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Moriencias
A mí me pasa.
Acerca de
Livianos mundos efímeros se acercan, se rozan. Dibujan garabatos en el aire. Se unen. Explotan. No hay fórmula magistral, ni receta mágica. Simplemente hay que seguir. Fuerza de empuje o inercia. Y, un día, desaparecer a contraluz tras la linea de tu horizonte.
Sindicación
 
Debajo de mi cama.
Me he dado cuenta de que debajo de mi cama guardo demasiadas cosas.
-Cajas tapadas llenas de historias, cuadernos cerrados rebosantes de recuerdos, pañuelos bordados que enjugaron lágrimas, y la vieja caja de herramientas que parecía no servir para nada ( por la tapa transparente de sus diminutos apartados pueden verse aún besos, abrazos, caricias, sonrisas, sonidos de risas, voces amadas, gestos amables, palabras sinceras, y alguna mirada ).
Frascos de perfume con aroma a futuro. Prendas de vestir aún no estrenadas, frescas y de abrigo. Pastillas de jabón para los por si acaso. Sombreros que siempre quiso quitarme el viento. Un guante. Tres entradas para un concierto, dos para un programa de radio, alguna de cine... todas legibles, los billetes de avión ya no.
Colonia de bebé. Cuentas sueltas de un collar con historia. Aquel fular azul.
Tijeras por si hay que cortar. Limas para evitar enganchones. Discos con música para sobrevivir. Llaves que ya no sé si abren algo.
Facturas, recibos, nóminas, fotografías, versos...-

El caso es que tengo que limpiar, y para ello, he de moverlo todo. Y no me resisto a echar un vistazo, y volver la vista si hace falta, a todo esto que apenas uso ya, que no es digno de un hueco en el altillo de mi armario... o no quiero guardar tanto.
O no puedo...
O quizá sin querer quiero tenerlo a mano.
Lo cierto es que cada vez que limpio lo saco todo, lo repaso, y casi con devoción, lo vuelvo a guardar, sin orden, eso soy yo... pero bien guardado, cerrado, y vigilado.
A veces pienso que... ay de mi si se me extraviara o estropeara algo.
Hoy se me ha hecho tarde, mañana volveré a intentarlo.
 
Crisis de identidad.
La noche se ha cernido sobre los amantes de día.
Habiéndose desecho de sus gafas, sus ganas, y sus ojos, se han tumbado a esperar el milagro del amanecer, rendida su certidumbre al borde del acantilado. Abajo, los riscos de la cala rugen. Arriba, la tormenta arrecia.
-Hacia dónde iremos?.
Gatean palpando oscuridades bajo el torrente vertical. Se hablan. Se aman. Deciden avanzar.
Detrás, el faro continúa con su ronda de luz. Vuelve al mar. Cuando vuelve, ya no están.

Pero, espera... llegan más...
 
Cuento (2)
A escena.

Desde el punto de vista de un viandante, yo, por ejemplo, Carmina era una de esas personas que abandonan el hospital con mala cara. Una de tantas. Una más, nada menos.
Yo estaba sentado cerca de los matorrales de espino blanco. No hacía nada especial. Sólo es que estaba solo, y allí, con el jaleo, los fantasmas de mi soledad me resultaban menos mordaces.
Desde mi rincón, mi juventud, mi inmadurez, y mi inexperiencia, pasaba horas observando cómo la gente entraba y salía, o no salía; se quedaba, o volvía y volvía y volvía… hasta que no volvían más. A veces les seguía, pero les perdía entre el asfalto y las prisas.
Ella entró una madrugada, casi como esta, por una puerta, y salió por otra dos días después.
Entonces nos conocimos.
Ha pasado el tiempo, y en su dictadura, las sensaciones de los recuerdos son casi más intensas que el momento vivido en su momento.
Te lo cuento:



Con la mente tan sobrecargada por tantos acontecimientos que apenas podía ver más allá de una cama, la suya, abandonó aquel bastión de miserias carnales, de humanidades.

Sobresaltos, olor a dolor, voces, carreras nocturnas, barullo diurno, café rancio…
Habría dado algo por un poco de cuerpo en el café, un cuerpo que no fuera el de los bichos que viven en, y de él.
Sonrió amargamente su chanza interna.
Habría podido fijarse en los velos que envolvían la luna, y quizá pensar que se había vestido de gala para ella.
Recordó un tiempo en que los luceros cambiaban de tono sólo para sus ojos. Ojos esquivos, hechiceros, custodiados ahora por ejércitos de ojeras, arrugas, y lágrimas.

