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Moriencias
A mí me pasa.
Acerca de
Livianos mundos efímeros se acercan, se rozan. Dibujan garabatos en el aire. Se unen. Explotan. No hay fórmula magistral, ni receta mágica. Simplemente hay que seguir. Fuerza de empuje o inercia. Y, un día, desaparecer a contraluz tras la linea de tu horizonte.
Sindicación
 
Traición


Creí que no llegaría el momento, pero, por fin, me he recogido aquí dentro, y estoy haciendo inventario de bajas. Con los ojos cerrados, recostada en el sillón, poco a poco voy siendo consciente de mi cuerpo, que vibra y tiembla ligeramente, y de mi mente, que aún me regala imágenes veloces de escenas que ocurrieron hace minutos.


El cansancio físico y mental, que no emocional, es claramente perceptible al relajarme. Un fino zumbido de oídos, el maldito dolor en la "ese" de mi espalda, el hormigueo en las piernas... La cabeza me late como si en un instante fuera a reventar, aunque no duele. Me hago dueña de mi respiración. Suspiro. Me acomodo un poco más, algo menos tensa ya.

Quien ha roto el silencio?. Alguien me ha llamado con urgencia?. Me he dormido?. Compruebo el móvil. Todo está bien. Vuelta a empezar. Ahora todo está tranquilo, y sólo mi corazón blasfema.

Silencio.

El silencio es el mar en el que mis sentidos navegan. La costa para el náufrago a la deriva. La cima más alta. El valle más profundo. Mi paz. Mi nana.
Que nadie pronuncie mi nombre requiriendo atención.
Silencio.

Ahí fuera alguien tose irritantemente. Recuerdo una canción. Casi me levanto de un brinco a por mi reproductor. Un reloj pita una hora que no quiero saber. Debí haber cogido una manta, ahora me doy cuenta de que hace frío. Tiemblo. Otra vez una canción. Otra canción. Acabaré yendo a por algo para escuchar mientras, y de paso la manta.
No.

Y se me escapa como el agua entre los dedos. Como el amor. Y le rechazo. Le odio por ello. Y me calzo mis zapatillas verdes, vehículo de mi huída y calor de mis pies. Deambulo por la casa gruñendo conmigo misma. Un coche pasa una y otra vez tronando bakalao. Las cuatro de la madrugada debe ser buena hora para que los grises de día se hagan notar (esos seguro que no acaban de salir de trabajar desde las doce de la mañana).

Y sin embargo aquí estoy yo, dando tanta guerra como ellos.
Enciendo el ordenador, me pongo los auriculares. La estoy escuchando... Le estoy escuchando también a él. El parón es automático. Ahora sí podría ser...

Y Es.

Y el cansancio termina siendo el burro que mueve mi noria. El dolor, ese paso zambo, oscilante, incansable, que me mece. Mi piel, el abrazo de mi humanidad. Y el silencio...
El silencio es el amante encantador, la sensación extrañamente familiar, y cruelmente lejana, de la que esta noche quieren huir mis sentidos.


 
Calle Pozo Nº 8
La fachada blanca y gris. La ventana abajo. El balcón arriba. Más arriba la farola. Y más arriba aun, la chimenea.
La casita que cualquier niño dibuja en sus primeros garabatos sobre el papel.
La casa donde nací.
Mi casa.

Vigas de madera. Paredes de 50 cm. de adobe enlucido bajo el papel pintado. Suelos de terrazo y hule. Techos de cañizo. Entrando, a la derecha, el comedor y la alcoba ciega discretamente separados por la cortina. Una despensa debajo de la escalera. La cocina. La despensa. La escalera de mármol gira a la derecha, se detiene en un rellano bajo un tragaluz, y sigue subiendo. A la derecha subiendo otros dos peldaños, la habitación de atrás. A la izquierda otra alcoba, esta con dos ventanas interiores. Al fondo mi habitación, en ella el balcón, más allá la plazuela.

Bajo el tejado, el “sobrao”; ahora lo llaman desván. Mi guarida.

El corral pequeño. La cocinilla. El taller de mi padre. La cuadra, y en su pasillo, mi columpio. El corral grande, y en el...: 280 rosales (los de suelo, los trepadores en sus arcos, los de árbol...). Las hiedras. Los caminillos. Los bancos. Los lilos (dobles, sencillos, morados, blancos, y hasta alguno lila). La olma, y bajo ella, la cabaña de mis hijos cuando eran niños. El colgadizo. La conejera. Los cajones de abono y tierra para el jardín. La trasera. Abrazando el patio, la tapia rematada de celosía blanca.

Casi quinientos metros de superficie horizontal, de esos que ya no hay.
Que ya no hay...

Hace siete años nos dieron la opción de venderla o expropiarla. Generosos...
Urgía. Había un proyecto de unificación de la manzana. El centro del pueblo no podía estar así, con una única casa en pie...
En este tiempo, sola, casi abandonada, se ha ido agrietando. Se ha ido haciendo vieja. Se ha convertido en una amenaza.
Ayer estuve allí. Me llevé mis últimas cosas. Mis lágrimas también.

