Uno debería estar acostumbrado a que cuando un político siente el aliento en el cogote tienda a echarle la culpa a otros y si tiene suerte y los anteriores gestores se fueron hace poco tiempo, pues más sencillo todavía. Aunque no sea precisamente una muestra de valentía y de confianza en las propias capacidades, esta actitud puede ser comprensible. Lo que resulta menos entendible es hacerlo faltando a la verdad, deslizando medias verdades sin importarle la profesionalidad de los que le antecedieron.
Esta semana creo que hemos vivido un claro contraste. Un político, un consejero catalán ha ido al Parlamento a dar la cara en un tema no precisamente sencillo, los derrumbamientos del Carmel, y lo ha hecho sin refugiarse en que otros habían tomado decisiones previas que podían haber conducido a ese fatal desenlace. Sabe que está en juego su puesto, que los otros, ahora fuera del Gobierno, tienen una defensa mucho más difícil, pero ha decidido enfrentarse al problema. Sólo creo que podemos desearle suerte.
Otro político, esta vez en Madrid, en este caso ministra, eso sí, de su mismo partido, ha ido al Parlamento a presentar su plan de farmacia. Cuando la oposición la ha interpelado por derogar la única medida que había conseguido contener el gasto farmacéutico, los precios de referencia, no se le ha ocurrido mejor idea que acusar a los anteriores responsables del Ministerio de pactar con la industria una subida de determinados precios de medicamentos. Para darle mayores visos de veracidad a su afirmación ha dado el nombre de los medicamentos agraciados y ha acusado de falta de transparencia –cohecho le ha debido de sonar muy fuerte– a los anteriores responsables.
¿Qué hay de todo esto? O mucha ignorancia o bastante mala fe. La comisión interministerial de precios de los medicamentos fija el precio de los medicamentos y las condiciones de su venta en el sistema nacional de salud. Así lo hace desde tiempos del Partido Socialista, que inventó esta comisión, y así sospecho que lo seguirá haciendo. Cuando llega un medicamento especialmente innovador la fijación del precio se complica. La compañía suele pedir un precio en línea con los europeos, pero normalmente bastante alto. El Ministerio se resiste, gana tiempo y negocia un precio más reducido.
Un ejemplo aprovechando uno de los nombres que dio la ministra ayer. Lantus es un nuevo tipo de insulina de nueva generación: bastante mejor que las que hay hasta este momento en el mercado, que ayuda a controlar las diferencias de glucosa tan peligrosas para los diabéticos. Un claro adelanto, pero un problema para las arcas del sistema nacional de salud porque no son pocos los diabéticos y por tanto su impacto. El Ministerio se pasó meses negociando con la compañía su precio. Ellos tenían el monopolio de este producto, fijaban su precio y querían evitar a toda costa que un precio sensiblemente inferior en España pudiera generar comercio paralelo. De hecho, la central no les permitía venderlo en España por debajo del precio europeo (con la falta de cobertura que hubiera supuesto para nuestros pacientes). Al final se consiguió que el precio fuera de los más bajos en Europa y que adicionalmente la diferencia de precio con lo que los técnicos consideraban aceptable se devolviera al sistema nacional de salud. En diciembre, y pueden dar constancia las CCAA, se hacía un reparto de las cantidades que se habían ahorrado.
Así se ha hecho con numerosos productos innovadores, no en este último período, sino desde el principio de la Comisión de Precios. Y creo que resulta además muy razonable llegar a compromisos de este tipo que permiten contar con las mejores innovaciones sin poner en juego la sostenibilidad del sistema. La novedad de la última etapa es que esos acuerdos no sólo se recogían en las actas de la Comisión de Precios, sino que además se articulaban a través de un convenio. La ventaja del convenio es que otorga todas las garantías jurídicas a un acuerdo de fijación de precios recogida en un acta, que por su propia naturaleza, es de carácter reservado.
¿No había ningún técnico del ministerio que pudiera haberle explicado a la ministra estos acuerdos? Me cuesta creerlo porque sé de su profesionalidad. Creo sinceramente que, en determinados ámbitos, y no se puede generalizar, hay una obsesión por todo lo anterior más propia de un cambio de régimen político que de una democracia consolidada. Por eso mi consejo es que aprendan de sus compañeros, y a los demás, que nos dejen en paz.





