Moda. Capricho. Necesidad.
Las calles, las personas, la vida está llena de escaparates. No acostumbro a ir a, ni con, ninguna moda, así que ese referente me sobra. Soy, sin duda, una inconformista de lo socialmente impuesto. De todo lo que pretenden venderme. De todo, y de todos.Y tampoco es un consuelo saber que no soy la única “cosa” así de mi generación.
No, no me paro ante ningún escaparate, salvo...
Me pierden los brillos. Para eso soy como un grajo, me lo llevaría todo, lo dejaría en el nido, y buscaría más.
Pero no utilizaría nada.
Hace dos o tres días venía de comprar con mi hijo pequeño, con el carro hasta arriba, y cargados de bolsas además. Hablábamos. Siempre hablamos. Hablamos, hablamos, hablamos... Me decía que estaba contento de estar aquí, que hasta el aire es diferente. Se quejaba de su padre. Yo le escuchaba. Asentía. Le miraba de vez en cuando observando su gesto. Él sonreía sus circunstancias; el hecho de venirse unos días conmigo parecía hacerle el ser más feliz del mundo. Hasta su hermano, mi hijo mayor, le trataba de manera diferente, más “humana”.
-Nos sientas bien mamá, y él, si quiere, que rabie, que ahora rabia sólo.
Cuando nos separamos, ellos estuvieron conformes en quedarse con él. Al fin y al cabo, yo tuve que irme con lo puesto. No habría podido sacarles adelante. Ni puedo aún, por eso siguen con su padre. Aunque, de vez en cuando...
Pasamos por delante del escaparate de una bisutería que lleva allí... no sé, pero paso por delante unas cuantas veces al día, y no había reparado en ellos hasta ese momento. La voz de mi hijo se fue alejando. Mi vista naufragaba, otra vez, en ese embravecido mar de destellos. Sólo podía escuchar mis pasos, golpes sordos, y mi respiración agitada por el esfuerzo. Choqué con él. No sé cómo ni cuando se me puso delante. Dice: estás mirando esos pendientes?.
Esos pendientes eran preciosos. Unos pequeños lazos de plata antigua con sus cintas colgando y, entre ellas, cuatro diminutas piedrecillas transparentes.
-Hijo... me he enamorado.
-Por qué ya nunca te pones pendientes?.
La pregunta me pilló tan descuidada como el encontronazo, pero mi mente, a la velocidad del rayo, encontró la respuesta, que, todo hay que decirlo, también me sorprendió.
-Todos los que tengo me los regaló él. Me los trajiste tu, te acuerdas?.
-Mira, vamos dentro. Llevas dinero?.
Antes de darme cuenta les tenía en la mano. La dependienta me enseñó todos los demás, pero ninguno era como esos. Ante la certeza de lo inútil de su esfuerzo disparó, poco convencida, un sonriente “pruébatelos”.
Ahora están ahí, sobre la mesa. Los miro. Los acaricio. Tengo la sensación de haber recuperado algo.
Mañana me les pondré, y me acompañarán durante todas las fiestas de mi pueblo mientras trabajo ( porque la hostelería en España es así, en las fiestas, sean de la índole que sean, no sólo no se descansa, se doblan turnos ).
Quizá mañana ya no me acuerde, ojalá no tenga tiempo, del escozor de orejas que tengo ahora, justo después de habérmelas vuelto a abrir, para poder ponerme mis pendientes. Y así no maldeciré a quien defiende que el divorcio es una moda, un capricho.
Mis pendientes son un capricho. Mi capricho.
Para muchas mujeres el divorcio ( y aún así... ) es cuestión de supervivencia.
Comentario:
Me alegro de quep or fin te hayas trasladado, este es un lugar mñas seguro y facil de acceder que el anterior, ya funcionaba muy mal.
Muchas veces por tener a tus hijos a tu lado te das cuenta de lo que los quieres y lo que te gusta estar con ellos, y como has visto ellos también saben lo que tu quieres, esos pendientes que ya tienes. Sueguro que estás guapísima con ellos.
¡Besos!
Muchas veces por tener a tus hijos a tu lado te das cuenta de lo que los quieres y lo que te gusta estar con ellos, y como has visto ellos también saben lo que tu quieres, esos pendientes que ya tienes. Sueguro que estás guapísima con ellos.
¡Besos!





