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Moriencias
A mí me pasa.
Acerca de
Livianos mundos efímeros se acercan, se rozan. Dibujan garabatos en el aire. Se unen. Explotan. No hay fórmula magistral, ni receta mágica. Simplemente hay que seguir. Fuerza de empuje o inercia. Y, un día, desaparecer a contraluz tras la linea de tu horizonte.
Sindicación
 
Espinita
Qué bien sabe un momento propio entre tanta vida social. Un espacio en blanco. Un respiro.
Un poco de música.
Qué necesario es un momento propio al margen de la vida. Una nota al pie. Un suave golpe de puerta. Un cerrojo encajando, y a este lado...

Vacío mis bolsillos sobre la cama, me descalzo ( ah... esa sensación de mis pies descalzos, mis pasos, los auténticos, sobre el suelo... ). Abandonada de mi misma, o todo lo contrario, me dejo estar en silencio. Me acuesto junto a mi. Me miro. Me miro con esa mirada que tanto molesta a... qué más da a quien molesta. Qué más me da quien se molesta. Al cabo descubro que estoy bien. Que me siento bien. Me doy la vuelta. Remoloneo porque puedo, porque es mi tiempo. Toca.
No es que no eche de menos a nadie, es que sé que ahora mis alguienes están bien, por lo menos tan bien como yo.

Sonrío. Me doy la vuelta dispuesta a dejarme llevar unos minutos, tan pocos como míos, por el sueño.
Au...!
Recojo con amor el recuerdo que se me ha clavado en el costado izquierdo. Lo contemplo acariciándolo. Lo beso. Lo abrazo. Me quedo con él.

Bajo un poco el volumen de la música para escuchar mejor el del recuerdo.


( Y al final. Enrique Bunbury:

“Permite que te invite a la despedida
no importa que no merezca más tu atención
así se hacen las cosas en mí familia
así me enseñaron a que las quisiera yo

permite que te dedique la última línea
no importa que te disguste esta canción
así mi conciencia quedará más tranquila
así en esta banda decimos adiós

...y al final
te ataré con todas mis fuerzas
mis brazos serán cuerdas al bailar este vals
...y al final
quiero verte de nuevo contenta
sigue dando vueltas
si aguantas de pie

permite que te explique que no tengo prisa
no importa que tengas algo mejor que hacer
así nos podemos pegar toda la vida
así si me dejas no te dejaré de querer” //musica )

...Bailes de máscaras. Barras sujetadas por manos que escriben palabras. Manos que no tocan. Bocas que no hablan. Muros de vacío levantados entre nadie, para nadie, por nada. Salvo... Tú?. Y yo. Y la libertad de reservarnos el derecho de excepción.

 
Suelos. Cielos.


A medida que ha avanzado el día, las nubes han ido ganando terreno. Ya hace un rato que nos envuelve la noche. Una noche ventosa, fría, húmeda. La primera.
Sí, hace frío ahí fuera.

Hace frío en mi calle, en la plaza en la que nací, y en la otra que ahora llaman "de la fuente". La fuente lleva todo el verano cantando la misma solitaria canción de agua. La escucho cuando paso, como ahora. Canta himnos prohibidos, necesitados: secretos a voces.
Mientras camino despacio, en silencio, mis pasos tienen un eco diferente al habitual: son el coro de la lluvia solista que me empapa. Sonrío al pálido cielo nocturno, depositario de mis pensamientos, guardián de mi confianza. Me detengo. La fuente también. Un suspiro-barco se me escapa, y atraca en la superficie del pilón, aun revuelta. Dejaré que pase la noche ahí.
El camino paralelo a la antigua carretera, en parte aún de tierra, es una alfombra de brillantes. Voy...
Cuando llego al punto de retorno fijado para el paseo, la lluvia arrecia.

La lluvia va pulsando cada cuerda arrancando notas imposibles: canalones, césped, cipreses, tierra, losas.
Agarrada a las verjas de forja, la prisionera que hay en mi musita un réquiem con los ojos cerrados.
Un traqueteo producido por un golpe de viento me hace abrirlos. Aquí nadie se queja del frío o la lluvia. Aquí, la perfecta horizontalidad de los silencios, solo ensombrecida por la compleja verticalidad de las sombras, persigue, seduce, atrapa, abraza, besa, enamora... cuando el humano calla.
Y callo, y me doy la vuelta.