El 7 de Abril de 1817 fue una buena fecha para levantarla.
El 16 de Diciembre de 2006, una fecha cualquiera para derribarla.

No construirán nada, hasta nadie sabe cuando. Bueno sí: cuando constructor, Ayuntamiento, y Junta, se pongan de acuerdo.
Mal rayo les parta.

Debimos quedarnos con el dinero y volver a empezar en otro lugar, en vez de elegir una vivienda sobre ese mismo suelo. Nuestro suelo.

(Quiero creer que el recuerdo, entendido como memoria de la historia, es inalterable, porque si no... juraría que buena parte de mi vida se viene abajo, y mis escombros se olvidan revueltos entre los desechos de algún vertedero, irremediablemente inseparables, entre los suyos)
 
Bohemanidad


Anoche salí tarde de trabajar.
Intenté desconectar, la paradoja suele funcionar, conectando un ratillo, dando un pequeño paseo por la red, y hablando, quizá, con alguien.
La mecánica es siempre la misma: llego a casa, me aseguro de que todo está "en orden", me pongo el traje de noche y mis añoradas zapatillas, caliento la leche, preparo mi bollo... tabaco, encendedor, cenicero... sí, estamos todos. Enciendo el ordenador.

Cuando yo era niña, éste era un pueblo de labradores. En la esquina de la plaza donde nací, vivía el señor Alejandro. Cada mañana, exactamente a las 04:45, arrancaba el tractor, y arrancado lo tenía hasta las 06:00 que se iba en él a sus tierras. Aquel sonido de aquel tractor es algo que no se olvida: "quetarruino-quetarruino-quetarruino" ( el por qué de tan largo canon es simple: es el tiempo justo que necesitaba la máquina para "calentar", y la única forma de poder andar con él ).

El CPU de mi cascajillo hace un sonido muy parecido al del tractor del señor Alejandro, y aunque se agradece el silencio que deja al apagarle, es una grata, casi entrañable, canción que acompaña mis noches... y me coloca casi automáticamente en contacto con quien más echo de menos: conmigo misma.

Mi trabajo es duro. No hay más remedio que frivolizar un poco, dar mucha guerra y, sobre todo, hablar. Hablar, hablar, hablar... Son muchas horas al día trabajando juntos. Somos cuatro: tres unas y un uno ( Los jefes no cuentan en esto. Los jefes hacen sus cuentas, y se les margina, que es lo que se ganan ). Después de año y medio buscando, tenemos, por fin, cocinera nueva: Blanca.
Blanca habla. Blanca habla, habla y habla. Todo el día habla. Blanca habla y sabe lo que dice. Y hace. Trabaja como una máquina. Es una persona así de grande.

Blanca, escarmentada de su primer matrimonio, se va a volver a casar. Habla de ello a todas horas ( y nos pasamos, la mayoría de los días, entre seis y doce horas juntas ). Es amante de los programas del corazón, del hígado... la encantan los chismes. Yo la doy guerra con esto, como con todo.
Si ella es "la Blanca" yo soy "la Negra"(6).
Si duda porque tiene un problemilla con su pareja " no me llegas a la boda":(
Si me cuenta algún sueño que ha tenido, de esos que inquietan, que llegan a obsesionar por su intensidad y frecuencia "tienes demasiado tiempo para dormir, hasta recuerdas los sueños!"
Si pica algo ( que es un restaurante, joer, otra cosa no habrá, pero comida... )"no me vas a entrar en el vestido":p
Si alguien pregunta si alguien sabe cómo se ha roto algo... "ha sido Blanca" :D
...

Esta acidez mental mía... suscita más debates de los que, a veces, soy capaz de sostener. Y tiene unas consecuencias que no había previsto.

Será por el agobio de tanto doblete de turnos a causa del puente o no, no lo sé. Pero anoche no todo fue todo lo bien que tenia que ir. Cuando conecté, a eso de las 03:00, me fui a la sala de chat que frecuento. Me gusta estar allí leyendo, calladita, pensando en nada, dejando que la mente se me vacíe, quien sabe si a través de los pensamientos de otros. A veces participo, sí. Es sólo que el ambiente allí no es sano, o no me lo parece, a la hora de sostener una conversación.
Y anoche... anoche cuando entré y vi el panorama, eché atrás el respaldo del sillón, dejé el teclado sobre la regrabadora, y durante media hora dejé que frases y frases pasaran ante mis ojos, a ratos abiertos, a ratos cerrados, mientras pensaba ( y lo hice ) guardar esa charla para repasarla cada vez que me pareciera que desvarío, que chocheo, que mi vida no vale nada, que Blanca se va a casar, y no sabe si quiere hacerlo... otra vez.

