<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rdf:RDF xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" xmlns:ti="http://purl.org/rss/1.0/modules/textinput/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:co="http://purl.org/rss/1.0/modules/company/" xmlns:rdf="http://www.w3.org/1999/02/22-rdf-syntax-ns#" xmlns="http://purl.org/rss/1.0/"><channel rdf:about="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/rss20.xml"><title><![CDATA[Obra Julio Verne]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obrajulioverne/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[&#32;]]></description><dc:publisher><![CDATA[Publisher]]></dc:publisher><dc:creator><![CDATA[creator]]></dc:creator><dc:rights><![CDATA[rights]]></dc:rights><dc:date><![CDATA[12/12/2004]]></dc:date><sy:updatePeriod><![CDATA[hour]]></sy:updatePeriod><sy:updateFrequency><![CDATA[123]]></sy:updateFrequency><sy:updateBase><![CDATA[BASE]]></sy:updateBase><items><rdf:Seq><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_48.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_47.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_46.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_45.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_44.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_43.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_42.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_41.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_40.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_39.htm"/></rdf:Seq></items></channel><item rdf:about="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_48.htm"><title><![CDATA[Viaje al centro de la tierra]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_48.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>Julio Verne <br/>Viaje al Centro de la Tierra  <br/>El domingo 24 de mayo de 1863, mi tío, el profesor Liden brock, regresó <br/>precipitadamente a su casa, situada en el número 19 de la König-strasse, una de las calles <br/>más antiguas del barrio viejo de Hamburgo. <br/>Marta, su excelente criada, azaróse de un modo extraordinario, creyendo que se había <br/>retrasado, pues apenas si empezaba a cocer la comida en el hornillo. <br/>"Bueno" "pensé para mí" , si mi tío viene con hambre, se va a armar la de San Quintín; <br/>porque difïculto que haya un hombre de menos paciencia. <br/>-¡Tan temprano y ya está aquí el señor Lidenbrock! -exclamó la pobre Marta, llena de <br/>estupefacción, entreabriendo la puerta del comedor. <br/>-Sí, Maria; pero tú no tienes la culpa de que la comida no esté lista todavía, porque aún <br/>no son las dos. Acaba de dar la media en San Miguel. <br/>-¿Y por qué ha venido tan pronto el señor Lidenbrock? <br/>-El nos lo explicará, probablemente. <br/>-¡Ahí viene! Yo me escapo. Señor Axel, hágale entrar en razón. <br/>Y la excelente Marta marchóse presurosa a su laboratorio culinario, quedándome yo <br/>solo. <br/>Pero, como mi carácter tímido no es el más a propósito para hacer entrar en razón al <br/>más irascible de todos los catedráticos, disponíame a retirarme prudentemente a la <br/>pequeña habitación del piso  alto que me servía de dormitorio, cuando giró sobre sus <br/>goznes la puerta de la calle, crujió la escalera de madera bajo el peso de sus pies <br/>fenomenales, y el dueño de la casa atravesó el comedor, entrando presuroso en su <br/>despacho, colocando, al pasar, el pesado bastón en un rincón, arrojando el mal cepillado <br/>sombrero encima de la mesa, y diciéndome con tono imperioso: <br/>-¡Ven, Axel! <br/>No había tenido aún tiempo material de moverme, cuando me gritó el profesor con <br/>acento descompuesto: <br/>-Pero, ¿qué haces que no estás aquí ya? <br/>Y me precipité en el despacho de mi irascible maestro. Otto Lidenbrock no es mala <br/>persona, lo confieso ingenuamente; pero, como no cambie mucho, lo cual creo <br/>improbable, morirá siendo el más original a impaciente de los hombres. <br/>Era profesor d el Johannaeum, donde explicaba la cátedra de mineralogía, <br/>enfureciéndose, por regla general, una o dos veces en cada clase. Y no porque le <br/>preocupase el deseo de tener discípulos aplicados, ni el grado de atención que éstos <br/>prestasen a sus explicaciones, n i el éxito que como consecuencia de ella, pudiesen <br/>obtener en sus estudios; semejantes detalles teníanle sin cuidado. Enseñaba <br/>subjuntivamente, según una expresión de la filosofía alemana; enseñaba para él, y no para <br/>los otros. Era un sabio egoísta; un pozo de ciencia cuya polea rechinaba cuando de él se <br/>quería sacar algo. Era, en una palabra, un avaro. <br/>En Alemania hay algunos profesores de este género.<br/><br/><br/>Page No 2<br/><br/>Mi tío no gozaba, por desgracia, de una gran facilidad de palabra, por lo menos cuando <br/>se expresaba en público, lo cual, para un orador, constituye un defecto lamentable. En sus <br/>explicaciones en el Johannaeum, se detenía a lo mejor luchando con un recalcitrance <br/>vocablo que no quería salir do sus labios; con una de esas palabras que se resisten, se <br/>hinchan y acaban por ser expelidas bajo la forma de un taco, siendo éste el origen de su <br/>cólera. <br/>Hay en mineralogía muchas denominaciones, semigriegas, semilatinas, difíciles de <br/>pronunciar; nombres rudos que desollarían los labios de un poeta. No quiero hablar oral <br/>de esta ciencia; lejos de mí profanación semejante. Pero cuando se trata de las <br/>cristalizaciones romboédricas, de las resinas retinasfálticas, de las selenitas, de las <br/>tungstitas, de los molibdatos de plomo, de los tunsatatos de magnesio y de los titanatos de <br/>circonio, bien se puede perdonar a la lengua más expedita que tropiece y se haga un lío. <br/>En la ciudad era conocido de todos este bien disculpahle defecto de mi tío, que muchos <br/>desahogados aprovechaban para burlarse de él, cosa que le exasperaba en extremo; y su <br/>furor era causa de que arreciasen las risas, lo cual es de muy malgusto hasta en la misma <br/>Alemania. Y si bien es muy cierto que contaba siempre con gran número de oyentes en su <br/>aula, no lo es menos que la mayoría de ellos iban sólo a divertirse a costa del catedrático. <br/>Como quiera que sea, no me cansaré de repetir que mi tío era un verdadero sabio. Aun <br/>cuando rompía muchas veces las muestras de minerales por tratarlos sin el debido <br/>cuidado, unía al genio del geólogo la perspicacia del mineralogista. Con el marti llo, el <br/>punzón, la brújula, el soplete y el frasco de ácido nítrico en las manos, no tenía rival. Por <br/>su modo de romperse, su aspecto y su dureza, por su fusibilidad y sonido, por su olor y su <br/>sabor, clasiticaba sin titubear un mineral cualquiera entre las seiscientas especies con que <br/>en la actualidad cuenta la ciencia. <br/>Por eso el nombre de Lidenbrock gozaba de gran predica mento en los gimnasios y <br/>asociaciones nacionales. Humphry Davy, de Humboldt y los capitanes Franklin y Sabine <br/>no dejaban de visitarle a su paso por Hamburgo. Becquerel, Ebejmen, Brewster, Dumas y <br/>Milne-Edwards solían consultarle las cues tiones más palpitantes de la química. Esta <br/>ciencia le era deudora de magníficos decubrimientos, y, en 1853, había aparecido en <br/>Leipzig un  Tratado do Cristalogiafía trascendental , por el pro fesor Otto Lidenbrock, <br/>obra en folio, ilustrada con numerosos grabados, que no llegó, sin embargo, a cubrir los <br/>gascos de su impresión. <br/>Además de lo dicho era mi tío conservador del museo mine ralógico del señor Struve, <br/>embajador de Rusia, preciosa colección que gozaba de merecida y justa fama en Europa. <br/>Tal era el personaje que con tanta impaciencia me llamaba. Imaginaos un hombre alto, <br/>delgado, con una salud de hierro y un aspecto juvenil que le ha cía aparentar diez años <br/>menos de los cincuenta que contaba. Sus grandes ojos giraban sin cesar detrás de sus <br/>amplias gafas; su larga y afilada nariz parecía una lámina de acero; los que le perseguían <br/>con sus burlas decían que estaba imanada y que atraía las limaduras de hierro. Calumnia <br/>vil, sin embargo, pues sólo atraía al tabaco, aunque en gran abundancia, dicho sea en <br/>honor de la verdad. <br/>Cuando haya dicho que mi tío caminaba a pasos matemáticamente iguales, que medía <br/>cada uno media toesa de longitud, y  añadido que siempre lo hacía con los puños <br/>sólidamente apretados, señal de su impetuoso carácter, lo conocerá lo bastante el lector <br/>para no desear su compañía.<br/><br/><br/>Page No 3<br/><br/>Vivía en su modesta casita de König-strasse, en cuya construcción entraban por partes <br/>iguales la madera y el ladrillo, y que daba a uno de esos canales tortuosos que cruzan el <br/>barrio más antiguo de Hamburgo, felizmente respetado por el incendio de 1842. <br/>Cierto que la tal casa estaba un poco inclinada y amenazaba con su vientre a los <br/>transeúntes; que tenía el techo caído sobre la oreja, como las gorras de los estudiantes de <br/>Tugendbund; que la verticalidad de sus líneas no era lo más perfecta; pero se mante nía <br/>firme gracias a un olmo secular y vigoroso en que se apoya ba la fachada, y que al <br/>cubrirse de hojas, llegada la primavera, remozábala con un alegre verdor. <br/>Mi tío, para profesor alemán, no dejaba de ser rico. La casa y cuanto encerraba, eran de <br/>su propiedad. En ella compartíamos con él la vida su ahijada Graüben, una joven <br/>curlandesa de diez y siete años de edad, la criada Marta y yo, que, en mi doble calidad de <br/>huérfano y sobrino, le ayudaba a preparar sus experimentos. <br/>Confieso que me dediqué con gran entusiasmo a las ciencias mineralógicas; por mis <br/>venas circulaba sangre de mineralogista y no me aburría, jamás en compañía de mis <br/>valiosos pedruscos. <br/>En resumen, que vivía feliz en la casita de la König -strasse, a pesar del carácter <br/>impaciente de su propietario porque éste, independientemente de sus maneras brutales, <br/>profesábame gran afecto. Pero su gran impaciencia no le permitía aguardar, y trataba de <br/>caminar más aprisa que la misma naturaleza. <br/>En abril, cuando plantaba en los potes de loza de su salón pies de reseda o de <br/>convólvulos, iba todas las mañanas a tirarles de las hójas para acelerar su crecimiento. <br/>Con tan original personaje, no tenía más remedio que obedecer ciegamente; y por eso <br/>acudía presuroso a su despacho. <br/>  <br/>II <br/>Era éste un verdadero museo. Todos los ejemplares del reino mineral se hallaban <br/>rotulados en él y ordenados del modo  más perfecto, con arreglo a las tres grandes <br/>divisiones que los clasifican en inflamables, metálicos y litoideos. <br/>¡Cuán familiares me eran aquellas chucherías de la ciencia mineralógica! ¡Cuántas <br/>veces, en vez de irme a jugar con los muchachos de mi edad , me había entretenido en <br/>quitar el polvo a aquellos grafïtos, y antracitas, y hullas, y lignitos y turbas! ¡Y los <br/>betunes, y resinas, y sales orgánicas que era preciso preservar del menor átomo de polvo! <br/>¡Y aquellos metales, desde el hierro hasta el oro,  cuyo valor relativo desaparecía ante la <br/>igualdad absoluta de los ejemplares científicos! ¡Y todos aquellos pedrus cos que <br/>hubiesen bastado para reconstruir la casa de la König strasse, hasta con una buena <br/>habitación suplementaria en la que me habría yo instalado con toda comodidad! <br/>Pero cuando entré en el despacho, estaba bien ájeno de pensar en nada de esto; mi tío <br/>solo absorbía mi mente por completo. Hallábase arrellanado en su gran butacón, forrado <br/>de terciopelo de Utrecht, y tenía entre sus manos un libro que contemplaba con profunda <br/>admiracion. <br/>-¡Qué libro! ¡Qué libro! -repetía sin cesar. <br/>Estas exclamaciones recordáronme que el profesor Lidenbrock era también bibliómano <br/>en sus momentos de ocio; si bien no había ningún libro que tuviese valor para él como no <br/>fuese inhallable o, al menos, ilegible. <br/>-¿No ves?  -me dijo-, ¿no ves? Es un inestimable tesoro que he hallado esta mañana <br/>registrando la tienda del judío Hevelius.<br/><br/><br/>Page No 4<br/><br/>-¡Magnífico! -exclamé yo, con entusiasmo fïngido. <br/>En efecto, ¿a qué tanto entusiasmo por un viejo libro en cuarto, cuyas tapas y lomo <br/>parecían forrados de grosero cordobán, y de cuyas amarillentas hojas pendía un <br/>descolorido registro? <br/>Sin embargo, no cesaban las admirativas exclamaciones del enjuto profesor. <br/>-Vamos a ver  -decía, preguntándose y respondiéndose a sí mismo -, ¿es un buen <br/>ejemplar? ¡Sí, magnífico! ¡Y qué encuadernación! ¿Se abre con facilidad? ¡Sí; permanece <br/>abierto por cualquier página que se le deje! Pero, ¿se cierra bien? ¡Sí, porque las cubiertas <br/>y las hojas forman un todo bien unido, sin separarse ni abrirse por ninguna parte! ¡Y este <br/>lomo que se mantiene ileso después de setecientos años de existencia! ¡Ah! ¡he aquí una <br/>encuadernación capaz de envanecer a Bozerian, a Closs y aun hasta al mismo Purgold. <br/>Al expresarse de esta suerte, abría y cerraba mi tío el feo y repugnante libraco; y yo, por <br/>pura fórmula, pues no me interesaba lo más mínimo: <br/>-.¿Cuál es el título de ese maravilloso volumen?  -preguntéle con un entusiasmo <br/>demasiado exagerado para que no fuese fingido. <br/>-¡Esta obra  -respondió mi tío animándose- es el Heimskringla, de Snorri Sturluson, el <br/>famoso autor islandés del siglo XII! ¡Es la crónica de los príncipes noruegos que reinaron <br/>en Islandia! <br/>-¡De veras!  -exclamé yo, afectando un gran asombro -; ¿será, sin duda,  alguna <br/>traducción alemana? <br/>-¡Una traducción! -respondió el profesor indignado-. ¿Y qué habría de hacer yo con una <br/>traducción? ¡Para traducciones estamos! Es la obra original, en islandés, ese magnífïco <br/>idioma, sencillo y rico a la vez, que autoriza las m ás variadas com binaciones <br/>gramaticales y numerosas modificaciones de palabras. <br/>-Como el alemán -insinué yo con acierto. <br/>-Sí  -respondió mi tío, encogiéndose de hombros-; pero con la diferencia de que la <br/>lengua islandesa admite, como el griego, los tres gé neros y declina los nombres propios <br/>como el latín. <br/>-¡Ah! -exclamé yo con la curiosidad un tanto estimulada-, ¿y es bella la impresión? <br/>-¡Impresión! ¿Pero cómo se te ocurre hablar de impresión, desdichado Axel? ¡Bueno <br/>fuera! ¿Pero es que crees por ventura  que se trata de un libro impreso? Se trata de un <br/>manuscrito, ignorante, ¡y de un manuscrito rúnico nada menos! <br/>-¿Rúnico? <br/>-¡Sí! ¿Vas a decirme ahora que te explique lo que es esto? <br/>-Me guardaría bien de ello -repliqué, con el acento de un hombre ofendido en su amor <br/>propio. <br/>Pero, quieras que no, enseñóme mi tío cosas que no me interesaban lo más mínimo. <br/>-Las runas -prosiguieran unos caracteres de escritura usada en otro tiempo en Islandia, <br/>y, según la tradición, fueron inventados por el mismo Odín. Pero, ¿qué haces, impío, que <br/>no admiras estos caracteres salidos de la mente excelsa de un dios? <br/>Sin saber qué responder, iba ya a prosternarme, género de respuesta que debe agradar a <br/>los dioses tanto como a los reyes, porque tiene la ventaja de no ponerles en el <br/>comproiniso de tener que replicar, cuando un incidente imprevisto vino a dar a la con -<br/>versación otro giro. <br/>Fue éste la aparición de un pergamino grasiento que, deslizándose de entre las hojas del <br/>libro, cayó al suelo.<br/><br/><br/>Page No 5<br/><br/>Mi tío se apresuró a <br/>recogerlo con in decible <br/>avidez. Un anti guo <br/>documento, encerrado tal vez <br/>desde tiempo inmemorial den-<br/>tro de un libro viejo, no podía <br/>menos de tener para él un <br/>elevadísiino valor. <br/>-¿,Qué es esto? -exclamó emocionado. <br/>Y al mismo tiempo desplegaba cuidadosamcnte sobre la mesa un trozo de pergamino de <br/>unas cinco pulgadas de largo por tres de ancho, en el que había trazados, en líneas <br/>transversales, unos caractcres mágicos. <br/>He aquí su facsímile exacto. Quiero dar a conocer al lector tan extravagantes signos, <br/>por haber sido ell os los que impulsaron al profesor Lidenbrock y a su sobrino a <br/>emprender la expedición más extraña del siglo XIX: <br/>  <br/>El profesor examinó atentamente, durante algunos instantes, esta serie de garabatos, y <br/>al fin dijo quitándose las gafas: <br/>-Estos caracteres son rúnicos, no me cabe dudá alguna; son exactamente iguales a los <br/>del manuscrito de Snorri Sturluson. Pero... ¿qué significan? <br/>Como las runas me parecían una invención de los sabios para embaucar a los <br/>ignorantes, no sentí que no lo entendiese mi tío. Así, al menos, me lo hizo suponer el <br/>temblor de sus dedos que comenzó a agitar de una manera convulsa. <br/>-Sin embargo, es islandés antiguo -murmuraba entre dientes. <br/>El profesor Lidenbrock tenía más razón que nadie p ara saberlo; porque, si bien no <br/>poseía correctamente las dos mil lenguas y los cuatro mil dialectos que se hablan en la <br/>superficie del globo. hablaba muchos de ellos y pasaba por ser un verdadero políglota. <br/>Al dar con esta dificultad, iba a dejarse llevar de su carácter violento, y ya veía yo venir <br/>una escena desagradable, cuando dieron las dos en el reloj de la chimenea. <br/>En aquel mismo rnomento, abrió Marta la puerta del despacho, diciendo: <br/>-La sopa está servida. <br/>-¡El diablo cargue con la sopa -exclamó furibundo mi tío-, y con la que la ha hecho y <br/>con los que se la coman! <br/>Maria se marchó asustada; yo salí detrás de ella, y, sin explicarme cómo, me encontré <br/>sentado a la mesa, en mi sitio de costu mbre. <br/>Esperé algunos instantes sin que el profesor viniera. Era la primera vez, que yo sepa, <br/>que faltaba a la solemnidad de la comida. ¡Y qué comida, Dios mío! Sopas de perejil, <br/>tortilla de jamón con acederas y nuez moscada, solomillo de ternera con compota de <br/>ciruelas, y, de postre, langostinos en dulce, y todo  abundantemente regado con exquisito <br/>vino del Mosa. <br/>He aquí la apetitosa comida que se perdió mi tío por un viejo papelucho. Yo, a fuer de <br/>buen sobrino, me creí en el deber de comer por los dos, y atraquéme de un modo <br/>asombroso. <br/>-¡No he visto en los días de  mi vida una cosa semejante!  -decía la buena Marta, <br/>rnientras me servía la comida. ¡Es la prirnera vez que el señor Lidenbrock falta a la mesa!<br/><br/><br/>Page No 6<br/><br/>-No se concibe, en efecto. <br/>-Esto parece presagio de un grave acontecimiento  -añadió la vieja criada, sacudiendo <br/>sentenciosamente la cabeza. <br/>Pero, a mi modo de ver, aquello lo que presagiaba era un escándalo horrible que iba a <br/>promover mi tío tan pronto se percatase de que había devorado su ración. <br/>Me estaba yo comiendo el último langostino, cuando una voz estentórea me hizo volver <br/>a la realidad de la vida, y, de un salto, trasladéme del comedor al despacho. <br/>  <br/>III <br/>-Se trata sin duda alguna de un escrito numérico decía el profesor, frunciendo el <br/>entrecejo. Pero existe un secreto que tengo que descubrir, porque de lo contrario... <br/>Un gesto de iracundia terminó su pensamiento. <br/>-Siéntate ahí, y escribe añadió indicándome la mesa con el puño. <br/>Obedecí con presteza. <br/>-Ahora voy a dictarte las letras de nuestro alfabeto que corresponden a cada uno de <br/>estos caracteres islandeses. Veremos lo que nesulta. ¡Pero, por los clavos de Cristo, cuida <br/>de no equivocarte! <br/>Él empezó a dictarme y yo a escribir las letras, unas a con tinuación de las otras, <br/>formando todas juntas la incomprensible sucesión de palabras siguientes: <br/>mm.rnlls   esreuel   seecJde  <br/>sgtssmf   unteief    niedrke <br/>kt,samn  atrateS   Saodrrn <br/>erntnael  nuaect    rrilSa <br/>Atvaar  .nxcrc    ieaabs <br/>Ccdrmi  eeutul     frantu <br/>dt,iac   oseibo    kediiY <br/>Una vez terminado este trabajo arrebatóme vivamente mi tío el papel que acababa de <br/>escribir, y lo examinó atentamente durante bastante tiempo. <br/>-¿Qué quiere decir esto? -repetía maquinalmente. <br/>No era yo ciertamente quien hubiera podido explicárselo, pero esta pregunta no iba <br/>dirigida a mí, y por eso prosiguió sin detenerse: <br/>-Esto es lo que se llama un criptograma, en el cual el sentido se halla oculto bájo letras <br/>alteradas de intento, y que, com binadas de un modo conveniente, formarían una frase <br/>inteligible. ¡Y pensar que estos caracteres ocultan tal vez la explicación, o la indicación, <br/>cuando menos, de un gran descubrimiento! <br/>En mi concepto, aquello nada ocultaba; pero me guardé muy bien de exteriorizar mi <br/>opinión. <br/>El profesor tomó entonces el libro y el pergamino, y lo comparó uno con otro. <br/>-Estos dos manuscritos no están hechos por la misma man o  -dijo-; el criptograma es <br/>posterior al libro, tengo de ello la evidencia. En efecto, la primera letra es una doble M <br/>que en vano buscaríamos en el libro de Sturluson, porque no fué incorporada al alfabeto <br/>islandés hasta el siglo XIV. Por consiguiente, entre el documento y el libro median por la <br/>parte más corta dos siglos.<br/><br/><br/>Page No 7<br/><br/>Esto parecióme muy lógico; no trataré de ocultarlo. <br/>-Me inclino, pues, a pensar  -prosiguió mi tío-, que alguno de los poseedores de este <br/>libro trazó los misteriosos caracteres. Pero, ¿quién demonios sería? ¿No habría escrito su <br/>nombre en algún sitio? <br/>Mi tío levantóse las gafas, tomó una poderosa lente y pasó minuciosa revista a las <br/>primeras páginas del libro. Al dorso de la segunda, que hacía de anteportada, descubrió <br/>una especie de mancha, que parecía un borrón de tinta; pero, examinada de cerca. <br/>distinguíanse en ella algunos caracteres borrosos. Mi tío comprendió que allí estaba la <br/>clave del secreto, y ayudado de su lente, trabajó con tesón hasta que logró distinguir los <br/>caracteres únicos que a continuación transcribo, los cuales leyó de corrido: <br/>-¡Ame Saknussemm! -gritó en son de triunfo- ¡es un nombre! ¡Un nombre islandés, por <br/>más señas! ¡El de un sabio del siglo XVI! ¡El de un alquimista célebre! <br/>Miré a mi tío con cierta admiración. <br/>-Estos alquimistas -prosiguió-, Avicena, Bacán, Lulio, Paracelso, eran los verdaderos, <br/>los únicos sabios de su época. Hicieron descubrimientos realmente asombrosos. ¿Quién <br/>nos dice que este Saknussemm no ha ocultado bajo este ininteligible criptograma alguna <br/>sorprendente invención? Tengo la seguridad de que así es. <br/>Y la viva imaginación del catedrático exaltóse ante esta idea. <br/>-Sin duda -me atreví a responder-; pero, ¿qué interés podía tener este sabio en ocultar <br/>de ese modo su maravilloso descubrimiento? <br/>-¿Qué interés? ¿Lo sé yo acaso? ¿No hizo Galileo otro tanto cuando descubrió a <br/>Saturno? Pero no tardaremos en saberlo, pues no he de darme reposo, ni he de ingerir <br/>alimento, ni he de cerrar los párpados en tanto no arranque el secret o que encierra este <br/>documento. <br/>“Dios nos asistá” -pensé para mi capote. <br/>-Ni tú tampoco, Axcel -añadió. <br/>-Menos mal -pensé yo-, que he comido ración doble. <br/>-Y además  -prosiguió mi tío-, es preciso averiguar en qué lengua está escrito el <br/>jeroglífico. Esto no será difícil. <br/>Al oír estas palabras, levanté vivamente la cabeza. Mi tío prosiguió su soliloquio. <br/>-No hay nada más sencilio. Contiene este documento ciento treinta y dos letras, de las <br/>cuales, 53 son vocales, y 79, conso nantes. Ahora bien, esta es la proporción que, poco <br/>más o menos, se observa en las palabras de las lenguas meridionales, en tanto que los <br/>idiomas del Norte son infïnitamente más ricos en conso nantes. Se trata, pues, de una <br/>lengua meridional. <br/>La conclusión no podía ser más justa y atinada. <br/>-Pero, ¿cuál es esta lengua? <br/>Aquí era donde yo esperaba ver vacilar a mi sabio. a pesar de reconocer que era un <br/>profundo analizador. <br/>-Saknussemm era un hombre instruido -prosiguió-, y, al no escribir en su lengua nativa, <br/>es de suponer que eligiera pre ferentemente el idioma que estaba en boga entre los <br/>espíritus cultos del siglo XVI, es decir, el latín. Si me engaño, recurriré al español, al<br/><br/><br/>Page No 8<br/><br/>francés, al italiano, al griego o al hebreo. Pero los sabios del siglo mentado escribían. por <br/>lo general, en latín. Puedo, pues, con fundamento, asegurar a priori que esto está escrito <br/>en latín. <br/>Yo di un salto en la silla. Mis recuerdos de latinista se sublevaron contra la suposición <br/>de que aquella serie de pala bras estrambóticas pudiesen pertenecer a la dulce lengua de <br/>Virgilio. <br/>-Sí. latín -prosiguió mi tío-; pero un latín confuso. <br/>“En hora buena” pensé; “si logras ponerlo en claro, te acreditarás de listo”. <br/>-Examinémoslo bien -añadió, cogiendo nuevamente la hoja que yo había escrito-. He <br/>aquí una serie de ciento tr einta y dos letras que ante nuestros ojos preséntanse en un <br/>aparente desorden. Hay palabras. como la primera,  mm.rnlls, en que sólo entran <br/>consonantes; otras, por el contrario, en que abundan las vocales: la quinta. por ejemplo, <br/>unteief o la penúltima,  oseibo. Evidentemente, esta disposición no ha sido combinada. <br/>sino que resulta matemáticamente de la razón desconocida que ha presidido la sucesión <br/>de las letras. Me parece indudable que la frase pri mitiva fué escrita regularmente, y <br/>alterada después con arreglo a una ley que es preciso descubrir. El que poseyera la clave <br/>de este enigma lo leería de corrido. Pero, ¿cuál es esta clave, Axel? ¿La tienes por <br/>ventura? <br/>Nada contesté a esta pregunta, por una sencilla razón: mis ojos se hallaban fïjos en un <br/>adorable retrato colgado de la pared: el retrato de Graüben. La pupila de mi tío se <br/>encontraba a la sazón en Altona, en casa de un pariente suyo, y su ausencia me tenía muy <br/>triste; porque, ahora ya puedo confesarlo, la bella curlandesa y el sobrino del catedrático <br/>se amaban con toda la paciencia y toda la flema alemanas. Nos habíamos dado palabra de <br/>casamiento sin que se enterase mi tío, demasiado geólogo para comprender semejantes <br/>sentimientos. Era Graüben una encantadora muchacha, rubia, de ójos azules, de carácter <br/>algo grave y espíritu algo serio; mas no por eso me amaba menos. Por lo que a mí <br/>respecta, la adoraba, si es que este verbo existe en lengua tudesca. La imagen de mi linda <br/>curlandesa transportóse en un momento del mundo de las realidades a la región d e los <br/>recuerdos y ensueños. <br/>Volvía a ver a la fiel compañera de mis tareas y placeres; a la que todos los días me <br/>ayudaba a ordenar los pedruscos de mi tío, y los rotulaba conmigo. Graüben era muy <br/>entendida en materia de mineralogía, y le gustaba profundizar las más arduas cuestiones <br/>de la ciencia. ¡Cuán dulces horas habíamos pasado estu diando los dos juntos, y con <br/>cuánta frecuencia había envidiado la suerte de aquellos insensibles minerales que <br/>acariciaba ella con sus delicadas manos! <br/>En las horas de de scanso, salíamos los dos de paseo por las frondosas alamedas del <br/>Alster, y nos íbamos al antiguo molino alquitranado que tan buen efecto produce en la <br/>extremidad del lago. Caminábamos cogidos de la mano, refïriéndole yo historietas que <br/>provocaban su risa, y llegábamos de este modo hasta las orillas del Elba; y, después de <br/>despedirnos de los cisnes que nadaban entre los grandes nenúfares blancos, volvíamos en <br/>un vaporcito al desemharcadero. <br/>Aquí había llegado en mis sueños, cuando mi tío, descargando sobre la mesa un terrible <br/>puñetazo, volvióme a la realidad de una manera violenta. <br/>-Veamos -dijo-: la primera idea que a cualquiera se le debe ocurrir para descifrar las <br/>letras de una frase, se me antója que debe ser el escribir verticalmente las palabras. <br/>-No va descaminado -pensé yo.<br/><br/><br/>Page No 9<br/><br/>-Es preciso ver el efecto que se obtiene de este procedi miento. Axel, escribe en ese <br/>papel una frase cualquiera; pero, en vez de disponer las letras unas a continuación de <br/>otras, colócalas de arriba abájo, agrupadas de modo que formen cuatro o cinco columnas <br/>verticales. <br/>Comprendí su intención y escribí inmediatamente: <br/>T  o   b  i   a   ü  <br/>e   r   e  s  G   b <br/>a   o   l   i   r   e  <br/>d   ,    l   m a  n <br/>-Bien -dijo el profesor, sin leer lo que yo había escrito-; dispón ahora esas palabras en <br/>una línea horizontal. Obedecí y obtuve la frase siguiente: <br/>  <br/>Toblaü   eresGb   aolire   d,lnian <br/>-¡Perfectamente! -exclamó mi tío, arrebatándome el papel de las manos-; este escrito ya <br/>ha adquirido la fisonomía del viejo documento; las vocales se en cuentran agrupadas, lo <br/>mismo que las consonantes, en el mayor desorden; hay hasta una mayúscula y una coma <br/>en medio de las palabras, exactamente igual que en el pergamino de Saknussemm. <br/>Debo de confesar que estas observaciones pareciéronme en extremo ingeniosas. <br/>-Ahora bien -prosiguió mi tío, dirigiéndose a mí directamente-, para leer la frase que <br/>acabas de escribir y que yo desconozco, me bastará tomar sucesivamente la primera letra <br/>de cada palabra, después la segunda, en seguida la tercera, y así sucesivamente. <br/>Y mi tío. con gran sorpresa suya, y sobre todo mía, leyó: <br/>  <br/>Te: adoro, bellísima Graiiben. <br/>-¿Qué significa esto?--exclamó el profesor. <br/>Sin darme cuenta de ello, había cometido la imperdonable torpeza de escribir una frase <br/>tan comprometedora. <br/>-¡Conque amas a Graüben! ¿eh? -prosiguió mi tío con acento de verdadero tutor. <br/>-Sí... No.. -balbucí desconcertado. <br/>-¡De manera que amas a Graiihen  -prosiguió maquinalmente-. Bueno, dejemos esto <br/>ahora y apliquemos mi procedimiento al documento en cuestión. <br/>-Abismado nuevamente mi tío en su absorbente contemplación, olvidó de momento mis <br/>imprudentes palabras. Y digo imprudentes, porque la cabeza del sabio no podía <br/>comprender las cosas del corazón. Pero, afortunadamente, la cuestión del docu mento <br/>absorbió por completo su espíritu. <br/>En el instante de realizar su experiments decisivo, los ojos del profesor Lidenbrock <br/>lanzaban chispas a través de sus gafas; sus dedos temblaban al coger otra vez el viejo <br/>pergamino; estaba emocionado de veras. Por último. tosió fuertemente, y con voz grave y <br/>solemne, nombrando una tras otra la primera letra de cada palabra, a continuación la <br/>segunda, y así todas las demás. dictóme la serie siguiente: <br/>  <br/>mmessunkaSenrA.icefdoK.segnittamurtn<br/><br/><br/>Page No 10<br/><br/>ecertswrrette, rotaivxadua,ednecsedsadne <br/>IacartniiiluJsitatracSarbmutabiledmeili <br/>meretarcsilucoYsleffenSnl <br/>Confieso que, al terminar, hallábame emocionado. Aquellas letras, pronunciadas una a <br/>una, no tenían ningún sentido, y esperé a que el profesor dejase escapar de sus labios <br/>alguna pomposa frase latina. <br/>Pero, ¡quién lo hubiera dicho! Un violento puñetazo hizo vacilar la mesa; saltó la tinta y <br/>la pluma se me cayó de las manos. <br/>-Esto no puede ser-exclamó mi tío, frenético-; ¡esto no tiene sentido común! <br/>Y, atravesando el despacho como un proyectil y bajando la escalera lo mismo que un <br/>alud, engolfóse en la König-strasse, y huyó a todo correr. <br/>  <br/>IV <br/>-¿Se ha marchado? -preguntó Marta, acudiendo presurosa al oír el ruido del portazo que <br/>hizo retemblar la casa. <br/>-Sí-respondí-, se ha marchado. <br/>-¿Y su comida? <br/>-No comerá hoy en casa. <br/>-¿Y su cena? <br/>-No cenará tampoco. <br/>-¿Qué me dice usted, señor Axel? <br/>-No, María: ni él ni nosotros volveremos a comer. Mí tío Lidenbrock ha resuelto <br/>ponernos a dieta hasta que haya desci frado un antiguo pergamino, lleno de garrapatas, <br/>que, a mi modo de ver, es del todo indescifrable. <br/>-¡Pobres de nosotros, entonces! ¡Vamos a perecer de inanición! <br/>No me atreví a confesarle que, dada la testarudez de mi tío, esa era, en efecto, la suerte <br/>que a todos nos esperaba. <br/>La crédula sirvienta, regresó a su cocina sollozando. <br/>Cuando me quedé solo, ocurrióseme la idea de írselo a con tar todo a Graüben; mas, <br/>¿cómo salir de casa? ¿Y si mi tío vol vía y me llamaba, con objeto de reanudar aquel <br/>trabajo logogrífico capaz de volver loco al viejo Egipt o? ¿Qué sucedería si yo no le <br/>contestaba? <br/>Parecióme lo más prudente quedarme. Precisamente, daba la casualidad de que un <br/>mineralogista de Besanzón acababa de remitirnos una colección de geodas silíceas que <br/>era preciso clasificar. Puse manos a la obra, y escogí, rotulé y coloqué en su vitrina todas <br/>aquellas piedras huecas en cuyo interior se agitaban pequeños cristales. <br/>Pero en lo que menos pensaba era en lo que estaba haciendo: el viejo documento no se <br/>apartaba de mi mente. La cabeza me daba vueltas y sentíame sobrecogido por una vaga <br/>inquietud. Presentía una inminente catástrofe. <br/>Al cabo de una hora, las geodas estaban colocadas en su debido orden, y me dejé caer <br/>sobre la butaca de terciopelo de Utrecht, con los brazos colgando y la cabeza apoyada en <br/>el r espaldo. Encendí mi larga pipa de espuma, que representaba una náyade <br/>voluptuosamente recostada, y me entretuve después en observar cómo el humo iba <br/>ennegreciendo mi ninfa de un modo paulatino. De vez en cuando escuchaba para <br/>cerciorarme de si se oían pas os en la escalera, siempre con resultado negativo. ¿Dónde<br/><br/><br/>Page No 11<br/><br/>estaría mi tío? Me lo imaginaba corriendo bájo los fron dosos árboles de la calzada de <br/>Altona, gesticulando, golpeando las tapias con su pesado bastón, pisoteando las hierbas, <br/>decapitando los cardos a interrumpiendo el reposo de las solitarias cigueñas. <br/>¿Volvería victorioso o derrotado? ¿Triunfaría del secreto o sería éste más poderoso que <br/>él? <br/>Y mientras me dirigía a mí mismo estas preguntas, cogí maquinalmente la hoja de papel <br/>en la cual se hallaba  escrita la incomprensible serie de letras trazadas por mi mano, <br/>diciéndome varias veces: <br/>-¿Qué signifïca esto? <br/>Traté de agrupar las letras de manera que formasen palabras; pero en vano. Era inútil <br/>reunirlas de dos, de tres, de cinco o de seis: de ninguna  manera resultaban inteligibles. <br/>Sin embargo, noté que las letras decimocuarta, decimoquinta y decimosexta formaban la <br/>palabra inglesa ice, y las vigesimocuarta, vigésimo quinta y vigesimosexta la voz  sir <br/>perteneciente al mismo idioma. Por último, en el cuerpo del documento y en las líneas <br/>segunda y tercera, leí también las palabras latinas rota, rnutabile, ira. nec y atra. <br/>¡Demonio! -pensé entonces-. estas últimas palabras parecen dar la razón a mi tío acerca <br/>de la lengua en que está redactado el documento. Además, en la cuarta línea veo también <br/>la voz luco que quiere decir bosque sagrado. Sin embargo, en la tercera se lee la palabra <br/>tabiled, de estructura perfectamente hebrea, y en la última  mer, arc  y mere que son <br/>netamente francesas. <br/>¡Aquello era para volverse loco! ¡Cuatro idiomas diversos en una frase absurda! ¿Qué <br/>relación podía existir entre las pala bras hielo. señor cólera, cruel, bosque sagrado, <br/>mudable, madre, arco y mar? Sólo la primera y la última podían coordinarse fácilmente, <br/>pues nada tenía de extraño que en un docu mento redactado en Islandia se hablase de un <br/>rnar de hielo. Pero esto no bastaba, ni con mucho, para comprender el criptograma. <br/>Luchaba, pues, contra una dificultad insuperable; mi cerebro echaba fuego, mi vista se <br/>obscurecía de tanto mirar el papel; las ciento treinta y dos letras parecían revolotear en <br/>torno mío como esas lágrimas de plata que vemos moverse en el aire alrededor de nuestra <br/>cabeza cuando se nos agolpa en ella la sangre. <br/>Era víctima de una especie de alucinación; me asfixiaba; sentía necesidad de aire puro. <br/>Instintivamente, abaniquéme con la hoja de papel. cuyo anverso y reverso presentábanse <br/>de este modo alternativamente a mi vista. <br/>Júzguese mi sorpresa cuando, en una de estas rápidas vueltas, en el momento de quedar <br/>el reverso ante mis ojos, creí ver aparecer palabras perfectamente latinas, como craterem <br/>y terrestre entre otras. <br/>Súbitamente hízose la claridad en mi espíritu: acababa de descubrir la clave del enigma. <br/>Para leer el documento no era ni siquiera pr eciso mirarlo al trasluz con hoja vuelta del <br/>revés. No. Podía leerse de corrido tal como me había sido dictado. Todas las ingeniosas <br/>suposiciones del profesor se realizaban; había acertado la disposición de las letras y la <br/>lengua en que estaba redactado el documento. Había faltado poco para que mi tío pudiese <br/>leer de cabo a rabo aquella frase latina, y este poco rne lo acababa de revelar a mí la <br/>casualidad. <br/>No es difícil imaginar mi emoción. Mis ojos se turbaron y no podía servirme de ellos. <br/>Extendí la hoja de papel sobre la mesa y sólo me faltaba fijar la mirada en ella para <br/>poseer el secreto.<br/><br/><br/>Page No 12<br/><br/>Por fin logré calmar mi agitación. Resolví dar dos vueltas alrededor de la estancia para <br/>apaciguar mis nervios, y me arrellané después en el amplio butacón. <br/>“Leamos” me dije en seguida, después de haber hecho una buena provisión de aire en <br/>mis pulmones. <br/>Inclinéme sobre la mesa, puse un dedo sucesivamente sobre cada letra, y, sin titubear, <br/>sin detenerme un momento, pronuncié en alta voz la frase entera. ¡Qué inmensa <br/>estupefacción y terror se apoderaron de mí! Quedé al principio como herido por un rayo. <br/>¡Cómo! ¡Lo que yo acababa de leer habíase efectuado! Un hombre había tenido la <br/>suficiente audacia para penetrar... <br/>-¡Ah! -exclamé dando un brinco-; no, no; ¡mi tío jamás lo sabrá! ¡No faltaría más sino <br/>que tuviese noticia de semejante viaje! En seguida querría repetirlo sin que nadie lograse <br/>detenerlo. Un geólogo tan exaltado, partiría a pesar de todas las dificultades y obstáculos, <br/>llevándome consigo, y no regresaríamos jamás; ¡pero jamás! <br/>Me encontraba en un estado de sobreexcitación indescriptible. <br/>-No, no; eso no será -dije con energía-; y, puesto que puedo impedir que semejante idea <br/>se le ocuira a mi tirano, lo evitaré a todo trance. Dando vueltas a este documento, podría <br/>acontecer que descubriese la clave de una manera casual. ¡Destruyámoslo! <br/>Quedaban en la chimenea aún rescoldos, y, apoderándome con mano febril no sólo de <br/>la hoja de papel, sino tambión del pergamino de Saknussemm, iba ya a arrojarlo todo al <br/>fuego y a des truir de esta suerte tan peligroso secreto, cuando se abrió la puer ta del <br/>despacho y apareció mi tío en el umbral. <br/>  <br/>V <br/>Apenas me dió tiempo de dejar otra vez sobre la mesa el malhallado documento. <br/>El profesor Lidenbrock parecía en extremo preocupado. Su pensamiento dominante no <br/>le abandonaba un momento. Había evidentemente escudriñado y analizado el asunto <br/>poniendo en juego, durante su paseo, todos los recursos de su imaginación, y volvía <br/>dispuesto a ensayar alguna combinación nueva. <br/>En efecto, sentóse en su butaca, y. con la pluma en la mano, empezó a escribir ciertas <br/>fórmulas que recordaban los cálculos algebraicos. <br/>Yo seguía con la mirada su mano temblorosa, sin perder ni uno solo de sus <br/>movimientos. ¿Qué resultado imprevisto iba a producirse de pronto? Me estremecía sin <br/>razón, porque una vez encontrada la verdadera, la única combinación, todas las investi-<br/>gaciones debían forzosamente resultar infructuosas. <br/>Trabajó durante tres horas largas sin hablar, sin levantar la cabeza, borrando, volviendo <br/>a escribir, raspando, comenzando de nuevo mil veces. <br/>Bien sabía yo que, si lograba coordinar estas letras de suer te que ocupasen todas las <br/>posiciones relativas posibles, acabaría por encontrar la frase. Pero no ignoraba tampoco <br/>que con sólo veinte letras se pueden formar dos quinquillones, cuatrocientos treinta y dos <br/>cuatrillones, novecientos dos trillones, ocho mil ciento setenta y seis millones, seiscientas <br/>cuarenta mil combinaciones. <br/>Ahora bien, como el documento constaba de ciento treinta y dos letras, y el número que <br/>expresa el de frases distintas compuesta de ciento treinta y tres letras, tiene, por la parte <br/>más corta, ciento treinta y tres cifras, cantidad que no puede enunciarse ni aun concebirse <br/>siquiera, tenía la seguridad de que, por este método, no resolvería el problema.<br/><br/><br/>Page No 13<br/><br/>Entretanto, el tiempo pasaba, la noche se echó encima y cesaron los ruidos de la calle; <br/>mas mi tío, abismado por completo en su tarea, no veía ni entendía absolutamente nada, <br/>ni aun siquiera a la buena Marta que entreabrió la puerta y dijo: <br/>-¿Cenará esta noche el señor? <br/>Marta tuvo que marcharse sin obtener ninguna respuesta. Por lo que respecta a mí, <br/>después de resistir durante mucho tiempo, sentíme acometido por un sueño invencible, y <br/>dormime en un extremo del sofá, mientras mi tío proseguía sus complicados cálculos. <br/>Cuando me desperté al día siguiente, el infatigable peón trabajaba todavía. Sus ojos <br/>enrójecidos, su tez pálida, sus cabellos desordenados por sus dedos febriles, sus pómulos <br/>amoratados delataban bien a las claras la lucha desesperada que contra lo imposible había <br/>sostenido, y las fatigas de espíritu y la con tención cerebral que, durante muchas horas, <br/>había experimentado. <br/>Si he de decir la verdad, inspiróme compasión. A pesar de los numerosos motivos de <br/>queja que creía tener contra él, sentíme conmovido. Hallábase el infeliz tan absorbido por <br/>su idea, que ni de encolerizarse se acordaba. Todas sus fuerzas vivas hallábanse <br/>reconcentradas en un solo punto, y como no hallaban salida por su evacuatorio ordinario, <br/>era muy de temer que su extraordinaria tensión le hiciese estallar de un momento a otro. <br/>Yo podía con un solo gesto aflojar el férreo tornillo que le comprimía el cráneo. Una <br/>sola palabra habría bastado, ¡y no quise pronunciarla! <br/>Hallándome dotado de un corazón bondadoso, ¿por qué callaba en tales circunstancias? <br/>Callaba en su propio interés. <br/>“No, no” repetía en mi interior; “no hablaré”. Le conozco muy bien: se empeñaría en <br/>repetir la excursión sin que nada ni nadie pudiese detenerle. Posee una imaginaci ón <br/>ardorosa, y, por hacer lo que otros geólogos no han hecho, sería capaz de arries gar su <br/>propia vida. Callaré, por consiguiente; guardaré eterna mente el secreto de que la <br/>casualidad me ha hecho dueño; reve lárselo a él sería ocasionarle la muerte. Que l o <br/>adivine si puede; no quiero el día de mañana tener que reprocharme el haber sido causa <br/>de su perdición. <br/>Una vez adoptada esta resolución, aguardé cruzado de brazos. Pero no había contado <br/>con un incidence que hubo de sobrevenir algunas horas después. <br/>Cuando Marta trató de salir de casa para trasladarse al mer cado, encontró la puerta <br/>cerrada y la llave no estaba en la cerra dura. ¿Quién la había quitado?; evidentemente mi <br/>tío al regresar de su precipitada excursión. <br/>¿Lo había hecho por descuido o con del iberada intención? ¿Quería someternos a los <br/>rigores del hambre? Esto me parecía un poco fuerte. ¿Por qué razón habíamos de ser <br/>Marta y yo víctimas de una situación que no habíamos creado? Entonces me acordé de un <br/>precedente que me llenó de terror. Algunos años atrás, en la época en que trabajaba mi tío <br/>en su gran clasificación mineralógica, permaneció sin comer cuarenta y ocho horas y toda <br/>su familia tuvo que soportar esta dieta científica. Me acuerdo que en aquella ocasión sufrí <br/>dolores de estómago que nada tenían de agradables para un joven dotado de un devorador <br/>apetito. <br/>Parecióme que nos íbamos a quedar sin almuerzo, como la noche anterior nos habíamos <br/>quedado sin cena. Sin embargo, me armé de valor y resolví no ceder ante las exigencias <br/>del hambre. Marta, en cambio, se lo tomó muy en serio y se desesperaba la pobre. Por lo <br/>que a mí respecta, la imposibilidad de salir de casa preocupábame mucho más que la falta <br/>de comida, por razones que el lector adivinará fácilmente.<br/><br/><br/>Page No 14<br/><br/>Mi tío trabajaba sin cesar; su imag inación se perdía en un dédalo de combinaciones. <br/>Vivía fuera del mundo y verdaderamente apartado de las necesidades terrenas. <br/>A eso del mediodía, el hambre me aguijoneó seriamente. Marta, como quien no quiere <br/>la cosa, había devorado la víspera las provisiones encerradas en la despensa; no quedaba, <br/>pues, nada en casa. Sin embargo, el pundonor me hizo aceptar la situación sin protestas. <br/>Por fin sonaron las dos. Aquello se iba haciendo ridículamente intolerable, y empecé a <br/>abrir los ojos a la realidad. Pensé que yo exageraba la importancia del documento; que mi <br/>tío no le daría crédito: que sólo vería en él una farsa; que, en el caso más desfavorable, <br/>lograríamos detenerle a su pesar; y, en fin, que era posible diese él mismo con la clave <br/>del enigma, resul tando en este caso infructuosos los sacrificios que suponía mi <br/>abstinencia. <br/>Estas razones, que con indignación hubiera rechazado la víspera, pareciéronme <br/>entonces excelentes; llegué hasta juzgar un absurdo el haber aguardado tanto tiempo, y <br/>resolví decir cuanto sabía. <br/>Andaba, pues, buscando la manera de entablar conversa ción, cuando se levantó el <br/>catedrático, calóse su sombrero y se dispuso a salir. <br/>¡Horror! ¡Marcharse de casa y dejarnos encerrados en ella...! ¡Eso nunca! <br/>-Tío -le dije de pronto. <br/>Pero él pareció no haberme oído. <br/>-Tío Lidenbrock -repetí, levantando la voz. <br/>-¿Eh? -respondió él como el que se despierta de súbito.  <br/>-¿Qué tenemos de la llave? <br/>-¿Qué llave? ¿La de la puerta? <br/>-No, no; la del documento. <br/>El profesor miróme por encima de las gafas y debió observar sin duda algo extraño en <br/>mi fisonomía, pues me asió enérgicamente del brazo, y, sin poder hablar, me interrogó <br/>con la mirada. <br/>Sin embargo, jamás pregunta alguna fue formulada en el mundo de un modo tan <br/>expresivo. <br/>Yo movía la cabeza de arriba abajo. <br/>Él sacudía la suya con una especié de conmiseración, cual si estuviese hablando con un <br/>desequilibrado. <br/>Yo entonces hice un gesto más afirmativo aún. <br/>Sus ojos brillaron con extraordinario fulgor y adoptó una actitud agresiva. <br/>Este mudo diálogo, en aq uellas circunstancias, hubiera interesado al más indiferente <br/>espectador. <br/>Si he de ser franco, no me atrevía a hablar, temeroso de que mi tío me ahogase entre sus <br/>brazos en los primeros transportes de júbilo. Pero me apremió de tal modo, que tuve que <br/>responderle. <br/>-Sí -le dije-, esa clave... la casualidad ha querido... <br/>-¿Qué dices? -exclamó con indescriptible emoción. <br/>-Tome -le dije, alargándole la hója de papel por mí escrita-; lea usted. <br/>-Pero esto no quiere decir nada  -respondió él. estrujando con rabia el papel entre sus <br/>dedos. <br/>-Nada, en efecto, si se empieza a leer por el principio; pero si se comienza por el fin...<br/><br/><br/>Page No 15<br/><br/>No había terminado la frase. cuando el profesor lanzó un grito... ¿Qué digo un grito? <br/>¡Un rugido! Una revelación acababa de hacerse en su cerebro. Estaba transfigurado. <br/>-¡Ah, ingenioso Saknussemm! -exclamó-; ¿con que habías escrito tu frase al revés? <br/>Y cogiendo la hoja de papel, leyó todo el documento. con la vista turbada y la voz <br/>enronquecida de emoción, subiendo desde la última letra hasta la primera. <br/>Se hallaba concehido en estos términos: <br/>  <br/>In Sneffels Yoculis craterem kem delibat <br/>umbra Scartaris Julii intra calendas descende, <br/>audax viator, el terrestre centrum attinges. <br/>Kod feci. Ame Sahnussemm. <br/>Lo cual, se podía traducir así: <br/>Desciende al cráter- del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia antes <br/>de las calendas de Julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la tierra, como he llegado <br/>yo. <br/>Ame Saknussemm. <br/>Al leer esto, pegó mi tío un salto, cual si hubiese recibido de improviso la descarga de <br/>una botella de Leyden. La auda cia, la alegría y la convicción dábanle un aspccto <br/>magnífico. Iba y venía precipitadamente; oprimíase la cabeza entre las manos; echaba a <br/>rodar las sillas; amontonaba los libros: tiraba por alto, aunque en él parezca increíble, sus <br/>inestimables geodas: repartía a diestro y siniestro patadas y puñetazos. Por fin, se <br/>calmaron sus nervios, y, agotadas sus energías, se desplomó en la butaca. <br/>-¿Qué hora es? -preguntórne, después de unos instantes de silencio. <br/>-Las tres -le respondí. <br/>-¡Las tres! ¡Qué atrocidad! Estoy defallecido de hambre. Varnos a comer ahora misrno. <br/>Después... <br/>-¿Después qué...? <br/>-Después me prepararás mi equipaje. <br/>-¿Su equipaje?-exclamé. <br/>-Sí; y el tuyo también -respondió el despiadado catedrático: entrando en el comedor. <br/>  <br/>VI <br/>Al escuchar estas palabras, un terrible escalofrío me recorrió todo el cuerpo. <br/>Contúveme, sin embargo. y resolví ponerle buena cara. Sólo argurnentos científicos <br/>podrían detener al profesor Lidenhrock, y había rnuchos y muy poderosos que oponer a <br/>semejante viaje. ¡Ir al centro de la tierra! ¡Qué locura! Pero rne reservé mi dialéctica para <br/>el momento oportuno, y eso me ocupó toda la cornida. <br/>No hay para qué decir las imprecaciones de mi tío al encon trarse la mesa <br/>completamente vacía. Pero, una vcz explicada la causa, devolvió la libertad a Marta, la <br/>cual corrió presurosa al mercado y desplegó tal actividad y diligencia que. una hora más <br/>tarde, mi apetito se hallaba satisfecho y me di exacta cuenta de la situación.<br/><br/><br/>Page No 16<br/><br/>Durante la comida, dió muestras el profesor de cierta jovia lidad, permitiéndose esos <br/>chistes de sabio, que no encierran peligro jamás; y, terminados los postres, me hizo señas <br/>para que le siguiese a su despacho. <br/>Yo obedecí sin chistar. <br/>Sentóse él a un extrerno de su mesa de escritorio y yo al otro. <br/>-Axel -me dijo, con una amabilidad muy poco frecuente en él -: eres un muchacho <br/>ingenioso: me has prestado un servicio excelente cuando, cansado ya de luchar contra lo <br/>imposible. iba a darme por vencido. No lo olvidaré jamás y participarás de la gloria que <br/>vamos a conquistar. <br/>“Bien” pensé; “se halla de buen humor: éste es el mornento oportuno para discutir esta <br/>gloria”. <br/>-Ante todo -prosiguió mi tío-. te recorniendo el más absoluto secreto, ¿me entiendes? <br/>No faltan envidiosos en el rnundo de los sabios, y hay machos que quisieran emprender <br/>este viaje. del cual, hasta nuestro regreso no tendrán noticia alguna. <br/>-¿Cree usted -le dije- que es tan grande el número de los audaces? <br/>-¡Ya lo creo! ¿Quién vacilaría en conquistar u na fama semejante? Si este documento <br/>llegara a conocerse, un ejército entero de geólogos se precipitaría en pos de las huellas de <br/>Arne Saknussemm. <br/>-No opino yo lo mismo. tío, pues nada prueba la autenticidad de ese documento. <br/>-¡Qué dices! Pues, ¿y el libro en que lo hemos encontrado? <br/>-¡Bien: no niego que el mismo Saknussernm pueda haber escrito esas líneas; pero. <br/>¿hemos de creer por eso que él en per sona haya realizado el viaje'? ¿No puede ser ese <br/>viejo pergarnino una superchería? <br/>Arrepentíme, ya tarde, de haber aventurado esta última palabra; frunció el profesor su <br/>poblado entrecejo, y creí que había malogrado el éxito que esperaba obtener de aquella <br/>conversación. No fué así, por fortuna. Esbozóse una especie de sonrisa en sus delgados <br/>labios, y me respondió: <br/>-Eso ya lo verernos. <br/>-Bien -dije algo molesto-; pero permítame formular una serie de objeciones relativas a <br/>ese documento. <br/>-Habla, hijo mío. no me opongo. Te permito que expongas tu opinión con entera <br/>libertad. Ya no eres mi sobrino. Sino un colega. Habla, pues. <br/>-Ante todo, le agradeceré que me diga qué quieren decir ese Yocul, ese Sneffels y ese <br/>Scartars, de los que nunca oí hablar en los días de mi vida. <br/>-Pues, nada rnás sencillo. Precisamente recibí, no hace mucho, una carta de mi amigo <br/>Paterman, de Leipzig, que no ha podido llegar en fecha rnás oportuna. Ve, y coge el <br/>tercer atlas del segundo estante de la librería grande, serie Z, tabla 4. <br/>Levantéme, y, gracias a la gran precisión de sus indicaciones, di con el atlas en seguida. <br/>Abriólo mi tío y dijo: <br/>-He aquí el mapa de Handerson, uno de los mejores de Islandia, el cual creo que nos va <br/>a resolver todas las dificultades. <br/>Yo me incliné sobre el mapa. <br/>-Fíjate en esta isla llena toda de volcánes -me dijo el profesor-, y observa que todos <br/>llevan el nombre de Yocuj, palabra que significa en islandés  ventisquero. Debido a la<br/><br/><br/>Page No 17<br/><br/>elevada latitud que ocupa Islandia, la mayoría de las erupciones verificanse a través de <br/>las capas de hielo, siendo ésta la causa de que se aplique el nombre de Yocul a todos los <br/>montes ignívomos de la isla. <br/>-Conformes -respondí yo-, mas, ¿qué significa Sneffels? <br/>Creí que a esta pregunta no sabría qué responderme mi tío: pero me equivoqué de <br/>medio a medio, pues me dijo: <br/>-Sígueme por la costa occidental de la isla. ¿Ves su capital , Reykiavik? Bien; pues <br/>remonta los innumerables fiordos de estas costas escarpadas por el mar, y detente un <br/>momento debajo del grado 75 de latitud. ¿Qué ves? <br/>-Una especie de península que semeja un hueso pelado y termina en una rótula enorrne. <br/>-La comparación es exacta, hijo mío; y ahora. dime, ¿no ves nada sobre era rótula? <br/>-Veo un monte que parece surgir del mar. <br/>-Pues ese es el Sneffels. <br/>-¿El Sneffels? <br/>-Sí, una montaña de 5.000 pies de elevación. una de las más notables de la isla, y, a <br/>buen seguro, la más célebre del mundo entero, si su cráter conduce al centro del globo. <br/>-Pero eso es imposible  -exclamé. encogiéndome de hombros y rebelándome contra <br/>semejante hipótesis. <br/>-¡Imposible! ¿Y por qué? -replicó con tono severo el profesor Lidenbrock. <br/>-Porque e re cráter debe estar evidentemente obstruido por las lavas y las rocas <br/>candentes, y, por tanto... <br/>-¿,Y si se trata de un cráter apagado? <br/>-¿Apagado? <br/>-Sí. El número de los volcanes en actividad que hay en la superficie del globo no pasa <br/>en la actualidad de t rescientos: pero existe una cantidad mucho mayor de volcanes <br/>apagados. El Sneffels figura entre estos últitnos, y no hay noticia en los fastos de la <br/>historia de que haya experimentado más que una sola erupción: la de 1219. A partir de <br/>esta fecha, sus rumor es hanse ido extinguiendo gradualmente, y ha dejado de figurar <br/>entre los volcanes activos. <br/>Ante estas afirmaciones no supe qué objetar, y traté de basar mis argumentos en las <br/>otras obscuridades que contenía el escrito. <br/>-¿Qué significa era palabra Seartaris -preguntéle-, y, qué tiene que ver todo eso con las <br/>calendas de julio? <br/>Tras algunos momentos de reflexión, que fueron para mí un rayo de esperanza, <br/>respondióme en estos términos: <br/>-Lo que tú llamas obscuridad resulta para mí luz, pues me demuestra el ingen io <br/>desplegado por Saknussemm para precisar su descubrimiento. El Sneffels está formado <br/>por varios cráteres, y era preciso indicar cuál de ellos era el que conducía al centro de la <br/>tierra. Y, ¿qué hizo el sabio islandés? Advirtió que en las proximidades de las calendas de <br/>julio, es decir. en los últimos días del mes de junio, uno de los picos de la montaña, el <br/>Scartaris, proyectaba su sombra hasta la abertura del cráter en cuestión, y consignó en el <br/>documento este hecho. ¿Es posi ble imaginar una indicación más exacta? Una vez que <br/>lleguemos a la cumbre del Sneffels, ¿podemos titubear acerca del camino a seguir <br/>teniendo esta advertencia presente? <br/>Decididamente. mi tío había respondido a todo. Convencí me de que no había <br/>posibilidad de atacarle en lo referente a las palabras del antiguo pergamino. Cesé, pues.<br/><br/><br/>Page No 18<br/><br/>de seguirle por este lado: mas, como era preciso convencerle a toda costa. pasé a hacerle <br/>otras objeciones de carácter científico, en mi concepto, más graves. <br/>-Bien -dije-. tengo que convenir en que la frase de Saknussemm es perfectamente clara <br/>y no puede dejar duda alguna al espíritu. Estoy conforme también en que el documento <br/>tiene todos los caracteres de una autenticidad perfecta. Ese sabio bajó al fondo del <br/>Sneffels, vió la sombra del Scertaris acariciar los bordes del cráter antes de las calendas <br/>de julio y enseñáronle las leyendas de su tiempo que aquel cráter conducía al centro del <br/>globo: hasta aquí, estamos conformes; pero admitir que él en persona fue al centro de la <br/>tierra y que volvió de allá sano y salvo, eso, no; ¡mil veces no! <br/>-¿Y en qué fundas tu negativa?-dijo mi tío. con un tono singularmente burlón. <br/>-En que todas las teorías de la ciencia demuestran que la empresa es impracticable del <br/>todo. <br/>-¿Todas las teorías dicen eso? -replicó el profesor, haciéndose el inocente-. ¡Ah, picaras <br/>teorías! ¡Cuánto van a darnos que hacer! <br/>Aun comprendiendo que se burlaba de mí. proseguí: <br/>-Es un hecho por todos admitido que la temperatura aumenta un grado por cada setenta <br/>pies que se desciende en la corteza  terrestre; y admitiendo quc este aumento sea <br/>constante, y siendo de 1.500 leguas la longitud del radio de la tierra, claro es que se <br/>disfruta en su centro de una temperatura de dos millones de grados. Así, pues. las <br/>materias que existen en el interior de  nuestro planeta se encuentran en estado gaseoso <br/>incandescente, porque los metales, el oro, el pla tino, las rocas más duras. no resisten <br/>semejante calor. ¿No tengo: pues, dcrecho a afirmar que es imposible penetrar en un <br/>medio semejante? <br/>-¿De modo, Axel, que es el calor lo que a ti te infunde respeto? <br/>-Sin ningún género de duda. Con sólo descender a una pro fundidad de diez leguas, <br/>habríamos llegado al límite de la corte za terrestre, porque ya la temperatura sería allí <br/>superior a 300°. <br/>-¿Es que temes liquidarte? <br/>-Mi terror no es infundado-le contesté algo mohíno. <br/>-Te digo -replicó el profesor, adoptando su aire magistral de costumbre-, que ni tú ni <br/>nadie sabe de manera cierta lo que ocurre dentro de nuestro globo, ya que apenas se <br/>conoce la docemilésima parte de su radio. La ciencia es eminentemente suscep tible de <br/>perfeccionamiento y cada teoría es a cada momento obstruida por otra teoría nueva. ¿No <br/>se creyó, hasta que demostró Fourier lo contrario, que la temperatura de los espacios <br/>interplanetarios decrecía sin cesar, y no se sabe hoy que las temperaturas inferiores de las <br/>regiones etéreas nunca descienden de cuarenta o cincucnta grados bajo cero? ¿Y por qué <br/>no ha de suceder otro tanto con cl calor interior? ¿Por qué, a partir de cierta profundidad. <br/>no ha de alcanzar un límite insuperable. en lugar de elevarse hasta el grado de fusión de <br/>los más refractarios minerales? <br/>Como mi tío colocaba la cuestión en un terreno hipotético, nada podía responderle. <br/>-Pues bien  -prosiguió-, te diré que verdaderos sa bios, entre los que se encuentra <br/>Poisson, han demostrado que si existiese en el interior de la tierra una temperatura de dos <br/>millones de grados. los gases de ignición, procedentes do las substancias fun didas, <br/>adquirirían una tensión tal que la corteza terrestre no podría soportarla y estallaría como <br/>una caldera bajo la presión del vapor. <br/>-Eso, tío, no pasa de ser una opinión de Poisson.<br/><br/><br/>Page No 19<br/><br/>-Concedido; pero es que opinan también otros distinguidos geólogos que el interior de <br/>la tierra no se halla formado de g ases, ni de agua, ni de las rocas más pesadas que <br/>conocemos. porque, en este caso, el peso de nuestro planeta sería dos veces menor. <br/>-¡Oh! por medio de guarismos es bien fácil demostrar todo lo que se desea. <br/>-¿Y no ocurre lo mismo con los hechos, hijo mío?  ¿No es un hecho probado que el <br/>número de volcanes ha disminuido considerabiemente desde el principio del mundo? ¿Y <br/>no es esto una prueba de que el calor central, si es que existe, tiende a debili tarse por <br/>días? <br/>-Si sigue usted engolfándose en el mar de las hipótesis, huelga toda discusión. <br/>-Y has de saber que de mi opinión participan los hombres más competentes. ¿Te <br/>acuerdas de una visita que me hizo el célebre químico inglés ‘Humpliry Davy, en 1825”? <br/>-¿Cómo me he de acordar, si vine al mundo diez y nueve años después? <br/>-Pues bicn, ‘Hunfredo Davy vino a vcrme a su paso por Hamburgo, y discutimos largo <br/>tiempo, entre otras muchas cuestiones, la hipótesis de que el interior de la tierra se hallase <br/>en estado líquído, quedando los dos de acuerdo en que esto no era posible. por una razón <br/>que la ciencia no ha podido jamás refutar. <br/>-¿Y qué razón es esa? <br/>-Que esa masa líquida hallaríase expuesta, lo mismo que los océanos, a la atracción de <br/>la luna. produciéndose. por tanto. dos marcas interiores diarias que, levantando la corteza <br/>terrestre, originaría terremotos periódicos. <br/>-Sin embargo, es evidente quc la superficie del globo ha sufrido una combustión, y <br/>cabe, por lo tanto. suponer que la cor teza exterior sc ha ido entriando, refugiándose el <br/>calor en el centro de la tierra. <br/>-Eso es un claro error  -dijo mi tío-; el calor de la tierra no reconoce otro origen que la <br/>combustión de su superficie. hallábase ésta formada de una gran cantidad de metales, <br/>tales como el potasio y el sodio, quc ticnen la propiedad de inflam arse al solo contacto <br/>del aire y del agua; estos metales ardieron cuando los vapores atmosféricos precipitáronse <br/>sobre ellos en forma de lluvia, y, poco a poco, a medida que penetraban las aguas por las <br/>hendeduras de la corteza terrestre, fueron determinando nuevos incendios, acompañados <br/>de explosiones y erupciones. He aquí la causa de que fuesen tan numerosos los volcanes <br/>en los primeros días del mundo. <br/>-¡Es ingeniosa la hipótesis! -hube de exclamar sin querer. <br/>-Hunfredo Davy me la demostró palpablemente aquí mismo mediante un experimento <br/>sencillo. Fabricó una esfera metálica. en cuya composición entraban principalmente los <br/>metales mencionados poco ha, y que tenía exactamente la forma de nuestro globo. <br/>Cuando se hacía caer sobre su superficie un finísimo rocío, hinchábase aquélla, oxidábase <br/>y formaba una pequeña montaña, en cuya cumbre se abría momentos después mi cráter. <br/>Sobrevenía una erupción y era tan grande el calor que ésta comunicaba a la esfera, que se <br/>hacía imposible el sostenerla en la mano. <br/>Si he de ser del todo franco, empezaban a convencerme los argumentos del profesor, <br/>cuya pasión y entusiasmo habituales comunicábales mayor fuerza y valor. <br/>-Ya ves. Axel  -añadio-, que el estado del núcleo cen tral ha suscitado muy diversas <br/>hipótesis entre los mismos geó logos: no hay nada que demuestre la existencia de ese <br/>calor interior; a mi entender, no existe ni puede existir; pero ya lo comprobaremos <br/>nosotros. y, a semejanza de Arne Saknus semm, sabremos a qué atenernos sobre tan <br/>discutida cuestión.