Dejando atrás el cementerio, las luces de la ciudad amarillean sobre el ambiente negro. Hay quien corre como si esto fuera lluvia de piedras, o lluvia de escorpiones, o lluvia ácida.
Corren maldiciendo. Maldiciéndose: como has podido olvidar el paraguas?.
Y los maldigo. Y los olvido. Y con las gafas, inútiles por empapadas, sobre mi cabeza, avanzando sin prisa, el cielo me devuelve un deseo.

(Y me doy cuenta del frío que hace ahí fuera... y aquí dentro).

 
Cuestión de mecánica

Suena el despertador. Maldigo. Golpeo.
Me desperezo. Me doy la vuelta. Sopor...
De un respingo me incorporo con la taquicardia directamente proporcional al susto por creer que me he dormido.
Furia. Pelos. Veo pelos. Aparto mi melena de mi cara. Me destapo.
Desayuno: zumo de piña con grajea de hierro para untar.
Cigarrillo. Aseo.
Espejo. Mierda...
Marujeo casero. Compras. Teléfono.
Paseo a carreras con mi perro. Visita a mis padres.
Al trabajo ( el culo de mi jefe cada día es más ostentoso ).
Salimos comidos.
Vuelvo a casa con un compañero ( le aprecio ).
Necesidades (?) ajenas.
Mis hijos. Mi familia.
Paseo sin rumbo ni tiempo con mi perro.
Cena ( siempre frugal, para irse a la cama no es necesario comer ).
Más marujeo casero.

Papel + Lápiz = Garabatos
Un rato de ordenador, quizá, si estoy aquí: repaso al blog, correo, ella ( a veces alguien más ), prensa, sala de chat.
Un libro. Mortadelo. Música. Autodefinidos.
Más garabatos. Aseo.
Compruebo el despertador. Mi gente duerme ya. Silencio.
...
...
...

Cada día, antes de abrir la cama, juego un rato con mi perro. Reímos entre cosquillas. Le pregunto si a él le parece normal que, cuando mi tiempo es sólo mío, no sepa qué hacer con él... o ya no pueda hacer nada.
Y, dando el juego por terminado, se acerca deprisa, me lame la nariz, pone su cabecita en mi pecho, me mira, suspira.
Y yo diría que me está diciendo: es tan importante?, vives para olvidar?, para recordar? vives por vivir... o para vivir?. Pues acaríciame, y apaga la luz, y mañana será otro día.

Cerrar los ojos. Ser consciente de mi respiración. Controlarla. Algún ejercicio de control mental. Él ( sí, tú, no, no valgo para olvidar ).

Consciencia de una bendita inconsciencia. Y, por fin, dejarme llevar.
 
Descargo
Me hablaba hace unos minutos. Dudaba. Quería venirse conmigo. Me negué. Le vi marcharse a casa derrotado por el cansancio y la borrachera. Y el maldito mal de amores. Espera un poco, le digo, hace un rato que sonó el aviso, no es el momento. No me ha hecho caso y, en un zigzagueo, la estampida se le ha venido encima.

Se ha levantado del suelo como alma que lleva el diablo. Vista al frente. Mirada perdida. Semblante desencajado. Desde mi posición la escena es el preludio de una tragedia:
Pretendiendo escapar, ha tropezado, caído, rodado.

Desde su postura fetal, tirado en el suelo, visiblemente congestionado, con los ojos cerrados, no puede ver que está solo en medio de una multitud que huye en vertiginosa retirada, que se atropella, que se empuja, que, viendo la suerte de la víctima elegida, grita su miedo e implora que él sea el foco de la furia desatada, librándose así de lo aparentemente inevitable. Mujeres, hombres, niños, ancianos. Gritos, carreras, llantos.

La bestia ha olido el miedo antes que yo. Respira. Se alimenta de él. Ensancha su hocico. Resopla. Mira a su alrededor primero, y a su víctima involuntariamente voluntaria después, y redobla el ataque. Y el pánico crece. Y ya no hay nadie más que ellos dos en ese breve espacio entre el suelo y la pared.

Bicho, bicho, bicho...!!!

Con un golpe seco en los cuartos traseros, y una carrera tan veloz como el audaz quiebro, el cortador ha captado la atención del toro, alejándole de allí.

Y después de estos dos segundos, él se levantó, el encierro prosiguió, y terminó sin más incidentes que unos pantalones rotos, un cuerpo magullado, y mi angustioso silencio al verle erguirse, buscarme con la mirada, hacerme una reverencia y, con una mano en el pecho y otra en los labios, tirarme un beso, y darse la vuelta arrastrando, calle arriba, su maldita vida.

