y creyeron  <br/>que en París le habían metido el de do en la boca a la tonta de Paulina  <br/>del Valle. Cuando Amanda Lowell notó  que no me separaba de mi cá- <br/>mara fotográfica y pasaba horas encerrada en un cuarto oscuro que im- <br/>provisé en el hotelito, ofreció presentarme a los fotógrafos más célebres  <br/>de París. Como mi maestro Juan   Ribero,  ella  consideraba  que  la  <br/>fotografía no compite con la pintura,  son fundamentalmente diferentes;  <br/>el pintor interpreta la realidad  y  la  cámara  la  plasma.  Todo  en  la  <br/>primera es ficción, mientras que la segunda es la suma de lo real más la  <br/>sensibilidad del fotógrafo. Ribero no me permitía trucos sentimentales o  <br/>exhibicionistas, nada de acomodar los objetos o modelos para que pare- <br/>cieran cuadros; era enemigo de la  composición artificial, tampoco me  <br/>dejaba manipular los negativos o las  impresiones y en general despre- <br/>ciaba los efectos de luces o focos difusos, quería la imagen honesta y  <br/>simple, aunque clara en sus más ínfi mos detalles. «Si lo que pretende  <br/>es el efecto de un cuadro, pinte, A urora. Si lo que desea es la verdad,  <br/>aprenda a usar su cámara», me repetía.   <br/>Amanda Lowell no me trató nunca co mo a una niña, desde el comienzo  <br/>me tomó en serio. También a ella le fascinaba la fotografía, que todavía  <br/>nadie llamaba arte y para muchos er a sólo un chirimbolo más de los  <br/>muchos cachivaches estrafalarios de  este siglo frívolo. «Yo estoy muy  <br/>gastada para aprender fotografía, pero  tu tienes ojos jóvenes, Aurora,  <br/>tú puedes ver el mundo y obligar a los demás a verlo a tu manera. Una  <br/>buena fotografía cuenta una historia, revela un lugar, un evento, un es- <br/>tado de ánimo, es más poderosa qu e páginas y paginas de escritura»,  <br/>  155<br/><br/><br/>Page No 156<br/><br/>me decía. Mi abuela, en cambio, tr ataba mi pasión por la cámara como  <br/>un capricho de adolescente y estaba  mucho más interesada en prepa- <br/>rarme para el matrimonio y escoger  mi ajuar. Me puso en una escuela  <br/>de señoritas, donde asistía a clases diarias para aprender a subir y ba- <br/>jar una escalera con gracia, doblar servilletas para un banquete, dispo- <br/>ner diferentes menús según la ocasió n, organizar juegos de salón y  <br/>arreglar ramos de flores, talentos que mi abuela consideraba suficientes  <br/>para triunfar en la vida de casada. Le gustaba comprar y gastábamos  <br/>tardes enteras en las boutiques escogiendo trapos, tardes que yo hubie- <br/>ra empleado mejor recorriendo París cámara en mano.  <br/>No sé cómo se fue el año. Cuando  aparentemente Paulina del Valle se  <br/>había repuesto de sus males y Frederick Williams estaba convertido en  <br/>un experto en madera para toneles de  vino y en fabricación de quesos,  <br/>desde los más hediondos hasta los más agujereados, conocimos a Die- <br/>go Domínguez en un baile de la Legación de Chile con motivo del 18 de  <br/>septiembre, día de la independencia.  Pasé horas eternas en manos del  <br/>peluquero, quien construyó sobre mi cabeza una torre de rulos y trenci- <br/>tas adornadas de perlas, una verdadera proeza, teniendo en cuenta que  <br/>mi pelo se comporta como melena de caballo. Mi vestido era una crea- <br/>ción espumosa de merengue salpic ado de mostacillas, que se fueron  <br/>desprendiendo durante la noche y sembraron el suelo de la Legación de  <br/>brillantes guijarros. “si tu padre pu diera verte ahora!»  –exclamó mi  <br/>abuela admirada cuando terminé de arreglarme. Ella estaba ataviada de  <br/>pies a cabeza en malva, su color preferido, con un escándalo de perlas  <br/>rosadas al cuello, moños postizos sobrepuestos en un sospechoso tono  <br/>caoba, impecables dientes de porce lana y una capa de terciopelo negro  <br/>rebordada de azabache del cuello hasta el suelo. Entró al baile del brazo  <br/>de Frederick Williams y yo del de un marino de un buque de la escuadra  <br/>chilena que realizaba una visita de  cortesía a Francia, un joven anodino  <br/>cuyo rostro o cuyo nombre no logr o recordar, quien asumió por iniciati- <br/>va propia la tarea de instruirme sobre  el uso del sextante para fines de  <br/>navegación. Fue un alivio inmenso cu ando Diego Domínguez se plantó  <br/>ante mi abuela para presentarse con  todos sus apellidos y preguntar si  <br/>podía bailar conmigo.   <br/>Ese no es su verdadero nombre, lo he cambiado en estas páginas por- <br/>que todo lo referente a él y su familia debe ser protegido. Basta saber  <br/>que existió, que su historia es cierta y que lo he perdonado. Los ojos de  <br/>Paulina del Valle brillaron de entus iasmo al ver a Diego Domínguez por- <br/>que al fin teníamos por delante un pr etendiente potencialmente acepta- <br/>ble, hijo de gente conocida, segura mente rico, con impecables modales  <br/>y hasta guapo. Ella asintió, él me tendió su mano y salimos a navegar.  <br/>Después del primer vals el señor Do mínguez tomó mi carnet de baile y  <br/>  156<br/><br/><br/>Page No 157<br/><br/>lo llenó de su puño y letra, elim inando de un plumazo al experto en  <br/>sextantes y otros candidatos. Entonces lo miré con más cuidado y debí  <br/>admitir que se veía muy bien, irrad iaba salud y fuerza, tenía un rostro  <br/>agradable, ojos azules y un porte viril. parecía incómodo en su frac, pe- <br/>ro se movía con seguridad y bailaba  bien, bueno, en todo caso mucho  <br/>mejor que yo, que bailo como ganso  a pesar de un año de clases inten- <br/>sivas en la escuela para señoritas;  además la turbación aumentaba mi  <br/>torpeza. Esa noche me enamoré con toda la pasión y el atolondramiento  <br/>del primer amor. Diego Domínguez  me conducía con mano firme por la  <br/>pista de danza, mirándome intensam ente y casi siempre en silencio,  <br/>porque sus intentos de entablar d iálogo se estrellaban contra mis res- <br/>puestas en monosílabos. Mi timidez  era una tortura, no podía sostener  <br/>su mirada y no sabía dónde poner la m ía; al sentir el calor de su aliento  <br/>rozándome las mejillas, se me doblab an las piernas; debía luchar des- <br/>esperadamente contra la tentación de salir corriendo y esconderme bajo  <br/>alguna mesa.   <br/>Sin duda hice un triste papel y ese  infortunado joven se clavó a mi lado  <br/>por la bravuconada de haber llenado mi carnet con su nombre. En algún  <br/>momento le dije que no estaba obligado a bailar conmigo, si no quería.  <br/>Me contestó con una carcajada, la única de la noche, y me preguntó  <br/>cuántos años tenía. Yo nunca había estado en los brazos de un hombre,  <br/>nunca había sentido la presión de una palma masculina en el hueco de  <br/>mi cintura. Mis manos descansaban una en su hombro y otra en su ma- <br/>no enguantada, pero sin la ligereza de torcaza que mi profesora de baile  <br/>exigía, porque él me apretaba co n determinación. En algunas breves  <br/>pausas me ofrecía copas de champaña que yo bebía porque no me  <br/>atrevía a rechazarlas, con el resultado previsible de que le pisaba con  <br/>más frecuencia los pies durante el b aile. Cuando al final de la fiesta el  <br/>ministro de Chile tomó la palabra para brindar por su patria lejana y por  <br/>la bella Francia, Diego Domínguez se  coloco detrás de mi, tan cerca  <br/>como el ruedo de mi vestido de mere ngue se lo permitía, y susurro en  <br/>mi cuello que yo era «deliciosa», o algo por el estilo.   <br/>En los días siguientes Paulina del  Valle recurrió a sus amigos diplomáti- <br/>cos para averiguar sin el menor disi mulo todo lo que pudo sobre la fa- <br/>milia y los antecedentes de Diego Domí nguez, antes de autorizarlo para  <br/>que me llevara a dar una vuelta a caballo por los Campos Eliseos, vigi- <br/>lada desde prudente distancia por e lla y el tío Frederick en un coche.  <br/>Después los cuatro tomamos helados  bajo unos quitasoles, les tiramos  <br/>migas de pan a los patos y quedamos  de acuerdo para ir a la ópera esa  <br/>misma semana. De paseo en paseo  y de helado en helado llegamos a  <br/>octubre. Diego había viajado a Europa enviado por su padre en la aven- <br/>tura obligatoria que casi todos los jó venes chilenos de clase alta hacían  <br/>  157<br/><br/><br/>Page No 158<br/><br/>una vez en la vida para despabilarse . Después de recorrer varias ciuda- <br/>des, visitar algunos museos y cate drales por cumplir y empaparse de  <br/>vida nocturna y diabluras galantes, qu e supuestamente lo curarían para  <br/>siempre de ese vicio y le darían ma terial para fanfarronear