Supongo que cuando me acosté el subconsciente hizo el resto.
Esta mañana me desperté unos minutos antes de que Tarzán me voceara desde el móvil, de liana en liana, que ya era hora de volver a empezar.
Me desperté con el sabor amargo de la derrota en mi boca, en mi cuello, y en mi pecho. Había tenido un sueño...

-"Blanca estaba allí, en su prestado vestido de novia. Estaba guapísima, como en los sueños que ella me cuenta. Había muchísima gente. Sus cuatro hijos se agarraban a su falda, sonrientes. Todo era como ella me contaba, y así estaba bien porque era su sueño. La hablé. La pedí que me enseñara los zapatos, y eso la dio miedo. En sus sueños sus zapatos son negros y ella no los quiere, y sufre porque ve los suyos, dorados, ahí, en el suelo, pero no puede alcanzarlos, y ni siquiera puede quitarse los negros, lo intenta y lo intenta, pero no puede. También la doy guerra con eso "Blanca, si son negros son míos no tuyos, quítatelos y devuélvemelos, es así de fácil". No tenemos, ni de lejos, el mismo número, aun así me pidió que la prestara los míos para ponérselos encima de los negros. Mis pies... Me levanté mi falda, doblada de risa, para enseñárselos, y con mofa y befa decirla "esto? esto es lo que quieres?". Debí palidecer cuando, al segundo, vi que mi falda era de un blanco crudo, drapeada. Y el corpiño... Y...
Y yo estaba vestida de novia...
Ella no se reía, aunque eso es lo más lógico: no es tan malona como yo. Pero sonrió al ver mis zapatos. Negros.
Esa parte del sueño se aleja, se difumina, se queda en mero sueño. Estoy sentada al ordenador leyendo al personal de la sala de chat con el pijama puesto. Estoy tranquila, he debido de dar una buena cabezada... Miro la barra de tareas y veo la hora y las aplicaciones que tengo abiertas. Msn está tranquilo también. Lo único que alborota son esos personajillos vocingleros típicos de sala de chat.
Bueno, es hora de ir apagando, no me vaya a cargar a mi "culo gordo" de un golpe de cabeza. Cierro la sala, y...

Tengo la costumbre, desde hace mucho, de dar las buenas noches a un compañero que tuve un día. Que me tuvo. Que me tiene. Que tengo. Que me retirará la palabra cuando lea esto. "Mi grillo" le llamo, y le quiero.
Un hábito: abro la ventana principal, le miro ahí un momento, el tiempo justo para proyectar la imagen mental que tengo de él, coger su cara entre mis manos, acariciar su pelo un momento, darle un beso, "buenas noches, mi grillo", y, complacida, cierro.
Él no suele estar ahí, así que es algo casi automático: click.

A punto de cerrar sesión, alguien conecta. Es un desconocido. Tengo una pulsera de oro en la muñeca derecha, la veo al mover el ratón para colocar el puntero sobre su nombre y ver si reconozco la dirección.
Blanca está a mi derecha vestida de novia y diciendo "no me he casado, eso te lo dejo a ti, te jodes, como dices tú" y me enseña divertida sus zapatos dorados en sus pies, y su radiante sonrisa.
Estoy vestida de novia otra vez, mis zapatos son blancos. Mi alma se vuelve más sombría que nunca.
La ventana donde debería poner: "x inicia sesión" se esfuma y deja paso a una vela de color crudo, de cera natural. Huele muy bien. Su llama es tranquila, pero no sé por qué diablos mi fondo de pantalla es escandalosamente blanco. La puta pulsera se ha enganchado en un abalorio cuando intentaba sujetarme el estómago antes de que se me saliera del todo de su sitio.
No llego al ratón. No sé quien es...

"Buenas", dice la vela blanca de llama tranquila. Blanca me mira como si yo fuera dios. Es él, es mi grillo, y no consigo zafarme de la presa de muñeca que me han hecho el abalorio y la pulsera.
-"Estás?"
A la mierda!. De un tirón arranco pulsera, abalorio, corpiño...
-"Buenas noches, corazón"
-"Creí que no me contestarías... Mira lo que traigo"

La vela blanca de llama tranquila ocupa toda mi visión. Respiro. Suspiro. Sonrío. En el centro de la llama ( y esto tiene su aquel, él escribió un texto precioso: La vela ) todo era yo, y puede, por fin, sin Blanca, replegarme en mi espacio frío, oscuro, silencioso, de su mano... antes de despertarme ya sin su presencia a mi lado."-

No sé que barbaridades soñaré hoy, ni si os las contaré, pero... esta noche, cuando salí de trabajar, la luna parecía la bola de un cucurucho de nata boca abajo en el cielo dispuesta a precipitarse sobre la tierra.
No quiero ni pensar de quien será la mano de niño que la sujeta.

Voy a cerrar ya, que ya he hablado bastante por hoy.
Buenas noches a todos.



( Buenas noches, mi grillo )

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