No. No era el momento. Todo llegará. Tengo fama de impaciente, pero... cuando he de hacerlo, sé esperar.

Fdo: La Muerte.
 
Moda. Capricho. Necesidad.
Las calles, las personas, la vida está llena de escaparates. No acostumbro a ir a, ni con, ninguna moda, así que ese referente me sobra. Soy, sin duda, una inconformista de lo socialmente impuesto. De todo lo que pretenden venderme. De todo, y de todos.
Y tampoco es un consuelo saber que no soy la única “cosa” así de mi generación.
No, no me paro ante ningún escaparate, salvo...

Me pierden los brillos. Para eso soy como un grajo, me lo llevaría todo, lo dejaría en el nido, y buscaría más.
Pero no utilizaría nada.

Hace dos o tres días venía de comprar con mi hijo pequeño, con el carro hasta arriba, y cargados de bolsas además. Hablábamos. Siempre hablamos. Hablamos, hablamos, hablamos... Me decía que estaba contento de estar aquí, que hasta el aire es diferente. Se quejaba de su padre. Yo le escuchaba. Asentía. Le miraba de vez en cuando observando su gesto. Él sonreía sus circunstancias; el hecho de venirse unos días conmigo parecía hacerle el ser más feliz del mundo. Hasta su hermano, mi hijo mayor, le trataba de manera diferente, más “humana”.
-Nos sientas bien mamá, y él, si quiere, que rabie, que ahora rabia sólo.
Cuando nos separamos, ellos estuvieron conformes en quedarse con él. Al fin y al cabo, yo tuve que irme con lo puesto. No habría podido sacarles adelante. Ni puedo aún, por eso siguen con su padre. Aunque, de vez en cuando...

Pasamos por delante del escaparate de una bisutería que lleva allí... no sé, pero paso por delante unas cuantas veces al día, y no había reparado en ellos hasta ese momento. La voz de mi hijo se fue alejando. Mi vista naufragaba, otra vez, en ese embravecido mar de destellos. Sólo podía escuchar mis pasos, golpes sordos, y mi respiración agitada por el esfuerzo. Choqué con él. No sé cómo ni cuando se me puso delante. Dice: estás mirando esos pendientes?.

Esos pendientes eran preciosos. Unos pequeños lazos de plata antigua con sus cintas colgando y, entre ellas, cuatro diminutas piedrecillas transparentes.
-Hijo... me he enamorado.
-Por qué ya nunca te pones pendientes?.
La pregunta me pilló tan descuidada como el encontronazo, pero mi mente, a la velocidad del rayo, encontró la respuesta, que, todo hay que decirlo, también me sorprendió.
-Todos los que tengo me los regaló él. Me los trajiste tu, te acuerdas?.
-Mira, vamos dentro. Llevas dinero?.
Antes de darme cuenta les tenía en la mano. La dependienta me enseñó todos los demás, pero ninguno era como esos. Ante la certeza de lo inútil de su esfuerzo disparó, poco convencida, un sonriente “pruébatelos”.
Ahora están ahí, sobre la mesa. Los miro. Los acaricio. Tengo la sensación de haber recuperado algo.

Mañana me les pondré, y me acompañarán durante todas las fiestas de mi pueblo mientras trabajo ( porque la hostelería en España es así, en las fiestas, sean de la índole que sean, no sólo no se descansa, se doblan turnos ).


Quizá mañana ya no me acuerde, ojalá no tenga tiempo, del escozor de orejas que tengo ahora, justo después de habérmelas vuelto a abrir, para poder ponerme mis pendientes. Y así no maldeciré a quien defiende que el divorcio es una moda, un capricho.

Mis pendientes son un capricho. Mi capricho.
Para muchas mujeres el divorcio ( y aún así... ) es cuestión de supervivencia.
 
Primer paso.


En este momento no es tan importante lo que voy a decir, como comprobar que el blog funciona.

Vengo de otro rincón de la red. Un lugar caprichoso, veleidoso, fuera de lugar para alguien que pretende hacer algo... porque no responde más que muy de vez en cuando.

Me voy de paseo con mi perro antes de que oscurezca, y mis caminos se pierdan en la noche.
Amo a mis caminos. Amo la noche.
Antagonismos.
Yo.
Me voy.
Te vienes?.