Tardío recuerdo agradecido
Esta noche, indeciblemente más que la del sordo chasquido, el recuerdo de su
nombre y su sentido, hacen que mi café con leche calentito tenga este amargo
sabor a nada en mi paladar.
Supe tarde, demasiado tarde, que este mundo podía dormir tranquilo sin dudar
ya de que color es su cielo, si azul o verde.
Y supe que lo haría, porque ya lo hacía.
Supe a destiempo del color del dolor en el pecho amigo, tan intenso como
inútil, abstrayente, focalizado, cegador, arrebatador de su último aliento de
vida.
Con los ojos más que cerrados, el hombre, más que dormido, dejó de ser luz
de un momento. Quizá alguna vez del tuyo, sin duda muchas del mío. Por eso
de mío hablo, no por saber más, ni por sentirlo tan cerca, sino por ser yo quien
de su mano cortó algunos nudos de antaño. Mis nudos, de su mano.
Levantada ya, legañosa aún, despeinada, casi feliz, muy agradecida, sonreía
cuando podía escucharle de madrugada en madrugada de fin de semana.
La Rosa de Los VientosCuánto me ha movido. Cuánto me ha ayudado a ganar. Cómo esperaba esas
alertas, esas citas a ciegas arropada por esta bendita soledad, en la oscuridad
anhelante de un mundo mirando el mismo cielo, abrazados todos por un mismo
afán.
Pero sí... esta noche, el ruido casi apagado de su portazo al salir, es más
notable. Y el vacío que deja.
Vacío que un día rezará, como hoy su nombre, el tuyo, el tuyo, y el mío, en el
epitafio del alma, inubicable ya. En el pronto olvido.

Juan Antonio Cebrián: Gracias. Nos vemos, amigo.
Fdo: Murciélago.
De las Moriencias de siempre
Ya unas horas antes de cenar, la cosa se había complicado notablemente. Mi hijo mayor me llamó anoche, y ante la contingencia, demasiado habitual, ocasionada por mi despiste al dejarme el móvil en casa, el pequeño cogió el recado de que su hermano venía hoy por la tarde.
No es raro ni infrecuente: cada miércoles viene, hacemos una quiniela, nos dejamos pasear por Moro un rato, cena, le acompaño al bus, y vuelve con su padre.
Esta mañana volvió a llamar. Me dijo que vendría andando, como antes ( hacía más de un año que no cubría el trayecto Valladolid-Laguna a pie ), que iríamos a echar la quiniela, y que tenía, además, algo que contarme.
Se está sacando el carné de conducir, ya va por la tercera práctica. Los coches, conducir, es algo que le apasiona desde niño, y deduje que algo tendría que ver la noticia con los lugares de las prácticas, o cualquier cosa inimaginable para mi, en relación con este o aquel coche.
Y la “Uni”? (universidad), le pregunté.
Ah, ya, luego te cuento.
Cuando él llegó, yo aun no había salido de trabajar. Ha estado con nosotros mientras comíamos, y debatiendo cuando hablábamos de lo Hombres que deben sentirse algunos hombres al cometer las atrocidades que practican sobre algunas personas. A veces ocurre que cuando yo digo algo, todo alrededor se calla. Esta ha sido sólo otra de esas veces. Mi Dani se ha quedado pensativo, como los demás. Después hemos bajado al pueblo con “la merche” del jefe, donde, curiosamente, me ha cabido todo el hijo sin muchas complicaciones (es... hum... “grande”, mi hijo, si..., no cabe en cualquier coche ) más que las que dan los baches del camino, que cada vez que pillaba uno se me medio desnucaba. Llegando ya al punto de bajada, hemos seguido hacia casa. Me ha dicho sin mirarme: ahora, cuando lleguemos, tengo que decirte algo.
No se me ha ocurrido más desfachatez que sugerir descaradamente, a carcajadas: ya voy a ser “la yaya Pi”?. Serio, jodidamente serio, replica: cuando lleguemos a casa.
Sentados en sofá, al amor de una bolsa de gominolas que no ha querido probar, carraspeaba, se rascaba, bebía agua. Yo dudaba entre amarilla y naranja, verde y marrón, y esperaba tensa algún mazazo sin saber de, ni por dónde vendría, pero... barruntando algo.
-Mamá... No voy a volver a la universidad.
Silencio.
-Lo sabe tu padre?
-Sí. Mamá, es obra suya, si no lo sabe él...
-Vale, pero... se lo has dicho?
-Sí.
-Y...?
- Estoy cansado. Cansado de la bronca de antes de irme a la Uni, de la de cuando llego, de no poder ponerme a estudiar medianamente en serio. Mamá, estoy cansado de sus amenazas, sus reproches, sus voces en voz baja, de su mirada. No puedo con él, así que... voy a hacer lo que te dije, te acuerdas?
-Sí, el plan B.
-Eso. Termino de sacar el carné de conducir, me apunto al paro, busco curro... Me quedan cuatro años para optar de nuevo por la universidad. Trabajaré, ahorraré, y me pagaré yo la carrera. No puedo con él...
-Donde está tu madre está tu casa.
-Entonces, no te enfadas?
Y se le ha caído una lágrima que ha sido el dique de contención perfecto para las mías.
Le he cogido la mano, le he besado. En un segundo he podido ver cuánto ha estado sufriendo los últimos meses sin decir nada claro al respecto. Después se ha desahogado, al menos en parte. Y le ha sentado bien, porque cuando hemos salido hacia la Administración de Loterías ha empezado a ser él, mi niño. Y cuando se ha ido, se ha ido tranquilo, sabiendo que pasado mañana volverá, y se quedará hasta el Lunes... o hasta que quiera.
Y con él se ha llevado esa sombra en la mirada, ese matiz de reproche hacia mí, porque, él mismo, que no quiere dejar sólo a su padre, aunque éste acabe con todas sus iniciativas, no entiende que yo no hable mal ni bien de ese hijo de Caín, de ese cerdo asqueroso, de ese cabrón mal nacido, de esa mierda egoísta, de ese miasma ególatra, al que yo misma, en su día, me negué a denunciar, el mismo que me ha costado dieciocho años de tratamiento psiquiátrico y psicológico. El que echó a la calle a su, Mi, hijo pequeño, hace un año, por tener otra voluntad ajena a la suya.
Mi hijo pequeño, hoy, saca sus estudios adelante, y hace planes de futuro para nada descabellados, es juerguista, sociable, tremendamente inteligente, humildemente sensible: Vivo; y, a sus 16 años, un diseñador Cad digno de su madre (que, todo hay que decirlo, tengo mi Autocad en el culo de las sartenes y los pucheros con los que cada día gano mi sueldo base). Los dos tenemos el alta psiquiátrica y psicológica... y algunas buenas amistades con profesionales en la materia surgidas de esos tratamientos.
El padre de mis hijos jamás quiso asistir a una sesión con Marcos, ni conmigo.
A mi Daniel no le hace falta, todavía, gracias a quien corresponda, pero... si yo fuera como hay que ser, o por lo menos tan “hombre” como mi ex, iría pensando en la carrera que yo misma haría en la cárcel, mientras cumplía condena... por castrar a su puto padre.
( Y quizá me decantara por la misma carrera que acaba de arruinar a mi hijo: Derecho penal. Pero esto es algo que ninguno de mis hijos llegará a imaginar jamás )