<br/><br/><br/>Page No 20<br/><br/>-Sí. sí: ya lo veremos  -contestéle, dejándome arrastrar por su entusiasmo-; lo veremos, <br/>dado caso que se vea en aquellos apartados lugares. <br/>-¿Y por qué no? ¿No podremos contar para alumbrarnos con los fenómenos eléctricos, <br/>y aun con la misma atmósfera, cuy a propia presión puede hacerla luminosa en las <br/>proximidades del centro de la tierra? <br/>-En efecto-respondí-, es muy posible. <br/>-No posible, sino cierto  -replicó triunfalmente mi tío-; pero silencio, ¿me entiendes? <br/>Guarda el más impenetrable sigilo acerca de todo esto, para que a nadie se le ocurra la <br/>idea de descubrir. antes que nosotros, el centro de nuestro planeta. <br/>  <br/>VII <br/>Tal fue el inesperado final de aquella memorable sesión que hasta fiebre me produjo. <br/>Salí como aturdido del despacho de mi tío, y, pareciéndome que no había aire bastante en <br/>las calles de Hamburgo para refrescarme, dirigíme a las orillas del Elba, y me fui derecho <br/>al sitio donde atraca la barca de vapor que pone en comunicación la ciudad con el <br/>ferrocarril de Hamburgo. <br/>¿Estaba convencido de lo que acababa de oír? ¿No me había dejado fascinar por el <br/>profesor Lidenbrock? ¿Debía tomar en serio su resolución de bajar al centro del macizo <br/>terrestre? ¿Acababa da escuchar las insensatas elucubraciones de un loco o las <br/>deducciones científicas de un g ran genio? En todo aquello, ¿hasta dónde llegaba la <br/>verdad? ¿,Dónde comenzaba el error? <br/>Nadaba yo entre mil contradictorias hipótesis sin poder asirme a ninguna. <br/>Recordaba. sin embargo, que mi tío me había convencido, aun cuando ya comenzaba a <br/>decaer bastante mi entusiasmo. Hubiera preferido partir inmediatamente, sin tener tiempo <br/>para reflexionar. En aquellos momentos, no me hubiera faltado valor para preparar mi <br/>equipáje. <br/>Es preciso, no obstante, confesar que una hora después cesó la sobreexcitación por <br/>completo, aplacáronse mis nervios, y desde los profundos abismos de la tierra subí a su <br/>superficie. <br/>-¡Es absurdo! -exclamé-. ¡No tiene sentido común! No es una proposición formal que <br/>pueda hacerse a un muchacho sensato. No existe nada de eso. Todo ha sido  una mera <br/>pesadilla. <br/>Entretanto, había caminado por las márgenes del Elba, rodeando la ciudad; y, después <br/>de rebasar el puerto, encontréme en el camino de Altona. Me guiaba un presentimiento, <br/>que bien pronto quedó justificado, pues no tardé en descubrir a mi querida Graüben que, <br/>a pie, regresaba a Hamburgo. <br/>-¡Graüben! -le grité desde lejos. <br/>La joven se detuvo turbada, sin duda por oírse llamar de aquel modo en medio de una <br/>gran carretera. De un salto me puse a su lado. <br/>-¡Axel! -exclamó sorprendida-. ¡Conque has venido a buscarme! ¡Está bien, caballerito! <br/>Pero, al fijarse en mi rostro, llamóle la atención en seguida mi aire inquieto y <br/>preocupado. <br/>-¿Qué tienes? -preguntóme. tendiéndome la mano. <br/>En menos de dos segundos puse a mi novia al corriente de mi extraña situación. Ella me <br/>miró en silencio durante algunos instantes. ¿Latía su corazón al unísono del mío? Lo <br/>ignoro; pero su mano no temblaba cual la mía.<br/><br/><br/>Page No 21<br/><br/>Caminamos en silencio unos cien pasos. <br/>-Axel -me dijo al fin. <br/>-¿Qué, mi querida Graüben? <br/>-¡Qué viaje tan hermoso es el que vas a emprender! <br/>Tan inesperadas palabras hiciéronme dar un salto. <br/>-Sí, Axel; y muy digno del sohrino de un sabio. ¡Siempre es bueno para un hombre el <br/>haberse distinguido por alguna gran empresa! <br/>-¡Cómo, Graüben! ¿No tratas de disuadirme con objeto de que renuncie a semejante <br/>expedición? <br/>-No, mi querido Axel; por el contrario, os acompañaría de buena gana si una pobre <br/>muchacha no hubiese de constituir para vosotros un constante estorbo. <br/>-Pero,¿lo dices de veras? <br/>-¡Ya lo creo! <br/>¡Ah, mujeres! ¡Corazones femeninos, incomprensibles siempre! Cuando no sois los <br/>seres más tímidos de la tierra, sois los más arrójados. La razón sobre vosotras no ejerce el <br/>menor poderío. ¿Era posible que Graüben me animase a tomar parte en tan descabellada <br/>expedición, que fuese ella misma capaz de aco meter, sin miedo, la aventura, que me <br/>incitase a ella, a pesar del cariño que decía profesarme? <br/>Me hallaba desconcertado y, hasta, ¿por qué no decirlo? sentía cierto rubor.  <br/>-Veremos, Graüben -le dije-, si piensas mañana lo mismo. <br/>-Mañana, querido Axel, pensaré lo tnismo que hoy.  <br/>Y cogidos de la mano, aunque sin despegar nuestros labios, reanudamos ambos la <br/>marcha. <br/>Yo me hallaba quebrantado por las emociones del día. <br/>“Después de todo” pensaba, “las calendas de julio están aún lejos, y, de aquí a entonces. <br/>pueden ocurrir muchas cosas que hagan desistir a mi tío de la manía de viájar por debajo <br/>de la tierrá”. <br/>Era ya noche cerrada cuando llegamos a casa. <br/>Esperaba encontrarla tranquila. con mi tío ya acostado, como era su costumbre, y con la <br/>buena Marta dándole al comedor el último repaso antes de retirarse a la cama. <br/>Pero no había contado con la impaciencia del profesor, a quien hallé gritando y <br/>corriendo de un lado para otro, en medio de la porción de mozos de cordel que <br/>descargaban en la calle una multitud de objetos. Marta estaba atolondrada, sin saber <br/>adónde atender. <br/>-Vamos, Axel: ¡date prisa, por Dios! -gritó mi tío, en cuanto me vió venir a lo lejos-. ¡Y <br/>tu equipaje sin hacer, y mis papeles sin ordenar, y la llave de mi maleta sin aparecer y mis <br/>polainas sin llegar! <br/>Quedéme estupefacto, faltóme la voz para hablar, y a duras penas pude articular estas <br/>palabras: <br/>-¿Pero es que nos marchamos? <br/>-Sí. criatura de Dios: y en lugar de estar aquí preparándolo todo, te vas de paseo. <br/>-¿Pero partiremos tan pronto? -repetí con voz ahogada. <br/>-Sí, pasado mañana al amanecer. <br/>Incapaz de escucharle por más tiempo. refugiéme en mi habitación. <br/>No era posible dudar: mi tío había empleado la tarde en adquirir una serie de objetos y <br/>utensilios necesarios para nuestro viaje: la calle estaba llena de escalas, de cuerdas con<br/><br/><br/>Page No 22<br/><br/>nudos, de antorchas, de calabazas para líquidos, de grapas de hierro, de picos, de <br/>bastones, de azadas y de otros objetos para cuyo trans porte precisábanse por lo menos <br/>diez hombres. <br/>Pasé una noche terrible. A la mañana siguiente llamáronme muy temprano. Estaba <br/>decidido a no abrirle a nadie la puerta: pero, ¿quién es capaz de resistir a los encantos de <br/>una voz adorable que nos dice: <br/>-¿No me quieres abrir, querido Axel? <br/>Salí de mi habitación. Creí que mi aire abatido, mi palidez, mis ójos enrojecidos por el <br/>insomnio producirían sobre Graüben un doloroso efecto y le haría cambiar de parecer: <br/>pero ella, por el contrario, me dijo: <br/>-¡Ah, mi querido Axel! Veo que estás mucho mejor -y que lo ha calmado la noche. <br/>-¡Calmado! -exclamé yo. <br/>Y corrí a mirarme al espejo. <br/>En efecto, no tenía tan mala cara como me había imaginado. Aquello no era creíble. <br/>-Axel -me dijo Graübcn-, he estado mucho tiempo hablando con mi tutor. Es un sabio <br/>arrójado, un hombre de gran valor, y no debes echar en olvido que su sangre corre por tus <br/>venas. Me ha dado a conocer sus proyectos, sus esperanzas, y el cómo y el porqué espera <br/>alcanzar su objetivo. Y lo alcanzará, no hay duda. ¡Ah, mi querido Axel! ¡Qué hermoso <br/>es consagrarse de ese modo al estudio de las ciencias ¡Qué gloria tan inmensa aguarda al <br/>señor Lidenbrock, que se reflejará sobre su compañero! Cuando regreses serás un <br/>hombre, Axel: serás igual a tu tío, con libertad de hablar, con libertad de obrar, con <br/>libertad. en fin, de... <br/>La joven ruborizóse y no terminó la frase. Sus palabras me reanimaron. No quería, sin <br/>embargo, creer, que nuestra partida era cierta. Hice entrar conmigo a Graühen en el <br/>despacho del profesor Lidenhrock, y dije a éste: <br/>-Tío, ¿está usted decidido, por fin, a que emprendamos la marcha? <br/>-¡Cómo! ¿Lo dudas aún? <br/>-No -le dije: con objeto de no contrariarle-: pero quisiera saber qué le induce a proceder <br/>con tal precipitación. <br/>-¡Toma! ¿Qué ha de ser? ¡El tiempo! ¡El tiempo, que trans curre con una rapidez <br/>desesperante! <br/>-Pero si estamos aún a 26 de mayo, y hasta fines de junio... <br/>-¿Crees, ignorante que es tan fácil trasladarse a Islandia? Si no te hubieses marchado <br/>como un necio, hubieras venido con migo a la oficina de los señores Liffender y  <br/>Compañía, donde habrías visto que de Copenhague a Reykiavik no hay más que una <br/>expedición mensual, el 22 de cada mes; y que, si esperáse mos a la del 22 de junio, <br/>llegaríatnos demasiado tarde para ver la sombra del Scartaris acariciar el créter del <br/>Sneffels: es precise llegar a Copenhague lo antes posible para buscar allí un medio de <br/>transporte. Anda a hacer to equipáje en seguida <br/>No era posible objetar. Subí a rni habitación, seguido de Graüben, y ella fue la que se <br/>encargó de colocar en una maleta los ob jetos que precisaba para tan largo viaje, con la <br/>misma tranquilidad que si se tratase de hacer una excursión a Lubeck o a Heligoland. Sus <br/>manos ihan y venían sin precipitación; conversaba con absoluta calma y me daba las más <br/>discretas razones a favor de  nuestra expedición. Me embelesaba y enfurecía a intervalos. <br/>A veces trataba de enfadarme, pero ella aparentaba no advertirlo y proseguía su tarea con <br/>toda tranquilidad.<br/><br/><br/>Page No 23<br/><br/>A las cinco y media, oyóse fuera el rodar de un carruaje, deteniéndose en nuestra puerta <br/>un espacioso coche que había de conducirnos a la estación del ferrocarril de Altona. En <br/>un momento llenóse con los bultos de mi tío. <br/>-¿Y tu maleta? -me dijo. <br/>-Está lista -respondíle, con voz desfallecida. <br/>-¡Pues bájala en seguida! ¿No ves que vamos a perder el tren? <br/>Pareciónle que no había manera de luchar contra mi destino. Subí, pues, a mi cuarto, y <br/>cogiendo la maleta, la dejé que se deslizase por los peldaños de la escalera, y bajé detrás <br/>de ella. <br/>En aquel preciso momento, ponía mi tío, con toda solemnidad, las riendas de su casa en <br/>manos de Graübcn, quien conservaha su calma habitual. Abrazó a su tutor, pero no pudo <br/>contener una lágrima al rozar mi mejilla con sus dulcísimos labios. <br/>-¡Graüben! -exclanlé yo. <br/>-Vete tranquilo, Axel --dijo ella-. Ahora dejas a tu novia, pero, a la vuelta, hallarás a tu <br/>mujer. <br/>Estreché entre mis brazos a Graüben y fui a sentarme en el coche.  -Marta y mi <br/>prometida, desde el umbral de la puerta, nos enviaron un postrimer adiós. Después, los <br/>dos caballos, excitados por los silbidos del cochero, lanzáronse a galope por la carretera <br/>de Altona. <br/>  <br/>VIII <br/>De Altona, verdadero arrabal de Hamhurgo, arranca el ferrocarril de Kiel que debía <br/>conducirnos a la costa de los Belt. En menos de veinte minutos penetramos en el <br/>territorio de Holstein. <br/>Una vez todo listo y cerrada la maleta, bajamos al piso interior. <br/>Durante todo el día no habían cesado de llegar los abastece dores de instrumentos de <br/>física y de aparatos eléctricos, y de armas y municiones. Marta no sabía qué pensar de <br/>todo aquello. <br/>-¿Es que se ha vuelto loco el señor? -preguntóme, por fin. <br/>Yo le hice un ademán afirmativo. <br/>-¿Y le lleva a usted consigo? -Repetíle el mismo signo. <br/>-¿Y adónde? <br/>Entonces le indiqué con el dedo el centro de la tierra. <br/>-¿Al sótano? -exclamó la antigua criada. <br/>-No -contestéle yo-, más abajo todavía. <br/>Llegó la noche. Yo no tenía ya conciencia del tiempo transcurrido. <br/>-Hasta mañana temprano -me dijo mi tío-; partiremos a las seis en punto. <br/>A las diez me dejé caer en mi lecho como una masa inerte. <br/>Durante la noche, mis terrores asaltáronme de nuevo. <br/>Paséla soñando con precipicios enormes, presa de un espantoso delirio. Sentíame <br/>vigorosamente asido por la mano del profesor, y precipitado y hundido en los abismos. <br/>Veíame caer al fondo de insondables precipicio s con esa velocidad cre ciente que van <br/>adquiriendo los cuerpos abandonados en el espacio. Mi vida no era otra cosa que una <br/>interminable caída. <br/>Despertéme a las cinco rendido de emoción y de fatiga: levantéme y bajé al comedor. <br/>Mi tío se hallaba ya sentado a la mesa y comía con devorador apetito. Contemplélo con<br/><br/><br/>Page No 24<br/><br/>un sentinliento de horror. Graüben estaba allí. No despegué mis labios ni me fue posible <br/>comer. <br/>A las seis y media, detúvose el carruaje delante de la estación. Los numerosos bultos de <br/>mi tío, así  como sus voluminosos artículos de viaje, fueron descargados, pesados. <br/>rotulados y cargados nuevamente en el furgón de equipajes, y, a las siete, nos hallábamos <br/>sentados frente a frente en el mismo coche. Silbó la loconlotora y el convoy se puso en <br/>movimiento. Ya estábamos en marcha. <br/>¿Iba resignado? Aún no. Sin embargo, el aire fresco de la mañana. los detalles del <br/>camino, renovados rápidanlente por la velocidad del tren, distrajéronme de mi gran <br/>preocupación. <br/>La mente del profesor avanzaba más aprisa que el convoy, cuya marcha se le antojaba <br/>lenta a su impaciencia. Ibamos en el coche los dos solos, pero sin dirigirnos la palabra. <br/>Mi tío se registró los bolsillos y el saco de viaje con minuciosa atención, y observé que <br/>no le faltaba ninguno de los mil requi sitos que exigía la ejecución de sus arriesgados <br/>proyectos. <br/>Pude ver, entre otras cosas, una hoja de papel, cuidadosamente doblada, que ostentaba <br/>el menlbrete de la cancillería dane sa, con la firma del señor Cristiensen, cónsul de <br/>Dinamarca en Hamhurgo  y amigo del profesor. Esta carta debía facilitarnos, en <br/>Copenhague, la tarea de obtener recomendaciones para el gobernador de Islandia. <br/>Vi asimismo el famoso documento, cuidadosamente guardado en la más oculta división <br/>de su cartera. Maldíjelo desde el fondo de mi corazón y me dediqué otra vez a contemplar <br/>el pai saje. Constituían éste una extensa serie de llanuras sin interés, monótonas, <br/>cenagosas y bastante fértiles: una campiña en extremo favorable al tendido de una línea <br/>férrea y que se prestaba de u n modo maravilloso a esas rectas que son las delicias de las <br/>empresas explotadoras de los caminos de hierro. <br/>Pero esa monotonía no llegó a fatigarme, porque, tres horas después de nuestra partida, <br/>el tren se detenía en Kiel, a dos pasos del mar. <br/>Como nuestros equipajes habían sido facturados hasta Copenhague, no tuvimos que <br/>ocuparnos de ellos para nada. Esto no obstante, mi tío no les quitó la vista de encima <br/>mientras los trasbordaron al vapor, en cuyas bodegas desaparecieron. <br/>Mi tío, en su precipitación, había calculado las horas de correspondencia del ferrocarril <br/>y del buque de un modo tan detestable, que teníamos que perder un día entero. El vapor <br/>Ellenora  no salía hasta la noche. Esta no prevista espera hizo que se apoderase del <br/>irascible viajero una fiebre de nueve horas, durante las cuales envió a todos los diablos a <br/>las administraciones de vapores y ferrocarriles, y a los Gobiernos que toleraban abusos <br/>semejantes. Yo tuve que hacer coro cuando la emprendió con el capitán del Ellenora, a <br/>quien quiso obligar a levar anclas y zarpar inmediatamente. El capitán enviólo a paseo. <br/>En Kiel. como en todas partes, es preciso buscar la manera de matar el tiempo. A fuerza <br/>de pasearnos por las verdes costas de la bahía, en cuyo fondo se eleva la pequeña ciudad; <br/>de recorrer los espesos bosques que le dan el aspecto de un nido colocado entre un grupo <br/>de ramas; de admirar las quintas, provistas todas ellas de su caseta de baños de mar, y de <br/>correr y aburrirnos, sonaron, por fin, las diez de la noche. <br/>Los penachos de humo del Ellenora elevábanse en la atmósfera ; su cubierta retemblaba <br/>bajo los estertores de la caldera; estábamos a bordo, instalados en dos literas colocadas en <br/>la única cámara que poseía el vapor.<br/><br/><br/>Page No 25<br/><br/>A las dos y cuarto, largó el buque sus amarras y avanzó rápidamente sobre las sombrías <br/>aguas del Gran Belt. <br/>La noche estaba obscura: la brisa soplaba fresca levantando imponente marejada; <br/>algunas luces de la costa distinguíanse en medio de las tinieblas: más tarde, no sé qué <br/>faro enviónos sus destellos por encima de las olas. He aquí cuanto recuerdo de aquel pri-<br/>mer viaje. <br/>A las siete de la mañana desembarcamos en Korsör, pequeña ciudad situada en la costa <br/>occidental, donde trasbordamos a otro fèrrocarril que nos condujo a través de un país no <br/>menos llano que las campiñas de Holstein. <br/>Aún faltaban tres horas de viaje para llegar a la capital de Dinamarca. Mi tío no había <br/>pegado los ojos en toda la noche. Creo que, en su impaciencia, empujaba el vagón con los <br/>pies. <br/>Por fin, se descubrió un brazo de mar. <br/>-¡El Sund! -exclamó entusiasmado. <br/>Había a nuestra izquierda un vasto edificio que parecía un hospital. <br/>-Es un manicomio -dijo uno de nuestros compañeros de viaje. <br/>"¡Muy bien!" pensé. "He aquí un establecimiento donde habremos de concluir nuestros <br/>días. Por muy  grandes que sean sus dimensiones. no será nunca lo suficientemente <br/>amplio para contener toda la inmensidad de la locura del profesor Lidenbrock". <br/>Por fin. a las diez de la mañana, descendimos en Copcnha gue; los equipajes fueron <br/>cargados en un coche y con ducidos con nosotros al hotel del Fénix, en Bred-Gade. En <br/>esto se invirtió media hora, porque la estación está situada fuera de la ciudad. <br/>Después de asearse un poco y de cambiarse de tráje, mi tío me mandó que le siguiese. <br/>El portero del hotel hablaha alemán e inglés; pero el profesor, en su calidad de políglota, <br/>interrogóle en dinamarqués correcto, y en este mismo idioma indicóle el otro la situación <br/>del Museo de Antiguedades del Norte. <br/>El director de este curioso establecimiento, donde se hallan acumuladas tantas y tales <br/>maravillas que permitirían reconstruir la historia del país con sus viejas armas de piedra, <br/>sus cuencos y sus joyas, era el profesor Thomson, un verdadero sabio, amigo del cónsul <br/>de Hamburgo. <br/>Mi tío llevaba para él una carta muy efcaz de  recomendación. Por regla general, los <br/>sabios no se acogen muy bien unos a otros; pero. en el caso actual, ocurrió todo lo <br/>contrario. El señor Thomson, a fuer de hombre servicial, dispensó una favorable acogida <br/>al profesor Lidenbrock y hasta a su sobrino. No creo necesario decir que mi tío tuvo buen <br/>cuidado de no revelar su secreto al director del museo: deseábamos, scncillamente, visitar <br/>a Islandia en viaje de recreo, sin otro objeto que admirar las numerosas curiosidades que <br/>encierra. <br/>El señor Thomson se puso a nuestra disposición por completo, y juntos recorrimos los <br/>muelles buscando un buque que fuese a partir en breve. <br/>Aún abrigaba yo la esperanza de que en absoluto no halláse mos medio alguno de <br/>transporte; pero no fué así, por desgracia. <br/>Una pequeña goleta danesa, la Valkvria, debía hacerse a la vela el 2 de Julio con rumbo <br/>a Reykiavik. Su capitán, el señor Biarne, encontrábase a bordo. y su futuro pasajero <br/>estrechóle la mano hasta casi estrujársela en un transporte de júbilo. El viejo lobo de mar <br/>sorprendióse ante tan extemporánea alegría, pareciéndole la cosa más natural del mundo <br/>el ir a Islandia, toda vez que aquel era su ofïcio. Pero como a mi tío parecíale una cosa<br/><br/><br/>Page No 26<br/><br/>sublime, el taimado del capitán aprovechó su entusiasmo para cobrarnos el doble d e lo <br/>que el pasaje valía de ordinario. El profesor, sin embargo. pagó sin regatear. <br/>-Estad a bordo el martes, a las siete de la mañana -dijo el señor Biarne, después de <br/>embolsarse una respetable suma. <br/>Dimos en seguida las gracias al señor Thomson por todas sus atenciones, y regresatnos <br/>al hotel del Fénix. <br/>-Hasta ahora, todo nos sale bien -decía el profesor-; ¡todo marcha a pedir de boca! ¡Qué <br/>feliz casualidad el haber encontrado este buque que se dispone a partir! Ahora almorce-<br/>mos, y vamos a visitar la ciudad. <br/>Nos trasladamos a Tongens -Nye-Torw, plaza irregular donde existe un cuerpo de <br/>guardia con dos inofensivos cañones fijos que no asustan a nadie. Muy cerca, en el <br/>número 5, había una restauración  francesa, establecimiento dirigido por un cocinero <br/>llamado Vincent, en el cual almorzalnos por la rnódica suma de cuatro marcos  cada uno. <br/>Recorrí después la ciudad con el entusiasmo de un niño, seguido de mi tío, que, aunque <br/>se dejaba arrastrar, no fijó su aten ción ni en el insignificante palacio real; ni en e l <br/>hermoso puente del siglo XVII, tendido sobre el caudal, delante del Museo; ni en el <br/>inmenso cenotafio de Torwaldsen, donde se conservan las obras de este escultor, y cuyas <br/>pinturas murales son horribles: ni en el casi microscópico castillo de Rosenborg; ni en el <br/>admirable edificio de la Bolsa, estilo Renacimiento; ni en su campanario, formado por las <br/>colas entrelazados de cuatro dragones de bronca: ni en los grandes molinos instalados en <br/>las murallas, cuyas dilatadas alas se hinchan, cual las velas de un buque al soplo de la <br/>brisa del mar. <br/>¡Qué deliciosos paseos habría dado con mi bella curlandesa por los muelles de aquel <br/>puerto, donde dormían tranquilos navíos y fragatas bájo sus rojas techumbres, junto a las <br/>verdes orillas del estrecho, en medio de las espesas sombras entre las cuales se oculta la <br/>ciudadela, cuyos cañones asotnan sus negras bocas a través de las ramas de los saúcos y <br/>sauces! <br/>Pero. ¡ay, qué lejos estaba mi Graüben! Y ni aun esperan zas tenía de volver a verla <br/>jamás. <br/>Sin embargo, aunque ninguno de estos deliciosos parajes llamaron la atención de mi tío, <br/>causóle viva impresión la vista de un campanario que se erguía en la isla de Amak, que <br/>forma parte del barrio SO. de Copenharue. <br/>Marchamos por orden suya en dirección hacia él, nos embarcamos en un vaporcito que <br/>transportaba pasájeros a través de los canales, y, algunos momentos después, atracarnos <br/>al muelle de Dock-Yard. <br/>Después de atravesar algunas calles estrechas en donde los galeotes, con pantalones <br/>amarillos y grises por partes iguale s, trabajaban bajo la amenaza de la vara de los <br/>sotacómitres. llegamos delante de Vor-Frelsers-Kirk. Esta iglesia no ofrecía nada notable: <br/>pero su campanario había llamado la atención del profesor porque, a partir de su base, <br/>una escalera exterior subía dando vueltas alrededor de su cuerpo central, desarrollándose <br/>sus espirales al aire libre. <br/>-Subamos -dijo mi tío. <br/>-¿No nos acometerá el vértigo? -repliqué. <br/>-Razón de más; es preciso que nos habituemos a él. <br/>-Sin embargo... <br/>-Vamos, no perdarnos tiempo insistió el profesor con ademán imperioso.<br/><br/><br/>Page No 27<br/><br/>Tuve quc obedecer. Un guardia, que permanecía apostado en el otro lado de la calle, <br/>entregónos una llave y comenzó la ascensión. <br/>Mi tío me precedía con paso lento. Yo le seguía no sin cierto terror, porque se me solía <br/>ir la cabeza con facilidad deplorable. No me hallaba dotado del aplorno de las águilas ni <br/>de la insensibilidad de sus nervios. <br/>Mientras marchamos por la hélice interior que formaba la escalera, todo fue bien; pero <br/>después de haber subido ciento cin cuenta peldaños, el aire azotóme la cara: habíamos <br/>llegado a la plataforma del campanario donde comenzaba la escalera aérea, que no tenía <br/>más resguardo que una frágil barandilla, y cuyos esca lonas cada vez más éstrechos, <br/>parecían subir hasta lo infinito, <br/>-¡Me es imposible subir! --exclamé medio aterrado. <br/>-Pero, ¿tan cobarde eres? ¡Sube inmediatamente -respondióme el cruel profesor. <br/>No tuve más remedio que seguirle, agarrándome a la barandilla con ansia. El viento me <br/>atolondraba; sentía el campanario oscilar bajo sus ráfagas; las piernas me flaqueaban; no <br/>tardé en subir de rodillas y acabé por trepar arrastrándome y con los ojos cerrados; el <br/>vértigo de las alturas se había apoderado de mí. <br/>Por fin, con la ayuda de mi tío, que tiraba de mí, asiéndome por el cue llo de la <br/>chaqueta, llegué cerca de la cúpula. <br/>-Mira -me dijo mi verdugo-, y fíjate bien en todo; es preciso aprender a contemplar el <br/>abismo sin la menor emoción. <br/>Entonces abrí los ójos y vi las casas como aplastadas por efecto de una terrible caída. en <br/>medio de la niebla producida por los humos de las chimeneas. Por encima de mi cabeza <br/>pasaban desgarradas las nubes. y, por una ilusión óptica que invertía los movimientos. <br/>parecíanme inmóviles, en tanto que el campanario. la cúpula y yo éramos arrastrados con <br/>una velocidad vertiginosa. A lo lejos, se extendía por un lado la campiña, tapizada de ver-<br/>dura y brillaba, por el otro. el azulado mar bajo un haz de rayos luminosos. El Sund se <br/>descubría por la punta de Elsenor surcado por algunas velas blancas, que se mejaban <br/>gaviotas, y entre las brumas del Este esbozábanse apenas las ondulantes costas de Suecia. <br/>Toda esta inmensidad arremolinábase confusamente ante mis ojos. <br/>Esto no obstante, tuve que ponerme de pie y pasear en derredor la mirada. Mi primera <br/>lección de vértigo duró una hora. Cuando, al fin, me permitieron bajar y sentar mis pies <br/>en el sólido piso de las calles, estaba desfallecido. <br/>-Mañana repetiremos la prueba-me dijo el profesor. <br/>Y en efecto, durante cinco días tuve que repetir tan vertiginoso ejercicio. y, de grado o <br/>por fuerza. hice sensibles progresos en el arte de las altas contemplaciones. <br/>  <br/>IX <br/>Llegó el día de la marcha. La víspera, el secor Thomson, con su amabilidad <br/>acostumbrada, nos había llevado cartas de recomendación muy eficaces para el  conde <br/>Trampe, gobernador de Islandia, el señor Pictursson. coadjutor del obispo, y el señor <br/>Finsen, alcalde de Reykiavik. En prueba de gratitud, mi tío le prodigó fuertes apretones <br/>de manos con el mayor entusiasmo. <br/>El día 2, a las seis de la mañana, nuestr os inestimables equipajes encontrábanse ya a <br/>bordo de la Valkyria. El capitán nos condujo a unos camarotes exageradamente pequeños, <br/>instalados bajo una especie de puente. <br/>-¿Tenemos buen viento? -preguntó mi tío.<br/><br/><br/>Page No 28<br/><br/>-Inmejorable -respondió el capitán Biarna-. Brisa fresca del Sudeste. Vamos a salir del <br/>Sund con todo el aparejo largo y el viento entre el través y la aleta. <br/>Algunos instantes después, largó al velacho, el juanete, los foques y la cangreja, y, <br/>después de largar las amarras, orientó convenientemente el aparejo y penetró a toda vela <br/>en el estre cho. Una hora más tarde, la capital de Dinamarca parecía sumergirse en las <br/>lejanas olas, y la Valkiria rozaba casi la costa de Elsenor. Efecto de la disposición en que <br/>se encontraban mis nervios, creía ver la  sombra de Hamlet errar sobre el legenda rio <br/>terrado. <br/>-¡Oh sublime insensato! -pensaba yo-; ¡tú aprobarías sin duda nuestra empresa! ¡Tú nos <br/>seguirías tal vez ganoso de encon trar en el centro de la tierra una solución a tu duda <br/>sempiterna! <br/>Mas nada descub rí sobre las antiguas murallas; el castillo es, además, mucho más <br/>moderno que el heroico príncipe de Dinamarca. Sirve en la actualidad de suntuoso <br/>alojamiento al portero de este estrecho del Sund, por el que pasan cada año quince mil <br/>buques de todas las naciones. <br/>El castillo de Krongborg no tardó en desaparecer entre la bruma, así como la torre de <br/>Helsinborg, que se eleva en la costa sueca, y la goleta inclinóse ligeramente, impedida <br/>por las brisas del Cattegat. <br/>La Valkvria era un buque muy velero, pero con  esta clase de barcos nunca puede <br/>predecirse lo que va a durar el viaje. Conducía a Reykiavik carbón, utensilios de cocina, <br/>loza, vestidos da lana y un cargamento de trigo; e iba tripulada por cinco lobos de mar, <br/>todos éllos daneses, que bastaban para maniobrar su aparejo. <br/>-¿Cuánto durará la travesía?-preguntó mi tío al capitán. <br/>-Diez días, poco más o menos  -respondió este últhno-, si a la altura de las Feroe no <br/>arrecia al Noroeste. <br/>-Pero, ¿suele usted experimentar retrasos considerables? <br/>-No, señor Lidertbrock; no pase ningún cuidado, ya llegaremos. <br/>A eso del anochecer la goleta dobló el Cabo Skagen, que constituye el extremo <br/>septentrional de Dinamarca, cruzó el Skager Rak, bordeó la costa meridional de Noruega, <br/>lamiendo al Cabo Lindness, y penetró en el mar del Norte. <br/>Dos días después divisamos las costas de Escocia, reconoci mos el promontorio de <br/>Peterhead, y arrumbó la Valkiria a las Faroe, pasando entre las Orcadas y las Shetland. <br/>No tardaron las olas del Atlántico en azotar los costados de nuestra goleta ; y como, al <br/>mismo tiempo, tuvimos que navegar de vuelta y vuelta para avanzar hacia el Norte, <br/>venciendo la resistencia que el viento nos oponía, costónos gran trabájo el lle gar a las <br/>Feroe. <br/>El día 3 reconoció el capitán la isla Myganness, que es la más oriental de este grupo, y, <br/>a partir de este momento, hizo rumbo al cabo Portland, situado en la costa meridional de <br/>Islandia. <br/>La travesía no ofreció ningún incidente notable. Soporté bastante bien las inclemencias <br/>del mar; pero mi tío se pasó todo al v iaje mareado, lo que, a más de llenarle de <br/>vergüenza, contribuyó a agriar más todavía su carácter. <br/>Esto no le permitió interrogar al capitán Biarne acerca de la cuestión del Sneffels, los <br/>medios de comunicación y la facilidad de los transportes, y tuvo qu e aplazar para más <br/>adelante todas estas investigaciones; se pasó todo el viaje tendido en su camarote, cuyos<br/><br/><br/>Page No 29<br/><br/>mamparos crujían a cada cabezada del buque. Preciso es confesar que se tenía muy bien <br/>merecida su suerte. <br/>El día 11 montamos al cabo Portland, pe rmitiéndonos la claridad del tiempo distinguir <br/>el Myrdals Yocul, que lo domina. Este cabo se halla formado por un enorme peñasco, de <br/>escarpadas pendientes, que se alza aislado en la playa. <br/>La Valkvria, manteniéndose a una distancia razonable de las costas, fuelas barajando <br/>hacia el Oeste, navegando entre nume rosas manadas de ballenas y tiburones. No <br/>tardamos en descubrir un inmenso peñasco, horadado de parte a parte, a través del cual <br/>pasaba enfurecido el espumoso mar. Los islotes de Westman parecieron s urgir del <br/>Océano como rocas sembradas sobre la pla nicie líquido. A partir de este momento, la <br/>goleta tomó el rumbo de fuera para dar un respetable rodeo al cabo de Reykjaness, que <br/>forma el ángulo occidental de Islandia. <br/>La fuerte marejada no permitía a mi  tío subir sobre cubierta con objeto de admirar <br/>aquellas costas bravías, azotadas y hendidas por los vientos y mares del Sudoeste. <br/>Cuarenta y ocho horas después, sorteada una tempestad que obligó a la goleta a correr a <br/>palo seco, descubrimos por el Este l a baliza de la punta Skagen, cuyos peligrosos <br/>arrecifes se prolongan a gran distancia por debajo del mar. Subió a bordo un prác tico <br/>islandés, y, tres horas más tarde, fondeaba la Valkyria delante de Reykiavik, en la bahía <br/>de Faxa. <br/>Entonces salió por fin el profesor de su camarote, algo pálido y quebrantado, pero con <br/>el mismo entusiasmo de siempre y con la satisfacción retratada en su semblante. <br/>Los habitantes de la ciudad, a quienes interesaba en extremo la llegada del buque, del <br/>que todos tenían algo que recoger, agrupáronse en el muelle. <br/>Mi tío se apresuró a abandonar su presidio flotante, por no decir su hospital; pero, antes <br/>de dejar la cubierta de la goleta, llevóme hasta la proa, y desde allí, mostrándome con el <br/>dedo en la parte septentrional de  la bahía una elevada montaña, que remataba en dos <br/>picos un doble cono cubierto da nieves eternos, me dijo entusiasmado: <br/>-¡El Sneffels! ¡Ahí tienes el Sneffels! <br/>Y después de haberme recomendado con un gesto que guar dase el más impenetrable <br/>silencio, bajó al bote que nos aguarda ba. Yo le seguí cabizbajo y nuestros pies no <br/>tardaron en hollar el suelo de Islandia. <br/>De improviso, apareció un hombre de buena presencia, ves tido de general. Sin <br/>embargo, no era más que un sencillo magistrado, el gobernador de la isla, el señor barón <br/>de Trampe en persona. El profesor reconociolo al instante. Entrególe las cartas que traía <br/>de Copenhague, y entablóse entre ellos una corta conversación en danés, en la cual no <br/>tomé parte, como era natural. Esta primera entrevista dió por resultado que el barón de <br/>Trampe se pusiese por completo a las órdenes del profesor Lidenbrock. <br/>El alcalde señor Finsen, no menos militar por su indumentaria que el gobernador, pero <br/>tan pacífico como éste, hubo de dispensar a mi tío la más favorable acogida. <br/>En cuanto al coadjutor, señor Pictursson, giraba a la sazón una visita pastoral a la <br/>región septentrional de su diócesis, y tuvimos que renunciar, por lo pronto, al gusto de <br/>serle presentados. Pero, en cam bio, trabamos conocimiento con un bellísimo sujeto, el <br/>señor Fridriksson, catedrático de ciencias naturales de la escuela de Reykia vik, cuyo <br/>concurso nos fue de inestimable valor. Este modesto sabio sólo hablaba el islandés y el <br/>latín. Ofrecióme sus servicios en el idio ma de Horacio. y compr endí en seguida que<br/><br/><br/>Page No 30<br/><br/>estábamos creados para comprendemos mutuamente. Y, en efecto, ésta fue la única <br/>persona con quien pude converar durante mi estancia en Islandia. <br/>--Como ves. querido Axel -hubo de decirme mi tío-, todo va como una seda: lo más <br/>difícil ya lo tenemos hecho. <br/>-¿Cómo lo más difícil?-exclamé yo estupefacto. <br/>-Pues claro: ¡sólo nos resta bajar! <br/>-Mirado desde ese punto de vista, tiene usted mucha razón; mas supongo que, después <br/>de bajar, tendremos que subir nuevamente. <br/>-¡Bah! ¡bah! ¡Lo que es eso  no me inquieta! Con que, manos a la obra, que no hay <br/>tiempo que perder. Me voy a la biblioteca. Tal vez se conserve en ella algún manuscrito <br/>de Saknussemm que me gustaría consultar. <br/>-Entretanto, yo recorreré la ciudad. ¿No piensa ustad visiitarla? <br/>-¡Oh! eso me interesa muy poco. Los curiosidades de Islandia no se encuentran sobre su <br/>superficie, sino debajo de ella. <br/>Salí y eché a andar sin rumbo fijo. <br/>No habría sido fácil perderse en las dos calles de Reykiavik de suerte que no tuve <br/>necesidad de preguntar a nadie el camino lo cual, hecho por signos, expone las más de las <br/>veces a muchas equivocaciones. <br/>Se extiende la ciudad, en medio de dos colinas, sobre un terreno muy bajo y pantanoso. <br/>Una inmensa ola de lava la cubre por un lado y desciende hasta el mar en declive suave. <br/>Por el otro, se extiende la amplia bahía de Faxa limitada por el Norte por el enorme <br/>ventisquero del Sneffels, y en la que, a la sazón, no había fondeado más buque que la <br/>Valkyria. De ordinario se hallan resguardados en ella los guardapescas ingleses y france-<br/>ses, pero entonces se hallaban prestando servicio en las costas orientales de la isla. <br/>La calle más larga de Reykiavik es paralela a la playa, y en ella se hallan instalados los <br/>mercaderes y negociantes, en cabañas de madera, hechas d e vigas rojas horizontalmcnte <br/>dispuestas; la otra calle, situada más al Oeste corre hacia un pequeño lago, pasando entre <br/>la casa del obispo y las de otros personajes extraños al comercio. <br/>No tardé en recorrer aquellas calles sombrías y tristes. A veces entreveía una mancha de <br/>césped descolorido, que semejaha una vieja alfombra de lana, raída a consecuencia del <br/>uso, o algo que parecía un huerto cuyas raras legumbres, patatas. coles y lechugas, sólo <br/>eran dignas de una mesa lililputiense. Algunos alhelíes enfermizos pugnaban también por <br/>recibir algún rayo de sol. <br/>Hacia la mitad de la calle no ocupada por el comercio, encontré el cementerio público, <br/>rodeado de una tapia de adobes, el cual es bastante espacioso. Pocos pasos después, <br/>encontréme delante de la casa del gobernador, que es una mala choza si se la compara <br/>con la casa Ayuntamiento de Hamhurgo: pero que resulta un palacio al lado de las <br/>cabañas en las cuales se aloja la población islandesa. <br/>Entre la ciudad y el lago, elevábase la iglesia, edificada con arreglo al gusto protestante <br/>y construida con cantos calcinados que los volcanos arrojan. Las tejas coloradas de su <br/>techo seguramente se dispersarían por los aires, con vivo sentimiento de los fieles, al <br/>arreciar los vientos del Oeste. <br/>Sobra una eminencia inmediata vi la Escuela Nacional, donde, según supe después por <br/>nuestro huésped, se enseñaba el hebreo, el inglés, el francés y el danés, cuatro lenguas de <br/>las cuales no conocía una palabra, cosa que me llenaba de bochorno, pues hubiera sido el <br/>más atrasado de los cuarenta alumnos matricuiados en el pequeño colegio, e indigno de<br/><br/><br/>Page No 31<br/><br/>acostarme con ellos en aquellos armarios de dos compartimientos donde otros más <br/>delicados se asfixíarían la primera noche. <br/>En tres horas recorrí no sólo la ciudad. sino sus alrededores también. Su aspecto general <br/>era singularmente triste. No había árboles ni nada que mereciese el nombre de <br/>vegetación. Por todas partes veíanse picos de rocas volcánicas. Las cabañas de los <br/>islandeses están hechas de tierras y de turba, y tienen sus paredes inclinadas hacia dentro. <br/>de suerte que parecen tejados colocados sobre al suelo. Empero estos tejados son praderas <br/>relativamente fértiles, pues, gracias al calor de las habitaciones, brota en ellos la hierba <br/>con bastante facilidad, siendo preciso segarla en la época de la recolección para que los <br/>animales domésticos no pretendan pacer sobre estas verdes mansiones. <br/>Durante mi excursión, encontré muy pocas personas; mas cuando volví a pasar por la <br/>calle del comercio, vi que la mayoría de la población se hallaba ocupada en secar, salar y <br/>cargar bacalaos, que constituyen allí el principal artículo de exportación. Los hombres <br/>parecían vigorosos, pero tardos; una especie de ale manes rubios, de mirada pensativa, <br/>que se creen separados de la humanidad, in felices desterrados en aquellas heladas <br/>regiones, a quienes la Naturaleza hubiera debido hacer esquimales, ya que los condenó a <br/>vivir dentro de los límites del Círculo Polar Artico. Traté en vano de sorprender una <br/>sonrisa en sus rostros; reían a veces medi ante una contracción involuntaria de sus <br/>músculos; pero no sonreían jamás. <br/>Sus vestidos consistían en una basta chaqueta de lana negra, conocida en todos los <br/>países escandinavos con el nombre de  vadmel, sombrero de amplias alas, pantalón <br/>orillado de rojo y unos trozos de cuero arrollados en los pies a manera de calzado. <br/>Las mujercs, de rostro triste y resignado, y cuyo tipo es bastante agradable, aunque <br/>carecen de expresión, usan una chaqueta y una falda de  vadmel de color obscuro. Las <br/>solteras llevan sobre el trenzado cabello un gorrito de punto de color pardo, y las casadas <br/>se cubren la cabeza con un pañuelo de color sobre el cual se colocan una especie de cofia <br/>blanca. <br/>Cuando, tras un largo paseo, regresé a la casa del señor Fri driksson, mi tío se <br/>encontraba ya en compañía de este último. <br/>  <br/>X <br/>La mesa estaba servida, y el profesor Lidenbrook, cuyo estómago parecía un abismo sin <br/>fondo, efecto de la dieta que a bordo había sufrido, devoró con avidez. La comida, más <br/>danesa que islandesa, nada tuvo de notable;  pero nuestro anfïtrión, más islandés que <br/>danés, me hizo recordar a los héroes de la antigua hospitalidad. Sin género alguno de <br/>duda, nos encontrábamos en su casa con más libertad y confianza que él mismo. <br/>Se conversó en islandés, intercalando mi tío algun as palabras en alemán y el señor <br/>Fridriksson otras en latín, para evitar que yo me quedase por completo en ayunas de lo <br/>que decían. Hablaron de cuestiones científicas, como era natural tratándose de dos sabios; <br/>pero el profesor Lidenbrock guardó la más escrupulosa reserva, y sus ojos a cada frase <br/>recomendábanme el más absoluto silencio en todo lo relativo a nuestros futuros <br/>proyectos. <br/>De repente, interrogó el señor Fridriksson a mi tío acerca de los resultados de las <br/>investigaciones por él practicadas en la biblioteca. <br/>-Vuestra biblioteca -exclamó el profesor-, sólo contiene libros descabalados en estantes <br/>casi vacíos.<br/><br/><br/>Page No 32<br/><br/>-¡Cómo! -respondió el señor Fridriksson-, poseemos ocho mil volúmenes, muchos de <br/>los cuales son ejemplares tan pre ciosos como raros, obras  escritas en escandinavo <br/>antiguo, y todas las publicaciones nuevas que Copenhague nos envía anualmente. <br/>-¿De dónde saca usted esos ocho mil volúmenes? Por mi cuenta... <br/>-¡Oh! señor Lidenbrock, esos libros andan recorriendo constantemente el país. ¡En <br/>nuestra pobre isla de hielo existe una gran afición al estudio! No hay pescador ni labriego <br/>que no sepa leer, y todos leen. Opinamos que los libros, en vez de apolillarse tras una <br/>verja de hierro, lejos de las miradas de los curiosos, han sido escritos a impresos para que <br/>los lea todo el mundo. Por eso los de nuestra biblioteca van corriendo de mano en mano, <br/>son leídos una y cien veces, y tardan con frecuencia uno o dos años en regresar a sus <br/>respectivos estantes. <br/>-Entretanto -respondió mi tío con mal reprimido enojo-, los extranjeros... <br/>-¡Y qué le hemos de hacer! Los extranjeros poseen sus bibliotecas en sus respectivos <br/>países, y, sobre todo, es preciso en primer término que nuestros compatriotas se <br/>instruyan. Se lo repito a usted, los islandeses tienen el amor al  estudio inoculado en la <br/>sangre. En 1816 fundamos una Sociedad Literaria que fun ciona admirablemente, siendo <br/>muchos los sabios extranjeros que se honran con pertenecer a ella, Esta sociedad publica <br/>obras destinadas a educar a nuestros compatriotas y presta verdaderos servicios al país. Si <br/>quiere ser usted uno de nuestros miembros correspondientes, nos hará un gran honor, <br/>señor Lidenbrock. <br/>Mi tío, que pertenecía ya a un centenar de corporaciones científicas, aceptó el <br/>ofrecimiento con tales muestras de agrado, que el señor Fridriksson sintióse conmovido. <br/>-Ahora -dijo este último-, tenga usted la bondad de indicarme qué libros esperaba <br/>encontrar en nuestra biblioteca, y tal vez me sea posible darle acerca de ellos algunas <br/>referencias. <br/>Miré a mi tío, y vi que vacilaba en responder. Esto atañía directamente a sus proyectos. <br/>Sin embargo, después de reflexionar un instante, decidióse a hablar por fin. <br/>-Señor Fridriksson, quisiera saber si, entre las obras anti guas, poseéis las de Arne <br/>Saknussemm. <br/>-¡Ame Saknussemm! -respondió el profesor de Reykiavik-. ¿Se refiere usted a aquel <br/>sabio del siglo XVI que fue un gran alquimista, un gran naturalista y un gran explorador a <br/>la vez? <br/>-Precisamente. <br/>-¿Una de los glorias de la literatura y de la ciencia islandesas? <br/>-Sin duda de ningún género. <br/>-¿El más ilustre de los hombres? <br/>-No trataré de negarlo. <br/>-¿Y cuya audacia corría pareja con su genio? <br/>-Veo que le conoce bien a rondo. <br/>Mi tío no cabía en sí de júbilo al oír hablar de su héroe de un modo tan encomiástico, y <br/>devoraba con los ójos al señor Fridriksson. <br/>-¿Y qué ha sido de sus obras? -preguntóle, por fin, impaciente. <br/>-¡Ah! ¡Sus obras no las tenemos! <br/>-¡Cómo! ¿No están en Islandia? <br/>-Ni en Islandia ni en ningún otro sitio. <br/>-¿Por qué?<br/><br/><br/>Page No 33<br/><br/>-Porque Arna Saknussemm fue perseguido c omo hereje, y quemadas, en 1573, sus <br/>obras en Copenhague por la mano del verdugo. <br/>-¡Bravo! ¡Magnífico! -exclamó mi tío, con gran escán dalo del profesor de ciencias <br/>naturales. <br/>-¿Qué dice usted? -murmuró este último. <br/>-¡Sí! Todo se explica, todo se aclara, t odo se concatena. Ahora me explico por qué <br/>Saknussemm, al verse inscrito en al índice y obligado a ocultar los descubrimientos de su <br/>genio, decidió sepultar su secreto en un incomprensible criptograma... <br/>-¿Qué secreto? -preguntó vivamente el señor Fridriksson. <br/>-Un secreto que... cuyo.. -balbuceó mi tío. <br/>-¿Pero es que posee usted algún documento especial? -replicó el profesor islandés. <br/>-No... Era una mera suposición. <br/>-Bien -dijo el señor Fridriksson, que tuvo la bondad de no insistir al ver la turbación de <br/>su interlocutor-. Espero que no se ausentará usted de la isla sin haber estudiado sus <br/>riquezas mineralógicas. <br/>-Naturalmente -respondió mi tío-; pero llego algo tarde: otros sabios han pasado por <br/>aquí antes que yo. <br/>-En efecto, señor Lidanbrock; los trabajos  de los señores Olafsen y Povelsen, <br/>ejecutados por orden del rey; los estudios da Troil; la misión científica de los señores <br/>Gaimard y Robert, a bordo de la corbeta francesa  Recherche; y, por último, las <br/>observaciones de los sabios embarcados en la fragat a Reine Hortense, han contribuido <br/>poderosamente al conocimiento de Islandia. Pero, créame, hay aún mucho que hacer. <br/>-¿Cree usted? -preguntó mi tío con afectado candor, procurando moderar el brillo de su <br/>mirada. <br/>--¡Sin duda alguna! Existen numerosas montañas, ventisqueros y volcanes rnuy poco <br/>conocidos se es necasano estudiar. Sin ir más lejos, mire usted ese monte que en el <br/>horizonte se eleva: ¡es el Sneffels! <br/>Sí. señor; uno de los volcanes más curiosos y cuyo cráter raramente se visita. <br/>-¿Apagado? <br/>-Apagado hace ya quinientos años. <br/>-Pues bien -respondió mi tío, cruzando las piernas con fuerza para no saltar en cl aire-, <br/>deseo empezar mis estudios geológicos por ese Saffel... o Fessel... ¿cómo le llama usted? <br/>-Sneffels -respondió el excelente señor Fridri ksson. Esta parte de la conversación <br/>habíase desarrollado en latín, de manera que me enteré de todo, y tuve que contenerme <br/>para no soltar el trapo a reír al ver cómo mi tío contenía su satisfacción que pugnaba por <br/>escapársele por todas partes adoptando un aire candoroso que parecía la mueca de un <br/>diablo. <br/>-Sí --dijo-, sus palabras de usted me deciden; procuraremos escalar ese Sneffels, y hasta <br/>estudiar su cráter tal vez. <br/>-Siento en el alma  -dijo el señor Fidriksson - que mis ocupaciones no me permitan <br/>ausentarme; porque, de lo contrario, les acompañaría con gusto y con provecho. <br/>-¡Oh, no. no!  -respondió vivamente mi tío-; no quere mos molestar a nadie, señor <br/>Fridríksson; se lo agradezco infinito. La presencia de un sabio como usted nos hubiera <br/>sido muy útil; pero los deberes de su profesón... <br/>Inclínome a creer que nuestro huésped, en la inocencia de su alma islandesa, no <br/>comprendió la grosera malicia de mi tío.<br/><br/><br/>Page No 34<br/><br/>-Apruebo, señor Lidenbrok  -respondíó-, que comience usted por ese volcán, donde <br/>cosechará gran número de observa ciones curiosas. Pero, dígame, ¿cómo piensa usted <br/>llegar a la península de Sneffels? <br/>-Atravesando por mar la bahía. Es el camino más rápido. -Sin duda, pero no es posible <br/>seguirlo. <br/>-¿Por qué? <br/>Porque en Reykiavik no existe un solo bote. <br/>-¡Demonio! <br/>-Tendrá usted que ir por tierra, contorneando la costa, lo que será más largo, pero más <br/>interesante. <br/>-Bueno. Veré de procurarme un guía. <br/>Precisamente puedo ofrecerle a usted uno. <br/>-¿Un hombre inteligente y fiado? <br/>-Sí, un habitante de la península. Es un hábil cazador do gansos, del cual quedará usted <br/>satisfecho. Habla perfectamente el danés. <br/>-¿Y cuándo podré verle? <br/>-Mañana, si usted quiere. <br/>-¿Por qué no hoy mismo? <br/>-Porque hasta mañana no llega. <br/>-¡Hasta mañana! -exclamó mi tío, dando un profundo suspiro. <br/>Esta importante conversación terminó algunos instantes después dando el profesor <br/>alemán las más expresivas gracias al profesor islandés. <br/>Durante la comida, mi tío acababa de saber cosas en extremo importantes, entre otras la <br/>historia de Saknussemm, la razón de su misterioso documento, que el señor Fridriksson <br/>no le acompañaría en su expedición y que desde el día siguiente podría contar ya con un <br/>guía a sus órdenes. <br/>  <br/>XI <br/>Al anochecer di un corto paseo por las playas de Reykiavik, y me recogí temprano, <br/>acostándome en mi cama de gruesas tablas, en donde me dormí profundamente. <br/>Cuando rne desperté, oí que mi tío charlaba por los codos en la habitación inmediata. <br/>Vestíme a toda prisa y fui a reunirme con él. <br/>Conversaba en dinamarqués con un hombre de elevada estatura y constitución vigorosa; <br/>un mocetón que debía hallarse dotado de unas fuerzas hercúleas. Sus ojos soñadores y <br/>azules pareciéronme inteligentes y sencillos. Su voluminosa cabeza hallábase cubierta <br/>por una larga cabellera de un color que hubie ra pasado por rojo hasta en la misma <br/>Inglaterra y que caía sobre sus espaldas atléticas. Aunque sus movimientos eran fáciles, <br/>movía poco los brazos, cual hombre que ignora o desdeña el lenguaje de los gestos. Todo <br/>en él revelaba temperamento perfectamente sosegado; tranquilo, aunque no indolente. Se <br/>veía claramente que no pedía nada a nadie, que trabajaba cuando le convenía, y que, dada <br/>la calma con que se tomaba las cosas, era fácil que nada le causase sorpresa ni sobresalto. <br/>Comprendí su manera de ser po r el modo como escuchaba el islandés la apasionada <br/>facundia de su interlocutor. Permanecía inmóvil y con los brazos cruzados ante los <br/>múltiples gestos de mi tío; para negar, movía la cabeza de izquierda a derecha, y, para <br/>afirmar, la inclinaba; apenas se movía; era la economía del movimiento llevada hasta la <br/>avaricia.<br/><br/><br/>Page No 35<br/><br/>La verdad es que, al ver a aquel hombre, no hubiera adivi nado jamás su profesión de <br/>cazador; a buen seguro que no espantaría la caza; mas, ¿cómo la buscaba? <br/>Todo me lo expliqué, sin embargo, cuando supe por el señor Fridriksson que aquel <br/>tranquilo personaje sólo se dedicaba a la caza del ganso llamado eidero, cuyo plumón <br/>constituye la principal riqueza de la isla. En efecto, para recoger esta pluma, que se llama <br/>edredón, no es preciso desplegar una activldad asombrosa. <br/>En los primeros días del verano, la hembra de este ganso. notable por su extraordinaria <br/>belleza, construye su nido entre las rocas de los fiordosque tanto abundan en las costas de <br/>la isla. Una vez construido su nido, lo forr a con finísimas plumas que del vientre se <br/>arranca ella misma. En seguida llega el cazador, o, por mejor decir, el cosechero, se <br/>apodera del nido y se ve precisada el ave a comenzar de nuevo su trabajo, y la operación <br/>se repite mientras aquélla conserva algún plumón. Cuando lo agota del todo, le llega la <br/>vez al macho de despójarse del suyo; sólo que, como la pluma de éste es dura y grosera, y <br/>carece de valor comercial, no se toma el cazador la molestia de robar le el lecho de sus <br/>pequeñuelos, y el nido se concluye por fin. Pone la hembra sus huevos, nacen los pollos <br/>después, y reanúdase al año siguiente la cosecha del edredón. <br/>Ahora bien, como estas aves no eligen para la construcción de sus nidos las rocas <br/>escarpadas, sino las de pendiente suave que van a perderse en el mar, el cazador islandés <br/>podía ejercer su oficio sin darse mucho trabajo. Era un labrador que sólo tenía que <br/>recolectar la mies, sin necesidad de sembrarla ni cortarla. <br/>Este personáje grave, silencioso y flemático llamábase Hans Bjelke, y  venía <br/>recomendado por el señor Fridriksson. Era nuestro futuro guía. <br/>Sus maneras contrastaban singularmente con las de mi tío. <br/>Esto no obstante, entendiéronse fácilmente. Ni uno ni otro repararon en el precio: el <br/>uno, dispuesto a aceptar lo que le ofreciesen, y el otro, decidido a dar lo que le pidieran. <br/>Jamás se cerró trato alguno con tanta facilidad. <br/>En virtud de lo acordado, comprometióse Hans a conducirnos a la aldea de Stapi, <br/>situada en la costa meridional de la península de Sneffels, al pie del mismo volcán. Era <br/>preciso recorrer unas 22 millas por tierra, en lo cual emplearíamos dos días, según <br/>opinión de mi tío. <br/>Pero, cuando se enteró de que se trataba de millas dinamarquesas, de 24.000 pies, tuvo <br/>que rehacer sus cálculos y contar con que emplearíamos siete a ocho días en hacer aquel <br/>recorrido, dado el pésimo estado de las vías de comunicación. <br/>Hans, que, según su costumbre, iría a pie, debía facilitar cuatro caballos: uno para mi <br/>tío, otro para mí y dos para el trans porte de nuestra impedimenta. Perfecto conocedor de <br/>aquella parte de la costa, prometió conducirnos por el camino más corto. <br/>Su compromiso con mi tío no expiraba a nuestra llegada a Stapi; sino que permanecería <br/>a su servicio todo el tiempo que exigiesen nuestras excursiones científicas, mediante una <br/>retribución de tres rixdales semanales. Pero se estipuló expresamente que esta suma sería <br/>abonada a Hans los sábados por la noche, condición sine qua non de su compromiso. <br/>Fijóse la partida para el día 16 de junio. Quiso mi tío entregar al cazador las arras del <br/>contrato; pero éste las rechazó con una sola palabra. <br/>-Efter -dijo secamente. <br/>Después la tradujo el profesor en voz alta, para que me enterase. <br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=31099&amp;a=1370685&amp;g=16252330"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16252330)a(1370685)" /></a><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16637176"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16637176)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16625516"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16625516)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16646874">Descarga gratuita</a><img src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(inv)g(16646874)a(1370685)" /><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16626448">Club Zed</a><img src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(inv)g(16626448)a(1370685)" /></p><br/><a href="http://lomasutilizado.com/"><span style="color: #000000">Lo mas utilizado</span></a><a href="http://lanuevaweb20.blogspot.com/"><span style="color: #000000">La nueva Web 20</span></a><a href="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/"><span style="color: #000000">Obra Julio Verne</span></a><a href="http://blogs.ya.com/julioverne/"><span style="color: #000000">Julio Verne</span></a><br/><a href="http://blogs.ya.com/alejoevita/"><span style="color: #000000">Alejo Evita</span></a><a href="http://blogs.ya.com/obraallende/"><span style="color: #000000">Obra de Allende</span></a><a href="http://blogs.ya.com/allende/"><span style="color: #000000">Allende</span></a><a href="http://caballodetroya2.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya 2</span></a> <a href="http://historiadeespanasigloxx.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Historia de España siglo XX</span></a><a href="http://caballodetroya7.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya 7</span></a> <a href="http://www.paratorpes.es/"><span style="color: #000000">Paratorpes </span></a><a href="http://elalquimista.blog.com/"><span style="color: #000000">El alquimista</span></a> <a href="http://lacartarobada.blog.com/"><span style="color: #000000">La carta robada</span></a> <a href="http://eljugadordedostoyevski.blog.com/"><span style="color: #000000">El jugador de Dostoyevski</span></a> <a href="http://%20ciensoledad.blog.com/"><span style="color: #000000">Cien años de soledad</span></a> <a href="http://aguasprimaverales.blog.com/"><span style="color: #000000">Aguas primaverales</span></a> <a href="http://aparecepeterpan.blog.com/"><span style="color: #000000">Aparece Peter Pan</span></a> <a href="http://paraisoperdido.blog.com/"><span style="color: #000000">Paraíso perdido</span></a> <a href="http://losviajesdegulliver.blog.com/"><span style="color: #000000">Los viajes de Gulliver</span></a> <a href="http://retratoadolescente.blog.com/"><span style="color: #000000">Retrato adolescente</span></a> <a href="http://dedondevenimos.blog.com/"><span style="color: #000000">Matrix, de donde venimos</span></a> <a href="http://losmensajesdelossabios.blog.com/"><span style="color: #000000">Los mensajes de los sabios</span></a> <a href="http://libroscuriosos.wordpress.com/"><span style="color: #000000">Libros curiosos</span></a><br/><a href="http://estupidoshombresblancos.blog.com/"><span style="color: #000000">Estupidos hombres blancos</span></a><a href="http://elartedeamar.blog.com/"><span style="color: #000000">El arte de amar</span></a><a href="http://mapapirisreis.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Mapa Piri Reis</span></a> <br/><a href="http://revistatara.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Revista Tara</span></a> <a href="http://reflexionescanarias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Reflexiones canarias</span></a> <a href="http://lostiemposfinales.blog.com/"><span style="color: #000000">Los tiempos finales </span></a></span></span><a href="http://lasparabolasdekrion.blog.com/"><span style="color: #000000">Las parábolas de Krion</span></a> <a href="http://elviajeacasa.blog.com/"><span style="color: #000000">El viaje a casa</span></a> <a href="http://ensoledadcondios.blog.com/"><span style="color: #000000">En soledad con Dios</span></a> <a href="http://cartasdesdeelhogar.blog.com/"><span style="color: #000000">Cartas desde el hogar</span></a> <a href="http://pasandoelmarcador.blog.com/"><span style="color: #000000">Pasando el marcador</span></a> <a href="http://elnuevocomienzodekryon.blog.com/"><span style="color: #000000">El nuevo comienzo de Kryon</span></a> <a href="http://unanuevadimension.blog.com/"><span style="color: #000000">Una nueva dimension</span></a> <a href="http://elmisteriodelascatedrales.blog.com/"><span style="color: #000000">El misterio de las catedrales</span></a> <a href="http://profeciasdenostradamus.blog.com/"><span style="color: #000000">Profecias de Nostradamus</span></a> <a href="http://masoneriainvisible.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Masonería invisible</span></a> <a href="http://focasmuertas.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Focas muertas</span></a> <a href="http://loscartagineses.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los cartagineses</span></a> <a href="http://amorreos.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Amorreos </span></a><a href="http://loscuatrolibros.blog.com/"><span style="color: #000000">Los cuatro libros</span></a> <a href="http://ellibrodemarcopolo.blog.com/"><span style="color: #000000">El libro de Marco Polo</span></a> <a href="http://onceminutos.blog.com/"><span style="color: #000000">Once minutos</span></a> <a href="http://milucha.blog.com/"><span style="color: #000000">Mi lucha</span></a> <a href="http://herodoto1.blog.com/"><span style="color: #000000">Herodoto 1</span></a> <a href="http://elgransantiagocalatrava.blogspot.com/"><span style="color: #000000">El gran Santiago calatrava</span></a> <a href="http://elhombreduplicado.blog.com/"><span style="color: #000000">El hombre duplicado</span></a> <a href="http://bestiario.blog.com/"><span style="color: #000000">Bestiario</span></a> <a href="http://elnombredelarosa.blog.com/"><span style="color: #000000">El nombre de la rosa</span></a> <a href="http://lafiestadelchivo.blog.com/"><span style="color: #000000">la fiesta del chivo</span></a> <a href="http://laciudadylosperros.blog.com/"><span style="color: #000000">la ciudad y los perros</span></a> <a href="http://cronicadeunamuerteanunciada.blog.com/"><span style="color: #000000">Crónica de una muerte anunciada</span></a> <a href="http://elpendulodefoucault.blog.com/"><span style="color: #000000">El péndulo de foucault</span></a> <a href="http://dalimagico.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Dali magico</span></a> <a href="http://aquelleonardodavinci.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Leonadro da Vinci</span></a> <a href="http://escorialmagico.blogspot.com/"><span style="color: #000000">El Escorial</span></a> <a href="http://losamosdelmundo.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los amos</span></a> <a href="http://aquellostemplarios.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los Templarios</span></a> <a href="http://loscataros.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los Cataros</span></a> <a href="http://indulgencias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Las Indulgencias</span></a> <a href="http://campaniforme.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Campaniforme</span></a> <a href="http://bibliotecaalejandria.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Biblioteca Alejandria</span></a> <a href="http://secuestroexpres.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Secuentro Expres</span></a> <a href="http://elplaninfinito.blog.com/"><span style="color: #000000">El plan infinito</span></a> <a href="http://lacasadelosespiritus.blog.com/"><span style="color: #000000">La casa de los espiritus</span></a> <a href="http://laciudaddelasbestias.blog.com/"><span style="color: #000000">La ciudad de las bestias</span></a> <a href="http://mipaisinventado.blog.com/"><span style="color: #000000">Mi pais inventado</span></a> <a href="http://elmatematicodelrey.blogspot.com/"><span style="color: #000000">El matemático del rey</span></a> <a href="http://lahipotesis.blogspot.com/"><span style="color: #000000">La hipotesis</span></a> <a href="http://tenemosunangel.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Tenemos un angel</span></a> <a href="http://erikelrojo.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Eric el rojo</span></a> <a href="http://relatosdefantasia.blogspot.com/"><span style="color: #000000">relatosdefantasia</span></a> <a href="http://enigmasdesvelados.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Enigmas desvelados</span></a> <a href="http://cuentosdecf.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Cuentos de cf</span></a> <span style="color: #000000"></span><a href="http://clubbilderberg.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Club Bilderberg</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://reinamariamagdalena.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Magdalena</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://virgenesnegras-virgenesnegras.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Virgenes</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://diosamadre.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Diosa</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.com/"><span style="color: #000000">Pueblo rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://contaminacioninvisible.blogspot.com/"><span style="color: #000000">la Contaminacion</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://electrosmog-movil.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Que es Electrosmog</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://lacontaminaciondelmovil.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Contamina el Movil</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeandeenlaces.blogspot.com/"><span style="color: #000000">enlaces mágicos</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://caballodetroya100.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://personal.telefonica.terra.es/web/valdeandemagico/"><span style="color: #000000">Magia</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.blogspot.com/"><span style="color: #000000">rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://superviaje.blog.com/"><span style="color: #000000">Viajes</span></a> <a href="http://superhotel.blog.com/"><span style="color: #000000">Hoteles</span></a> <a href="http://reflexionescanarias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Reflexiones canarias</span></a><br/> <br/></p><br/><div><br/><span style="font-size: 9pt; font-family: Verdana"><span></span></span><br/></div><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_47.htm"><title><![CDATA[.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_47.htm]]></link><description><![CDATA[Una vez cerrado el trato, retiróse nuestro guía, sin mover más que las piernas, cual  si <br/>fuese de una sola pieza.<br/><br/><br/>Page No 36<br/><br/>-He aquí un hombre famoso -exclamó- mi tío al verle ir-; pero lo que menos sospecha <br/>es el maravilloso papel que el porvenir le reserva. <br/>-¿Nos acompañará hasta...? <br/>-Sí, hasta el centro de la tierra. <br/>Aún tenían que transcurrir cuarenta y ocho horas, que, con harto sentimiento mío, me vi <br/>precisado a invertir en los prepara tivos de marcha. Pusimos nuestros cinco sentidos y <br/>potencias en disponer cada objeto del modo más ventajoso: los instrumentos a un lado, <br/>las armas al otro, las herramientas en este paquete, los víveres en aquel otro, agrupándolo <br/>todo en cuatro divlsiones principales. <br/>Los instrumentos eran: <br/>l .