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Moriencias
A mí me pasa.
Acerca de
Livianos mundos efímeros se acercan, se rozan. Dibujan garabatos en el aire. Se unen. Explotan. No hay fórmula magistral, ni receta mágica. Simplemente hay que seguir. Fuerza de empuje o inercia. Y, un día, desaparecer a contraluz tras la linea de tu horizonte.
Sindicación
 
La última noche de luna llena

He dicho ya alguna vez cuánto me gusta, cuánto disfruto, de esta hora y media, dos horas, que paso sentada ante el ordenador, pero creo que ni yo misma lo creo cuando he de repetirlo (repetírmelo), tantas veces.

Ando catarrosa, medio febril; me duele la garganta, y diría que me han dado una paliza. El fin de semana está ya ahí, y aunque ésta no he doblado ningún turno de más, que vaya meses llevo..., me va a pillar cansada.
El cansancio físico es superable, una y otra vez. El otro, el anímico, también. Las huellas físicas, cicatrices, no impiden el movimiento de la mente. No hay llaga del alma que sane por completo. Y la mente lo acusa, y la fatiga mental se manifiesta mediante olvidos, comportamientos extraños, y otras nimiedades.

Estaba hablando con Ballesta. Ambas coincidimos en dos salas de chat. Bromeamos, frivolizamos, enredamos, liamos al personal, reímos, despertamos risas aletargadas... Pero ésta (señalándome a mí), en cuanto puede hace mutis, y se dispersa en cien maravillosas banalidades.

Mi Messenger es un lugar habitualmente tranquilo. Hace mucho que no agrego a nadie. No me importa dar mi dirección de correo a según quien, pero la advertencia va por delante: No te agregaré a Msn.
Hubo un tiempo en que todo era diferente, tanto, que la máquina no daba más de si, no permitiéndome admitir a nadie más, y cada vez que conectaba se me echaban encima diez ventanas con veinte personas hablando en cada una.
Estaba bien todo aquello, sí...
Pero, de la mano de alguien a quien quiero, aprendí que esas ventanas también podían ser algo... más intimo, más cercano, más sosegado e incomparablemente activo a la vez. Aprendí a dejar que otra persona estimulara mi mente. Con él recordé lo que era sonreír, y hasta reír, desde dentro. Con él aprendí a hablar, y cuando lo hice me escuché, y cuando me escuché me comprendí. Y crecí.

De aquel tiempo en el que yo era vieja, conservo a mis hijos, y algo de mí. Algunos viejos hábitos reflejos sobre algo que no entendía, ni entiendo, que siempre quise olvidar, pero siguen ahí.

Ballesta y yo nos hemos acomodado ante el ordenador, más tranquilas ya, y ocupado "nuestro sitio" en la sala de chat donde nos conocimos.
Él ha abierto sesión de Msn, ha puesto una frase que ya tuvo hace unos días y a la que respondí con otra mía que borre al día siguiente, dando por terminado el supuesto diálogo. Se ha ido, y ha dejado otra que me ha dejado descolocada. Y no sé por qué... Él tiene esa habilidad, o yo esa debilidad: me pone a sentir como no me ocurre con nadie más, vaya la cosa conmigo o no.
De cualquier forma, la respuesta solo la tiene él.



Y sin muchos pensamientos más que estos que ves, tan crípticos como sus frases, tan extraños como su mente, tan lejanos como él, cálidamente abrazada por algo que no entiendo ni me preocupa, miro mis manos, las junto, cierro los ojos, y dejo que una lágrima con su nombre se despeñe por mi mejilla justo antes de que ella se vaya a dormir, e inmediatamente después, Ozú se cuelgue.
 
Novedades


Pienso que no es cuestión de idas y venidas. Tenía ganas, eso es todo.
Cómo?, No sabes de qué estoy hablando?. Ah, claro...
El caso es que, yendo y viniendo por la Red, Blogeando, buscando imágenes, textos, estrellas, noticias... pensaba, hace unos meses ya, en cómo sería un sitio mío.
Una noche iba a dejar a un amigo, entonces compañero de trabajo también, un mensaje sin conexión vía msn. Cosas del cansancio, di donde no era y, claro, salió lo que no esperaba: un Space Live. Lo estuve fisgoneando. Más que lo que tenía, y tiene aún, fue la composición de la página lo que me dejó pillada, tanto, que al día siguiente hablando con él, mientras me contaba su amnesia respecto al ciber-lugar y me pedía detalles sobre él, tome la decisión, y esa misma noche abrí mi propio Space.

No, no me voy de aquí. Este es mi vertedero de miserias, mi confesionario moderno, mi desahogo de mí misma. Aquello es algo más banal, superficial, ligero y fácil de llevar, además de un sitio que me parece perfecto para mis "cuentos".
Tú ya sabes.

Lo abrí a todos los sentidos la semana pasada. No sé, y francamente tampoco me importa mucho, si querrías pasar a ver qué hay, ni por qué te lío tanto con tanta letra, cuando voy a insertar un enlace en la lista correspondiente.
La cuestión es que yo acabo de hacer lo que he creído conveniente.
Y tú, harás lo propio.

 
Intermedio


No es el peor momento para decidirme de una vez a pasar el antivirus, y descubrir que la licencia ha caducado. Ni para recibir un sms con relativas eventuales y gratas noticias resumidas. No es el peor momento para dejarme seducir por los guiños que me hace la cama cuando me siento un momento en ella, y pensar en una siesta, casi un coma, que me libre de todo quehacer, de todo pensamiento, de toda emoción, de toda sensación, de todo: bueno o peor.

No es mal momento para recordar a un amigo y dejar que la parte de él que a mi me corresponde dibuje una sonrisa en mis ojos, que huyen fugitivos buscando un espacio abierto donde recrearse en el momento vivido, un horizonte más allá de la más inconcebible lejanía.

Mi hijo mayor llama a la puerta de la habitación, pregunta: mamá, es que no quiero molestar, es mal momento para decirte una cosa?. Me levanto sin afección, miento: no hijo, iba a colgar la cortina de la bañera, acaba de terminar la lavadora, sígueme mientras me lo cuentas. Mi hijo me pregunta precisamente por ese amigo en el que yo estaba pensando, interesándose por él, y pidiéndome que cuando le vea le devuelva un par de juegos que le había prestado.
Para ellos, para mis hijos, la siesta siempre ha sido objeto de ritual primordial a tener en cuenta. Se retira enseguida.

Siempre es buen momento para beber un vaso de agua, pero este momento en que la tranquilidad ha envuelto mi embarullada vida, y el silencio y la pausa invitan a una improvisada fuga de los sentidos, este vaso de agua me parece néctar y ambrosía dignos de dioses.

No es el mejor momento para apagar el teléfono móvil, porque toda moneda no trucada tiene dos caras diferentes; si hace un rato cayó de un lado, dentro de un lado volverá a caer ya veremos cómo. Quizá como yo en mi cama, quizá como el enfermo en la suya, o como esa mirada sobre la línea del horizonte, o como el cazador sobre su presa, o como la humanidad inconsciente sobre los humanos y la tierra.

Pero éste es el mejor momento que un inimaginable ha podido elegir al azar para detener con su desconocida mano la moneda en el aire, posiblemente la misma mano que a veces llama a alguna que otra puerta, y tronar en una carcajada justo antes de volverla a soltar.
Precioso regalo, puesto que puesto está dónde caer.

Y caerá...