Salir de allí fue un alivio. Al sentir el roce del aire fresco se apoyó en la pared, se dejo caer lentamente arrastrando la espalda, y apoyando la frente en las rodillas dejo escapar un suspiro.
El silencio abrazaba su mente mientras su memoria le ofrecía una película de recuerdos sobrecargados de imágenes y sensaciones mudas.
La alerta constante había sido su única constante en los últimos días.

La eternidad de ese segundo se vio alterada por la sirena de la ambulancia que llegaba.
Se apartó. A tientas, bajó las escaleras. No sabría decir cuanto tiempo deambuló por el parque que tantas veces había visto desde la ventana de la habitación, y si me lo preguntas, te diría que no era consciente de lo que hacia.
Se sentó en un banco vecino de un par de farolas rotas. Creo que lo eligió a propósito. A mi me encantan los sitios oscuros y las cosas brillantes… Y de la oscuridad de sus ojos manaba una miríada de estrellas. Y olía bien. Y me enamoré de ella.

Acercándome con mucho cuidado, para no molestar, para no asustarla, ronroneando, rocé una de sus piernas hasta llegar a una mano que, descolgada casi del resto del cuerpo, quise que me acariciara. Ante mi inexpresado asombro, ella me habló. Lo hizo tan dulcemente como acariciaba mi dura cabecita. Era la primera vez que un humano no se dirigía a mi enfadado, o con bruscos modos. Mi raza es desconfiada, y yo un joven gato asilvestrado, y me dejé llevar por el instinto un ratito, así conseguí llamar su atención, o distraerla hacia mí el tiempo justo para que me deslumbrara por primera vez con una sonrisa… y con unas golosinas que le dio esa otra señora, la que llega cada mañana a la casita de tejado verde que hay en el claro, y se queda allí, dando golosinas y montoncitos de papeles a las personas todo el día hasta bien entrada la noche.
Antes de salir del parque me dijo:
-Mira Peluso, ¿te gusta que te llame así?, si, ya veo que si… A mi me gusta que me llamen Carmina, ¿sabes decirlo?
Lo intenté, pero… ¡miau!
Carmina rió, me explicó donde vivía, y me invitó a irme con ella. Me dijo que podíamos ser compañeros, y aunque aun sonreía, su gesto se nubló.

Ella me hablaba.
Siempre me contaba historias de lo que llamaba su “compañía de teatro”. Tenía las ropas más brillantes que había visto en mi vida y las plumas más etéreas, guardadas en los baúles más estrambóticos, grandes y oscuros que un gato pueda soñar.

Me hablaba también de Fidel, de cuando se veían a escondidas de su hembra, y de cómo me encontró a mí el día que lo perdió a él.
Para un gato, es una costumbre extraña de los humanos deberse a una única pareja de juegos, y que sea otra la que tiene que llorar con los demás cuando, después de entrar, no sale más del hospital.
Carmina le lloraba casi siempre acariciando una fotografía. Nunca llegué a saber qué era eso, y eso que me la ponía ante los bigotes todo el tiempo, pero deduje por sus manotazos que no era para comer ni para jugar.

Me decía que ella, en realidad, era la otra. Eso tampoco lo entendí, como tampoco entendí que sólo pudiéramos comer de vez en cuando, poco y rancio. No me importaba que no fuera buena cazadora, y parecía que a ella tampoco.
Ella me hablaba de Fidel, me acariciaba, lloraba, me sonreía como si nada, y me animaba a perseguir destellos y a cazar borlas.

Eran pocas las veces que recibíamos visitas, y Carmina cada vez fue saliendo menos de casa.

Ayer, cuando amaneció, lamí su cara, como cada día. Pero no me respondió con una caricia, ni me llamó zalamero. Estuve todo el día enroscado sobre su pecho, y no me abrazó. Tampoco abrió los ojos para ver eso… eso…como se llama… ¿televisión?

Luego vino un señor que siempre venía muy enfadado, y la gritaba “¡el alquiler!” “¡el alquiler!”, y tiró la puerta, y la zarandeó, y se quedó muy blanco, y se fue, y después volvió con mucha gente, y me echaron a mi.
Y se la llevaron a ella.

Creo que la han traído aquí, donde la conocí…
Ahora me doy cuenta de que está oscuro. Que hace frío. Y me pica el lomo. Y tengo sed, y hambre.
Y nunca aprendí a cazar.
Y no sé cuanto tiempo ha pasado. Y no me importa.
A ella se la llevaron en una ambulancia, no pude seguirla, corría más que yo, pero los gatos sabemos que todas las ambulancias vienen aquí.

Carmina ha debido entrar por esa puerta, y yo… yo, sin dejar de mirar, recojo mis lágrimas, ignoro fantasmas de soledades, me hago un ovillo al pie el espino blanco, suspiro, y la espero.