°. Un termómetro centígrado de Eigel, graduado hasta 150°, lo cual me pareció <br/>demasiado e insuficiente. Demasiado, si el c alor del ambiente había de alcanzar esta <br/>temperatura, pues en semejante caso pereceríamos asados. Insuficiente, si se trataba de <br/>medir la temperatura de los manantiales o de cualquier otra materia en fusión. <br/>2.°. Un manómetro de aire comprimido, dispuesto de manera que marcase las presiones <br/>superiores a las de la atmósfera al nivel del mar, toda vez que, debiendo aumentar la <br/>presión atmosférica a medida que descendiésemos bájo la superficie de la tie rra, el <br/>barómetro ordinario no sería suficiente. <br/>3.°.  Un cronómetro de Boissonnas el menor, de Ginebra, perfectamente arreglado al <br/>meridiana de Hamburgo. <br/>4.°. Los brújulas de inclinación y de declinación. <br/>5.°. Un anteójo para observaciones nocturnas.  <br/>6.°. Los aparatos de Ruhmkorff, que, mediante una corriente eléctrica, daban una luz <br/>portátil, muy segura y poco embarazosa. <br/>Las armas consistían en dos carabinas de Purdley More y Compañía, y dos revólveres <br/>Colt. ¿Qué objeto tenían estas armas? Supongo que no tendríamos que habérnoslas con <br/>salvajes ni animales feroces. Pero mi tío parecía mirar con el mismo cariño su arsenal que <br/>sus instrumentos, y especialmente una buena cantidad de algodón pólvora inalterable a la <br/>humedad, cuya fuerza explosiva es notablemente superior a la de la pólvora ordinaria. <br/>Como herramientas llevábamos dos picos, dos azadones, una escala de seda, tres <br/>bastones herrados, un hacha, un martillo, una docena de cuñas y armellas de hierro, y <br/>largas cuerdas con nudos de trecho en trecho. Todo junto formaba un voluminoso fardo, <br/>pues la escala medía trescientos pies de longitud. <br/>El paquete que contenía las provisiones no era demasiado grande; pero esto no me <br/>preocupaba, pues sabía que encerraba una cantidad de carne concentrada y galleta <br/>suficiente para alimentarnos seis meses. El único liquido que llevábamos era ginebra, con <br/>absoluta exclusión de toda agua: pero íbamos provistos de calabazas, y mi tío contaba <br/>con encontrar manantiales en donde llenarlas, siendo inútiles cuantas observaciones le <br/>hice relativas a su calidad, a su temperatura y hasta sobre su ausencia absoluta. <br/>Para completar la nomenclatura exacta de nuestros artículos de viaje, haré mención de <br/>un botiquín portátil que contenía unas tijeras de punta redonda, tablillas para fracturas, <br/>una pieza de cinta de hilo crudo, vendas y c ompresas, esparadrapo, y una lanceta para <br/>sangrar, cosas que ponían los pelos de punta. Llevábamos, además, una serie de frascos <br/>que contenían dextrina, árnica, acetato de plomo líquido, éter, vinagre y amoníaco,<br/><br/><br/>Page No 37<br/><br/>drogas todas cuyo empleo no era muy dese able por cierto. Por último, no faltaban <br/>tampoco los ingredientes necesarios para los aparatos de Ruhmkorff. <br/>Tampoco olvidó mi tío el aprovisionarse de tabaco, de pólvora de caza y de yesca, ni un <br/>cinturón de cuero, que llevaba ceñido a los riñones, y en cerraba una buena cantidad de <br/>monedas de oro y plata, y de billetes de banco. En el grupo de las herramientas figuraban <br/>también seis pares de zapatos de excelente calidad, impermeabilizados merced a una capa <br/>de alquitrán y goma elástica. <br/>-Equipados, vestidos y calzados de esta suerte  -me dijo, al fin, mi tío -, no existe <br/>ninguna razón que nos prive de llegar a la meta. <br/>Todo el día 14 lo empleamos en arreglar estos diversos objetos. Por la tarde, comimos <br/>en casa del barón de Trampe, en com pañía del alcalde de Reykiavik y del doctor <br/>Hyaltalin, el médico más célebre de la isla. El señor Fridriksson no se hallaba entre los <br/>invitados; pero supe más tarde quc el gobernador y él hallábanse en desacuerdo acerca de <br/>una cuestión administrativa, por lo que no se tra taban. No tuve, pues, ocasión de <br/>comprender ni una palabra de nada de lo que se dijo durante aquella comida semioficial; <br/>pero observé que mi tío no cesó de hablar un momento. <br/>Al día siguiente, 15, quedaron terminados todos los preparativos. El señor Fridriksson <br/>prestó a mi tío un gran servicio regalándole un mapa de Islandia incomparablemente más <br/>perfecto que el de Henderson: el mapa de Olaf Nikolás Olsen, hecho en escala de <br/>1/480.000, y editado por la Sociedad Literaria Islan desa, con sujeción a los tra bajos <br/>geodésicos del señor Scheel Fri sac y la nivelación topográfica del señor Bjorn <br/>Gumlaugsonn. Era un documento precioso para un mineralogista. <br/>Pasamos la última velada en íntima conversación con el señor Fridriksson, que me <br/>inspiraba una íntima simpatía. A la charla, después, siguió un sueño bastante agitado, al <br/>menos por parte mía. <br/>A las cinco de la mañana despertáronme los relinchos de cuatro caballos que bajo mi <br/>ventana piafaban. <br/>-Vestíme a toda prisa y bajé en seguida a la calle, donde Hans estaba  acabando de <br/>cargar nuestra impedimenta, moviéndose lo menos posible, aunque dando muestras de <br/>poseer una extraordinaria destreza. Hacía mi tío más ruido del que era necesario; pero el <br/>guía prestaba, al parecer, poca o ninguna atención a sus recomendaciones, <br/>A las seis, estaba todo listo. El señor Fridriksson nos estrechó las manos. Mi tío le dio, <br/>en islandés, las gracias más expresivas por su amable hospitalidad. Yo, por mi parte, le <br/>saludé cordialmente en mi latín macarrónico. Montamos a caballo, y el señor Fridriksson <br/>espetóme con su último adiós este verso de Virgilio, que parecía hecho expresamente <br/>para nosotros, pobres viájeros que mirábamos con incertidumbre el camino: <br/>El quacumque viam dederit fortuna sequamur. <br/>  <br/>XII <br/>Habíamos partido con el tiempo  cubierto, pero fijo. No había que temer calores <br/>enervantes ni lluvias desastrosas. Un tiempo a propósito para hacer excursiones de recreo. <br/>El placer de recorrer a caballo un país desconocido me hizo sobrellevar fácilmente el <br/>principio de la empresa. Entreguéme por completo a las delicias que la Naturaleza nos <br/>ofrece, ya que no tenía libertad para disponer de mí mismo. Empecé a tomar mi partido y <br/>a mirar las cosas con calma.<br/><br/><br/>Page No 38<br/><br/>“Después de todo” preguntábame a mí mismo, “¿que es lo que arriesgo yo con viájar <br/>por el país más curioso del mundo, y escalar la montaña más notable de la tierra? Lo peor <br/>es el tener que descender al fondo de un cráter apagado. Sin embargo, no cabe duda <br/>alguna que Saknussemm hizo lo mismo. En cuanto a la existencia de un túnel que <br/>conduce al centro del globo... ¡eso es pura fantasía! Por consiguiente, lo mejor será <br/>aprovecharse de todo lo bueno que haya en la expedición. y poner buena cara al mal <br/>tiempo”. <br/>Apenas había terminado de hacer estos raciocinios, cuando salimos de Reykiavik. <br/>Hans marchaba a la cabeza, con paso rápido, uniforme y continuo. Seguíanle los dos <br/>caballos que llevaban nuestra impedimenta, sin que fuese necesario guiarlos. Por último, <br/>marchábamos mi tío y yo, y a la verdad que no hacíamos muy mala figura montados en <br/>aquellos animalitos vigorosos, a pesar de su carta alzada. <br/>Es Islandia una de las grandes islas de Europa ; mide 1.400 millas de superficie y sólo <br/>tiene 60.000 habitantes. Los geógrafos la han dividido en cuatro regiones, y teníamos que <br/>atravesar casi oblicuamente la llamada País del Sudoeste, Sudvestr Fjordúngr. <br/>Al salir de Reykiavik, guiónos Hans por la orilla del mar, marchando sobre pastos muy <br/>poco frondosos que pugnaban por parecer verdes sin poder pasar de amarillos. Las <br/>rugosas cumbres de las masas tr aquíticas esbozábanse en el horizonte, entre las brumas <br/>del Este; a veces, algunas manchas de nieve, concentrando la luz difusa resplandecían en <br/>las vertientes de las cimas lejanas; ciertos picos más osados que otros, atravesaban las <br/>nubes grises y reaparecían después por encima de los movedizos vapores, cual escollos <br/>que emergiesen en las llanuras etéreas. <br/>Con frecuencia, aquellas cadenas de áridas rocas avanzaban una punta hacia el mar, <br/>mordiendo la pradera sobre la cual cami nábamos; pero siempre quedab a espacio <br/>suficiente para poder pasar. Nuestros caballos elegían instmtivamente los lugares más <br/>propicios sin retardar su marcha jamás. Mi tío no tenía ni el con suelo de excitar a su <br/>cabalgadura con el látigo a la voz; estábale vedada la impaciencia. Yo no podía evitar el <br/>sonreirme al contemplarle tan largo montado en su jaquilla; y, como sus desme suradas <br/>piernas rozaban casi el suelo, parecía un centauro de seis pies. <br/>-¡Magnífico animal! -me decía-. Ya verás, Axel, cómo no existe ningún bruto que <br/>aventaje en inteligencia al caballo islandés; ni nieves, ni tempestades, ni rocas, ni <br/>ventisqueros.. no hay nada que le detenga. Es sobrio, valiente y seguro. Jamás da un paso <br/>en falso ni recula. Cuando tengamos que atravesar algún fiordo o algún río, ya le verá s <br/>arrojarse al agua sin titubear, lo mismo que un anfibio, y llegar a la orilla opuesta. Mas no <br/>los hostiguemos; dejémosles camtnar a su albedrío, y ya verás cómo hacemos nuestras <br/>diez leguas diarias. <br/>-Nosotros no cabe duda, pero el guía... <br/>-No te inquietes por el guía. Estas gentes caminan sin darse cuenta de ello. Este nuestro, <br/>se mueve tan poco, que no debe fatigar se. Además, si es preciso, yo le cederé mi <br/>montura. Así como así, si no me muevo un poco, pronto me acometerán los calambres. <br/>Los brazos van muy bien, pero no hay que echar en olvido las piernas. <br/>Avanzábamos con paso rápido, y el país iba estando ya casi desierto. De trecho en <br/>trecho aparecía el margen de una hondonada, cual pobre mendigante, alguna granja <br/>aislada, algún böer  solitario, hecho de madera, tierra y lava. Estas miserables chozas <br/>parecían implorar la caridad del transcúnte y daban ganas de darles una limosna. En aquel<br/><br/><br/>Page No 39<br/><br/>país no hay caminos, ni tan siquiera senderos, y la vegetación, a pesar de ser tan lenta, no <br/>tarda en borrar las huellas de los escasos viajeros. <br/>Sin embargo. esta parte de la provincia, situada a dos pasos de la capital, es una de las <br/>porciones más pobladas y cultivadas de Islandia. ¡Júzguese lo que serán las regiones <br/>desbabitadas de aquel desierto! Hiabíamos recorrido ya media milla sin haber encontrado <br/>ni un labriego sentado a la puerta de su cabaña. ni un pastor salvaje apacentando un <br/>rebaño menos salváje que él: tan sólo habíamos visto algunas vacas y carneros <br/>completamente abandonados. ¿Qué serían las regiones tras tornadas, removidas por los <br/>fenómenos eruptivos. hijas de las explosiones volcánicas y de las conmociones <br/>subterráneas? <br/>Destinados nos hallábamos a conocerlas más tarde: pero, al consultar el mapa do Olsen, <br/>vi que siguiendo los tortuosos contornos de la p laya nos apartábamos de ellos, toda vez <br/>que el gran movimiento plutónico se ha concentrado espccialmente en el interior de la <br/>isla. donde las capas horizontales de rocas sobre puestas, llamadas en escandinava trapps, <br/>las fajas traquíticas, las erupciones de basalto. de toba y de todos los conglomerados vol-<br/>cánicos, las corrientcs de lava y de pórfido en fusión, han formado un país que inspira un <br/>horror sobrenatural. Entonces no sospechaba el espectáculo que nos esperaba en la <br/>península del Sneffels, en donde estos residuos de naturalcza volcánica forman un caos <br/>espantoso. <br/>Dos horas después de nuestra salida de Reykiavik, llegarnos a la villa de Gufunes. <br/>llamada aoalkirkja o iglesia principal. que no ofrece cosa alguna de notable. Sólo tiene <br/>alegnas casas que no bastarían para formar un lugarejo alemán. <br/>Hans se detuvo allí media hora, aproximadamente, compar tió con nosotros nuestro <br/>frugal almuerzo. respondió con monosílabos a las preguntas de mi tío relativas a la <br/>naturaleza del camino, y cuando le pregun tó dónde tenía pensada que pasásemos la <br/>noche, respondió secamente. <br/>-Gardär. <br/>Consulté el mapa para ver lo que era Gardär, y viendo un caserío de este nombre a <br/>orillas del Hvalfjörd, a cuatro millas de Reykiavik, mostréselo a mi tío. <br/>-¡Cuatro millas nada más!  --exclamó-. ¡Tan sólo cuatro millas de las veintidós que <br/>tenemos que andar! ¡Es un bonito paseo! <br/>Quiso hacer una observación al guía; pero éste, sin escucharle, volvió a ponerse delante <br/>de los caballos y emprendió de nuevo la marcha. <br/>Tres horas más tarde, sin dejar nunca de caminar sobre el descolorido césped, tuvimos <br/>que contornear el Kollafjörd. rodeo más fácil y rápido que la travesía del golfo. No <br/>tardamos en entrar en un  pingtaoer, lugar de jurisdicción comunal, nombrado Ejulberg, y <br/>cuyo campanario habría dado las doce del día si las iglesias islandesas hubiesen sido lo <br/>suficientemente ricas para poseer relojes: pero, en esto, se asemejan a sus feligreses, que <br/>no tienen reloj y se pasan perfectamente sin él. <br/>Allí dimos descanso a los caballos, los  cuales, tomando des pués por un ribazo <br/>comprendido entre una cordillera y el mar, lleváronnos de un tirón al  aoalkirkja de <br/>Brantar y una mil más adelante. a Saurböer  annexia, iglesia anexia, situada en la orilla <br/>Sur del Hvalfjörd. Eran a la sazón las cuatr o de la tarde y había mos avanzado cuatro <br/>millas. <br/>El fiordo en aquel punto tenía de longitud media milla por lo menos; las alas se <br/>estrellaban con estrépito sobre las agudas rocas. Este golfo se abría entre murallas de<br/><br/><br/>Page No 40<br/><br/>piedra cortadas a pico, de tres mil  pies de elevación. y notables por sus capas obscuras <br/>quc separaban los lechos de toba de un matiz rojizo. Por muy grande quc fuese la <br/>inteligencia de nuestros caballos, no me hacia mucha gracia el tener que atravesar un <br/>verdadero brazo de mar sobre el lomo de un cuadrúpedo. <br/>-Si realmcnte son tan inteligentes, no tratarán de parar -dije yo-. En todio caso, yo me <br/>encargo de suplir su falta de inteligencia. <br/>Pero mi tío no quería esperar y hostigó su caballo hacia la orilla. El animal fue a <br/>husmear la última ondulación de las olas y detúvose. El profesor, que también tenía su <br/>instinto, quiso obligarlo a pasar: pero el bruto negóse a obedecerle, moviendo la cabeza. <br/>A los juramentos y latigazos de mi tío contestó encabri tándose la bestia, faltando pocó <br/>para que despidiese al jinete: y por fin el caballejo, doblando los corvejones, escurrióse <br/>de entre las piernas del profesor, dejándole plantado sobre dos piedras de la orílla como el <br/>coloso do Rodas. <br/>-¡Ah! ¡maldito animal! -¡exclamó encolerizado el jinete transformado inopinadamente <br/>en peatón, y avergonzado como un oficial de caballería que se viese convertido en infante <br/>de improviso. <br/>-Farja --dijo nuestro guía, tocándole en el hombro. <br/>-¡Cómo! ¿Una barca? <br/>-Der -respondió Hans mostrándole una embarcación. <br/>-Sí -exclamé yo-, hay una barca. <br/>-Pues, hombre, ¡haberlo dicho! Está bien, prosigamos. <br/>-Tidvatten -replicó el guía. <br/>-¿Qué dice? <br/>-Dice marea-respondió mi tío, traduciéndome la palabra danesa. <br/>-¿Será, sin duda, preciso esperar a que crezca la marea? <br/>-¿Förbida? -preguntó mi tío. <br/>-Ja -respondió Hans. <br/>El profesor golpeó el suelo con el pie, en tanto que los caba llos dirigíanse hacia la <br/>barca. <br/>Comprendí perfectamente la necesidad de esperar, para emprender la travesía del <br/>fiordo, ese instante en que la márea se para, des pués de haber alcanzado su máxima <br/>altura. Entonces el flujo y reflujo no ejercen acción alguna sensible, y no hay, por tanto, <br/>peligro de que la barca sea arrastrada por la corriente ni hacia el fondo del golfo, ni hacia <br/>el mar. <br/>Hasta las seis de la tarde n o llegó el momento propicio; y, a esta hora, mi tío, yo, el <br/>guía, dos pasajeros y los cuatro caballos nos instalamos en una especie de barca del fondo <br/>plano, bastante frágil. Como estaba acostumbrado a los barcos a vapor del Elba, <br/>pareciéronme los remos de los barqueros un procedimiento anticuado. Echamos más de <br/>una hora en atravesar el fiordo; pero lo pasamos, al fin, sin accidente ninguno. <br/>Media hora después llegábamos al aoalkirkja de Gardä. <br/>  <br/>XIII <br/>Ya era hora de que fuese de noche: pero en el paralelo  65°, la claridad diurna de las <br/>regiones polares no debía causarme asombro: en Islandia no se pone el sol durante los <br/>meses de junio y julio.<br/><br/><br/>Page No 41<br/><br/>La temperatura, no obstante, había descendido; sentía frío, y, sobre todo, hambre. ¡Bien <br/>haya el böer que abrió para recibirnos sus hospitalarias puertas! <br/>Era la mansión de un labriego, pero, por lo que a la hospitalidad se refiere, no le iba en <br/>zaga a ningún palacio real. A nuestra llegada vino el dueño a tendernos la mano, y, sin <br/>más ceremonias, nos hizo señas pare que le siguiésemos. <br/>Y le seguimos, en efecto, cada vez que acompañarle hubiera sido imposible. Un <br/>corredor largo, estrecho y obscuro daba acceso a esta cabaña, construida con maderos <br/>apenas labrados, y permitía llegar a todas sus habitaciones, que eran cuatro: la cocina, el <br/>taller de tejidos, la badstofa, alcoba de la familia, y la destinada a los huéspedes, que era <br/>la mejor de todas. Mi tío, con cuya talla no se había contado al construir la cabaña, dió en <br/>tres o cuatro ocasiones con la cabeza contra las vigas del techo. <br/>Introdujéronnos en nuestra habitación, que era una especie de salón espacioso, de suelo <br/>terrizo, y que recibía la luz a través de una ventana cuyos vidrios estaban hechos de <br/>membranes de carnero bien poco transparentes. <br/>Consistían las camas en un poco de heno seco, amontonado sobre los bastidores de <br/>madera pintada de rojo y ornamentada con sentencias islandesas. No esperaba yo <br/>ciertamente tanta comodidad; pero, en cambio, reinaba en el interior de la casa un <br/>penetrante olor a pescado seco, a carne macerada y a leche agria que repugnaba de un <br/>modo extraordinario a mi olfato. <br/>Cuando nos hubimos desembarazado de nuestros arreos de viaje, oímos la voz del <br/>dueño de la casa que nos invitaba a pasar a la coc:ina, única pieza en que se encendía <br/>lumbre, hasta en los mayores fríos. <br/>Mi tío se apresuró a obedecer la amistosa invitación, y yo le seguí al momento. <br/>La chimenea de la cocina era de antigun modelo: el hogar consistía en una piedra en el <br/>centro de la habitación, con un agujero en el techo por el cual se escapaba el humo. Esta <br/>cocina servía de comedor al mismo tiempo. <br/>Al entrar, nuestro huésped, como si no nos hubiese visto hasta entonces, saludónos con <br/>le palabra soellvertu, que significa "sed felices'", y nos besó en las mejillas. <br/>A continuación, su esposa pronunció las mismas palabras, acompañadas de igual <br/>ceremonial; y después, los dos esposos. colocándose la mano derecha sobre el corazón, se <br/>inclinaron profundamente. <br/>Me apresuro a decir que la islandesa era madre de diez y nueve hijos, todos los cuales. <br/>así los grandes como los pequeños, corrían y saltaban en medio de los torbellinos de <br/>humo que llenaban la estancia. A cada instante veía salir de entre aquella nie bla una <br/>cabecita rubia y un tanto melancólica. Habríase dicho que formaban un coro de ángeles <br/>insuficientemente aseados. <br/>Mi tío y yo dispensamos una excelente acogida a aquella abundante parva, y al poco <br/>rato teníamos tres o cuatro de ellos sobre nuestras espaldas, otros tantos sobre nuestras <br/>rodillas y el resto entre nuestras piernas. Los que ya sabían hablar, repetían soellvertu en <br/>todos los tonos imaginables, y los que aún no habían aprendido, gritaban con todas sus <br/>fuerzas. <br/>El anuncio de la comida interrumpió este concierto. En este momento entró el cazador <br/>que venía de tomar sus medidas para que los caballos comiesen, es decir, que los había <br/>económicamente soltado en el campo, donde los infelices animales tendrí an que <br/>contentarse con pacer el escaso musgo de las rocas y algunas ovas bien poco nutritivas; lo<br/><br/><br/>Page No 42<br/><br/>cual no sería  obstáculo, para que, al día siguiente, viniesen voluntariamente a reanudar, <br/>sumisos, el trabajo de la víspera. <br/>- Soellvertu -dijo Hans al entrar. <br/>Después, tranquilamente, automáticamente, sin que ninguno de los ósculos fuese más <br/>acentuado que cualquiera de los demás, besó al dueño de la casa, a su esposa y a sus diez <br/>y nueve hijos. <br/>Terminada la ceremonia, nos sentamos a la mesa en número de veinticuatro, y por <br/>consiguiente, los unos sobre los otros en el verdadero sentido de la expresión. Los más <br/>favorecidos sólo tenían sobre sus rodillás dos muchachos. <br/>La llegada de la sopa hizo reinar el silencio entre la gente menuda, y la taciturnidad <br/>característica de los islandeses, inclu so entre los muchachos, recobró de nuevo su <br/>imperio. Nuestro huésped sirviónos  una sopa de liquen que no era desagradable, y <br/>después, una enorme porción de pescado seco, nadando en mantequilla agria, que tenía lo <br/>menos veinte años. y muy pre ferible. por consiguiente, a la fresca, según las ideas <br/>gastronómicas de Islandia. Había además skyr, especie de leche cuajada y sazonada con <br/>jugo de hayas de enebro. En fin, para beber, ofreciónos un brebáje, compuesto de suero y <br/>agua, conocido en el país con el nombre de blanda. No sé si esta extraña comida era o no <br/>buena. Yo tenía buen hambre y, a los postres, me di un soberbio atracón de una espesa <br/>papilla de alforfón. <br/>Terminada la comida, desaparecieron los niños, y las perso nas mayores rodearon el <br/>hogar donde ardían brezos, turba, estiércol de vaca y huesos de pescado seco. Después de <br/>calentarse de este modo, los diversos grupos volvieron a sus habitaciones respectivas. La <br/>dueña de la casa ofrecióse, según era costumbre, a quitarnos los pantalones y medias; <br/>pero renunciamos a tan estimable honor, dándole, sin embargo, las gracias del modo más <br/>expresivo; la mujer no insistió, y pude, al fin, arrojarme sobre mi cama de heno. <br/>Al día siguiente, a las cinco, nos despedimos del campesino islandés, costándole gran <br/>trabájo a mi tío el hacerle aceptar una remuneración adecuada, y dió Hans la señal  de <br/>partida. <br/>A cien pasos de Gardär, el terreno empezó a cambiar de aspecto, haciéndose pantanoso <br/>y menos favorable a la marcha. Por la derecha, la serie de montañas prolongábase <br/>indefinidamente como un inmenso sistema de fortificaciones naturales cuya <br/>contraescarpa seguíamos, presentándose a menudo arroyuelos que era preciso vadear sin <br/>mojar demasiado la impedimenta. <br/>El país iba estando cada vez más desierto; sin embargo, aun a veces alguna sombra <br/>humana parecía huir a lo lejos. Si las revueltas del camino nos acercaban inopinadamente <br/>a uno de estos espectros, sentía yo una invencible repugnancia a la vista de una cabeza <br/>hinchada, una piel reluciente, desprovista de cabellos, y de asquerosas llagas que dejaban <br/>al descubierto los grandes desgarrones de sus miserables harapos. <br/>La desdichada criatura, lejos de tendernos su mano deformada, alejábase; pero no tan <br/>de prisa que Hans no tuviese tiempo de saludarla con su habitual sallvertu. <br/>-Spetelsk -decía después. <br/>-¡Un leproso! -repetía mi tío. <br/>Tan sólo la palabra produce de por sí un efecto repulsivo. Esta horrible afección de la <br/>lepra es bastante común en Islandia. No es contagiosa, pero sí hereditaria, y por eso a <br/>estos desgraciados les está prohibido el casarse.<br/><br/><br/>Page No 43<br/><br/>Estas apariciones no eran las más a propósi to para alegrar el paisaje cuya tristeza se <br/>hacía más profunda a cada instante. Los últi mos copetes de hierba acababan de morir <br/>debajo de nuestros pies. No se veía ni un árbol, pues ni merecían tal nombre algunos abe-<br/>dules enanos que más parecían malezas. Aparte de algunos caballos que erraban por las <br/>tristes llanuras, abandonados por sus amos que no los podían mantener, tampoco se veían <br/>animales. De vez en cuando cerníase un halcón entre las nubes grises, y huía rápidamente <br/>hacia las regiones del Sur. Yo me dejé arrastrar por la melan colía de áquella naturaleza <br/>salváje y mis recuerdos condujéromne a mi país natal. <br/>Hubo después que cruzar algunos pequeños fïordos que carecían de importancia, y, por <br/>último, un verdadero golfo; la marea, parada a la sazón,  nos permitió pasarlo y llegar al <br/>caserío de Alftanes, una milla más allá. <br/>Al anochecer, después de haber vadeado dos ríos donde abundaban las truchas y los <br/>sollos, el Alfa y el Heta, nos vimos precisados a hacer noche en una casucha ruinosa y <br/>abandonada, digna de estar habitada por todos los duendes y espíritus de la mitología <br/>escandinava. Sin duda alguna, el genio del frío había fijado en él su residencia, pues hizo <br/>de las suyas toda la noche. <br/>Durante la jornada inmediata no ocurrió ningún incidente especial. Siempre el mismo <br/>terreno pantanoso, la misma fisonomía triste, la misma uniformidad. Al llegar la noche <br/>habíamos recorrido la mitad de la distancia total, y pernoctamos en el anejo de Krösolbt. <br/>El 10 de junio recorrimos una milla, sobre poco más o menos, por un terreno de lava. <br/>Esta disposición del suelo se llama en el país  hraun. La lava arrugada de la superficie <br/>afectaba la forma de calabrotes, unas veces prolongados, otras veces adujados. De las <br/>montañas vecinas descendían inmensas corrientes, ya solidificadas, de lava, procedentes <br/>de volcanes, actual mente apagados, pero cuya violencia pasada pregonaban estos <br/>vestigios. Esto no obstante, los humos de algunos manantiales calientes elevábanse de <br/>distancia en distancia. <br/>Faltábanos el tiempo para obs ervar estos fenómenos; era necesario avanzar, y los <br/>cascos de nuestros caballos no tardaron en hundirse de nuevo en terrenos pantanosos, <br/>sembrados de pequeñas lagunas. Marchábamos a la sazón hacia el Oeste, des pués de <br/>haber rodeado la gran bahía de Faxa,  y la doble cima blanca del Sneffels erguíase entre <br/>las nubes a menos de cinco millas. <br/>Los caballos marchaban bien, sin que les detuvieran las difi cultades del suelo. Yo <br/>empezaba a sentirme fatigado, mas mi tío permanecía firme y derecho como el primer <br/>día, inspirándome una sincera admiración, lo mismo que el cazador, que considera ba <br/>aquella expedición como un sencillo paseo. <br/>El sábado 20 de junio, a las seis de la tarde, llegamos a Büdir, aldea situada a la orilla <br/>del mar, y el guía reclamó el salario convenido. Mi tío pagóle en el acto. <br/>Aquí fue la familia misma de Hans, es decir, sus tíos y primos, quienes nos hospedaron <br/>en su casa. Fuimos muy bien recibidos, y, sin abusar de la amabilidad de aquellas buenas <br/>gentes, de buena gana hubiera permanecido en su compañía algún tiempo con objeto de <br/>reponerrne de las fatigas del viaje; pero mi tío, que no experimentaba necesidad de <br/>descanso, no lo entendió de igual modo, y a la mañana siguiente no hubo otra solución <br/>que montar nuevamente nuestras pobres cabalgaduras. <br/>El suelo se encontraba afectado por la proximidad de la montaña, cuyas raíces de <br/>granito salían de la tierra cual las de una vieja encina. Íbamos contorneando la base del <br/>volcán. El profesor no le perdía de vista; gesticulaba sin cesar y parecía de safiarle y<br/><br/><br/>Page No 44<br/><br/>decirle «¡He aquí el gigante que voy a sojuzgar!». Por fin, después de veinticuatro horas <br/>de marcha, detuviéronse espontáneamente los caballos a la puerta de la rectoría de Stapi. <br/>  <br/>XIV <br/>Es Stapi un lugarejo compuesto de unas treinta chozas, edificado sobre un mar de lava, <br/>bájo los rayos del sol reflejados por el volcán. Extiéndese en el fondo de un pequeño <br/>fiordo, encájado en una muralla que hace el más extraño efecto. <br/>Sabido es que el basalto es una roca obscura de origen ígneo, afectando forma s muy <br/>regulares cuya disposición causa extrañeza. La Naturaleza procede al formar esta <br/>substancia de una manera geométrica, y trabaja de un modo semejante a los hombres, <br/>como si manejase la escuadra, el cornpás y la plomada. Si en todas sus otras <br/>manifestaciones desarrolla su arte forman do moles inmensas y deformes, conos apenas <br/>esbozados, pirámides imperfectas cuyas líneas generales no obedecen a un plan <br/>deterrninado, por lo que respecta al basalto, queriendo dar, sin duda, un ejemplo de <br/>regularidad, y adelantándose a los arquitectos de las primeras edades, ha creado un orden <br/>severo que ni los esplendores de Babilonia ni las maravillas de Grecia han sobrepujado <br/>jamás. <br/>Había oído hablar de la Calzada de los Gigantes, de Irlanda, y de la Gruta de Fingal, en <br/>una de las islas dcl grupo de las Hébridas; pero el aspecto de una estructura basáltica no <br/>se había pre sentado nunca a mis ójos. En Stapi este fenómeno motróseme en todo su <br/>hermoso esplendor. <br/>La muralla del fordo, como toda la costa de la península, h allábase formada por una <br/>serie de columnas verticales de unos treinta pies de altura. <br/>Estos fustes, bien proporcionados y rectos, soportaban una arcada de columnas <br/>horizontales, cuya parte avanzada formaba una semibóveda sobre el mar. A ciertos <br/>intervalos, y debajo de aquel cobertizo natural, sorprendía la mirada aberturas ojivales de <br/>un admirable dibujo, a través de las cuáles venían a precipitarse, formando montañas de <br/>espuma, las olas irritadas del mar. Algunos trozos de basaltos arrancados por los furores <br/>del Océa no, yacían a lo largo del suelo cual ruinas de un templo antiguo; ruinas <br/>eternamente jóvenes, sobre las cuales pasaban los siglos sin corroerlas. <br/>Tal era la última etapa de nuestro viaje terrestre. Hans nos había conducido a ella con <br/>probada inteligencia, y tranquilizábame la idea de que nos seguiría acompañando. <br/>Al llegar a la puerta de la casa del cura, cabaña sencilla y de un único piso, ni más bella <br/>ni más cómoda que las otras, vi un hombre herrando un caballo, con el martillo en la <br/>mano y el mandil de cuero a la cintura. <br/>-Soellvertu -le dijo el cazador. <br/>-God dag -respondió el albéitar en perfecto danés. <br/>-Kyrkoherde-dijo Hans, volviéndose hacia mi tío. <br/>-¡Èl rector! -repitió este último-. Paréceme, Axel, que este buen hombre es el cura. <br/>Entretanto, ponía Hans al kyrkoherde al corriente de la situa ción; suspendió entonces <br/>éste su trabajo, lanzó una especie de grito en uso, sin duda alguna, entre caballos y <br/>chalanes, y salió de la cabaña en seguida una mujer que parecía una furia; no le faltaría <br/>mucho para medir seis pies de estatura.<br/><br/><br/>Page No 45<br/><br/>Temí que viniese a ofrecer a los viájeros el ósculo islandés: pero no fue así, por fortuna; <br/>al contrario, nos puso muy mala cara al introducirnos en la casa. <br/>La habitación destinada a los huéspedes, infecta, sucia y estrecha, parecióme que era la <br/>peor de la rectoría; pero fue nece sario contentarse con ella, pues el rector no parecía <br/>practicar la hospitalidad antigua. <br/>Antes de terminar el día vi que teníamos que habérnoslas con un pescador, un herrero, <br/>un cazador, un carpintero... todo menos un ministro del Señor. Verdad es que era día de <br/>trabajo; tal vez se desquitase los domingos. No quiero hablar mal de estos pobres <br/>sacerdotes que, al fin y al cabo, son unos infelices; reci ben del Gobierno danés una <br/>asignación ridícula y perciben la cuarta parte de los diezmos de sus parroquias, lo que en <br/>total ni llega a sumar sesenta rnarcos. Necesitan, por consiguiente, trabajar para vivir; <br/>pero pescando, cazando y herrando caballos, se acaba por adquirir las maneras, los <br/>hábitos y el tono de los pescadores, cazadores y otras gentes no menos rudas; y por eso <br/>aquella misma noche advertí que entre las virtudes del párroco no se hallaba la de la <br/>templanza. <br/>Mi tío no tardó en darse cuenta de la clase de hombre con quien tenía qu e habérselas; <br/>en vez de un digno y honrado sabio, halló un grosero y descortés campesino, y resolvió <br/>emprender lo más pronto posible su gran expedición, y abandonar cuanto antes a aquel <br/>cura tan poco hospitalario. Sin fijarse siquiera en su propio cansancio, decidió ir a pasar <br/>algunos días en la montaña. <br/>Desde el día siguiente al de nuestra llegada a Stapi, comen zaron los preparativos de <br/>marcha. Contrató Hans tres islandeses que debían reemplazar a los caballos en el <br/>transporte de nuestra impedimenta: pero, una vez llegados al fondo del cráter, estos <br/>indígenas debían desandar el camino y dejarnos a los tres solos. Este punto quedó <br/>perfectamente aclarado. <br/>Entonces tuvo mi tío que decir al cazador que tenía la intención de reconocer el cráter <br/>del volcán hasta sus últimos límites. <br/>Hans contentóse con inclinar la cabeza en señal de asenti miento. El ir a un sitio o a <br/>otro, el recorrer la superficie de su isla o descender a sus entrañas, érale indiferente del <br/>todo. En cuanto a mí, distraído hasta entonces por l os incidentes del viáje, habíame <br/>olvidado algo del porvenir; pero ahora sentí que la zozobra se apoderaba de mí <br/>nuevamente. ¿Qué hacer? En Hamburgo hubie ra sido ocasión de oponerme a los <br/>designios del profesor Lidenbrock; pero al pie del Sneffels, no había posibilidad. <br/>Una idea, sobre todo, preocupábame más que todas las otras; una idea espantosa, capaz <br/>de crispar otros nervios mucho menos sensibles que los míos. <br/>"Veamos" me decía a mí mismo: "nos vamos a encaramar en la cumbre del Sneffels. <br/>Está bien. Vamos a visitar su cráter. Sober bio: otros lo han hecho y aún viven. Mas no <br/>para aquí la cosa: si se presenta un camino para descender a las entrañas de la tierra, si <br/>ese malhadado Saknussemm ha dicho la verdad, nos vamos a per der en medio de las <br/>galerías subterráneas del volcan, Ahora bien. ¿quién es capaz de afirmar que el Sneffels <br/>está apagado del todo? ¿Hay algo que demuestre que no se está preparando otra <br/>erupción? Del hecho de que duerma el monstruo desde 1229, ¿hernos de deducir que no <br/>pueda despertarse? Y si se depertase, ¿qué sería de nosotros?" <br/>Valía la pena de pensar en todo esto, y mi imaginación no cesaba de dar vueltas a estas <br/>ideas. No podía dormir sin soñar con erupciones, y me parecía tan brutal como triste el <br/>tener que representar el papel insignificante de cacería.<br/><br/><br/>Page No 46<br/><br/>Incapaz de callar por más tiempo, decidí fnalmente someter el caso a mi tío con la <br/>mayor prudencia posible, y en forma de hipótesis perfectamente irrealizable. <br/>Aproximéme a él, le manifesté mis temores y retrocedí varios pasos p ara evitar los <br/>efectos de la primera explosión de su cólera. <br/>-En esto estaba pensando -me respondió simplemente. <br/>¿Qué interpretación debía dar a estas inesperadas palabras? ¿Iba, al fin, a escuchar la <br/>voz de la razón? ¿Pensaría suspender sus proyectos? ¡No sería verdad tanta belleza! <br/>Tras algunos instantes de silencio. que no me atreví a interrumpir, añadió: <br/>-Sí; en eso estaba pensando. Desde nuestra llegada a Stapi, me he preocupado de la <br/>grave cuestión que acabas de someter a mi juicio, porque no convien e cometer <br/>imprudencias. <br/>-No -respondí con vehemencia. <br/>-Hace seiscientos años que el Sneffels está mudo; pero puede hablar otra vez. Ahora <br/>bien, las erupciones volcánicas van siempre precedidas de fenómenos perfectamente <br/>conocidos; por eso, después de interrogar a los habitantes del país y de estudiar el terreno, <br/>puedo asegurarte, Axel, que no habrá por ahora erupción. <br/>Al oír estas palabras, quedéme estupefacto y no pude replicar. <br/>-¿Dudas de mis palabras? -dijo mi tío-; pues sígueme. <br/>Obedecí maquinalmente. Al salir de la rectoría, tomó el profesor un camino directo que, <br/>por una abertura de la muralla basáltica, se alejaba del mar. No tardamos en hallarnos en <br/>campo raso, si se puede dar este nombre a un inmenso montón de deyec ciones <br/>volcánicas. Los accidentes del suelo parecían como borrados bajo una lluvia de piedras, <br/>de lava, de basalto, de granito y de toda clase de rocas piroxénicas. <br/>Veíanse de trecho en trecho ciertas columnas de humo ele varse en el seno de la <br/>atmósfera. Estos vapores blancos, llamados reykir en islandés, procedían de manantiales <br/>termales, y su violencia indicaba la actividad volcánica del suelo, lo cual me parecía <br/>confirmar mis temores; júzguese, pues, cuál no sería mi sorpresa cuando mi tío me dijo: <br/>-¿Ves esos humos, Axel? Pues bien, ellos nos demuestran que no debemos temer los <br/>furores del volcán. <br/>-¡Cómo puede ser eso! -exclamé. <br/>-No olvides lo que voy a decirte  -prosiguió el profesor-: cuando una erupción se <br/>aproxima, todas estas humaredas redoblan su actividad para desaparecer por  completo <br/>mientras subsiste el fenómeno; porque los fluídos elásticos, careciendo de la necesaria <br/>tensión, toman el camino de los cráteres en lugar de escaparse a través de las fisuras del <br/>globo. Si, pues, estos vapo res mantiénense en su estado habitual,  si no aumenta su <br/>energía, y si añades a esta observación que la lluvia y el viento no son reemplazados por <br/>un aire pesado y en calma, puedes desde luego afirmar que no habrá erupción próxima. <br/>--Pero... <br/>-Basta. Cuando la ciencia ha hablado, no se puede replicar. <br/>Volví a la rectoría con las orejas gachas; mi tío me había anonadado con argumentos <br/>científicos. Sin embargo, todavía conservaba la esperanza de que, al bájar al fondo del <br/>cráter, nos fuese materialmente imposible el proseguir la endiablada excur sión por no <br/>existir ninguna galería, a pesar de las afirmaciones de todos los Saknussemm del mundo. <br/>Pasé la noche inmediata sumido en una horrible pesadilla, en medio de un volcán; y <br/>desde las profundidades de la tierra, sentíme lanzado a los espacios interp lanetarios en <br/>forma de roca eruptiva.<br/><br/><br/>Page No 47<br/><br/>Al día siguiente, esperábanos Hans con sus compañeros cargados con nuestros víveres, <br/>utensilios a instrumentos. Dos bastones herrados, dos fusiles y dos cartucheras nos <br/>estaban reservados a mi tío y a mí. Nuestro guí a, que era hombre precavido, había <br/>añadido a nuestra impedimenta un odre lleno que, unido a nuestras calabazas, nos <br/>aseguraba agua para ocho días. <br/>Eran las nueve de la mañana. El rector y su gigantesca furia, esperaban delante de la <br/>puerta, deseosos, sin duda, de darnos su último adiós: pero este adiós tomó la inesperada <br/>forma de una cuenta formidable, en la que se nos cobraba hasta el aire, bien infecto por <br/>cierto, que habíamos respirado en la casa rectoral. La dignísima pareja nos desolló como <br/>un hostelero suizo, cobrándonos a precio fabuloso su ingrata hospitalidad. <br/>Mi tío pagó sin regatear. Un hombre que partía para el centro de la tierra no había de <br/>parar la atención en unos miserables rixdales. Arreglado este punto, dió Hans la señal de <br/>partida, y algunos instantes después habíamos salido de Stapi. <br/>  <br/>XV <br/>Tiene el Sneffels 5,000 pies de elevación, siendo, con su doble cono, como la <br/>terminación de una faja traquítica que se destaca del sistema oreográfico de la isla. Desde <br/>nuestro punto de partida no se p odían ver sus dos picos proyectándose sobre el fondo <br/>grisáceo del cielo. Sólo distinguían mis ojos un enorme casquete de nieve que cubría la <br/>frente del gigante. <br/>Marchábamos en fila, precedidos del cazador, quien nos guiaba por estrechos senderos, <br/>por los que no podían caminar dos personas de frente. La conversación se hacía, pues, <br/>poco menos que imposible. <br/>Más allá de la muralla basáltica del fïordo de Stapi, encon tramos un terreno de turba <br/>herbácea y fibrosa, restos de la anti gua vegetación de los pantanos de la península. La <br/>masa de este combustible, todavía inexplotado, bastaría para calentar durante un siglo a <br/>toda la población de Islandia. Aquel vasto hornaguero, medido desde el fondo de ciertos <br/>barrancos, tenía con frecuencia setenta pies de altura, y presentaba capas sucesivas de <br/>detritus carbonizados, separados por vetas de piedra pómez y toba. <br/>Como digno sobrino del profesor Lidenbrock, y a pesar de mis preocupaciones, <br/>observaba con verdadero interés las curiosidades mineralógicas expuestas en aquel vasto <br/>gabinete de historia natural, al par que rehacía en mi mente toda la historia geológica de <br/>Islandia. <br/>Esta isla tan curiosa, ha surgido realmente del fondo de los mares en una época <br/>relativamente moderna, y hasta es posible que aún continúe ele vándose por un <br/>movimiento insensible. Si es así, sólo puede atribuirse su origen a la acción de los fuegos <br/>subterráneos, y en este caso, la teoría de Hunfredo Davy, el documento de Saknussemm y <br/>las pretensiones de mi tío iban a convertirse en humo. Esta hipótesis indújome a examinar <br/>atentamente la naturaleza del suelo, y pronto me di cuenta de la sucesión de fenómenos <br/>que precedieron a la formación de la isla. <br/>Islandia, absolutamente privada de terreno sedimentario, se compone únicamente de <br/>tobas volcánicas, es decir, de un aglo merado de piedras y rocas de contextura porosa. <br/>Antes de la exis tencia de los volcanes, hallábase formada por una masa sólida, <br/>lentamente levantada, a modo de escotillón, por encima de las olas por el empuje de las <br/>fuerzas centrales. Los fuegos interiores no habían hecho aún su irrupción a través de la <br/>corteza terrestre.<br/><br/><br/>Page No 48<br/><br/>Pero más adelante, abrióse diagonalmente una gran fenda, del sudoeste al noroeste de la <br/>isla, por la cual se escapó lenta mente toda la pasta traquítica. El fenómeno se verifïcó <br/>entonces sin violencia; la salida fue enorme, y las materias fundidas, arro jadas de las <br/>entrañas del globo, se extendieron tranquilamente, formando vastas sabanas o masas <br/>apezonadas. En esta época aparecieron los feldespatos, los sienitos y los pórfidos. <br/>Pero, gracias a este derramamiento, el espesor de la isla aumentó considerablemente y, <br/>con él, su fuerza de resistencia. Se concibe la gran cantidad de fluidos elásticos que se <br/>almacenó en su seno, al ver que todas las salidas se obstruyeron después del enfriamiento <br/>de la costra traquítica. Llegó, pues, un momento en que la potencia mecánica de estos <br/>gases fue tal, que levantaron la pesada corteza y se abrieron elevadas chimeneas. De este <br/>modo quedó el volcán formado gracias al levantamiento de la corteza, y después abrióse <br/>el cráter en la cima de aquél de un modo repentino. <br/>Entonces sucedieron los fenómenos volcánicos a los eruptivos; por las recién formadas <br/>aberturas escapáronse, ante todo, las deyecciones basálticas, de las cuáles ofrecía  a <br/>nuestras miradas los más maravillosos ejemplares la planicie que a la sazón cruzábamos. <br/>Caminábamos sobre aquellas rocas pesadas, de color gris obscuro, que al enfriarse habían <br/>adoptado la forma de prismas de bases exagonales. A lo lejos se veía un gran número de <br/>conos aplastados que fueron en otro tiempo otras tantas bocas ignívomas. <br/>Una vez agotada la erupción basáltica, el volcán, cuya fuerza acrecentóse con la de los <br/>cráteres apagados, dio paso a las lavas y a aquellas tobas de cenizas y de escorias cuyos <br/>amplios derrames contemplaban mis ójos esparcidos, por sus flancos cual cabellera opu-<br/>lenta. <br/>Tal fue la serie de fenómenos que formaron a Islandia. Todos ellos reconocían por <br/>origen los fuegos interiores, y suponer que la masa interna no permaneciese aún en un <br/>estado perenne de incandescencia líquida, era una verdadera locura. Por lo tanto, el <br/>pretender llegar al centro mismo del globo sería una insensatez sin ejemplo. <br/>Así, pues, rnientras marchábamos al asalto del Sneffels, me fui tranquilizando respecto <br/>del resultado de nuestra empresa. <br/>El camino se hacía cada vez más difícil; el terreno subía, las rocas oscilaban y era <br/>preciso caminar con mucho tiento para evitar caídas peligrosas. <br/>Hans avanzaba tranquilamente como si fuese por un terreno llano; a veces desaparecía <br/>detrás de los grandes peñascos, y le perdíamos de vista un instante; pero entonces oíamos <br/>un agudo silbido salido de sus labios, que nos indicaba el camino que debíamos seguir. <br/>Con frecuencia también recogía algunas piedras, colocábalas de modo que fuese fácil <br/>reconocerlas después, y fijaba de esta suerte jalones destinados a indicarnos el camino de <br/>regreso. Esta precaución era de por sí excelente; pero los acontecimientos futuros <br/>probaron su inutilidad. <br/>Tres fatigosas horas de marcha invirtiéronse tan sólo en llegar a la falda de la montaña. <br/>Allí dió Hans la señal de detenerse, y almorzamos frugalmente. Mi tío se llenaba la boca <br/>para concluir más pronto; pero como aquel alto tenía también por objeto el reparar <br/>nuestras fuerzas, tuvo que someterse a la voluntad del guía que no dio la señal de partida <br/>hasta después de una hora. <br/>Los tres islandeses, tan taciturnos como su camarada el cazador, no desplegaron sus <br/>labios y comieron sobriamente. <br/>Entonces comenzamos a subir las vertientes del Sneffels; su nevada cumbre, por una <br/>ilusión de óptica frecuente en las montañas, parecíame muy próxima, a pesar de lo cual<br/><br/><br/>Page No 49<br/><br/>nos restaban aún muchas horas de camino y muchísimas fatigas, sobre todo, para llegar <br/>hasta ella. Las piedras que no se hallaban ligadas por hierbas ni por ningún cimiento de <br/>tierra, resbalaban bajo nuestro pies y rodaban hasta la llanura con la velocidad de un alud. <br/>En algunos parajes, las vertientes del monte formaban con el horizonte un ángulo de <br/>36° lo menos. Era materialmente imposible trepar por ellos, siendo preciso rodear estos <br/>pedregosos obstáculos, para lo cual encontrábamos no pocas dificultades. En estas <br/>ocasiones nos prestábamos mutuo auxilio con nuestros herrados bastones. <br/>Debo advertir que mi tío permanecía siempre lo más cerca posible de mí; no me perdía <br/>de vista, y, en más de una ocasión, encontré un sólido apoyo en su brazo. Por lo que <br/>respecta a él, tenía sin duda alguna el sentimiento innato del equilibrio, pues no tropezaba <br/>jamás. Los islandeses, a pesar de ir cargados, trepaban con agilidad asombrosa. <br/>Al contemplar la altura de la cumbre del Sneffels, parecíame imposible poder llegar por <br/>aquel lado hasta ella, si el ángulo de inclinación de las pendientes no se cerraba algo. <br/>Afortunadamente, tras una hora de trabajos y de inauditos esfuerzos, en medio de la vasta <br/>alfombra de nieve que se extendía sobre la cumbre del volcán, descubrieron nuestros ójos <br/>de improviso una especie do escalera que simplifcó nuestra ascensión. Estaba for mada <br/>por uno de esos torrente s de piedras arrójadas por las erupciones, cuyo nombre islandés <br/>es stinâ. Si este torrente no hubiese sido detenido en su caída por la disposición especial <br/>de los flancos de la montaña, habría ido a precipitarse en el mar, formando nuevas islas. <br/>Tal como era, fuimos en extremo útil. La rapidez de las pendientes iba cada vez en <br/>aumento, pero aquellos escalones de piedra permitían remontarlos fácilmente y hasta con <br/>rapidez tal que, como me retrasase un momento mientras que mis compañeros proseguían <br/>la ascensión, llegué a verlos reducidos a una pequeñez microscópica por efecto de la <br/>distancia. <br/>A las siete de la tarde habíamos ya subido los dos mil peldaños que tiene esta escalera, <br/>y dominábamos un saliente de la montaña, especie de base sobre la cual se ap oyaba el <br/>cono del cráter. <br/>El mar se extendía a una profundidad de 3.200 pies. Habíamos traspasado el límite de <br/>las nieves perpetuas, bien poco ele vado en Islandia a consecuencia de la humedad <br/>constante del clima. Hacía un frío espantoso y el viento sopla ba con fuerza. Hallábame <br/>agotado. El profesor comprendió que mis piernas se negaban a seguir prestándome <br/>servicio, y, a pesar de su impa ciencia. decidió hacer alto allí. Hizo señas a Hans en tal <br/>sentido; pero éste sacudió la cabeza, diciendo: <br/>-Ofvanför. <br/>-Parece que es preciso subir más -dijo mi tío. <br/>Después preguntó a Hans el motivo de su respuesta. <br/>-Mistour-repuso el guía. <br/>-La, místour-repitió uno de los islandeses, con acento de terror. <br/>-¿Qué significa esa palabra? -pregunté, inquieto. <br/>Mira-dijo mi tío. <br/>Dirigí hacia la llanura la vista y vi una inmensa columna de piedra pómez pulverizada, <br/>de arena y de polvo que se elevaba girando como una tromba; el viento la empujaba hacia <br/>el flanco del Sneffels sobre el cual nos encontrábamos; aquella cortina opaca, te ndida <br/>delante del sol, producía una gran sombra que se proyectaba sobre la montaña. Si la <br/>tromba se inclinaba, nos envolvería sin remedio entre sus torbellinos. Este fenómeno,<br/><br/><br/>Page No 50<br/><br/>bastante frecuente cuando el viento sopla de los ventisqueros, se conozca con el nombre <br/>de mistour en islandés. <br/>-Hostigt, has tíg/ -grító nuestro guía. <br/>A pesar de no poseer el danés, comprendí que era preciso seguir a Hans sin demora. El <br/>guía comenzó a circundar el cono del cráter, pero descendiendo con objeto de facilitarnos <br/>la marcha. <br/>No tardó mucho la tromba en chocar contra la montaña, que se estremeció a su <br/>contacto; las piedras, suspendidas por los remolinos del viento, volaron en forma de <br/>lluvia, como en las erupciones. Nos hallábamos, por fortuna, en la vertiente opuesta y al <br/>abrigo de todo peligro; pero, a no ser por la precaución del guía, nuestros cuerpos, <br/>desmenuzados, convertidos en polvo impalpable, hubieran ido a caer lejos como el <br/>producto de algún desconocido meteoro. <br/>Esto no obstante, no consideró Hans prudente que p asásemos la noche en la vertiente <br/>del cono. Proseguimos nuestra ascensión en zigzag; empleamos aún cerca de cinco horas <br/>en recorrer los 1.500 pies que nos quedaban que subir todavía; en revueltas, <br/>contramarchas y sesgos perdimos lo menos tres leguas. <br/>Yo no podía más; me moría de frío y de hambre. El aire un tanto rarificado de tan <br/>elevadas regiones no bastaba a mis pulmones. <br/>Por fin, a las once de la noche, en plena obscuridad, llegamos a la cumbre del Sneftels; <br/>y, antes de buscar abrigo en el inte rior del cráter, tuve tiempo de ver el sol de la media <br/>noche en la parte inferior de su carrera, provectando sus pálidos rayos sobre la isla <br/>dormida a mis pies. <br/>  <br/>XVI <br/>Cenamos rápidamente y se acomodó cada cual todo lo mejor que pudo. La cama era <br/>bien dura, el abrigo poco sólido y la situación muy penosa a 5.000 pies sobre el nivel del <br/>mar. Sin embargo, mi sueño fue tan tranquilo aquella noche, una de las mejores que había <br/>pasado desde hacía mucho tiempo, que ni siquiera soñé. <br/>A la mañana siguiente nos despertó,  medio helados, un aíre bastante vivo; el sol <br/>brillaba esplendente. Abandoné mi lecho de granito y fuime a disfrutar del magnífico <br/>espectáculo que se desarrollaba ante mi vista. <br/>Situéme en la cima del pico sur del Sneffels, desde el cual se descubría la mayor parte <br/>de la isla. La óptica, común a todas las grandes alturas, hacía resaltar sus contornos, en <br/>tanto que las partes centrales parecían obscurecerse. Hubiérase dicho que tenía bájo mis <br/>pies uno de esos mapas en relieve de Helbesmer. Veía los valles pr ofundos cruzarse en <br/>todos sentidos, ahondarse los precipicios a manera de pozos, convertirse los lagos en <br/>estanques y en arroyuelos los ríos. <br/>A mi derecha sucedíanse innumerables ventisqueros y multiplicados picos, algunos de <br/>los cuales aparecían coronados por un penacho de humo. Las ondulaciones de estas <br/>infinitas montañas, cuyas capas de nieve dábanles un aspecto espumoso, recordábamne la <br/>superficie del mar cuando las tempestades la agitan. Si me volvía hacia el Oeste, <br/>contemplaba las aguas del Océano , en toda su majestuosa extensión, cual si fuese <br/>continuación de aquellas aborregadas cimas. Apenas distinguían mis ojos dónde <br/>terminaba la tierra y daban comienzo las olas. <br/>Me abismé, de esta suerte, en el éxtasis alucinador que producen las altas cimas, y esta <br/>vez sin vértigo alguno, pues, al fin, me iba acostumbrando a estas contemplaciones<br/><br/><br/>Page No 51<br/><br/>sublimes. Mis deslumbradas miradas bañábanse en la transparente irradiación de los <br/>rayos solares; olvidéme de mi propia persona y del lugar en que me encontraba para vivir <br/>la vida de los trasgos o de los silfos, ima ginarios habitantes de la mitología escandinava; <br/>embriaguéme con las voluptuosidades de las alturas, sin acordarme de los abismos en que <br/>dentro de poco me sumergiría mi destino. Pero la llegada del profes or y de Hans, que <br/>vinieron a reunirse conmigo en la extremidad del pico, volvióme a la realidad de la vida. <br/>Mi tío se volvió hacia el Oeste y me señaló con la mano un ligero vapor, una bruma, <br/>una apariencia de tierra que dominaba la línaa de las olas. <br/>--Groenlandia -me dijo. <br/>-¿Groenlandia? -exclamé yo. <br/>-Sí; sólo dista de nosotros 35 leguas, y, durante los deshie los, llegan los osos blancos <br/>hasta Islandia sobre los témpanos que arrastran las corrientes hacia el Sur. Pero esto <br/>importa poco. Nos hallamos en la cumbre del Sneffels; aquí tienes sus dos picos, el del <br/>Norte y el del Sur. Hans va a decirnos ahora qué nombre dan los islandeses a éste en que <br/>nos encontramos. <br/>Formulada la pregunta, el cazador respondió. <br/>-Scartaris. <br/>Mi tío me dirigió una mirada de triunfo. <br/>-¡Al crater! -exclamó entusiasmado. <br/>El crater del Sneffels tenía forma de cono invertido, cuyo ori fcio tendría <br/>aproximadamente media legua de diámetro. Calculé su profundidad en 2.000 pies, sobre <br/>poco más o menos. ¡Júzguese lo que sería semejante re cipiente cuando se llenase de <br/>truenos y llamas! <br/>El fondo de este embudo no debía medir arriba de 500 pies de circunferencia, de suerte <br/>que sus pendientes eran bastante suaves y permitían llegar fácilmente a su parte inferior. <br/>Involuntariamente comparaba yo este cráter con un enor me trabuco ensanchado, y la <br/>comparación llenábame de espanto. <br/>" Introducirse en el interior de un trabuco" pensaba en mi fuero interno, "que puede <br/>estar cargado y dispararse al menor choque, sólo puede ocurrírsele a unos locos". <br/>Pero para retroceder era tarde. Hans, con aire indiferente, colocóse de nuevo al frente <br/>de la caravana; yo seguíale sin despegar los labios. <br/>A fin de facilitar el descenso, describía el cazador, dentro del cono, elipses muy <br/>prolongadas. Era preciso marchar  por entre rocas eruptivas, algunas de las cuales, <br/>desprendidas de sus alvéolos, precipitábanse a saltos hasta el fondo del abismo. Su caída <br/>determinaba repercusiones de extraña sonoridad. <br/>Algunas partes del cono formaban ventisqueros interiores. Hans avanzaba entonces con <br/>la mayor precaución, sondando el suelo con su bastón herrado para descubrir las grietas. <br/>En ciertos pasos dudosos hízose necesario atarnos unos a otros por medio de una larga <br/>cuerda a fin de que si alguno resbalaba de improvi so, quedase  sostenido por los otros. <br/>Esta solidaridad era una medida prudente; mas no excluía todo peligro. <br/>Sin embargo, y a pesar de las dificultades del descenso por pendientes que Hans <br/>desconocía, efectuóse aquél sin el menor incidente, si se exceptúa la caída de un lío de <br/>cuerdas que se le escapó al islandés de las manos y rodó sin detenerse hasta el fondo del <br/>abismo. <br/>A mediodía ya habíamos llegado. Levanté la cabeza y vi el orificio superior del cono a <br/>través del cual se descubría un pedazo de cielo de una circunferencia en extremo reducida<br/><br/><br/>Page No 52<br/><br/>pero casi perfecta. Solamente en un punto destacábase el pico del Scartans, que se hundía <br/>en la inmensidad. <br/>En el fondo del crater se abrían tres chimeneas a través de las cuáles arrojaba el foco <br/>central sus lavas y vapores en las épocas de las erupciones del Sneffels. Cada una de estas <br/>chimeneas tenía aproximadamente unos cien pies de diámetro y abrían ante nosotras sus <br/>tenebrosas fauces. Ya no tuve valor para hundir mis miradas en ellas; pero el profesor <br/>Lidenbrock había hecho un rápido examen de su disposición, y corría jadeante de una a <br/>otra, gesticulando y profiriendo palabras ininteligibles. Hans y sus compañeros, sentados <br/>sobre trozos de lava, contemplábanle en silencio, tomándole sin duda, por un loco. <br/>De repente, lanzó un grito mi tío; yo me estremecí, temiendo que se hubiera resbalado y <br/>hubiese desaparecido en alguna de las simas. Pero no; lo vi en seguida con los brazos <br/>extendidos y las piernas abiertas, de pie ante una roca de granito que se erguía en el <br/>centro del  cráter como un pedestal enorme hecho para sus tentar la estatua de Plutón. <br/>Hallábase en la actitud de un hombre estupefacto su estupefacción trocóse <br/>inmediatamente en una alegría insensata. <br/>-¡Axel! ¡Axel! -exclamó-. ¡Ven! ¡Ven! <br/>Acudí inmediatamente. Ni Hans ni los islandeses se movieron de sus puestos. <br/>-¡Mira! -me dijo el profesor. <br/>Y, participando de su asombro, aunque no de su alegría, leí sobre la superficie de la <br/>roca que miraba hacia el Oeste, grabado en caracteres rúnicos, medio gastados por la <br/>acción destructora del tiempo, este nombre mil veces maldito: <br/>  <br/> -¡Ame Saknusemm! -exclamó mi tío-; ¿dudarás todavía? Sin responderle, volvíme a mi <br/>banco de lava, consternado. La evidencia me anonadaba. <br/>Ignoro cuánto tiempo permanecí sumido en mis reflexiones; lo que sé únicamente es <br/>que, al levantar la cabeza, sólo vi a mi tío y a Hans en el fondo del cráter. Los islandeses <br/>habían sido despedidos, y bajaban a la sazón las pendientes exteriores del Sneffèls, para <br/>volver a Stapi. Hans dormía tranquilamente al pie de una roca, sobre un lecho de lava; mi <br/>tío daba vueltas por el fondo del cráter como la fiera que cae en la trampa de un cazador. <br/>Yo no tenía ni ganas de levantarme ni fuerzas para hacerlo, y, siguiendo el ejemplo del <br/>guía, me entregué a un doloroso sopor, creyendo oír ruidos o sentir sacudidas en los <br/>flancos de la montaña. <br/>De este modo transcurrió aquella primera noche en el fondo del cráter. <br/>A la mañana siguiente, un cielo gris, nebuloso y pesado se extendía sobre el vértice del <br/>cono. Aunque no lo hubiera notado por la obscuridad del abismo, la cólera de mi tío <br/>habríamelo hecho ver. <br/>Pronto comprendí el motivo, y un rayo de esperanza brilló en mi corazón. Ved por qué. <br/>De las tres rutas que ante nosotras se abrían, sólo una había sido ex plorada por <br/>Saknussemm. Según el sabio islandés, debía reconocérsela por la particularidad, señalada <br/>en el criptograma, de que la sombra del Seartaris acariciaba sus bordes durantes los <br/>últimos días del mes de junio. <br/>Se podía considerar, pues, aquel agudo pico como el gnomon de un inmenso cuadrante <br/>salar, cuya sombra de un día determinado señalaba el camino del centro de la tierra.<br/><br/><br/>Page No 53<br/><br/>Ahora bien, oculto el sol, toda sombra era imposible, faltan do, por consiguiente, la <br/>anhelada indicación. Estábamos a 25 de junio. Si el cielo permanecía cubierto por espacio <br/>de seis días, sería necesario aplazar la observación para otro año. <br/>Renuncio a descubrir la cólera impotente del profesor Lidenbrock. Transcurrió el día <br/>sin que ninguna sombra viniese a proyectarse sobre el fondo del cráter. Hans no se movió <br/>de su puesto; sin embargo, debía llamarle la atención nuestra inactividad. Mi tío no me <br/>dirigió ni una sola vez la palabra. Sus miradas, dirigidas invariablemente hacia el cielo, <br/>perdíanse en su matiz gris y brumoso. <br/>El 26 transcurrió del misma modo. Una lluvia mezclada de nieve cayó durante el día <br/>entero. Hans construyó con trozos de lava una especie de gruta. Yo me entretuve en <br/>seguir con la vista los millares de cascadas naturales que descendían por las costados del <br/>cono, cada piedra del cual acrecentaba sus ensordecedores murmullos. <br/>Mi tío ya no podía contenerse. Había en realidad motivo para hacer perder la paciencia <br/>al hombre más cachazudo; porque aquello era naufragar dentro del puerto. <br/>Pero con los grandes dolores el cielo mezcla siempre las grandes alegrías y reservaba al <br/>profesor Lidenbrock una satisfacción tan intensa como sus desesperantes congojos. <br/>Al día siguiente, el cielo permaneció también cubierto; pero el domingo 28 de junio, el <br/>antepenúltimo del mes, con el cambio de luna varió el tiempo. El sol derramó a manos <br/>llenas sus rayos en el interior del cráter. Cada montículo, cada roca, cada piedra, cada <br/>aspereza recibió sus bienhechores efluvios y proyectó instantáneamente su sombra sobre <br/>el suelo. Entre todas estas som bras, la del Scartaris dibujóse como una arista viva y <br/>comenzó a girar de una manera insensible, siguiendo el movimiento del astro <br/>esplendoroso. <br/>Mi tío giraba con ella. <br/>A mediodía, en su período más corto, vino a lamer dulcemente el borde de la chimenea <br/>central. <br/>-¡Esta es! ¡esta es!  --exclamó el profesor entusiasmado-. Al centro de la tierra  -añadió <br/>en seguida en danés. <br/>Yo miré a Hans. <br/>-Forüt -dijo éste con su calma acostumbrada. <br/>-Adelante -respondió mi tío. <br/>Era la una y trece minutos de la tarde. <br/>  <br/>XVII <br/>Comenzaba el verdadero viaje. Hasta entonces, las fatigas habían sido mayores que las <br/>dificultades; ahora éstas iban verdaderamente a nacer a cada paso. <br/>Aún no había osado hundir mi investigadora mirada en aquel pozo insondable en que <br/>me iba a sepultar. Había llegado el momento. Todavía estaba a tiempo de decidirme a <br/>tomar parte en la empresa o renunciar a intentarla. Pero sentí verguenza de retroceder <br/>delante del cazador. Hans aceptaba con tal tranquilidad la aventura, con tal indiferencia, <br/>con tan perfecto desprecio de todo lo que significase un peligro, que me abochornaba la <br/>idea de ser menos arrojado que él. Si me hubiese hallado solo, habría recurrido a la serie <br/>de los grandes argumentos; pero, en presencia del guía, no desplegué mis labios. Envié <br/>un cariñoso recuerdo a mi bella curlandesa, y aproximéme a la chimenea central. <br/>Ya he dicho que medía cien pies de diámetro, o trescientos pies de circunferencia. <br/>Inclinéme sobre una roca avanzada hacia su interior y dirigí hacia abajo mi mirada. Mis<br/><br/><br/>Page No 54<br/><br/>cabellos se erizaron instantáneamente. El sentimiento del vacio se apoderó de mi ser. <br/>Sentí desplazarse en mí el centro de gravedad y subírseme el vértigo a la cabeza como <br/>una borrachera. No hay nada que embriague tanto como la atracción del abismo. Ya iba a <br/>caer, cuando me retuvo una mano: la de Hans. Decididamente las prácticas que yo había <br/>efectuado en la Frelsers-Kirk de Copenhague, no habían sido suficientes. <br/>Aunque mis ojos permanecieron tan poco tiempo fijos en el interior del pozo, dim e <br/>cuenta de su conformación. Sus paredes, cortadas casi a pico, presentaban, no obstante. <br/>numerosos salientes que debían facilitar el descenso; pero si no faltaban escaleras, las <br/>rampas no existían en absoluto. Una cuerda amarrada al ori ficio hubiera bastado para <br/>sostenernos; pero ¿cómo desatarla al llegar a su extremidad inferior? <br/>-Mi tío puso en práctica un medio muy sencillo para obviar esta dificultad. Desenrolló <br/>una cuerda del grueso del pulgar y de cuatrocientos pies de longitud; dejó caer primero la <br/>mitad, arrollóla después alrededor de un salience que la lava formaba, y echó al pozo la <br/>otra mitad. De este modo podíamos bajar todos conservando en la mano las dos mitades <br/>de la cuerda, que no podía desligarse; y después que hubiésemos descendido doscientos <br/>pies, nada nos sería tan fácil como recuperarla, soltando una extremidad y halando de la <br/>otra. Después se reanudaría este ejercicio usque ad infinitum. <br/>Ahora -dijo mi tío después de haber terminado sus prepa rativos-, ocupémonos en la <br/>impedimenta. Vamos a dividirla en tres fardos, y cada uno de nosotros nos amarraremos <br/>uno a la espalda. Me refïero solamente a los objetos frágiles. <br/>Evidentemente, el audaz profesor no nos consideraba com prendidos en esta ultima <br/>categoría. <br/>-Hans -prosiguió-, va a enc argarse de las herramientas y de la tercera parte de las <br/>provisiones; Axel, de otro tercio de éstas y de las arenas ; y yo, del resto de los víveres y <br/>de los instrumentos delicados. <br/>-Pero, ¿y la ropa? ¿Y este montón de cuerdas? -dije yo-. ¿Quién se encarga rá de <br/>bajarlas? <br/>-Todo eso bajará solo. <br/>-¿De qué modo? -pregunté todo asombrado. <br/>-Vas a verlo ahora mismo. <br/>Mi tío no vacilaba en recurrir a los medios más radicales. A una orden suya, hizo Hans <br/>un solo lío con los objetos no frágiles, y después de bien amarrado el paquete, se le dejó <br/>caer en el abismo. <br/>Oí el sonoro zumbido que produce el desplazamiento de las capas de aire. Mi tío, <br/>inclinado sobre el abismo, siguió con satisfecha mirada el descenso de su impedimento, y <br/>no se retiró hasta haberla perdido de vista. <br/>-Bueno-dijo por fin-, ahora nos toca a nosotros. <br/>¡Ruego a los hombres de buena fe que me digan si era posi ble escuchar sin <br/>estremecerse palabras semejantes! <br/>El profesor se ató a las espaldas el paquete de los instru mentos; Hans tomó el de las <br/>herramientas y yo el de las arenas, y, en medio de un profundo silencio turbado sólo por <br/>la caída de los trozos de roca que se precipitaban en el abismo. dio principio el descenso <br/>en el siguiente orden: Hans, mi tío y yo. <br/>-Me dejé, por decirlo así, resbalar.  