delante de  <br/>sus amigotes, estaba listo para regr esar a Chile y sentar cabeza, traba- <br/>jar, casarse y fundar su propia fa milia. Comparado con Severo del Va- <br/>lle, de quien siempre estuve enamor ada en la niñez, Diego Domínguez  <br/>era feo; y con la señorita Matilde Pine da, era tonto, pero yo no estaba  <br/>en condiciones de hacer tales compar aciones: estaba segura de haber  <br/>encontrado al hombre perfecto y apen as podía creer el milagro de que  <br/>se hubiera fijado en mi. Frederic k Williams opinó que no era prudente  <br/>aferrarse al primero que pasaba, yo  estaba aún muy joven y me sobra- <br/>rían pretendientes para elegir con  calma, pero mi abuela sostuvo que  <br/>ese joven era lo mejor que ofrecía  el mercado matrimonial, a pesar del  <br/>inconveniente de ser agricultor y vivi r en el campo, muy lejos de la ca- <br/>pital.  <br/>–Por barco y ferrocarril se puede viajar sin problemas –dijo.  <br/>–Abuela, no se adelante tanto, el  señor Domínguez no me ha insinuado  <br/>nada de lo que usted se imagina –le aclaré, colorada hasta las orejas.  <br/>–Más vale que lo haga pronto o te ndré que ponerlo entre la espada y la  <br/>pared.  <br/>–¡No! –exclamé espantada.  <br/>–No voy a permitir que mi nieta se  mosquee. No podemos perder tiem- <br/>po. Si ese joven no tiene intencione s serías, debe despejar el campo  <br/>ahora mismo.  <br/>–Pero abuela, ¿cuál es el apuro? Acabamos de conocernos...  <br/>–¿Sabes cuántos años tengo, Aurora? Setenta y seis. Pocos viven tanto.  <br/>Antes de morir debo dejarte bien casada.  <br/>–Usted es inmortal, abuela.   <br/>–No, hija, sólo lo parezco –replicó.  <br/>No sé si ella le dio la encerrona p laneada a Diego Domínguez o si él  <br/>captó las indirectas y tomó la decisión por sí mismo. Ahora que puedo  <br/>ver ese episodio con cierta dist ancia y humor, comprendo que nunca  <br/>estuvo enamorado de mi, simplement e se sintió halagado por mi amor  <br/>incondicional y debe haber puesto  en la balanza las ventajas de tal  <br/>unión. Tal vez me deseaba, porque  los dos éramos jóvenes y estába- <br/>mos disponibles; tal vez creyó que  con el tiempo llegaría a quererme;  <br/>tal vez se casó conmigo por pereza  y conveniencia. Diego era un buen  <br/>partido, pero yo también lo era: disponía de la renta dejada por mi pa- <br/>dre y se suponía que iba a heredar  una fortuna de mi abuela. Cuales- <br/>quiera que fuesen sus razones, el caso es que pidió mi mano y me puso  <br/>al dedo un anillo de diamantes.   <br/>  158<br/><br/><br/>Page No 159<br/><br/>Los signos de peligro eran evidentes para cualquiera con dos ojos en la  <br/>cara, menos para mi abuela cegada por el temor a dejarme sola, y para  <br/>mí, que estaba loca de amor, pero no para el tío Frederick, quien sostu- <br/>vo desde el principio que Diego Domí nguez no era el hombre para mí.  <br/>Como no le había gustado nadie que se me aproximara durante los úl- <br/>timos dos años, no le hicimos caso, creíamos que eran celos paternales.  <br/>«Se me ocurre que este joven es de  temperamento algo frío», comentó  <br/>más de una vez, pero mi abuela lo rebatía diciendo que no era frialdad  <br/>sino respeto, como correspondía a un perfecto caballero chileno.  <br/>Paulina del Valle entró en un frenesí de compras. En la prisa los paque- <br/>tes iban a parar sin abrir a los baúl es y después, cuando los sacamos a  <br/>luz en Santiago, resultó que había do s de cada cosa y la mitad no me  <br/>quedaba bien. Cuando supo que Diego Domínguez debía regresar a Chi- <br/>le, se puso de acuerdo con él para  volver en el mismo vapor, eso nos  <br/>daba algunas semanas para conocernos  mejor, como dijeron. Frederick  <br/>Williams puso cara larga y trató de to rcer esos planes, pero no había  <br/>poder en este mundo capaz de confro ntar a esa señora cuando algo se  <br/>le metía entre las dos orejas y su  obsesión del momento era casar a su  <br/>nieta.   <br/>Poco recuerdo del viaje, transcurrió  en una nebulosa de paseos por la  <br/>cubierta, juegos de pelota y naipes , cócteles y bailes hasta Buenos Ai- <br/>res, donde nos separamos porque  él debía comprar unos toros semen- <br/>tales y conducirlos por las rutas andi nas del sur hasta su fundo. Tuvi- <br/>mos muy pocas oportunidades de esta r solos o de conversar sin testi- <br/>gos, aprendí lo esencial sobre los vein titrés años de su pasado y su fa- <br/>milia, pero casi nada sobre sus gu stos, creencias y ambiciones. Mi  <br/>abuela le dijo que mi padre, Matías  Rodríguez de Santa Cruz, había fa- <br/>llecido y mi madre era una americ ana a quien no conocimos porque  <br/>murió al darme a luz, lo cual se ajustaba a la verdad. Diego no demos- <br/>tró curiosidad por saber más; tampoc o mi pasión por la fotografía le in- <br/>teresó y cuando le aclaré que no pe nsaba renunciar a ella, dijo que no  <br/>tenía el menor inconveniente; su hermana pintaba acuarelas y su cuña- <br/>da bordaba en punto cruz. En la  larga travesía por mar no llegamos  <br/>realmente a conocernos, pero nos fuimos enredando en la sólida telara- <br/>ña que mi abuela, con la mejor intención, tejió en torno a nosotros.  <br/>Como en la primera clase del transat lántico había poco para fotografiar,  <br/>salvo los trajes de las damas y los a rreglos florales del comedor, yo ba- <br/>jaba a menudo a las cubiertas inferiores para tomar retratos, sobre to- <br/>do de los viajeros de la última clas e, que iban hacinados en la barriga  <br/>del barco: trabajadores e inmigran tes rumbo a América a tentar fortu- <br/>na, rusos, alemanes, italianos, judíos , gente que viajaba con muy poco  <br/>en los bolsillos, pero con el corazón  rebosante de esperanzas. Me pare- <br/>  159<br/><br/><br/>Page No 160<br/><br/>ció que a pesar de la incomodidad y la falta de recursos, lo pasaban  <br/>mejor que los pasajeros de la clase su perior, donde todo resultaba esti- <br/>rado, ceremonioso y aburrido. Entre  los emigrantes había una camara- <br/>dería fácil, los hombres jugaban a naipes y dominó, las mujeres forma- <br/>ban grupos para contarse las vidas,  los niños improvisaban cañas de  <br/>pescar y jugaban a la escondida; por  las tardes salían a relucir las gui- <br/>tarras, los acordeones, las flautas y los violines, se armaban alegres  <br/>fiestas con canto, baile y cerveza.  A nadie parecía importarle mi pre- <br/>sencia, no me hacían preguntas y a  los pocos días me aceptaban como  <br/>una de ellos; eso me permitía fotograf iarlos a mi gusto. En el barco no  <br/>podía desarrollar los negativos, pero  los clasifiqué cuidadosamente para  <br/>hacerlo más tarde en Santiago. En una  de esas excursiones por las cu- <br/>biertas inferiores me topé a bocaja rro con la última persona que espe- <br/>raba hallar allí.  <br/>–¡Gengis Khan! –exclamé al verlo.  <br/>–Creo que me confunde, señorita...  <br/>–Perdone usted, doctor Radovic –supliqué, sintiéndome como una creti- <br/>na.  <br/>–¿Nos conocemos? –preguntó extrañado.  <br/>–¿No se acuerda de mi? Soy la nieta de Paulina del Valle.  <br/>–¿Aurora? Vaya, no la hubiera reconocido jamás. ¡Cómo ha cambiado!  <br/>Cierto que había cambiado. Me cono ció año y medio antes vestida de  <br/>chiquilla y ahora tenía ante los ojos  a una mujer hecha y derecha, con  <br/>una cámara colgada al cuello y un an illo de compromiso puesto en el  <br/>dedo. En ese viaje empezó la amista d que con el tiempo habría de  <br/>cambiar mi vida. El doctor Iván Radovic, pasajero de segunda clase, no  <br/>podía subir a la cubierta de primera sin invitación, pero yo podía bajar a  <br/>visitarlo y lo hice a menudo. Me contaba de su trabajo con la misma pa- <br/>sión con que yo le hablaba de la fotografía; me veía usar la cámara, pe- <br/>ro no pude mostrarle nada de lo he cho antes porque iba en el fondo de  <br/>los baúles, pero le prometí hacerlo  al llegar a Santiago. No fue así, sin  <br/>embargo, porque después me dio ve rgüenza llamarlo para tal fin; me  <br/>pareció una muestra de vanidad y no quise quitarle tiempo a un hombre  <br/>ocupado en salvar vidas. Al enterarse de su presencia a bordo mi abue- <br/>la lo invitó de inmediato a tomar el té en la terraza de nuestra suite.  <br/>«Con usted aquí me siento segura en  alta mar, doctor. Si me sale otra  <br/>toronja en la barriga, usted viene y  me la extirpa con un cuchillo de la  <br/>cocina», bromeó. Las invitaciones a  tomar el té se repitieron muchas  <br/>veces, seguidas por juegos de naipes. Iván Radovic nos contó que había  <br/>terminado su practica en la clínica  Hobbs y regresaba a Chile a trabajar  <br/>en un hospital.  <br/><br/>  160<br/><br/><br/>Page No 161<br/><br/>–¿Por qué no abre una clínica privad a, doctor? –sugirió mi abuela, que  <br/>le había tomado afecto.  <br/>–Jamás tendría el capital y las cone xiones que eso requiere, señora Del  <br/>Valle.  <br/>–Yo estoy dispuesta a invertir, si le parece.  <br/>–De ninguna manera puedo permitir que...  <br/>–No lo haría por usted, sino porque  es una buena inversión, doctor Ra- <br/>dovic –lo interrumpió mi abuela–. Todo  el mundo se enferma, la medi- <br/>cina es un gran negocio.  <br/>–Creo que la medicina no es un negocio, sino un derecho, señora. Como  <br/>médico estoy obligado a servir y es pero que algún día la salud esté al  <br/>alcance de cada chileno.  <br/>–¿Usted es socialista? –preguntó mi  abuela con una mueca de repug- <br/>nancia, porque después de la «traició n» de la señorita, Matilde Pineda  <br/>desconfiaba del socialismo.  <br/>–Soy médico, señora Del Valle. Curar es todo lo que me interesa.  <br/>  <br/>Volvimos a Chile a finales de dici embre de 1898 y nos encontramos con  <br/>un país en plena crisis moral. Nadie, desde los ricos terratenientes, has- <br/>ta los maestros de escuela o los obreros del salitre estaba contento con  <br/>su suerte o con el gobierno. Los ch ilenos parecían resignados a sus fa- <br/>llas de carácter, como la ebriedad, el ocio y el robo, y a las lacras socia- <br/>les, como la engorrosa burocracia,  el desempleo, la ineficiencia de la  <br/>justicia y la pobreza, que contrastab a con la ostentación descarada de  <br/>los ricos e iba produciendo una creciente y sorda rabia que se extendía  <br/>de norte a sur. No recordábamos a  Santiago tan sucio, con tanta gente  <br/>miserable, tanto conventillo infect ado de cucarachas, tantos niños  <br/>muertos antes de alcanzar a caminar.  La prensa aseguraba que el índi- <br/>ce de mortalidad en la capital era equivalente al de Calcuta. Nuestra ca- <br/>sa de la calle Ejército Libertador  había permanecido al cuidado de un  <br/>par de lejanas tías pobretonas, de  los muchos allegados que cualquier  <br/>familia chilena tiene, y unos cuantos  empleados. Las tías llevaban más  <br/>de dos años reinando en esos dominios y nos recibieron sin mucho en- <br/>tusiasmo, acompañadas por Caramelo,  ya tan anciano que no me reco- <br/>noció. El jardín era un malezal, las  fuentes morunas estaban sedientas,  <br/>los salones olían a tumba, las cocinas parecían un chiquero y había caca  <br/>de ratón debajo de las camas, pero nada de eso apabulló a Paulina del  <br/>Valle, quien llegaba dispuesta a cele brar la boda del siglo y no iba a  <br/>permitir que nada, ni su edad, ni el calor de Santiago, ni mi carácter re- <br/>traído se lo impidieran. Disponía de los meses del verano, en que todo  <br/>el mundo partía a la costa o al campo, para poner la casa al día, porque  <br/>en el otoño empezaba la intensa vida  social y había que prepararse pa- <br/>  161<br/><br/><br/>Page No 162<br/><br/>ra mi casamiento en septiembre, el  comienzo de la primavera "mes de  <br/>las fiestas patrias y de las novias”  justo un año después del primer en- <br/>cuentro entre Diego y yo. Frederick Williams se encargó de contratar un  <br/>regimiento de albañiles, ebanistas, jardineros y criadas que se abocaron  <br/>a la tarea de remozar aquel desastre al paso habitual en Chile, es decir,  <br/>sin demasiada prisa. El verano llegó polvoriento y tórrido, con su olor a  <br/>durazno y los gritos de los vendedores ambulantes pregonando las deli- <br/>cias de la estación. Los que podían  hacerlo se fueron de vacaciones al  <br/>campo o la playa; la ciudad parecía muerta.   <br/>Severo del Valle apareció de visita con sacos de verduras, canastos de  <br/>fruta y buenas noticias de las viñas;  venía con la piel tostada, más cor- <br/>pulento y más guapo que nunca. Me mi ró boquiabierto, sorprendido de  <br/>que yo fuera la misma chiquilla de qu ien se había despedido dos años  <br/>antes, me hizo girar como trompo pa ra observarme por todos los ángu- <br/>los y su juicio generoso fue que te nía un aire parecido al de mi madre.  <br/>Mi abuela recibió pésimo aquel coment ario, mi pasado no se menciona- <br/>ba en su presencia, para ella mi vi da comenzaba a los cinco años cuan- <br/>do crucé el umbral de su palacete en  San Francisco, lo anterior no exis- <br/>tía. Nívea se quedó en el fundo con  los niños, porque estaba a punto de  <br/>dar a luz de nuevo, demasiado pesada  para hacer el viaje hasta Santia- <br/>go. La producción de las viñas se anunciaba muy buena para ese año,  <br/>pensaban cosechar las del vino blanco  en marzo y las del tinto en abril,  <br/>contó Severo del Valle y agregó que  había unas parras de los tintos to- <br/>talmente diferentes que crecían mezcladas con las otras, eran más deli- <br/>cadas, se apestaban con facilidad  y maduraban más tarde. A pesar de  <br/>que daban un fruto excelente, pens aba arrancarlas para ahorrar pro- <br/>blemas. De inmediato Paulina del Valle  paró la oreja y vi en sus pupilas  <br/>la misma lucecita codiciosa que ge neralmente anunciaba una idea ren- <br/>table.  <br/>–Apenas empiece el otoño trasplánt alas separadas. Cuídalas y el próxi- <br/>mo año haremos con ellas un vino especial –dijo.  <br/>–¿Para qué meternos en eso? –preguntó Severo.  <br/>–Si esas uvas maduran más tarde, deben ser más finas y concentradas.  <br/>Seguramente el vino será mucho mejor.  <br/>–Estamos produciendo uno de los mejores vinos del país, tía.  <br/>–Dame este gusto, sobrino, haz lo  que te pido... –rogó mi abuela en el  <br/>tono zalamero que empleaba antes de dar una orden.  <br/>No pude ver a Nívea hasta el día mismo de mi matrimonio, cuando llegó  <br/>con un nuevo recién nacido a cuesta s a soplarme de prisa la informa- <br/>ción básica que cualquier novia deb ía saber antes de la luna de miel,  <br/>pero nadie se había dado la molestia de darme. Mi condición virginal,  <br/>sin embargo, no me preservaba de los sobresaltos de una pasión instin- <br/>  162<br/><br/><br/>Page No 163<br/><br/>tiva que no sabía nombrar, pensaba  en Diego día y noche y no siempre  <br/>los pensamientos eran castos; lo dese aba, pero no sabía muy bien para  <br/>qué. Quería estar en sus brazos, que me besara como lo había hecho en  <br/>un par de ocasiones, y verlo des nudo. Nunca había visto un hombre  <br/>desnudo y, confieso, la curiosidad me mantenía desvelada. Eso era to- <br/>do, el resto del camino, un misterio.  Nívea, con su desfachatada hones- <br/>tidad, era la única capaz de instruirme,  pero no sería hasta varios años  <br/>más tarde, cuando hubo tiempo y op ortunidad de profundizar nuestra  <br/>amistad, que ella me contaría los secr etos de su intimidad con Severo  <br/>del Valle y me describiría en detalle, muerta de risa, las posturas  <br/>aprendidas en la colección de su tío José Francisco Vergara. Para enton- <br/>ces yo había dejado atrás la inocenc ia, pero era muy ignorante en ma- <br/>teria erótica, como son casi todas  de las mujeres y la mayoría de los  <br/>hombres también, según me asegura Ní vea. «Sin los libros de mi tío,  <br/>habría tenido quince hijos sin saber cómo», me dijo. Sus consejos, que  <br/>habrían puesto los pelos de punta a mis tías, me sirvieron mucho para  <br/>el segundo amor, pero de nada me habrían servido para el primero.  <br/>Durante tres largos meses vivimos ac ampando en cuatro habitaciones  <br/>de la casa de Ejército Libertador, jadeando de calor. No me aburrí, por- <br/>que mi abuela reanudó de inmediato sus labores caritativas, a pesar de  <br/>que todos los miembros del Club de  Damas andaban veraneando. En su  <br/>ausencia se había aflojado la disciplina y a ella le tocó empuñar nueva- <br/>mente las riendas de la compasión co mpulsiva; volvimos a visitar en- <br/>fermos, viudas y orates, a repartir  comida y supervisar los préstamos a  <br/>las mujeres pobres. Esta idea, de la  cual se burlaron hasta en los perió- <br/>dicos, porque nadie pensó que las bene ficiarías –todas en el último es- <br/>tado de indigencia– devolverían el di nero, resultó tan buena, que el go- <br/>bierno decidió copiarla. Las mujeres  no sólo pagaban escrupulosamente  <br/>los préstamos en cuotas mensuales, sino que se respaldaban unas a  <br/>otras, así cuando alguna no podía pa gar, las demás lo hacían por ella.  <br/>Creo que a Paulina del Valle se le  ocurrió que podía cobrarles intereses  <br/>y convertir la caridad en negocio, pe ro la detuve en seco. «Todo tiene  <br/>su límite, abuela, hasta la codicia», la increpé.   <br/>Mi apasionada correspondencia con Diego Domínguez me mantenía  <br/>pendiente del correo. descubrí que po r carta soy capaz de expresar lo  <br/>que jamás me atrevería cara a cara; la palabra escrita es profundamen- <br/>te liberadora. Me sorprendí leyendo poesía amorosa en vez de las nove- <br/>las que antes tanto me gustaban; si un poeta muerto al otro lado del  <br/>mundo podía describir mis sentimientos  con tal precisión, debía aceptar  <br/>con humildad que mi amor no era excepcional, nada había inventado,  <br/>todo el mundo se enamora igual. Im aginaba a mi novio a caballo galo- <br/>pando por sus tierras como un héroe le gendario de espaldas poderosas,  <br/>  163<br/><br/><br/>Page No 164<br/><br/>noble, firme y apuesto, un hombronazo en cuyas manos estaría segura;  <br/>él me haría feliz, me daría protecci ón, hijos, amor eterno. Visualizaba  <br/>un futuro algodonoso y azucarado en el cual flotaríamos abrazados para  <br/>siempre. ¿Cómo olía el cuerpo del  hombre que amaba? A humus como  <br/>los bosques de donde provenía, o a la dulce fragancia de las panaderí- <br/>as, o tal vez a agua de mar, como  ese aroma huidizo que me asaltaba  <br/>en sueños desde la infancia. De pron to la necesidad de oler a Diego se  <br/>volvía tan imperiosa como un ataque  de sed y le rogaba por carta que  <br/>me enviara uno de los pañuelos que usaba al cuello o una de sus cami- <br/>sas sin lavar. Las respuestas de mi novio a esas apasionadas cartas  <br/>eran tranquilas crónicas sobre la vida  en el campo –las vacas, el trigo,  <br/>la uva, el cielo estival sin lluvia– y  sobrios comentarios sobre su familia.  <br/>Por supuesto, nunca mandó uno de su s pañuelos o camisas. En las úl- <br/>timas líneas me recordaba cuánto me  quería y cuán felices seríamos en  <br/>la fresca casa de adobe y tejas que  su padre estaba construyendo para  <br/>nosotros en la propiedad, tal como  antes había hecho una para su her- <br/>mano Eduardo, cuando desposó a Su sana, y tal como haría para su  <br/>hermana Adela cuando ella se casara.   <br/>Por generaciones los Domínguez habían  vivido siempre juntos; el amor  <br/>a Cristo, la unión entre hermanos, el respeto a los padres y el trabajo  <br/>duro, decía, eran el fundamento de su familia.   <br/>Por mucho que escribiera y suspirara leyendo versos, me sobraba tiem- <br/>po, de modo que volví al estudio de don Juan Ribero, me daba vueltas  <br/>por la ciudad tomando fotos y por las noches trabajaba en el cuarto de  <br/>revelado que instalé en la casa. Estaba experimentando con impresión  <br/>en platino, una técnica novedosa  que produce imágenes muy bellas. El  <br/>procedimiento es sencillo, aunque má s costoso, pero mi abuela corría  <br/>con el gasto. Se pinta el papel a br ochazos con una solución de platino  <br/>y el resultado son imágenes en sutiles graduaciones de tono, luminosas,  <br/>claras, con gran profundidad, que pe rmanecen inalterables. Han pasado  <br/>diez años y ésas son las más extrao rdinarias fotografías de mi colec- <br/>ción. Al verlas, muchos recuerdos surgen ante mí con la misma impeca- <br/>ble nitidez de esas impresiones en platino. Puedo ver a mi abuela Pauli- <br/>na, a Severo, Nívea, amigos y parientes, también puedo observarme en  <br/>algunos autorretratos tal como era en tonces, justo antes de los aconte- <br/>cimientos que habrían de cambiar mi vida.  <br/>Cuando amaneció el segundo martes  de marzo la casa vestía de gala,  <br/>tenía una moderna instalación de gas,  teléfono y un ascensor para mi  <br/>abuela, papeles murales traídos de Nueva York y flamantes tapices en  <br/>los muebles, los parquets recién encerados, los bronces pulidos, los  <br/>cristales lavados y la colección de cu adros impresionistas en los salo- <br/>nes. Había un nuevo contingente de  criados en uniforme al mando de  <br/>  164<br/><br/><br/>Page No 165<br/><br/>un mayordomo argentino, que Paulina  del Valle le levantó al Hotel Cri- <br/>llón pagándole el doble.  <br/>–Nos van a criticar, abuela. Nadie tiene mayordomo, esto es una cursi- <br/>lería –le advertí.  <br/>–No importa. No pienso lidiar con in dias mapuches en chancletas que  <br/>echan pelos en la sopa y me tiran los platos en la mesa –replicó, decidi- <br/>da a impresionar a la sociedad capi talina en general y a la familia de  <br/>Diego Domínguez en particular.  <br/>De modo que los nuevos empleados se  sumaron a las antiguas criadas  <br/>que llevaban años en la casa y, por  supuesto, no se podían despedir.  <br/>Había tantas personas de servicio que se paseaban ociosas tropezando  <br/>unas con otras y fueron tantos los ch ismes y raterías, que por fin inter- <br/>vino Frederick Williams para poner orde n, ya que el argentino no atina- <br/>ba por dónde comenzar. Eso produjo  conmoción, jamás se había visto  <br/>que el señor de la casa se rebajara  al nivel doméstico, pero lo hizo a la  <br/>perfección; de algo sirvió su larga ex periencia en el oficio. No creo que  <br/>Diego Domínguez y su familia, los pr imeros visitantes que tuvimos,  <br/>apreciaran la elegancia del servicio, po r el contrario, se cohibieron ante  <br/>tanto esplendor. Pertenecían a una antigua dinastía de terratenientes  <br/>del sur, pero a diferencia de la mayoría de los dueños de fundo en Chi- <br/>le, que pasan un par de meses en sus tierras y el resto del tiempo viven  <br/>de sus rentas en Santiago o en Euro pa, ellos nacían, crecían y morían  <br/>en el campo. Eran gente con sólid a tradición familiar, profundamente  <br/>católica y sencilla, sin ninguno de lo s refinamientos impuestos por mi  <br/>abuela, que seguramente les parecier on algo decadentes y poco cristia- <br/>nos. Me llamó la atención que todos  tenían ojos azules, menos Susana,  <br/>la cuñada de Diego, una beldad morena de aire lánguido, como una pin- <br/>tura española. En la mesa se confund ieron ante la hilera de cubiertos y  <br/>las seis copas, ninguno probó el pato a la naranja y se asustaron un po- <br/>co cuando llegó el postre ardiendo en llamas. Al ver el desfile de criados  <br/>en uniforme, la madre de Diego, doña Elvira, preguntó por qué había  <br/>tanto militar en la casa. Ante los cu adros impresionistas se quedaron  <br/>pasmados, convencidos de que yo  había pintado esos mamarrachos y  <br/>que mi abuela, de puro chocha, los colgaba en la pared, pero apreciaron  <br/>el breve concierto de arpa y piano qu e ofrecimos en el salón de música.  <br/>La conversación moría a la segunda  frase hasta que los toros sementa- <br/>les dieron pie para hablar de la reproducción del ganado, lo cual intere- <br/>só sobremanera a Paulina del Valle, qu ien sin duda estaba pensando en  <br/>establecer la industria de quesos co n ellos, en vista del número de va- <br/>cas que poseían. Si yo tenía algunas du das sobre mi vida futura en el  <br/>campo junto a la tribu de mi novio, esa visita las disipó. Me enamoré de  <br/>esos campesinos de vieja cepa, bond adosos y sin pretensiones, del pa- <br/>  165<br/><br/><br/>Page No 166<br/><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=31099&amp;a=1370685&amp;g=16252330"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16252330)a(1370685)" /></a><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16637176"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16637176)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16625516"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16625516)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16646874">Descarga gratuita</a><img src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(inv)g(16646874)a(1370685)" /><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16626448">Club Zed</a><img src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(inv)g(16626448)a(1370685)" /></p><br/><br/><a href="http://blogs.ya.com/obraallende/"><span style="color: #000000">Obra de Allende</span></a><br/><a href="http://blogs.ya.com/allende/"><span style="color: #000000">Allende</span></a><br/><a href="http://caballodetroya2.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya 2</span></a> <br/><a href="http://historiadeespanasigloxx.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Historia de España siglo XX</span></a><br/><a href="http://caballodetroya7.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya 7</span></a> <a href="http://www.paratorpes.es/"><span style="color: #000000">Paratorpes </span></a><a href="http://elalquimista.blog.