 
Cuestión de supervivencia.

No es más que la historia de una mujer... detrás de otra, justo antes que otra.
Cae.
Cae como no debería hacerlo. Cae como nadie sabe.
Cae.
Cae como nadie cree porque nadie está dispuesto a creer, a creerla. Porque no es nadie. Porque de nada la sirve gritar, hablar, pensar, sentir.
La que cae aún no cree lo que esta pasando:

"Él no es así. Él está enfadado porque soy mala. Él se enfada porque estoy enferma y tiene que absorber mi trabajo. Él se enfada porque no soy buena madre ni buena esposa. Porque no le dedico todo mi tiempo, como le prometí. Porque he olvidado decirle que he hablado con otras personas. Porque no le he planchado la camisa. Porque he tomado un café con aquellos amigos míos que tan mal le caían, y les he dado un abrazo y un beso como, dice, nunca se los doy a él. Porque una vecina ha venido a casa, y se ha quedado un rato a echarme una mano. Porque quiero aprender a manejar el ordenador, y así le hago de menos a él. Porque se me ha caído una pinza al patio tendiendo la ropa. Porque he saludado alegremente a un conocido.
Y nunca estoy guapa. Ya nunca me arreglo. Ya nunca sonrío. Para qué, si a penas puedo salir de casa?. Y cuando lo hago se enfada aún más...
Soy tan inútil...
Tiene razón: no hay enfermedad tan grave que me impida recoger a nuestros hijos a la salida del colegio, ni llevarles al parque, ni salir con él de paseo ( nunca entendió que no me gustara el cine )... cuando sí estoy bien para llamar a mi madre, a mi hermana, o a alguna amiga por teléfono y contárselo.
Él trabaja duro. Él trabaja duro y yo gasto su dinero. Y cuando llega a casa se encuentra que los niños están con la vecina, los cacharros sin fregar, la cama sin hacer... y yo en ella.
Se enfada porque soy mala, y vaga. A veces discutimos y él se enfada, y... Y yo acabo llorando, y él se enfada más, y me recuerda a los vecinos que estarán escuchando, y que más me vale ser buena, porque no tengo nada salvo a él.
Pero yo sé que él no es así, porque luego me dice cuánto me quiere, aunque luego se enfade otra vez, me dice que me quiere.
Con semejante desastre de mujer, es normal que se enfade. Con lo que yo le quiero...!, y lo bien que se porta conmigo algunas veces...! Sacaremos nuestra relación adelante. Pero hasta que yo pueda... es normal que se enfade. Es normal. Es normal".

Y sigue cayendo. Y seguirá hasta que abra los ojos lejos de él... si consigue escapar a tiempo.



( Nota para ti:
Yo lo hice, y, dos años después, me pregunto por qué no lo hice antes. Tengo esa respuesta, claro, como tú debes tener la tuya. No se olvida. Él seguirá ahí, recordándotelo. Quien te diga lo contrario miente, o no ha pasado por ello. Es su vida o la tuya, lo sabes tan bien como sabes que él está, simplemente, mucho más enfermo que tú.
Es su vida o la tuya... y tus hijos.
Por quién apuestas?
Es tu vida o la suya.
Arriesga!. Vales la pena... y la alegría.
Yo, hoy, apuesto por ti. Y mañana también lo haré, aunque él, y su carita de ángel y su razón, y sus razones, se vayan a la cárcel un tiempo después de mandar lo que dejó de ti, a la fosa. Mañana. Cuando tus hijos vayan aprendiendo de él, y olvidándose de ti ).



 
Cuentos (1)

Me doy cuenta de que bajo por la escalera solo a medias, como recién despertada de un sueño profundo, agradable, cayendo por un talud.

Camino insegura, envuelta en una luz amarillentamente mortecina. Avanzo despacio, guiándome por la pared, palpando casi sin ver, las huellas de otros que han pasado antes por aquí. No hay restos de nada ni nadie. No hay nada salvo esa luz que zumba atontándome cada vez más, y un débil foco de luz al fondo.
No hay una tela de araña, ni una mota de polvo, ni una mancha.
Una canción extraña rebota entre las paredes del túnel descendente y mis diezmados sentidos, elevándose, luchando por un poco de aire de superficie que la transporte, dejándose caer, tocando suelo, y volviendo a elevarse, volviendo a chocar conmigo, y rebotando de nuevo.

Descendido el último peldaño de este tramo, al tiempo que mis pies me detienen y mis ojos observan, mi piel se eriza. No hay camino de vuelta. Un telón de oscuridad sólida va cubriendo los pasos que voy dando.