oprimiendo frenéticamente la doble cuerda con una <br/>mano, y asiéndome con la otra a la pared por medio de mi bastón herrado. La idea de que <br/>me faltase el punto de apoyo era la única que me dominaba. Aquella cuerda perecíame<br/><br/><br/>Page No 55<br/><br/>demasiado frágil para soportar el peso de tres personas; por eso la utilizaba lo menos <br/>posible, realizando milagros de equilibro sobre los salientes de lava, a los cuales trataba <br/>de agarrarme con los pies cual si éstos fuesen manos. <br/>Cuando alguno de estos resbaladizos peldaños oscilaba bajo los pies de Hans, decía éste <br/>con voz tranquila. <br/>-Gf akt! <br/>-¡Cuidado! -repetía mi tío. <br/>Al cabo de media hora sentamos nuestros pies sobre la superficie de una roca <br/>fuertemente adherida a la pared de la chimenea. <br/>Hans tiró de la cuerda por uno de sus extremos; elevóse el otro en el aire, y, después de <br/>haber rebasado la roca superior, volvió a caer, arrastrando consigo numerosos pedazos de <br/>piedras y de lavas, que cayeron a manera de lluvia, o mejor, de granizada, con grave <br/>peligro nuestro. <br/>Al asomar la cabeza fuera de le estrecha plataforma donde nos encontrábamos, observé <br/>que no se veía aún el fondo del precipicio. <br/>Volvió a comenzar otra vez la maniobra de la cuerda, y, al cabo de media hora, <br/>habíamos descendido otros doscientos pies. <br/>No sé si el más en tusiasta geólogo hubiera sido capaz de estudiar, durante este <br/>descenso, la naturaleza de los terrenos que nos rodeaban. Por lo que respecta a mí, no me <br/>preocupé de ello: me importaba muy poco que fuesen pliocenos, miocenos, eoce nos, <br/>cretáceos, jurásicos, triásicos, pérmicos, carboníferos, devonianos, silúricos o primitivos. <br/>Pero el profesor hizo algunas observaciones o tomó ciertas notas, sin duda, porque, en <br/>uno de los altos, me dijo: <br/>-Cuanto más veo, mayor es mi confianza; la disposición de estos terren os volcánicos <br/>confirma en absoluto la teoría de Devy. Nos hallamos en pleno suelo primordial, suelo en <br/>el cual se ha producido el fenómeno químico de la inflamación de los metales al contacto <br/>del aire y del agua. Rechazo en absoluto la teoría de un calor c entral; por otra parte, <br/>pronto vamos a verlo. <br/>¡Siempre la misma conclusión! Como es de suponer, no quise entretenerme en discutir. <br/>Mi tío interpretó mi silencio como muestra de asentimiento, y se reanudó el descenso. <br/>Al cabo de tres horas no se entreveía a ún el fondo de la chintenea. Cuando levanté la <br/>cabeza observé que su abertura decrecía sensiblemente; sus paredes; a consecuencia de su <br/>ligera inclinación, tendían a aproximarse. La obscuridad crecía por momentos. <br/>Nuestro descenso no se interrumpía un s olo instante. Pare cíame que las piedras <br/>desprendidas de las paredes se hundían produciendo un sonido más apagado, y que <br/>llegaban más pronto al fondo del abismo. <br/>Como había tenido cuidado de anotar escrupulosamente las veces que cambiábamos la <br/>cuerda, pude calcular con toda exacti tud la profundidad a que nos encontrábamos y el <br/>tiempo transcurrido. <br/>Habíamos repetido catorce veces esta maniobra, que duraba media hora <br/>aproximadamente. Eran, pues, siete horas, más catorce cuartos de hora de descanso, o tres <br/>horas y media. En total, diez horas y media; y como habíamos emprendido el descenso a <br/>la una debían ser en aquel momento las once. <br/>En cuanto a la profundidad a que nos encontrábamos, los catorce cambios de una <br/>cuerda de 200 pies representaban un descenso de 2.800. <br/>En este momento oyóse la voz de Hans, que decía:<br/><br/><br/>Page No 56<br/><br/>Detúveme en el instante en que iba a golpear con mis pies la cabeza de mi tío. <br/>-Hemos llegado ya -dijo éste. <br/>-¿Adónde? -pregunté yo, dejándome resbalar el lado suyo. <br/>-Al fondo de la chimenea perpendicular. <br/>-¿No hay, pues, otra salida? <br/>-Sí, una especie de corredor que entreveo, y que se dirige oblicuamente hacia la <br/>derecha. Mañana veremos esto. Cenemos ante todo y dormiremos después. <br/>La obscuridad no era completa todavía. Abrimos el saco de las provisiones, cenamos, y <br/>nos tendimos después a dormir sobre un lecho de piedras y de trozos de lava. <br/>Cuando, tumbado boca arriba, abrí los ojos, vi un punto bri llante en le extremidad de <br/>aquel tubo de 3,000 pies de longitud, que se transforntaba en un gigantesco anteojo. <br/>Era una estrella despojada de todo centelleo, y que, según mis cálculos, debía ser la <br/>beta de la Osa Menor. <br/>Después me dormí profundamente. <br/>  <br/>XVIII <br/>A las ocho de la mañana despertónos un rayo de luz. Las mil facetas de lava de las <br/>paredes la recogían a su paso y la esparcían como una lluvia de chispas. <br/>Esta luz era lo suficientemente intensa para permitirnos ver los objetos que nos <br/>rodeaban. <br/>-Y bien, Axel  -me dijo mi tío, frotándose las manos-, ¿qué dices a todo esto? ¿Has <br/>pasado jamás una noche más apacible en nuestra casa de la König-strasse? ¡Ni ruido de <br/>carruajes, ni gritos de los vendedores ni vociferaciones de los barqueros! <br/>-Sin duda; en el fondo de estos pozos estamos muy tran quilos; pero esta misma calma <br/>tiene algo de espantoso. <br/>-¡Vamos! -exclamó mi tío-, si te asustas tan pronto, ¿qué dejas para más tarde? Aún no <br/>hemos penetrado ni una pulgada siquiera en las entrañas de la tierra. <br/>-¿Qué quiere usted decir? <br/>-Quiero decir que sólo hemos llegado al suelo de la isla. Este largo tubo verti cal, que <br/>finaliza en el cráter del Snefllels. detiénese aproximadamente al nivel del Océano. <br/>-¿Está usted cierto? <br/>-Certísimo. Examina el barómetro, y verás. <br/>En efecto, el mercurio, después de haber subido poco a poco en su tubo a medida que se <br/>efectuaba nuestro descenso, habíase detenido en la división correspondiente a 29 <br/>pulgadas. <br/>-Ya lo ves  -prosiguió el profesor-, sólo soportamos la presión de una atmósfera, y no <br/>veo el momento en que tengamos que reemplazar las indicaciones de este instrumento <br/>por las del manómetro. <br/>El barómctro, en efecto, iba a sernos inútil en el momento en que el peso del aire se <br/>hiciese superior a su presión calculada al nivel del mar. <br/>-Pero, ¿no es de temer  -insinué yo---, que esta presión siempre creciente llegue a sernos <br/>insoportable? <br/>-No. Descenderemos lentamente, y nuestros pulmones se habituarán a respirar una <br/>atmósfera más comprimida. A los aeronautas, acaba por faltarles el aire cuando se elevan <br/>a las capas superiores de la atmósfera: a nosotros, es posible que nos sobre. Pero esto es<br/><br/><br/>Page No 57<br/><br/>preferible. No perdamos un instante. ¿Dónde está el fardo que bajó por delante de <br/>nosotros? <br/>Entonces recordé que la víspera lo habíamos buscado inútil mente. Mi tío interrogó a <br/>Hans, quien. dcspués de escudriñarlo todo con sus ojos de cazador, contestó: <br/>-Der huppe! <br/>-Allá arriba. <br/>En efecto, el mencionado bulto hallábase detenido sobre un saliente de las rocas, a un <br/>centenar de pies encima de nuestras cabezas. Entonces el islandés, con la agilidad de un <br/>gato, trepó por la pared, y al cabo de algunos minutos caía entre nosotros el fardo. <br/>-Ahora -dijo mi tío- Almorcemos: pero almorcemos como personas que tal vez tengan <br/>que hacer una larga jornada. <br/>La galleta y la carne seca fueron regadas con algunos tragos de agua mezclada con <br/>ginebra. <br/>Terminado el almuerzo, sacó mi tío del bolsillo un pequeño cuaderno destinado a las <br/>observaciones: examinó, sucesivamente los diversos instrumentos y anotó los datos <br/>siguientes <br/>LUNES 1.° DE JULIO. <br/>Cronómetro: 8 h. 17 m. de la mañana. <br/>13arómetro:  29 p. 71. <br/>Termómetro: 6°. <br/>Dirección:  ESE. <br/>Este último dato referíase a la dirección de la galería obscura y fue suministrado por la <br/>brújula. <br/>-Ahora, Axel  --exclamó el profesor entusiasmado-, es cuando vamos a sepultarnos <br/>realmente en las entrañas del globo. Este es, pues, e l momento preciso en que empieza <br/>nuestro viaje. <br/>Dicho esto, tomó con una mano el aparato de Ruhmkorff, que llevaba suspendido del <br/>cuello: puso en comunicación, con la otra, la corriente eléctrica del serpentín de la <br/>linterna, y una luz bastante viva disipó las tinieblas de la galeria. <br/>Hans llevaba el segundo aparato, que fue puesto también en actividad. Esta ingeniosa <br/>aplicación de la electricidad nos permitiría ir creando, por espacio de mucho tiempo, un <br/>día artificial, aun en medio de los gases más inflamables. <br/>-¡En marcha! -dijo mi tío. <br/>Cada cual cogió su fardo. Hans se encargó de empujar por delante de sí el paquete de <br/>las ropas y las cuerdas, y, uno detrás de otro, yo en último lugar, entramos en la galería. <br/>En el momento de abismarme en aquel tenebroso corredor, levanté la cabeza y vi por <br/>última vez, en el campo del inmenso tubo, aquel cielo de Islandia "que no debía volver a <br/>ver jamás". <br/>La lava de la última erupción de 1229 habíase abierto paso a lo largo de aquel túnel, <br/>tapizando su interior con una capa espesa y brillante, en la que se reflejaba la luz eléctrica <br/>centuplicándose su intensidad natural. <br/>Toda la dificultad del camino consistía en no deslizarse con demasiada rapidez por <br/>aquella pendiente de 45° de inclinación sobre poco más o menos. Po r fortuna, ciertas <br/>abolladuras y erosiones servían de peldaños, y no teníamos que hacer más que bájar <br/>dejando que descendiesen por su propio peso nues tros fardos y cuidando de retenerlos <br/>con una larga cuerda.<br/><br/><br/>Page No 58<br/><br/>Pero los que bajo nuestros pies servían de peldaños, en las otras paredes convertíanse <br/>en estalactitas: la lava, porosa en algunos lugares, presentaba en otros pequeñas ampollas <br/>redondas: cristales de cuarzo opaco, ornados de límpidas gotas de vidrio y suspendidos de <br/>la bóveda a manera de arañas, parecían encenderse a nuestro paso. Habríase dicho que los <br/>genios del abismo iluminaban su palacio para recibir dignamente a sus huéspedes de la <br/>tierra. <br/>-¡Esto es magnífïco! -exclamé involuntariamente-. ¡Qué espectáculo, tío! ¿No le causan <br/>a usted admiración esos ricos matices de la lave que varían del rojo obscuro al más des-<br/>lumbrante amarillo, por degradaciones insensibles?¿Y estos cristales que vemos como <br/>globos luminosos? <br/>-¡Ah, hijo mío! ¡Por fin te vas convenciendo! Conque te perece esto espléndido! ¡Y a <br/>verás otras cosas mejores! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Prosigamos sin vacilar nuestra marcha! <br/>Mejor debiera haber dicho nuestro resbalamiento, pues nos dejábamos ir sin fatiga por <br/>pendientes inclinadas. Aquello era el facilis descensus Averni, de Virgilio. La brúju la, <br/>que consultaba yo con frecuencia, marcaba invariablemente la dirección SE. Aquella <br/>senda de lava no se desviaba hacia un lado ni otro; pose ía la infexibilidad de la línea <br/>recta. <br/>Sin embargo, el calor no aumentaba de una manera sensible, lo quc venía a confirmar <br/>las teorías de Devy, y, en más de una ocasión, consulté con asombro el termómetro. A las <br/>dos horas de marcha, sólo marcaba 10°, es decir, que había experimentado una subida de <br/>4, lo cual me inducía a pensar que nuestra marcha era más horizontal que vertical. Nada <br/>más fácil que conocer con toda exactitud la profundidad alcanzada; el profesor medía con <br/>la mayor escrupulosidad los ángulos de desvia ción a inclinación del camino; pero se <br/>reservaba el resultado de sus observaciones. <br/>Por la noche,  a eso de las ocho, dio la señal de alto. Colgáron se las lámparas en las <br/>puntas salientes de la lava, y Hans se sentó en seguida. Nos hallábamos en una especie de <br/>caverna donde no faltaba el aire. Por el contrario, llegaba hasta nosotros una intensa <br/>corriente. ¿Qué causas la producían? ¿A qué agitación atmosférica debíamos atribuir su <br/>origen? He aquí una cuestión que no traté siquiera de resolver en aquellos momentos; el <br/>cansancio y el hambre me incapacitaban para todo raciocinio. Un descenso de siete horas <br/>consecutivas no se efectúa sin un gran derroche de fuerzas, y me encontraba agotado: así <br/>que la palabra alto sonó en mi oído como una melodía. <br/>Esparció Hans algunas provisiones sobre un bloque de lava, y todos devoramos con <br/>excelente apetito. Sin embargo, una idea me inquietaba: habíamos ya consumido la mitad <br/>de nuestras pre visiones de agua. Mi tío contaba con rellenar nuestras vasijas en los <br/>manantiales subterráneos; pero, hasta aquel instante, no habíamos tropezado con ninguno, <br/>y el fin me decidí a llamarle la atención sobre el particular. <br/>-¿Te sorprende esta ausencia de manantiales? -me dijo. <br/>-Sin duda, y hasta me inquieta; no tenemos agua más que para cinco días. <br/>-Tranquilízate, Axel; te respondo de que encontraremos agua, y más de la que <br/>quisiéramos. <br/>-¿Cuándo? <br/>-Cuando hayamos salido de esta envoltura de lava. ¿Cómo quieres que surjan <br/>manantiales a través de estas paredes? <br/>-Pero, ¿no podría ocurrir que esta envoltura se prolongue a grandes profundidades? Me <br/>parece que no hemos avanzado mucho todavía en sentido vertical.<br/><br/><br/>Page No 59<br/><br/>-¿Por qué supones eso? <br/>-Porque, si hubiéramos penetrado mucho en el interior de la corteza terrestre, el calor <br/>sería más intenso. <br/>-Eso según tu teoría ; ¿y qué señala el termómetro? <br/>-Apenas 15°, lo que supone un aumento de 9 solamente desde nuestra partida. <br/>-¿Y qué deduces de ahí? <br/>-He aquí mi deducción: según las observaciones más exac tas, el aumento que <br/>experimente la temperatura en el interior del globo es de 1 ° por cada cien pies de <br/>profundidad. Ciertas condiciones locales pueden, no obstante. modificar esta cifra ; así, <br/>en Yakoust, en Siberia, se ha observado que el aumento de 1 ° se verifica cada 36 pies, lo <br/>cual depende evidentemente de la conductibilidad de las rocas. Añadiré, además, que en <br/>las proximidades de un volcán apagado, y a través del gneis, se ha observado que la <br/>elevación de la temperatura era sólo de 1° por cada 125 pies. Aceptemos, pues, esta <br/>última hipótesis, que es la más favorable, y calculemos. <br/>-Calcula cuanto quieras, hijo mío. <br/>-Nada más fácil -dije, trazando en mi libreta algunas cifras-. Nueve veces 125 pies dan <br/>1.125 pies de profundidad. <br/>-Indudable. <br/>-Pues bien... <br/>-Pues bien, según mis observaciones, nos hallamos e 10.000 pies bajo el nivel del mar. <br/>-¿Es posible? <br/>-Sí; los guarismos no mienten. <br/>Los cálculos del profesor eran exactos; habíamos ya rebasado en 6.000 pies las mayores <br/>profundidades alcanzadas por el hombre, tales como las minas de Kitz-Babl, en el Tirol, <br/>y las de Wuttemherg. en Bohemia. <br/>La temperatura, que hubiera debido ser de 81° en aquel lugar, era apenas de 15, lo cual <br/>suministraba motivo para muchas reflexiones. <br/>  <br/>XIX <br/>Al día siguiente, martes 30 de junio, a las seis de la mañana, reanudanlos nuestro <br/>descenso. <br/>Continuamos por la galería de lava. verdadera rampa natural, suave como esos planos <br/>inclinados que reemplazan aún a las escaleras en las casas antiguas. Así prosiguió la <br/>marcha hasta las doce y diez minutos de la noche, instante preciso en que nos reu nimos <br/>con Hans, que acababa de detenerse. <br/>-¡Ah! -exclamó mi tio-, hemos llegado al extremo de la chimenea. <br/>Miré alrededor mío; nos hallábamos en el centro de una encrucijada, en la que <br/>desembocaban dos caminos, ambos som bríos y estrechos. ¿Cuál deberíamos seguir? <br/>Difícil era saberlo. <br/>-Mi tío, sin embargo, no quería, al parecer, que ni el guía  ni yo le viésemos vacilar, y <br/>designó con la mano el túnel del Este, en el que penetremos los tres en seguida. <br/>La verdad es que toda vacilación ante aquellos dos caminos se habría prolongado <br/>indefïnidamente, porque no existía indicio alguno que aconsejase el dar la preferencia a <br/>uno a otro. Era preciso confiarse por completo a la suerte. <br/>La pendiente de esta nueva galería era poco sensible, y su sección bastante desigual. A <br/>veces desarrollábase delante de nuestros pasos una sucesión de arcadas que recordaban<br/><br/><br/>Page No 60<br/><br/>las naves laterales de una catedral gótica; los artistas de la Edad Media hubieran podido <br/>estudiar allí todas las formas de esa arquitectu ra religiosa que tiene por generatriz a la <br/>ojiva. <br/>Una milla más lejos, nuestra cabeza inclinábase bájo los arcos r ebajados del estilo <br/>romano, y gruesos pilares, embutidos en la pared, sostenían las caídas de las bóvedas. <br/>En ciertos lugares, esta disposición cedía el puesto a subes tructuras bajas que <br/>recordaban las obras de los castores, y teníamos, para avanzar, que arrastrarnos a lo largo <br/>de estrechos pasadizos. <br/>El grado de calor se mantenía soportable. Involuntariamente pensaba en cuán grande <br/>debía ser su intensidad cuando las lavas vomitadas por el Sneffels se precipitaban por <br/>aquella vía tan tranquila en la act ualidad. Imaginábame los torrentes de fuego que se <br/>estrellarían contra los ángulos de la galería, y la acumulación de los vapores recalentados <br/>en aquel estrecho lugar. <br/>"¡Con tal" pense "que el viejo volcán no se vea asaltado por algún capricho senil!" <br/>Me guardaba muy bien de comunicar a mi tío semejantes reflexiones, porque no las <br/>hubiera comprendido. Su único pensamiento era avanzar. Caminaba, se deslizaba y hasta <br/>rodaba a veces con una convicción admirable. <br/>A las seis de le tarde, tras un paseo poco fatigoso, habíamos avanzado dos leguas hacia <br/>el Sur, pero apenas un cuarto de milla en profundidad. <br/>Mi tío dio la señal de descanso. Comimos sin abusar de la charla y nos dormimos sin <br/>entregarnos a grandes reflexiones. <br/>Nuestros preparativos para pasar la noche no podían ser más sencillos: una manta de <br/>viaje, en la que nos envolvíamos, era todo nuestro lecho. No había que temer ni frío ni <br/>visitas importunas. Los viajeros que se ven precisados a engolfarse en los desiertos del <br/>Africa, o en las selvas del Nuevo Mundo, tienen que velar los unos el sueño de los otros; <br/>pero allí, la soledad era absoluta y la seguridad completa. No había necesidad de <br/>precaverse contra salvajes ni fieras, que son las razas más dañinas de la tierra. <br/>A la mañana siguiente, nos despertamos descansados y ágiles, y reanudamos en seguida <br/>la marcha, a lo largo de una galería cubierta de lava, lo mismo que la víspera. <br/>Imposible se hacía reconocer los terrenos que atravesába mos. El túnel, en vez de <br/>hundirse en las entrañas del globo, tendía  a hacerse horizontal por completo. Hasta <br/>parecióme observar que subía hacia la superficie de la tierra. Esta disposición hízose tan <br/>patente a eso de las diez de la mañana, y tan fatigosa por tanto, que me vi precisado a <br/>moderar la marcha. <br/>-¿Qué es eso, Axel? -dijo, impaciente, mi tío. <br/>-Que no puedo más -respondíle. <br/>-¡Cómo es eso! Al cabo de sólo tres horas de paseo por un camino tan liso! <br/>-Liso, sí; pero fatigoso en extremo. <br/>-¡Cómo fatigoso, cuando siempre caminamos cuesta abajo! <br/>-Cuesta arriba, si no lo toma usted a mal! <br/>-Cuesta arriba -dijo mi tío, encogiéndose de hombros. <br/>-Sin duda. Hace media hora que se han modificado las pendientes. Y, de seguir así, no <br/>tardaremos en salir nuevamente a la superficie de Islandia. <br/>El profesor sacudió la cabeza como hombre que no quiere dejarse convencer. Traté de <br/>reanudar la conversación, pero no me contestó y dio la señal de marcha. Comprendí que <br/>su silencio era sólo la manifestación exterior de su mal humor concentrado.<br/><br/><br/>Page No 61<br/><br/>Tomé otra vez mi fardo con denuedo y seguí con paso rápido a Hans, que precedía a mi <br/>tío, procurando no distanciarme, pues mi principal cuidado era no perder jamás de vista a <br/>mis compañeros. Estremecíame ante la idea de extraviarme en las profundidades de aquel <br/>laberinto. <br/>Por otra parte, si bien el cami no ascendente era más fatigoso, consolábame el pensar <br/>que, en cambio, nos acercaba a la superfïcie de la tierra. Era ésta una esperanza que veía <br/>confirmada a cada paso. <br/>A mediodía cambiaron de aspecto las paredes de la gale ría. Dime cuenta de ello al <br/>observar la debilitación que sufrió la luz eléctrica reflejada por ellas. Al revestimiento de <br/>lava sucedió la roca viva. El macizo se componía de capas inclina das y a menudo <br/>verticalmente dispuestas. Nos hallábamos en pleno período de transición, en pleno <br/>período silúrico. <br/>-¡Es evidente -exclamo- que los sedimentos de las aguas han formado, en la segunda <br/>época de la tierra, estos esquistos, estas calizas, y estos asperones! ¡Volvemos la espalda <br/>al macizo de granito! Hacemos como los vecinos de Hamburgo que, para trasladarse a <br/>Lubeck, tomasen el camino de Hannover. <br/>Preferible habría sido que me hubiese reservado mis obser vaciones: pero mi <br/>temperamento de geólogo pudo más que la prudencia, y el profesor Lidenbrock oyó mis <br/>exclamaciones. <br/>-¿Qué tienes? -me preguntó. <br/>-Mire usted -le contesté, mostrándole la variada sucesión de los asperones, las calizas y <br/>los primeros indicios de terrenos pizarrosos. <br/>-¿Y qué tenemos con eso? <br/>-Que hemos llegado al período en que aparecieron las primeras plantas y los primeros <br/>animales. <br/>-¿Lo crees así? <br/>-Véalo usted mismo; ¡examínelo¡ ¡obsérvelo! <br/>Obligué al profesor a pasear su lámpara por delante de las paredes de la galería. <br/>Esperaba que se escapase de sus labios alguna exclamación; pero. lejos de esto, no dijo <br/>una palabra y prosiguió su camino. <br/>¿Me había comprendido o no? ¿Era que, por vanidad de sabio y de tío, no quería <br/>convenir conmigo en que se había equivocado al elegir el túnel del Este, o que deseaba <br/>reconocer hasta el fin la galería aquella? Era evidente que habíamos aba ndonado el <br/>camino de las lavas, y que el que seguíamos no podía conducir al foco del Sneffels. <br/>Pcro, ¿daría yo acaso demasiada importancia a esta modifi cación de terreno? ¿No <br/>estaría equivocado? ¿Atravesábamos realmente aquellas capas de roca superpuesta s al <br/>macizo de granito? <br/>-Si tengo razón -pensaba-, fuerza será que halle restos de plantas primitivas, y entonces <br/>no habrá más remedio que rendirse a la evidencia. Busquemos. <br/>No habría dado aún cien pasos, cuando descubrieron mis ojos pruebas irrefutables. Era <br/>lógico que así sucediese, porque, en el período silúrico encerraban los mares más de mil <br/>quinientas especies vegetales o animales. Mis pies habituados al duro suelo de la lava, <br/>pisaron de repente un polvo formado de desójes de plantas y de conchas. En las paredes <br/>veíanse distintamente huellas de ovas y licopodios; el profesor Lidenbrock no podía <br/>engañarse; pero me parece que cerraba los ójos y proseguía su camino con paso <br/>invariable.<br/><br/><br/>Page No 62<br/><br/>Era la terquedad llevada hasta el último límite. No pude reprimirme por más tiempo; <br/>tomé una concha perfectamente conservada, que había pertenecido a un animal semejante <br/>a la cucaracha actual, me aproximé a mi tío, y, mostrándosela, le dije: <br/>-Mire usted. <br/>-¿Qué me muestras ahí? -respondió tranquilamente-; eso es la concha  de un crustáceo <br/>perteneciente al orden ya extinguido de los trilobites, ni más ni menos. <br/>-¿Pero no deduce usted de su presencia aquí...? <br/>-¿Eso mismo que deduces tú? Convenido. Hemos abandonado la capa de granito y el <br/>camino de las lavas. Es posible que  me haya equivocado: pero no me cenvenceré de mi <br/>error hasta que no haya llegado al extremo de esta galería. <br/>-Haría usted perfectamente en proceder de ese modo, y yo aprobaría en un todo su <br/>conducta, si no fuese de temer un peligro cada vez más inminente. <br/>-¿Cuál? <br/>-La falta de agua. <br/>-Pues bien, quiere decir que nos pondremos a media ración, Axel. <br/>  <br/>XX <br/>En efecto, era preciso economizar este líquido, pues nuestra previsión no podía durar <br/>más de tres días, como pude comprobar por la noche, a la hora de cenar. Y  lo peor del <br/>caso era que había pocas esperanzas de encontrar ningún manantial en aquellos terrenos <br/>del período de transición. <br/>Durante todo el día siguiente, mostrónos la galería sus inter minables arcadas. <br/>Caminábamos casi sin despegar nuestros labios. Hans habíanos contagiado su mutismo. <br/>El camino no ascendía, por lo menos de una manera sensible, y hasta, a veces, parecía <br/>que bajábamos. Pero esta tendencia, no muy marcada por cierto, no debía tranquilizar al <br/>profesor porque la naturaleza de las capas no  se modificaba, y el período de transición <br/>afirmábase cada vez más. <br/>La luz eléctrica arrancaba vivos destellos a los esquistos, las calizas y los viejos <br/>asperones rojos de las paredes; parecía que nos hallábamos dentro de una zanja profunda, <br/>abierta en el condado de Devon, que da su nombre a esta clase de terrenos. Magníficos <br/>ejemplares de mármoles recubrían las paredes: unos de color gris ágata, surcados de <br/>venas blancas caprichosamente dispuestas; otros de color encarnado o amarillo con <br/>manchas rojizas; mas lejos, ejemplares de esos jaspes de matices sombríos, en los que se <br/>revela la existencia de la caliza con más vivo color. <br/>En la mayoría de estos mármoles observábanse huellas de animales primitivos; pero, <br/>desde la víspera, la creación había progresado  de una manera evidente. En lugar de los <br/>trilobites rudimentarios, vi restos de un orden más perfecto, entre otros, de peces <br/>ganoideos y de esos sauropterigios en los que la perspica cia de los paleontólogos ha <br/>sabido descubrir las primeras mani festaciones de los reptiles. Los mares devonianos <br/>estaban habitados por gran número de animales de esta especie, que depositaron a miles <br/>en las rocas de nueva formación. <br/>Era evidente que remontábamos la escala de la vida animal, cuyo último y más elevado <br/>peldaño ocupan las criaturas humanas: pero el profesor Lidenbrock no parecía fijar <br/>mientes en ella. <br/>Esperaba que ocurriese alguna de estas dos cosas: o que se abriera de repente ante sus <br/>pies un pozo vertical que le permitie se reanudar su descenso, o que un inesper ado<br/><br/><br/>Page No 63<br/><br/>obstáculo le impidiese continuar por el camino emprendido. Pero llegó la noche sin que <br/>se realizara esta esperanza. <br/>El viernes, después de una noche durante la cual empecé a experimentar los tormentos <br/>de la sed, reanudamos nuestro viáje a lo largo de la misma galería. <br/>Después de diez horas de marcha, observé que la reverbera ción de nuestras lámparas <br/>sobre las paredes decrecía de una manera notable. El mármol, el esquisto. la caliza y el <br/>asperón de las murallas cedían el puesto a un revestimiento mate y sombrío. En un pasáje <br/>en que el túnel se estrechó demasiado, apoyéme en la pared. <br/>Cuando retiré la mano, vi que la tenía toda negra. Miré desde más cerca. y adquirí el <br/>convencimiento de que nos encontrábamos en un yacimiento de hulla. <br/>-¡Una mina de carbón! -exclamé. <br/>-Una mina sin mineros -respondió mi tío. <br/>-¡Quién sabe -observé yo. <br/>-Yo lo sé  -replicó el profesor con aire convencido-; tengo la seguridad de que esta <br/>galería, perforada a través de estos yacimientos de hulla, no ha sido construida por los <br/>hombres. Pero poco nos importa que sea o no obra de la Naturaleza. He llegado la hora <br/>de cenar. Cenemos. <br/>Hans preparó algunos alimentos. Yo apenas probé bocado y bebí las escasas gotas de <br/>agua que constituían mi ración. El odre del guía, lleno solamente a medias, era lo único <br/>que quedaba para apagar la sed de tres hombres. <br/>Después de la cena, envolviéronse mis dos compañeros en sus mantas y hallaron en el <br/>sueño un remedio a sus fatigas. Por lo que a mí respecto, no pude pegar los párpados, y <br/>conté todas las horas hasta la siguiente mañana. <br/>El sábado a las seis emprendimos nuevamente la marcha. Veinte minutos más tarde, <br/>llegamos a una vasta excavación, y me convencí entonces de que la mano del hombre no <br/>podía haber abierto aquella mina, supuesto que sus bóvedas no estaban apuntaladas y no <br/>se derrumbaban por un verdadero milagro de equilibrio. <br/>Esta especie de caverna media cien pies de longitud por ciento cincuenta de altura. El <br/>terreno había sido violentamente removido por una comnoción subterránea. El macizo  <br/>terrestre habíase dislocado cediendo a alguna violenta impulsión y dejando este amplio <br/>vacío en el que penetraban por primera vez los habitantes de la tierra. <br/>Toda la historia del período de la hulla estaba escrita sobre aquellas paredes sombrías, <br/>cuyas diversas fases podía seguir fácilmente un geólogo. Los lechos de carbón hallábanse <br/>separados por capas muy compactas de arcilla o de aspe rón, y como aplastados por las <br/>capas superiores. <br/>En aquella edad del mundo que precedió al período secun dario, la tierra se cubrió de <br/>inmensas vegetaciones, debidas a la acción combinada del calor tropical y de una <br/>humedad persistente. Una atmósfera de vapores rodeaba por todas partes al globo, <br/>privándole de los rayos del sol. <br/>Este es el fundamento de la teoría de que  las temperaturas elevadas no provenían de <br/>dicho astro, el cual es muy posible que aún no se hallase en estado de desempeñar su <br/>esplendoroso papel. Los climas no existían todavía, y en toda la superficie del globo <br/>reinaba un calor tórrido, que media la misma intensidad en él Ecuador que en los polos. <br/>¿De dónde procedía? Del interior de la tierra. <br/>A pesar de las teorías del profèsor Lidenbrock. existía un fuego violento en las entrañas <br/>de nuestro esferoide, cuya acción se hacía sentir hasta en las últimas capas de la corteza<br/><br/><br/>Page No 64<br/><br/>terrestre. Privadas las plantas del benéfico influjo de los rayos del sol, no daban flores ni <br/>exhalaban perfumes ; pero absorbían sus raíces una vida muy enérgica de los terrenos <br/>ardientes de los primeros días. <br/>Había pocos árboles, pero a bundaban las plantas herbáceas, como céspedes inmensos, <br/>helechos, licopodios, siguarias y asterofilitas, familias raras cuyas especies se contaban <br/>entonces por millares. <br/>A esta exuberante vegetación debe su origen le hulla. La corteza aún elástica del globo <br/>obedecía a los movimientos de la masa líquida que le cubría, produciéndose numerosas <br/>hendeduras y grietas; y las plantar, arrastradas debajo de las aguas, formaron poco a poco <br/>masas considerables. <br/>Entonces intervino la acción de la química natural en e l fondo de los mares, las <br/>acumulaciones vegetales convirtiéronse primero en turba: después, gracias a la influencia <br/>de los gases y el calor de la fermentación, se mineralizaron por completo. <br/>De este modo se formaron esas inmensas capas de carbón que el consumo de todos los <br/>pueblos de la tierra no logrará agotar en muchos siglos. <br/>Estas reflexiones asaltaban mi mente mientras consideraba las riquezas hulleras <br/>acumuladas en esta porción del macizo terrestre, las cuales, probablemente. no serían <br/>jamás descubiertas. La explotación de estas minas tan distantes exigiría sacrifi cios <br/>demasiado considerables. <br/>Por otra parte, ¿qué necesidad había de ello, toda vez que la hulla se halla repartida, por <br/>decirlo así, por toda la superficic de la tierra, en un gran número de regiones? Era, pues, <br/>de suponer que al sonar la última hora del mundo se hallasen aquellos yaci mientos <br/>carboníferos intactos y tal cual los contemplaba yo entonccs. <br/>Entretanto, seguíamos caminando, y era yo, a buen seguro, el único de los tres que <br/>olvidaba la largura del camino para abismarme en consideraciones geológicas. La <br/>temperatura seguía siendo aproximadamente la misma que cuando caminá bamos entre <br/>lavas y esquistos. En cambio, se notaba un olor muy pronunciado a protocarburo de <br/>hidrógeno. lo que me hizo advertir en seguida la presencia en aquella galería de una gran <br/>cantidad de ese peligroso fluido que los mineros designan con el nombre de grisú, cuya <br/>explosión ha causado con frecuencia tan espantosas catástrofes. <br/>Afortunadamente, nos íbamos alumbrando con los ingeniosos aparatos de Ruhmkorff. <br/>Si, por desgracia, hubiésemos imprudentemente explorado aquella galería con antorchas <br/>en las manos, una explosión terrible hubiera puesto fin al viaje, suprimiendo radicalmente <br/>a los viajeros. <br/>La excursión a través de la mina duró hasta la noche. Mi tío se esforzaba en refrenar la <br/>impaciencia que le producía la horizontalidad del camino. Las profundas tinieblas que a <br/>veinte pasos reinaban no permitían apreciar la longitud de la galería, y ya empezaba yo a <br/>creer que era interminable, cuando, de repente, a las seis, tropezamos con un muro que <br/>nos cerraba el camino. Ni a derecha, ni a izquierda, ni arriba, ni abajo veíase paso alguno. <br/>Habíamos llegado al fondo de un callejón sin salida. <br/>-¡Bueno! ¡tanto mejor-exclamó mi tío-; al menos, ya sé a qué atenerme. No es éste el <br/>camino seguido por Saknussemm, y no queda otro nemedio que desandar lo andado. Des-<br/>cansemos esta noche, y, antes que transcurran tres días, habremos vuelto al punto donde <br/>la galería se bifurca. <br/>-Si -dije yo-, ¡si nos alcanzan las fuerzas! <br/>-¿Y por qué no nos han de alcanzar?<br/><br/><br/>Page No 65<br/><br/>-Porque mañana no tendremos ni una gota de agua. <br/>-Y valor, ¿no tendremos tampoco? exclamó el profesor, dirigiéndome una mirada <br/>severa. <br/>No me atreví a contestarle. <br/>  <br/>XX <br/>Al día siguiente, partimos de madrugada. Teníamos que dar nos prisa, porque nos <br/>hallábamos a cinco jornadas del punto de bifurcación de la galería subterránea. <br/>No me detendré a detallar los sufrimicntos de nuestro viaje de vuelta. Mi tío los soportó <br/>con la cólera de un hombre que no se siente ya más fuerte que ellos mismos; Hans, con la <br/>resignación de su naturaleza pacífica; yo, fuerza es que lo confiese, que jándome y <br/>desesperándome, sin valor para luchar contra mi mala estrella. <br/>Como lo había previsto, fal tó el agua por completo al finalizar la primera jornada; <br/>nuestra provisión de líquido quedó entonces reducida a ginebra; pero este licor infernal <br/>nos abrasaba el gaznate, y ni siquiera su vista podía soportar. La temperatura ambiente <br/>parecíame sofocante. El cansancio paralizaba mis miembros. Más de una vez estuve a <br/>punto de caer sin movi miento. Entonces hacíamos alto, y mi tío y el islandés me ani -<br/>maban todo lo mejor que podían. Pero yo bien veía que el pri mero apenas podía <br/>defenderse contra el extremado cansancio y las torturas nacidas de la privación de agua. <br/>Por fin, el 8 de julio, arrastrándonos sobre las rodillas y las manos, llegamos, medio <br/>muertos, al punto de intersección de las dos galerías. Allí permanecí como una masa <br/>inerte, tendido sobre la lava. Eran las diez de la mañana. <br/>Hans y mi tío, recostados contra la pared, trataron de masticar algunos trozos de galleta. <br/>Prolongados gemidos escapábanse de mis labios tumefactos, y acabé por caer en un <br/>profundo sopor. <br/>Al cabo de algún tiempo, mi tío se aproximó a mí y me levantó en sus brazos. <br/>-¡Pobre criatura! -murmuró con acento de no fingida piedad. <br/>Estas palabras conmoviéronme, pues no estaba acostumbrado a oír ternezas al terrible <br/>profesor. Estreché entre las mías sus temblorosas manos, y él me miró con cariño. Sus <br/>ojos se humedecieron. <br/>Vile entonces coger la calabaza que llevaba colgada de la cintura, y con gran asombro <br/>mío, me la aproximó a los labios, diciéndome: <br/>-Bebe. <br/>¿Había entendido mal? ¿Se había vuelto loco mi tío? Lo contemplaba con una mirada <br/>estúpida sin querer comprenderle. <br/>-Bebe -repitió él. <br/>Y, alzando la calabaza, vertió su contenido entre mis labios. <br/>¡Oh gozo incomparable! Un sorbo de agua exquisita humedeció mis ardorosas fauces; <br/>uno solo, es verdad, pero bastó para devolverme la vida que ya se me escapaba. <br/>Di gracias a mi tío con las manos cruzadas. <br/>-Sí .-dijo él-. ¡un sorbo de agua, el último! ¿Te enteras? ¡El último! Lo guardaba como <br/>un tesoro precioso en el fondo de mi calabaza. Cien veces he tenido que refrenar los <br/>irresistibles deseos que me acometían de bebérmela; pero, al fin. Axel, pudo mas el <br/>cariño que el deseo, y la reservé para ti. <br/>-¡Tío! -murmuré enternecido, llenándoseme los ojos de lágrimas.<br/><br/><br/>Page No 66<br/><br/>-Sí, hijo mío: bien sabía que al llegar a esta encrucijada te desplomarías medio muerto, <br/>y reservé mis últimas gotas de agua para reanimarte. <br/>-¡Gracias! ¡Gracias! -exclamé. <br/>Aquel sorbo de agua, aunque no aplacase mi sed, me hizo recuperar algunas fuerzas. <br/>Distendiéronse los músculos de mi garganta, contraídos hasta entonces, y cedió un poco <br/>la irritación de mis labios, permitiéndome hablar. <br/>-Veamos -dije-; no podernos tomar más que un partido ; faltándonos el agua, tendremos <br/>que retroceder. <br/>Mientras yo me expresaba de esta suerte, evitaba mi tío mis miradas; bajaba la cabeza y <br/>sus ojos huían de los míos. <br/>-Es preciso retroceder  -exclamé-, y tomar nuevamente el camino del Sneffels. ¡Dios <br/>quiera darnos fuerzas para subir hasta la cima del cráter! <br/>-¡Retroceder! -exclamó mi tío, como si, más bien que a mí, se respondiese a sí mismo. <br/>-Sí, sí; retroceder, y sin perder un instante. <br/>Hubo una pausa bastante prolongada. <br/>-¿De modo, Axel -repuso el profesor con tono extraño-, que esas gotas de agua no te <br/>han devuelto el valor y la energía? <br/>-¡El valor! <br/>-Te veo abatido lo mismo que antes, y pronunciando aún palabras de desesperación. <br/>¿Con qué clase de hombre tenía que entendérmelas y qué proyectos acariciaba aún <br/>aquel espíritu audaz? <br/>-¡Cómo! ¿No quiere usted...? <br/>-¿Renunciar a esta expedición en el momento en que todo parece anunciarme que <br/>puedo llevarla a cabo felizmente? ¡Jamás! <br/>-¿De suerte que es preciso resignarse a perecer? <br/>-¡No, Axel, no! Parte tú. No deseo tu muerte. Que te acompañe Hans. ¡Déjame solo! <br/>-¡Abandonarle a usted! <br/>-¡Déjame repito! Iniciado este viaje, estoy dispuesto a perecer en él o darle cima. ¡Vete, <br/>Axel. vete! <br/>Mi tío se expresaba con extraordinario calor. Su voz, enternecida un instante, adquirió <br/>nuevamente su dureza habitual. ¡Luchaba contra lo imposible con incontrastable energía! <br/>No quería abandonarle en el fondo de aquel ab ismo; pero, por otra parte, el instinto de <br/>conservación impulsábame a huir. <br/>El guía presenciaba esta escena con su habitual indiferencia; pero dándose cuenta de lo <br/>que entre sus compañeros pasaba. Nuestros gestos indicaban claramente las diferentes <br/>caminos que cada cual proponía: pero a Hans parecía interesarle muy poco una cuestión <br/>de la cual dependía tal vez su existencia, y se halla ba dispuesto a partir, si así se le <br/>ordenaba, o a quedarse, si ésta era la voluntad de quien le tenía a su servicio. <br/>¡Lástima grande que no pudiera entenderme en aquellos decisivos instantes! Mis <br/>palabras, mis gemidos, mi acento, habrían triunfado de su naturaleza indiferente. Habríale <br/>hecho comprender y tocar con el dedo los peligros que no parecía sospe char. Entre <br/>ambos, es posible que hubiéramos logrado convencer al obstinado profesor. En caso <br/>necesario, le hubiéramos obligado a volver a la cima del Sneffels. <br/>Aproximéme a Hans, y coloqué sobre su mano la mía; pero no se movió. Mostréle el <br/>camino del cráter, y permaneció i mpasible. Mi anhelante rostro expresaba todos mis<br/><br/><br/>Page No 67<br/><br/>sufrimientos. El islandés sacudió lentamente la cabeza, y, señalando, con flema, a mi tío, <br/>exclamó: <br/>-Master. <br/>-¡El amo! -exclamé yo-. ¡Insensato! ¡No, no es dueño de tu vida! Es necesario huir! ¡Es <br/>preciso llevarle con nosotros! ¿Me entiendes? <br/>Había asido a Hans por el brazo y trataba de obligarle a que se pusiera de pie, <br/>sosteniendo con él un pugilato. Entonces intervino mi tío. <br/>-Calma, Axel -me dijo-. Nada conseguirías de este servidor impasible. Así, escucha lo <br/>que voy a proponerte. <br/>Yo me crucé de brazos, contemplando a mi tío cara a cara. . <br/>-La falta de agua  -dijo- es el único obstáculo que se opone a la realización de mis <br/>proyectos. En la galería del Este, formada de lavas, esquistos y hullas, no hemos hallado <br/>ni una sola molécula de líquido. Es posible que tengamos más suerte siguiendo el túnel <br/>del Oeste. <br/>Yo sacudí la cabeza con un aire de perfecta incredulidad. <br/>-Escúchame hasta el fin -añadió el profesor esforzando la voz -. Mientras yacías ahí, <br/>privado de movimiento, he ido a reconocer la conformación de esa otra galería. Se hunde <br/>directamente en las entrañas del  -lobo, y, en pocas horas, nos conduci rá al macizo <br/>granítico, donde hemos de encontrar abundantes manantiales. Así lo exige la naturaleza <br/>de la roca, y el instinto se alía con la lógica para apoyar mi convicción. He aquí, pues, lo <br/>que quiero proponerte: cuando Colón pidió a sus tripulaciones un plazo de tres días para <br/>hallar las nuevas tierras, aquellos esforzados marinos, a pesar de hallarse  enfermos y <br/>consternados, accedieron a su demanda, y el insigne genovés descubrió el Nuevo Mundo. <br/>Yo, Colón de estas regiones subterráneas, sólo te pido un día. Si, transcurrido este plazo, <br/>no he logrado encontrar el agua que nos falta, te juro que volveremos a la superficie de la <br/>tierra. <br/>A pesar de mi irritación, conmoviéronme estas palabras de mi tío y la violencia que <br/>tenía que hacerse a sí mismo para emplear semejante lenguáje. <br/>-Está bien -exclamé-, hágase en todo la voluntad de usted, y que Dios recom pense su <br/>energía sobrehumana. Sólo dispone usted de algunas horas para probar su suerte. ¡En <br/>marcha! <br/>  <br/>XXII <br/>Emprendimos en seguida el descenso por la nueva galería. Hans marchaba delante, <br/>como era su costumbre. No habíamos avanzado aún cien pasos, cuando e xclamó el <br/>profesor, paseando su lámpara a lo largo de las paredes: <br/>-¡Aquí tenemos los terrenos primitivos! ¡Vamos por buen camino! ¡Adelante! <br/>¡Adelante! <br/>Cuando la tierra se fue enfriando poco a poco, de los prime ros días del mundo, la <br/>disminución de su volumen produjo en su corteza dislocaciones, rupturas, depresiones y <br/>fendas. La galería que recorrimos entonces era una de esas grietas por la cual se <br/>derramaba en otro tiempo el granito eruptivo; sus mil recodos formaban un inextricable <br/>laberinto a través del terreno primordial. <br/>A medida que descendíamos, la sucesión de las capas que formaban el terreno primitivo <br/>mostrábanse con mayor claridad. La ciencia geológica considera este terreno primitivo <br/>como la base de la corteza mineral, y ha descubierto que se  compone de tres capas<br/><br/><br/>Page No 68<br/><br/>diferentes: los esquistos, los gneis y los micaesquis tos, que reposan sobre esa <br/>inquebrantable roca que llamamos granito. <br/>Jamás se habían encontrado los mineralogistas en tan maravillosas circunstancias para <br/>poder estudiar la Naturaleza en su propio seno. La parte de la contextura del globo que la <br/>sonda, instrumento ininteligente y brutal, no podía trasladar a su super ficie, íbamos a <br/>estudiarlo con nuestros propios ojos, a palparlo con nuestras propias manos. <br/>A través de la capa de  los esquistos, coloreados de bellos matices verdes, serpenteaban <br/>filones metálicos de cobre y de manganeso con algunos vestigios de oro y de platino. <br/>Esto me hacía pensar en las inmensas riquezas sepultadas en las entrañas del globo, que <br/>la codicia humana no disfrutará jamás. Los cataclismos de los primeros días hubieron de <br/>enterrarlas en tales profundidades, que ni el azadón ni el pico lograrán arrancarlas de sus <br/>tumbas. <br/>A los esquistos sucedieron los gneis, de estructura estrati forme, notables por la <br/>regularidad y paralelismo de sus hojas; y después los micaesquistos, dispuestos en <br/>grandes láminas, cuya visibilidad realzaban los centelleos de la mica blanca. <br/>La luz de los aparatos, reflejada por las pequeñas facetas de la masa rocosa, cruzaba <br/>bájo todos los ángulos sus efluvios de fuego, y me parecía que viájábamos a través de un <br/>diamante hueco, en cuyo interior se quebraban los rayos luminosos en mil caprichosos <br/>destellos. <br/>Hacia las seis de la tarde, este derroche de luz disminuyó sensiblemente y casi c esó <br/>después. Las paredes adquirieron un aspecto cristalino, pero sombrío; la mica se mezcló <br/>más íntimamente con el feldespato y el cuarzo para formar la roca por exce lencia, le <br/>piedra más dura de todas, la que soporta sin quebrarse el peso enorme de los  cuatro <br/>órdenes del globo. Nos hallábamos encerrados en una inmensa prisión de granito. <br/>Eran las ocho de la noche y el agua no había parecido. Yo padecía horriblemente; mi tío <br/>seguía marchando sin quererse detener. Aguzaba el oído tratando de sorprender el <br/>murmullo de algún manantial; mas en vano. <br/>Mis piernas se negaban ya a sostenerme, a pesar de lo cual me sobreponía a mis torturas <br/>para no obligar a mi tío a hacer alto. Esto hubiera sido para él el golpe de gracia, porque <br/>tocaba a su fin la jornada que él mismo señalara como plazo. <br/>Por fin me abandonaron las fuerzas; lancé un grito, y caí. <br/>-¡Socorro, que me muero! -exclamé. <br/>Mi tío volvió sobre sus pasos. Contemplóme con los bra zos cruzados, y salieron <br/>después de sus labios estas palabras fatídicas. <br/>-Todo se ha acabado! <br/>Un gesto espantoso de cólera hirió por postrera vez mis miradas, y cerré resignado los <br/>ojos. <br/>Cuando los volví a abrir, vi a mis dos compañeros inmóviles y envueltos en sus mantas. <br/>¿Dormían? Por lo que a mi res pecta, no pude conciliar el sueño un momento. Padecía <br/>demasiado, y me atormentaba, sobre todo, la idea de que mi mal no debía tener remedio. <br/>Las últimas palabras de mi tío resonaban aún en mis oídos. Todo se había acabado, en <br/>efecto; porque, en semejante estado de debilidad, no había que pensar siquiera en volver a <br/>la superficie de la tierra. <br/>¡Había que atravesar legua y media nada menos de corteza terrestre! Parecíame que esta <br/>enorme masa gravitaba con todo su peso sobre mis espaldas y me aplastaba, agotando las<br/><br/><br/>Page No 69<br/><br/>escasas energías que m e quedaban los violentos esfuerzos que hacía para librarme de <br/>aquella inmensa mole de granito. <br/>Transcurrieron varias horas. Un silencio profundo reinaba en torno nuestro: ¡el silencio <br/>de las tumbas! Ningún rumor podía llegar a través de aquellas paredes, la más delgada de <br/>las cuales me diría, por lo menos, cinco millas de espesor. <br/>Sin embargo, en medio de mi sopor, creí percibir un ruido el túnel se quedaba a <br/>obscuras. Miré con mayor atención y parecióme ver que desaparecía el islandés con su <br/>lámpara en la mano. <br/>¿A dónde encaminaba sus pasos'? ¿Trataría de abandonarnos? Mi tío dormía a pierna <br/>suelta. Quise gritar, pero mi voz ahogóse entre mis secos labios. La obscuridad habíase <br/>hecho profunda, y extinguiéronse los últimos ruidos. <br/>-¡Hans nos abandona! -exclamé-. ¡Hans! ¡Hans! <br/>Estas palabras sólo pude gritarlas con la mente, así que no pudieron salir de mi pecho. <br/>Sin embargo, después del primer ins tance de terror, avergoncéme de mis sospechas <br/>contra un hombre cuya conducta hasta entonces no se había hecho sospechosa. Su partida <br/>no podía ser una fuga. En lugar de dirigirse hacia la boca de la galería, internábase más <br/>en ella. De abrigar criminales designios, habría marchado en opuesta dirección. Este <br/>razonamiento tranquilizóme un poco y entré en otro orden de ideas. <br/>Sólo un grave motivo hubiera podido arrancar de su reposo al pacifico Hans. ¿Iba a <br/>hacer una descubierta? ¿Habría oído en el silencio de la noche algún murmullo que no <br/>hahía llegado hasta mí? <br/>  <br/>XXIII <br/>Durante una hora entera cruzaron por mi delirante cerebro todas las razones que habrían <br/>podido impulsar el flemático cazador. Bullían en mi mente las ideas más absurdas. ¡Creí <br/>volverme loco. <br/>Por fin, escuché ruido de pasos en las profundidades del abismo. Hans regresaba sin <br/>duda. Su luz incierta comenzó a reflejarse sobre las paredes, y brilló luego en la abertura <br/>del corredor, tras ella, apareció el guía. <br/>Aproximóse a mi tío, púsole la mano en el hombro y le despertó con cuidado. Mi tío se <br/>levantó, preguntando: <br/>-¿Qué ocurre? ¿Qué sucede? <br/>-Watten -respondió el cazador. <br/>Sin duda, bajo la impresión de los violentos dolores todos nos hacemos políglotas. Yo <br/>ignoraba en absoluto el danés, y, sin embargo, entendí instintivamente la palabra <br/>pronunciada por nuestro guía. <br/>-¡Agua! ¡Agua! --exclamé palmoteando, gesticulando como un insensato. <br/>-¡Agua! -repitió mi tío-. Hvar?-preguntó al islandés. <br/>-Neat! -respondió éste. <br/>¿Dónde? ¡Allá abajo! Todo lo comprendí. Habíame apode rado de las manos del <br/>cazador y se las oprimía con cariño, mientras él me miraba con calma. <br/>Breves fueron los preparativos de marcha, internándonos en seguida por un corredor <br/>que tenía una pendiente de dos pies por toesa. <br/>Una hora más tarde, habíamos avanzado unas mil toesas, aproximadamente, y <br/>descendido dos mil pies.<br/><br/><br/>Page No 70<br/><br/>En aquel preciso momento, oímos distintamente un insólito ruido que se transmitía a lo <br/>largo de las paredes de granito de la galería, una especie de mugido sordo, como un <br/>trueno lejano. <br/>Durance esta primera media hora de marcha. al ver que no tropezábamos con el <br/>manantial anunciado, reprodujéronse mis angustias; pero entonces explicóme mi tío el <br/>origen de los ruidos que escucháhamos. <br/>-Hans no se ha engañado -me dijo-; ese rumor que oyes es el mugido de un torrente. <br/>-¿Un torrente?-exclamé. <br/>-Sin duda de ningún género. Un río subterráneo circula en torno nuestro. <br/>Apresuramos el paso, hostigados por la esperanza. El solo ruido del agua ejerció sobre <br/>mi organismo un efecto temperante, y dejé de sentir toda fatiga. El torrente, después de <br/>haber corrido mucho tiempo por encima de nuestras cabezas, cambióse a la pared de la <br/>derecha, mugiendo y dando saltos. Yo pasaba a cada instante la mano por la roca, <br/>esperando hallar en ella señales de filtración o humedad; pero en vano. <br/>Transcurrió todavía media hora, durante la cual avanzamos otra media legua. <br/>Entonces quedó evidenciado que el cazador, durante su ausencia, no había tenido <br/>tiempo de llevar más adelante sus investigaciones. Guiado por un instinto peculiar a los <br/>rnontañeses y a los hidroscopios, sintió, por decirlo así, este torrente a través de las rocas, <br/>pero no vió, en realidad, el líquido precioso; así que no había bebido. <br/>Pronto se echó de ver que, si proseguíamos la marcha, nos alejaríamos del torrente toda <br/>vez que su murmullo tendía a disminuir. <br/>Retrocedimos un poco y Hans detúvose en  el preciso lugar donde el torrente parecía <br/>estar más próximo. <br/>Tomé asiento al lado de la pared, en tanto que las aguas corrían a dos pies de distancia <br/>de mí con una violencia extrema. Pero un muro de granito nos separaba aún de ellas. <br/>Sin rellexionar, sin preguntarme siquiera si no habría algún medio de procurarse aquel <br/>agua me abandoné otra vez, momentáneamente, a la desesperación. <br/>Miróme Hans, y creí descubrir en sus labios una ligera sonrisa. <br/>Levantóse, tomó la lámpara y se dirigió a la pared. Yo le seg uí sin quitarle la vista de <br/>encima. Aplicó el oído a la piedra seca y lo paseó por ella lentamente, escuchando con <br/>suma atención. Comprendí que buscaba el punto preciso en que se oyera con más <br/>claridad el ruido del torrente. <br/>Por fin, encontró este punto en la pared lateral de le izquierda, a tres pies de elevación. <br/>¡Que emoción tan grande la mía! ¡No osaba adivinar lo que quería hacer el cazador! <br/>Pero no tuve más remedio que com prenderlo y aplaudirle, y hasta animarle con mis <br/>caricias, cuando le vi coger en sus manos el pico para horadar la roca. <br/>-¡Salvados! -grité-, ¡salvados! <br/>-Sí -repitió mi tío con júbilo frenético! ¡Hans tiene mucha razón! ¡Bien por el cazador! <br/>¡A nosotros no se nos hubiese ocurrido! <br/>-¡Ya lo creo que no! Por sencillo que fuese el ex pediente, no habríamos caído en ello. <br/>Nada más peligroso que atacar con el pico el armazón del globo. ¡Y si sobrevenía un <br/>hundimiento que nos aplastase! ¡Y si el torrente, al encontrar salida a través de la roca, <br/>nos ahogaba! Estos peligros nada tenían de quiméricos; pero, en aquellas circunstancias, <br/>los temores de provocar una inundación o un hundimiento no podían detenernos, y era <br/>nuestra sed tan intensa que, con tal de aplacarla, hubiéramos sido capaces de abrir un <br/>orificio en el fondo del mismo Océano.<br/><br/><br/>Page No 71<br/><br/>Hans acometió esta empresa, a la que ni mi tío ni yo hubiésemos sido capaces de dar <br/>cima. Nuestras manos, impulsadas por la impaciencia, hubieran imprudentemente <br/>acelerado nuestros golpes y hecho volar la roca en mil pedazos. El guía, por el contrario, <br/>tranquilo y moderado, desgastó poco a poco la roca mediante una serie de pequeños <br/>golpes repetidos, hasta abrir un orificio de medio pie de diámetro. <br/>El ruido del torrente aumentaba por momentos, y ya creía sentir que el agua <br/>bienhechora humedecía mis ardorosos labios. <br/>No tardó la piqueta en penetrar dos pies en la pared de gra nito. Una hora duraba ya la <br/>difícil operación y yo me retorcía de impaciencia. Mi tío quería recurrir a las medidas <br/>extremas, costándome no poco el detenerle; pero al ir a empuña r su piqueta, oyóse de <br/>repente un silbido, y surgió del orificio, con violencia, un gran chorro de agua que fue a <br/>estrellarse contra la pared opuesta. <br/>Hans, medio derribado por el choque, no pudo reprimir un grito de dolor. Cuando <br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_46.htm"><title><![CDATA[.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_46.htm]]></link><description><![CDATA[sumergí mis manos en el líquido, lancé a mi vez una exclamación violenta y me expliqué <br/>el lamento del guía: el agua estaba hirviendo. <br/>-¡Agua a 100° de temperatura! -exclamé. <br/>-¡Ya se enfriará! -me respondió mi tío. <br/>La galería se llenaba de vapores, en tanto que se formaba un arroyo que iba a perderse <br/>en las sinuosidades subterráneas. No tardamos en gustar nuestros primeros sorbos. <br/>-¡Oh, qué placer tan grande! ¡Qué incomparable voluptuosidad! ¿Qué agua era aquélla? <br/>¿De dónde venía? Poco nos importaba. Era agua, y, aunque caliente aú n, devolvía al <br/>corazón la vida que casi se le escapaba. Yo bebía sin descanso y sin saborearla siquiera. <br/>Hasta después de un minuto de goce, no exclamé: <br/>-Es agua ferruginosa <br/>-Excelente para el estómago -replicó mi tío-, y de una mineralización muy intensa. He <br/>aquí un viaje que nos reportará los mismos frutos que si hubiésemos ido a Spa o a <br/>Toeplitz. <br/>-¡Oh, qué buena es! <br/>-¡Ya lo creo! como extraída a dos leguas debajo de tierra; tiene un sabor a tinta que no <br/>es desagradable, por cierto. ¡Qué problema nos ha  resuelto este Hans! Propongo que le <br/>demos su nombre a este saludable arroyuelo. <br/>-Me perece muy bien -exclamé yo. <br/>Y quedó bautizado el arroyo con el nombre de Hans-Bach. <br/>Hans no se envaneció demasiado. Después de apagar su sed, se recostó en un rincón <br/>con su calma acostumbrada. <br/>-Ahora -dije yo-, convendría no dejar perder esta agua. <br/>-¿Para qué la queremos?  -respondió el profesor-, Creo que este manantial debe ser <br/>inagotable. <br/>-No importa. Llenemos las calabazas y el odre, y tratemos en seguida de taponar la <br/>abertura. <br/>Siguióse mi consejo. Hans, con trozos de granito y estopa, trató de obstruir el orificio <br/>abierto en la pared. Mas no era cosa fácil: el agua abrasaha las manos, la presión era <br/>extraordinaria y nuestros reiterados esfuerzos resultaron infructuosos. <br/>-Es evidente -observé-que las capas superiores de este caudal de agua se hallan a gran <br/>altura, a juzgar por la fuerza con que sale.<br/><br/><br/>Page No 72<br/><br/>-La cosa no es dudosa  -replicó mi tío-; si esta columna de agua tiene 32.000 pies de <br/>altura, su preción en este orificio es de 1.000 atmósferis. Pero tengo una idea. <br/>-¿Cuál? <br/>-¿Por qué obstinamos en taponar esta apertura? <br/>-Pues, porque... <br/>La verdad es que no pude encontrar ninguna razón convincente. <br/>-Cuando hayamos llenado nuestras vasijas. ¿estamos segu ros de volver a encont rar <br/>donde llenarlas de nuevo? <br/>-Evidentemente, no. <br/>-Pues entonces, dejemos correr esta agua, que, al descender siguiendo su curso natural, <br/>nos servirá de guía, al par que atemperará nuestra sed. <br/>-¡Muy bien pensado!  -exclamé-: y teniendo por com pañero a es te arroyo, no hay <br/>ninguna razón para que nuestros proyectos no obtengan un éxito lisonjero. <br/>-¡Ah, hijo mío! Veo que te vas convenciendo -dijo el profesor, sonriente. <br/>-No me ves convenciendo; estoy convencido ya, tío. <br/>-¡Un instante! Empecemos por tomarnos algunas horas de reposo. <br/>Habíame olvidado por completo de que era de noche. El cro nómetro encargóse de <br/>advertírmelo. Satisfecha la sed y el apeti to, no tardamos en sumirnos los tres en un <br/>profundo sueño. <br/>  <br/>XXIV <br/>Al día siguientc no nos acordábamos ya de nuestros dolores pasados. Maravillábame el <br/>hecho de no sentir sed, y no se me alcanzaba la causa de este fenómeno. El arroyo que <br/>corría a mis pies murmurando, encargóse de explicármelo. <br/>Almorzamos. y bebimos de aquella excelente agua ferrugínosa. Sentíme regocijado y <br/>decidido a ir muy lejos. ¿Por qué un hombre convencido como mi tío no había de salir <br/>airoso de su empresa, con un guía ingenioso, como Hans, y un sobrino deci dido, como <br/>yo? ¡Ved que bellas ideas brotaren de mi cerebro! Si me hubiesen propuesto regresar a la <br/>cima del Sneffels, habría renunciado con indignación. <br/>Pero por fortuna nadie pensaba más que en bajar. <br/>-¡Partamos! -grité despertando con mis entusiastas acentos a los viejos ecos del globo. <br/>Se reanudó la marcha el jueves. a las ocho de la m añana. La galería de granito, <br/>formando caprichosas sinuosidades. presenta ha inesperados recodos simulando la <br/>confusión de un laberinto: pero en definitiva. seguía siempre la dirección Sudeste. Mi tío <br/>no dejaba de consultar con el mayor cuidado su brújula  para poderse dar cuenta del <br/>camino recorrido. <br/>La galería deslizábase casi horizontalmente con un declive de dos pulgadas por toesa. a <br/>lo sumo. El arroyo corría murmurando a nuestros pies sin gran celeridad. Comparábalo <br/>yo a algún genio familiar que nos guiase a través de la tierra y acariciaba con mi mano la <br/>tibia náyade cuyos cantos acompañaban nuestros pasos. Mi buen humor tomaba <br/>espontáneamente un giro mitológico. <br/>Por lo que respecta a mi tío, renegaba de la horizontalidad del camino, cosa que en él, <br/>no podía llamar la atención. conociendo que era el hombre de los verticales. Su ruta se <br/>alejaba indefinidamente y, en vez de deslizarse a lo largo de un radio terrestre, según su <br/>propia expresión, se marchaba por la hipotenusa. Pero no éramos dueños de elegir, y en<br/><br/><br/>Page No 73<br/><br/>tanto que nos apro ximásemos al centro, por muy poco que fuese, no había derecho a <br/>quejarse. <br/>Además. las pendientes se hacían de vez en cuando más rápidas: y entonces, nuestra <br/>náyade aceleraba su peso, mugiendo al saltar de roca en roca, y descendíamos con ella a <br/>profundidades mayores. <br/>En suma, aquel día y el siguiente avanzamos bastante en el sentido horizontal y <br/>relativamente poco en el vertical. <br/>El viernes 10 de julio, por la tarde, debíamos, según nues tros cálculos, encontramos a <br/>treinta leguas de Reykiavik, y a una profundidad de diez leguas y media. <br/>Entonces se abrió entre nosotros un pozo bastante imponen te. Mi tío no pudo <br/>abstenerse de palmotear como un niño, calculando la rapidez de sus pendientes. <br/>-He aquí un pozo -exclamó-, que nos ll evará muy lejos, y con facilidad, porque los <br/>salientes de las rocas forman una verdadera escalera. <br/>Hans preparó las cuerdas a fin de prevenir todo accidente, y dio principio el descenso, <br/>que no me atrevo a califïcar de peligroso, porque me encontraba ya familiarizado con este <br/>género de ejercicio. <br/>Era este pozo una angosta fenda practicada en el macizo, una de esas grietas conocidas <br/>en mineralogía con el nombre de padrastros, producida evidentemcnte por la contracción <br/>de la armadura terrestre; en la época de su enfriamiento. Si en otro tiempo dio pase a las <br/>materias eruptivas vomitadas por el Sneffels, no me explico cómo éstas no dejaron en él <br/>rastro alguno. Bajábamos por una especie de escalera de caracol que perecía obra de la <br/>mano del hombre. <br/>De cuarto en cuarto de hora era preciso detenerse para des cansar y devolver la <br/>elasticidad a nuestras corvas. Entonces nos sentábamos sobre algún saliente rocoso, con <br/>las piernas colgan do, conversábamos, mientras hacíamos alguna frugal comida, y <br/>apagábamos después nuestra sed en el arroyo. <br/>No es preciso decir que dentro de aquella grieta el Hans -Bach se había convertido en <br/>cascada, con detrimento de su volumen; pero aún bastaba con creces a satisfacer nuestra <br/>sed. Además, era seguro que cuando se presentasen decl ives menos pronunciados, <br/>recobraría nuevamente su pacífico curso. En aquel momento, recordábame a mi <br/>dignísimo tío, con sus impetuosidades y cóleras: mientras que, en las pendientes suaves, <br/>su calma me hacía pensar en la del cazador islandés. <br/>Los días 6 y 7 de julio seguimos descendiendo por las espirales de la grieta, penetrando <br/>dos leguas más en la corteza terrestre, lo que nos colocaba a cinco leguas bajo el nivel del <br/>mar. Pero el 5, a eso del mediodía, tomó el pozo una inclinación mucho menos <br/>acentuada, de unos 40° aproximadamente, en dirección Sudeste. <br/>El camino se hizo entonces tan fácil como monótono. Era lo natural. Nuestro viaje no <br/>podía distinguirse por la variedad del paisaje. <br/>Por fin, el miércoles 15 nos hallábamos a siete leguas bajo tierra y  a cincuenta del <br/>Sneffels, sobre poco más o menos. Aunque algo fatigados, nuestra salud conservábase en <br/>estado satisfactorio, y aún no había sido preciso estrenar el botiquín de viaje. <br/>Mi tío anotaba cada hora las indicaciones de la brújula, del cronómetro del manómetro <br/>y del termómetro, las mismas que ha publicado en la narración científica de su viaje: de <br/>suerte que podía fácilmente darse cuenta de su situación. Cuando me dijo que nos <br/>hallábamos a una distancia horizontal de cincuenta leguas, no pude re primir una <br/>exclamación.