De su mano, por fin.
Cuantas veces creemos, y nos torturamos machacando la idea, que lo que deseamos no llegará nunca. O llegará fuera de tiempo, o a destiempo. O no volveremos a disfrutar lo que una vez tuvimos.
(Mira que nos gusta revolcarnos en el dolor...)
Este ha sido remolón. Ha tardado, pero... aqui está. Y, como puesto está donde caer... que caiga!.
Estas son mi estación y mi parada. Y este mi amor.
Oh, Invierno...!

(Mira que nos gusta revolcarnos en el dolor...)
Este ha sido remolón. Ha tardado, pero... aqui está. Y, como puesto está donde caer... que caiga!.
Estas son mi estación y mi parada. Y este mi amor.
Oh, Invierno...!

Punto y aparte
No creo que sea cuestión de hormonas. Aunque el hecho de que los hombres, entendiendo esta palabra como concepto que engloba a la humanidad, no como sexo, juzguen, condenen, y ejecuten libremente, con la frente alta. Que se justifiquen, que aleguen. Que hagan de sus excusas sus razones y las impongan en nombre de ( espacio reservado para publicidad ), o pretendan hacerlas causa común a toda la raza, con las implicaciones que esto supone individual y colectivamente, es lo más humano que ha ocurrido a lo largo de la historia. La misma historia que no entendemos por qué se repite reiteradamente, asombrosamente, peligrosamente.
Al hombre le gusta jugar a ser dios. El hombre tiene un concepto, previamente inculcado, de ese dios, por llamarlo de alguna manera. El hombre cree que dios está ahí para él, que es un modelo a seguir, un ejemplo a imitar. Y habla de él. Y habla con él. Y olvidándose de si, el hombre cree haber sido hecho a imagen y semejanza de dios. El hombre es dios, luego... dios, es como el hombre.
Y todo sigue adelante entre razonamientos lógicos, encasillamientos, comparaciones, modificaciones, alegatos interminables, conflictos que derivan en irracionalidades que llevan al conflicto, que arrastran en su caída, destrozan todo lo habido, y dictan a quien queda la verdadera historia desde los auténticos principios éticos y morales de su deidad.
De su propia deidad. Cada cual, desde la suya.
Pensamientos, sentimientos, y emociones, no sirven. No se pueden pesar, medir, ni contar. No se pueden comparar. No hay dos iguales. Y el hombre decide que científicamente, no sirven porque no se pueden demostrar ( acaso van a ser tus sentimientos mejores que los míos? tu amas más que yo? mejor que yo? crees que yo voy a consentir que eso llegue a imaginarse siquiera? ).
El hombre inculca su frustración, sus miedos, su rabia, y su ignorancia; viste de velos de vaporosa, transparente, profundidad su superficialidad... y la humanidad lo asume como verdad.
Y proclama clemencia divina, aplicando justicia humana.
Y todo vuelve a empezar.
Consciencia de dios en la conciencia del hombre. Sin viceversa.
( Cerrando los ojos miro un poco más allá, y no sé si es dios lo que siento, pero es paz. Una paz de espaldas, pero en perfecta comunión, con un mundo caótico en declive. Una oscuridad universal que abrazándome me convence. Y me dejo mecer, me dejo llevar. El silencio besa mi frente y suspiro al pensar, tranquilamente, qué pasará el día en que ratas y cucarachas aprendan a hablar )

Tú sabes...
En el vacío, una silueta desdibujada, irradiando una luz mortecina, va y viene en zig zag.
Lenta e inexorablemente se acerca. A un palmo de la nariz detiene su sin rostro, su sin gesto, su sin forma.
Cuando el silencio se hace tan denso como la crispación el miedo y la impotencia, cuando las formas desestabilizan cualquier convencimiento, cualquier seguridad, alguna esperanza, creencia, fe... el mundo se para. Y todo explota.
Lanzados fuera de si, en la desesperación de su propia búsqueda a tientas, van recuperando retales de sus cielos. De sus tierras. De sus infiernos.
No hay más remedio que componer el puzzle con lo que queda.
Y todo sin dejar de ver, sin parpadear siquiera...