Entre nauseas veo vagamente cada estría, cada arañazo, cada mordisco en la roca. Cada oquedad. Aperos. Tablones anárquicamente sujetos con deshilachadas cuerdas.

Ahí delante hay dos peldaños más. El descuidado andamio corre a lo largo de la otra pared desembocando en...

En la boca de la ardiente caldera un ser se aferra a un travesaño de la estructura. Su cuerpo se estira sin dificultad ni apoyo, más que el de las negras garras de sus patas traseras, desapareciendo su tronco en la bóveda ígnea en busca de algún objetivo que prefiero ignorar. Escarba el fuego con varas de metal. En el esfuerzo de traer y llevar, los músculos de sus piernas se contraen y relajan, como los de su espalda, como los de su abdomen. Como los de sus brazos.

Desde aquí no ha podido verme... no. No puede estar mirándome, no puede estar avanzando hacia mí... No puedo moverme. No puedo gritar...

Dos abismos negros, fijos en mis ojos, sobre dos agujeros diminutos, sobre una boca retorcida, cuajada de dientes afilados eternamente abierta, eternamente hambrienta, silenciosa, me desean.
Sus brazos abiertos se alargan pretendiendo capturarme. Las garras negras de sus patas traseras y delanteras también. Es un ejercicio frenético de posturas imposibles, ansiosos zarpazos, gritos velados y sádicos mordiscos. Aumentan las mellas de las paredes abovedadas haciendo caer al suelo... Caer...?

El hipnótico ser y su funesto afán por mí captan toda mi atención impidiéndome ver que todo lo que cae al suelo se convierte en un caos musical. Esa cacofonía...
No puede tocarme. No puede bajarse. No puede tocar el suelo.

Le observo. Se ha parado. Su malicia me observa. Renueva el ataque doblando el ritmo.
Tumbada boca abajo, con las manos sobre mi frente, siento el aire de su furia en mi sudor.
Y una garra en mi frente, y mi mano en su mano, y su mano entre mis labios y el suelo, y un súbito tirón.

Veo luces que van y vienen. Escucho una voz muy clara, muy lejos: " Ya responde, ha vuelto"
 
Me gustaría...
Nació.
Desde entonces, y hasta hace un puñado de años, no existía para mí.

Casi cuatro años, es el tiempo que llevo por la red, y no sé cuántos personajes, gente, antifaces, disfraces, cáscaras vacías, manzanas preñadas de gusanos... y Personas he tratado. Y eso que cuando empecé no pensaba...
Por equivocación, estas cosas pasan, entré en una sala de chat que, todo hay que decirlo, no tenía nada que ver con mi ciber lugar de destino. Ella estaba allí, entre todos aquellos Nick que con el tiempo me fueron tan familiares como las personas que había detrás de ellos.
Pronto fueron habituales los saludos de rigor. En aquel altar al sarcasmo y la ironía era costumbre ir desnudo. Así me lo explicó uno de los componentes. Así se lo explicaba a toda mujer que llegaba cierto usuario al que aun tengo un peculiar aprecio.
Dios los cría y ellos se juntan, dicen.

Había un nutrido grupo con unos valores, unos sentidos. Con inquietudes comunes. Había más grupos, más gente... más común, más banal. Más como lo que hay ahora: superficialidad, forma sin fondo, guerreros, camorristas, incordiantes. Tampoco faltan los interrogadores, esos, en una sala de chat temática, no pueden faltar: los que, como no saben nada, lo suponen todo, haciendo de esta filosofía suya el amoroso credo a imponer.
Yo no sabía. No sé. No quiero saber, porque ese sería el fin del juego. Y jugar, es la única forma de aprender.
Nunca pertenecí a ningún grupo de aquellos. Yo fui y soy la duda.

Las cosas han cambiado dentro y fuera de la sala, para todos. Y todo aquello acabó. Pero hay Personas con las que de una u otra forma, mantengo contacto. Pocas: Izel, Chinaski, Dark Never Cry, Vincent Vega, Sheran, Hayt, Brida, Ouróboros... y ella: Ballesta.

Todos, lo mire desde donde lo mire, me pillan lejos. Muy lejos...

Y hoy echo de mucho de menos a alguien muy especial para mí. Alguien a quien quiero. Alguien que está más aquí dentro que ahí fuera, tan allá, tan lejos.

Acabo de hablar con ella por teléfono. Su voz, siempre alegre, dulce, campanilleaba más que nunca.
Me hubiera gustado darla un tirón de orejas, abrazarla.



Este es un medio cruel: no llego, pero...

Feliz cumpleaños, Ballesta mía.

//copa por muchos más contándonoslo.