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Moriencias
A mí me pasa.
Acerca de
Livianos mundos efímeros se acercan, se rozan. Dibujan garabatos en el aire. Se unen. Explotan. No hay fórmula magistral, ni receta mágica. Simplemente hay que seguir. Fuerza de empuje o inercia. Y, un día, desaparecer a contraluz tras la linea de tu horizonte.
Sindicación
 
Cuento (2)
A escena.

Desde el punto de vista de un viandante, yo, por ejemplo, Carmina era una de esas personas que abandonan el hospital con mala cara. Una de tantas. Una más, nada menos.
Yo estaba sentado cerca de los matorrales de espino blanco. No hacía nada especial. Sólo es que estaba solo, y allí, con el jaleo, los fantasmas de mi soledad me resultaban menos mordaces.
Desde mi rincón, mi juventud, mi inmadurez, y mi inexperiencia, pasaba horas observando cómo la gente entraba y salía, o no salía; se quedaba, o volvía y volvía y volvía… hasta que no volvían más. A veces les seguía, pero les perdía entre el asfalto y las prisas.
Ella entró una madrugada, casi como esta, por una puerta, y salió por otra dos días después.
Entonces nos conocimos.
Ha pasado el tiempo, y en su dictadura, las sensaciones de los recuerdos son casi más intensas que el momento vivido en su momento.
Te lo cuento:



Con la mente tan sobrecargada por tantos acontecimientos que apenas podía ver más allá de una cama, la suya, abandonó aquel bastión de miserias carnales, de humanidades.

Sobresaltos, olor a dolor, voces, carreras nocturnas, barullo diurno, café rancio…
Habría dado algo por un poco de cuerpo en el café, un cuerpo que no fuera el de los bichos que viven en, y de él.
Sonrió amargamente su chanza interna.
Habría podido fijarse en los velos que envolvían la luna, y quizá pensar que se había vestido de gala para ella.
Recordó un tiempo en que los luceros cambiaban de tono sólo para sus ojos. Ojos esquivos, hechiceros, custodiados ahora por ejércitos de ojeras, arrugas, y lágrimas.

Salir de allí fue un alivio. Al sentir el roce del aire fresco se apoyó en la pared, se dejo caer lentamente arrastrando la espalda, y apoyando la frente en las rodillas dejo escapar un suspiro.
El silencio abrazaba su mente mientras su memoria le ofrecía una película de recuerdos sobrecargados de imágenes y sensaciones mudas.
La alerta constante había sido su única constante en los últimos días.

La eternidad de ese segundo se vio alterada por la sirena de la ambulancia que llegaba.
Se apartó. A tientas, bajó las escaleras. No sabría decir cuanto tiempo deambuló por el parque que tantas veces había visto desde la ventana de la habitación, y si me lo preguntas, te diría que no era consciente de lo que hacia.
Se sentó en un banco vecino de un par de farolas rotas. Creo que lo eligió a propósito. A mi me encantan los sitios oscuros y las cosas brillantes… Y de la oscuridad de sus ojos manaba una miríada de estrellas. Y olía bien. Y me enamoré de ella.

Acercándome con mucho cuidado, para no molestar, para no asustarla, ronroneando, rocé una de sus piernas hasta llegar a una mano que, descolgada casi del resto del cuerpo, quise que me acariciara. Ante mi inexpresado asombro, ella me habló. Lo hizo tan dulcemente como acariciaba mi dura cabecita. Era la primera vez que un humano no se dirigía a mi enfadado, o con bruscos modos. Mi raza es desconfiada, y yo un joven gato asilvestrado, y me dejé llevar por el instinto un ratito, así conseguí llamar su atención, o distraerla hacia mí el tiempo justo para que me deslumbrara por primera vez con una sonrisa… y con unas golosinas que le dio esa otra señora, la que llega cada mañana a la casita de tejado verde que hay en el claro, y se queda allí, dando golosinas y montoncitos de papeles a las personas todo el día hasta bien entrada la noche.
Antes de salir del parque me dijo:
-Mira Peluso, ¿te gusta que te llame así?, si, ya veo que si… A mi me gusta que me llamen Carmina, ¿sabes decirlo?
Lo intenté, pero… ¡miau!
Carmina rió, me explicó donde vivía, y me invitó a irme con ella. Me dijo que podíamos ser compañeros, y aunque aun sonreía, su gesto se nubló.

Ella me hablaba.
Siempre me contaba historias de lo que llamaba su “compañía de teatro”. Tenía las ropas más brillantes que había visto en mi vida y las plumas más etéreas, guardadas en los baúles más estrambóticos, grandes y oscuros que un gato pueda soñar.

Me hablaba también de Fidel, de cuando se veían a escondidas de su hembra, y de cómo me encontró a mí el día que lo perdió a él.
Para un gato, es una costumbre extraña de los humanos deberse a una única pareja de juegos, y que sea otra la que tiene que llorar con los demás cuando, después de entrar, no sale más del hospital.
Carmina le lloraba casi siempre acariciando una fotografía. Nunca llegué a saber qué era eso, y eso que me la ponía ante los bigotes todo el tiempo, pero deduje por sus manotazos que no era para comer ni para jugar.

Me decía que ella, en realidad, era la otra. Eso tampoco lo entendí, como tampoco entendí que sólo pudiéramos comer de vez en cuando, poco y rancio. No me importaba que no fuera buena cazadora, y parecía que a ella tampoco.
Ella me hablaba de Fidel, me acariciaba, lloraba, me sonreía como si nada, y me animaba a perseguir destellos y a cazar borlas.

Eran pocas las veces que recibíamos visitas, y Carmina cada vez fue saliendo menos de casa.

Ayer, cuando amaneció, lamí su cara, como cada día. Pero no me respondió con una caricia, ni me llamó zalamero. Estuve todo el día enroscado sobre su pecho, y no me abrazó. Tampoco abrió los ojos para ver eso… eso…como se llama… ¿televisión?

Luego vino un señor que siempre venía muy enfadado, y la gritaba “¡el alquiler!” “¡el alquiler!”, y tiró la puerta, y la zarandeó, y se quedó muy blanco, y se fue, y después volvió con mucha gente, y me echaron a mi.
Y se la llevaron a ella.

Creo que la han traído aquí, donde la conocí…
Ahora me doy cuenta de que está oscuro. Que hace frío. Y me pica el lomo. Y tengo sed, y hambre.
Y nunca aprendí a cazar.
Y no sé cuanto tiempo ha pasado. Y no me importa.
A ella se la llevaron en una ambulancia, no pude seguirla, corría más que yo, pero los gatos sabemos que todas las ambulancias vienen aquí.

Carmina ha debido entrar por esa puerta, y yo… yo, sin dejar de mirar, recojo mis lágrimas, ignoro fantasmas de soledades, me hago un ovillo al pie el espino blanco, suspiro, y la espero.


No