(Daría algo por que nos diéramos cuenta de que en ningún momento nos hemos perdido, ni hemos perdido, ni ganado, ni cerrado los ojos. Que nada cambia aunque el universo nos deje fuera. Que se puede dar la espalda a la razón sin levantar un pie del suelo. Que no se ha perdido ni roto ninguna pieza.
Si supiéramos parar, respirar, sentir sin necesidad de preguntar.
Si antes de nada dispusiéramos un tiempo de cuarentena para observar, y comprobar si se acerca o no el atolondrado de la borrachera...
Ay si supiéramos que no estamos ciegas, compañera.)
Amanecerá.

Hace un momento, viniendo de acompañar a mi hijo mayor al autobús, tenía que pedir permiso a un pie para mover el otro. Notaba que me hormigueaban por ellos los ejércitos de hormigas reclutados durante el fin de semana acarreando la fatiga y las angustias propias del ser, puesto a prueba por la gracia ( qué gracia... ) de algún dios. Que suben por mis piernas, mis muslos, mis caderas, que se hacen fuertes en la espalda, la nuca. Mi mente todavía es arrastrada por la resaca de la mecánica, y siento la bendición de no ser capaz de pensar, de ser plenamente consciente del cansancio acumulado.
No he tardado mucho volver. Él no ha tardado mucho llegar.
Sentada ya, o derrumbada, no sé, escucho a Bunbury decirme algo que ya sé: "De pequeño me enseñaron a querer ser mayor, de mayor voy a aprender a ser pequeño". Pienso en la forma tan curiosa por la que mis hijos serán lo que quieran en el momento que quieran. En cómo yo estaré con ellos decidan lo que decidan, hagan lo que hagan. Sea como sea, al precio que sea.
Desde que vuelvo a ser persona, desde que puedo pensar lo que quiera, y llevarlo a cabo; desde que soy libre para reír o llorar, y hacerlo a gusto; ir, venir, quedarme si me parece bien; desde esta nueva atalaya, o este nuevo agujero, desde mi favorable desmejoría, desde mi sintiempo, desde mi... Mi Niña, mi ancla, mi salvavidas, mi faro, mis alas para ver el laberinto desde arriba, se asoma de vez en cuando, ríe pícaramente haciéndome cosquillas en el dolor, burlándose de mí con las manos en la nariz, y provocándome con su "a que no me pillas".
Y antes de darme cuenta vuelvo a mí.
La música sigue sonando.
Yo estaba escribiendo esto cuando Bunbury me decía: "Los restos del naufragio quedaron esparcidos, o desaparecidos... o rotos". Mientras, me encontraba a gusto en un suspiro, y salía a la búsqueda de unas letras, otras, que me atrajeran, me transmitieran, que me hicieran sentir.
Encontrar algo nuevo, como si nada hubiera pasado, porque ya falta poco para que amanezca... y todo volverá a empezar.
En voz baja

Es tan fácil hablar...
Se habla de lo que se ve, de lo que se lee, de lo que se hace, incluso de lo que se siente.
Hay tantos lenguajes para comunicarse, como personas que quieren hacerlo.
Hay quien habla por decir algo. Hay quien pone deseo y voluntad en sus palabras, gestos, o actos. Hay quien habla con palabras ajenas. Quien habla poco, y quien habla demasiado.
Y hay tonos dulzones, empalagosos. Indiferentes. Soberbios. Regios. Estudiados. Educados.
El tiempo. El saludo de rigor. El apretón de manos. El deseo expresado.
Hay mucho más, y para todo, siempre, hay un interpretador nato que sabe a ciencia cierta lo que estás pensando, y que, desde luego, no es lo que estás diciendo.
Está quien habla por el placer de escucharse, con el afán de reafirmarse, y quien dispara baterías de dudas esperando escuchar las respuestas que ya tenía preparadas, de unos labios que preferirían callar.
Y está el silencio arropado en otro silencio cómplice, una sonrisa espontánea, un roce intencionado, y una mirada viva.
De lo demás no hablo. Si quieres, te lo imaginas.