<br/><br/><br/>Page No 74<br/><br/>-¿Qué tienes? -me preguntó. <br/>-Nada; pero me asalta una idea. <br/>-¿Qué idea es esa, hijo mío? <br/>-Que si sus cálculos de usted son exactos, no nos hayamos ya bájo el suelo de Islandia. <br/>-¿Lo crees así? <br/>-Bien fácil es comprobarlo. <br/>Tomé con el compás mis medidas sobre el mapa, y dije en seguida a mi tío: <br/>-No me engañaba, no; hemos rebasado el Cabo Portland, y estas cincuenta leguas <br/>caminadas hacia el Sudeste nos sitúan en pleno Océano. <br/>-¡Debajo del Océano! -replicó mi tío-, frotándose las manos. <br/>-De suerte -añadí yo-, que el Océano se extiende sobre nuestras cabezas. <br/>-¿Y qué tiene de extraño? No es ninguna cosa nueva. ¿No hay en Newcastle minas de <br/>carbón que avanzan por debajo del agua'? <br/>Muy dueño era el profesor de encontrar nuestra situación muy sencilla; pero la idea de <br/>pasearme por debájo de la enorme masa líquida teníame preocupado. Sin embargo, lo <br/>mismo era que gravitasen sobre nuestras cabezas las llanuras y montañas de Islandia o las <br/>olas del Atlántico, si el armazón granítico que nos cobijaba era lo bastante sólido. Por lo <br/>demás, no tardé en habituarme a esta idea, porque el corredor, unas veces sinuoso, otras <br/>recto, tan caprichoso en sus pendientes como en sus revueltas, pero marchando siempre <br/>en dirección Sudeste y hundiéndose más cada  vez, condújonos rápidamente a grandes <br/>profundidades. <br/>Cuatro días después, el sábado 15 de julio, llegamos por la tarde, a una especie de gruta <br/>bastante espaciosa. Mi tío entregó a Hans sus tres rixdales de la semana, y decidióse que <br/>el siguiente día fuese de reposo absoluto. <br/>  <br/>XXV <br/>Despertéme, pues, el domingo por la mañana sin la preocupación habitual de tener que <br/>emprender inmediatamente la marcha; y por más que esto ocurriese en el más profundo <br/>abismo, no dejaha de ser agradable. Por otra parte, ya estáb amos habituados a esta <br/>existencia de trogloditas. Para nada me acordaba del sol, de la luna, de las estrellas, de los <br/>árboles, de las casas, de las ciudades, ni de ninguna de esas superfluidades terrestres que <br/>los seres que viven debajo del astro de la no che consideran de imprescindible necesidad. <br/>En nuestra calidad de fósiles, nos burláhamos de estas maravillas inútiles. <br/>Formaba la gruta un espacioso salón sobre cuyo pavimento granítico deslizábase <br/>dulcemente el arroyuelo fiel. A aquella dis tancia, se h allaba el agua a la temperatura <br/>ambiente y no había dificultad en beberla. <br/>Después de almorzar, quiso el profesor consagrar algunas horas a ordenar sus <br/>anotaciones diarias. <br/>-Ante todo  -me dijo-, voy a hacer algunos cálculos, a fin de determinar con toda <br/>exactitud nuestra situación; quiero, a nuestro regreso, poder trazar un plano de nuestro <br/>viaje, una especie de sección vertical del globo, que señalará el perfïl de nuestra expe -<br/>dición. <br/>-Será curiosísimo, tío; pero. ¿tendrán sus observaciones de usted un grado de precisión <br/>suf ïciente? <br/>-Sí. He anotado cuidadosamente los ángulos y las pendien tes; estoy seguro de no <br/>cometer un error. Vamos a ver, ante todo, dónde estamos. Toma la hrújula. y observa la<br/><br/><br/>Page No 75<br/><br/>dirección que indica, cogí el indicado instrumento, y des pués de un examen atento, <br/>respondí: <br/>-Este cuarta al Sudeste. <br/>-Bien -dijo el profesor anotando la observación y haciendo algunos cálculos rápidos-. <br/>No hay duda: hemos recorrido ochenta y cinco leguas, <br/>-Según eso, caminamos por debajo dcl Atlántico. <br/>-Exacto. <br/>-Y es muy posible que en los actuales momentos se esté desarrollando sobre nuestras <br/>cabezas una tempestad horrible, y que muchos navíos sean juguete de las olas y del <br/>viento. <br/>-Perfectamente posible. <br/>-Y que vengan las ballenas a azotar con sus colas formi dables las paredes de nuestra <br/>prisión. <br/>-Tranquilízate, Axel, que no lograrán quebrantarnos. Empero, prosigamos nuestros <br/>cálculos. Nos hallamos al sudeste del Sneffels y a ochenta y cinco leguas de distancia de <br/>su base; y, a juzgar por mis notas precedentes, estimo en diez y seis leguas la profundidad <br/>alcanzada. <br/>-¡Diez y seis leguas! -exclamé. <br/>-Sin duda de ningún género. <br/>-Pero ése es el máximo limite asignado por la ciencia a la corteza terrestre. <br/>-No trato de negarlo. <br/>-Y aquí, según la ley que rige al aume nto del calor, deberíamos tener una temperatura <br/>de 1.500°. <br/>-Deberíamos, hijo mío; tú lo has dicho. <br/>-Y todo este granito no podría conservar su estado sólido y estaría en plena fusión. <br/>-Ya ves que no es así y que los hechos, como acontece siempre, vienen a desmentir las <br/>teorías. <br/>-No tengo más remedio que convenir en ello; mas no deja de llamarme la atención. <br/>-¿Qué marca el termómetro? <br/>-Veintisiete grados y seis décimas. <br/>-Sólo faltan 1.474 grados y cuatro décimas para que los sabios tengan razón. Queda, <br/>pues, establecido que el aumento de la temperatura proporcionalmente a la profundidad <br/>es un error. Por consiguiente. Hunfredo Davy no se equivocaba, y yo, por tanto, no hice <br/>mal en darle crédito. ¿Qué tienes que responder? <br/>-Nada. <br/>En realidad habría tenido que decir muchas cosas. Era opuesto a la teoría do Davy, y <br/>defensor de la del calor central, aun cuando no sintiese sus efectos. Me inclinaba a creer <br/>que aquella chimenea de volcán apagado se hallaba recubierta por las lavas de un forro <br/>refractario que impedía que el calor se propagase a través de sus paredes. <br/>Pero sin detenerme a buscar nuevos argumentos, limitéme a tomar la situación tal cual <br/>era. <br/>-Tío -dije tras una pausa-, no dudo ni un momento de la exactitud de sus cálculos, pero <br/>permítame usted que deduzca de ellos una consecuencia rigurosamente exacta. <br/>-Saca todas las consecuencias que quieras. <br/>-En el lugar en que nos encontramos, en la latitud de Islan dia, el radio terrestre mide <br/>1.583 leguas aproximadamente, ¿no es cierto?<br/><br/><br/>Page No 76<br/><br/>-Mil quinientas ochenta y tres leguas y un tercio. <br/>-Pongamos en cifras redondas 1.600, de las cuáles hemos andado doce, ¿no es así? <br/>-Así es, en efecto. <br/>Y para esto hemos tenido que recorrer ochenta y cinco en sentido diagonal, ¿no es <br/>verdad? <br/>-Exactamente. <br/>-¿En veinte días, más o menos? <br/>-En veinte días. <br/>-Y como quiera que diez y seis leguas son la centésima parte del radio de la tierra. de <br/>continuar así, emplearemos dos mil días, que son cerca de cinco años y medio, en llegar <br/>al centro del globo.  <br/>El profesor no respondió una palabra. <br/>-Y esto sin contar -proseguí- con que, si para obtener una vertical de diez y seis leguas <br/>es preciso recorrer horizontalmente ochenta, tendríamos que caminar nada menos que <br/>ocho mil en dirección Sudeste, para alcanzar nuestra meta y, mucho antes de logra rlo, <br/>habríamos salido por algún punto a la superficie. <br/>-¡Vete al diablo con tus cálculos!  -replicó mi tío con un movimiento de cólera-. ¡Al <br/>infierno tus teorías! ¿Sobre qué base descansan? ¿Quién te dice que esta galería no va <br/>directamente a nuestra meta? Yo tengo a mi favor un precedente, y es que, lo que quiero <br/>hacer, otro lo ha hecho primero: y si el éxito coronó sus esfuerzos, de esperar es que <br/>premie también los míos. <br/>-Así lo espero y deseo; pero, en fin, ¿me estará permitido...? <br/>-Te está permitido callarte, y no desbarrar de esa suerte. <br/>Comprendí que el terrible profesor amenazaba mostrarse bajo la piel del pariente, y <br/>hube de ponerme en guardia. <br/>-Ahora, consulta el manómetro -añadió mi tío- ¿Qué marca? <br/>-Una presión considerable. <br/>-Bien. Ya ves cómo, bájando lentamente, nos vamos acostumbrando poco a poco a la <br/>densidad de esta atmósfera, y no experimentamos molestias. <br/>-Excepción hecha de algunos dolores de oídos. <br/>-Eso no es nada, y fácilmente harás desaparecer ese males tar poniendo en <br/>comunicación rápida el aire exterior con el contenido en tus pulmones. <br/>-Perfectamente -respondí, decidido a no contrariar a mi tío. Hasta se experimenta un <br/>verdadero placer en sentirse sumer gido en esta atmósfera más densa. ¿Ha observado <br/>usted con qué intensidad se propagan en ella los sonidos? <br/>-Un sordo acabaría aquí por oír perfectamente. <br/>-¿Pero esta densidad seguirá aumentando? <br/>-Sí, siguiendo una ley no muy bien determinada; es verdad que la intensidad de la <br/>gravedad perecerá a medida que bajemos. Ya sabes que en la  misma superficie de la <br/>tierra es en donde su acción se deja sentir con más fuerza, y que en el centro del globo los <br/>objetos carecen de peso. <br/>-Lo sé; pero, dígame usted, este aire, ¿no acabará por adquirir la densidad del agua? <br/>-Sin duda, bajo una presión de setecientas diez atmósferas. <br/>-¿Y más abájo? <br/>-Más abajo, esta densidad será mayor todavía. <br/>-¿Y cómo bajaremos entonces?<br/><br/><br/>Page No 77<br/><br/>-Llenándonos de piedras los bolsillos. <br/>-A fe, tío, que tiene usted respuesta para todo. <br/>No me atreví a avanzar más en el campo de las hipótesis, porque hubiera tropezado con <br/>alguna otra imposibilidad que habría hecho dar un salto al profesor, <br/>Era, sin embargo, evidente que el aire, bajo una presión que podía llegar a ser de <br/>millares de atmósferas, acabaría por solidificarse, y entonces, aun dando de barato que <br/>hubiesen resistido nuestros cuerpos, sería necesario detenerse a pesar de todos los <br/>razonamientos del mundo. <br/>Pero no hice valer este argumento, pues mi tío me hubiera en seguida sacado a colación <br/>a su eterno Saknussemm, precedente sin valor, porque, aun suponiendo que fuese cierto <br/>su viaje, siempre podría responderse que, no habiéndose inventado el barómetro ni el <br/>manómetro en el siglo XVI, ¿cómo pudo deter minar este sabio islandés su llegada al <br/>centro del globo? <br/>Mas guardé para mí esta objeción, y resolví esperar los acontecimientos. <br/>El resto de la jornada transcurrió en conversaciones y cálcu los, mostrándome siempre <br/>conforme con el parecer del profesor, y envidiando la perfecta indiferencia de Hans, que, <br/>sin meterse a buscar las causas de los efectos, marchaba ciegamente por donde le llevaba <br/>el destino. <br/>  <br/>XXVI <br/>Preciso es confesar que hasta entonces todo había mar chado bien, no existiendo el <br/>menor motivo de queja. Si las dificultades no aumentaban, era seguro que alcanzaríamos <br/>nuestro objeto. ¡Qué gloria para todos en el caso afortunado! ¡Ya me iba habituando a <br/>raciocinar por el sistema Lidenbrock! ¿Sería debido al extraño medio en que vivía? <br/>¡Quién sabe! <br/>Durante algunos días, pendientes mucho más rápidas. algu nas de ellas de aterr ador <br/>declive, nos internaron profundamente en el macizo de granito llegando algunas jornadas <br/>a avanzar legua y media o dos leguas hacia el centro. En algunas bajadas peligrosas, la <br/>destreza de Hans y su maravillosa sangre fría nos fueron de utilidad suma.  El flemático <br/>islandes sacrificábase con una indiferencia incomprensible, y, gracias a él, franqueamos <br/>más de un paso difícil del cual no habríamos salido nosotros solos. <br/>Su mutismo aumentaba de un día en otro, y hasta creo que nos contagiaba a nosotros. <br/>Los objetos exteriores ejercen una acción real sobre el cerebro. El que se encierra entre <br/>cuatro paredes acaba por perder la facultad de asociar las ideas y las pala bras. ¡Cuántos <br/>presos encerrados en estrechos calabozos se han vuelto imbéciles o locos por  la <br/>imposibilidad de ejercitar las facultades mentales! <br/>Durante las dos semanas que siguieron a nuestra última conversación no ocurrió ningún <br/>incidente digno de ser mencionado. No encuentro en ninguna mernoria más que un solo <br/>acontecimiento de suma gravedad, cuyos más insignifïcantes detalles me sería irnposible <br/>olvidar. <br/>El 7 de agosto, nuestros sucesivos descensos nos habían conducido a una profundidad <br/>de treinta leguas; es decir, que teníamos sobre nuestras cabezas treinta leguas de rocas, de <br/>mares, de  continentes y de ciudades. Debíamos, a la sazón. encontrarnos a doscientas <br/>leguas de Islandia. <br/>Aquel día seguía el túnel un plano poco inclinado.<br/><br/><br/>Page No 78<br/><br/>Yo marchaba delante; mi tío llevaha uno de los aparatos Ruhmhorff, y yo el otro, y con <br/>él me entretenía en examinar las capas de granito. <br/>De repente, al volverme, vi que me encontraba solo. <br/>-Bueno -dije para mí-, he caminado demasiado de prisa, o tal vez sea que el profesor y <br/>Hans se han detenido en algún sitio. Voy a reunirme con ellos. Afortunadamente, el <br/>camino no tiene aquí mucho declive. <br/>Volví a desandar lo andado. Caminé durante un cuarto de hora sin encontrar a nadie. <br/>Llamé, y no me respondieron, perdiéndose mi voz en medio de los cavernosos ecos que <br/>ella misma despertaba. <br/>Empecé a sentir inquietud. Un fuerte escalofrío me recorrió todo el cuerpo. <br/>-¡Calma! -me dije en voz alta-. Tengo la seguridad de encontrar a mis compañeros. ¡No <br/>hay más que un solo camino.Y puesto que me había adelantado, procede retroceder. <br/>Subí por espacio de media hora, escuchando ate ntamente si me llamaban, que de bien <br/>lejos se oía en aquella atmósfera tan densa. Un silencio extraordinario reinaba en la <br/>inmensa galería. <br/>Me detuve sin atreverme a creer en mi aislamiento. Deseaba estar extraviado, no <br/>perdido. Extraviado, aún pueden encontrarle a uno. <br/>-Veamos -repetía-; puesto que no existe más que un camino, que es el rnismo que <br/>siguen ellos, por fuerza he de encontrarlos. Bastará con seguir retrocediendo. Al menos <br/>que, no viendome. y olvidando que yo les precedía, se les haya ocurrido l a idea de <br/>retroceder... Pero aun en este caso, apresurando el paso, me reuniré con ellos. ¡Es <br/>evidente! <br/>Y repetía las últimas palabras como si no estuviera real mente convencido. Por otra <br/>parte, para asociar estas ideas tan sencillas y darles la forma de u n raciocinio, tuve que <br/>emplear mucho tiempo. <br/>Entonces asaltóme una duda. ¿Iba yo por delante de ellos? Ciertamente. Seguíame <br/>Hans, precediendo a mi tío. Hasta recordaba que se había detenido unos instantes, para <br/>asegurarse sobre las espaldas el fardo. Ento nces debí prose guir solo el camino, <br/>separándome de ellos. <br/>-Además -pensaba yo-, tengo un medio seguro de no extraviarme, un hilo que me guíe <br/>en este laberinto, y que no puede romperse: este hilo es mi fiel arroyo. Bastará que <br/>remonte su curso para dar con las huellas de mis compañeros. <br/>Este razonatniento infundióme nuevos bríos, y resolví reanudar mi marcha ascendente <br/>sin pérdida de momcnto. <br/>¡Cómo bendije entonces la previsión de mi tío, impidiendo que el cazador taponase el <br/>orificio practicado en la par ed de gra nito! De esta suerte, aquel bienhechor manantial, <br/>después de satisfacer nuestra sed durante todo el camino, iba a guiarme ahora a través de <br/>las sinuosidades de la corteza terrestre. <br/>Antes de ponerme en marcha, pensé que una ablución me haría provecho. <br/>Agachéme para sumergir mi frente en el agua del Hans Bach. y, ¡júzguese de mi <br/>estupor! En vez del agua tibia y cristalino, encontraron mis dedos un suelo seco y áspero. <br/>¡El arroyo no corría ya a mis pies.<br/><br/><br/>Page No 79<br/><br/>XXVII <br/>Imposible pintar mi desesperación. No hay palabras en ningún idioma del mundo para <br/>expresar mis sentimientos. Me hallaha enterrado vivo, con la perspectiva de rnorir de <br/>hambre y de sed. <br/>Maquinalmente, paseé por el suelo mis manos calenturien tas. ¡Qué seca parecióme <br/>aquella roca! <br/>Pero, ¿cómo había abandonado el curso del riachuelo? Por que la verdad era que el <br/>arroyo no estaba a11í. Entonces com prendí la razón de aquel silencio extraño, cuando <br/>escuché la vez última con la esperanza de que a mis oídos llegase la voz de algu no de <br/>ellos. Al internarme por aquel falso camino, no había notado la ausencia del arroyuelo. <br/>Resultaba evidente que, en un cierto momento, el túnel se había bifurcado, y, mientras el <br/>Hans-Bach, obedeciendo los caprichosos mandatos de otra pen diente, había proseguido <br/>su ruta hacia profundidades desconocidas, en unión de mis compañeros, yo me había <br/>internado solo en la galería en que me hallaba. <br/>¿Cómo regresar nuevamente al punto de partida? No había huellas, ni mis pies las <br/>dejaban grabadas en aquel suelo de gra nito. Devanábame los sesos buscando una <br/>solución a tan irreso luble problema. Mi situación resumíase en una sola palabra: <br/>¡Perdido! <br/>¡Sí! ¡Perdido a una profundidad que me parecía inmensurable! Aquellas treinta leguas <br/>de corteza terrestre gravitaban sobre mis esp aldas con un peso terrible! Sentíame <br/>aplastado. <br/>Traté de guiar mis ideas hacia las cosas de la tierra pero ape nas si pude conseguirlo. <br/>Hamburgo, la casa de la König-strasse, mi pobre Graüben, todo aquel mundo bajo el cual <br/>me encontraba perdido desfiló rápidamente por delante de mi imaginación enloquecida. <br/>En mi alucinación, volví a ver los incidentes del viaje, la travesía del Atlántico, Islandia, <br/>el señor Fridriksson, el Sneffels. Pensé que si, en mi situación, aún conservaba una som-<br/>bra de esperanza, se ría signo evidente de locura, y que era prefe rible, por tanto, <br/>desesperar del todo. <br/>En efecto, ¿qué poder humano podría conducirme de nuevo a la superficie de la tierra, y <br/>abrir las enormes bóvedas que sobre mi cabeza se cerraban? ¿Quién podría señalarme el <br/>buen camino y reunirme a mis compañeros? <br/>-¡Oh tío! --exclamé con desesperado acento. <br/>Esta fue la única palabra de reproche que se escapó de mis labios; porque comprendí <br/>que el pobre hombre debía padecer también buscándome sin descanso. <br/>Cuando me vi, de  esta suerte, lejos de todo socorro humano, incapaz de intentar nada <br/>para lograr mi salvación, pensé en la ayuda del Cielo. Los recuerdos de la infancia, los de <br/>mi madre, a quien sólo conocí en la época de las caricias, acudieron a mi memoria. <br/>Recurrí a la  oración, por derechos que tuviese a ser escu chado por Dios, de quien me <br/>acordaba tan tarde, y le imploré con fervor. <br/>Aquella invocación a la Providencia me devolvió algo la calma y pude llamar en mi <br/>auxilio a todas las energías de mi inteligencia. <br/>Tenía víveres para tres días y mi calabaza estaba llena de agua. Sin embargo, no podía <br/>permanecer más de este tiempo solo. Ahora se presentaba otro problema: ¿debería <br/>descender o subir? <br/>Subir sin duda alguna! ¡Subir sin descansar!<br/><br/><br/>Page No 80<br/><br/>De este modo, debía necesariame nte llegar al punto donde me había separado del <br/>arroyo; a la funesta bifurcación. Una vez en aquel sitio, una vez que tropezase con las <br/>aguas del Hans-Bach. bien podía regresar a la cumbre del Sneffels. <br/>¡Cómo no se me había ocurrido esto antes! Había evid entemente una probabilidad de <br/>salvación. Lo más apremiante era, pues, volver a encontrar el cauce de las aguas. <br/>Me levanté decidido, y. apoyándome en mi bastón herrado, empecé a subir la pendiente <br/>de la galería. que era bastante rápi da. Caminaba lleno de esperanza y sin titubear, toda <br/>vez que no había otro camino que elegir. <br/>Por espacio de media hora no me detuvo obstáculo algu no. Trataba de reconocer el <br/>camino por la forma del túnel, por los picos salientes de las rocas, por la disposición de <br/>las fragosidades: pero ninguna señal especial llamóme la atención, y pronto me convencí <br/>de que aquella galería no podía conducirme a la bifurcación. Era un callejón sin salida, y, <br/>al llegar a su extremidad, tropecé contra un muro impenetrable y caí sobre la roca. <br/>Imposible expresar el espanto, la desesperación que se apo deró de mí entonces. Mi <br/>postrer esperanza acababa de estrellar se contra aquella muralla de granito, dejándome <br/>anonadado. <br/>Perdido en aquel laberinto cuyas sinuosidades se cruzaban en todos sentidos, era inútil <br/>volver a intentar una evasión imposihle. ¡Era preciso morir de la más espantosa de las <br/>muertes! Y, cosa extraña, pensé que si se encontraha algún día mi cuerpo en estado fósil, <br/>su aparición en las entrañas de la tierra, a treinta leguas de su superfïcie, suscitaría graves <br/>cuestiones científicas. <br/>Quise hablar en alta voz, pero sólo enronquecidos acentos salieron de mis labios <br/>ardorosos. Jadeaba. <br/>En medio de mis angustias, vino un nuevo terror a apode rarse de mi espíritu. Mi <br/>lámpara, en mi caída. habíase estropeado, y no tenía manera de repararla. Su luz palidecía <br/>por momentos a iba a faltarme del todo. <br/>Veía debilitarse la corriente luminosa dentro del serpentín del aparato. Una procesión <br/>fatídica de somhras movedizas desfilóse a lo largo de las obscuras paredes, y no me atreví <br/>ni a pes tañear, temiendo perder el menor átomo de la fugitiva claridad. Por instances <br/>creía se iba a extinguir y que la obscuridad me circundaba. <br/>Por fin lució en la lámpara un último resplandor. Lo seguí, lo aspiré c on la mirada, <br/>reconcentré sobre él todo el poder de mis ojos, cual si fuese la última sensación de luz <br/>que les fuera dado gozar, y quedé sumergido en las más espantosas tinieblas. <br/>¡Qué grito tan terrible escapóse de mi pecho! Sobre la super ficie de la tierra, en las <br/>noches más tenebrosas, la luz no abandona jamás sus derechos por completo; se difunde, <br/>se sutiliza, pero, por poca que quede, acaba por percibirla la retina. Allí, nada. La <br/>obscuridad absoluta hacía de mí un ciego en toda la acepción de la palabra. <br/>Entonces perdí la cabeza. Levantéme con los brazos extendidos hacia delante, buscando <br/>a tientas y dando traspiés dolorosos; eché a huir precipitadamente, caminando al azar por <br/>aquel intrincado laberinto, descendiendo siempre, corriendo a través de  la corteza <br/>terrestre como un habitante de las grietas subterráneas, llamando, gritando, aullando, <br/>magullado bien pronto por los salientes de las rocas, cayendo y levantándome <br/>ensangrentado, procurando beber la sangre que me inundaba el rostro, y esperando <br/>siempre que mi cabeza estallase al chocar con cualquier obstáculo imprevisto.<br/><br/><br/>Page No 81<br/><br/>¿Adónde me condujo aquella carrera insensata? No lo he sabi do jamás. Al cabo de <br/>varias horas, agotado sin duda por completo, me desplomé como uno masa inerte a lo <br/>largo de la pared, y perdí toda noción de la existencia. <br/>  <br/>XXVIII <br/>Cuando volví a la vida, mi rostro estaba mojado, pero mojado de lágrimas. No sabría <br/>decir cuánto duró este estado de insen sibilidad, puesto que ya no tenía medio de darme <br/>cuenta del tiempo. Jamás soledad alguna fue semejante a la mía: nunca hubo abandono <br/>tan completo. <br/>Desde el rnomento de mi caída había perdido gran canti dad de sangre. Sentíame <br/>inundado. ¡Ah! ¡Cuánto lamenté no estar ya muerto y tener aún que pasar por este <br/>amargo trance! Sin ánimos para reflexionar, rechacé todas las ideas que acu dían a mi <br/>cerebro. y, vencido por el dolor, rodé hasta la pared opuesta. <br/>Sentía ya que me iba a desvancccr nuevamente, y que el aniquilamiento supremo se me <br/>apoderaba, cuando llegó hasta mí un violento ruido semejante al retumbar prolongado del <br/>trueno: y oí las ondas sonoras perderse poco a poco en las lejanas profundi dades del <br/>abismo. <br/>¿,De dónde procedía aquel ruido? Sin duda de algún fenómeno que estaba verificándose <br/>en el seno del gran macizo terrestre. Tal vez la explosión de un gas o la caída de algún <br/>poderoso sustentáculo del globo. <br/>Volví a escuchar, deseoso de cerciorarme de si se repetía aquel ruido Pasó un cuarto de <br/>hora. Era tan profundo el silencio que reinaba en el subterráneo, que hasta los latidos de <br/>mi corazón oía. <br/>De repente, mi oído, que por casualidad apliqué a pared, creyó sorprender palabras <br/>vagas, ininteligibles, remotas, que me hicieron estremecer. <br/>"Es una alucinación" pensé yo. <br/>Pero, no. Escuchando con mayor atención, oí realmente un murmullo de voces, aunque <br/>mi debilidad no me permitiese entender lo que me decía.. Hablaban, sin embargo no me <br/>cabía duda. <br/>Temí por un instante que las palabras de aquellos no fuesen las mismas mías, devueltas <br/>por el eco. ¿Habría yo gritado sin saberlo? Cerr é con fuerza los labios y apliqué <br/>nuevamente a la pared el oído. <br/>-Sí, no cabe duda; ¡hablan! ¡hablan! -murrruré. <br/>Avancé algunos pies más a lo largo de la pared y oí más dis tintamente. Llegué a oír <br/>palabras inciertas, incomprensibles, extrañas. que llegaban a mí como pronunciadas en <br/>voz baja, como cuchicheadas, por decirlo así. Oí repetir varias veces la voz, förlorad con <br/>acento de dolor. <br/>¿Cuál era su signifcado? ¿Quién la pronunciaba? Mi tío o Hans, sin duda alguna. Pero, <br/>evidentemente, si yo los oía, ellos también podrían oírme a mí. <br/>-¡Socorro! -grité, con todas mis energias-. ¡Socorro! <br/>Escuché, esperé en la sombra una respuesta, un grito, un suspiro: mas nada logré oír. <br/>Transcurrieron algunos minutos. Todo un mundo de ideas había germinado en mi mente. <br/>Pensé que mi voz debilitada no podría llegar hasta mis compañeros. <br/>-Porque son ellos, no hoy duda -me decía-. ¿Qué otros hombres habrían descendido a <br/>treinta leguas debajo de la superficie del globo?<br/><br/><br/>Page No 82<br/><br/>Me puse otra vez a escuchar. Al pasear el oído a lo largo  de la pared, hallé un punto <br/>matemático donde las voces parecían adquirir su máximo intensidad. La palabra förlorad <br/>volvió a sonar en mi oído, y oí después aquel fragor de trueno que me había sacado de mi <br/>aletargamiento. <br/>-No -me dije-; estas voces no se oyen a través de la pared. Su estructura granítica no se <br/>dcjaría atravesar por la más fuerte detonación. Este ruido llega a lo largo de la misma <br/>galería. Preciso es que exista en ella un efecto de acústica especial. <br/>Escuché nuevamente, y lo que es esta vez  ¡oh, sí! esta vez oí mi nombre claramente <br/>pronunciado! <br/>¿Era mi tío quien lo pronunciaba? Hablaba con el guía y la palabra förlorad era una voz <br/>danesa. <br/>Entonces me lo expliqué todo. Para hacerme oír era preciso que hablase a lo largo de <br/>aquella pared que transmitiría mi voz como un hilo conduce la electricidad. <br/>No había tiempo que perder. Si mis compañeros se alejaban algunos pasos, el fenómeno <br/>acústico quedaría destruido. Aproximéme, pues, a la pared y pronuncié estas palabras con <br/>la mayor claridad posible: <br/>-¡Tío Lidenbrock! <br/>Y esperé presa de la mayor ansiedad. <br/>El sonido no se propaga con una rapidez excesiva. La den sidad de las capas de aire <br/>aumenta su intensidad, pero no su velocidad de propagación. <br/>Transcurrieron algunos segundos, que me parecieron siglos. y, al fin, llegaron a mi oído <br/>estas palabras: <br/>-¡Axel! ¡Axel! ¿Eres tú? <br/>-¡Si! ¡Sí -le respondí. <br/>-¡Pobre hijo mío! ¿Dónde estás? <br/>-¡Perdido en la obscuridad más profunda! <br/>-Pues, ¿y la lámpara? <br/>-Apagada. <br/>-¿Y el arroyo? <br/>-Ha desaparecido. <br/>-¡Pobre Axel! ¡Armate de valor! <br/>-Espérese usted un poco: estoy completamente agotado y no me quedan fuerzas para <br/>articular las palabras: mas no deje usted de hablarme. <br/>-Valor -prosiguió mi tío-: no hables, escúchame. Te hemos buscado subiendo y bajando <br/>la galería, sin que hayamos podido dar contigo. ¡Ah, cuánto he llorado, hijo mío! Por fin, <br/>suponiendo que te encontrarías al lado del Hans -Bach, hemos remontado su curso <br/>disparando nuestros fusiles. En el momento actual, si, por un efecto de acústica, nuestras <br/>voces pueden oírse, nuestras manos no pueden estrecharse. Pero no te desesperes, Axel. <br/>que ya tenemos mucho adelantado con habernos puesto al habla. <br/>Durante este tiempo, yo había reflexionado, y una cierta esperanza, vaga aún, renacía <br/>en mi corazón. Ante todo, me importaba  conocer una cosa; aproximé mis labios a la <br/>pared y dije:  - <br/>-¡Tío! <br/>-¿Qué quieres, hijo mío?-contestóme al cabo de algunos instantes. <br/>-Es preciso saber, ante todo, qué distancia nos separa. <br/>-Eso es bastante fácil.<br/><br/><br/>Page No 83<br/><br/>-¿Tiene usted su cronómetro? <br/>-Sí. <br/>-Pues bien, tómelo en la mano, y pronuncie usted mi nom bre. anotando con toda <br/>exactitud el momento en que lo pronun cie. Yo lo repetiré, y usted anota asimismo el <br/>instante preciso en que oiga mi respuesta. <br/>-Me parece muy bien. De este modo, la mitad del tiempo qu e transcurra entre mi <br/>pregunta y tu respuesta será el que mi voz emplea para llegar hasta ti. <br/>-Eso es, tío. <br/>-¿Estás listo? <br/>-Sí. <br/>-Pues bien, mucho cuidado, que voy a pronunciar tu nombre. <br/>Apliqué el oído a la pared, y tan pronto como oi la palabra «Axel» r epetí a mi vez, <br/>«Axel», y esperé. <br/>-Cuarenta segundos -dijo entonces mi tío-; han transcurrido cuarenta segundos entre las <br/>dos palabras, de suerte que el sonido emplea veinte segundos para recorrer la distancia <br/>que nos separa. Calculando ahora a razón de 1 .020 pies por segundo, resultan 20.400 <br/>pies, o sea, legua y media y un octavo. <br/>-¡Legua y media! -murmuré. <br/>-No es difícil salvar esa distancia, Axel. <br/>-Pero, ¿debo marchar hacia arriba o hacia abajo? <br/>-Hacia abajo: voy a explicarte por qué. Hemos llegado a una espaciosa gruta a la cual <br/>van a dar gran número de galerías. La que has seguido tú no tiene más remedio que <br/>conducirte a ella, porque parece que todas estas fendas, todas estas fracturas del globo <br/>convergen hacia la inmensa caverna donde estamos. Levánta te, pues, y emprende de <br/>nuevo el camino; marcha, arrástrate, si es preciso, deslízate por las pendientes rápidas, <br/>que nuestros brazos te esperan para recibirte al final de tu viaje. ¡En mar cha, pues, hijo <br/>mío! ¡ten ánimo y confianza! <br/>Estas palabras me reanimaron. <br/>-Adiós, tío  -exclamé-: parto inmediatamente. En el momento en que abandone este <br/>sitio, nuestras voces dejarán de oírse. ¡Adiós, pues! <br/>-¡Hasta la vista, Axel! ¡Hasta la vista <br/>Tales fueron las últimas palabras que oí. <br/>Esta sorprendente conversación, sostenida a través de la masa terrestre, a más de una <br/>legua de distancia, terminó con estas palabras de esperanza, y di gracias a Dios por <br/>haberme conducido, por entre aquellas inmensidades tenebrosas, al único punto tal vez en <br/>que podía llegar hasta mi la voz de mis compañeros. <br/>Este sorprendente efecto de acústica se explicaba fácilmente por las solas leyes físicas; <br/>provenía de la forma del corredor y de la conductibilidad de la roca; existen muchos <br/>ejemplos de la propagación de sonidos que no se perc iben en los espacios intermedios. <br/>Recuerdo varios lugares donde ha sido observado este fenómeno, pudiendo citar, entre <br/>otros, la galería interior de la cúpula de la catedral de San Pablo, de Londres, y, sobre <br/>todo, en medio de esas maravillosas cavernas de Sicilia, de esas latomías situadas cerca <br/>de Siracusa, la más notable de las cuales es la denominada la Oreja de Dionisio <br/>Todos estos recuerdos acudieron entonces a mi mente, y vi con claridad que, supuesto <br/>que la voz de mi tío llegaba hasta mi, no existía ningún obstáculo entre ambos. Siguiendo<br/><br/><br/>Page No 84<br/><br/>idéntico camino que el sonido, debía lógicamente llegar lo mismo que él, si antes no me <br/>faltaban las fuerzas. <br/>Levantéme, pues, y comencé más bien a arrastrarme que a andar. La pendiente era <br/>bastante rápida y me dejé resbalar por ella. <br/>Pero pronto la velocidad de mi descenso creció en propor ción espantosa. Aquello <br/>simulaba más bien una caída, y yo carecía de fuerzas para detenerme. <br/>De repente, el terreno faltó bájo mis pies, y me sentí caer, rebotando sobre las asperezas <br/>de una galería vertical, de un verdadero pozo: mi cabeza chocó contra una roca aguda, y <br/>perdí el conocimiento. <br/>  <br/>XXIX <br/>Cuando volví en mí, me encontré en una semiobscuridad, tendido sobre unas mantas. <br/>Mi tío velaba, espiando sobre mi ros tro un rest o de existencia. A mi primer suspiro, <br/>estrechóme la mano: a mi primera mirada, lanzó un grito de júbilo. <br/>-¡Vive! ¡Vive! -exclamó. <br/>-Sí -respondí con voz débil. <br/>-¡Hijo mío! -dijo abrazándome-, ¡te has salvado! <br/>Conmovióme vivamente el acento con que pronunció  estas palabras, y aun me <br/>impresionaron más los asiduos cuidados que hubo de prodigarme. Era preciso llegar a <br/>tales trances para provocar en el profesor semejantes expansiones de afecto. <br/>En aquel momento llegó Hans: y, al ver mi mano entre las de mi tío,  me atreveré a <br/>afirmar que sus ojos delataron una viva satisfacción interior. <br/>-God dag -dijo. <br/>-Buenos días, Haus, buenos días  -murmuré-. Y ahora, tío, dígame usted dónde nos <br/>encontramos en este momento. <br/>-Mañana, Axel, mañana. Hoy estás demasiado débil aún;  te he llenado la cabeza de <br/>compresas y no conviene que se corran: duerme, pues, hijo mío; mañana lo sabrás todo. <br/>-Pero dígame usted, por lo menos, qué día y qué hora tenemos. <br/>-Son las once de la noche del domingo 9 de agosto, y no to permite que me interrogues <br/>de nuevo antes del día 10 de este mes. <br/>La verdad es que estaba muy débil, y mis ojos se cerraban involuntariamente. <br/>Necesitaba una noche de reposo, y, convencido de ello, me adormecí pensando en que mi <br/>aislamiento había durado nada menos que cuatro días. <br/>-A la mañana siguiente, cuando me desperté, paseé a mi alrededor la mirada. Mi lecho, <br/>formado con todas las mantas de que se disponía, hallábase instalado en una gruta <br/>preciosa, ornamentada de magníficas estalagmitas, y cuyo suelo se hallaba recubierto de <br/>finísima arena. Reinaba en ella una semiobscuri dad. A pesar de no haber ninguna <br/>lámpara ni antorcha encendida, penetraban, sin embargo, en la gruta, por una estrecha <br/>abertura, ciertos inexpicables fulgores procedentes del exterior. Oía, además, un  <br/>murmullo indefinido y vago, semejante al que producen las olas al reventar en la playa, y <br/>a veces percibía también algo así como el silbido del viento. <br/>Preguntábame a mí mismo si estaría bien despierto, si no soñaría aún, si mi cerebro <br/>percibiría sonidos puramente imaginarios, efecto de los golpes recibidos en la caída. Sin <br/>embargo, ni mis ojos ni mis oídos podían engañarse hasta tal extremo. <br/>"Es un rayo de luz" pensé, "que penetra por esa fenda de la roca. Tampoco cabe duda <br/>de que esos ruidos que escuch o son efectivamente mugidos de las olas y silbidos de los<br/><br/><br/>Page No 85<br/><br/>vientos. ¿Se engañan mis sentidos, o es que hemos regresado a la superficie de la tierra? <br/>¿Ha renunciado mi tío a su expedición o la ha terminado felizmente?" <br/>Me devanaba los sesos pensando en todo esto, cuando penetró mi tío. <br/>-Muy buenas dios, Axel  -me dijo alegremente-. Apostaría cualquier cosa a que lo <br/>sientes bien. <br/>-Perfectamente-contesté, incorporándome sobre mi duro lecho. <br/>-Así tenía que ocurrir, porque has dormido mucho, un sueño muy tranquilo. Hans y yo <br/>hemos velado alternativamente, y hemos visto progresar tu curación de un modo bien <br/>sensible. <br/>-Así es, efectivamente; me siento ya repuesto del todo, y la prueba de ello es que sabré <br/>hacer los honores al almuerzo que tenga usted a bien servirme. <br/>-Almorzarás, hijo mío, puesto que no tienes fiebre. Hans ha frotado tus heridas con no <br/>sé qué maravilloso ungüento cuyo secreto poseen los islandeses, y se han cicatrizado con <br/>una rapidez prodigiosa. ¡Nuestro guía no tiene precio! <br/>Mientras hablaba, me iba presentando alimentos que yo devoraba, y, entretanto, no <br/>cesaba de hacerle preguntas, a las que respondía con suma amabilidad. <br/>Supe entonces que mi providencial caída me había conducido a la extremidad de una <br/>galería casi perpendicular, y, como había llegado en medio de un torrente de piedras, la <br/>menor de las cuáles hubiera bastado para aplastarme, había que deducir que una parte del <br/>macizo se había deslizado conmigo. Este espantoso vehículo transportóme de esta suerte <br/>hasta los mismos brazos de mi tío, en los cuales caí ensangrentado y exánime. <br/>-En verdad que es asombroso que no te hayas matado mil veces -me dijo el profesor-. <br/>Pero, por amor de Dios, no nos separemos más, pues nos expondriamos a no vernos a ver <br/>nunca. <br/>¡Qué no nos separásemos más! Pero, ¿no había terminado el viaje? Y al hacerme esta <br/>pregunta, abrí desmesuradamente los ojos, en los cuáles retratóse el espanto; y, observado <br/>por mi tío, preguntóme: <br/>-¿Qué tienes Axel? <br/>-Tengo que hacerle a usted una pregunta. ¡Dice usted que estoy sano y salvo? <br/>-Sin duda de ningún género. <br/>-¿Tengo todos mis miembros intactos? <br/>-Ciertamente. <br/>-¿Y la cabeza? <br/>-La cabeza, aunque con algunas contusiones, la tienes sobre los hombros en el más <br/>perfecto estado. <br/>-Pues bien, tengo miedo de que mi cerebro no funcione como es debido. <br/>-¿Por qué? <br/>-¿No hemos vuelto a la superficie del globo? <br/>-No, ciertamente. <br/>Entonces, necesariamente estoy loco, porque veo la luz del día y oigo el ruido del <br/>viento que sopla y del mar que revienta en la playa. <br/>-Si sólo se trata de eso... <br/>-¿Me lo explicará usted? <br/>-¿Cómo he de explicarte yo lo que es inexplicable? Pero ya lo verás con tus ojos y <br/>comprenderás entonces que la ciencia geológica no ha pronunciado aún su última <br/>palabra.<br/><br/><br/>Page No 86<br/><br/>-Salgamos, pues - exclamé, levantándome bruscamente. <br/>-¡No, Axel, no! El aire libre podría perjudicarte. <br/>-¿El aire libre? <br/>-Sí. Hace demasiado viento, y no quiero que te exponegas de este modo. <br/>-¡Pero si le aseguro a usted que me encuentro perfectamente! <br/>-Un poco de paciencia, hijo mío. Una recaída podría retrasarnos mucho, y no es cosa de <br/>perder tiempo, porque la travesía puede ser larga. <br/>-¿La travesía? <br/>-Sí, sí: descansa aún todo el día de hoy, y nos embarcaremos mañana. <br/>-¡Embarcarnos! <br/>Esta última palabra me hizo dar un gran salto. <br/>¡Cómo! ¡Embarcamos! ¿Teníamos por ventura algún río, algún lago o algún mar a <br/>nuestra disposición? ¿Había fondeado un buque en algún puerto interior? <br/>Mi curiosidad excitóse de una manera asombrosa. En vano trató mi tío de retenerme en <br/>el lecho: cuando se convenció de que mi impaciencia me sería  más perjudicial que la <br/>satisfacción de mis deseos, se decidió a ceder. <br/>Me vestí rápidamente, y, para mayor precaución, envolvíme en una manta y salí de la <br/>gruta en seguida. <br/>  <br/>XXX <br/>Al principio no vi nada. Acostumbrados mis ojos a la obs curidad, cerráronse <br/>bruscamente al recibir la luz. Cuando pude abrirlos de nuevo, quedéme más estupefacto <br/>que maravillado. <br/>-¡El mar! -exclamé. <br/>-Sí  -respondió mi tío-, el mar de Lidenbroch. Y me vanaglorio al pensar que ningún <br/>navegante me disputará el honor de haberlo descubie rto ni el derecho de darle mi <br/>nombre. <br/>Una vasta extensión de agua, el principio de un lago o de un océano, prolongábase más <br/>allá del horizonte visible. La orilla, sumamente escabrosa, ofrecía a las últimas <br/>ondulaciones de las olas que reventaban en ella, una arena fina, dorada, sembrada de esos <br/>pequeños caparazones donde vivieron los primeros seres de la creación. Las olas se <br/>rompían contra ella con ese murmullo sonoro peculiar de los grandes espacios cerrados, <br/>produciendo una espuma liviana que, arrastrada por un viento moderado, me salpicaba la <br/>cara. Sobre aquella playa ligeramente inclinada, a cien toesas, aproximadamente de la <br/>orilla del agua, venían a morir los contrafuertes de enormes rocas que, ensanchándose, se <br/>elevaban a una altura tremenda. Algunos de estos peñascos, cor tando la playa con sus <br/>agudas aristas, formando cabos y promon torios que las olas carcomían. Más lejos. <br/>perfilábase con gran claridad su enorme mole sobre el fondo brumoso del horizonte. <br/>Era un verdadero océano, con el caprichoso  contorno de sus playas terrestres: pero <br/>desierto y de un aspecto espantosamente salvaje. <br/>Mis miradas podían pasearse a lo lejos sobre aquel mar gracias a una claridad especial <br/>que iluminaba los menoros detalles. <br/>No era la luz del sol con sus haces brillantes y la espléndida irradiación de sus rayos ni <br/>la claridad vaga y pálida del astro de la noche, que es sólo una reflexión sin calor. No. El <br/>poder iluminador de aquella luz, su difusión temblorosa, su blancura clara y seca, la <br/>escasa elevación de su temperatura, su brillo superior en realidad al de la luna, acusaban<br/><br/><br/>Page No 87<br/><br/>evidentemente un origen puramente eléctrico. Era una especie de aurora boreal, un <br/>fenómeno cósmico continuo que alumbraba aquella caverna capaz de alber gar en su <br/>interior un océano. <br/>La bóveda suspendida encima de mi cabeza, el cielo, si se quiere, parecía formado por <br/>grandes nubes. vapores movedizos que cambiaban continuamente de forma y que, por <br/>efecto de las condensaciones, deberían convertirse en determinados días, en lluvias <br/>torrenciales. Creía yo que, bajo una presión atmosférica tan grande, era imposible la <br/>evaporación del agua; pero, en vir tud de alguna ley física que ignoraba, gruesas nubes <br/>cruzaban el aire. Esto no obstante, el tiempo estaba bueno. Las corrientes eléctricas <br/>producían sorprendentes juegos de luz sobre las nubes más elevadas: dibujábanse vivas <br/>sombras en sus bóvedas inferiores, y, a menudo, entre dos masas separadas, deslizábase <br/>hasta nosotros un rayo de luz de notable intensidad. Pero nada de aque llo provenía del <br/>sol, puesto que su luz era fría. El efecto era tris te y soberanamente melancólico. En vez <br/>de un cielo tachonado de estrellas, adivinaba por encirna de aquellos nubarrones una <br/>bóveda de granito que me oprimía con su peso, y todo aquel espacio, por muy grande que <br/>fuese, no hubiera bastado para una evolución del menos ambicioso de todos los satélites. <br/>Entonces recordé aquella teoría de un capitán inglés que comparaba a la tierra con una <br/>vasta esfera hueca, en el interior de la cual el aire se mantenía luminoso por efecto de su <br/>presión, mientras dos astros, Plutón y Proserpina, describían en ella sus misteriosas <br/>órbitas. ¿Habría dicho la verdad? <br/>Estábamos realmente aprisionados en una enorme excavación, cuya anchura no podía <br/>saberse exactamente, toda vez que la p laya dilatábase hasta perderse de vista, ni su <br/>longitud tampoco, pues la vista no tardaba en quedar detenida por la línea algo indecisa <br/>del horizonte. Por lo que respecta a su altura, debía ser de varias leguas. <br/>¿Dónde se apoyaba esta bóveda sobre sus con trafuertes de granito? La vista no <br/>alcanzaba a verlo; pero había algunas nubes suspendidas en la atmósfera cuya elevación <br/>podía ser estimada en dos mil toesas, altitud superior a la de los vapores terrestres y <br/>debida, sin duda, a la considerable densidad del aire. <br/>La palabra caverna evidentemente no expresa bien mi pensamiento para describir este <br/>inmenso espacio; pero los vocablos del lenguaje humano no son suficientes para los que <br/>se aventuran en los abismos del globo. <br/>No tenía, por otra parte, noticia d e ningún hecho geológico que pudiera explicar la <br/>existencia de semejante excavación. ¿Habría podido producirla el enfriamiento de la <br/>masa terrestre? Conocía perfectamente, por los relatos de los viajeros, ciertas cavernas <br/>célebres: pero ninguna de ellas tenía semejantes dimensiones. <br/>Si bien es cierto que la gruta de Guachara, en Colombia, visitada por el señor de <br/>Humboldt, no había revelado el secreto de su profundidad al sabio que la reconoció en <br/>una longitud de 2.500 pies, no es verosírnil que se extendi ese mucho más allá. La <br/>inmensa caverna del Mammouth, en Kentucky, ofrecía propor ciones gigantescas. toda <br/>vez que su bóveda se elevaba 500 pies sobre un lago insondable. y que algunos viajeros <br/>la recorrieron en una extensión de más de diez leguas sin encontrarle el fin. Pero, ¿qué <br/>eran estas cavidades comparadas con la que entonces admiraban mis ojos, con su cielo de <br/>vapores, sus irradiaciones eléctricas y un vasto mar encerrado entre sus flancos? Mi <br/>imaginación sentíase anonadada ante aquella inmensidad. <br/>Yo contemplaba en silencio todas estas maravillas. Faltá banme las palabras para <br/>manifestar mis sensaciones. Creía hallarme transportado a algún planeta remoto, a<br/><br/><br/>Page No 88<br/><br/>Neptuno o Urano, por ejemplo, y que en él presenciaba fenómenos de los que mi <br/>naturaleza terrenal no tenía noción alguna. <br/>Mis nuevas sensaciones requerían palabras nuevas, y mi imaginación no me las <br/>suministraba. Contemplábalo todo con muda admiración no exenta de cierto terror. <br/>Lo imprevisto de aquel espectáculo había devuelto a mi rostro su colo r saludable: <br/>encontrábame en vías de combatir mi enfermedad por medio del terror y de lograr mi <br/>curación por medio de esta nueva terapéutica. Por otra parte, la viveza de aquel aire tan <br/>denso reanimábame, suministrando más oxígeno a mis pulmones. <br/>Se comprenderá fácilmente que, después de un encarcelamiento de cuarenta y siete días <br/>en una estrecha galería, era un goce infinito el aspirar aquella brisa cargada de húmedas <br/>entanaciones salinas. <br/>No tuve, pues, motivo para arrepetttirme de haber abando nado la o bscuridad de mi <br/>gruta. Mi tío, acostumbrado ya a aquellas maravillas, no daba muestras de asombro. <br/>-¿Sientes fuerzas para pasear un poco? -preguntóme. <br/>-Sí. Por cierto-respondíle-, y nada the será tan agradable. <br/>-Pues bien, cógete a mi brazo, y sigamos las sinuosidades de la orilla. <br/>Acepté inmediatamente, y empezamos a costear aquel nuevo océano. <br/>A la izquierda, los peñascos abruptos, hacinados unos sobre otros, formaban una <br/>aglomeración titánica de prodigioso efecto. Por sus flancos deslizábanse innumerabl es <br/>cascadas; algunos ligeros vapores que saltaban de unas rocas en otras marcaban el lugar <br/>de los manantiales calientes, y los arroyos corrían silenciosos hacia el depósito común <br/>buscando en los declives la ocasión de murmurar más agradablemente. <br/>Entre estos arroyos reconocía nuestro fïel compañero de viaje, el Hans-Bach, que iba a <br/>perderse tranquilamente en el mar, como si desde el principio del mundo no hubiese <br/>hecho otra cosa. <br/>-En adelante, nos veremos privados de su amable compañia -dije lanzando un suspiro. <br/>-¡Bah! - respondió el profesor-. ¡Qué más da un arroyo que otro! <br/>La respuesta parecióme un poco ingrata. <br/>Pero en aquel momento, solicitó mi atención un inesperado espectáculo. <br/>A unos quinientos pasos, a la vuelta de un alto promontorio, presentóse  ante nuestros <br/>ojos una selva elevada, frondosa y espesa, formada de árboles de medianas dimensiones, <br/>que afectaban la forma de perfectos quitasoles, de bordes limpios y geométri cos. Las <br/>corrientes atmosféricas no parecían ejercer efecto alguno sobre su  folláje, y, en medio de <br/>las ráfagas de aire, permanecían inmóviles, como un bosque de cedros petrificados. <br/>Aceleramos el paso. <br/>No acertaba a dar nomhre a aquellas singulares especies. ¿Por ventura no formaban <br/>parte de las 200.000 especies vegeta les conocidas hasta entonces, y sería preciso <br/>asignarles un lugar especial entre la flora de las vegetaciones lacustres? No. Cuando nos <br/>cobijamos debajo de su sombra, mi sorpresa se trocó en admiración. <br/>En efecto, me hallaba en presencia de especies conocidas en l a superficie de la tierra, <br/>pero vaciadas en un molde de dimensiones enormes. Mi tío les aplicó en seguida su <br/>verdadero nombre. <br/>-Esto no es otra cosa -me dijo- que un bosque notabilísimo de hongos. <br/>Y no se engañaba, en efecto. Imagínese cuál sería el mons truoso desarrollo adquirido <br/>por aquellas plantas tan ávidas de calor y de humedad. Yo sabía que el  Lyco perdon <br/>giganteum alcanzaba, según Bulliard, ocho o nueve pies de circunferencia: pero aquéllos<br/><br/><br/>Page No 89<br/><br/>eran hongos blancos, de treinta a cuarenta pies de altura, con una copa de este mismo <br/>diámetro. Había millares de ellos, y, no pudiendo la luz atravesar su espesa contextura, <br/>reinaba debájo de sus cúpulas, yuxtapuestas cual los redondos techos de una ciudad <br/>africana, la obscuridad más completa. <br/>Quise, no obstante, penetrar más hacia dentro. Un frío mor tal descendía de aquellas <br/>cavernosas bóvedas. Erramos por espa cio de media hora entre aquellas húmedas <br/>tinieblas, y experimenté una sensación de verdadero placer cuando regresé de nuevo a las <br/>orillas del mar. <br/>Pero la vegetación de aquella comarca subterránea no era sólo de hongos. Más lejos <br/>elevábanse grupos de un gran número de otros árboles de descolorido folláje. Fácil era <br/>reconocerles, pues tratábase de los humildes arbustos de la tierra dotados de fenomenales <br/>dimensiones licopodios de cien pies de elevación, sigilarias gigantescas, helechos <br/>arborescentes, del tamaño de los abetos de las altas latitudes, lepidodendrones de tallo <br/>cilíndrico bifurcado, que terminaban en largas hojas y erizados de pelos rudos como las <br/>monstruosas plantas grasientas. <br/>-¡Maravilloso. magnífico, espléndido! -exclamó mi tío--He aquí toda la flora de la <br/>segunda época del mundo, del período de transición. He aquí estas humildes plantas que <br/>adornan nuestros jardines convertidas en árboles como en los primeros siglos del mundo. <br/>¡Mira, Axel, y asómbrate! Jamás botánico alguno ha asistido a una fiesta semejante <br/>-Tiene usted razón, tío; la Providencia parece haber queri do conservar en este <br/>invernáculo inmnenso estas plantas antediluvianas que la sagacidad de los sabios ha <br/>reconstruido con tan notable acierto. <br/>-Dices bien, hijo mío, esto es un invernáculo; pero es posi ble también que sea, al <br/>mismo tiempo, un parque zoológico. <br/>-¡Un parque zoológico! <br/>-Sin duda de ningún género. Mira ese polvo  que pisan nuestros pies, esas osamentas <br/>esparcidas por el suelo. <br/>-¡Osamentas! -exclamé-. ¡Sí, en efecto, osamentas de animales antediluvianos! <br/>Me apresuré a recoger aquellos despojos seculares, hechos de una substancia mineral <br/>indestructible (fosfato de cal), y apliqué sin vacilar sus nombres científïcos a aquellos <br/>huesos gigantescos que parecían troncos de árboles secos. <br/>-He aquí  -dije- la mandíbula inferior de un masto donte; he aquí los molares de un <br/>dineterio; he aquí un fémur que no puede haber perten ecido sino al mayor de estos <br/>animales: al megaterio. Sí, nos hallamos en un parque zoológico, porque estas osamentas <br/>no pueden haber sido transportadas hasta aquí por un cataclismo: los animales a los <br/>cuales pertenecen han vivido en las orillas de este mar subterráneo a la sombra de estas <br/>plantas arborescentes. Pero espere usted: allí veo esqueletos enteros. Y sin embargo... <br/>-¿Sin embargo? -dijo mi tío. <br/>-No me explico la presencia de semejantes cuadrúpedos en esta caverna de granito. <br/>-¿Por qué? <br/>-Porque la vida animal no existió sobre la tierra sino en los períodos secundarios, <br/>cuando los aluviones formaron los terrenos sedimentaríos, siendo reemplazadas por ellas <br/>las rocas incandescentes de la época primitiva. <br/>-Pues bien, Axel, la respuesta a tu objeción no puede ser más sencilla: este terreno es un <br/>terreno sedimentario. <br/>-¡Cómo! ¿A semejante profundidad bajo la superticie de la tierra?<br/><br/><br/>Page No 90<br/><br/>-Sin duda de ningún género, y este hecho se explica geo lógicantentc. En determinada <br/>época, la tierra sólo estaba forma da por una corteza elástica, sometida a movimientos <br/>alternativos hacia arriba y hacia abajo, en virtud de las leyes de la atracción. Es probable <br/>que se produjesen ciertos hundimientos del suelo, y que una parte de los terrenos <br/>sedimentarios fuese arrastrada hasta el fondo de los abismos súbitamente abiertos. <br/>-Así debe ser. Pero sí en estas regiones subterráncas han vivido animales <br/>antediluvianos, ¿quién nos dice que algunos de estos monstruos no anden todavía errantes <br/>por estas selvas umbrosas o detrás de esas rocas escarpadas? <br/>Al concebir esta idea, escudriñé, no sin cierto pavor, los diversos puntos del horizonte: <br/>pero ningún ser viviente descubrí en aquellas playas desiertas. <br/>Encontrábame un poco fatigado, y fui a sentarme enton ces en la extremidad de un <br/>promontorio a cuyo pie las olas venían a estrellarse con estrépito. Desde allí mi mirada <br/>abarcaba toda aquella bahía formada por una escotadura de la costa. En su fondo existía <br/>un pequeño puerto natural, forma do por rocas piramidales, cuyas tranquilas ag uas <br/>dormían al abrigo del viento, y en el cual hubieran podido hallar segu ro asilo un <br/>bergantín y dos o tres goletas. Hasta me parecía que iba a presenciar la salida de él de <br/>algún buque con todo el aparejo desplegado y que lo iba a ver navegar a un largo , <br/>empujado por la brisa del Sur. <br/>Empero esta ilusión disipóse rápidamente. Nosotros éramos los únicos seres vivientes <br/>de aquel mundo subterráneo. En ciertos recalmones del viento, un silencio más profundo <br/>que el que reina en los desiertos descendía sobre  las áridas rocas y pasaba sobre el <br/>océano. Entonces procuraba penetrar con mi mirada las apartadas brumas, desgarrar <br/>aquel telón corrido sobre el fondo del misterioso horizonte. ¡Cuántas preguntas acudían <br/>en tropel a mis labios! ¿Dónde terminaba aquel mar?  ¿Dónde conducía? ¿Podríamos <br/>alguna vez reconocer las orillas opuestas? <br/>Mi tío, por su cuenta, no dudaba de ello. En cuanto a mí, lo temía y lo deseaba a la vez. <br/>Después de contemplar por espacio de una hora aquel mara villoso espectáculo, <br/>emprendimos otra vez el camino de la playa para regresar a la gruta: y bajo la impresión <br/>de las más extrañas ideas, me dormí profundamente. <br/>  <br/>XXXI <br/>Al día siguicnte, despertéme completamente curado. Pensé que un baño seríame <br/>altamente beneficioso, y me fui a sumergir, dura nte algunos minutos, en las aguas de <br/>aquel mar que es, sin género de duda, el que tiene más derecho que todos al nombre de <br/>Mediterráneo. <br/>Volví a la gruta con un excelente apetito. Hans estaba coci nando nuestro frugal <br/>almuerzo. Como disponía de agua y fueg o, pudo dar alguna variación a nuestras <br/>ordinarias comidas. A la hora de los postres, nos sirvió algunas tazas de café, y jamás este <br/>delicioso brebaje parecióme tan exquisito al paladar. <br/>-Ahora -dijo mi tío-, ha llegado la hora de la marea, y no debernos d esperdiciar la <br/>ocasión de estudiar este fenómeno. <br/>-¡Cómo la marea! -exclamé. <br/>-Sin duda. <br/>-¿Hasta aquí llega la influencia del sol y de la luna? <br/>-¿Por qué no? ¿Acaso no se hallan los cuerpos sometidos en conjunto a los efectos de la <br/>gravitación universal? Pues, siendo así, no puede substraerse esta masa de agua a la ley<br/><br/><br/>Page No 91<br/><br/>general. Por consiguieme, a pesar de la presión atmosferica que se ejerce en su superficie <br/>vas a verla subir como el Atlántico mismo. <br/>En aquel momento pisábamos la arena de la playa, y las olas avanzaban cada vez más <br/>sobre ella. <br/>-Ya comienza a subir la marea -exclamé. <br/>-Sí Axel, y a juzgar por estas marcas de espuma, puedes ver que han de elevarse las <br/>aguas aproximadamente diez pies. <br/>-¡Es maravilloso! <br/>-No: es lo más natural. <br/>-Usted dirá lo que quiera, pero a mi todo esto me parece extraordinario, y apenas si me <br/>atrevo a dar crédito a mis ojos. ¿Quién hubiera imaginado jamás que dentro de la certeza <br/>terrestre existiera un verdadero océano, con sus flujos y reflujos, sus brisas y sus <br/>tempestades? <br/>-¿Por qué no? ¿Existe por ventura alguna razón física que se oponga a ella? <br/>-Ninguna, desde el momento que es preciso abandonar la teoría del calor central. <br/>-¿De suerte que, hasta aquí, la teoría de Davy se encuentra justitïcada? <br/>-Evidentemente, y siendo así, no hay nada que se oponga a la existencia de mares o de <br/>campiñas en el interior del globo. <br/>-Sin duda, pero inhabitados. <br/>-Pero, ¿por qué estas aguas no han de poder albergar algu nos peces de especies <br/>desconocidas? <br/>-Sea de ello lo que quiera, hasta el momento actual no hemos visto ni uno solo. <br/>-Podemos improvisar algunos aparejos, y ver si los anzue los obtienen aquí abajo tan <br/>buen éxito como en les océanos sublunares. <br/>. -Lo ensayaremos, Axel porque es preciso penetrar todos los secretos de estas regiones <br/>nuevas. <br/>-Pero, ¿dónde estamos tío? Porque no le he dirigido hasta ahora esta pregunta que sus <br/>instrumentos de usted han debido contestar. <br/>-Horizontalmente, a trescientas cincuenta leguas de Islandia. <br/>-¿Tan lejos? <br/>-Tengo la seguridad de no haberme equivocado en quinientas toesas. <br/>-¿Y la brújula sigue indicando el Sudeste? <br/>-Sí, con una inclinación occidental de diez y nueve grados y cuarenta y dos minutos, <br/>exactamente igual que en la superficie de la tierra. Respecto a su inclinación ocurre un <br/>hecho curioso que he observado con la mayor escrupulosidad. <br/>-¿Qué hecho? <br/>-Que la aguja, en vez de inclinarse hacia el polo, como ocurre en el hemisferio boreal, <br/>se levanta, por el contrario. <br/>-Eso parece indicar que el centro de atracción magnética se encuentra compre ndido <br/>entra la superficie del globo y el lugar donde nos hallamos. <br/>-Exacto; y, probablemente, si llegásemos bajo las regiones polares, hacia el grado 70 en <br/>que Jacobo Ross descubrió el polo magnético, veríamos la aguja en posición vertical. Así, <br/>pues, este misterioso centro de atracción no se halla situado a una gran profundidad. <br/>--Cierto, y éste es un hecho que la ciencia no ha sospechado siquiera. <br/>-La ciencia, hijo mío, está llena de errores; pero de errores que conviene conocer, <br/>porque conducen poco a poco a la verdad.<br/><br/><br/>Page No 92<br/><br/>-Y, ¿a qué profundidad nos hallamos? <br/>-A una profundidad de treinta y cinco leguas. <br/>-De esta suerte  -observé-, estudiando atentamente el mapa, tenemos sobre nuestras <br/>cabezas la parte montañosa de Escocia, donde están los montes Grampianos, cuyas cimas <br/>cubiertas de nieve se elevan a una altura prodigiosa. <br/>-Sí -respondió el profesor sonriendo-, la carga es algo pesada; pero la bóveda es sólida. <br/>El sabio arquitecto, autor del universo, construyóla con buenos materiales, y jamás <br/>hubieran podido los hombres darle dimensiones tan grandes. ¿Qué son los arcos de los <br/>puentes y las bóvedas de las catedrales al lado de esta nave de tres leguas de radio, bajo la <br/>cual puede desarrollarse libremente un océano con todas sus tempestades? <br/>-¡Oh! No temo por  cierto, que el cielo pueda caérseme encima de la cabeza. Y, ahora, <br/>dígame, tío, ¿cuáles son sus proyectos de usted? ¿No piensa usted regresar a la superficie <br/>del globo? <br/>-¿Regresar? ¡Qué disparate! Por el contrario, proseguir nuestro viaje, ya que todo, hasta <br/>ahora, nos ha salido tan bien. <br/>-Sin embargo, no veo el medio de penetrar por debajo de esta llanura líquida. <br/>-No te imagines que pienso arrojarme a ella de cabeza. Pero si los océanos no son, <br/>propiamente hablando, más que lagos, puesto que se hallan rodeados de tierra, con mayor <br/>razón lo es este mar interior que se halla circunscrito por el macizo de granito. <br/>-Eso no cabe duda. <br/>-Pues bien, en la orilla opuesta tengo la seguridad de encontrar nuevas salidas. <br/>-¿Qué longitud le calcula usted a este océano? <br/>-Treinta o cuarenta leguas. <br/>-¡Ah! -exclamé yo, sospechando que este cálculo bien podía ser inexacto. <br/>-De manera que no tenemos tiempo que perder, y mañana nos haremos a la mar. <br/>Involuntariamente, busqué con los ojos el barco que habría de transportarnos. <br/>-¡Ah  -dije-. ¿Nos vamos a embarcar? Me parece muy bien. Y, ¿en qué buque <br/>tomaremos pasaje? <br/>-No será en ningún buque, hijo mío, sino en una sólida balsa. <br/>-Una balsa -exclamé-; una balsa es casi tan difícil de construir como un buque: y, por <br/>más que miro, no veo... <br/>--Cierto que no ves, Axel; pero si escuchases, oirías <br/>-¿Oír? <br/>-Sí, ciertos martillazos que te demostrarían que Hans no está con los brazos cruzados. <br/>-¿Está construyendo una balsa? <br/>-Sí. <br/>--Cómo ¿Ha derribado ya argunos árboles con el hacha? <br/>-¡Oh! los árboles estaban ya derribados. Ven y verás su obra. <br/>Después de un cuarto de hora de marcha, descubrí a Hans trabajando, al otro lado del <br/>promontorio que formaba el puerto natural; y unos momentos después, hallábame a su <br/>lado. Con gran sorpresa mía, contemplé sobre la arena una balsa, ya medio terminada, <br/>construida con vigas de una madera especial: y un gran número de maderos de curvas y <br/>de ligaduras de toda especie cubrían materialmente el suelo. Había allí para construir una <br/>flota entera. <br/>-Tío -dije-, ¿qué madera es esta?<br/><br/><br/>Page No 93<br/><br/>-Son pinos, abetos, abedules y todas las especies de coní feras de los países <br/>septentrionales, mineralizadas por la acción dcl agua del mar. <br/>-¿Es posible? <br/>-Esto es lo que se llama surtarbrandr, o madera fósil. <br/>-Pero entonces deberán tener, como lignitos, la dureza de la piedra, y no podrán flotar. <br/>-A veces ocurre eso. Hay maderas de éstas que se convier ten en verdaderas antracitas; <br/>pero otras, como las que ves, no han experimentado aún más que un principio de <br/>fosilización. Ya verás. <br/>Y acompañando la acción a la palabra, anejó al mar uno de aquellos trozos de madera, <br/>el cual, después de sumergirse, volvió a subir a la superficie del agua, donde flotó mecido <br/>por las olas. <br/>-¿Te has convencido? -me preguntó mi tío. <br/>-Convencido principalmente de que todo lo que veo es increíble. <br/>Al anochecer del siguiente día, gracias a la habilidad de Hans, estaba terminada la <br/>balsa, que medía diez pies de lon gitud por cinco de ancho. Las vigas de  surtarbrandr, <br/>amarradas unas a otras con resistentes cuerdas,  ofrecían una superficie bien sólida, y una <br/>vez lanzada al agua, la improvisada embarcación flotó tranquilamente sobre las olas del <br/>mar de Lidenbrock. <br/>  <br/>XXXII <br/>El 13 de agosto nos levantamos muy de mañana. Tratábase de inaugurar un nuevo <br/>género de locomoción rápida y poco fatigosa. <br/>Un mástil hechö con dos palos jimelgados, una verga formada por una tercera percha y <br/>una vela improvisada con nuestras mantas, componían el aparejo de nuestra balsa. Las <br/>cuerdas no escaseaban, y el conjunto ofrecía bastante solidez. <br/>A las seis, dio el profesor la señal de embarcar. Los víveres, los equipajes, los <br/>instrumentos, las arenas y una gran cantidad de agua dulce habían sido de antemano <br/>acomodados encima de la balsa. Largué la amarra que nos sujetaba a la orilla, orientamos <br/>la vela y nos alejamos con rapidez. <br/>En el momento de salir del pequeño puerto, mi tío, que asignaba una gran importancia a <br/>la nomenclatura geográfica, quiso darle mi nombre. <br/>-A fe mía -dije yo-, que tengo otro mejor que proponer a usted.  <br/>-¿Cuál? <br/>-El nombre de Graüben: Puerto-Graüben; creo que es bastante sonoro. <br/>-Pues vaya por Puerto-Graüben. <br/>Y he aquí de qué manera hubo de vincularse a nuestra feliz expedición el nombre de mi <br/>amada curlandesa. <br/>La brisa soplaba del Nordeste, lo cual nos permitió navegar viento en popa a una gran <br/>velocidad. Aquellas capas tan densas de la atmósfera poseían una considerable fuerza <br/>impulsiva, y obraban sobre la vela como un potente ventilador. <br/>Al cabo de una hora, pudo mi tío darse cuenta de la velocidad que llevábamos. <br/>-Si seguimos caminando de este modo -dijo-, avanzaremos lo menos treinta leguas cada <br/>veinticuatro horas, y no tardaremos en ver la orilla opuesta. <br/>Sin responder, fui a sentarme en la parte delantera de la balsa. Ya la costa septentrional <br/>se esfumaba en el  horizonte; los dos brazos del golfo se abrían ampliamente como para <br/>facilitar nuestra salida. Delante de mis ojos se extendía un mar inmenso; grandes nubes<br/><br/><br/>Page No 94<br/><br/>paseaban rápidamente sus sombras gigantescas sobre la superficie del agua. Los rayos <br/>argentados de la luz eléctrica, reflejados acá y allá por algunas grietas, hacían brotar pun-<br/>tos luminósos sobre los costados de la embarcación. <br/>No tardamos en perder de vista la tierra, desapareciendo así todo punto de referencia; y, <br/>a no ser por la estela espumosa que  tras sí dejaba la balsa, hubiera podido creer que <br/>permanecía en una inmóvilidad perfecta. <br/>A eso del mediodía, vimos flotar sobre la superficie del agua algas inmensas. Érame <br/>conocido el poder vegetativo de estas plantas, que se arrastran, a una profundidad de mas <br/>de 12.000 pies, sobre en fondo de los mares, se reproducen bája una presión de cerca de <br/>400 atmósferas y forman a menudo bancos bastante considerables para detener la marcha <br/>de los buques; pero creo que jamás hubo algas tan gigantescas como las de l mar de <br/>Lidenbrock. <br/>Nuestra balsa pasó al lado de ovas de 3.000 y 4.000 pies de longitud, inmensas <br/>serpientes que se prolongaban hasta perderse de vista. Entreteníame en seguir con la <br/>mirada sus cintas infinitas, con la esperanza de descubrir su extremidad; mas, después de <br/>algunas horas, se cansaba mi impaciencia, aunque no mi admiración. <br/>¿Qué fuerza natural podía producir tales plantas? ¡Qué fan tástico aspecto debió <br/>presentar la tierra en los primeros siglos de su formación, cuando, bájo la acción del calor <br/>y la humedad. el reino vegetal sólo se desarrollaba en su superficie! <br/>Llegó la noche, y, como había observado la víspera la luz no disminuyó. Era un <br/>fenómeno constante con cuya duración indefinida se podía contar. <br/>Después de la cena, tendíme al pie  del mástil, y no tardé en dormirme, arrullado por <br/>mágicos sueños. <br/>Hans, inmóvil, con la caña del timón en la mano, dejaba des lizarse la balsa, que, <br/>impelida por el viento en popa cerrada, no necesitaba siquiera ser dirigida. <br/>Desde nuestra sida de Puerto -Graüben, habíame confiado el profesor Lidenbrock la <br/>tarea de llevar el  Diario de Navegación, anotando en él las menores observaciones, y <br/>consignando los fenómenos más interesantes, como la dirección del viento, la velocidad <br/>de la márcha, el camino recorrido, en una palabra, todos los incidences de aquella extraña <br/>navegación. <br/>Me limitaré, pues, a reproducir aquí estas notas cotidianas, dictadas, por decirlo así, por <br/>los mismos acontecimientos, a fin de que resulte más exacta la narración de nuestra <br/>travesía. <br/>Viernes 14 de agosto. Brisa igual de NO. La balsa se desli za en línea recta y a gran <br/>velocidad. Queda la costa a 30 leguas a sotavento. Sin novedad en la descubierta de <br/>horizontes. La intensidad de la luz no varía. Buen tiempo, es decir, que las nubes son  <br/>altas, poco espesas y bañadas en una atmósfera blanca que parece de plata fundida. <br/>Termómetro: + 32° centígrados. <br/>A mediodía, prepara Hans un anzuelo en la extremidad de una cuerda, le ceba con un <br/>poco de carne y lo echa al mar. Pasan dos horas sin que p ique ningún pez. ¿Estarán <br/>deshabitadas estas aguas? No. Se siente una sacudida, Hans cobra el aparejo y saca del <br/>agua un pez que pugna con vigor por escapar. <br/>-¡Un pez! -exclama mi tío. <br/>-¡Es un sello! -exclamo a mi vez-, ¡un sollo pequeñito! <br/>El profesor examina atentamente al animal y no es de mi misma opinión. Este pez tiene <br/>la cabeza chata y redondeada, y la parte anterior del cuerpo cubierto de placas óseas;<br/><br/><br/>Page No 95<br/><br/>carece de dientes en la boca, y sus aletas pectorales, bastante desarrolladas, ajústanse a su <br/>cuerpo desprovisto de cola. Pertenece indudable mente al orden en que los naturalistas <br/>han clasifïcado al sollo, pero se diferencia de él en detalles bastantes esenciales. <br/>Mi tío no se equivoca, porque, después de un corto examen, dice: <br/>-Este pez pertenece a u na familia extinguida hace ya siglos, de la cual se encuentran <br/>restos fósiles de los terrenos devonianos. <br/>-¡Cómo!  -digo yo-. ¿Habremos cogido vivo uno de esos habitantes de las mares <br/>pnmitivos? <br/>-Sí  -responde el profesor, reanudando sus observaciones-, y y a ves que estos peces <br/>fósiles no tienen ningún parecido con las especies actuales; de suerte que, el poseer uno <br/>de estos seres vivos, es una verdadera dicha para un naturalista. <br/>-Pero, ¿a qué familia pertenece? <br/>-Al órden de los ganoideos, familia de los cefalospidos, género... <br/>-¿Lo dirá usted? <br/>-Género de los pterichthys; sería capaz de jurarlo. Pero éstos ofrecen una particularidad <br/>que dicen que es privativa de los peces de las aguas subterráneas. <br/>-¿Cuál? <br/>-Que son ciegos. <br/>-¡Ciegos! <br/>-No solamente ciegos, sino que carecen en absoluto de órgano de la visión. <br/>Miro y veo que es verdad; pero esto puede ser un caso aislado. <br/>Ceba el guía nuevamente el anzuelo y lo echa al agua. En este océano debe abundarla <br/>pesca de un modo extraordinario, porque, en dos horas, cog emos una gran cantidad de <br/>pterichthys, y de otros peces pertenecientes a otra familia extinguida también, los <br/>diptéridos, mas cuyo género no puede determinar mi tío. Todos ellos carecen de órgano <br/>de la visión. Esta inesperada pesca renovó ventajosamente nuestras provisiones. <br/>Parece, pues, demostrado que este mar solamente contiene especies fósiles, en las <br/>cuales los peces, lo mismo que los reptiles, son tanto más perfectos cuanto más antigua es <br/>su creación. <br/>Tal vez encontremos algunos de esos saurios que la ciencia ha sabido rehacer con un <br/>fragmento de hueso o de cartílago. <br/>Tomo el anteojo y examino el mar. Está desierto. Sin duda nos encontramos aún <br/>demasiado próximas a las costas. <br/>Entonces miro hacia el aire. ¿Por qué no batirían con sus alas estas pesada s capas <br/>atmosféricas esas aves reconstruidas por Cuvier? Los peces les proporcionarían un <br/>excelente alimento. Examino el espacio, pero los aires están tan desbabitados como las <br/>playas. <br/>Mi imaginación, sin embargo, me arrastra a las maravillosas hipótesis d e la <br/>paleontología. Sueño despierto. Creo ver en la superficie de las aguas esos enorines <br/>quersitos, esas tortugas antediluvianas que semejan islotes flotantes. Me parece ver tran-<br/>sitar por las sombrías playas a los grandes mamíferos de los primeros días de la creación: <br/>el leptoterio, encontrado en las cavernas del Brasil; el mericoterio, venido de las regiones <br/>heladas de Siberia. Más allá el paquidermo lofiodón, ese gigantesco tapir que se oculta <br/>detrás de las rocas para disputar su presa al ano ploterio, animal extraño que participa del <br/>rinoceronte, del caballo, del hipopótamo y del camello, como si el Creador, querien do <br/>acabar pronto en los primeros días del mundo, hubiese reunido varios animales en uno<br/><br/><br/>Page No 96<br/><br/>solo. El gigantesco mastodonte hace girar su tro mpa y tritura con sus colmillos las <br/>piedras de la orilla, en tanto que el megaterio, sostenido sobre sus enormes patas, escarba <br/>la tierra despertando con sus rugidos el eco de los sonoros granitos. Más arriba, el <br/>protopiteco, primer simio que hizo su aparición sobre la superficie del globo, se encarama <br/>a las más empinadas cumbres. Más alto todavía, el pterodáctilo, de manos aladas, se <br/>desliza como un enorme murciélago sobre el aire comprimido. Por último, en las últimas <br/>capas, inmensas aves, más potentes qu e el casoar, más voluminosos que el aves truz, <br/>despliegan sus amplias alas y van a dar con la cabeza con tra la pared de la bóveda de <br/>granito. <br/>Toda este muedo fósil renace en mi imaginación. Me remonto a las épocas bíblicas de <br/>la creación, mucho antes del nacimiento del hombre, cuando la tierra incompleta no era <br/>aún suficiente para éste. Mi sueño se remonta después aún más allá de la aparición de los <br/>seres animados. Desaparecen las mamíferos, después los pájaros, más tarde los reptiles de <br/>la época secundaria, y, por fin, los peces, los crustáceos, los moluscos y los articulados. <br/>Los zoófitos del período de transición se aniquilan a su vez. Toda la vida de la tierra <br/>queda resumida en mí, y mi corazón es el único que late en este mundo despoblado. Deja <br/>de haber estaciones, desaparecen los climas; el calor propio del globo aumenta sin cesar y <br/>neutraliza el del sol. La vegetación se exagera; paso como una sombra en medio de los <br/>helechos arborescentes, hollando con mis pasos inciertos las irisadas arcillas y  los <br/>abigarrados asperones del suelo; apóyome en los troncos de las inmensas coníferas; <br/>acuéstome a la sombra de las esfenofilos, de los asterofilos y de los licopodios que miden <br/>cien pies de altura. <br/>Los siglos transcurren como días; me remonto a la serie  de las transformaciones <br/>terrestres; las plantas desaparecen; las rocas graníticas pierden su dureza: el estado <br/>líquido va a reemplazar al sólido bajo la acción de un calor más intenso; las aguas corren <br/>por la superficie del globo; hierven y se volatilizan; los vapores envuelven la tierra, que <br/>lentamente se reduce a una masa gaseo sa, a la temperatura del rojo blanco, de un <br/>volumen igual al del sol y con brillo igual al suyo. <br/>En el centro de esta nebulosa, un millón cuatrocientas mil veces más voluminosa que el <br/>globo que ha de formar un día soy arrastrado por los espacios interplanetarios; el cuerpo <br/>se sutiliza, se sublima a su vez, y se mezcla como un átomo imponde rable a estos <br/>inmensos vapores que trazan en el infinito su órbita intlada. <br/>-¡Qué sueño! ¿Adónde me lleva? Mi mano febril vierte sobre el papel sus extraños <br/>pormenores. Lo he olvidado todo: ¡el profesor, el guía, la balsa...! Una alucinación base <br/>apoderada de mi espíritu... <br/>-Qué tienes?-me pregunta mi tío. <br/>Mis ojos desencájados se fijan sobre él, sin verlo. <br/>-¡Ten cuidado, Axel, que te vas a caer al mar! <br/>Al mismo tiempo, me siento vigorosamente cogido por la mano de Hans. A no ser por <br/>este auxilio, me habría precipitado en el mar bajo el imperio de mi sueño. <br/>-Pero, ¿es que se ha vuelto loco? -pregunta el profesor. <br/>-¿Qué ocurre? -exclamó volviendo a mí. <br/>-¿Estás enfermo? <br/>-No: he tenido un momento de alucinación, pero ya se me ha pasado. ¿No hay novedad <br/>ninguna?<br/><br/><br/>Page No 97<br/><br/>-No. La brisa es favorable y el mar está como un plato. Marchamos a una velocidad <br/>considerable, y, si mis cálculos no me engañan, no tardaremos mucho en llegar a la orilla <br/>opuesta.. <br/>Al oír estas palabras, me levanto y examino el horizonte; pero la línea del agua se sigue <br/>confundiendo con la que forman las nubes. <br/>  <br/>XXXIII <br/>Sábado 15 de agosto. El m ar conserva su monótona uniformidad. No se ve tierra <br/>alguna. El horizonte parece extraordinariamente apartado. <br/>Tengo todavía la cabeza aturdida por la violencia de mi sueño. <br/>Mi tío no ha soñado, pero está de mat humor; escudriña todos los puntos del espac io <br/>con su anteojo, y se cruza luego de brazos con aire despechado. <br/>Observo que el profesor Lidenbrock tiende a ser otra vez el hombre impaciente de <br/>antes, y consigno el hecho en mi diario. Sólo mis sufrimientos y peligros despertaron en <br/>él un rasgo de hum anidad; pero, desde que me puse bien del todo, ha vuel to a ser el <br/>mismo. Sin embargo, no me explico por qué se impa cienta. ¿No estamos realizando el <br/>viáje en las más favorables circunstancias? ¿No camina la balsa con una velocidad asom-<br/>brosa? <br/>-¿Está usted inquieto, tío? -pregúntole al ver la frecuencia con que se echa el anteojo o <br/>la cara. <br/>-¿Inquieto, dices? No. <br/>-¿Impaciente, tal vez? <br/>-Para ello no faltan motivos. <br/>-Sin embargo, marchamos con una velocidad... <br/>-¿Qué me importa? Lo que me preocupa a mí no es que la velocidad sea pequeña, sino <br/>que el mar es muy grande. <br/>Me acuerdo entonces que el profesor, antes de nuestra parti da, calculaba en treinta <br/>leguas la longitud de aquel mar subterrá neo, y habíamos recorrido ya un espacio tres <br/>veces mayor sin que las costas del Sur se divisasen aún. <br/>-Es que no descendemos -prosiguió el profesor-. Todo esto es tiempo perdido, y, como <br/>comprenderás, no he venido tan lejos para hacer una excursión en bote por un estanque. <br/>¡Llama a esta travesía una excursión en bote, y a este mar un estanque! <br/>-Pero-le contesto yo-, desde el momento en que hemos seguido el camino indicado por <br/>Saknussemm <br/>-Esa es precisamente la cuestión. ¿Hemos realmente seguido este camino? ¿Hubo de <br/>encontrar Saknussemm esta extensión de agua? ¿La atravesó? ¿No nos habrá engañado <br/>ese arroyuelo que tomamos por guía? <br/>-En todo caso, no nos debe pesar el haber llegado hasta aquí. Este espectáculo es <br/>magnífico, y... <br/>-¿Quién piensa en espectáculos? Me he propuesto un objetivo y mi deseo es alcanzarlo. <br/>¡No me hables, pues, de espectáculos! <br/>Tomo de la advertencia buena nota, y dejo al profesor que se muerda los labios de <br/>impaciencia. A las cinco, reclama Hans su paga, y se le entregan tres rixdales. <br/>Domingo 16 de agosto. No ocurre novedad. El mismo tiempo. El viento tiene una ligera <br/>tendencia a refrescar. Mi primer cuidado, al despertarme, es observar la intensidad de la<br/><br/><br/>Page No 98<br/><br/>luz, pues siempre temo que el fenómeno eléctrico se debilite y extinga. Pero no ocurre <br/>así; la sombra de la balsa se dibuja distintamente sobre la supertïcie de las aguas. <br/>¡Verdaderamente este mar es infinito! Debe tener la longitud del Mediterráneo, y quién <br/>sabe si del Atlántico. ¿Por qué no? <br/>Mi tío sonda con frecuencia; ata un pico al extremo de una cuerda, y deja salir <br/>doscientas brozas sin encontrar fondo, costándonos gran trabájo izar nuestra sonda. <br/>Cuando tenemos a bordo el pico, háceme notar Hans unas señales claramente mareadas <br/>que se observan en él diríase que este trozo de hierro ha sido vigorosamente oprimido <br/>entre dos cuerpos duros. <br/>Yo miro al cazador. <br/>-Tänder! -me dice. <br/>Como no lo comprendo, me vuelvo hacia mi tío, que se halla completamente absorbido <br/>en sus reflexiones, y no me atrevo a sacarle de ellas. Interrogo de nuevo con la vista al <br/>islandés, y éste, abriendo y cerrando varios vec es la boca me hace com prender su <br/>pensamiento. <br/>-¡Dientes! -exclamo asombrado, examinando con más atención la barra de hierro. <br/>¡Sí! ¡Son dientes cuyas puntas han quedado impresas en el duro metal ¡Las mandíbulas <br/>que guarnezcan deben poseer una fuerza prodigiosa! ¿Será un monstruo perteneciente a <br/>alguna especie extinguida que se agita en las profundidades del mar, más voraz que el <br/>tiburón y mas terrible que la ballena? No puedo apartar mi mirada de esta barra medio <br/>roída. ¿Se va a convertir en realidad mi sueño de la noche última? <br/>Durance todo el día, me agitan estos pensamientos, y apenas logra calmar mi <br/>imaginación un sueño de algunas horas. <br/>Lunes 17 de agosto.  - Procuro recordar los instintos parti culares de estos animales <br/>antediluvianos de la época secundaria, que sucedieron a los moluscos, crustáceos y peces, <br/>y precedieron a la aparición de los mamíferos sobre la superficie del globo. El mundo <br/>pertenecía entonces a los reptiles monstruos que reinaron como señores en los mares <br/>jurásicos. Habíales dotado l a Naturaleza de la más completa organización. Qué <br/>gigantesca estructura. ¡Qué fuerzas prodigiosas! Los saurios actuales, cai manes o <br/>cocodrilos, mayores y más temibles, no son sino reduc ciones debilitadas de sus <br/>progenitores de las primeras edades. <br/>Me estremezco nada más que al recordar estos monstruos. Nadie los ha visto vivos. <br/>Hicieron su aparición sobre la tierra mil siglos antes que el hombre; pero sus osamentas <br/>fósiles, encontradas en esas calizas arcillosas que los ingleses llaman lias, han permitido <br/>reconstruirlos anatómicamente y conocer su conformación colosal. <br/>He visto en el museo de Hamburgo el esqueleto de uno de estos saurios que medía <br/>treinta pies de longitud. ¿Estaré por ven tura destinado yo, habitante de la superficie <br/>terrestre, a encontrarme cara a cara con algún representante de una familia antediluviana? <br/>¡No! ¡Eso es un imposible! Y, sin embargo, la señal de unos dientes poderosos está bien <br/>marcada en la barra de hierro, y bien se echa de ver, por sus huellas, que son cónicos <br/>como los del cocodrilo. <br/>Mis ojos se fijan con espanto en el mar; temo ver lanzarse sobre nosotros uno de estos <br/>habitantes de las cavernas submarinas. <br/>Supongo que el profesor Lidenbrock participa de mis ideas, si no de mis temores; <br/>porque, después de habe:r examinado el pico, recorre con la mirada el Océano.<br/><br/><br/>Page No 99<br/><br/>"¡Mal haya" pienso yo "la idea que ha tenido de sondar"'. Ha turbado en su retiro a <br/>algún animal marino, y si durante el viaje no somos atacados...! <br/>Echo una mirada a las armas, y me aseguro de que están en buen estado. Mi tío observa <br/>mi maniobra y la aprueba con un gesto. <br/>Ya ciertos remolinos que se advierten en la superficie del agua denuncian la agitación <br/>de sus capas interiores. El peligro se aproximo. Es preciso vigilar. <br/>Martes 18 de agosto. Llega la noche, o, por mejor decir, el momento en que el sueño <br/>quiere cerrar nuestros párpados; porque en este mar no hay noche, y la implacable luz <br/>fatiga nuestros ojos de una manera obstinada, como si navegásemos bajo el sol de los <br/>océanos árticos. Hans gobierna el timón, y, mientras él hace su guardia, yo duermo. <br/>Dos horas después, me despierta una sacudida espantosa. La balsa ha sido empujada <br/>fuera del agua con indescriptible violencia y arrojada a veinte toesas de distancia. <br/>-¿Qué ocurre? -exclama mi tío--- ¿Hemos tocado en un bajo? <br/>Hans señala con el dedo, a una distancia de doscientas toesas, una masa negruzca que <br/>se eleva y deprime alternativamente. <br/>Yo miro en la dirección indicada, y exclamo <br/>-¡Es una marsopa colosal! <br/>-Sí -replica mi tío-, y he aquí ahora un lagarto marino de tamaño extraordinario. <br/>-Y más lejos un monstruoso cocodrilo. ¡Mire usted qué terribles mandíbulas, <br/>guarnecidas de dientes espantosos! Pero, ¡ah!¡desaparece! <br/>-¡Una ballena! ¡Una ballena!  -exclama entonces el profesor-. Distingo unas enormes <br/>aletas. ¡Mira el aire y el agua que arrója por las narices! <br/>En efecto, dos líquidas columnas se elevan a considerable altura sobre el nivel del mar. <br/>Permanecemos atónitos, sobrecogidos, estupefactos ante aquella colección de monstruos <br/>marinos. Poseen dimensiones sobrenaturales, y el menos voluminoso de ellos destrozaría <br/>la balsa de una sola dentellada. Hans quiere virar en redondo con objeto de esquivar su <br/>vecindad peligrosa; pero descubre por la banda opuesta otros enemigos no menos <br/>formidables: una tortuga de cuarenta pies de ancho, y una ser piente que mide treinta de <br/>longitud, y alarga su enorme cabeza por encima de las olas. <br/>Es imposible huir. Estos reptiles se aproximan; dan vueltas alrededor de la balsa con <br/>una velocidad menor que la de un tren expres o, y trazan en torno de ella círculos <br/>concéntricos. Yo he cogido mi carabina ; pero, ¿qué efecto puede producir una bala sobre <br/>las escamas que cubren los cuerpos de estos animales? <br/>Permanecemos mudos de espanto. ¡Ya vienen hacia nosotros! Por un lado, el cocodrilo; <br/>por el otro, la serpiente. El resto del rebaño marino ha desaparecido. Me dispongo a hacer <br/>fuego, pero Hans me detiene con mi signo. Las dos bestias pasan a cincuenta toesas de la <br/>balsa, se precipitan el uno sobre el otro y su furor no la permite vernos. <br/>El combate se empeña a cien toesas de la balsa, y vemos cla ramente cómo los dos <br/>monstruos se atacan. <br/>Pero me parece que ahora los otros animales acuden a tomar parte en la lucha la <br/>marsopa, la ballena, el lagarto, la tortuga; los entreveo a cada instante. Se los muestro al <br/>islandés, y éste mueve la cabeza en sentido negativa. <br/>-Tra -dice con calma. <br/>-¡Cómo! ¡Dos! Pretende que sólo los animales... <br/>-Y tiene mucha razón -exclama mi tío, que no aparta el anteojo del grupo. <br/>-¿Es posible?<br/><br/><br/>Page No 100<br/><br/>-Ya lo creo! El primero de estos monstruos tiene hocico de marsopa, cabeza de lagarto, <br/>dientes de cocodrilo, y por esto nos ha engañado. Es el ictiosauro, el más temible de los <br/>animales antediluvianos. <br/>-¿Y el otro? <br/>-El otro es una serpiente escondida bajo el caparazón d e una tortuga; el plesiosauro, <br/>implacable enemigo del primero. <br/>Hans tiene mucha razón. Sólo dos monstruos turban de esta manera la superfïcie del <br/>mar, y tengo ante mis ojos dos reptiles de los primitivos océanos. Veo el ojo <br/>ensangrentado del ictiosauro, q ue tiene el tamaño de la cabeza de un hombre. La <br/>Naturaleza le ha dotado de un aparato óptico de extraordinario poder, capaz de resistir la <br/>presión de las capas de agua en que habita. Se le ha llamado la ballena de los saurios, <br/>porque posee su misma velocidad y tamaño. Su longitud no es inferior a cien pies, y, <br/>cuando saca del agua las aletas verticales de su cola, me hago cargo mejor de su enorme <br/>magnitud. Sus mandíbulas son enormes, y, según los naturalistas, no posee menos de 182 <br/>dientes. <br/>El plesiosauro, serpiente de tronco cilíndrico, tiene la cola corta y las patas dispuestas <br/>en forma de remos. Su cuerpo se halla todo él revestido de un enorme carapacho, y su <br/>cuello, flexible como el del cisne, yérguese treinta pies sobre las olas. <br/>Los dos animales se atacan con indescriptible furia. Levantan montañas de agua que <br/>llegan hasta la bolsa, y nos ponen veinte veces a punto de zozobrar. Se oyen silbidos de <br/>una intensidad prodigiosa. Las dos bestias se encuentran enlazadas, no siéndome posible <br/>distinguir la una de la otra. ¡Hay que temerlo todo de la furia del vencedor! <br/>Transcurre una hora, dos, y continúa la lucha con el mismo encarnizamiento. Los <br/>combatientes se aproximan a la balsa unos veces y otras se alejan de ella. Permanecemos <br/>inmóviles, dispuestos a hacer fuego. <br/>De repente, el ictiosauro y el plesiosauro desaparecen pro duciendo un enorme <br/>remolino. ¿Va a terminar el combate en las profundidades del mar? <br/>Pero, de improviso, una enorme cabeza lánzase fuera del agua: la cabeza del <br/>plesiosauro. El monstruo está herido de muerte. No descubro su inmenso carapacho. Sólo <br/>su largo cuello se yergue, se abate, se vuelve a levantar, se encorva, azota la superficie <br/>del mar como un látigo gigantesco y se retuerce como una lombriz dividido en dos <br/>pedazos. Salta el agua a considera ble distancia y nos ciega materialmente; pero pronto <br/>toca a su fin la agonía del reptil; disminuyen sus movimientos, decrecen sus contorsiones, <br/>y su largo tronco de serpiente se extiende como una masa inerte sobre la serena superficie <br/>del mar. <br/>En cuanto al ictiosauro, ¿ha regresado de nuevo a su caver na submarina o va a <br/>reaparecer otro vez? <br/>  <br/>XXXIV <br/>Miércoles 19 de Agosto. El viento, por fortuna, que sopla con bastante fuerza, nos ha <br/>permitido huir rápidamente del teatro del combate. Hans  sigue siempre empuñando la <br/>caña del timón. Mi tío, a quien los incidentes del combate han hecho olvidar de momento <br/>sus absorbentes ideas, vuelve a examinar el mar con la misma impaciencia que antes. <br/>El viáje recobra de nuevo su uniformidad monótona que no deseo ver interrumpido por <br/>peligros tan inminentes como el que corrimos aver.<br/><br/><br/>Page No 101<br/><br/>Jueves 20 de agosto. Brisa NNE. bastante desigual. Temperatura elevada. Marchamos a <br/>razón de tres leguas y media por hora. <br/>A eso de mediodía, óyese un ruido lejano. <br/>Consigno el hecho sin saber cuál pueda ser su explicacion. Es un mugido continuo. <br/>-Hay -dice el profesor-, a alguna distancia de aquí, alguna roca o islote contra el cual se <br/>estrellan las olas. <br/>Hans sube al extremo del palo, pero no descubre ningún escollo. La superficie del mar <br/>aparece toda lisa hasta el mismo horizonte. <br/>Así transcurren tres horas. Los mugidos parecen provenir de una catarata lejana. <br/>Manifiesto mi opinión a mi tío, que sacude la cabeza. Esto no obstante tengo la <br/>convicción de que no me equivoco. ¿Cor reremos tal vez hacia una catarata que nos <br/>precipitará en el abismo? Es posible que este género de descenso sea del agrado del <br/>profesor, porque se acerca a la vertical; pero lo que es a mí... <br/>En todo caso, se produce no lejos de aquí un fenómeno rui doso, porque ahora los <br/>rugidos se oyen con gran violencia. ¿Proceden del Océano o del cielo? <br/>Dirijo mis miradas hacia los vapores suspendidos en la atmósfera, y trato de sondar su <br/>profundidad. El cielo está tran quilo; la nubes, transportadas a la parte super ior de la <br/>bóveda, parecen inmóviles y se pierden en la intensa irradiación de la luz. Es preciso, por <br/>tanto, buscar por otro lado la explicación de este extraño fenómeno. <br/>Examino entonces el horizonte que está limpio y sin brumas. Su aspecto no ha <br/>cambiado. Pero si este ruido proviene de una catarata o de un salto de agua; si todo este <br/>Océano se precipita en un estuario inferior; si estos mugidos son producidos por la caída <br/>de una gran masa de agua, debe la corriente activarse, y su cre ciente velocidad puede <br/>darme la medida del peligro que nos amenaza. Observo la corriente, y veo que es nula. <br/>Una botella vacía que arrojo al mar, se queda a sotavento. <br/>A eso de los cuatro, levántase Hans, aproximase al palo y trepa por él hasta el tope. <br/>Recorre desde allí con la mirada el arco de círculo que el Océano describe delante de la <br/>balsa y se detiene en un punto. Su semblante no expresa la más leve sorpresa ; pero sus <br/>ojos permanecen fijos. <br/>-Algo ha visto-exclama mi tío. <br/>-Así lo creo también. <br/>Hans desciende, y señala hacia el Sur con la mano, diciendo: <br/>-Der nere! <br/>-¿Allá abájo?-responde mi tío. <br/>Y cogiendo el anteojo, mira con la mayor atención durante un minuto, que a mí me <br/>parece un siglo. <br/>-¡Sí, sí! -exclama después. <br/>-¿Qué ve usted? <br/>-Una inmensa columna de agua que se eleva por encima del Océano. <br/>-¿Otro animal marino? <br/>-Puede ser. <br/>-Entonces, arrumbemos más hacia el Oeste, porque ya sabemos a qué atenernos por lo <br/>que respecta al peligro de tropezar con estos monstruos antediluvianos. <br/>-No enmendemos el rumbo -responde mi tío.<br/><br/><br/>Page No 102<br/><br/>Vuelvo la vista hacia Hans, y veo que sigue impertérrito con la caña del timón en la <br/>mano. <br/>Sin embargo, si a la distancia que nos separa de este animal, que puede calcularse en <br/>doce leguas lo menos, puede verse la columna de agua que arroja por las  narices, debe <br/>tener un tamaño sobrenatural. La más elemental prudencia aconsejaría alejarse; pero no <br/>hemos venido hasta aquí para ser prudentes. <br/>Seguimos, pues, el mismo rumbo. Cuanto más nos aproximamos, más crece el surtidor. <br/>¿Qué monstruo puede tragar tan gran cantidad de agua y arrójarla de este modo sin <br/>interrupción alguna? <br/>A los ocho de la noche nos hallamos a menos de dos leguas de él. Su cuerpo enorme, <br/>negruzco, monstruoso, se extiende sobre el mar como un islote. ¿Es ilusión? ¿Es miedo? <br/>Su longitud me parece que pasa de mil toesas. ¿Qué cetáceo es, pues, éste que ni los <br/>Cuvier ni los Blumenbach han descrito? Se halla inmóvil y como dormido. El mar parece <br/>que no puede levantarlo, romplendo contra sus costados las olas. La columna de agua, <br/>proyectada a quinientos pies de altura, desciende con ensordecedor estrépito. Corremos <br/>como insensatos hacia esta imponente mole que necesitaría diariamente para su <br/>alimentación cien ballenas. <br/>El terror se apodera de mí. No quiero avanzar más. Cortaré, si es preciso, la driza de la <br/>vela. Me rebelo contra el profesor, que no me responde. <br/>De repente, levántase Hans, y, señalando con el dedo el punto amenazador, dice: <br/>-Holme! <br/>-Una isla -exclama mi tío. <br/>-¡Una isla -repito a mi vez, encogiéndome de hombros. <br/>-Evidentemente -responde el profesor, lanzando una sonora carcajada. <br/>-Pero, ¿y esta columna de agua? <br/>-Géiser -exclama Hans. <br/>-Un géiser, sin duda alguna -responde mi tío-; un géiser semejante a los de Islandia. <br/>Al principio, no quiero confesar que me he engañado  una manera tan burda. Haber <br/>tomado un islote por un monstruo marino. Pero la cosa está clara y tengo que concluir por <br/>dar mi brazo a torcer. Se trata de un fenómeno natural, simplemente. <br/>A medida que nos aproximamos, aquella columna líquida adquiere dimens iones <br/>grandiosas. El islote presenta, en efecto, un exacto parecido con un inmenso cetáceo cuya <br/>cabeza domina los olas elevándose sobre ellas a una altura de diez toesas. El géi ser, <br/>palabra que los islandeses pronuncian cheisir y que significa  furor, se e leva <br/>majestuosamente en su extremo. Resuenan a cada instante sordas detonaciones, y el <br/>enorme chorro, acometido de más violentos furores, sacude su penacho de vapor saltando <br/>hasta las primeros capas de nubes. Se halla solo, sin que le rodeen humaredas ni <br/>manantiales calientes, y toda la potencia volcánica está resumido en él. Los rayos de la <br/>luz eléctrica vienen a mezclarse con esta deslumbrante columna de agua, cuyas gotas <br/>adquieren, al recibir su caricia, todos los matices del iris. <br/>-Atraquemos -dice el profesor. <br/>Pero es preciso evitar con cuidado esta tromba de agua que, en un instante, haría <br/>zozobrar balsa. Hans, maniobrando con pericia, nos lleva a la extremidad del islote. <br/>Salto sobre las bocas; mi tío me sigue en seguida, en tanto que el cazador permanece en <br/>su puesto, a fuer de hombre curado ya de espanto.<br/><br/><br/>Page No 103<br/><br/>Caminamos sobre un granito mezclado con toba silícea; el suelo quema y trepida bájo <br/>nuestros pies, como los costados de una caldera en cuyo interior trabaja el vapor recalen-<br/>tado. Llegamos ante un pequeño estanque central de donde se eleva el géiser. Sumerjo un <br/>termómetro en el agua que corre borbotando, y marca una temperatura de 163°. <br/>Este agua sale, pues, de un foco ardiente, lo que está en con tradicción con los teorías <br/>del profesor Lidenbrock, no puedo resistir la tentación de hacérselo notar. <br/>-Está bien -me replica-, ¿y qué prueba eso contra las doctrinas? <br/>-Nada, nada-contesto con tono seco, viendo que me estrellaba contra una obstinación <br/>sin ejemplo. <br/>Debo confesar, sin embargo, que hasta aho ra hemos tenido mucha suerte y que, por <br/>razones que no se me alcanzan, se efec túa este viaje en condiciones especiales de <br/>temperatura ; pero para mí es evidente que algún día habremos de llegar a esas regiones <br/>en que el calor central alcanza sus más altos  límites y supera todas las graduaciones de <br/>los termómetros. <br/>Allá veremos, que es la frase sacramental del profesor; quien, después de haber <br/>bautizado este islote volcánico con el nombre de su sobrino, da la señal de embarcar. <br/>Permanezco algunos minutos todavía contempleando el géiser. Observo que su chorro <br/>es irregular, disminuyendo a veces de intensidad, para recobrar después mucho vigor; lo <br/>que atribuyo a las variaciones de presión de los vapores acumulados en su interior. <br/>Al fin, partimos bordeando las rocas escarpadas del Sur. Hans ha aprovechado esta <br/>detención para reparar algunas averías de la balsa. <br/>Pero antes de pasar adelante, hago algunas observaciones para calcular la distancia <br/>recorrida y las anoto en mi diario. Hemos recorrido 270 leguas sob re la superficie del <br/>mar, a partir de Puerto -Graüben, y nos hallamos debajo de Inglaterra, a 620 leguas de <br/>Islandia. <br/>  <br/>XXXV <br/>Viernes 21 de agosto. Al día siguiente, perdimos de vista el magnifico géiser. El viento <br/>ha refrescado, alejándonos rápidamente del  Islote de Axel, cuyos mugidos se han ido <br/>extinguiendo poco a poco. <br/>El tiempo amenaza cambiar. La atmósfera se carga de vapores. que arrastran consigo la <br/>electricidad engendrada por la evaporación de las aguas salinas; descienden <br/>sensiblemente las nubes y tornan un marcado color de aceituna; los rayos de luz eléctrica <br/>apenas pueden atravesar este opaco telón corrido sobre la escena donde va a representarse <br/>ei drama de las tempestades. <br/>Me siento impresionado, como ocurre sobre la superficie de la tierra cada vez que se <br/>aproxima un cataclismo. <br/>Los cúmulus amontonados hacia el Sur presentan un aspecto siniestro; esa horripilante <br/>apariencia que he observado a menudo al principio de las tempestades. El aire está <br/>pesado y el mar se encuentra tranquilo. <br/>A lo lejos, se ven nubes que parecen enormes balas de algo dón, amontonadas en un <br/>pintoresco desorden, las cuales se van hinchando lentamente y ganan en volumen lo que <br/>pierden en número. Son tan pesadas, que no pueden desprenderse del horizonte; pero, al <br/>impulso de las corrientes superiores, fúndense poco a poco, se ensombrecen y no tardan <br/>en formar una sola capa de aspecto en extremo imponente. De vez en cuando, un globo<br/><br/><br/>Page No 104<br/><br/>de vapores, bastante claro aún, rebota sobre esta alfombra parda, y no tarda en perderse <br/>en la masa opaca. <br/>Evidentemente la atmósfera se halla saturada de fluido, del cual también yo me <br/>encuentro impregnado, pues se me eriza el cabello como si me hallase en contacto con <br/>una máquina eléctrica. Me parece que si, en este momento, me tocasen mis compañeros, <br/>recibirían una violenta conmoción. <br/>A las diez de la mañana se acentúan los signos precursores de la tempestad; diríase que <br/>el viento descansa para tomar nuevo aliento; la nube parece un odre inmenso en el cual se <br/>acumulasen los huracanes. <br/>No quiero creer en las amenazas del cielo; mas no puedo contenerme y exclamo: <br/>-Mal tiempo se prepara. <br/>El profesor no responde. Tiene un humor endiablado al ver que aquel océano se <br/>prolonga de un modo indefinido delante de sus ojos. Contesta a mis palabras <br/>encogiéndose de hombros. <br/>-Tendremos tempestad --digo yo, señalando con la mano el horizonte -. Esas nubes <br/>descienden sobre el mar como para aplastarlo. <br/>Silencio general. El viento calla. La Naturaleza parece un cadáver que ha dejado de <br/>respirar. La vela cae pesadamente o lo largo del mástil, en cuyo tope empiezo a ver brillar <br/>un ligero fuego de San Telmo. La balsa permanece inmóvil en medio de un mar espeso y <br/>sin ondulaciones. Pero, si no caminamos, ¿a qué conservar izada esta vela que puede <br/>hacernos zozobrar al primer choque de la tempestad? <br/>-Arriemos la vela -digo-, y abatamos el palo; la prudencia más elemental lo aconseja. <br/>-¡No, por vida del diablo!  -ruge iracundo mi tío--- ¡No, y mil veces no! ¡Que nos <br/>sacuda el viento! que la tempestad nos arrebate! ¡Pero que vea yo, por fin, las rocas de <br/>una costa, aunque deba nuestra balsa estrellarse contra ellas! <br/>No ha acabado aún mi tío de pronunciar estas palabras, cuando cambia de improviso el <br/>aspecto del horizonte del Sur; los vapores acumulados se resuelven en lluvia, y el aire, <br/>violentamente solicitado para llenar los vacíos producidos por la con densación <br/>conviértese en huracan. Procede de los más remotos confines de la caverna. La <br/>obscuridad hácese tan intensa, que apenas si puedo tomar algunas notas incompletas. <br/>La balsa se levanta dando saltos, que hacen caer a mi tío. Yo me arrastro hasta él. Le <br/>hallo asido fuertemente a la extremidad de un cabo y parece contemplar con placer el <br/>espectáculo de las desencadenados elementos. <br/>Hans no se mueve siquiera. Sus largos ca bellos, desordenados por el huracán y <br/>acumulados sobre su inmóvil semblante, le dan un extraño aspecto, porque en cada una <br/>de sus puntas brillo un penachilla luminoso. Su espantosa fisonomía recuerda la de los <br/>hombres antediluvianos, contemporáneos de los ictiosaurios, de los megiterois. <br/>El palo, sin embargo, resiste. La vela se distiende, como una burbuja próxima a <br/>reventar. La balsa camina con una velocidad que no puedo calcular, aunque no tan grande <br/>como la de las gotas de agua que despide en sus movimientos, las cuáles describen líneas <br/>perfectamente rectas. <br/>-¡La vela! ¡La vela! -grito, indicando por señas que la <br/>arríen <br/>-¡No! -responde mi tío. <br/>-Nej -dice Hans, moviendo lentamente la cabeza.<br/><br/><br/>Page No 105<br/><br/>La lluvia forma, entretanto, una mugidora catarata delante del horizonte hacia el cual <br/>como insensatos corremos; pero antes de que llegue hasta nosotros, desgárrose el velo <br/>formado por las nubes, entra el mar en ebullición, y entra en juego la electricidad <br/>producida por una vasta acción química que se opera en las capa s superiores de la <br/>atmósfera. A las centelleantes vibraciones del rayo, se mezclan los mugidos espantosos <br/>del trueno: un sinnúmero de relámpagos se entrecruzan en medio de las detonaciones; la <br/>masa de vapores se pone incandescente; el pedrisco que choca contra el metal de nuestras <br/>armas y herramientas, adquie re luminosidad; y las hinchadas olas parecen cerros <br/>ignívomos en cuyas entrañas se incuba un fuego en extremo violento y cuyas crestas <br/>ostentan un vivo penacho de llamas. <br/>La intensidad de la luz me deslumbra los ójos, y el estrépito del trueno me destroza los <br/>oídos; no tengo más remedio que asirme fuertemente al mástol de la balsa, que se dobla <br/>como una débil caña bájo la violencia del huracán. <br/>(Aquí se hacen en extremo incompletas las notas de mi viáje. No he encontrado ya más <br/>que algunas observaciones fugaces y tomadas, por decirlo así, maquinalmente. Pero por <br/>su brevedad, y hasta por su falta de claridad, constituyen una prueba de le emoción que <br/>me dominaba y me dan una idea más cabal que la memori a, de la situación en que nos <br/>encontrábamos.) <br/>Domingo 23 de agosto. ¿Dónde estamos? Somos arrastrados con una velocidad <br/>prodigiosa. <br/>La noche ha sido terrible. La tempestad no amaina. Vivimos en medio de una <br/>detonación incesante. Nuestros oídos sangran y no podemos entendernos. <br/>Las relámpagos no cesan. Veo deslumbrantes zig zags que, tras una fulminación <br/>instantánea, van a herir la bóveda de granito. ¡Oh si se desplomase! Otros relámpagos se <br/>bifurcan, o toman la forma de globos de fuego, que estallan como bombas. No por eso <br/>aumenta el ruido, porque ha rebasado ya el límite de intensidad que puede percibir el oído <br/>humano, y aunque todos los pol vorines del mundo hiciesen explosión a la vez, no lo <br/>oiríamos. <br/>Existe una emisión constante de luz en la superficie de las nubes, la materia eléctrica se <br/>desprende, incesante, de sus moléculas: hanse alterado los principios gaseosas del aire ; <br/>innumerables columnas de agua se lanzan a la atmósfera y caen luego cubiertas de <br/>espuma. <br/>¿A dónde vamos...? Mi tío se halla tendido, largo es, en la extremidad de la balsa. <br/>El calor aumenta. Miro el termómetro y veo que señala... (La cifra está borrada.) <br/>Lunes 24 de agosto. Por lo visto, esto no acabará nunca. ¿Por qué el estado de esta <br/>atmósfera tan densa, una vez modificada, no será definitivo? <br/>Estamos rendidos de fatiga. Hans sigue imperturbable. La balsa corre <br/>imperturbablemente hacia el Sudeste. Hemos recorrido más de doscientas leguas desde <br/>que abandonamos el islote de Axel. <br/>El huracán arreció o mediodía, y es preciso tr incar salidamente todos las objetos que <br/>componen el cargomento. Nosotros nos amarramos también. Los olas pasan par encima <br/>de nuestra cabezas. <br/>Hace tres días que no podemos cambiar ni siquiera una sola palabra .Abrimos la boca, <br/>movemos los labios pero no p roducimos ningún sonido apreciable. Ni aun hablando al <br/>oído es posible entendernos.<br/><br/><br/>Page No 106<br/><br/>Mi tío se ha aproximado a mí, y ha articulado algunos palabras. Creo que me ha dicho: <br/>«Estamas perdidos» pero no estoy seguro. <br/>Tomo el partido de escribirle estos palabras : «Arriemos la vela.» Me dice por señas <br/>que bueno. <br/>Pero, apenas he tenido tiempo de inclinar la cabeza para decirme que sí, cuando a bordo <br/>de la balsa aparece un disco de fuego. La vela es arrancada, juntamente con el palo, y <br/>parten ambas cosas, formando un solo cuerpo, elevándose a una altura prodigiosa cual <br/>nuevo pterodáctilo, ese ave fantástica de los primeros siglos. <br/>Nos quedamos helados de espanto. La esfera, mitad blanca y mitad azulada, del tamaño <br/>de una bomba de diez pulgadas, se pasea lentamente, girando con velocidad sorprendente <br/>bájo el impulso del huracán. Va de un lado para otro, sube una de los bordas de la balsa, <br/>salta sobre el saco de las provisiones, des ciende ligeramente, bota, roza la cája de <br/>pólvora. ¡Horror! ¡Vamos a volar! Pero no: el disco deslumbrador se separa; se aproximo <br/>o Hans, que la mira fijamente; a mi tío, que se pone de rodillas para evitar su choque; a <br/>mí, que palidezco y tiemblo bajo la impresión de su luz y su color; dí vueltas alrededor de <br/>mi pie, que trato de retirar sin poderlo conseguir. <br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=31099&amp;a=1370685&amp;g=16252330"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16252330)a(1370685)" /></a><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16637176"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16637176)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16625516"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16625516)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16646874">Descarga gratuita</a><img src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(inv)g(16646874)a(1370685)" /><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16626448">Club Zed</a><img src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(inv)g(16626448)a(1370685)" /></p><br/><a href="http://lomasutilizado.com/"><span style="color: #000000">Lo mas utilizado</span></a><a href="http://lanuevaweb20.blogspot.com/"><span style="color: #000000">La nueva Web 20</span></a><a href="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/"><span style="color: #000000">Obra Julio Verne</span></a><a href="http://blogs.ya.com/julioverne/"><span style="color: #000000">Julio Verne</span></a><br/><a href="http://blogs.ya.com/alejoevita/"><span style="color: #000000">Alejo Evita</span></a><a href="http://blogs.ya.com/obraallende/"><span style="color: #000000">Obra de Allende</span></a><a href="http://blogs.ya.com/allende/"><span style="color: #000000">Allende</span></a><a href="http://caballodetroya2.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya 2</span></a> <a href="http://historiadeespanasigloxx.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Historia de España siglo XX</span></a><a href="http://caballodetroya7.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya 7</span></a> <a href="http://www.paratorpes.es/"><span style="color: #000000">Paratorpes </span></a><a href="http://elalquimista.blog.com/"><span style="color: #000000">El alquimista</span></a> <a href="http://lacartarobada.blog.com/"><span style="color: #000000">La carta robada</span></a> <a href="http://eljugadordedostoyevski.blog.com/"><span style="color: #000000">El jugador de Dostoyevski</span></a> <a href="http://%20ciensoledad.blog.com/"><span style="color: #000000">Cien años de soledad</span></a> <a href="http://aguasprimaverales.blog.com/"><span style="color: #000000">Aguas primaverales</span></a> <a href="http://aparecepeterpan.blog.com/"><span style="color: #000000">Aparece Peter Pan</span></a> <a href="http://paraisoperdido.blog.com/"><span style="color: #000000">Paraíso perdido</span></a> <a href="http://losviajesdegulliver.blog.com/"><span style="color: #000000">Los viajes de Gulliver</span></a> <a href="http://retratoadolescente.blog.com/"><span style="color: #000000">Retrato adolescente</span></a> <a href="http://dedondevenimos.blog.com/"><span style="color: #000000">Matrix, de donde venimos</span></a> <a href="http://losmensajesdelossabios.blog.com/"><span style="color: #000000">Los mensajes de los sabios</span></a> <a href="http://libroscuriosos.wordpress.com/"><span style="color: #000000">Libros curiosos</span></a><br/><a href="http://estupidoshombresblancos.blog.com/"><span style="color: #000000">Estupidos hombres blancos</span></a><a href="http://elartedeamar.blog.com/"><span style="color: #000000">El arte de amar</span></a><a href="http://mapapirisreis.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Mapa Piri Reis</span></a> <br/><a href="http://revistatara.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Revista Tara</span></a> <a href="http://reflexionescanarias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Reflexiones canarias</span></a> <a href="http://lostiemposfinales.blog.com/"><span style="color: #000000">Los tiempos finales </span></a></span></span><a href="http://lasparabolasdekrion.blog.com/"><span style="color: #000000">Las parábolas de Krion</span></a> <a href="http://elviajeacasa.blog.com/"><span style="color: #000000">El viaje a casa</span></a> <a href="http://ensoledadcondios.blog.com/"><span style="color: #000000">En soledad con Dios</span></a> <a href="http://cartasdesdeelhogar.blog.com/"><span style="color: #000000">Cartas desde el hogar</span></a> <a href="http://pasandoelmarcador.blog.com/"><span style="color: #000000">Pasando el marcador</span></a> <a href="http://elnuevocomienzodekryon.blog.com/"><span style="color: #000000">El nuevo comienzo de Kryon</span></a> <a href="http://unanuevadimension.blog.com/"><span style="color: #000000">Una nueva dimension</span></a> <a href="http://elmisteriodelascatedrales.blog.com/"><span style="color: #000000">El misterio de las catedrales</span></a> <a href="http://profeciasdenostradamus.blog.com/"><span style="color: #000000">Profecias de Nostradamus</span></a> <a href="http://masoneriainvisible.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Masonería invisible</span></a> <a href="http://focasmuertas.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Focas muertas</span></a> <a href="http://loscartagineses.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los cartagineses</span></a> <a href="http://amorreos.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Amorreos </span></a><a href="http://loscuatrolibros.blog.com/"><span style="color: #000000">Los cuatro libros</span></a> <a href="http://ellibrodemarcopolo.blog.com/"><span style="color: #000000">El libro de Marco Polo</span></a> <a href="http://onceminutos.blog.com/"><span style="color: #000000">Once minutos</span></a> <a href="http://milucha.blog.com/"><span style="color: #000000">Mi lucha</span></a> <a href="http://herodoto1.blog.com/"><span style="color: #000000">Herodoto 1</span></a> <a href="http://elgransantiagocalatrava.blogspot.com/"><span style="color: #000000">El gran Santiago calatrava</span></a> <a href="http://elhombreduplicado.blog.com/"><span style="color: #000000">El hombre duplicado</span></a> <a href="http://bestiario.blog.com/"><span style="color: #000000">Bestiario</span></a> <a href="http://elnombredelarosa.blog.com/"><span style="color: #000000">El nombre de la rosa</span></a> <a href="http://lafiestadelchivo.blog.com/"><span style="color: #000000">la fiesta del chivo</span></a> <a href="http://laciudadylosperros.blog.com/"><span style="color: #000000">la ciudad y los perros</span></a> <a href="http://cronicadeunamuerteanunciada.blog.com/"><span style="color: #000000">Crónica de una muerte anunciada</span></a> <a href="http://elpendulodefoucault.blog.com/"><span style="color: #000000">El péndulo de foucault</span></a> <a href="http://dalimagico.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Dali magico</span></a> <a href="http://aquelleonardodavinci.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Leonadro da Vinci</span></a> <a href="http://escorialmagico.blogspot.com/"><span style="color: #000000">El Escorial</span></a> <a href="http://losamosdelmundo.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los amos</span></a> <a href="http://aquellostemplarios.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los Templarios</span></a> <a href="http://loscataros.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los Cataros</span></a> <a href="http://indulgencias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Las Indulgencias</span></a> <a href="http://campaniforme.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Campaniforme</span></a> <a href="http://bibliotecaalejandria.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Biblioteca Alejandria</span></a> <a href="http://secuestroexpres.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Secuentro Expres</span></a> <a href="http://elplaninfinito.blog.com/"><span style="color: #000000">El plan infinito</span></a> <a href="http://lacasadelosespiritus.blog.com/"><span style="color: #000000">La casa de los espiritus</span></a> <a href="http://laciudaddelasbestias.blog.com/"><span style="color: #000000">La ciudad de las bestias</span></a> <a href="http://mipaisinventado.blog.com/"><span style="color: #000000">Mi pais inventado</span></a> <a href="http://elmatematicodelrey.blogspot.com/"><span style="color: #000000">El matemático del rey</span></a> <a href="http://lahipotesis.blogspot.com/"><span style="color: #000000">La hipotesis</span></a> <a href="http://tenemosunangel.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Tenemos un angel</span></a> <a href="http://erikelrojo.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Eric el rojo</span></a> <a href="http://relatosdefantasia.blogspot.com/"><span style="color: #000000">relatosdefantasia</span></a> <a href="http://enigmasdesvelados.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Enigmas desvelados</span></a> <a href="http://cuentosdecf.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Cuentos de cf</span></a> <span style="color: #000000"></span><a href="http://clubbilderberg.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Club Bilderberg</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://reinamariamagdalena.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Magdalena</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://virgenesnegras-virgenesnegras.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Virgenes</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://diosamadre.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Diosa</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.com/"><span style="color: #000000">Pueblo rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://contaminacioninvisible.blogspot.com/"><span style="color: #000000">la Contaminacion</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://electrosmog-movil.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Que es Electrosmog</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://lacontaminaciondelmovil.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Contamina el Movil</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeandeenlaces.blogspot.com/"><span style="color: #000000">enlaces mágicos</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://caballodetroya100.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://personal.telefonica.terra.es/web/valdeandemagico/"><span style="color: #000000">Magia</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.blogspot.com/"><span style="color: #000000">rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://superviaje.blog.com/"><span style="color: #000000">Viajes</span></a> <a href="http://superhotel.blog.com/"><span style="color: #000000">Hoteles</span></a> <a href="http://reflexionescanarias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Reflexiones canarias</span></a><br/> <br/></p><br/><div><br/><span style="font-size: 9pt; font-family: Verdana"><span></span></span><br/></div><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_45.htm"><title><![CDATA[.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_45.htm]]></link><description><![CDATA[La atmósfera está llena de un olor de gas nitroso que penetra en la garganta y los <br/>pulmones. Nos asfixiamos. ¿Por qué no puedo retirar el pie? ¿Estará por ventura clavado <br/>a la balsa? ¡Ah! La caída del globo eléctrico ha imanado todo el hierro de a bordo; los <br/>instrumentos, los herramientas, las armas se gitan, entrechocándose con un tintineo <br/>agudo: los clavos de mis zapatos se hallan fuertemente adheridos a una placa de hierra <br/>incrustada en la madera. ¡No puedo retirar el pie! Hacie ndo un violento esfuerzo, <br/>consigo, por fin, arrancarla en el momento mismo en que el globo iba a coger lo en su <br/>movimiento giratorio y arrastrarme, si... <br/>¡Ah! ¡Qué luz tan intensa! ¡El globo estalla! Nos cubre un mar de llamas <br/>Después se apaga todo. ¡He te nido tiempo de ver a mi tío tendido sobre la balsa, y a <br/>Hans con la caña del timón en la mano, escupiendo fuego bajo la influencia de la <br/>electricidad que le invade! <br/>¿A dónde vamos? ¿A dónde vamos? <br/>Martes 25 de agosto. Salgo de un desvanecimiento prolongado. La tempestad continúa; <br/>los relámpagos se desencadenan como una nidada de serpientes que alguien hubiera <br/>soltado en la atmósfera. <br/>¿Estamos aún en el mar? Sí, y arrastrados con una velocidad incalculable. ¡Hemos <br/>pasado por debajo de Inglaterra, del canal de la Mancha, de Francia, de Europa entera, tal <br/>vez! ¡Escúchase un nuevo ruido! ¡Evidentemente, el mar se estrella contra las rocas... <br/>Pero entonces... <br/>  <br/>XXXVI <br/>Aquí termina lo que le he llamado mi Diario de Navegación, tan felizmente salvado del <br/>naufragio, y vuelvo o recordar mi relato como antes. <br/>Lo que ocurrió al chocar la balsa contra los escollos la costa, no sería capaz de <br/>explicarlo. Me sentí precipitado en el agua, y, si me libré de la muerte, si mi cuerpo no se <br/>destrozó contra los agudos peñascos, fue porque el brazo vigoroso de Hans sacóme del <br/>abismo. <br/>El valeroso islandés transportóme fuera del alcance de las olas sobre una arena ardorosa <br/>donde me encontré, al lado de mi tío.<br/><br/><br/>Page No 107<br/><br/>Después salió a las rocas, sobre las cuáles se estrellaba el oleaje furioso, con objeto de <br/>salvar algunos restos del naufragio. Yo no podía hablar: hallábame rendido de emoción y <br/>de fatiga, y tardé más de una hora en reponer. <br/>Seguía cayendo un verdadero diluvio, con esa redoblada violencia que anuncia el fin de <br/>las tempestades. Algunas rocas superpuestas nos brindaron un abrigo contra las cataratas <br/>del cielo. <br/>Hans preparó alimentos, que yo no pude tocar, y todos, extenuados por tres noches de <br/>insomnio, nos entregamos a un dudoso sueño. Al día siguiente, el tiempo era magnífico. <br/>El cielo y el mar habíanse tranquilizado de común acuerdo. Toda huella de tempestad <br/>había desaparecido. Al despertar, mi tío, que estaba radiante de júbilo, me saludó <br/>satisfecho. <br/>-¿Qué tal -me dijo-, hijo mío? ¿Has dencansado bien? <br/>¿No hubiera dicho cualquiera que nos hallábamos en nuestra casita de la König-strasse, <br/>que bajaba a almorzar tranquilamente y que mi matrimonio con la pobre Graüben se iba a <br/>verificar aquel día mismo? <br/>¡Ay ! ¡Por poco que la tempestad hubiese desviado la balsa hacia el Este, hab ríamos <br/>pasado por debajo de Alemania, por debájo de mi querida ciudad de Hamburgo, por <br/>debájo de aque lla calle donde habitaba la elegida de mi corazón! ¡En este caso, <br/>habríanme separado de ella cuarenta leguas apenas! ¡Pero cua renta leguas verticalmente <br/>contadas a través de una mole de granito, que para franquearlas tendría que recorrer más <br/>de mil! <br/>Todas estas dolorosas reflexiones atravesaron rápidamente mi espíritu, antes que <br/>respondiese a la pregunta de mi tío. <br/>-¡Cómo es eso! -repitió-. ¿No me quieres decir cómo has pasado la noche? <br/>-Muy bien -le respondí-; todavía me encuentro molido, pero eso no será nada. <br/>-Absolutamente nada; un poco de cansancio, y nada más. <br/>-Pero le encuentro a usted muy alegre esta mañana, tío. <br/>-¡Encantado, hijo mío, encantado de la vida! ¡Por fin hemos llegado! <br/>-¿Al término de nuestra expedición? <br/>-No tan lejos, pero sí al término de este mar que nunca se acababa. Ahora vamos a <br/>viajar de nuevo por tierra y a hundirnos verdaderamente en los entrañas del globo. <br/>-Permítame usted una pregunta, tío. <br/>-Pregunta cuento quieras, Axel. <br/>-¿Y el regreso? <br/>-¡El regreso! Pero, ¿piensas en volver cuando aún no hemos llegado? <br/>-No; mi idea no es otra que preguntarle a usted cómo se efectuará. <br/>-Del modo más sencillo del mundo. Una vez llegados al cent ro del esferoide o <br/>hallaremos otra nueva vía para volver a la superficie de la tierra, o efectuaremos el viáje <br/>de regreso por el mismo camino que ahora vamos recorriendo. Supongo que no se cerrará <br/>detrás de nosotros. <br/>-Entonces será preciso poner en buen estado la balsa. <br/>-¡Por supuesto!. <br/>-Pero, ¿nos alcanzarán los víveres para ver esos grandes proyectos realizados? <br/>-Ciertamente. Hans es un muchacho muy hábil, y tengo la seguridad de que ha salvado <br/>la mayor parte de la carga. Vamos a cerciorarnos de ello.<br/><br/><br/>Page No 108<br/><br/>Salimos de aquella gruta abierta a todos los vientos. Abri gaba yo una esperanza, que <br/>era al mismo tiempo un temor: parecíeme imposible que en el terrible choque de la balsa <br/>no se hubiese destrozado todo lo que conducía. No le engañaba, en efecto. Al llegar a la <br/>playa, vi a Hans en medio de una multitud de objetos perfectamente ordenados. Mi tío <br/>estrechóle la mano impulsado por un vivo sentimiento de gratitud. Aquel hombre, cuya <br/>abnegación era en realidad sobrehumana, había estado tra bajando mientras <br/>descansábamos nosotros, y había logrado sal var los objetos más preciosos con grave <br/>riesgo de su vida. <br/>No quiere decir esto que no hubiésemos sufrido pérdidas bastante sensibles: nuestras <br/>armas, por ejemplo; pero, en resumi das cuentas, bien podríamos pasarnos sin ellas. En <br/>cambio, la provisión de pólvora encontrábase intacta, después de haber estado a punto de <br/>explotar durante la tempestad. <br/>-¡Bueno! -exclamó el profesor-; como nos hemos que dado sin fusiles, tendremos que <br/>abstenernos de cazar. <br/>-Sí; pero, ¿y los instrumentos? <br/>-He aquí el manómetro, el más útil de todos, a cambio del cual habría dado los otros. <br/>Con él puedo calcular la profundidad a que nos encontramos y conocer el instante en que <br/>lleguemos al centro. Sin él, nos expondríamos a rebasarlo, y a salir por los antípodas. <br/>La jovialidad de mi tío me resultaba feroz. <br/>-Pero, ¿y la brújula?-pregunté. <br/>-Hela aquí, sobre esta roca, en estado perfecto, lo mismo que los termómetros y el <br/>cronómetro. ¡Ah! ¡Nuestro guía no tiene precio! <br/>Fuerza era reconocerlo, porque, gracias a él, no faltaba ningún instrumento. En cuanto a <br/>las herramientas y utensilios, vi, esparcidos por la playa, picos, azadones, escalas, <br/>cuerdas, etc. <br/>Quedaba por dilucidar, sin embargo, la cuestión relativa a los víveres. <br/>-¿Y las provisiones? -dije. <br/>-Veamos las provisiones -respondió mi tío. <br/>Las cajas que las contenían hallábanse alineadas sobre la arena, en perfecto estado de <br/>conservación; el mar las había res petado casi en su totalidad; y, entre galleta, carne <br/>salada, ginebra y pescado seco, s e podía calcular que teníamos aún víveres para unos <br/>cuatro meses. <br/>-¡Cuatro meses! -exclamó el profesor-. Tenemos tiempo para ir y volver, y con lo que <br/>nos sobre pienso dar un espléndido banquete a todos mis colegas de Johannaeum. <br/>Desde mucho tiempo atrás debía estar acostumbrado al carácter de mi tío, y, sin <br/>embargo, aquel hombre siempre me causaba asombro. <br/>-Ahora  -dijo-, vamos a reponer nuestras provisiones de agua con la lluvia que la <br/>tempestad ha vertido en todos estos reci pientes de granito; por con siguiente, tampoco <br/>tenemos que temer que la sed nos atormente. Por lo que respecta a la balsa, voy a <br/>recomendar a Hans que la repare lo mejor que le sea posible, aunque tengo pera mí que <br/>no ha de servimos más. <br/>-¿Cómo es eso? exclamé. <br/>-¡Es una idea que teng o, hijo mío! Se me antoja que no hemos de salir por donde <br/>entramos. <br/>Miré con cierto recelo a mi tío, pensando si se habría vuelto loco; aun cuando, bien <br/>pensado, ¡quién sabe si decía una gran verdad sin saberlo!<br/><br/><br/>Page No 109<br/><br/>-Vamos a almorzar -añadió. <br/>-Seguí hasta mi pequeño promontorio, después que comunicó sus instrucciones al guía, <br/>y allí, con carne seca, galleta y té, confeccionamos un almuerzo excelente, uno de los <br/>mejores, he de decir la verdad, que he hecho en toda mi vida. La necesidad, el aire libre y <br/>la tranquilidad, después de las agitaciones pasadas, despertaron en mí un devorador <br/>apetito. <br/>Durante el almuerzo, propuso mi tío que calculasemos el lugar en donde a la sazón nos <br/>hallábamos. <br/>-Creo que nos será fácil calcularlo -le dije. <br/>-Con toda exactitud, no, no es fácil  -respondió-; resulta hasta materialmente imposible, <br/>porque durante los tres días que había durado la tempestad, no he podido tomar nota de la <br/>velocidad ni del rumbo de la balsa; pero, no obstante, podemos calcular nuestra situación <br/>de un modo aproximado. <br/>-En efecto, la última observación la hicimos en el islote del géiser.. <br/>-En el islote de Axel, hijo mío; no renuncies al honor de haber dado tu nombre a la <br/>primera isla descubierta dentro del macizo terrestre. <br/>-¡Bien! Pues, en el islote de Axel, habíamos recorrido 270 leguas sobre la superficie del <br/>mar, y nos encontrábamos a más de seiscientas leguas de Islandia. <br/>-Partamos, pues, de este punto y contemos cuatro días de borrasca durante los cuáles <br/>nuestra velocidad no ha debido ser menor de ochenta leguas cada veinticuatro horas. <br/>-Así lo creo. Tendríamos, pues, que añadir 300 leguas. <br/>-De donde deducimos en seguida que el mar de Lidenbrock mide aproximadamente <br/>seiscientas leguas de una orilla a otra. Ya ves, Axel, que puede competir en extensión con <br/>el Mediterráneo. <br/>-¡Ya lo creo! Sobre todo si lo hemos atravesado mi sentido transversal. <br/>-Lo cual es muy posible. <br/>-Y lo más curioso es  -añadí-, que si nuestros cálculos son exactos, estamos en este <br/>momento debajo del Mediterráneo. <br/>-¿De veras? <br/>-Sin duda alguna; porque nos encontramos a 900 leguas de Reykiavik. <br/>-He aquí un bonito viáje, hijo mío; pero no podemos afirmar que nos hallemos debajo <br/>del Mediterráneo, y no de Turquía o del Atlántico, más que en cl caso de que nuestro <br/>rumbo no haya sufrido alteración. <br/>-No lo creo; el viento parecía constante, y opino, por lo tanto, que esta costa debe <br/>hallarse situada al Sudeste de Puerto Graüben. <br/>-De eso es fácil cerciorarse consultando la brújula. Vamos a verla en seguida. <br/>El profesor dirigióse hacia la roca sobre  la cual había Hans depositado todos los <br/>instrumentos. Estaba alegre y contento, fro tábase las manos y adoptaba posturas <br/>estudtadas. ¡Parecía un mozalbete! Seguíle con gran curiosidad de saber si me había <br/>equivocado en mis cálculos. <br/>Cuando llegó a la roca, mi tío tomó el compás, colocólo horizontalmente y observó la <br/>aguja, que, después de haber oscilado, detúvose en una posición fija bájo la influencia del <br/>magnetismo. <br/>Mi tío miró atentamente, después se frotó los ojos, volvió a mirar de nuevo, y acabó por <br/>volverse hacia mí, estupefacto. <br/>-¿Qué ocurre? -le pregunté.<br/><br/><br/>Page No 110<br/><br/>Entonces me dijo por señas que examinase yo el instrumen to. Una exclamación de <br/>sorpresa escapóse de mis labios. ¡La aguja marcaba el Norte donde nosotros suponíamos <br/>que se encontraba el Sur! ¡La flor de lis miraba hacia la playa en lugar de dirigirse hacia <br/>el mar <br/>Moví la brújula y la examiné con todo detenimiento, cerciorándome de que no había <br/>sufrido el menor desperfecto. En cualquier posición que se colocase, la aguja volvía a <br/>tomar en seguida la inesperada dirección. <br/>Así, pues, no había duda posible. Durante le tempestad se había rolado el viento sin que <br/>nos diésemos cuente de ello, y había empujado la balsa hacia las playas que mi tío creía <br/>haber dejado a su espalda. <br/>  <br/>XXXVII <br/>Imposible me s ería describir la serie de sentimientos que agitaron al profesor <br/>Lidenbrock: la estupefacción, primero, la incredulidad, después, y, por último, la cólera. <br/>Jamás había visto un hombre tan chasqueado al principio, tan irritado después. Las <br/>fatigas de la tra vesía, los peligros corridos en ella, todo resultaba inútil; era preciso <br/>empezar de nuevo. ¡Habíamos retrocedido un punto de partida! <br/>Pero mi tío se sobrepuso en seguida. <br/>-¡Ah! -exclamó-; ¡Conque la fatalidad me juega tales trastadas! ¡Conque los elementos <br/>conspiran contra mí! ¡Conque el aire, el fuego y el agua combinan sus esfuerzos para <br/>oponerse a mi paso! Pues bien, ya se verá de lo que mi voluntad es capaz. ¡No cederé, no <br/>retrocederé una línea, y veremos quién puede más, si la Naturaleza o el hombre! <br/>De pie sobre la roca, amenazador, colérico, Otto Lidendoek, a semejanza del indomable <br/>Ajax, parecía desafiar a los dioses. Mas yo creí oportuno intervenir y refrenar aquel ardor <br/>insensato. <br/>-Escúcheme usted, tío -le dije con voz enérgica-; existe en la tierra un límite para todas <br/>las ambiciones, y no se debe luchar en contra de lo imposible. No estamos bien <br/>preparados para un viaje por mar: quinientas leguas no se recorren fácilmente sobre una <br/>mala balsa, con una manta por vela y mi débil bastón por mástil  y teniendo que luchar <br/>contra los vientos desencadenados. No podemos gobernar nuestra balsa, somos juguete <br/>de las tempestades. y sólo se le puede ocurrir a unos locos el intentar por segunda vez <br/>esta travesía imposible. <br/>Por espacio de diez minutos pude des arrollar este serie de razonamientos todos ellos <br/>refutables, sin ser interrumpido: pero esto se debió a que, absorbido por otras ideas, no <br/>oyó mi tío ni una palabra de mi argumentación. <br/>-¡A la balsa! -exclamó de improviso. <br/>Y ésta fué la única respuesta que  obtuve. Por más que supli qué y me exasperé, <br/>estrelléme contra su voluntad, más firme que el granito. <br/>Hans acababa entonces de reparar la balsa. Perecía entera mente que este extraño <br/>individuo adivinaba los pensamientos de mi tío. Con algunos trazos surtarbrandr había <br/>consolidado el artefacto, el cual ostentaba ya una vela con cuyos fotantes plie gues <br/>jugueteaba la brisa. <br/>Dijo el profesor algunas palabras al guía, y éste comenzó en seguida a embarcar la <br/>impedimenta y a disponerlo todo para la partida. La atmósfera se hallaba despejada y el <br/>viento se sostenía del Nordeste.<br/><br/><br/>Page No 111<br/><br/>¿Qué podría yo hacer? ¿Luchar solo contra dos? ¡Si al menos Hans se hubiera puesto de <br/>mi parte! Pero no; parecía como si el islandés se hubiese despójado de todo rasgo de <br/>voluntad personal y hecho voto de consagración a mi tío. Nada podía obtener de un <br/>servidor tan adicto a su amo. Era preciso seguirles. Disponíame ya a ocupar en la balsa <br/>mi sitio acostumbrado, cuando me detuvo el profesor con la mano. <br/>-No partiremos hasta mañana -me dijo. <br/>Yo adopté la actitud de indiferencia del hombre que se resignó a todo. <br/>-No debo olvidar nada -añadió-, y puesto que la fatalidad me ha empujado a esta parte <br/>de la costa, no la abandonaré sin haberla reconocido. <br/>Para que se comprenda esta observación será bueno advertir que habíamos vuelto a las <br/>costas septentrionales; pero no al mismo lugar de nuestra primera partida. <br/>Puerto-Graüben debía estar situado más al Oeste. Nada más razonable, por tanto, que <br/>examinar con cuidado los alrededores de aquel nuevo punto de recalada. <br/>-¡Vamos a practicar la descubierta! -exclamé. <br/>Y partimos los dos, dejando a Hans entregado a sus quehaceres. <br/>El espacio comprendido ante la línea donde expiraban las olas y las estribaciones del <br/>acantilado era bastante ancho, pudiéndose calcular en una media hora el tiempo necesario <br/>para recorrerla. Nuestros pies trituraban innumerables conchillas de todas formas y <br/>tamaños, pertenecientes a los animales de las épo cas primitivas. Encontrábamos también <br/>enormes carapachos, cuyo diámetro era  superior, can frecuencia, a quince pies, que <br/>habían pertenecido a los gigantescas gliptodonios del período pliocénico, de los que la <br/>moderna tortuga es sólo una pequeña reducción. El suelo se hallaba sembrado, además de <br/>una gran cantidad de despojos pétreos. especies de guijarros redondeados por el trabajo <br/>de las olas y dispuestos en líneas sucesivas, lo que me hizo deducir que el mar debió, en <br/>otro tiempo ocupar aquel espacio. Sobre las rocas esparcidas y actualmente situadas fuera <br/>de su alcance, habían dejado las olas señales evidentes de su paso. <br/>Esto podía explicar, hasta cierto punto. la existencia de aquel océano a cuarenta leguas <br/>debajo de la superficie del globo. Pero, en mi opinión, aquella masa de agua debía <br/>perderse poco a poco en las entrañas de la tierra, y provenía, evidentemente, de las aguas <br/>del Océano que se abrieron paso hasta allí a través de alguna fenda. Sin embargo, era <br/>preciso admitir que esta fenda estaba en la actualidád taponada, porque, de lo contrario, <br/>toda aquella inmensa caverna se habría llenado en un plazo muy corto. Tal vez esta <br/>misma agua, habiendo tenido que luchar con tra los fuegos subterráneos, se había <br/>evaporado en parte. Y ésta era la explicación de aquellas nubes suspendidas sobre <br/>nuestras cabezas y de la producción de  la electricidad que creaba tan vio lentas <br/>tempestades en el interior del macizo terrestre. <br/>Esta explicación de los fenómenos que habíamos presenciado pareciame satisfacitoria: <br/>porque, por grandes que sean las maravillas de la Naturaleza, hay siempre razones físicas <br/>que puedan explicarlas. <br/>Caminábamos, pues, sobre una especie de terreno sedimentario, formado por las aguas, <br/>como todos los terrenos de este período, tan ampliamente distribuidas por toda la <br/>superficie del globo. El profesor examinaba atentam ente todos los intersticios de las <br/>rocas, sondeando con marcado interés la profundidad de cuantas aberturas encontraba. <br/>Habíamos costeado por espacio de una milla las playas del mar de Lidenbraek, cuando <br/>el suelo cambió subitamente de aspecto. Parecía removido, trastornado por una sacudida<br/><br/><br/>Page No 112<br/><br/>violenta de las capas inferiores. En muchos puntos, los hundimientos y protube rancias <br/>delataban una dislocación poderosa del macizo terrestre. <br/>Avanzábamos con dificultad sobre aquellas fragosidades de granito, mezclado  con <br/>sílice, cuarzo y depósitos aluvionarios, cuando descubrió nuestra vista una vasta llanura <br/>cubierta de osamentas. Parecía un inmenso cementerio donde se confundían los eternos <br/>despojos de las generaciones de veinte siglos. Elevados montones de restos se extendían, <br/>cual mar ondulado, hasta los últimos límites del horizonte, perdiéndose entre las brumas. <br/>Acumulábase allí, en un espacio de unas tres millas cuadradas, toda la vida de la historia <br/>animal, que apenas si ha empezado a escribirse en los demasiado recientes terrenos del <br/>mundo habitado. <br/>Una curiosidad impaciente nos atraía sin embargo. Nuestros pies trituraban con un <br/>ruido seco los restos de aquellos animales prehistóricos; aquellos fósiles cuyos raros a <br/>interesantes despojos disputaríanse los museos de las grandes ciudades. Las vidas de un <br/>millar de Cuvieres no hubieran bastada para reconstruir los esqueletos de los seres <br/>orgánicos hacinados en aquel magnífico osario. <br/>Yo estaba estupefacto. Mi tío había elevado sus descomunales brazos hacia la espesa <br/>bóveda que nos servía de cielo. Su boca desmesuradamente abierta, sus ojos que <br/>fulguraban bajo los cristales de sus gafas, su cabeza que se movía en todas direcciones, <br/>toda su actitud, en fin, demostraba un asombro sin límites. Veíase ante una inapreciable <br/>colección de lepoterios, mericoterios, mastodontes, protopitecos, pterodáctilos y de todos <br/>los monstruos antediluvianos acumulados allí para su satisfacción personal. Imaginaos a <br/>un apasionado bibliómano transportado de repente a la famosa biblioteca de Alejandría, <br/>incendiada por Omar, y que un portentoso milagro hubiera hecho renacer de sus cenizas, <br/>y tendréis una idea del estado de ánimo del profesor Lidenbrock. <br/>Pero mayor fue su asombro cuando, corriendo a treves de aquel polvo volcánico, <br/>levantó un cráneo del suelo, y exclamó con voz temblorosa <br/>-¡Axel! ¡Axel! ¡Una cabeza humana! <br/>-¡Una cabeza humana, tío! -respondí, no menos sorprendido. <br/>-¡Sí, sobrino! ¡Ah, señor Milne-Edwards! ¡Ah, señor de Quatrefages! ¡Qué lástima que <br/>no os encontréis aquí donde me encuentro yo, el humilde Otto Lidenbrock! <br/>  <br/>XXXVIII <br/>Para comprender esta evocación dirigida por mi tío a los ilustres sabios franceses, es <br/>preciso saber que, poco antes de nuestra partida, había tenido lugar un hecho de <br/>trascendental importancia para la paleontología. <br/>El 28 de marzo de 1863, unos trabajadores, haciendo excavaciones en las canteras de <br/>Moulin-Quignon, cerca de Abbeville, en el departamento del Soma de Francia, bájo la <br/>dirección del señor Boucher de Perthes, encontraron una mandíbula hum ana a catorce <br/>pies de profundidad. Era el primer fósil de esta clase sacado a la luz del día. Junto a él, <br/>fueron halladas hachas de piedra y sílices tallados, coloreados y revestidos por el tiempo <br/>de una especie de barniz uniforme. <br/>Este descubrimiento produjo gran ruido, no solamente en Francia, sino en Alemania e <br/>Inglaterra también. Varios sabios de Instituto francés, las señores de Quatrefages y <br/>Milne-Edwards entre otros, tomaron el asunto muy a pecho, demostraron la incontestable <br/>autenticidad de la osam enta en cuestión, y fueran los más ardientes defensores del <br/>proceso de la quijada, según la expresión inglesa.<br/><br/><br/>Page No 113<br/><br/>A los geólogos del Reino Unido señores Falconer, Busk, Carpenter, etc., que <br/>admitieron el hecho como cierto, sumáronse los sabios alemanes, desta cándose entre <br/>ellos por su calor y entusiasmo mi tío Lidenbrock. <br/>La autenticidad de un fósil humano de la época cuaternaria parecía, por consiguiente, <br/>incontestablemente demostrada y admitida. <br/>Cierto es que este sistema había tenido un adversario encarnizado en el señor Elías de <br/>Beaumant, sabio de autoridad bien sentada, quien sostenía que el terreno de Moulin -<br/>Quignon no pertenecía al diluvium, sino a una capa menos antigua, y, de acuerdo en este <br/>particular con Cuvier, no admitía que la especie humana hubiese sido contemporánea de <br/>los animales de la época cuaternaria. Mi tío Lidenbroek, de acuerdo con la gran mayoría <br/>de los geólogos, se había mantenido en sus trece, sosteniendo numerosas controversias y <br/>disputas, en tanto que el señor Elías de Beaumont se quedó casi solo en el bando opuesto. <br/>Conocíamos todos los detalles del asunto, pero ignorábamos que, desde nuestra partida, <br/>había hecho la cuestión nuevos pro gresos. Otras mandíbulas idénticas, aunque <br/>pertenecientes a individuos de tipos diversos y de naciones diferentes, fueron halladas, en <br/>las tierras livianas y grises de ciertas grutas, en Francia, Suiza y Bélgica, como asimismo <br/>armas, herramientas, utensilios y osamentas de niños, adolescentes, adultos y ancianos. <br/>La existencia del hombre cuaternario afirmábase, pues, más cada día. <br/>Pero no era esto sólo. Nuevos despójos exhumados del terreno terciario plioceno habían <br/>permitido a otros sabios más audaces aún asignar a la raza humana una antigüedad muy <br/>remota. Cierto que estos despójos no eran osame ntas del hombre, sino productos de su <br/>industria, como tibias y fémures de animales lósiles, estriados de un modo regular, <br/>esculpidos, por decirlo así, y que ostentaban señales evidentes del trabajo humano. <br/>El hombre, pues, subió de un solo salto en la escala de los tiempos un gran número de <br/>siglos; era anterior al mastodonte y contemporáneo del  elephas meridionalis; tenía, en <br/>una palabra, cien mil años de existencia, toda vez que ésta es la antiguedad asignada por <br/>los más afamados geólogos a la formación de los terrenos pliocénicos. <br/>Tal era a la sazón el estado de la ciencia paleontológica, y lo que conocíamos de ella <br/>bastaba para explicar nuestra actitud en presencia de aquel osario del mar de Lidenbrock. <br/>Se comprenderán, pues, fácilmente el júbilo y la es tupefacción de mi tío, sobre todo <br/>cuando, veinte pasos más adelante, encontró frente a sí un ejemplar del hombre <br/>cuaternario. <br/>Era un cuerpo humano perfectamente reconocible. ¿Había sido conservado durante <br/>tantos siglos por un suelo de naturaleza especial, como el del cementerio de San Miguel, <br/>de Burdeos? No sabría decirlo. Pero aquel cadáver de piel tersa y apergaminada, con los <br/>miembros aún jugosos -por lo menos a la vista -, con los dientes intactos, la cabellera <br/>abundante y las uñas de los pies y de las  manos prodigiosamente largas, se presentaba <br/>ante nuestros ojos tal como había vivido. <br/>Quedé sin hablar ante aquella aparición de un ser de otra edad tan remota. Mi tío, tan <br/>locuaz y discutidor de costumbre, enmudeció también. Levantamos aquel cadáver, lo <br/>enderezamos después; palpábamos su torso sonoro, y él parecía mirarnos con sus órbitas <br/>vacías. <br/>Tras algunos instantes de silencio, el catedrático se sobrepuso al tío. Otto Lidenbrock, <br/>dejándose llevar de su temperamento, olvidó las circunstancias de nuestro viáje, el medio <br/>en que nos hallábamos, la inmensa caverna que nos cobijaba; y, creyéndose sin duda en<br/><br/><br/>Page No 114<br/><br/>el Johannaeum, dando una conferencia a sus discípu los, dijo en tono doctoral, <br/>dirigiéndose a un auditorio imaginario: <br/>-Señores: tengo el honor de pres entaros un hombre de la época cuaternaria. Grandes <br/>sabios han negado su existencia, y otros, no menos ilustres, la han afirmado y defendido. <br/>Si se hallasen aquí los Santo Tomás de la paleontología lo tocarían con el dedo y se <br/>verían obligados a reconocer s u error. Sé muy bien que la ciencia debe ponerse en <br/>guardia contra estos descubrimientos. No ignoro la inicua explotación que han hecho de <br/>los hombres fósiles los Barnum y otros charlatanes de su misma ralea. Conozco <br/>perfectamente la historia de la rótula de Ajax, del supuesto cadáver de Orestes, hallado <br/>por los esparteros, y del cadáver de Asterio, de diez codos de largo de que nos habla Pau-<br/>sanias. He leído las memorias relativas al esqueleto de Trapani, descubierto en el siglo <br/>XIV, en el cual se creyó r econocer a Poli femo, y la historia del gigante desterrado <br/>durante el siglo XVI en los alrededores de Palermo. Conocéis, lo mismo que yo, el aná-<br/>lisis practicado cerca de Lucerna, en 1577, de las grandes osa mentas que el célebre <br/>médico Félix Plater dijo pertenecían a un gigante de diez y nueve pies. He devorado los <br/>tratados de Cassa nion, y todas las memorias; folletos, discursos y contradiscursos <br/>publicados a propósito del esqueleto del rey de los cimbrios, Teutoboco, el invasor de la <br/>Galia, exhumado en 1613 de un are nal del Delfinado. En el siglo XV hubiera combatido <br/>con Pedro Campet la existencia de 105 preadamitas de Scheuchzer. He tenido entre mis <br/>manos el escrito titulado Gigans... <br/>Aquí reapareció el defecto peculiar de mi tío, quien, cuando háblaba  en público, no <br/>podía pronunciar los nombres difíciles. <br/>-El escrito -prosiguió titulado- Gigan?... <br/>Pero se atascó de nuevo. <br/>-Giganteo... <br/>¡Imposible! ¡El enrevesado vocablo no quería salir cuánto se hubieran reído del pobre <br/>profesor en el Johanaeum! <br/>-Gigantosteología -concluyó por fin el profesor Liden brock, entre dos juramentos <br/>terribles. <br/>Y animándose después, prosiguió: <br/>-¡Sí señores, no ignoro nada de eso! Sé también que Cuvier y Blumenbach han <br/>reconocido en estas osamentas simples huesos de mamut y de otros animales de la época <br/>cuaternaria. Pero, en el caso actual, la duda solo sería uno injuria a la ciencia. ¡Ahí tenéis <br/>el cadáver! ¡Podéis verlo, tocarlo! No se trata de un esqueleto, sino de un cadáver intacto, <br/>conservado únicamente con un fin antropológíco. <br/>No quise contradecir esta aserción. <br/>-Si pudiese lavarlo en una solución de ácido sulfúrico aña dió el profesor -, haría <br/>desaparecer todas las partes terrosas y esas conchillas resplandecientes incrustadas en él. <br/>Pero no poseo de momento el precioso disolvente. Sin embargo, este cadáver, tal como le <br/>veis ahora, nos referirá su historia. <br/>El profesor entonces cogió el cadáver fósil, manejándolo con la destreza de los que se <br/>dedican a mostrar curiosidades. <br/>-Ya lo veis  -prosiguió-, no tiene seis pies de a ltura, y nos encontramos, por canto, a <br/>gran distancia de los pretendidos gigantes. Por lo que respecta o la raza a la cual <br/>pertenece, es incontestablemente caucásica: la raza blanca, ¡la nuestra! El cráneo de este <br/>fósil es regularmente ovoideo, sin un desarrollo excesivo de los pómulos, ni un avance<br/><br/><br/>Page No 115<br/><br/>exagerada de la mandíbula. No presenta ninguna señal de prognatismo que modifica el <br/>ángulo facial. Medid este ángulo, y hallaréis que tiene cerca de 90°. Pero de ir todavía <br/>más lejos en el camino de las deduc ciones, y me atrevería a afirmar que este ejemplar <br/>humano pertenece a la familia que se extiende desde la India hasta los límites de la <br/>Europa Occidental. ¡No os sonriáis, señores! <br/>No se sonreía nadie; pero, ¡era tal la costumbre que el pro fesor tenía de ver sonreír a <br/>todo el mundo durante sus sabias disertaciones! <br/>-Si -prosiguió, animándose de nuevo-; se trata de un hombre fósil y contemporáneo de <br/>los mastodontes cuyas osamentas llenan este anfiteatro. Pero no osaré deciros por qué vía <br/>han llegado aquí; de qué modo esas capas donde yacían se han deslizado hasta esta <br/>enorme caverna del globo. Sin duda, en la época cuaternaria, se verificaban aún <br/>trastornos considerables en la corteza terrestre: el enfriamiento continuo del globo <br/>producía grietas, fendas, hendeduras por las cuales se escurría probablemente una parte <br/>del terreno superior. No quiere esto decir que sustente yo esta teoría, pero el hecho es que <br/>aquí tenemos al hombre, rodeado de las obras de su propia mano, de esas hachas, de esos <br/>sílices tallados, que han constituido la edad de piedra, y, a menos que no haya venido <br/>como yo, como un excursionista, como un cultivador de la ciencia, no puedo poner en <br/>duda la autenticidad de su remoto origen. <br/>Enmudeció el profesor y prorrumpieron mis manos en uná nimes aplausos. Por otra <br/>parte, mi tío tenía razón, y otros bas tante más sabios que su sobrino habrían tenido que <br/>tentarse la ropa antes de tratar de combatirle. <br/>Otro indicio. Aquel cadáver fosilizado no era el único que había en aquel inmenso <br/>osario. A cada paso que dábamos, encontrábamos otros nuevos, de suerte que mi tío tenía <br/>donde elegir el más maravilloso ejemplar para convencer a los incrédulos. <br/>A decir verdad, era un asombroso espectáculo el que ofrecían aquellas generaciones de <br/>hombres y de animal es confundidos en aquel cementerio. Pero se nos presentaba una <br/>grave cuestión que no osábamos resolver. Aquellos seres animados, ¿se habían deslizado, <br/>mediante una conmoción del suelo, hasta las playas del mar de Lidenbrock cuando ya <br/>estaban convertidos en polvo, o vivieron allí, en aquel mundo subterráneo, bajo aquel <br/>cielo fantástico, naciendo y muriendo como los habitantes de la superficie de la tierra? <br/>Hasta entonces, sólo se nos habían pre sentado vivos los peces y los monstruos marinos; <br/>¿erraría aún por aquellas playas desiertas algún hombre del abismo? <br/>  <br/>XXXIX <br/>Nuestros pies siguieron hollando durante media hora aún aquellas capas de osamentas. <br/>Avanzábamos impulsados por una ardiente curiosidad. ¿Qué otras maravillas y tesoros <br/>para la ciencia encerraba aquella caverna? Mi mirada se hallaba preparada para todas los <br/>sorpresas, y mi imaginación para todos los asombros. <br/>Las orillas del mar habían desaparecido, hacía ya mucho tiempo, detrás de las colinas <br/>del osario. El imprudente profesor alejábase demasiad o conmigo sin miedo de <br/>extraviarse. Avanzábarnos en silencio bañados por las ondas eléctricas. Por un fenómeno <br/>que no puedo explicar, y gracias a su difusión, que entonces era completo, alumbraba la <br/>luz de una manera uniforme las diversas superficies de los objetos. Como no dimanaba de <br/>ningún foco situado en un punta determinada del espacio, no producía efecto alguno de <br/>sombra. Todo ocurría como si nos encontrásemos en pleno mediodía y en pleno estío, en <br/>medio de las regiones ecuatoriales, bajo los rayos verticales del sol. Todos los vapores<br/><br/><br/>Page No 116<br/><br/>habían desaparecido. Las rocas, las montañas lejanas, algunas masas confusas de selvas <br/>alejadas adquirían un extraño aspecto bajo la equitativa distribución del fluido luminoso. <br/>Nos parecíamos al fantástico personaje de Hoffmann que perdió su sombra. <br/>Después de una marcha de una milla, llegamos al lindero de una selva inmensa, que en <br/>nada se parecía al bosque de hongos próximo a Puerto-Graüben. <br/>Contemplábamos la vegetación de la época terciaria en toda su magnificencia. Grandes <br/>palmeras, de especies actualmente extinguidas, soberbios guanos, pinos, tejos, cipreses y <br/>tuyas representaban la familia de las coníferas, y se enlazaban entre sí por medio de una <br/>inextricable red de bejucos. Una alfombra de musgos y de hepáticas cubría muellemente <br/>la tierra. Algunos arroyos murmuraban debajo de aquellas sombras, si es que puede <br/>aplicárseles tal nombre, toda vez que, en realidad, no había som bra alguna. En sus <br/>márgenes crecían helechos arborescentes parecidos a los que se crían en los invernáculos <br/>del mundo habitado. Sólo faltaba el color a aquellos árboles, arbustos y plantas, privados <br/>del calor vivificante del sol. Todo se confundía en un tinte uniforme, pardusco y como <br/>marchito. Las hojas no poseían su natural verdor, y las flores, tan abundantes en aquella <br/>época terciaria que las vio nacer, sin color ni perfume a la sazón, pare cían hechos de <br/>papel descolorido bajo la acción de la luz. <br/>Mi tío Lidenbrock aventuróse bajo aquellas gigantescas selvas. Yo le seguí no sin cierta <br/>aprensión. Puesto que la Natu raleza había acumulado allí una abundante alimentación <br/>vegetal, ¿quién nos aseguraba que no había en su interior formida bles mamíferos? Veía <br/>en los amplios claros que dejaban los árboles derribados y carcomidos por la acción del <br/>tiempo, plantas leguminosas acerinas, rubráceas y mil otras especies comestibles, <br/>codiciadas por los rumiantes de todas las períodos. Después aparecían confundidos y <br/>entremezclados los árboles de las regiones más diversas de la superficie del globo crecía <br/>la encina al lado de la palmera, el eucalipto australiano se apoya ba en el abeto de <br/>Noruega, el abedul del Norte entrelazaba sus ramas con las del kauris zelandés. Había <br/>suficiente motivo para confundir la razón de los más ingeniosos clasificadores de  la <br/>botánica terrestre. <br/>De repente, detúveme y detuve con la mirada a mi tío. <br/>La luz difusa permitía distinguir los menores objetos en la profundidad de la selva. <br/>Había creído ver... ¡no! ¡veía en realidad con mis ojos unas sombras inmensas agitarse <br/>debajo de los árbo les! Eran. efectivamente, animales gigantescos; todo un rebaño de <br/>mastodontes, no ya fósiles, sino vivos, parecidos a aquellas cuyos restos fueron <br/>descubiertos en 1801 en las pantanos del Ohio. Contemplaba aquellos elefantes <br/>monstruosos, cuyas trompas se movían entre los árboles como una legión de serpientes. <br/>Escuchaba el ruido de sus largos colmillos cuyo marfil taladraba los viejos troncos. <br/>Crujían las ramas, y las hayas, arrancadas en cantidades enormes, desaparecían por las <br/>inmensas fauces de aquellos enormes monstruos. <br/>¡El sueño en que había visto renacer todo el mundo de los tiempos prehistóricos, de las <br/>épocas ternaria y cuaternaria tomaba forma real! Y estábamos allí, solos, en las entrañas <br/>del globo, a merced de sus feroces habitantes <br/>Mi tío miraba atónito. <br/>-Vamos -dijo de repente, asiéndome por el brazo-. ¡Adelante! ¡Adelante! <br/>-No  -exclamé-; carecemos de armas. ¿Qué haríamos en medio de ese rebaño de <br/>gigantescos cuadrúpedos? ¡Venga, tío, venga! ¡Ninguna criatura humana podría desafiar <br/>impunemente la cólera de esos monstruos!<br/><br/><br/>Page No 117<br/><br/>-¡Ninguna criatura humana! -respondió mi tío bajando la voz -. ¡Te engañas, Axel! <br/>¡Mira! ¡Mira hacia allí! Me parece que veo un ser viviente Un ser semejante a nosotros. <br/>¡Un hombre! <br/>Miré, encogiéndome de hombros, resuelto a llevar mi incre dulidad hasta los últimos <br/>limites: pero no tuve mas remedio que rendirme a la evidencia. <br/>¡En efecto, a menos de un cuarto de hora, apoyado sobre el tronco de un enorme kauris, <br/>un ser humano, un Proteo de aque llas subterráneas regiones, un nuevo hijo de Neptuno, <br/>apacentaba aquel innumerahie rebaño de mastodontes! <br/>Inmanis pecoris custos inmanior ipse! <br/>¡Si! inmanior ipse!  No se trataba ya del ser fósil cuyo cadáver habíamos levantado en <br/>el osario, sino de un gigante capaz de imponer su voluntad a aquellos monstruos. Su talla <br/>era mayor de doce pies. Su cabeza, del tamaño de la de un búfalo, desaparecía entre las <br/>espesuras de una cabellera inculta, de una melena de crines parecida a la de los elefantes <br/>de las primitivas édades. <br/>Blandía en su mano un enorme tronco, digno de aquel pastor antediluviano. <br/>Habíamos quedado inmóviles, estupefactos; podíamos ser de un momento a otro <br/>descubiertos; había que huir. <br/>-¡Venga usted! ¡Venga usted! -exclamé. tirando de mi tío, quien, por primera vez, hubo <br/>de dejarse arrastrar. <br/>Un cuarto de hora más tarde, nos hallábamos fuera de la vista de aquel formidable <br/>enemigo. <br/>Y ahora que pienso en ello con tranquilidad, ahora que ha renacido la calma en mi <br/>espíritu, y han transcurrido meses desde este extraño y sobrenatural encuentro, ¿qué debo <br/>pensar, qué creer? ¡No! ¡Es imposible! Hemos sido juguete de una alucina ción de los <br/>sentidos! Nuestros ojos no vieron lo que creyeron ver! ¡No existe en aquel mundo <br/>subterráneo ningún hombre! ¡No habita aquellas caverna s inferiores del globo una <br/>generación humana, que no sospecha la existencia de los pobladores de la superfcie ni se <br/>encuentra con ellos en comunicación! ¡Es una insensatez! ¡Una locura! <br/>Prefiero admitir la existencia de algún animal cuya estructura se aproxime a la humana, <br/>de algún enorme simio de las primeras épocas geológicas, de algún protopiteco, de algún <br/>mesopiteco parecido al que descubrió el señor Lartet en el lecho osifero de Sansan. Sin <br/>embargo, la talla del que vimos nosotros excedía a todas la s medidas dadas por la <br/>paleontología modema. Mas, no importa, era un simio; sí, un simio, por inverosímil que <br/>sea. Pero ¡un hombre, un hombre vivo, y con él toda una gene ración sepultada en las <br/>entrañas de la tierra, es completamente imposible! ¡Eso, jamás! <br/>Entretanto, habíamos abandonado la selva clara y luminosa, mudos de asombro, <br/>anonadados bajo el peso de una estupefacción rayana en el embrutecimiento. Corríamos a <br/>pesar nuestro. Era aquello una verdadera huida, semejante a esos arrastres espantosos que <br/>creemos sufrir en ciertas pesadillas. Instintiva mente, nos dirigíamos hacia el mar de <br/>Lidenbrock, y no sé en qué divagaciones se hubiera extraviado mi espíritu, a no ser por <br/>una preocupación que me condujo a observaciones más prácticas. <br/>Aunque estaba seguro de pisar un suelo que jamás hollaron mis pasos, advertía con <br/>frecuencia ciertos grupos de rocas cuya forma me recordaba los de Puerto -Graüben. A <br/>veces, había moti vo sobrado para equivocarse. Centenares de arroyos y cascadas <br/>precipitábanse saltando entre las rocas. Parecíame ver la capa de surtarbrandr, nuestro fiel <br/>Hans-Bach y la gruta en que había yo recobrado la vida. Algunos pasos más lejos, la<br/><br/><br/>Page No 118<br/><br/>disposición de las estribaciones del monte, la aparición de un mochuelo, el perfil <br/>sorprendente de una roca venía a sumergirme de nuevo en un piélago de dudas. <br/>El profesor participaba de mi indecisión: no podía orientar se en medio de aquel <br/>uniforme panorama. Lo comprendí por algunas palabras que hubieron de escapársele. <br/>-Evidentemente -le dije-, no hemos vue lto a nuestro punto de partida; pero no cabe <br/>duda de que, contorneando la playa, nos aproximaremos a Puerto-Graüben. <br/>-En ese caso  -respondió mi tío-, es inútil continuar esta exploración, y me parece lo <br/>mejor que regresemos a la balsa. Pero, ¿no te engañas, Axel? <br/>-Difícil resulta el dar una contestación categórica, porque todas éstas rocas se parecen <br/>unas a otras. Creo reconocer, sin embargo, el promontorio a cuyo pie construyó Hans el <br/>artefacto en que hemos cruzado el Océano. Debemos encontrarnos cerca del  pequeño <br/>puerto, si es que no es este mismo -añadí examinando un surgidero que creí reconocer. <br/>-No, Axel --dijo mi tía : encontraríamos nuestras propias huellas, al menos, y yo no vea <br/>nada... <br/>-¡Pues yo sí veo! -exclamé arrójándome sobre un objeto que brillaba sobre la arena. <br/>-¿Qué es eso? <br/>-¡Mire usted! -exclamé, mostrando a mi tío un puñal que acababa de recoger. <br/>-¡Calma! -dijo este último-. ¿Habías tú traído ese arma contigo? <br/>No ciertamente; supongo que la habrá traído usted. <br/>-No, que yo sepa; es la primera vez que veo semejante objeto. <br/>-Lo mismo me ocurre a mí, tío. <br/>-¡Es extraño! <br/>-No, por cierto: es sumamente sencillo; los islandeses suelen llevar consigo esta clase <br/>de armas, y ésta pertenece sin duda a nuestro guía, que la ha perdido en esta playa... <br/>-¡A Hans! -dijo m¡ tío con acento de duda, sacudiendo la cabeza. <br/>Después examinó el arma atentamente. <br/>-Axel -me dijo, al fin, con grave acento -, este puñal es un arma del siglo XVI; una <br/>verdadera daga de las que los caballeros llevaban a la cintura para ase star el golpe de <br/>gracia al adversario: es de origen español, y no ha pertenecido ni a Hans, ni a ti, ni a mí. <br/>-¡Como! ¿Quiere usted decir...? <br/>-Mira si hubiera sido hundida.en la garganta de un ser humano no se habría mellado de <br/>esta suerte; la hoja está cubierta de una capa de herrumbre que no data de un día ni de un <br/>año, ni de un siglo. <br/>El profesor se animaba, según su costumbre, dejándose arrastrar por su imaginación. <br/>-Axel-prosiguió en seguida-, ¡nos encontramos en el verdadero camino del gran <br/>descubrimiento! Este puñal ha per manecido abandonado sobre la arena por espacio de <br/>cien, doscientos, trescientos años, y se ha mellado contra las rocas de este mar <br/>subterráneo. <br/>-Mas no habrá venido solo ni se habrá mellado por sí mismo  -exclamé-; ¡alguien nos <br/>habrá precedido...! <br/>-Sí un hombre. <br/>-Y ese hombre, ¿quién ha sido? <br/>-¡Ese hombre ha grabado su nombre con este puñal! ¡Ese hombre ha querido señalarnos <br/>otra vez, con su propia mano, el camino del centro de la tierra! ¡Busquémosle! <br/>¡Busquémosle!<br/><br/><br/>Page No 119<br/><br/>E impulsados por  un vivo interés, empezamos a recorrer la elevada muralla, <br/>examinando atentamente las más insignificantes grietas que podían ser principio de <br/>alguna galería. <br/>De esta suerte llegamos a un lugar en que se angostaba la playa, Ilegando el mar casi a <br/>bañar las estribaciones del acantilado, y no dejando más que un paso de una toesa a lo <br/>sumo de anchura. <br/>Entre dos protuberancias avanzadas de la roca, encontramos entonces la entrada de un <br/>túnel obscuro; y en una de estas peñas de granito descubrieron nuestras ójos, atónitos, dos <br/>letras misteriosas, medio borradas ya: las dos iniciales del intrépido y fan tástico <br/>explorador: <br/>                                  -¡A. S.! - exclamó mi tío- ¡Arne Saknussemm! ¡Siempre Arne Saknussemm! <br/>  <br/>XL <br/>Desde el pri ncipio de aquel accidentado viaje había experi mentado tantas sorpresas, <br/>que creí que ya nada en el mundo podría maravillarme. Y, sin embargo, ante aquellas dos <br/>letras, grabadas tres siglos atrás, caí en un aturdimento cercano a la estupidez. No sólo <br/>leía en la roca la fïrma del sabio alquimista, sino que tenía entre mis manos el estilete con <br/>que había sido grabada. A menos de proceder de mala fe, no podía poner en duda la <br/>existencia del viajero y la realidad de su viaje. <br/>¡Mientras estas reflexiones bullían en mi mente, el profesor Lidenbrock se dejaba <br/>arrastrar por un acceso algo ditirámbico en loor de Arne Saknussemm. <br/>-¡Oh maravilloso genio! -exclamó-, ¡no has olvidado ninguna de los detalles que podían <br/>abrir a otros mortales las vías de la corteza terrestre, y así, tus semejantes pueden hallar, <br/>al cabo de tres siglos, las huellas que tus plantas dejaron en el seno de estos subterráneos <br/>obscuros ¡Has reservado a otras miradas dis tintas de las tuyas la contemplación de tan <br/>extrañas maravillas! Tu nombre, grabado de etapa en etapa, conduce derecho a su meta al <br/>viajero dotado de audacia sufïciente para seguirte, y, en el centro mismo de nuestro <br/>planeta, estará también to nombre, escrito por tu propia mano. Pues bien, también yo iré a <br/>firmar con mi mano esta ú ltima página de granito! Pero que, desde ahora mismo, este <br/>cabo, visto por ti, junto a este mar por ti también descubierto, sea para siempre llamado el <br/>Cabo Saknussemm. . <br/>Estas fueron, sobre poco más a menos, las palabras que sus labios pronunciaron, y, al <br/>oírlas, sentíme invadido por el entusiasmo que respiraba en ellas. <br/>Sentí que renacía un nueva fuerza en el interior de mi pecho; olvidé los padecimientos <br/>del viáje y los peligros del regreso. Lo que otro hombre había hecho también quería <br/>hacerlo yo, y nada que fuese humano me parecía imposible. <br/>-¡Adelante! ¡Adelante! -exclamé lleno de entusiasmo. <br/>E iba a internarme ya en la obscura galería, cuando el pro fesor me detuvo, y él, el <br/>hombre de los entusiasmos, me aconsejó paciencia y sangre fría. <br/>-Volvamos, ante todo -me dije-, a buscar a nuestro fiel Hans, y traigamos la balsa a este <br/>sitio.<br/><br/><br/>Page No 120<br/><br/>Obedecí esta orden, no sin contrariedad, y me deslicé rápidamente por entre las rocas <br/>de la playa. <br/>-Verdaderamente, tío -dije mientras caminábamos-, que hasta ahora las  circunstancias <br/>todas nos han favorecido. <br/>-¡Ah! ¿Lo crees así, Axel? <br/>-Sin duda de ningún género; hasta la tempestad nos ha traído al verdadero camino. <br/>¡Bendita la tempestad que nos ha vuelto a esta costa de donde la bonanza nos habría <br/>alejado! Supongamos por un momento que nuestra proa  -la proa de la balsa - hubiera <br/>llegado a encallar en las playas meridionales del mar de Lidenbraek ¿qué habría sido de. <br/>nosotros? Nuestras ojos no hubieran trapezado con el nombre de Salkussemm y <br/>actualmente nos veríamos abandonados en una playa sin salida. <br/>-Sí, Axel; es providencial que, navegando hacia el Sur, hayamos llegado al Norte, y <br/>precisamente al Cabo Sakussemm. Debo confesar que es sorprendente, y que hay aquí un <br/>hecho cuya explicación desconozco en absoluto. <br/>-¡Bah! ¡Qué importa! Lo que debemos procurar es apro vecharnos de las hechos, no <br/>explicarnoslos. <br/>-Sin duda, hijo mío, pero.. <br/>-Pero vamos a emprender otra vez el camino que conduce hacia el Norte; a pasar <br/>nuevamente por debajo de las países sep tentrionales de Europa: Suecia. Rusia, Siberia... <br/>¡qué sé yo! en vez de engolfarnos bajo los desiertos de África o las alas del Océano, de <br/>las cuales no quiero oír hablar más. <br/>-Sí, Axel, tienes razón, y todo ha venido a redundar en provecho nuestro, toda vez que <br/>vamos a ab andonar este mar que, por su horizontalidad, no podía conducirnos al lugar <br/>apetecido. Vamos a bajar otra vez, a bajar sin descanso, ¡a bájar siempre! Bien sabes que, <br/>para llegar al centro del globo, sólo nos quedan que atravesar 1.500 leguas. <br/>-¡Bah! -exclamé yo- ¡no vale verdaderamente la pena hablar de esa pequeñez! ¡En <br/>marcha! ¡En marcha! <br/>Este insensato diálogo duraba todavía cuando nos reunimos con el cazador. Todo estaba <br/>preparado para la marcha inmediata; todos los bultos habían sido embarcados. Tomamos <br/>asiento en la balsa, y, una vez izada la vela, navegamos, barajando la costa, en demanda <br/>del Cabo Salmussemm, Ilevando Ucus el timón. <br/>El viento no era favorable para aquel artefacto que no lo podía ceñir, así que en muchos <br/>lugares tuvimos que avanzar con la ayuda de los bastones herrados. A menudo, las <br/>piedras situadas al filo del agua nos obligaban a dar rodeos importantes. Por fin, después <br/>de tres horas de navegación, es decir, las seis de la tarde, llegamos a un lugar propicio <br/>para el desembarco. <br/>Salté a tierra, seguido de mi tío y del islandés. Esta travesía no disminuyó mi <br/>entusiasmo; al contrario, hasta propuse quemar nuestras naves a fin de cortarnos la <br/>retirada; pero mi tío se opuso a ello. Encontréle muy frío. <br/>-Al menos --dije-, partamos sin perder un momento. <br/>-Sí, hijo mío; pero antes, examinemos esta nueva galería, con objeto de saber si es <br/>preciso preparar las escalas. <br/>Mi tío puso en actividad su aparato de Ruhmkorlf; dejamos la balsa bien amarrada a la <br/>orilla, y nos dirigimos, marchando yo a la cabeza, a la boca de la galería que sólo distaba <br/>de allí veinte pasos.<br/><br/><br/>Page No 121<br/><br/>La abertura, que era casi circular, tenía un diámetro de cinco pies aproximadamente; el <br/>obscuro túnel estaba abierto en la roca viva y cuidadosamente barnizado por las materias <br/>eruptivas a las cuales dio paso en otra época su parte inferior encontrábase al nivel del <br/>suelo, de tal suerte que podía penetrarse en él sin dificultad alguna. <br/>Caminábamos por un plano casi horizontal, cuando, al cabo de seis pasos, nuestra <br/>marcha se vio interrumpida por la interposición de una enorme roca. <br/>-¡Maldita roca!  -exclamé con furor, al verme detenido de repente par un obstáculo <br/>infranqueable. <br/>Por más que buscamos a derecha a izquierda, por arriba y por abájo, no dimos con <br/>ningún paso, con ninguna bi furcación. Experimenté una viva contrariedad, y no me <br/>resignaba a admitir la realidad del obstáculo. Me agaché, y miré por debájo de la roca sin <br/>hallar ningún intersticio. Examiné después la parte supe rior, y tropecé con la misma <br/>barrera de granito. Hans paseó la luz de la lámpara a lo largo de la pared, pero ésta no <br/>presentaba la menor solución de continuidad. <br/>Era preciso renunciar a toda esperanza de descubrir un paso. <br/>Yo me senté en el suelo, en tanto que mi tío recorría a grandes pasos aquel corredor de <br/>granito. <br/>-Pero, ¿Saknussemm? -exclamé yo. <br/>-Eso estoy pensando yo  -dijo mi tío- .¿Se vería deteni do quizá por esta puerta de <br/>piedra? <br/>-¡No, no!  -repliqué vivamente-. Esta roca debe haber obstruido la entrada de una <br/>manera brusca a consecuencia de alguna sacudida sísmica o de uno de esos fenómenos <br/>magnéticos que agitan todavía la superficie terrestre. Han mediado largos años entre el <br/>regreso de Saknussemm y la caída de esta piedra. Es evidente que esta galería ha sido en <br/>otro tiempo el camino seguido por las lavas, y que, entonces, las materias eruptivas cir-<br/>culaban por ella libremente. Mire usted, hay grietas recientes que surcan este techo de <br/>granito, construido con trazos de piedras enormes, como si la mano de algún gigante <br/>hubiera trabajado en esta obst rucción; pero un día, el empuja fue más fuerte, y este <br/>bloque, cual clave de una bóveda que falla, deslizóse hasta el suelo, dejando obstruido el <br/>paso. Henos, pues, ante un obstáculo accidental que no encontró Saknussemm, y, si no la <br/>removemos, somos indignos de llegar al centro del mundo. <br/>Este era mi lenguaje, cual si el alma del profesor se hubiese albergado en mí toda <br/>entera. Inspirábame el genio de los descubrimientos. Olvidaba lo pasado y desdeñaba lo <br/>porvenir. Ya nada existía para mí en la superficie  del esferoide en cuyo seno habí ame <br/>engolfado: ni ciudades, ni campos, ni Hamburgo, ni la König -strasse, ni mi pobre <br/>Graüben, que, a la sazón, debía creerme para siempre perdido en las entrañas de la tierra. <br/>-Abrámonos camino a viva fuerza -dijo mi tío-; derribemos esta muralla a golpes de <br/>azadón y de piqueta. <br/>-Es demasiado dura para eso -exclamé yo. <br/>-Entonces... <br/>Recurramos a la pólvora. Practiquemos una mina y volemos el obstaculo. <br/>-¡La pólvora! <br/>-¡Sí, sí! ¡Sólo se trata de volar un trozo de roca! <br/>-¡Manos a la obra, Hans! -exclamó entonces mi tío. <br/>Volvió el islandés a la bolsa y pronto regresó con un pico, del cual hubo de servirse <br/>para abrir un pequeño barreno. No era tra bájo sencillo. Tratábase de abrir un orificio lo<br/><br/><br/>Page No 122<br/><br/>bastante considerable para conten er cincuenta libras de algodón pólvora cuya fuerza <br/>expansiva es cuatro veces mayor que la de la pólvora ordinaria. <br/>Me hallaba en un estado de sobreexcitación espantoso. Mientras Hans trabajaba ayudé <br/>activamente a mi tío a preparar una larga mecha hecha de pólvora mojada y encerrada en <br/>una especie de tripa de tela. <br/>-¡Pasaremos! -decía yo. <br/>-¡Pasaremos! -repetía mi tío. <br/>A media noche, nuestro trabajo de zapa estaba terminado por completo; la carga de <br/>algodón pólvora había sido depositada en el barreno, y la mecha se prolongaba a lo largo <br/>de la galería hasta salir al exterior. <br/>Sólo faltaba una chispa para provocar la explosión. <br/>-¡Hasta mañana! -dijo el profesor entonces. <br/>Fue preciso resignarse, y esperar todavía durante seis largas horas. <br/>  <br/>XLI <br/>El siguiente, jueves 27 de agosto, fue una fecha célebre de aquel viaje subterráneo. No <br/>puedo acordarme de ello sin que el espanto haga aún palpitar mi corazón. <br/>A partir de aquel momento, nuestra razón, nuestro juicio y nuestro ingenio dejaron de <br/>tener participación alguna en los acontecimientos, convirtiéndonos en meros juguetes de <br/>los fenómenos de la tierra. <br/>A las seis, ya estábamos de pie. Se aproximaba el momento de abrirnos paso a través de <br/>la corteza terrestre, por medio de una explosión. <br/>Solicité para mí el honor de dar fuego a la mina. Una vez hecho esto, debería reunirme <br/>a mis compañeros sobre la balsa que no había sido descargada, y en seguida nos <br/>alejaríamos, con el fin de substraemos a lös peligros de la explosión, cuyos efec tos <br/>podrán no limitarse al interior del macizo. <br/>La mecha, según nuestros cálculos, debía tardar diez minutos en comunicar el fuego a <br/>la mina. Tenía, pues, tiempo bastante para refugiarme en la balsa. <br/>Preparéme, no sin cierta emoción, a desempeñar mi papel. <br/>Después de almorzar muy de prisa, se embarcaron mi tío y el cazador, quedándome ya <br/>en la orilla, provisto de una linterna encendida que debía servirme para dar fuego a la <br/>mecha. <br/>-Anda, hijo mío  --díjome el profesor -. Prende fuego al artificio y regresa <br/>inmediatamente. <br/>-Esté usted tranquilo, tío, que no me entretendré en el camino. <br/>Dirigíme en seguida hacia la abertura de la galería, abrí la linterna y cogí la extremidad <br/>de la mecha. <br/>El profesor tenía el cronómetro en la mano. <br/>-¿Estás listo? -gritóme. <br/>-¡Listo! -le respondí. <br/>-Bien, pues, ¡fuego!, hijo mío. <br/>Acerqué rápidameñte a la llama mi punta de la mecha que empezó a chisporrotear en <br/>seguida, y corriendo como una exalación, volví a la orilla. <br/>-Embarca -me dijo mi tío-, que vamos a desatracar. <br/>Salté a bordo, y Hans, de un violento empujón,  impulsónos hacia el mar, alejándose la <br/>balsa unas veinte toesas.<br/><br/><br/>Page No 123<br/><br/>Fue un momento de viva ansiedad; el profesor no apartaba la vista de las manecillas del <br/>cronómetro. <br/>Faltan cinco minutos -decía-. Faltan cuatro. Faltan tres. <br/>Mi pulso latía con violencia. <br/>-¡Faltan dos! ¡Falto uno...! ¡Desplomáos, montañas de granito! <br/>¿Qué sucedió entonces? Me parece que no oí el ruido de la detonación; pero la forma <br/>de las rocas modificóse de pronto. Pareció como si se hubiese descorrido un telón. <br/>Vi abrirse en la misma playa un insondable abismo. El mar, como presa de un vértigo <br/>horrible. convirtióse en una ola enor me, sobre lo cual levantóse la bolsa casi <br/>perpendicularmente. <br/>Las tres nos desplomamos. En menos de un segundo, extin guióse la luz y quedamos <br/>sumidos en las más espantosas tinieblas. Sentí después que faltaba el punto de apoyo, no <br/>a mis pies, sino a la balsa. Creí que se nos iba a pique; pero no fue así, por fortuna. <br/>Hubiera deseado dirigir la palabra a mi tío; pero el rugir de las olas le habría impedido el <br/>oírme. <br/>A pesar de las tinieblas, del ruido, de la sorpresa y de la emoción, comprendí la que <br/>acababa de ocurrir. <br/>Al otro lado de la roca que habíamos volado existía un abis mo. La explosión había <br/>provocado una especie de terremoto en aquel terreno agrietado; el  abismo se había <br/>abierto, y convertido en torrente, nos arrastraba hacia él. <br/>Me consideré perdido. <br/>Una hora, dos horas... ¡qué se yo! transcunrieron así. Nos entrelazamos los brazos, nos <br/>asíamos fuertemente con las manos a fin de no ser despedidos de la ba lsa. Producíanse <br/>conmociones de extremada violencia cada vez que esta última chocaba contra las <br/>paredes. Estos choques, sin embargo. eran raros, de donde deduje que la galería se <br/>ensanchaba considerablemente. Aquél era, a no dudarlo, el camino de Saknussemm; pero <br/>en vez de des cender nosotros solos, habíamos arrastrado todo un mar con nosotros, <br/>gracias a nuestra imprudencia. <br/>Bien se comprenderá que estas ideas asaltaron mi mente de un moda vago y obscuro, <br/>costándome mucho trabajo asociarlas durante aquella vertiginosa carrera que parecía una <br/>caída. A juzgar por el aire que me azotaba la cara, nuestra velocidad debía ser superior a <br/>la de los trenes más rápidos. Era, pues, imposible encen der una antorcha en tales <br/>condiciones, y nuestro último aparato eléctrico habíase destrozado en el momento de la <br/>explosión. <br/>Grande fue, pues, mi sorpresa al ver repentinamente bri llar una luz a mi lado, que <br/>iluminó el semblante de Hans. El hábil cazador había lograda encender la linterna, y, <br/>aunque su llama vacilaba, amenazando apagarse, lanzó algunas resplandores en aquella <br/>espantosa obscuridad. <br/>La galería era ancha, cual ya me había figurado. Nuestra insuficiente luz no nos <br/>permitía ver sus dos paredes a un tiempo. La pendiente de las aguas que nos arrastraban <br/>excedía a la d e las rápidos más insuperables de América; su superficie parecía formada <br/>por un haz de flechas líquidas, lanzadas con extremada violencia. No encuentro otra <br/>comparación que exprese mejor mi idea. La balsa corría a veces dando vueltas, al <br/>impulso de ciertos remolinos. Cuando se aproximaba a las paredes de la galería, acercaba <br/>a ellas la linterna, y su luz me permitía apreciar la velocidad que llevábamos al ver que <br/>los salientes de las rocas traza ban líneas continuas, de suerte que nos hallábamos, al<br/><br/><br/>Page No 124<br/><br/>parecer, encerrados en una red de líneas movedizas. Calculé que nuestra velocidad debía <br/>ser do treinta leguas por hora. <br/>Mi tío y yo nos mirábamos con inquietud, agarrados al trozo de mástil que quedaba. <br/>pues, en el momento de la explosión, este último se había  roto en dos pedazos. <br/>Marchábamos con la espalda vuelta al aire, para que no nos asfixiase la rapidez de un <br/>movimiento que ningún poder humano podía contrarrestar. <br/>Las horas, entretanto, transcurrían, y la situación no cam biaba, hasta que un nuevo <br/>incidente vino a complicarla. <br/>Como tratase de arreglar un poco la carga, vi que la mayor parte de los objetos que <br/>componían nuestro impedimento habían desaparecido en el momento de la explosión, <br/>cuando fuimos envueltos por el mar. Quise saber exactamente a qué atenerme respecto a <br/>los recursos con que contábamos, y, con la linterna en la mano, empecé a hacer un <br/>recuento. De nuestros instrumentos, solamente quedaban la brújula y el cronómetro. Las <br/>escalas y las cuerdas reducíanse a un pedazo de cable enrrollado alrededor del trozo de <br/>mástil. No quedaba un azadón. ni un pieo ni un martillo, y ¡oh desgracia irreparable!, no <br/>teníamos víveres más que para un solo día. <br/>Me puse a registrar los intersticios de la balsa, los más insig nificantes rincones <br/>formados por las v igas y las juntas de las tablas. ¡Pero, nada! Nuestras provisiones <br/>consistían únicamente en un trozo de carne seca y algunas galletas. <br/>Quedéme como alelado, sin querer comprender. Y, bien mirado, ¿porqué preocuparme <br/>de aquel peligro? Aun cuando hubiésemos  tenido víveres suficientes para meses y aun <br/>para años, ¿cómo salir de los abismos a que nos arrastraba aquel irresistible torrente? ¿A <br/>que temer las torturas del hambre cuando ya me amenazaba la muerte bajo tantas otras <br/>formas? ¿Acaso teníamos tiempo de morir de inanición? <br/>Sin embargo, por una inexplicable rareza de la imaginacion, olvidé los peligros <br/>inmediatos ante las amenazas de lo porvenir que hubieran de mostrárseme con todo su <br/>espantoso horror. Además, ¿No podríamos escapar a los furores del torrente y volver a la <br/>superficie del globo? ¿De qué manera? Lo ignora. ¿Dónde? ¡El lugar no hacía al caso! <br/>Una probabilidad contra mil no deja de ser siempre una probabilidad; en tanto que la <br/>muerte por hambre no nos dejaba siquiera ni un átomo de esperanza. <br/>Ocurrióseme la idea de decírselo todo a mi tío, de manifestarle el desamparo en que nos <br/>encontrábamos, y de hacer el cálculo exacto del tiempo que nos quedaba de vida; pero <br/>tuve el valor de callarme. Quise que conservase toda su serenidad. <br/>En aquel momento, debilitóse poco a poco la luz de la lin terna, hasta que se extinguió <br/>por completo. La mecha se había consumido hasta el fin. La obscuridad hízose de nuevo <br/>absoluta. No había que soñar ya con poder desvanecer sus impenetrables tinieblas. Nos <br/>quedaba una antorcha todavía; pero habría sido imposible el mantenerla encendida. <br/>Entonces cerré los ojos, como un niño pequeño, para no ver las tinieblas. <br/>Después de un período de tiempo bastante considerable, redoblóse la velocidad de <br/>nuestra vertiginosa carrera. La mayor fuerza con que el aire me azotaba la cara me lo <br/>hubo de hacer notar. La pendiente de las aguas se hacía cada vez mayor. Creo <br/>verdaderamente que caíamos en vez de resbalar. La impresión que sentía era la de una <br/>caída casi vertical. Las manos de mi t ío y las de Hans, fuertemente aferradas a mis <br/>brazos, reteníanme con vigor. <br/>De repente, después de un espacio de tiempo que no puedo precisar, sentimos como un <br/>choque; la balsa no había tropezado con ningún cuerpo duro, pero se había detenido de<br/><br/><br/>Page No 125<br/><br/>repente en su caída. Una tromba de agua, una inmensa columna líquida cayó entonces <br/>sobre ella. Sentíme sofocado; me ahogaba. <br/>Esta inundación momentánea no duró, sin embargo, mucho tiempo. Al cabo de algunos <br/>segundos encontréme de nuevo al aire libre, que respiraron con avidez mis pulmones. Mi <br/>tío y Hans me apretaban los brazos hasta casi rompérmelos, y los tres nos hallábamos aún <br/>encima de la balsa. <br/>  <br/>XLII <br/>Calculo que serían entonces las diez de la noche. El primero de mis sentidos que volvió <br/>a funcionar después de l a zambullida fue el oído. Oí casi en seguida  -porque fue un <br/>verdadero acto de audición -, oí, repito, restablecerse el silencio dentro de la galería, <br/>reemplazando a los rugidos que durante muchas horas aturdieron mis oídos. Por fin llegó <br/>hasta mi como un murmullo la voz de mi tío, que decía: <br/>-¡Subimos! <br/>-¿Qué quiere usted decir? -exclamé. <br/>-¡Que subimos, sí, que subimos! <br/>Extendí entonces el brazo, toqué la pared con la mano y la retiré ensangrentada. <br/>Subimos, en efecto, con una velocidad espantosa. <br/>-¡La antorcha la antorcha! -exclamó el profesor. <br/>Hans no sin dificultades, logró, al fin, encenderla, y, aunque la llama de la luz dirigióse <br/>de arriba abajo, a conse cuencia del movimiento ascensional, produjo claridad suficiente <br/>para alumbrar toda la escena. <br/>-Todo sucede como me lo había imaginado  -dijo mi tío- nos hallamos en un estrecho <br/>pozo que sólo mide cuatro toesas de diámetro. Después de llegar el agua al fondo del <br/>abismo, recobra su nivel natural y nos eleva consigo. <br/>-¿A dónde? <br/>-Lo ignoro en absoluto; pero conviene estar preparados para todos los acontecimientos. <br/>Subimos con una velocidad que calculo en dos toesas por segundo, o sea ciento venite <br/>toesas por minuto, a más de tres leguas y media por hora. A este paso, se adelanta <br/>bastante camino. <br/>-Sí, si nada nos detiene; si tiene salida este pozo. Pero si está taponado, si el aire se <br/>comprime poco a pocó bájo la presión enorme de la columna de agua, vamos a ser <br/>aplastados. <br/>-Axel -respondió el profesor, con mucha serenidad-, la situación es casi desesperada; <br/>pero hay aún algunas esperanzas de salvación, que son las que examino. Si es muy cierto <br/>que a cada instante podemos perecer, no lo es menos que a cada momento podremos <br/>también ser salvados. Pongámonos, pues, en situación de aprovechar las menores <br/>circunstancias. <br/>-Pero, ¿qué podemos hacer? <br/>-Preparar nuestras fuerzas, comiendo. <br/>Al oír estas palabras, miré a mi tío con ojos espantados. Había sonado la hora de decir <br/>lo que había querido ocultar. <br/>-¿Comer? -repetí. <br/>-Sí, ahora mismo. <br/>El profesor añadió algunos palabras en danés. <br/>-¡Cómo! -exclamó mi tío-. ¿Se habían perdido las provisiones?<br/><br/><br/>Page No 126<br/><br/>-Sí, he aquí todo lo que nos resta ¡un trozo de cecina para los tres! <br/>Mi tío me miró sin querer comprender mis palabras. <br/>-¿Qué tal? -le pregunté- ¿Cree usted todavía que podremos salvarnos? <br/>Mi pregunta no obtuvo respuesta. <br/>Transcurrió uno hora más y empecé a experimentar un ham bre violenta. Mis <br/>compañeros padecían también, a pesar de lo cual ninguno de las tres nos atrevíamos a <br/>tocar aquel miserable resto de alimentos. <br/>Entretanto, subíamos sin cesar con terrible rapidez. Faltándonos a veces la respiración, <br/>como a los aeronautas cuando ascienden con velocidad excesiva. Pero si éstos sienten un <br/>frío tanto más intenso cuanto mayor es la altura a que se elevan en las regiones aéreas , <br/>nosotros experimentábamos un efecto absolutamente contrario. Crecía la temperatura de <br/>una manera inquietante, y en aquellos momentos no debía bajar de 40°. <br/>-¿,Qué significaba aquel cambio? Hasta entonces, los hechos habían dado la razón a las <br/>teorías de Davy y de Lidenbrock; hasta entonces lass condiciones particulares de las <br/>rocas refractarias, de la electricidad, del magnetismo, habían modificado las leyes genera-<br/>les de la Naturaleza, proporcionándonos una temperatura moderada; porque la teoría del <br/>fuego central siendo; en mi opinión, la única verdadera, la única explicable. ¿Ibámos a <br/>penetrar entonces en un medio en que estos fenómenos se cumplían en todo sin rigor, y <br/>en el cual el calor reducía las rocas a un estado completo de fusión? Así me lo temía, y <br/>por eso dije al profesor: <br/>-Si nos ahogamos o nos estrellamos, y si no nos morimos de hambre, nos queda <br/>siempre la probabilidad de ser quemados vi vos. <br/>Pero él se contentó con encogerse de hombros, y abismóse de nuevo en sus refexiones. <br/>Transcurrió una hora más, y, salvo un ligero aumento de la temperatura no vino ningún <br/>nuevo incidente a modificar la situation. Al fin, rompió el silencio mi tío. <br/>-Veamos -dijo- preciso tomar un partido. <br/>-¿Tomar un partido? -repliqué. <br/>-Sí ; es preciso reparar nuestras  fuerzas. Si tratamos de prolongar nuestra existencia <br/>algunas horas, economizando ese resto de alimentos, permaneceremos débiles hasta el <br/>fin. <br/>-Sí, hasta el fin, que no se hará esperar. <br/>-Pues bien, si se presenta una ocasión de salvarnos, ¿dónde hallaremos  la fuerza <br/>necesaria para obrar, si permitimos que nos debilite el ayuno? <br/>-Y una vez que devoremos este pedazo de carne, ¿qué nos quedará ya, tíó? <br/>-Nada, Axel, nada; pero, ¿te alimentará más comiéndolo con la vista? ¡Tus <br/>razonamientos son propios de un hombre sin voluntad, de un ser sin energía! <br/>-Pero, ¿aún conserva usted esperanzas? -le pregunté, irritado. <br/>-Sí -replicó el profesor, con firmeza. <br/>-¡Cómo! ¿Cree usted que existe algún medio de salvación. <br/>-Sí, por cierto. Mientras el corazón lata, mientras la carne palpite, no me explico que un <br/>ser dotado de voluntad se deje dominar por la desesperación. <br/>Qué admirables palabras El hombre que las pronunciaba en circunstancias tan críticas, <br/>poseía indudablemente un temple poco común. <br/>-Pero, en fin -dije yo-, ¿qué pretende usted hacer?<br/><br/><br/>Page No 127<br/><br/>--Comer lo que queda de alimentos hasta la última migája para reparar nuestras <br/>perdidas fuerzas. Si está escrito que esta comida nuestra sea la última, tengamos <br/>resignación; pero, al menos, en vez de estar extenuados, volveremos o ser hombres. <br/>-¡Comamos, pues! --exclamé. <br/>Tomó mi tío el trozo de carne y las pocas galletas salvados del naufragio, hizo tres <br/>partes iguales y las distribuyó. Cúponos, próximamente una libra de alimentos a cada <br/>uno. El profesor comió con avidez, con una especie de entusiasmo febril; yo, sin gusto, a <br/>pesar de mi hambre, y casi con repugnancia ; Hans, tran quilamente, con moderación, a <br/>bocados menudos que masticaba sin ruido y saboreaba con la calma de un hombre a <br/>quien lo por venir no le inquieta. Huroneando b ien, había encontrado una calabaza <br/>mediada de ginebra que nos ofreció, y aquel licor benéfico logró reanimarme un poco. <br/>-Föttraflig! -dijo Hans, bebiendo a su turno. <br/>-¡Excelente! -respondió mi tío. <br/>Había recobrado algo la esperanza; pero nuestra última comida acababa de terminarse. <br/>Eran entonces las cinco de la mañana. <br/>La constitución del hombre es tal, que su salud es un efecto puramente negativo; una <br/>vez satisfecha la necesidad de comer, es dilícil imaginarse los horrores del hambre; es <br/>preciso experimentarlos para comprenderlos. Al salir de prolongada abstinencia, algunos <br/>bocados de galleta y de carne triunfaron de nuestros pasados dolores. <br/>Sin embargo, después de este banquete, cada cual se entregó a sus reflexiones. ¿En qué <br/>soñaba Hans, el hombre de l extremo Occidente, quíen poseía la resignación fatalista de <br/>los orientales? Por lo que a mí respecta, mis pensamientos encontrábanse llenos de <br/>recuerdos y éstos me conducían a la superficie del globo, que nunca hubiera debido <br/>abandonar. La casa de la K önig-strasse, mi pobre Graüben, la excelente Marta pasaron, <br/>cual visiones, por delante de mis ojos, y, en los lúgubres ruidos que se transmitían a <br/>través del macizo de granito, creía sorprender el ruido de las ciudades de la tierra. <br/>Por lo que respecta a  mi tío, aferrado siempre a su idea, exa minaba con escrupulosa <br/>atención la naturaleza de las terrenos; trataba de darse cuenta de su situación, observando <br/>las capas superpuestas. Este cálculo, o por mejor decir esta apreciación, tan sólo podía ser <br/>aproximada para un sabio que es siempre un sabio, cuando logra conservar su sangre fría, <br/>y hay que reconocer que el profesor Lidenbrock poseía esta cualidad en un grado poco <br/>común. <br/>Oíale murmurar palabras de la ciencia geológica, que me eran bien conocidas; y esto <br/>era causa de que, aun a mi pesar, me interesase en aquel supremo estudio. <br/>-Granito eruptivo-decía-; nos hallamos aún en la época primitiva; pero, como <br/>ascendemos sin cesar, ¿quién sabe, todavía? <br/>¡Quién sabe! Aún no había perdido la esperanza. Palpaba con la mano la pared vertical, <br/>y algunos instantes después, proseguía: <br/>-He aquí los gneis. He aquí los micaesquistos. ¡Bueno! Pronto llegarán los terrenos de <br/>la época de transición, y entonces... <br/>¿Qué quería decir el profesor? ¿Podía medir el espesor de la  corteza terrestre <br/>suspendida sobre nuestras cabezas? ¿Poseía algún medio de hacer semejante cálculo? No. <br/>Faltábale el manómetro, y la mera apreciación no podía suplir sus preciosas indicaciones. <br/>Sin embargo, la temperatura aumentaba en progresión importante, y me sentía bañado <br/>de sudor en medio de una atmós fera abrasadora. Sólo podía compararla al calor que <br/>despiden los hornos de una fundición cuando se efectúan las coladas. Poco a poco, Hans,<br/><br/><br/>Page No 128<br/><br/>mi tío y yo nos habíamos ido despojando de nuestros chaquetas y chalecos; la prenda más <br/>ligera causaba un gran malestar, por no decir sufrimiento. <br/>-¿Será acaso que subimos hacia un foco incandescente?  exclamé, en un momento en <br/>que el calor aumentaba. <br/>-No -respondió mi tío-; es imposible, ¡imposible! <br/>-Sin embargo-insistí yo, palpando la pared-, esta muralla quema. <br/>Al decir esto, rozó mi mano la superficie del agua y tuve que retirarlo a todo prisa. <br/>-¡El agua abrasa! -exclame. <br/>El profesor esta vez respondió solamente con un gesto de cólera. <br/>Un terror invisible apoderóse entonces de mi mente y ya no me fue posible verme libre <br/>de él. Presentía una catástrofe próxima, tan espantosa como la irnaginación más audaz no <br/>hubiera podido concebir. Una idea, incierta y vaga primero, trocóse en certidumbre en mi <br/>espíritu. Rechacéla, mas tornó con obstina ción nuevamente. No me atrevía a formularla <br/>sin embargo, algunas observaciones involuntarias me hicieron adquirir la convicción. A <br/>la dudosa luz de la antorcha, advertí en las capas graníticas movimientos desordenados; <br/>iba evidentemente a producirse un fenómeno en el que la electricidad desempeñaba un <br/>papel; además, aquel calor excesivo, aquel agua en ebullición... Decidí observar la <br/>brújula, pero estaba como loca. <br/>  <br/>XLIII <br/>¡Si, sí! ¡Estaba como loca! La aguja saltaba de un polo al otro con bruscas sacudidas; <br/>recorría todos los puntos del cuadrante, y giraba como si se hallase poseída de un vértigo. <br/>Sabía que, según las teorías más aceptadas, la corteza mineral del -lobo no se encuentra <br/>jamás en estado de reposo absolu to. Las  modifïcaciones originadas por la <br/>descomposición de las materias internas, la agitación producida por las grandes corrientes <br/>líquidas, la acción del magnetismo, tienden incesantemente a conmoverla, aunque los <br/>seres diseminados en su superficie no sospechen  siquiera la existencia de estas <br/>agitaciones. Así, pues, por sí solo, este fenómeno no me habría causado susto, o, por lo <br/>menos no me habría hecho concebir una idea tan terrible. <br/>Mas otros hechos, ciertos detalles sui generis, no pudieron engañarme por más tiempo; <br/>las detonaciones se multiplicaban con una espantosa intensidad; sólo podía compararlas <br/>con el ruido que producirían un gran número de carros arrastrados rápidamente sobre un <br/>brusco empedrado. Era un trueno continuo. <br/>Después, la brújula, enloquecida, sacudida por los fenómenos eléctricos, confirmábame <br/>en mi opinión; la corteza mineral amenazaba romperse ; los macizos graníticos, juntarse; <br/>el vacío, llenarse; el pozo, rebosar, y nosotros, pobres átomos, íbamos a ser triturados en <br/>aquella formidable compresión. <br/>-¡Tío, tío! --exclamé-; ¡ahora sí que estamos perdidos! <br/>-¿Que motiva tu nuevo terror?  -respondióme con calma sorprendente-. ¿Que tienes? <br/>¿qué te pasa? <br/>-¡Que qué tengo! Observe usted esas paredes que se agitan, ese macizo que se disloca, <br/>esa a gua en ebullición, los vapores que se espesan, esta aguja que oscila, este calor <br/>insufrible, indicios todos de tan enorme terremoto. <br/>Mi tío sacudió la cabeza con calma. <br/>-¿Un terremoto has dicho? -preguntóme. <br/>-Sí, ciertamente.<br/><br/><br/>Page No 129<br/><br/>-No, hijo mío; me parece que te engañas. <br/>-¡Cómo! ¿No son éstos los signos precursores...? <br/>-¿De un terremoto? ¡No! ¡Espero algo más grande <br/>-¿Qué quiere usted decir? <br/>-¡Una erupción, Axel! <br/>-¡Una erupción! -exclamé-. ¿Nos hallamos en la chimenea de un volcán en actividad? <br/>-Así lo creo -dijo el profesor sonriendo-: y a fe que es lo mejor que pudiera ocurrirnos. <br/>¡Lo mejor que pudiera ocurrirnos! ¡Pero entonces mi tío se había vuelto loco! ¿Qué <br/>significado tenían sus palabras? ¿Cómo explicarse su sonrisa? <br/>-¡Cómo! -exclamé-, nos hallamos envueltos en una erupción volcánica, la fatalidad nos <br/>ha arrójado en el camino de las lavas incandescentes, de las rocas encendidas, de las <br/>aguas hirvientes, de todas las materias eruptivas; vamos a ser repelidos, expulsados, <br/>arrojados, vomitados, lanzados al espacio entre rocas enormes, en medio de una lluvia de <br/>cenizas y de escorias, envueltos en un torbellino de llamas, ¡y aún se atreve usted a decir <br/>que es lo mejor que pudiera sucedernos! <br/>-Sí  -dijo el profesor, mirándome por encima de las gafas -, ¡porque es  la única <br/>probabilidad que tenemos de volver a la superficie de la tierra! <br/>Renuncié a enumerar las mil ideas que cruzaron entonces por mi mente. Mi tío tenía <br/>razón en todo absolutamente, y jamás parecióme ni más audaz ni más convencido que en <br/>aquellos instantes en que esperaba y veía venir con calma las temibles con tingencias de <br/>una erupción. <br/>Entretanto, seguíamos subiendo, no cesando en toda la noche nuestro movimiento <br/>ascensional; el estrépito que nos rodeaba crecía constantemente; me sentía casi asfixiado, <br/>y estaba convencido de que mi última hora se acercaba; sin embargo, la imaginación es <br/>tan rara, que me entregué a una serie de refle xiones verdaderamente pueriles. Pero lejos <br/>de dominar mis pensamientos, me encentraba subordinado a ellos. <br/>Era evidente que subíamos, empujados por un aluvión erup tivo; debajo de la balsa <br/>había aguas hirvientes, y debájo de éstas, una pasta de lavas, un conglomerado de rocas <br/>que, al llegar a la boca del cráter, se dispersarían en todos direcciones. Nos encon -<br/>trábamos, pues, en la chimenea de un volcán. Sobre esto, no había duda. <br/>Pero en esta ocasión, no se trataba del Sneffels, volcán apagado ya, sino de otro volcán <br/>en plena actividad. Por eso me deva naba los sesos pensando en cuál podía ser aquella <br/>montaña y en qué parte del mundo íbamos a ser vomitados. <br/>En las regiones del Norte, sin duda de ningún género. Antes de volverse loca la brújula, <br/>nos había indicado siempre que mar chábamos hacia el Norte; y, a partir del Cabo <br/>Saknussemm, habíamos sido arrastrados centenares de leguas en esta dirección. Ahora <br/>bien, ¿nos hallábamos otra vez debajo de Islandia? ¿Ibamos a ser arrójados por el cráter <br/>del Hecla, o por alguno de los siete montes ignívomos de la isla? <br/>En un radio de 500 leguas, al Oeste, no veía, bájo aquel paralelo, más que los volcanes <br/>mal conocidos de la costa noro este de América. Al Este, sólo existía uno en el 80° de <br/>latitud el Esk, en la isla de Juan Mayen, no lejos de Spitzberg. Cráteres no faltaban, <br/>ciertamente, y bastante espaciosos para vomitar un ejér cito entero; pero yo pretendía <br/>adivinar por cuál de ellos íbamos a ser arrojados. <br/>Al amanecer, aceleróse el movimiento ascensional. El hecho de que aumentara el calor, <br/>en vez de disminuir, al aproximarnos a la superficie del globo, se explica por ser local y <br/>debido a la influencia volcánica. Nuestro género de locomoción no podía dejar en mi<br/><br/><br/>Page No 130<br/><br/>ánimo la más ligera duda sobre este particular; una fuerza enorme, una fuerza de varios <br/>centenares de atmósferas, engendrada por los vapores acumulados en el seno de la tierra, <br/>nos impulsaba con energía irresistible. Pero, a qué innumerables peligros nos <br/>exponíamos! <br/>No tardaron en penetrar en la galería vertical, que iba aumentando en anchura, reflejos <br/>amarillentos, a cuya luz distin guía a derecha a izquierda, profundos c orredores que <br/>semejaban túneles imnensos de los que se escapaban espesos vapores, y largas lenguas de <br/>fuego lamían chisporroteando sus paredes. <br/>¡Mire usted! ¡Mire usted, tío! -exclamé. <br/>¡No te importe. Son llamas sulfurosas que no faltan en ninguna erupción. <br/>-Pero, ¿y si nos envuelven? <br/>-No nos envolverán. <br/>-Pero, ¿y si nos asfïxian? <br/>-No nos asfixiarán; la galería se ensancha, y, si fuere nece sario, abandonaríamos la <br/>balsa para guarecernos en alguna grieta. <br/>-¿Y el agua? ¿Y el agua que sube? <br/>-Ya no hay agua  ninguna, Axel, sino uno especie de pasta de lava que nos eleva <br/>consigo hasta la boca del cráter. <br/>En efecto, la columna líquida había desaparecido, siendo reemplazado por materias <br/>eruptivas bastante densas, aunque hirvientes. La temperatura se hacía insoportable, y un <br/>termómetro expuesto en aquella atmósfera habría marcado más de 70°. El sudor me <br/>inundaba, y si la ascensión no hubiera sido tan rápida, nos habríamos asfixiado sin duda. <br/>No insistió el profesor en su propósito de abandonar la balsa, a hizo bien. Aquel puñado <br/>de tablas mal unidas ofrecían una superficie sólida, un punto de apoyo que, de otro modo, <br/>no hubiéramos hallado. <br/>A eso de las ocho de la mañana, sobrevino un nuevo inci dente. Cesó el movimiento <br/>ascensional de improviso y la balsa quedó completamente inmóvil. <br/>-¿Qué es esto?  -pregunté yo, sacudido por aquella parada repentina que me hizo el <br/>efecto de un choque. <br/>-Un alto -respondió mi tío. <br/>-¿Es que la erupción se calma? <br/>-Me parece que no. <br/>Levantéme y traté de averiguar lo que ocurría en torno  nuestro. Tal vez la balsa, <br/>detenida por alguna roca saliente, oponía una resistencia momentánea a la masa eruptiva. <br/>En este caso, era preciso apresurarse a librarla cuanto antes del tropiezo. <br/>Mas no había obstáculo alguno. La columna de cenizas, escorias  y piedras, había <br/>dejado de subir de una manera espontánea. <br/>-¿Se habrá detenido la erupción por ventura?-dije yo. <br/>-¡Ah! -exclamó mi tío, apretando los dientes- si tal temes, tranquilízate, hijo mío! ; esta <br/>calma no puede prolongarse; hace cinco minutos que dura, y no tardaremos en reanudar <br/>nuestra ascensión hacia la boca del cráter. <br/>Al hablar así, el profesor no cesaba de consultar su cronómetro, y tampoco esta vez se <br/>equivocó en sus pronósticos. Pronto volvió a adquirir la balsa un movimiento rápido y <br/>desordenado que duró dos minutos aproximadamente y se detuvo de nuevo. <br/>Bueno -dijo mi tío, mirando la hora-, dentro de diez minutos nos pondremos en marcha <br/>nuevamente.<br/><br/><br/>Page No 131<br/><br/>-¿Diez minutos? <br/>-Sí. Nos hallamos en un volcán de erupción intermitente, que nos deja r espirar al <br/>mismo tiempo que él. <br/>Así sucedió en efecto. A los diez minutos justos, fuimos empujados de nuevo con una <br/>velocidad asombrosa. <br/>Era preciso agarrarse fuertemente a las tablas para no ser despedidos de la balsa. <br/>Después, cesó otra vez la impulsión. <br/>Más tarde he reflexionado acerca de este extraño fenómeno, sin podérmelo explicar de <br/>un modo satisfactorio. Sin embargo, me parece evidente que no nos encontrábamos en la <br/>chimenea principal del volcán, sino en algún conducto accesible donde repercutían lo s <br/>fenómenos que en aquélla tenían efecto. <br/>No puedo precisar cuántas veces repitióse esta maniobra; lo que sí puedo decir es que, <br/>cada vez que se reproducía el movimiento, éramos despedidos con una violencia mayor <br/>recibiendo la impresión de ser lanzados dentro de un proyectil. <br/>-Mientras permanecíamos parados, me asfixiaba; y, durante las ascensiones, el aire <br/>abrasador me cortaba la respiración. Pensé un instante en el placer inmenso de volverme <br/>a encontrar súbitamente en las regiones hiperboreales a una temperatura de 30° bajo cero. <br/>Mi imaginación exaltada paseábase por las llanuras de nieve de las regiones árticas, y <br/>anhelaba el momento de poderme revolcar sobre la helada alfombra del polo. <br/>Poco a poco, mi cabeza, trastornada por tan reiteradas sacudidas, extravióse, y a no ser <br/>por los brazos vigorosos de Hans, en más de una ocasión me habría destrozado el cráneo <br/>contra la pared de granito. <br/>No he conservado ningún recuerdo preciso de lo que ocurrió durante las horas <br/>siguientes. Tengo una idea confusa de detonaciones continuas, de la agitación del macizo <br/>de granito, del movimiento giratorio que se apoderó de la balsa, la cual se balan ceaba <br/>sobre las olas de lava, en medio de una lluvia de cenizas. Envolviéronla llamas <br/>crepitantes. Un viento huracanado, como despedido por un ventilador colosal activaba los <br/>fuegos subterráneos. <br/>Por vez postrera vi el semblance de Hans alumbrado por los resplandores de un <br/>incendio, y no experimenté más sensación que el espanto siniestro del hombre condenado <br/>a morir atado a  la boca de un cañón, en el momento en que sale el tiro y disperso sus <br/>miembros por el aire. <br/>  <br/>XLIV <br/>Cuando volví a abrir los ojos, me sentí asido por la cintura por la mano vigorosa de <br/>Hans, quien, con la otra, sostenía también a mi tío. No me encontraba herido gravemente, <br/>pero si magullado por completo cual si hubiera recibido una terrible paliza. <br/>Encontréme tendido sobre la vertiente de una montaña, a dos pasos de un abismo en el <br/>cual me habría precipitado al menor movimiento. Hans me había salvado de la m uerte <br/>mientras rodaba por las flancos del cráter. <br/>-¿Dónde estamos? -preguntó mi tío, dando muestras de gran irritación por haber salido <br/>a la superficie de la tierra. <br/>El cazador se encogió de hombros para manifestar su ignorancia <br/>-¿En Islandia? -dije yo. <br/>-Nej -respondió Hans. <br/>-¡Cómo que no! -exclamó el profesor.<br/><br/><br/>Page No 132<br/><br/>-Hans se engaña -dije yo levantándome. <br/>Después de las innumerables sorpresas de aquel viaje, todavía nos estaba reservada otra <br/>nueva estupefacción. Esperábame ver en un cono cubierto de nieves eternas, en medio de <br/>los áridos desiertos de las regiones septentrionales, bajo los pálidos rayos de un cielo <br/>polar, más allá de las más elevadas latitudes: mas, en contra de todas mis suposiciones mi <br/>tío, el islandés y yo nos hallábamos tendidos hacia la mitad de la escarpada vertiente de <br/>una montaña calcinada por las ardores de un sol que nos abrasaba. <br/>No quería dar crédito a mis ojos, pero la tostadura real que sufría mi organismo no <br/>dejaba duda alguna. Habíamos salido medio desnudos del cráter, y el astro esplendoroso, <br/>cuyos favores no habíamos solicitado durante los dos últimas meses, se nos mostraba <br/>pródigo de luz y de calor y nos envolvía en oleadas de sus espléndidos rayos. <br/>Cuando se acostumbraron mis ojos a aquellos resplandores, a los cuales se hab ían <br/>desbabituado, valíme de ellos para rectificar los errores de mi imaginación. Por lo menos <br/>quería hallarme en Spitzberg, y no había manera de convencerme de lo contrario. <br/>El profesor fue el primero que tomó la palabra, diciendo: <br/>-En efecto, este paisaje no se parece en nada a los de Islandia. <br/>-¿Y a la isla de Juan Mayen? -respondí yo. <br/>-Tampoco, hijo mío. No es éste un volcán del Norte, con sus colinas de granito y su <br/>casquete de nieve. <br/>-Sin embargo... <br/>-¡Mira, Axel, mira! <br/>Encima de nuestras cabezas, a quinientos pies a lo sumo, se abría el cráter de un volcán, <br/>por el cual se escapaba, de cuarto en cuarto de hora, con fuerte detonación, una alta <br/>columna de llamas, mezcladas con piedra pómez, cenizas y lavas. Sentía las convulsiones <br/>de la montaña, que respiraba como las ballenas, arrojando de tiempo en tiempo fuego y <br/>aire por sus enormes respiraderos. Debajo, y por una pendiente muy rápida, las capas de <br/>materias eruptivas precipitábanse a una profundidad de 700 u 800 pies, lo que daba para <br/>el volcán una altura inferior a 100 toesas. Su base desaparecía en un verdadera bosque de <br/>árboles verdes, entre los que distinguí olivos, higueras y vides cargadas de uvas rojas. <br/>Preciso era confesar que aquél no era el aspecto de las regiones árticas. <br/>Cuando rebasaba la vista aquel cinturón de verdura, iba rápidamente a perderse en las <br/>aguas de un mar admirable o de un lago, que hacían de aquella tierra encantada una isla <br/>que apenas medía de extensión unas leguas. Por la parte de Levante, veíase un pequeño <br/>puerto, precedido de algunas casas, en el que a impulso de las alas azules; mecíanse <br/>varios buques de una forma especial. Más lejos, emergían de la líquida llanura tan gran <br/>número de islotes, que semejaban un inmenso hormiguero. <br/>Hacia poniente, lejanas costas divisábanse en el horizonte, perfilándose sobre algunas <br/>de aquellas montañas azules de armoniosa conformación, y sobre otras, más remotas aún, <br/>elevábase un cono de prodigiosa altura, en cuya cima agitábase un penacho de humo. <br/>Por el Norte, divisábase una inmensa extensión de mar, que relumbraba al influjo de los <br/>rayos solares, sobre la cual sc veía de trecho en trecho la extremidad de un mástil o la <br/>convexidad de una vela hinchada por el viento. <br/>Lo imprevisto de semejante espectáculo centuplicaba aún sus maravillosas bellezas. <br/>-¿Dónde estamos?¿Dónde estamos?-repetía yo. <br/>Hans cerraba, con indiferencia, los ojos, y mi tío lo escudriñaba todo, sin darse apenas <br/>cuenta de nada.<br/><br/><br/>Page No 133<br/><br/>-Sea cual fuere esta montaña -dijo al fin- hace bastante calor; las explosiones no cesan, <br/>y no valdría la pena de haber escapado de las peligros de una erupción para recibir la <br/>caricia de un pedazo de roca en la cabeza. Descendamos, y sabremos a qué nos atenernos. <br/>Por otra parte, me muero de hambre y de sed. <br/>Decididamente, el profesor no era un espíritu contemplativo. Por lo que a mí respecta, <br/>olvidando las fatigas y las necesidades, habría permanecido en aquel sitio durante muchas <br/>horas aún; pero fueme preciso seguir a mis compañeros. <br/>El talud del volcán presentaba muy rápidas pendientes; nos deslizábamos a lo largo de <br/>verdaderos barrancos de ceniza, evitando las corrientes de lava que descendían como <br/>serpientes de fuego; y yo, mientras, conversaba con volubilidad, porque mi imaginación <br/>se hallaba demasiado repleta de ideas, y era preciso darle algún desahogo. <br/>-¿Nos encontramos en Asia  -exclamé-, en las costas de la India, en las islas de la <br/>Malasia, en plena Oceanía? ¿Hemos atravesado la mitad del globo terráqueo para salir de <br/>él por las antípodas de Europa? <br/>-Pero, ¿y la brújula? -respondió mi tío. <br/>-¡Sí, sí! ¡Fiémonos de la brújula! A dar crédito a sus indicaciones, habríamos marchado <br/>siempre hacia el Norte. <br/>-¡Según eso, ha mentido! <br/>-¡Oh¡ ¡Mentido! ¡mentido! <br/>-¡A menos que este sea el Polo Norte. <br/>-¡El Polo! No; pero... <br/>Era un hecho inexplicable; yo no sabía qué pensar. <br/>Entretanto, nos aproximábamos a aquella verdura que tanto recreaba la vista. <br/>Atormentábame el hambre, como asimismo la sed. Por fortuna, después de dos horas de <br/>marcha, presentóse ante nuestras ojos una hermosa campiña, enterame nte cubierta de <br/>olivos, de granados y de vides que parecían pertenecer a todo el mundo. Por otra parte, en <br/>el estado de desnudez y abandono en que nos encontrábamos, no era ocasión de andarse <br/>con muchos escrúpulos. ¡Con qué placer oprimimos entre nuestros  labios aquellas <br/>sabrosas frutas, aquellas dulces y jugosísimas uvas! No lejos, entre la hierba, a la sombra <br/>deliciosa de los árbo les, descubrí un manantial de agua fresca, en la que sumergimos <br/>nuestras caras y manos con indecible placer. <br/>Mientras nos entregábamos a todas las delicias del reposo, apareció un chiquillo entre <br/>dos grupos de olivos. <br/>-¡Ah! -exclamé-, un habitante de este bienaventurado país. <br/>Era una especie de pordioserillo miserablemente vestido, de aspecto bastante <br/>enfermizo, a quien nuestra presencia pareció intimidar extraordinariamente; cosa que a la <br/>verdad, no tenía nada de extraña, pues medio desnudos y con nuestras barbas incultas, <br/>teníamos muy mal cariz; y al menos que no nos hallá semos en un país de ladrones, <br/>nuestras extrañas figuras tenían necesariamente que amedrentar a sus habitantes. <br/>En el momento en que el rapazuelo emprendió, asustado, la huida, corrió Hans detrás <br/>de él y lo trajo nuevamente, a pesar de sus puntapiés y sus gritos. <br/>Mi tío comenzó por tranquilizarlo como Dios le dio a entender, y, en correcto alemán, <br/>preguntóle: <br/>-¿Cómo se llama esta montaña, amiguito? <br/>El niño no respondió. <br/>-Bueno -dijo mi tio-; no estamos en Alemania.<br/><br/><br/>Page No 134<br/><br/>Formuló la misma pregunta en inglés, y tampoco contestó el chiquillo. A mi me <br/>devoraba, la impaciencta. <br/>-¿Será mudo?  -exclamó el profesor, quien, orgulloso de su poliglotismo, repitió en <br/>francés la pregunta. <br/>El mismo silencio del niño. <br/>-Ensayemos el italiano -dijo entonces mi tío. Y le pregunto en esta lengua: <br/>-Dove siamo? <br/>-Sí, ¿dónde estamos? -repetí con impaciencia. Pero el niño no respondió tampoco. <br/>-¡Demontre! -exclamó mi tío, que empezaba a encolerizarse, dándole un tirón de <br/>orejas-, ¿acabarás de reventar de una vez? Come si noma qaesta isola? <br/>-Strombolí -repitió el pastorcillo, escapándose de las manos de Hans y emprendiendo <br/>veloz carrera a través de los oli vos hasta llegar a la llanura, sin que nos volviéramos a <br/>ocupar más de él. <br/>¡El Estrómboli! ¡Oh. qué efecto produjo en mi imaginación aquel nombre inesperado! <br/>Nos hallábamos en pleno Mediterráneo, en medio del archipiélago eolio, de mitológica <br/>memoria, en la antigua Strongyle, donde Eolo tenía encadenados los vientos y <br/>tempestades. Y aquellas montañas azules que se veían por el Este eran las montañas de <br/>Calabria. Y aquel volcán que se erguía en  el horizonte del Sur era nada menos que el <br/>implacable Etna. <br/>-¡El Estrómboli! -repetía yo-, ¡el Estrómboli! <br/>Mi tío me acompañaba con sus gestos y palabras. Parecía que estábamos cantando un <br/>dúo. <br/>-¡Oh, qué viaje! ¡qué maravilloso viaje! ¡Entrar por un volcán y salir por otro, situado a <br/>más de 1.200 leguas del Snef fels, de aquel árido país de Islandia. enclavado en los <br/>confines del mundo! Los azares de la expedición nos habían transportado al seno de las <br/>más armoniosas comarcas de la tierra. Habíamos trocado la región de las nieves eternas <br/>por la de la verdura infï nita, y abandonado las nieblas cenicientas de las zonas heladas <br/>para venir a cobijarnos bajo el cielo azul de Sicilia. <br/>Después de una deliciosa comida compuesta de frutas y agua fresca, volvimos a <br/>ponernos en marcha con dirección al puerto de Estrómboli. <br/>No nos pareció prudente divulgar la manera cómo habíamos llegado a la isla: el espíritu <br/>supersticioso de los italianos no hubiera visto en nosotros otra cosa que demonios <br/>vomitados por las entrañas  del infierno: así que nos resignamos a posar por pobres <br/>naufragos. Era menos gloriosa, pero mucho más seguro. <br/>Por el camino, oí murmurar a mi tío: <br/>-¡Pero esa brújula! ¡Esa brújula que señalaba el Norte! ¿Cómo explicarse este hecho? <br/>-A fe mía -dije yo con el mayor desdén-, que no vale la pena que nos devanemos los <br/>sesos tratando de buscarle una explicación. <br/>-¡Qué dices, insensato! ¡Un catedrático del Johannaeum que no supiera dar una <br/>explicación de un fenómeno cósmico sería un bochorno inaudito! <br/>Y al expresarse de este modo; mi tío, medio desnudo, con la bolsa de cuero alrededor <br/>de la cintura, y afïanzándose las gafas sobre la nariz, volvió o ser otra vez el terrible <br/>profesor de mineralogía. <br/>Una hora después de haber abandonado el bosque de los olivos, llegamos al puerto de <br/>San Vicenzo, donde Hans reclamó el importe de su décimotercia semana de servicio, que<br/><br/><br/>Page No 135<br/><br/>le fué religiosamente pagado, cruzándose entre todos los más calurosos apretones de <br/>manos. <br/>En el momento aquel, si no participó de nuestra natural y le gítima emoción, se dejó <br/>arrastrar por lo menos por un impulso de extraordinaria expansion. <br/>Estrechó ligeramente nuestras manos con las puntas de sus dedos y dibujóse en sus <br/>labios una ligera sonrisa. <br/>  <br/>XLV <br/>He aquí la conclusión de un relato que no querrán c reer ni aun las personas más <br/>acostumbradas a no asustarse de nada. Pero me he puesto en guardia de antemano contra <br/>la credulidad de los hombres. <br/>Fuimos recibidos por las pescadores de Estrómboli con los consideraciones debidas a <br/>unas náufragos. Nos proporcionarón vestidos y víveres: y, después de cuarenta y ocho <br/>horas de espera, el 31 de agosto, una embarcación pequeña condújonos a Mesina, donde <br/>algunos días do reposo bastarán para reponer nuestras fuerzas. <br/>El viernes, 4 de septiembre, nos embarcamos a bordo del Volturne, uno de las vapores <br/>de las mensajerías imperiales de Francia, y, tres días más tarde tomamos tierra en <br/>Marsella, sin más preocupación en nuestro espíritu que nuestra maldita brúju la. Aquel <br/>hecho inexplicable no cesaba de inquietarnos seria mente. El 9 de septiembre, por la <br/>noche, llegamos, por fin, a Hamburgo. <br/>Imposible describir la estupefacción de Marta y la alegría de Graüben al vernos entrar <br/>por las puertas. <br/>-¡Ahora que eres un héroe  -me dijo mi adorada prometida-, no tendrás necesidad de <br/>separarte más de mí, Axel! <br/>La miré, y ella me sonrió entre sus lágrimas. <br/>Puede calcular el lector la sensación que produciría en Hamburgo la vuelta del profesor <br/>Lidenbrock. Gracias a las indiscreciones de Marta, la noticia de su partida para el centro <br/>de la tierra se había esparcido por el mundo entero. Pero nadie la creyó, y, al verle de <br/>regreso, tampoco se le dió crédito. <br/>Sin embargo, la presencia de Hans y las informaciones de Islandia modificaron la <br/>pública opinión. <br/>Entonces mi tío llegó a ser un personáje importante, y yo, el sobrino de un ilustre sabio, <br/>lo que ya es alguna cosa. La ciudad de Hamburgo dio una fiesta en nuestro honor. <br/>Celebróse una sesión pública en el Jahannaeum, en la que el profesor hizo un detallado <br/>relato de su expedición, omitiendo, naturalmente, los hechos extraordinarios relativos a la <br/>brújula. Aquel mismo día depositó en los archivos de la ciudad el documento de Saknus-<br/>semm, expresando el vivo sentimiento que le causaba el hecho de que las circunstancias, <br/>más poderosas que su voluntad, no le hubiesen permitido seguir hasta el centro de la <br/>tierra las huellas del explorador islandés. Fue modesto en su gloria, la cual hizo aumentar <br/>su reputación. <br/>Tantos honores tenían necesariamente que suscitarle envidiosos. Así sucedió, en efecto, <br/>y, como sus teorías, basadas en hechos ciertos, contradecían los sistemas establecidos por <br/>la ciencia sobre la cuestión del fuego central, sostuvo verbalmente y por escrito muy <br/>notables polémicas con los sabios de todos los países. <br/>Por lo que a mí  respecta, no puedo aceptar su teoría relativa al enfriamiento; a pesar de <br/>cuanto he visto, creo y seguiré cre yendo siempre en el calor central; pero confieso que<br/><br/><br/>Page No 136<br/><br/>ciertas circunstancias, aún no muy bien definidas, pueden modificar esta ley bajo la <br/>acción de ciertos fenómenos naturales. <br/>En el momento en que más enconadas eran las discusiones, experimentó mi tío un <br/>verdadero disgusto. Hans, a pesar de sus ruegos, marchóse de improviso de Hamburgo. <br/>El hombre a quien todo se lo debíamos no quiso permitir que l e pagásemos nuestra <br/>deuda, minado par la nostalgia que le producía el recuerdo de su querida Islandia. <br/>-Färval! -nos dijo un día; y, sin más despedida, partió para Reykiavik adonde llegó <br/>felizmente. <br/>Profesábamos un verdadero afecto a aquel hombre singular que nos había salvado la <br/>vida en varias ocasiones; su ausencia no nos hará olvidar la deuda de gratitud que <br/>tenemos con él contraída, y abrigo la esperanza de no abandonar este mundo sin volver a <br/>verle otra vez. <br/>Para concluir, añadiré que este Viáje al c entro de la Tierra produjo una unánime <br/>sensación en el mundo. Fue traducido e impreso en todas las lenguas; los más <br/>importantes periódicos publicarón sus principales episodios, que fueron comentados, <br/>discutidos, atacados y defendidos con igual entusiasmo por los creyentes a incrédulos. Y, <br/>cosa rara, mi tío disfrutó todo el resto de su vida de la gloria que había conquistado, y no <br/>faltó un señor Barnuim que le propusiese exhibirle, a muy elevado precio, en los Estados <br/>Unidos. <br/>Pero un profundo disgusto, un verdadero tormento amargaba esta gloria. El hecho de la <br/>brújula seguía sin explicación, y el que semejante fenómeno no hubiese sido explicado <br/>constituía verdaderamente un suplicio para la inteligencia de un sabio. El Cielo, sin <br/>embargo, reservaba a mi tío una felicidad completa. <br/>Un día, arreglando en su despacho una colección de mine rales, descubrí la famosa <br/>brújula y me puse a examinarla. <br/>Hacía seis meses que estaba allí, en un rincón, sin poder sospechar los quebraderos de <br/>cabeza que estaba proporcionando. <br/>¡Qué estupefacción la mía! Lancé un grito que hizo acudir al profesor. <br/>-¿Qué ocurre? -preguntó. <br/>-¡Esta brújula! <br/>-¿Qué? ¡Acaba! <br/>-¡Que su aguja señala hacia el Sur, en vez de señalar hacia el Norte! <br/>-¿Qué dices? <br/>-¡Mire usted! ¡Sus polos están invertidos! <br/>-¡Invertidos! <br/>Mi tío miró, comparó y pegó un salto que hizo retemblar la çosa <br/>¡Qué luz tan viva iluminó de repente su inteligencia y la mía! <br/>-¿De suerte -exclamó cuando pudo recuperar el use de la palabra, que desde nuestra <br/>llegada al cabo Saknussemm, la aguja de esta condenada brújula señalaba hacia el Sur, en <br/>vez de señalar hacia el Norte? <br/>-No cabe duda alguna. <br/>-Nuestro error se explica entonces de un modo satisfactorio. Pero, ¿qué fenómeno ha <br/>podido producir esta inversión de sus polos? <br/>-La cosa no puede ser más sencilla. <br/>-Explícate, hijo mío.<br/><br/><br/>Page No 137<br/><br/>-Durante la tempestad que hubo de desarrollarse en el mar de Lidenbrock, aquel globo <br/>de fuego que imanó el hierro de la balsa, desorientó nuestra brújula, invirtiendo sus polos. <br/>-¡Ah!  --exclamó el profesor, soltand o la carcájada -, ¡buena nos lo ha jugado la <br/>electricidad! <br/>A partir de aquel día, fue mi tío el más feliz de los sabios, y yo el más dichoso de los <br/>hombres; porque mi bella curlandesa, renunciando a su calidad de pupila, ocupó en la <br/>modesta casa de to Kónig -strasse el doble puesto de sobrina y de esposa. No creo <br/>necesario añadir que su tío fue el ilustre profesor Otto Liden brock, miembro <br/>correspondiente de todas las sociedades científicas, geográtïcas y mineralógicas de las <br/>cinco partes del mundo. <br/>  <br/>FIN<br/><br/><br/><br/><br/><br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_44.htm"><title><![CDATA[.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_44.htm]]></link><description><![CDATA[<a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=31099&amp;a=1370685&amp;g=16252330"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16252330)a(1370685)" /></a><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16637176"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16637176)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16625516"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16625516)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16646874">Descarga gratuita</a><img src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(inv)g(16646874)a(1370685)" /><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16626448">Club Zed</a><img src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(inv)g(16626448)a(1370685)" /></p><br/><a href="http://lomasutilizado.com/"><span style="color: #000000">Lo mas utilizado</span></a><a href="http://lanuevaweb20.blogspot.com/"><span style="color: #000000">La nueva Web 20</span></a><a href="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/"><span style="color: #000000">Obra Julio Verne</span></a><a href="http://blogs.ya.com/julioverne/"><span style="color: #000000">Julio Verne</span></a><br/><a href="http://blogs.ya.com/alejoevita/"><span style="color: #000000">Alejo Evita</span></a><a href="http://blogs.ya.com/obraallende/"><span style="color: #000000">Obra de Allende</span></a><a href="http://blogs.ya.com/allende/"><span style="color: #000000">Allende</span></a><a href="http://caballodetroya2.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya 2</span></a> <a href="http://historiadeespanasigloxx.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Historia de España siglo XX</span></a><a href="http://caballodetroya7.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya 7</span></a> <a href="http://www.paratorpes.es/"><span style="color: #000000">Paratorpes </span></a><a href="http://elalquimista.blog.com/"><span style="color: #000000">El alquimista</span></a> <a href="http://lacartarobada.blog.com/"><span style="color: #000000">La carta robada</span></a> <a href="http://eljugadordedostoyevski.blog.com/"><span style="color: #000000">El jugador de Dostoyevski</span></a> <a href="http://%20ciensoledad.blog.com/"><span style="color: #000000">Cien años de soledad</span></a> <a href="http://aguasprimaverales.blog.com/"><span style="color: #000000">Aguas primaverales</span></a> <a href="http://aparecepeterpan.blog.com/"><span style="color: #000000">Aparece Peter Pan</span></a> <a href="http://paraisoperdido.blog.com/"><span style="color: #000000">Paraíso perdido</span></a> <a href="http://losviajesdegulliver.blog.com/"><span style="color: #000000">Los viajes de Gulliver</span></a> <a href="http://retratoadolescente.blog.com/"><span style="color: #000000">Retrato adolescente</span></a> <a href="http://dedondevenimos.blog.com/"><span style="color: #000000">Matrix, de donde venimos</span></a> <a href="http://losmensajesdelossabios.blog.com/"><span style="color: #000000">Los mensajes de los sabios</span></a> <a href="http://libroscuriosos.wordpress.com/"><span style="color: #000000">Libros curiosos</span></a><br/><a href="http://estupidoshombresblancos.blog.com/"><span style="color: #000000">Estupidos hombres blancos</span></a><a href="http://elartedeamar.blog.com/"><span style="color: #000000">El arte de amar</span></a><a href="http://mapapirisreis.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Mapa Piri Reis</span></a> <br/><a href="http://revistatara.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Revista Tara</span></a> <a href="http://reflexionescanarias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Reflexiones canarias</span></a> <a href="http://lostiemposfinales.blog.com/"><span style="color: #000000">Los tiempos finales </span></a></span></span><a href="http://lasparabolasdekrion.blog.com/"><span style="color: #000000">Las parábolas de Krion</span></a> <a href="http://elviajeacasa.blog.com/"><span style="color: #000000">El viaje a casa</span></a> <a href="http://ensoledadcondios.blog.com/"><span style="color: #000000">En soledad con Dios</span></a> <a href="http://cartasdesdeelhogar.blog.com/"><span style="color: #000000">Cartas desde el hogar</span></a> <a href="http://pasandoelmarcador.blog.com/"><span style="color: #000000">Pasando el marcador</span></a> <a href="http://elnuevocomienzodekryon.blog.com/"><span style="color: #000000">El nuevo comienzo de Kryon</span></a> <a href="http://unanuevadimension.blog.com/"><span style="color: #000000">Una nueva dimension</span></a> <a href="http://elmisteriodelascatedrales.blog.com/"><span style="color: #000000">El misterio de las catedrales</span></a> <a href="http://profeciasdenostradamus.blog.com/"><span style="color: #000000">Profecias de Nostradamus</span></a> <a href="http://masoneriainvisible.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Masonería invisible</span></a> <a href="http://focasmuertas.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Focas muertas</span></a> <a href="http://loscartagineses.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los cartagineses</span></a> <a href="http://amorreos.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Amorreos </span></a><a href="http://loscuatrolibros.blog.com/"><span style="color: #000000">Los cuatro libros</span></a> <a href="http://ellibrodemarcopolo.blog.com/"><span style="color: #000000">El libro de Marco Polo</span></a> <a href="http://onceminutos.blog.com/"><span style="color: #000000">Once minutos</span></a> <a href="http://milucha.blog.com/"><span style="color: #000000">Mi lucha</span></a> <a href="http://herodoto1.blog.com/"><span style="color: #000000">Herodoto 1</span></a> <a href="http://elgransantiagocalatrava.blogspot.com/"><span style="color: #000000">El gran Santiago calatrava</span></a> <a href="http://elhombreduplicado.blog.com/"><span style="color: #000000">El hombre duplicado</span></a> <a href="http://bestiario.blog.com/"><span style="color: #000000">Bestiario</span></a> <a href="http://elnombredelarosa.blog.com/"><span style="color: #000000">El nombre de la rosa</span></a> <a href="http://lafiestadelchivo.blog.com/"><span style="color: #000000">la fiesta del chivo</span></a> <a href="http://laciudadylosperros.blog.com/"><span style="color: #000000">la ciudad y los perros</span></a> <a href="http://cronicadeunamuerteanunciada.blog.com/"><span style="color: #000000">Crónica de una muerte anunciada</span></a> <a href="http://elpendulodefoucault.blog.com/"><span style="color: #000000">El péndulo de foucault</span></a> <a href="http://dalimagico.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Dali magico</span></a> <a href="http://aquelleonardodavinci.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Leonadro da Vinci</span></a> <a href="http://escorialmagico.blogspot.com/"><span style="color: #000000">El Escorial</span></a> <a href="http://losamosdelmundo.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los amos</span></a> <a href="http://aquellostemplarios.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los Templarios</span></a> <a href="http://loscataros.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Los Cataros</span></a> <a href="http://indulgencias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Las Indulgencias</span></a> <a href="http://campaniforme.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Campaniforme</span></a> <a href="http://bibliotecaalejandria.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Biblioteca Alejandria</span></a> <a href="http://secuestroexpres.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Secuentro Expres</span></a> <a href="http://elplaninfinito.blog.com/"><span style="color: #000000">El plan infinito</span></a> <a href="http://lacasadelosespiritus.blog.com/"><span style="color: #000000">La casa de los espiritus</span></a> <a href="http://laciudaddelasbestias.blog.com/"><span style="color: #000000">La ciudad de las bestias</span></a> <a href="http://mipaisinventado.blog.com/"><span style="color: #000000">Mi pais inventado</span></a> <a href="http://elmatematicodelrey.blogspot.com/"><span style="color: #000000">El matemático del rey</span></a> <a href="http://lahipotesis.blogspot.com/"><span style="color: #000000">La hipotesis</span></a> <a href="http://tenemosunangel.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Tenemos un angel</span></a> <a href="http://erikelrojo.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Eric el rojo</span></a> <a href="http://relatosdefantasia.blogspot.com/"><span style="color: #000000">relatosdefantasia</span></a> <a href="http://enigmasdesvelados.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Enigmas desvelados</span></a> <a href="http://cuentosdecf.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Cuentos de cf</span></a> <span style="color: #000000"></span><a href="http://clubbilderberg.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Club Bilderberg</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://reinamariamagdalena.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Magdalena</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://virgenesnegras-virgenesnegras.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Virgenes</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://diosamadre.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Diosa</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.com/"><span style="color: #000000">Pueblo rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://contaminacioninvisible.blogspot.com/"><span style="color: #000000">la Contaminacion</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://electrosmog-movil.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Que es Electrosmog</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://lacontaminaciondelmovil.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Contamina el Movil</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeandeenlaces.blogspot.com/"><span style="color: #000000">enlaces mágicos</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://caballodetroya100.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://personal.telefonica.terra.es/web/valdeandemagico/"><span style="color: #000000">Magia</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.blogspot.com/"><span style="color: #000000">rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://superviaje.blog.com/"><span style="color: #000000">Viajes</span></a> <a href="http://superhotel.blog.com/"><span style="color: #000000">Hoteles</span></a> <a href="http://reflexionescanarias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Reflexiones canarias</span></a><br/> <br/></p><br/><div><br/><span style="font-size: 9pt; font-family: Verdana"><span></span></span><br/></div><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_43.htm"><title><![CDATA[veinte mil leguas de viaje submarino]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/obrajulioverne/c_43.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>Page No 1<br/><br/>LIBROdot.com<br/>Julio Verne<br/>Veinte mil leguas de viaje submarino<br/>Primera parte<br/>1. Un escollo fugaz<br/>El año 1866 quedó caracterizado por un extraño acontecimiento, por un fenómeno inexplicable e<br/>inexplicado que nadie, sin duda, ha podido olvidar. Sin hablar de los rumores que agitaban a las<br/>poblaciones de los puertos y que sobreexcitaban a los habitantes del interior de los continentes, el<br/>misterioso fenómeno suscitó una particular emoción entre los hombres del mar. Negociantes,<br/>armadores, capitanes de barco, skippers y  masters de Europa y de América, oficiales de la marina de<br/>guerra de todos los países y, tras ellos, los gobiernos de los diferentes Estados de los dos continentes,<br/>manifestaron la mayor preocupación por el hecho.<br/>Desde hacía algún tiempo, en efecto, varios barcos se habían encontrado en sus derroteros con «una<br/>cosa enorme», con un objeto largo, fusiforme, fosforescente en ocasiones, infinitamente más grande y<br/>más rápido que una ballena.<br/>Los hechos relativos a estas apariciones, consignados en los diferentes libros de a bordo, coincidían<br/>con bastante exactitud en lo referente a la estructura del objeto o del ser en cuestión, a la excepcional<br/>velocidad de sus movimientos, a la sorprendente potencia de su locomoción y a la particular vitalidad<br/>de que parecía dotado. De tratarse de un cetáceo, superaba en volumen a todos cuantos especímenes de<br/>este género había clasificado la ciencia hasta entonces. Ni Cuvier, ni Lacepède, ni Dumeril ni<br/>Quatrefages hubieran admitido la existencia de tal monstruo, a menos de haberlo visto por sus propios<br/>ojos de sabios.<br/>El promedio de las observaciones efectuadas en diferentes circunstancias -una vez descartadas tanto<br/>las tímidas evaluaciones que asignaban a ese objeto una longitud de doscientos pies, como las muy<br/>exageradas que le imputaban una anchura de una milla y una longitud de tres- permitía afirmar que ese<br/>ser fenomenal, de ser cierta su existencia, superaba con exceso todas las dimensiones admitidas hasta<br/>entonces por los ictiólogos.<br/>Pero existía; innegable era ya el hecho en sí mismo. Y, dada esa inclinación a lo maravilloso que<br/>existe en el hombre, se comprende la emoción producida por esa sobrenatural aparición. Preciso era<br/>renunciar a la tentación de remitirla al reino de las fábulas.<br/>Efectivamente, el 20 de julio de 1866, el vapor  Governor Higginson, de la Calcuta and Burnach<br/>Steam Navigation Company, había encontrado esa masa móvil a cinco millas al este de las costas de<br/>Australia. El capitán Baker creyó, al pronto, hallarse en presencia de un escollo desconocido, y se<br/>disponía a determinar su exacta situación cuando pudo ver dos columnas de agua, proyectadas por el<br/>inexplicable objeto, elevarse silbando por el aire hasta ciento cincuenta pies. Forzoso era, pues,<br/>concluir que de no estar el escollo sometido a las expansiones intermitentes de un géiser, el Governor<br/>Higginson había encontrado un mamífero acuático, desconocido hasta entonces, que expulsaba por sus<br/>espiráculos columnas de agua, mezcladas con aire y vapor.<br/>Se observó igualmente tal hecho el 23 de julio del mismo año, en aguas del Pacífico, por el<br/>Cristóbal Colón,  de la West India and Pacific Steam Navigation Company,. Por consiguiente, el<br/>extraordinario cetáceo podía trasladarse de un lugar a otro con una velocidad sorprendente, puesto que,<br/>a tres días de intervalo tan sólo, el Governor Higginson y el  Cristóbal Colón  lo habían observado en<br/>dos puntos del mapa separados por una distancia de más de setecientas leguas marítimas1.<br/>Quince días más tarde, a dos mil leguas de allí, el  Helvetia, de la Compagnie Nationale, y el<br/>Shannon, de la Royal Mail, navegando en sentido opuesto por la zona del Atlántico comprendida entre<br/>Europa y Estados Unidos, se señalaron mutuamente al monstruo a 420 15'de latitud norte y 600 35'de<br/>longitud al oeste del meridianode Greenwich. En esa observación simultánea se creyó poder evaluar la<br/>longitud mínima del mamífero en más de trescientos cincuenta pies ingleses2, dado que el  Shannon y<br/>el Helvetia eran de dimensiones inferiores, aun cuando ambos midieran cien metros del tajamar al<br/>codaste. Ahora bien, las ballenas más grandes, las que frecuentan los parajes de las islas Aleutinas, la<br/>Kulammak y la Umgullick, no sobrepasan los cincuenta y seis metros de longitud, si es que llegan a<br/>alcanzar tal dimensión.<br/>Estos sucesivos informes; nuevas observaciones efectuadas a bordo del transatlántico Le  Pereire, un<br/>abordaje entre el monstruo y el  Etna, de la línea Iseman; un acta levantada por los oficiales de la<br/>fragata francesa La Normandie;  un estudio muy serio hecho por el estado mayor del comodoro<br/>Fitz-james a bordo del  Lord Clyde,  causaron una profunda sensación en la opinión pública. En los<br/>países de humor ligero se tomó a broma el fenómeno, pero en los países graves y prácticos, en<br/>Inglaterra, en América, en Alemania, causó una viva preocupación.<br/>En todas partes, en las grandes ciudades, el monstruo se puso de moda. Fue tema de canciones en<br/>los cafés, de broma en los periódicos y de representación en los teatros. La prensa halló en él la ocasión<br/>de practicar el ingenio y el sensacionalismo. En sus páginas, pobres de noticias, se vio reaparecer a<br/>todos los seres imaginarios y gigantescos, desde la ballena blanca, la terrible «Moby Dick» de las<br/>regiones hiperbóreas, hasta el desmesurado Kraken, cuyos tentáculos pueden abrazar un buque de<br/><br/><br/>Page No 2<br/><br/>quinientas toneladas y llevárselo a los abismos del océano. Se llegó incluso a reproducir las noticias de<br/>los tiempos antiguos, las opiniones de Aristóteles y de Plinio que admitían la existencia de tales mons-<br/>truos, los relatos noruegos del obispo Pontoppidan, las relaciones de Paul Heggede y los informes de<br/>Harrington, cuya buena fe no puede ser puesta en duda al afirmar haber visto, hallándose a bordo del<br/>Castillan,  en 1857, la enorme serpiente que hasta entonces no había frecuentado otros mares que los<br/>del antiguo Constitutionnel.<br/>Todo esto dio origen a la interminable polémica entre los crédulos y los incrédulos, en las<br/>sociedades y en las publicaciones científicas. La «cuestión del monstruo» inflamó los ánimos. Los<br/>periodistas imbuidos de espíritu científico, en lucha con los que profesan el ingenio, vertieron oleadas<br/>de tinta durante la memorable campaña; algunos llegaron incluso a verter dos o tres gotas de sangre, al<br/>pasar, en su ardor, de la serpiente de mar a las más ofensivas personalizaciones.<br/>Durante seis meses la guerra prosiguió con lances diversos. A los artículos de fondo del Instituto<br/>Geográfico del Brasil, de la Academia Real de Ciencias de Berlín, de la Asociación Británica, del<br/>Instituto Smithsoniano de Washington, a los debates del  The Indian Archipelago,  del Cosmos del<br/>abate Moigno y del  Mittheilungen  de Petermann, y a las crónicas científicas de las grandes<br/>publicaciones de Francia y otros países replicaba la prensa vulgar con alardes de un ingenio inagotable.<br/>Sus inspirados redactores, parodiando una frase de Linneo que citaban los adversarios del monstruo,<br/>mantuvieron, en efecto, que «la naturaleza no engendra tontos», y conjuraron a sus contemporáneos a<br/>no infligir un mentís a la naturaleza y, consecuentemente, a rechazar la existencia de los Kraken, de las<br/>serpientes de mar, de las «Moby Dick» y otras lucubraciones de marineros delirantes. Por último, en<br/>un artículo de un temido periódico satírico, el más popular de sus redactores, haciendo acopio de todos<br/>los elementos, se precipitó, como Hipólito, contra el monstruo, le asestó un golpe definitivo y acabó<br/>con él en medio de una carcajada universal. El ingenio había vencido a la ciencia.<br/>La cuestión parecía ya enterrada durante los primeros meses del año de  1867,  sin aparentes<br/>posibilidades de resucitar, cuando nuevos hechos llegaron al conocimiento del público. Hechos que<br/>revelaron que no se trataba ya de un problema científico por resolver, sino de un peligro serio, real, a<br/>evitar. La cuestión adquirió así un muy diferente aspecto. El monstruo volvió a erigirse en islote, roca,<br/>escollo, pero un escollo fugaz, indeterminable, inaprehensible.<br/>El 5 de marzo de 1867, el Moravian, de la Montreal Ocean Company, navegando durante la noche a<br/>270 30' de latitud y 720 15' de longitud, chocó por estribor con una roca no señalada por ningún mapa<br/>en esos parajes. Impulsado por la fuerza combinada de viento y de sus cuatrocientos caballos de vapor,<br/>el buque navegaba a la velocidad de trece nudos. Abierto por el choque, es indudable que de no ser por<br/>la gran calidad de su casco, el  Moravian se habría ido a pique con los doscientos treinta y siete<br/>pasajeros que había embarcado en Canadá.<br/>El accidente había ocurrido hacia las cinco de la mañana, cuando comenzaba a despuntar el día. Los<br/>oficiales de guardia se precipitaron hacia popa y escrutaron el mar con la mayor atención, sin ver otra<br/>cosa que un fuerte remolino a unos tres cables de distancia del barco, como si las capas líquidas<br/>hubieran sido violentamente batidas. Se tomaron con exactitud las coordenadas del lugar y el Moravian<br/>continuó su rumbo sin averías aparentes. ¿Había chocado con una roca submarina o había sido<br/>golpeado por un objeto residual, enorme, de un naufragio? No pudo saberse, pero al examinar el buque<br/>en el dique carenero se observó que una parte de la quilla había quedado destrozada.<br/>Pese a la extrema gravedad del hecho, tal vez habría pasado al olvido como tantos otros si no se<br/>hubiera reproducido en idénticas condiciones, tres semanas después. Pero en esta ocasión la<br/>nacionalidad del buque víctima de este nuevo abordaje y la reputación de la compañía a la que<br/>pertenecía el navío dieron al acontecimiento una inmensa repercusión.<br/>Nadie ignora el nombre del célebre armador inglés Cunard, el inteligente industrial que fundó, en<br/>1840, un servicio postal entre Liverpool y Halifax, con tres barcos de madera, de ruedas, de<br/>cuatrocientos caballos de fuerza y con un arqueo de mil ciento sesenta y dos toneladas. Ocho años des-<br/>pués, el material de la compañía se veía incrementado en cuatro barcos de seiscientos cincuenta caballos<br/>y mil ochocientas veinte toneladas, y dos años más tarde, en otros dos buques de mayor potencia y<br/>tonelaje. En 1853, la Compañía Cunard, cuya exclusiva del transporte del correo acababa de serle<br/>renovada, añadió sucesivamente a su flota el Arabia, el Persia, el China, el Scotia, el Java y el Rusia,<br/>todos ellos muy rápidos y los más grandes que, a excepción del  Great Eastern,  hubiesen surcado<br/>nunca los mares. Así, pues, en 1867, la compañía poseía doce barcos, ocho de ellos de ruedas y cuatro<br/>de hélice.<br/>La mención de tales detalles tiene por fm mostrar la importancia de esta compañía de transportes<br/>marítimos, cuya inteligente gestión es bien conocida en el mundo entero. Ninguna empresa de<br/>navegación transoceánica ha sido dirigida con tanta habilidad como ésta; ningún negocio se ha visto<br/>coronado por un éxito mayor. Desde hace veintiséis años, los navíos de las líneas Cunard han<br/>atravesado dos mil veces el Atlántico sin que ni una sola vez se haya malogrado un viaje, sin que se<br/>haya producido nunca un retraso, sin que se haya perdido jamás ni una carta, ni un hombre ni un barco.<br/>Por ello, y pese a la poderosa competencia de las líneas francesas, los pasajeros continúan escogiendo<br/>la Cunard, con preferencia a cualquier otra, como demuestran las conclusiones de los documentos<br/>oficiales de los últimos años. Dicho esto, a nadie sorprenderá la repercusión hallada por el accidente<br/>ocurrido a uno de sus mejores barcos.<br/>El 13 de abril de 1867, el  Scotia se hallaba a 150 12' de longitud y 450 37' de latitud, navegando con<br/>mar bonancible y brisa favorable. Su velocidad era de trece nudos y cuarenta y tres centésimas,<br/>impulsado por sus mil caballos de vapor. Sus ruedas batían el agua con una perfecta regularidad. Su<br/>calado era de seis metros y sesenta centímetros, y su desplazamiento de seis mil seiscientos<br/>veinticuatro metros cúbicos.<br/><br/><br/>Page No 3<br/><br/>A las cuatro y diecisiete minutos de la tarde, cuando los pasajeros se hallaban merendando en el gran<br/>salón, se produjo un choque, poco sensible, en realidad, en el casco del Scotia, un poco más atrás de<br/>su rueda de babor.<br/>No había sido el Scotia el que había dado el golpe sino el que lo había recibido, y por un<br/>instrumento más cortante o perforante que contundente. El impacto había parecido tan ligero que nadie<br/>a bordo se habría inquietado si no hubiesen subido al puente varios marineros de la cala gritando:<br/>«¡Nos hundimos! ¡Nos hundimos!».<br/>Los pasajeros se quedaron espantados, pero el capitán Anderson se apresuró a tranquilizarles. En<br/>efecto, el peligro no podía ser inminente. Dividido en siete compartimientos por tabiques herméticos,<br/>el Scotia podía resistir impunemente una vía de agua.<br/>El capitán Anderson se dirigió inmediatamente a la cala. Vio que el quinto compartimiento había<br/>sido invadido por el mar, y que la rapidez de la invasión demostraba que la vía de agua era<br/>considerable. Afortunadamente, las calderas no se hallaban en ese compartimiento. De haber estado<br/>alojadas en él se hubiesen apagado instantáneamente. El capitán Anderson ordenó de inmediato que<br/>pararan las máquinas. Un marinero se sumergió para examinar la avería. Algunos instantes después<br/>pudo comprobarse la existencia en el casco del buque de un agujero de unos dos metros de anchura.<br/>Imposible era cegar una vía de agua tan considerable, por lo que el  Scotia, con sus ruedas medio<br/>sumergidas, debió continuar así su travesía. Se hallaba entonces a trescientas millas del cabo Clear.<br/>Con un retraso de tres días que inquietó vivamente a la población de Liverpool, consiguió arribar a las<br/>dársenas de la compañía.<br/>Una vez puesto el Scotia en el dique seco, los ingenieros procedieron a examinar su casco. Sin poder<br/>dar crédito a sus ojos vieron cómo a dos metros y medio por debajo de la línea de flotación se abría<br/>una desgarradura regular en forma de triángulo isósceles. La perforación de la plancha ofrecía una<br/>perfecta nitidez; no la hubiera hecho mejor una taladradora. Evidente era, pues, que el instrumento<br/>perforador que la había producido debía ser de un temple poco común, y que tras haber sido lanzado<br/>con una fuerza prodigiosa, como lo atestiguaba la horadación de una plancha de cuatro centímetros de<br/>espesor, había debido retirarse por sí mismo mediante un movimiento de retracción verdaderamente<br/>inexplicable.<br/>Tal fue este último hecho, que tuvo por resultado el de apasionar nuevamente a la opinión pública.<br/>Desde ese momento, en efecto, todos los accidentes marítimos sin causa conocida se atribuyeron al<br/>monstruo. El fantástico animal cargó con la responsabilidad de todos esos naufragios, cuyo número es<br/>desgraciadamente considerable, ya que de los tres mil barcos cuya pérdida se registra anuabnente en el<br/>Bureau Veritas, la cifra de navíos de vapor o de vela que se dan por perdidos ante la ausencia de toda<br/>noticia asciende a no menos de doscientos.<br/>Justa o injustamente se acusó al «monstruo» de tales desapariciones. Al revelarse así cada día más<br/>peligrosas las comunicaciones entre los diversos continentes, la opinión pú blica se pronunció pidiendo<br/>enérgicamente que se desembarazaran los mares, de una vez y a cualquier precio, del formidable<br/>cetáceo.<br/>2. Los pros y los contras<br/>En la época en que se produjeron estos acontecimientos me hallaba yo de regreso de una exploración<br/>científica emprendida  en las malas tierras de Nebraska, en los Estados Unidos. En mi calidad de<br/>profesor suplente del Museo de Historia Natural de París, el gobierno francés me había delegado a esa<br/>expedición. Tras haber pasado seis meses en Nebraska, llegué a Nueva York, cargado de preciosas colec-<br/>ciones, hacia finales de marzo. Mi regreso a Francia estaba fijado para los primeros días de mayo. En<br/>espera del momento de partir, me ocupaba en clasificar mis riquezas mineralógicas, botánicas y<br/>zoológicas. Fue entonces cuando se produjo el incidente del Scotia.<br/>Estaba yo perfectamente al corriente de la cuestión que dominaba la actualidad. ¿Cómo podría no<br/>estarlo? Había leído y releído todos los diarios americanos y europeos, pero en vano. El misterio me<br/>intrigaba. En la imposibilidad de formarme una opinión, oscilaba de un extremo a otro. Que algo<br/>había, era indudable, y a los incrédulos se les invitaba a poner el dedo en la llaga del  Scotia.<br/>A mi llegada a Nueva York, el problema estaba más candente que nunca. La hipótesis del islote<br/>flotante, del escollo inaprehensible, sostenida por algunas personas poco competentes, había quedado<br/>abandonada ya. Porque, en efecto, ¿cómo hubiera podido un escollo desplazarse con tan prodigiosa<br/>rapidez sin una máquina en su interior? Esa rapidez en sus desplazamientos es lo que hizo asimismo<br/>rechazar la existencia de un casco flotante, del enorme resto de un naufragio.<br/>Quedaban, pues, tan sólo dos soluciones posibles al problema, soluciones que congregaban a dos<br/>bandos bien diferenciados: de una parte, los que creían en un monstruo de una fuerza colosal, y de otra,<br/>los que se pronunciaban por un barco «submarino» de una gran potencia motriz.<br/>Ahora bien, esta última hipótesis, admisible después de todo, no pudo resistir a las investigaciones<br/>efectuadas en los dos mundos. Era poco probable que un simple particular tuviera a su disposición un<br/>ingenio mecánico de esa naturaleza. ¿Dónde y cuándo hubiera podido construirlo, y cómo hubiera<br/>podido mantener en secreto su construcción?<br/>únicamente un gobierno podía poseer una máquina destructiva semejante. En estos desastrosos<br/>tiempos en los que el hombre se esfuerza por aumentar la potencia de las armas de guerra es posible<br/>que un Estado trate de construir en secreto un arma semejante. Después de los fusiles «chassepot», los<br/>torpedos; después de los torpedos, los arietes submarinos; después de éstos .... la reacción. Al menos,<br/>así puede esperarse.<br/><br/><br/>Page No 4<br/><br/>Pero hubo de abandonarse también la hipótesis de una máquina de guerra, ante las declaraciones de<br/>los gobiernos. Tratándose de una cuestión de interés público, puesto que afectaba a las comunicaciones<br/>transoceánicas, la sinceridad de los gobiernos no podía ser puesta en duda. Además, ¿cómo podía<br/>admitirse que la construcción de ese barco submarino hubiera escapado a los ojos del público? Guardar<br/>el secreto en una cuestión semejante es muy dificil para un particular, y ciertamente imposible para un<br/>Estado cuyas acciones son obstinadamente vigiladas por las potencias rivales.<br/>Tras las investigaciones efectuadas en Inglaterra, en Francia, en Rusia, en Prusia, en España, en<br/>Italia, en América e incluso en Turquía, hubo de rechazarse definitivamente la hipótesis de un monitor<br/>submarino.<br/>Ello sacó nuevamente a flote al monstruo, pese a las incesantes burlas con que lo acribillaba la<br/>prensa, y, por ese camino, las imaginaciones calenturientas se dejaron invadir por las más absurdas<br/>fantasmagorías de una fantástica ictiología.<br/>A mi llegada a Nueva York, varias personas me habían hecho el honor de consultarme sobre el<br/>fenómeno en cuestión. Había publicado yo en Francia una obra, en cuarto y en dos tomos, titulada  Los<br/>misterios de los grandes fondos submarinos,  que había hallado una excelente acogida en el mundo<br/>científico. Ese libro hacía de mí un especialista en ese dominio, bastante oscuro, de la Historia Natural.<br/>Solicitada mi opinión, me encerré en una absoluta negativa mientras pude rechazar la realidad del<br/>hecho. Pero pronto, acorralado, me vi obligado a explicarme categóricamente. «El honorable Pierre<br/>Aronnax, profesor del Museo de París», fue conminado por el  New York Herald  a formular una<br/>opinión.<br/>Hube de avenirme a ello. No pudiendo ya callar por más tiempo, hablé. Analicé la cuestión desde<br/>todos los puntos de vista, políticamente y científicamente. Del muy denso artículo que publiqué en el<br/>número del 30 de abril, doy a continuación un extracto.<br/>«Así pues -decía yo-, tras haber examinado una por una las diversas hipótesis posibles y rechazado<br/>cualquier otra suposición, necesario es admitir la existencia de un animal marino de una extraordinaria<br/>potencia.<br/>»Las grandes profundidades del océano nos son totalmente desconocidas. La sonda no ha podido<br/>alcanzarlas. ¿Qué hay en esos lejanos abismos? ¿Qué seres los habitan? ¿Qué seres pueden vivir a doce<br/>o quince millas por debajo de la superficie de las aguas? ¿Cómo son los organismos de esos animales?<br/>Apenas puede conjeturarse.<br/>»La solución del problema que me ha sido sometido puede revestir la forma del dilema. O bien<br/>conocemos todas las variedades de seres que pueblan nuestro planeta o bien no las conocemos. Si no<br/>las conocemos todas, si la Naturaleza tiene aún secretos para nosotros en ictiología, nada más aceptable<br/>que admitir la existencia de peces o de cetáceos, de especies o incluso de géneros nuevos, de una<br/>organización esencialmente adaptada a los grandes fondos, que habitan las capas inaccesibles a la<br/>sonda, y a los que un acontencimiento cualquiera, una fantasía, un capricho si se quiere, les lleva a<br/>largos intervalos al nivel superior del océano.<br/>»Si, por el contrario, conocemos todas las especies vivas, habrá que buscar necesariamente al animal<br/>en cuestión entre los seres marinos ya catalogados, y en este caso yo me indinaría a admitir la<br/>existencia de un narval gigantesco.<br/>»El narval vulgar o unicornio marino alcanza a menudo una longitud de sesenta pies.<br/>Quintuplíquese, decuplíquese esa dimensión, otórguese a ese cetáceo una fuerza proporcional a su<br/>tamaño, auméntense sus armas ofensivas y se obtendrá el animal deseado, el que reunirá las<br/>proporciones estimadas por los oficiales del  Shannon, el instrumento exigido por la perforación del<br/>Scotia y la potencia necesaria para cortar el casco de un vapor.<br/>»En efecto, el narval está armado de una especie de espada de marfil, de una alabarda, según la<br/>expresión de algunos naturalistas. Se trata de un diente que tiene la dureza del acero. Se han hallado<br/>algunos de estos dientes clavados en el cuerpo de las ballenas a las que el narval ataca siempre con<br/>eficacia. Otros han sido arrancados, no sin esfuerzo, de los cascos de los buques, atravesados de parte a<br/>parte, como una barrena horada un tonel. El Museo de la Facultad de Medicina de París posee una de<br/>estas defensas que mide dos metros veinticinco centímetros de longitud y cuarenta y ocho centímetros<br/>de anchura en la base. Pues bien, supóngase esa arma diez veces más fuerte, y el animal, diez veces<br/>más potente, láncesele con una velocidad de veinte millas por hora, multiplíquese su masa por su<br/>velocidad y se obtendrá un choque capaz de producir la catástrofe requerida.<br/>»En consecuencia, y hasta disponer de más amplias informaciones, yo me inclino por un unicornio<br/>marino de dimensiones colosales, armado no ya de una alabarda, sino de un verdadero espolón como<br/>las fragatas acorazadas o los “rams” de guerra, de los que parece tener a la vez la masa y la potencia<br/>motriz.<br/>»Así podría explicarse este fenómeno inexplicable, a menos que no haya nada, a pesar de lo que se ha<br/>entrevisto, visto, sentido y notado, lo que también es posible.»<br/>Estas últimas palabras eran una cobardía por mi parte, pero yo debía cubrir hasta cierto punto mi<br/>dignidad de profesor y protegerme del ridículo evitando hacer reír a los americanos, que cuando ríen lo<br/>hacen con ganas. Con esas palabras me creaba una escapatoria, pero, en el fondo, yo admitía la<br/>existencia del «monstruo».<br/>Las calurosas polémicas suscitadas por mi artículo le dieron una gran repercusión. Mis tesis<br/>congregaron un buen número de partidarios, lo que se explica por el hecho de que la solución que<br/>proponía dejaba libre curso a la imaginación. El espíritu humano es muy proclive a las grandiosas<br/>concepciones de seres sobrenaturales. Y el mar es precisamente su mejor vehículo, el único medio en el<br/>que pueden producirse y desarrollarse esos gigantes, ante los cuales los mayores de los animales<br/>terrestres, elefa